El Secretario de Obras y Servicios de la Municipalidad de Villa Regina Francisco Lucero recorrió los barrios Melipal y Nuevo junto a los presidentes de las juntas vecinales, oportunidad en la que escuchó las demandas de estos sectores a los que brindó respuestas desde el área que conduce.
Durante la recorrida, Lucero estuvo acompañado por la concejal Agustina Fernández.
De acuerdo a lo precisado por el titular de Obras y Servicios, en barrio Melipal se procedió a limpiar un sector de un terreno en el que se proyecta la cancha de fútbol y se colaborará con pintura para el mejoramiento de los juegos y bancos de la plaza.
En barrio Nuevo, en tanto, se recorrió el sector donde se encuentra la cancha de fútbol ubicada en un predio del Consejo de Educación. En el lugar se colocaron los postes para luego realizar el tendido del cableado de manera que cuente con iluminación. La junta vecinal, por su parte, aportará el monolito.
“Las dos reuniones fueron muy positivas, no sólo escuchamos sus inquietudes sino que trabajamos en conjunto para brindarles soluciones”, evaluó Lucero.
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La discusión sobre el empleo argentino ya no puede reducirse a saber cuántas personas tienen trabajo. El desempleo convive con informalidad, subocupación, pluriempleo y nuevas formas de contratación, mientras la reforma laboral de 2026 modificó reglas centrales de la relación entre trabajadores y empleadores. Los números oficiales permiten dimensionar el fenómeno, pero la sociología ayuda a entender qué ocurre cuando la incertidumbre laboral deja de ser una excepción y empieza a convertirse en una experiencia cotidiana.
Por Tomás Palazzo para NLI
Hay una escena que se repite cada vez con mayor frecuencia en la Argentina: una persona que trabaja, pero busca otro trabajo. Un empleado que conserva su puesto, aunque empezó a hacer repartos por la noche. Una profesional que se convirtió en monotributista para realizar tareas que antes hacía bajo relación de dependencia. Un trabajador que acepta una ocupación informal porque necesita ingresos inmediatos y otro que acumula varias actividades porque ninguna de ellas, por separado, alcanza para pagar el alquiler, los alimentos y los servicios. Todos están ocupados. Pero no necesariamente todos tienen un empleo que permita construir una vida alrededor del trabajo.
Ese es uno de los principales problemas que aparecen cuando se mira el mercado laboral exclusivamente a través de la tasa de desempleo. El INDEC informó que en el primer trimestre de 2026 la desocupación alcanzó el 7,8%, mientras que la tasa de empleo fue del 44,8%, la de actividad del 48,6% y la subocupación llegó al 11,1%. Es decir, hay una porción significativa de personas que trabajan menos horas de las que desean y necesitan. La propia estadística oficial incorporó además, desde 2025, una medición específica de la informalidad laboral, reconociendo que el dato sobre cuántas personas tienen o no una ocupación no alcanza para describir la estructura del mercado.
La fotografía se vuelve todavía más compleja cuando se incorpora la calidad de esos puestos. Según una medición elaborada por el investigador del CONICET Jorge Paz, utilizando una definición amplia que incluye tanto asalariados no registrados como trabajadores independientes de baja calificación, la informalidad alcanzaba aproximadamente al 49% de los trabajadores. La estimación no es idéntica a la medición estadística oficial —y es importante no mezclar metodologías—, pero permite comprender la magnitud del fenómeno desde otra perspectiva.
La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿qué significa exactamente estar empleado en la Argentina de 2026?
La sociología de un trabajador que nunca termina de llegar
El sociólogo francés Robert Castel utilizó hace décadas una idea que resulta particularmente útil para pensar el presente: el trabajo no es solamente una fuente de ingresos, sino también uno de los principales mecanismos de integración social. El empleo estable permite construir vínculos, acceder a derechos, proyectar una familia, organizar el tiempo y establecer una relación relativamente previsible con el futuro. Cuando esa estabilidad se erosiona, no desaparece solamente una parte del salario: se debilita también una estructura social.
La investigación argentina sobre mercado laboral viene señalando precisamente esa dimensión. Estudios del CONICET sobre informalidad, precariedad y segmentación laboral advierten que la inseguridad ocupacional no se distribuye al azar y que la calidad del empleo tiene consecuencias directas sobre las posibilidades de caer o permanecer en la pobreza. Una investigación de Jésica Pla, Santiago Poy y Agustín Salvia encontró que la clase ocupacional y la calidad del empleo mantienen efectos persistentes sobre la probabilidad de experimentar pobreza, mientras que la inseguridad laboral atraviesa distintos grupos sociales.
Esto permite comprender por qué la precarización tiene una dimensión sociológica que no aparece inmediatamente en una planilla de estadísticas. Cuando una persona no sabe cuánto va a ganar el mes próximo, cuándo terminará su contrato, si podrá mantener sus horas de trabajo o si deberá aceptar una segunda ocupación, cambia su relación con el futuro. La incertidumbre se incorpora a la vida cotidiana.
Y cuando esa incertidumbre se vuelve colectiva, también modifica comportamientos sociales. Se posterga la compra de una vivienda, se demora la decisión de tener hijos, se reemplaza el consumo duradero por gastos inmediatos, se prolonga la convivencia con los padres, se abandona una actividad educativa para conseguir ingresos o se aceptan trabajos por debajo de la calificación profesional. No hace falta que todos esos fenómenos aparezcan juntos para que exista un cambio estructural: alcanza con que una parte creciente de la población deje de sentir que el trabajo constituye una plataforma segura para proyectarse.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) plantea precisamente que la informalidad no debe analizarse solamente como ausencia de registro, sino en relación con derechos, productividad, protección social y oportunidades de desarrollo. En su actualización conceptual publicada en 2025, la organización advierte que las formas contemporáneas de informalidad son diversas y requieren políticas de transición hacia la formalidad que garanticen trabajo decente.
La cuestión, entonces, no es únicamente cuántos argentinos están «en negro». Es qué tipo de ciudadanía social produce una economía donde una parte importante de sus trabajadores carece de las protecciones asociadas al empleo formal.
La reforma laboral y el nuevo mapa de derechos
Aquí aparece el costado jurídico, que tampoco puede separarse de la discusión económica. La Constitución Nacional, en su artículo 14 bis, establece que el trabajo «en sus diversas formas» debe gozar de protección legal y menciona expresamente condiciones dignas y equitativas, jornada limitada, descanso, vacaciones pagas, retribución justa y protección contra el despido arbitrario. No se trata de una declaración decorativa: constituye el marco constitucional dentro del cual deben interpretarse las leyes laborales.
Pero en 2026 ese marco comenzó a convivir con una modificación importante de la legislación ordinaria. La Ley 27.802 de Modernización Laboral, sancionada en febrero y publicada en marzo, introdujo cambios en la Ley de Contrato de Trabajo y en distintos regímenes laborales. Entre otras cuestiones, modificó el esquema de cálculo de la indemnización por despido, estableció nuevas reglas sobre determinados componentes remunerativos y habilitó que mediante convenios colectivos pueda sustituirse el régimen indemnizatorio por un fondo o sistema de cese laboral financiado por el empleador.
También creó los Fondos de Asistencia Laboral (FAL), destinados a colaborar con el cumplimiento de determinadas obligaciones e indemnizaciones laborales. Y la reforma estableció un régimen específico para los prestadores independientes de plataformas tecnológicas de movilidad y reparto, definiéndolos jurídicamente como independientes y fijando determinados derechos sin que estos constituyan, por sí mismos, indicios de una relación de dependencia.
Esto último resulta especialmente relevante desde una perspectiva sociológica. Una parte del nuevo mundo laboral se está construyendo alrededor de trabajadores que no encajan cómodamente en la vieja división entre empleado y trabajador autónomo. El repartidor que se conecta cuando quiere puede ser presentado como un emprendedor independiente; pero si su ingreso depende de una plataforma, de sus algoritmos, de las tarifas que esta determina y de una demanda que no controla, la discusión sobre dónde termina la autonomía y dónde comienza la subordinación seguirá abierta.
Especialistas en derecho laboral que analizaron la nueva legislación han señalado precisamente que la reforma modifica cuestiones sensibles como el período de prueba, las jornadas y el llamado banco de horas, el cálculo indemnizatorio, los fondos de cese, las plataformas y la presunción de laboralidad.
El Gobierno puede sostener que estas modificaciones buscan reducir la litigiosidad, facilitar contrataciones y generar mayor previsibilidad para las empresas. Esa es una hipótesis económica legítima que deberá contrastarse con los resultados. Pero también existe una pregunta jurídica y social diferente: ¿cuánto puede flexibilizarse una relación laboral antes de que la flexibilidad deje de funcionar como instrumento para generar empleo y empiece a trasladar sistemáticamente el riesgo económico hacia quien trabaja?
No existe una respuesta automática. Y justamente por eso no alcanza con decir que una reforma es «pro trabajador» o «anti trabajador». Hay que mirar qué derechos cambia, qué obligaciones modifica, qué incentivos genera y, sobre todo, qué ocurre después con el empleo real.
El dato que falta: no solamente cuánto empleo hay, sino qué empleo estamos construyendo
Existe además una paradoja que atraviesa la historia argentina reciente. La informalidad no nació con Milei y sería incorrecto presentarla como una creación de su Gobierno. La Argentina arrastra desde hace décadas un mercado laboral profundamente segmentado. Investigaciones de la OIT ya habían documentado la coexistencia de empleo asalariado informal, trabajo independiente de subsistencia y modalidades atípicas incluso durante períodos en los que la ocupación y los salarios mejoraban.
Pero reconocer ese problema estructural no significa que todos los gobiernos produzcan los mismos resultados. Las políticas económicas pueden favorecer determinados sectores, destruir otros, modificar los incentivos para contratar formalmente y cambiar la relación entre salarios, productividad y empleo. De acuerdo con datos recopilados recientemente, desde diciembre de 2023 hasta abril de 2026 se habían perdido cerca de 400.000 puestos asalariados formales, según registros del Ministerio de Capital Humano citados por El País: alrededor de 250.000 correspondían al sector privado, 130.000 al público y 17.400 al régimen de casas particulares.
Ese número tampoco puede interpretarse aisladamente como prueba de que cada puesto perdido se convirtió automáticamente en empleo informal. Una parte de las personas puede haber salido de la fuerza laboral, otra puede haber quedado desempleada y otra puede haberse desplazado hacia actividades independientes. Precisamente por eso las estadísticas laborales deben leerse como un conjunto y no como titulares separados.
La cuestión central aparece cuando se cruzan todos esos indicadores: desocupación, subocupación, informalidad, empleo registrado, salarios y horas trabajadas. Allí comienza a verse una economía en la que tener trabajo no garantiza necesariamente estabilidad y en la que conseguir ingresos puede requerir acumular ocupaciones.
La propia OIT insiste en que la transición hacia la formalidad requiere políticas integrales y no solamente cambios normativos. En Argentina, su trabajo reciente sobre sectores como construcción, textil y trabajo doméstico pone el foco justamente en las barreras concretas que impiden formalizar empleo y en la necesidad de combinar regulación, incentivos, productividad y protección social.
Por eso la pregunta más importante para la Argentina de los próximos años no debería ser solamente cuántos puestos de trabajo crea la economía, sino qué clase de puestos está generando.
Porque una sociedad puede mostrar una tasa de desempleo relativamente contenida y, al mismo tiempo, tener cientos de miles de personas que trabajan sin estabilidad, sin protección suficiente, con ingresos insuficientes o con la necesidad de sumar una segunda ocupación para completar el mes.
El trabajo sigue estando. Lo que está cambiando es aquello que el trabajo permite construir.
Y esa diferencia es mucho más profunda que una cifra de desempleo. Es una transformación en la relación entre economía y sociedad, entre trabajador y empresa, entre presente y futuro. También es una discusión sobre el sentido mismo del derecho laboral: si su función consiste simplemente en ordenar contratos entre partes formalmente iguales o si, como reconoce la Constitución, debe intervenir para equilibrar una relación en la que el poder económico de las partes nunca fue exactamente simétrico.
La respuesta no se encuentra solamente en una ley ni en una estadística. Se va a ver en la vida concreta de quienes trabajan.
Ante la falta de apetito inversor, YPF Luz y la empresa de energía renovable Genneia decidieron postergar su salida a Wall Street. No se trata solamente de una operación que quedó en el camino. La pregunta que circula entre bancos y empresas es si se terminó el interés de la bolsa de Nueva York por financiar empresas y provincias argentinas, que aportó una cantidad importante de dólares al actual modelo económico.
Voceros de ambas compañías lo desvincularon de la suba del riesgo país y afirmaron a LPO que la decisión de postergar las IPO obedece a razones del «mercado internacional».
Genneia había presentado ante la Securities and Exchange Commission (SEC) la documentación para realizar una oferta pública inicial (IPO) y solicitó cotizar simultáneamente en Nueva York y Buenos Aires bajo el símbolo GENN. JP Morgan avanzó incluso con el registro de los ADS. De concretarse, habría sido la primera salida a Bolsa de una compañía argentina en Estados Unidos desde 2019. La empresa llegaba con ventas por USD 376,8 millones, una ganancia neta de USD 97,2 millones y un EBITDA ajustado de USD 286,5 millones en los doce meses terminados en marzo.
Pero según confirmaron a LPO fuentes de la empresa «los bancos asesores nos dijeron que era mejor esperar a septiembre u octubre» o cuando se encuentre apetito del mercado. «Genneia mantiene la decisión de sali al mercado, pero va a esperar el momento adecuado», agregaron las fuentes.
En efecto, esta semana Genneia comunicó a los inversores que no avanzará con la operación. El dato tiene un peso especial porque no se trata de una empresa cualquiera. Es la principal generadora renovable del país, con 2.009 MW de capacidad instalada, 1.646 MW renovables y el 98% de sus ingresos denominados en dólares. Es, en otras palabras, una de las niñas bonitas del sector estrella de la economía argentina. Si Genneia considera que no es el momento, la señal para los que vienen detrás es bastante menos amable.
Hasta hace pocas semanas el sector energético parecía tener una autopista financiera propia. El clima cambió. Durante la primera mitad de agosto, el riesgo país acumuló una suba cercana al 10% y volvió a moverse en la zona de los 480 puntos básicos, después de haber tocado 402 puntos a comienzos de julio. Son algunas decenas de puntos que cambian mucho. Encarecen el costo de fondeo de empresas y provincias y obligan a los inversores a exigir mayores rendimientos para asumir riesgo argentino.
Hasta ahora había ocurrido exactamente lo contrario. El primer semestre fue una fiesta de deuda corporativa. Las empresas argentinas emitieron obligaciones negociables por 9.632 millones en 169 series, un 8% más que durante el mismo período del año anterior. Más de la mitad fue absorbida por el negocio energético: 5.307 millones de dólares, equivalentes al 55% del total. YPF encabezó el ranking con 833 millones, seguida por Pampa con 700 millones, Edenor con 640 millones, Vista con 617 millones y Pluspetrol con 500 millones.
Esas cinco compañías concentraron el 62% del financiamiento energético. Pero la lista fue mucho más extensa. Pan American Energy colocó 375 millones de dólares en Nueva York. Tecpetrol levantó 750 millones; TGS, 500 millones; Genneia, 400 millones; CGC 300 millones; Oldelval 116 millones; Capex 71 millones.
También salieron a buscar dólares otros bancos, desarrolladoras inmobiliarias, agropecuarias, telefónicas y hasta empresas de maquinaria agrícola.
El cierre de la canilla de Wall Street sería un problema central para el programa económico. El modelo de Milei atravesó distintas estaciones, pero todas tuvieron un denominador común: necesitó una fuente extraordinaria de dólares cuando se agotaba la anterior.
Las provincias recorrieron el mismo camino. El ajuste de las transferencias nacionales y la paralización de la obra pública federal las empujaron a buscar financiamiento propio justo cuando la caída del riesgo país les abría nuevamente Wall Street.
Córdoba obtuvo USD 800 millones este año, después de haber colocado USD 725 millones en 2025. Santa Fe consiguió USD 800 millones al 8,1%; Chubut, USD 650 millones al 9,45%; la Ciudad de Buenos Aires, USD 600 millones al 7,8%; Neuquén, USD 500 millones; y Entre Ríos, USD 300 millones. Sólo esas operaciones movilizaron más de USD 3.600 millones durante 2026.
El presidente de YPF, Horacio Marin.
Esos dólares hicieron bastante más que financiar empresas y gobernadores. Una parte terminó abasteciendo el mercado cambiario. Las compañías y provincias emitían deuda, ingresaban las divisas y vendían los dólares necesarios para afrontar gastos y proyectos en pesos. El Banco Central encontraba así oferta adicional sin depender exclusivamente de la liquidación de exportaciones.
Por eso el eventual cierre de esa canilla sería un problema para el programa económico. El modelo de Milei atravesó distintas estaciones, pero todas tuvieron un denominador común: necesitó una fuente extraordinaria de dólares cuando se agotaba la anterior.
El primer año contó con el fuerte impulso exportador provocado por la devaluación inicial, la mas grande de la historia económica argentina. Después llegaron los dólares del blanqueo. Más tarde aparecieron el FMI, los organismos multilaterales, los repos y en el 2025 el respaldo financiero del Tesoro estadounidense.
Durante 2026 se sumaron dos motores. Por un lado, exportaciones elevadas y una balanza energética favorecida no sólo por el crecimiento de Vaca Muerta sino por un precio internacional del petróleo extraordinario por la guerra en Medio Oriente.
Y por otro lado apareció la deuda. Empresas y provincias aprovecharon la compresión del riesgo argentino y generaron un flujo financiero que complementó el comercial. El segundo trimestre muestra la magnitud del salto: las emisiones corporativas saltaron de USD 3.956 millones entre enero y marzo a 5.676 millones entre abril y junio, un aumento del 43%.
Ahora ambas canillas pierden presión al mismo tiempo. El petróleo dejó atrás los valores excepcionales, el ciclo de mayor liquidación agrícola quedó atrás y el aumento del riesgo país encarece las colocaciones privadas y subsoberanas.
Por eso, se entiende la urgencia de Luis Caputo por encontrar los dólares que están dentro del país pero fuera del circuito financiero, a los que intenta atraer con la ley de inocencia fiscal y la posibilidad de préstamos en dólares que anunció este jueves, ofreciendo a esos dólares del colchón una tasa en moneda dura si los bancarizan.
Pero el problema de fondo es que el programa necesita financiamiento en dólares para sostener el puente entre una fuente de divisas y la siguiente. Durante meses ese puente pareció ensancharse. Las empresas emitían, las provincias emitían, Vaca Muerta exportaba y el riesgo país bajaba. La interrupción de la salida de Genneia plantea la pregunta: qué ocurre si Wall Street decide esperar a ver que pasa con la reelección de Milei.
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