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Respuestas desde Obras y Servicios a demandas barriales

El Secretario de Obras y Servicios de la Municipalidad de Villa Regina Francisco Lucero recorrió los barrios Melipal y Nuevo junto a los presidentes de las juntas vecinales, oportunidad en la que escuchó las demandas de estos sectores a los que brindó respuestas desde el área que conduce.

Durante la recorrida, Lucero estuvo acompañado por la concejal Agustina Fernández.

De acuerdo a lo precisado por el titular de Obras y Servicios, en barrio Melipal se procedió a limpiar un sector de un terreno en el que se proyecta la cancha de fútbol y se colaborará con pintura para el mejoramiento de los juegos y bancos de la plaza.

En barrio Nuevo, en tanto, se recorrió el sector donde se encuentra la cancha de fútbol ubicada en un predio del Consejo de Educación. En el lugar se colocaron los postes para luego realizar el tendido del cableado de manera que cuente con iluminación. La junta vecinal, por su parte, aportará el monolito.

“Las dos reuniones fueron muy positivas, no sólo escuchamos sus inquietudes sino que trabajamos en conjunto para brindarles soluciones”, evaluó Lucero.

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    La renuncia de Néstor Lamboglia a la presidencia del nuevo Ente Nacional Regulador del Gas y la Electricidad expuso el problema de fondo del organismo: fue creado para controlar a las empresas, pero nació sin poder real para hacerlo. A menos de un mes de haber asumido, Lamboglia dejó el cargo y será reemplazado por su vice, Vicente Serra, en medio de una interna por la puesta en marcha del ente que fusionó al Enre y el Enargas.

    La salida se conoció este lunes y tomó por sorpresa al sector energético. Lamboglia había sido designado al frente del nuevo organismo el 12 de mayo. En el directorio quedaron Vicente Serra como vicepresidente y Marcelo Nachón, Griselda Lambertini y Héctor Falzone como vocales. Menos de tres semanas después, el presidente ya estaba afuera.

    La explicación formal habla de una interna dentro del directorio. Según publicó el sitio especializado EconoJournal, Lamboglia mantenía una fuerte disputa con Marcelo Nachón, ex interventor del Enargas, por contratos, asesores, oficinas y el armado administrativo del nuevo organismo. La pelea venía desde antes de que el ente terminara de constituirse y se agravó con la convivencia de las dos estructuras.

    El secretario legal de Caputo renunció por diferencias con el Súper RIGI

    El punto más sensible fue salarial. El Post Energético reveló que en el organismo se discutía una recomposición de hasta el 30 por ciento para parte del personal, sobre todo para achicar la diferencia entre trabajadores provenientes del ex ENRE y del ex Enargas. La propuesta incluía un concepto «puente» en los recibos de sueldo, remunerativo y bonificable.

    Pero en el sector creen que esa pelea no alcanza para explicar la renuncia. «No tenía margen de movimiento», dijo a LPO una fuente que conoce la interna del organismo. La frase resume el problema. El ente debía regular gas y electricidad, pero las decisiones centrales ya estaban tomadas en otro lado. Lamboglia quedó sentado en una oficina con responsabilidad formal y escaso poder político.

    La renuncia de Lamboglia deja al descubierto esa contradicción. El Gobierno dice que quiere ordenar el sistema energético, pero al mismo tiempo avanza con condonaciones, recortes de subsidios, cambios tarifarios y reacomodamientos empresarios sin darle al regulador un lugar real en la mesa. El ente queda para firmar, no para decidir.

    La muestra más clara fue el proyecto que el Gobierno mandó al Congreso para condonar deudas de Edenor, Edesur y otras distribuidoras con Cammesa. LPO reveló que el monto alcanza los 1.842 millones de dólares. La iniciativa permite que las empresas descuenten de sus deudas los ingresos que dicen haber dejado de percibir por atrasos tarifarios. Diputados le dio media sanción al proyecto junto con el recorte del régimen de Zona Fría.

    Según fuentes del sector, Lamboglia se enteró por los medios de los detalles de esa iniciativa. El presidente del organismo encargado de controlar a las distribuidoras eléctricas no participó de la letra fina de una norma que impacta de lleno sobre esas mismas empresas que debe regular. El mensaje interno fue evidente: el ente miraba desde afuera una decisión que debía tenerlo como actor central.

    El mecanismo es simple. El Estado reconoce a las distribuidoras un crédito por ingresos supuestamente no percibidos. Luego, ese crédito se usa para compensar deudas con Cammesa. A cambio, las empresas deberían desistir de reclamos judiciales. En los papeles, el Gobierno lo presenta como una normalización del sistema. En los hechos, limpia balances privados con una decisión pública.

    Esa discusión dejó a Lamboglia en una posición muy débil. El nuevo ente todavía no había terminado de ordenar oficinas, contratos y escalas salariales, pero el Gobierno ya avanzaba con una medida de alto impacto para las empresas reguladas. El organismo nació para poner reglas, pero el Ejecutivo ya negociaba las reglas por arriba del organismo.

    La electricidad tiene además su propia interna. El área quedó bajo la influencia de Damián Sanfilippo, subsecretario de Energía Eléctrica. LPO viene contando su cercanía con los hermanos Neuss, que aceleraron su expansión en el sistema eléctrico desde la llegada de Milei al poder y fueron por activos clave como Transener y Transnoa.

    Ese vínculo es decisivo para entender la renuncia. Si el área eléctrica está políticamente intervenida por Sanfilippo y por empresarios con intereses directos en generación transporte y distribución, el margen del regulador queda reducido. No se trata sólo de una interna administrativa. Se trata de quién manda sobre los negocios que el ente debería controlar.

    En gas ocurre algo parecido, donde los empresarios del sector tienen fuerte incidencia en las políticas del gobierno.

    La fusión del ENRE y el Enargas fue presentada como una reforma de eficiencia. Menos organismos, menos burocracia, más coordinación. Pero el resultado, por ahora, muestra otra cosa: un regulador más grande en el organigrama y más chico en la práctica. 

    La renuncia de Lamboglia deja al descubierto esa contradicción. El Gobierno dice que quiere ordenar el sistema energético, pero al mismo tiempo avanza con condonaciones, recortes de subsidios, cambios tarifarios y reacomodamientos empresarios sin darle al regulador un lugar real en la mesa. El ente queda para firmar, no para decidir.

    Serra asumirá con el mismo problema. Si las decisiones de fondo pasan por los grupos que operan en electricidad y gas, el nuevo ente tendrá una función limitada. Un poder condicionado que se extiende a la Secretaria de Energía, que también perdió capacidad de regulación. No define precios, no ordena inversiones y no arbitra entre jugadores. 

    «En definitiva, esa es la idea del gobierno de Milei, que el mercado funcione solo», resumió a LPO una fuente del sector. 

     

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    Con frases que reflejan lo que una IA entiende como máximas pensadas para el bronce, el Gobierno nacional, a través del ministerio de Capital Humano, lanzó el viernes pasado el Gemelo Digital Social. “Argentina se adelanta al futuro, porque el futuro no espera”, tuiteó Milei, repitiendo la voz en off de un video institucional difundido en redes sociales, respaldado por la ministra Sandra Petovello y por el propio presidente. El anuncio oficial no especificó cómo se replicarán los datos individuales ni qué software será utilizado.

    El futuro, según reza la estética triunfalista del poder, es una cuestión de anticipación, de proyección. O tal vez de hiperstición, ese tipo particular de ficción que, a fuerza de ser enunciada y actuada, termina volviéndose real. Es una idea acuñada por Nick Land y la Cybernetic Culture Research Unit (CCRU) que plantea que ciertas narrativas especulativas trascienden la representación de un futuro posible para, de hecho, generar las condiciones de su propia materialización. Es un mecanismo que se vuelve especialmente relevante en el contexto actual, marcado por una convergencia entre economía financiera, tecnología digital y producción cultural que reconfigura la relación entre lo simbólico y lo material. Si tradicionalmente la ideología operaba organizando el campo de lo pensable dentro de un marco dado, la hiperstición introduce una lógica performativa que transforma las condiciones de lo posible, a través de un manejo específico de las redes de circulación y replicación.

    La hiperstición no es una profecía que se cumple porque alguien adivinó el porvenir, tampoco una falsa creencia que termina sublimándose en hechos (un rumor sobre la insolvencia de un banco que acaba por hacerlo quebrar). Es una idea que produce el futuro que dice estar describiendo. Opera como un bucle en el que primero se cuenta una historia sobre cómo va a ser el mundo, sabiendo que puede articularse con decisiones e inversiones que modulan miedos y deseos para que, finalmente, el mundo se parezca cada vez más a esa historia. La hiperstición implica una autoría, una voluntad que no distingue entre lo que es y lo que se dice en pos de que la ficción y la realidad colapsen en una misma sustancia.

    El sistema del Gemelo Digital Social, según se anunció, integrará en una base unificada datos de ANSES, salud, educación, trabajo, migraciones y territorio para construir un modelo predictivo. Podrá simular escenarios y optimizar decisiones públicas en tiempo real. Se trata, en el lenguaje del oficialismo, de un salto hacia el “Estado predictivo”, un Estado que ya no reacciona después de que los problemas ocurren, sino que los prevé y los administra antes de que se manifiesten. La ambición es total, como total es el sueño de control que anima a los tecnolibertarios.

    Un detalle: el video de presentación contenía un error ortográfico que resultó una especie de condensación involuntaria de todo el proyecto. Llegando al primer minuto, una leyenda en mayúsculas afirma que el Gemelo será “el primer sistema que ayuda a predicir el futuro”. Una falta elemental, que cualquier corrector automático modifica en un segundo. Lo que se suponía un manifiesto de alta tecnología aparecía como el trabajo apurado de quien ni siquiera puede deletrear su propia promesa. Al anunciar que la inteligencia artificial puede reemplazar el juicio de lo político, el anuncio del Gemelo Digital Social intenta afirmar por adelantado un futuro que se esfuerza por cumplir desfinanciando lo público mientras compra tecnologías híper marketizadas como salvación. El error ortográfico, más que un descuido, parece ser la marca de que están desesperados por hacer real una ficción que todavía no saben ni escribir.

    La ambición es total, como total es el sueño de control que anima a los tecnolibertarios.

    Las reacciones no tardaron. La oposición presentó pedidos de informes. Especialistas advirtieron sobre la ausencia de un marco legal para la protección de datos y el peligro de que el sistema derivara en un amplio esquema de vigilancia social. Aunque no fue una respuesta al lanzamiento del Gemelo, justo este lunes se conoció la primera encíclica del Papa León XIV, que pone especial énfasis en la falta de neutralidad moral de la IA y denuncia que el control de las plataformas, las infraestructuras y los datos está en manos de “grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso”.

    Y en el centro de las sospechas quedó un nombre que hace semanas tiene fascinada a la Argentina, como el flautista de Hamelin a sus ratones: Peter Thiel. El magnate tecnológico, cofundador de Palantir, dueño de una fortuna estimada en más de 23.000 millones de dólares, se reunió con Milei en la Casa Rosada a fines de abril. Pero no era su primer encuentro, ya que se habían visto en mayo de 2024 en Los Ángeles y en una visita anterior del empresario a la sede del gobierno argentino. La diferencia es que esta vez la llegada de Thiel a Buenos Aires fue mucho más aparatosa. Se instaló con su familia en una lujosa vivienda en Barrio Parque, se reunió con Santiago Caputo (el asesor estrella de Milei) y Federico Sturzenegger, y asistió al superclásico River-Boca en el Monumental. Palantir, vale recordar más allá de esa espuma, desarrolla sistemas de inteligencia y vigilancia utilizados por la CIA, el FBI y la NSA. Y el Gemelo Digital es, precisamente, uno de los tantos productos que ofrece la compañía. 

    Palantir desarrolla sistemas de inteligencia y vigilancia utilizados por la CIA, el FBI y la NSA. Y el Gemelo Digital es, precisamente, uno de los tantos productos que ofrece la compañía. 

    Pero Thiel no es una excepción ni un excéntrico solitario. Es, ante todo, la cara más visible de una élite tecno-solucionista que, desde Silicon Valley, ha diseñado y exportado al mundo una forma particular de entender el poder, la tecnología y el papel del Estado. Esta élite no constituye un monolito unificado, por el contrario, está atravesada por rivalidades personales, diferencias generacionales, disputas por el control de sus imperios y visiones enfrentadas sobre el ritmo de la innovación, el grado de alianza con el aparato estatal y el estado del mundo en general. Sin embargo, cuando se trata de leer el núcleo duro de sus proyectos (imponer la idea de que el avance corporativo y tecnológico debe primar sobre cualquier derecho colectivo, y que la democracia es un obstáculo para la eficiencia), empezamos a ver que funcionan como un proyecto de clase. La foto de la asunción del segundo gobierno de Trump con todo Silicon Valley detrás revela, justamente, que a pesar de sus rencillas internas, caminan juntos para que el derecho empresarial y el mercado se impongan como únicos horizontes posibles.

    Volvamos al caso concreto de nuestro país, donde la operación Gemelo encuentra un antecedente claro en un ensayo general que surgió hace más de un año y que (como todo ensayo) fue más torpe, más discursivo y menos operativo, pero ya contenía la matriz general. En 2025, el mismo ministerio de Capital Humano lanzó PAIDEIA, un pomposo programa para integrar inteligencia artificial en las aulas de todos los niveles y en toda la geografía del país. El término paideia representaba, en las ideas de Platón, el ideal griego de formación integral del ciudadano, un dispositivo cultural para pasar de potencia a acto las capacidades cognitivas individuales en favor del conjunto completo de la polis. El programa de la Secretaría (ex Ministerio) de Educación prometía exactamente lo contrario. En el proyecto se mencionan tres niveles (pensamiento computacional, aplicación de IA y desarrollo de IA) sin especificar jamás qué algoritmos se usarían, quién los auditaría, ni qué empresas estarían detrás. Pero mientras el programa se presentaba como la solución para la educación del futuro, el presupuesto educativo sufría una reducción real cercana al 50 por ciento, además del enorme desprecio por la investigación básica y el cierre de varios organismos fundamentales en el desarrollo científico nacional. 

    Entre PAIDEIA (que hasta ahora no se implementó) y el Gemelo digital  hay una diferencia crucial, que marca el pasaje entre ambas experiencias. PAIDEIA resultó ser principalmente humo. El Gemelo Digital, en cambio, ya tiene servidores y ya está cruzando datos sensibles, convirtiendo a los ciudadanos en variables de un modelo predictivo. Es posible pensar, entonces, que estamos ante un proyecto que va de la educación a las políticas públicas y que probablemente continuará hacia otros dominios como la salud, la seguridad y la justicia. En cada caso, la operación es similar y comienza con un debilitamiento de la institución, un anuncio de salvación tecnológica y la transferencia de poder, datos y dinero a manos privadas (a veces extranjeras, casi siempre opacas). 

    Los antecedentes de “estados predictivos” en el mundo

    Antes de que la Argentina descubriera este “Estado predictivo”, en otros países ya se habían ensayado versiones de esta misma lógica. Los resultados nos piden, como mínimo, mucha cautela. El mayor sistema de identificación biométrica del mundo se presentó como una herramienta de inclusión en India con el Aadhaar (que viene del sánscrito y significa “sustento”, “base”), un número único de 12 dígitos vinculado a los datos biométricos (incluyendo las huellas dactilares y el iris) de cada residente del país, que se obtiene voluntariamente y funciona como una llave de acceso a subsidios, cuentas bancarias y otros servicios estatales. La “Autoridad de Identificación Única de la India” (UIDAI) eligió este nombre deliberadamente para comunicar el rol del sistema como una infraestructura de identidad fundamental sobre la cual se pueden construir servicios públicos y privados. Pero sin una ley robusta de datos, el Estado terminó teniendo acceso a la biometría, los hábitos de consumo, los movimientos migratorios y las transacciones financieras de más de 1.300 millones de personas. Como resumieron algunas organizaciones de derechos digitales, el Estado del bienestar se transformó silenciosamente en un Estado observador. El problema es que cuando el sistema falla (todo sistema falla) miles de ciudadanos quedan excluidos de beneficios por un error que para cuando se arregla puede ser tarde.

    La operación comienza con un debilitamiento de la institución, un anuncio de salvación tecnológica y la transferencia de poder, datos y dinero a manos privadas (a veces extranjeras, casi siempre opacas). 

    Eso pasó en Países Bajos donde, en 2021, un escándalo masivo conocido como el “Toeslagenaffaire” provocó la caída del gobierno de Mark Rutte. La agencia tributaria neerlandesa utilizó un algoritmo, al que Amnistía Internacional llamó “xenófobo”, para detectar fraudes en los subsidios para guarderías infantiles, señalando desproporcionadamente a las personas de origen inmigrante. Hubo más de 26.000 casos de acusaciones injustas, lo que llevó a muchas familias a la ruina económica, al divorcio o a que les fueran retirados sus hijos. El impacto fue tan devastador que la investigación parlamentaria lo calificó como una “injusticia sin precedentes”. A diferencia de otros casos, la reacción ciudadana y política fue inmediata y demostró que lo que había de fondo no era un debate técnico, sino político.

    Por otro lado, en 2020 el gobierno británico implementó un sistema automatizado para detectar fraudes en el programa de beneficios universales que señaló a 200.000 personas como “sospechosas de fraude”. La investigación posterior mostró que sus modelos tenían sesgos sistemáticos por edad, discapacidad, estado civil y nacionalidad. Personas con enfermedades mentales fueron acusadas de mentir sobre su condición. ¿Les suena? La propia evaluación interna del gobierno admitió que la precisión del sistema era del 35 por ciento. El 65 por ciento restante fueron errores que recayeron sobre los más vulnerables.

    Argentina, claro, es diferente. No tiene una ley de protección de datos que regule el cruce de información entre agencias. No tiene un organismo de control independiente para la inteligencia artificial en el sector público. Y tiene un gobierno que ya ha mostrado que el cuidado de las mayorías no está entre sus prioridades. Más que adelantarnos al futuro, puede ser que estemos corriendo más rápido que nadie para repetir los errores de ayer con una fe religiosa milenaria. La diferencia es que en este suelo sagrado, cuando el algoritmo se equivoque no habrá contralor al que reclamarle.

    Argentina no tiene una ley de protección de datos que regule el cruce de información entre agencias. No tiene un organismo de control independiente para la inteligencia artificial en el sector público.

    El Gemelo Digital como un generador de angustia

    Hasta acá, la cuestión más extendida sobre los algoritmos, predicciones, empresas e ideologías. Pero falta una dimensión que suele quedar fuera del foco cuando se discuten estos temas:  la de los cuerpos de quienes habitamos en Argentina. Cuerpos que duelen, que tienen hambre y se cansan, que se enferman, se burnoutean y envejecen. Algo que en la jerga filosófica puede llamarse el “cuerpo somático” para distinguirlo de los conceptos que lo rodean o de sus espectros digitales.

    La investigadora Alejandra López Gabrielidis ha dedicado buena parte de su trabajo a pensar la tensión entre los cuerpos somáticos y los virtualizados. Su agudo diagnóstico parte de observar que lo que experimentamos como malestar en la era de la datificación no es solo una cuestión de vigilancia o de pérdida de privacidad, sino y sobre todo, una angustia de escala. Por un lado, al ser seres de carbono, estamos hechos de carne, metabolismos y ritmos biológicos, pero también de presencias compartidas y tiempos sinuosos para la digestión de lo vivido. Como forma de vida, los seres humanos hemos generado distintas formas de memoria exosomática: la capa de recuerdos, saberes y operaciones que depositamos fuera de nuestro cuerpo (en herramientas, pinturas, discos rígidos, algoritmos) y que luego actúa sobre nosotros como una especie de segundo sistema nervioso que modula lo que podemos pensar y hacer sin que lo decidamos conscientemente. Ese cuerpo de datos vive a una velocidad y en una topología radicalmente distintas a las de la carne, ya que son instantáneas, ubicuas, fragmentarias y teóricamente infinitas. El problema actual es que la aceleración a la que llegamos hace que el cuerpo somático ya no pueda seguirle el ritmo al datificado y, sin embargo, se le exige que lo haga (de ahí, muchas de las explicaciones sobre la depresión y la ansiedad como padecimientos colectivos, no individuales).

    El Gemelo Digital Social es una máquina perfecta para producir y explotar esa angustia. Porque lo que el sistema construye no es un “espejo” (como gustan de decir sus promotores), sino un molde. Toma nuestros rastros y ensambla con ellos una versión nuestra mucho más manejable que la original . Ese fragmento abstracto cobra vida como perfil que ya no necesita de nuestra presencia para existir y se puede convertir en el verdadero objeto de la gestión estatal. El cuerpo somático, mientras tanto, se queda afuera, subordinado a la exigencia de ajustarse y optimizarse. Eso es lo que López Gabrielidis ve como una carrera en la que el cuerpo de carne y hueso tarde o temprano pierde, salvo que se logren establecer canales de comunicación que compatibilicen las escalas. Pero esa salida requiere un requisito previo innegociable, que consiste en que el cuerpo de datos sea reconocido como algo que somos, no como algo que nos pertenece, o que puede pertenecerle a alguien, como una propiedad más. Al contrario, en el contexto del Gemelo Digital, ¿quién es dueño de ese otro yo que el Estado está construyendo sin debate (ni consentimiento) previo? El error ortográfico del video (“predicir”) quizás no venía tanto de predecir como de producir. Producir cuerpos clasificados y pre-optimizados.

    El error ortográfico del video (“predicir”) quizás no venía tanto de predecir como de producir. Producir cuerpos clasificados y pre-optimizados.

    Detrás de todo este artefacto con futuro incierto, y de todos sus parientes, hay siempre una pequeña frase, a veces dicha en voz baja, a veces en negritas con luces de neón: “There Is No Alternative” (conocida como TINA). En el caso del neoliberalismo clásico, la frase fue acuñada por Margaret Thatcher en 1979 para explicar que, frente al mercado, la privatización y el ajuste, el Estado sobra, salvo para poner la fuerza bruta que haga falta para que florezcan “en libertad”. Esta doctrina, que durante décadas justificó el desmantelamiento de lo público, ha encontrado en el tecnolibertarianismo actual una actualización perfecta. ¿Y qué aparece en el lugar de lo que se desmantela? Promesas de otro futuro. El Gemelo Digital, PAIDEIA, la “libertad educativa”, los vouchers, las criptomonedas salvíficas. Tecnologías que se anuncian con fuegos artificiales pero que resultan ser versiones opacas, sin auditoría, sin soberanía, sin mecanismos de apelación y casi siempre a favor de los mismos intereses. Que se horrorizan frente a la defensa de lo común o la exigencia de transparencia, previsión y rendición de cuentas. 

    Porque incluso si el Gemelo funcionara exactamente como promete, seguiría abierta una cuestión elemental: ¿qué problema político intenta resolver realmente? Porque si el objetivo es reducir enfermedades, abandono escolar o vulnerabilidad social, ¿no sería más directo (y hasta más barato) reconstruir hospitales, fortalecer la atención primaria, reabrir centros de salud mental, garantizar salarios dignos y ampliar redes de cuidado? Las políticas públicas nunca dependen solamente de la capacidad de procesar datos, sino de la idea de sociedad que organiza aquello que se decide construir.

    ¿No sería más directo (y hasta más barato) reconstruir hospitales, fortalecer la atención primaria, reabrir centros de salud mental, garantizar salarios dignos y ampliar redes de cuidado?

    Ahí es donde TINA y la hiperstición se dan la mano. Alternativas hay. Pero con el camino del monocultivo y la monotecnología se están produciendo activamente las condiciones para que desaparezcan. Desfinanciar la universidad pública no es una consecuencia inevitable de la crisis, sino una decisión. ¿Cómo leer, entonces, al Gemelo Digital? Sobre todo, cuando se presenta como una tecnología de cuidado, como una decisión disfrazada de oportunidad. 

    Lo que está en juego, al final, no es si un algoritmo puede predecir el futuro (puede, dentro de ciertos márgenes, como lo puede en márgenes aún más acotados la macroeconomía liberal). Lo que está en juego tampoco es si la tecnología es “buena” o “mala”, es quién tiene el poder de imaginar el futuro. Porque en definitiva la imaginación (justamente, la facultad que ningún gemelo digital tiene) es la única herramienta que tenemos para construir mundos que no sean una repetición de este presente. Argentina se adelanta al futuro. ¿A cuál de ellos? Ya lo veremos, la cuestión está aún abierta. Un buen comienzo sería recuperar la capacidad de decir “no” cuando nos prometen que no hay alternativa. 

    La entrada Gemelo Digital: desmantelar y vigilar se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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