A partir del 7 de diciembre, la Dirección de Obras Públicas, a través de su Director, Gabriel Benatti, puso en marcha un plan de recambio de luminarias en distintos sectores de la ciudad. Siguiendo los lineamientos del Intendente Orazi, esta semana fue el turno de la Calle Cipolletti y el Km de Nardini. Es así que con esta renovación de equipos se mejora el servicio en estos sectores lo que conlleva una mayor seguridad.
Vale recordar que, en el seguimiento de este programa, en sólo un mes se cambiaron 700 lámparas, tanto de sodio como tecnología led. Y esto se seguirá haciendo en todos los barrios de Villa Regina.
La conducción autónoma ha sido un campo de intensa investigación en los últimos años, a medida que las empresas y los investigadores buscan desarrollar sistemas cada vez más capaces y seguros
El apellido Chocobar se viralizó en Argentina por el policía que disparó siete veces contra un ladrón en Buenos Aires en 2017. Con la reproducción de la escena hasta el infinito, el abrazo del autor de la balacera con el entonces presidente Macri y el apoyo ferviente de Patricia Bullrich, su ministra, el crimen se convirtió en una forma de pensar la seguridad y la justicia: la doctrina Chocobar. Parte de la crueldad del símbolo es borrar las aristas hasta volverse meme. Un nombre devenido en adjetivo, sinónimo de una manera de entender la vida y la muerte de las personas, oculta que hay miles de personas con ese apellido en todo el norte argentino y la región andina que no tienen nada que ver con balear gente por la espalda.
Y en particular hay un hombre que se llamó Javier Chocobar y que fue asesinado en 2009 en Tucumán. Tenía 68 años y era una autoridad indígena del pueblo Chuschagasta. Los asesinos fueron un vecino terrateniente y emprendedor minero, y dos policías retirados que pretendían desalojar a la comunidad indígena Chuschagasta de sus tierras.
El crimen, que quedó grabado en video, es el puntapié de Nuestra Tierra, el primer documental de la directora Lucrecia Martel.
No hay un consenso claro de qué significa ni de dónde viene la palabra Chocobar: hay quienes intentan traducirlo del quechua o del aymara, pero sus raíces se pierden en la previa de la conquista, cuando muchos de los nombres originales fueron trastocados por el conquistador. Sí hay registro de que es un nombre que se extendió por toda la región cuando todavía no había países ni fronteras.
Los Chuschagasta, el pueblo al que pertenecía, quizás tampoco tengan ese nombre desde siempre. En algunos registros coloniales se los anota como Chuchingasta, Chachagasta, Chuchagasti, Chugasta, Chuscas o Chujchas.
Lo que es claro, como señala una comunera en la película, es que «el papel permite lo que le quieran poner».
Lucrecia Martel dice que la violencia de la gramática es de las primeras dificultades para contar esta historia. Escribir «El Capitán Sotomayor trasladó a 40 indios», dice, es darle voluntad y nombre al poderoso y convertir a las víctimas en un número, despojadas de voluntad y poder, forzadas a estas circunstancias por muchas estrategias de las que los mismos conquistadores se jactan, como secuestros y hambrunas.
Quizás por eso Martel tardó catorce años en terminar el documental: narrar sin violencia en una época de sobreabundancia de crueldad es intentar deconstruir el lenguaje de una época.
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Javier Chocobar, el Chocobar de esta historia, las noches de luna llena salía de madrugada para cortar cañas de azúcar, un trabajo duro y mucho más cuando se escarchan o está oscuro. Solía llevar una lapicera en el bolsillo de la camisa. Quizá porque nunca se sabía cuándo habría que anotar algo nuevo para defender los derechos de su comunidad. O tal vez porque funcionaba como contraseña para que a simple vista se notara que sabía leer y escribir.
El conflicto que enfrenta su pueblo no es fácil: los Chuschas fueron trasladados al Valle de Choromoros desde los Valles Calchaquíes hace más de 350 años, forzados por las autoridades coloniales locales luego de las guerras calchaquíes, un intento de resistencia de los pueblos de la región contra los invasores.
Y allí viven desde entonces: sobre los animales que crían y sus cultivos pasó una maraña de papeles, desde los tributos que les cobraban sus encomenderos, hasta los arriendos que les impusieron otros vecinos estancieros y funcionarios, descendientes también de aquellas familias beneficiadas por la colonia, y más tarde beneficiadas por el nuevo orden, que los declararon extinguidos en 1808 para hacerse de sus tierras.
En los censos nacionales de medio siglo más tarde, los ancestros con los mismos apellidos que tiene la comunidad hoy, están registrados con oficios de servicio, como peones, lavanderas, etc, dependientes de una de estas familias estancieras a la que le debieron pagar arriendos y cumplir con «obligaciones», una forma de trabajo servil muy difundida en el norte, bajo la amenaza latente de desalojo.
En dos siglos de estancias queriendo acaparar su territorio están los Molina, los Cobo, los Alurralde, los Colombres –que terminaron expropiados por el Estado provincial– y finalmente los Amín, que llegaron en 1959 con la misma intención. A esa familia pertenecía Darío Amín, uno de los condenados por el crimen de Chocobar.
Pero con todas esas idas y vueltas, los habitantes nunca jamás se fueron del Valle de Choromoro.
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«Hoy a las 11 es el operativo, no le digas nada a la mamá, me tiembla todo, pero confío en Luis, y van 4 policías más. No digas nada a nadie. Vos y yo lo sabemos». El mensaje de texto lo mandó Darío Amín unas horas antes del crimen.
Luis es Luis Humberto Gómez, alias “El Niño”, un policía retirado. Junto con ellos estaba otro policía, José Valdivieso. El objetivo de Amín era explotar una cantera de piedra laja en el corazón de la comunidad. Para eso se había asociado con Gómez: la idea era ir 50 y 50. Le pusieron a la sociedad Campo Amigo, combinando sus apellidos. La misión de Gómez era “limpiar” el territorio apelando a la intimidación.
El operativo, como lo llamaron, se hizo el 12 de octubre de 2009. ¿Habrá sido casual la fecha? ¿Eligieron el día del aniversario de la conquista española como una cábala?
Quizás no se detuvieron en ese detalle, pero fueron preparados para una masacre. Amín llevó un revólver calibre 32 largo, Gómez una pistola marca Taurus calibre 40 y otra marca CZ calibre 6,35 mm. Valdivieso una pistola Beretta, calibre 9mm. En la camioneta en la que llegaron, también guardaron una escopeta.
Además de todo, llevaron una cámara digital. El de Chocobar fue un crimen registrado en una época donde el registro permanente de la violencia todavía no estaba tan normalizado.
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En la primera imagen del video hay un hombre vestido de color caqui que baja de una camioneta. Frente a él, un grupo de comuneros llega en silencio por el camino. Traen la mirada un poco gacha, pero avanzan firmes, todos juntos. Detrás de ellos viene Javier Chocobar.
El hombre vestido de caqui, el ex policía Gómez, avanza hacia ellos, parece sacar pecho. Todavía no muestra sus armas.
–¿Quién es el encargado de ustedes?– pregunta.
–Acá no hay encargados– responden los comuneros.
–¿No hay nadie? –repite Gómez, que vuelve hacia la camioneta– Hasta luego, que anden bien ustedes.
Lo dice con desprecio, con un tono de ‘ahora van a ver lo que les espera’.
En la camioneta hay respiraciones agitadas, discuten por dónde seguir. Del lado de afuera, los comuneros miran. Uno de ellos, Delfín Cata, tiene una cámara de rollo, de esas que antes se usaban para los cumpleaños. Toma una fotografía.
–No sé para qué toman fotos –masculla Amín–. Si en tribunales ya nadie les da bola.
En la siguiente escena, los comuneros y Gómez están frente a frente.
–Quiénes son ustedes, qué tienen que venir a meterse aquí.
–Los Amín –dice el hombre de caqui–. Nosotros somos los Amín.
–Nadie tiene que venir a hacer aquí.
–Usted dice que no, explíquenos quiénes son ustedes –dice Amín.
–Bueno, tranquilo, tranquilo, hablando nos vamos a entender. Si no, capaz que no nos entendemos –dice gesticulando Gómez–, usted sabe que hay una orden judicial… Si yo voy a denunciar lo que ustedes están haciendo, vamos a tener problemas todos.
–¿Qué es lo que estamos haciendo? –dice Andrés Mamaní. Da un paso al frente.
Está tranquilo, pero firme. Gómez lo empuja con las manos.
–Maestro, quedate piola –dice y saca la pistola que lleva en la cintura–. ¡Vos a mí no me vas a venir a prepiar, te estoy hablando por las buenas!
Delfín Cata levanta su cámara pocket y toma una foto. Gómez lo ve, le dispara a los pies y avanza para pegarle un culatazo en la cabeza.
–¡Qué te creés vos, qué te creés vos! – grita.
La cámara que filma la escena baja. El que la lleva también empuña un arma. Lo que sigue después es audio. Hay gritos, más disparos. «Qué pasa, te voy a hacer pingo, culeado», se escucha mientras la cámara rueda al suelo/a la tierra.
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En la reconstrucción judicial se supo que, tras el golpe y el disparo, Delfín forcejeó con Gómez, que seguía disparando. Con la ayuda de otros comuneros lograron reducirlo y le arrebataron su pistola Taurus calibre 40 y una cachiporra que llevaba encima.
Gómez intentó sacar la pistola CZ de una tobillera, pero Delfín lo derribó de un empujón, le sacó el arma y la tiró al monte. Y, una vez que desarmó a Gómez, corrió a auxiliar a otros compañeros que intentaban frenar a José Valdivieso. Tras un breve forcejeo, logró quitarle la Beretta 9 mm con la que también había disparado.
“Yo les quité las armas a los asesinos”, dijo tiempo después al medio La Palta. “Si yo hubiera sido otra persona, quizás con las mismas armas los habría liquidado”.
Parecía que la situación se calmaba, pero Amín siguió disparando: lo hizo primero contra Javier Chocobar y, cuando logró darle, siguió. Primero hirió a Emilio Mamaní en la pierna y luego a Andrés Mamaní en el abdomen. En el tambor de su arma quedaron seis vainas servidas.
—¡Turco hijo de puta, me ha baleado! —gritó Javier con las últimas fuerzas que le quedaban, recuerdan quienes estuvieron ahí.
Valdivieso, que había logrado zafarse, recuperó la pistola que se le había caído a Gómez y disparó contra los comuneros que escapaban cerro arriba por un sendero.
Los tres hombres subieron a la camioneta y escaparon mientras Javier Chocobar se desangraba frente a su familia.
Además de Chocobar, Andres Mamani recibió un disparo en el abdomen, y desde entonces vive en los cerros con una colostomía, incapacitado para trabajar con sus animales. Y a Emilio Mamani le dieron un disparo en la pierna. Todavía tiene el plomo clavado en el hueso.
Después de la huida de los agresores, Delfín recogió la cámara y la guardó. Más tarde la entregó a un policía que, a pesar de recibir presiones de Hugo Sánchez, el entonces jefe de la policía provincial y cuñado de Gómez, no descartó esa evidencia fundamental para esclarecer el crimen.
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¿Cómo se recuerda al que murió defendiendo su tierra? ¿Con esa última escena, diciendo “Turco hijo de puta me has baleado”? ¿Con los brazos abiertos frente a una muerte que no esperaba? ¿Cómo se hace honor a su memoria?
La película de Martel parece hacerse esa pregunta y la responde metiéndose en la historia de la comunidad y del propio Chocobar. Hay algo muy amoroso en las dos horas de película que elige detenerse y poner el eje en la memoria de la comunidad.
El documental muestra sus fiestas, a Chocobar vestido de traje con toda la onda del mundo, peinado y firme para las muchas fotos de plaza que se tomó con fotógrafos minuteros. Habla de los que fueron a trabajar a las ciudades y volvieron, de los que se quedaron en su territorio a pesar de los papeles y las amenazas, de las cosechas, de las mujeres que trabajaron en fábricas, en la costura, limpiando casas con cama adentro cuando todavía eran niñas, pero que luego sintieron el llamado a volver a su tierra. “Trabajé en casas de jueces, de abogados, de doctores”, dice una de las comuneras, Isabel Cata. “Cuando ya he cumplido mi mayoría de edad he querido salir de ahí y trabajar por mi cuenta”.
Martel es conocida por construir en sus películas paisajes sonoros con varias capas superpuestas. Para esta producción, le pidieron a la comunidad los chips de sus teléfonos viejos. Allí descubrieron que, aunque la imagen de los celulares antiguos esté pixelada, el sonido de las fiestas familiares, los chistes, la forma de hablar sin inhibiciones, es un tesoro imposible de recrear con actores.
A esos archivos se suman los álbumes de fotos familiares de los comuneros. Y con ellos Martel no solo construye esa atmósfera onírica que envuelve sus películas, sino que también hace un prodigio de la mirada: pone el foco en las vidas subalternas. Nombra a aquellos que para la historia oficial no tienen ni siquiera rostro.
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Hay otra dramaturgia que contrasta con las fotografías en blanco y negro sobre la mesa: la narrativa judicial de los expedientes y los pasillos judiciales. Más allá del uso de cartas y títulos de propiedad para evidenciar la manipulación del lenguaje legal, el film se detiene en las contradicciones del juicio contra los acusados por el asesinato de Chocobar.
En una de las escenas, la defensa interroga a un testigo de la comunidad.
—¿Por qué estaban ahí?
—Nosotros estábamos cuidando nuestras tierras, que no vayan otras personas ajenas a quitárnoslas.
—¿Desde cuándo ustedes cuidan estas tierras en ese lugar?
—Nosotros vivíamos ahí, desde nuestros ancestros, los abuelos.
—¿Qué edad tiene usted?
—46 años.
—¿Hace 46 años que cuidan las tierras?
—No, de más antes.
El documental evidencia el contraste visual entre la inmensidad de los paisajes que habitan los Chuschas y el encierro de la sala de audiencias, con el kitsch burocrático de tonos marrones de los despachos, los jueces y abogados tomando jugo y café mientras los rostros indígenas observan en silencio absoluto.
Los acusados, vestidos de traje, parecen en su salsa.
La escena del testigo al que someten a un careo con el policía Valdivieso parece sacada de una película policial de cine negro.
Otro de los testigos convocado por Gómez para respaldarlo es su amigo y compañero policía, Justo Danielsen, da fe de su aptitud como comando:
–Yo puedo estar hablando –dice–, pensando y analizando, puedo unificar y hacer dos o tres cosas al mismo tiempo…
Más tarde, Gómez se jacta de su puntería:
– Si hubiese querido matar era más fácil levantar el arma y disparar.
Y al final agrega, como una confesión de parte:
–El Estado me entrenó para hacer esto.
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Los tres responsables del crimen fueron condenados recién en 2018: 18 años de prisión para el expolicía Gómez, 10 para Valdivieso y 22 para Darío Amín, el hombre que apretó el gatillo. La libertad les llegó pronto gracias a los laberintos de las apelaciones. Recién el 23 de octubre de 2025 la Corte Suprema dejó firmes las penas, aunque para Amín el veredicto llegó tarde: murió por Covid-19 antes de volver a la cárcel.
Pero mientras los expedientes acumulaban tecnicismos que rechazaban la justicia, la comunidad de Chuschagasta hacía otro trabajo: el de la persistencia. La película de Martel no es solo un registro del horror, sino un acto de restitución. La primera vez que se proyectó el documental fue en el salón comunitario en el territorio, con la comunidad en pleno. Allí descubrieron que, aunque el Estado lo convierta en número, hay un registro que ninguna bala pudo destruir: el de un pueblo que, tras 350 años de asedio, sigue eligiendo no irse de su lugar en el mundo.
La historia, que el poder intentó reducir a un «operativo» de desalojo, se convirtió en otra cosa. Quizás el cine sirva para que Chocobar ya no sea solo ese eco violento que resuena en Buenos Aires. Quizás el cine nos permita darle el sentido que ese apellido tiene en la comunidad de los Chuschas: el de un hombre que murió defendiendo su tierra, con una lapicera en el bolsillo y los brazos abiertos.
En el gobierno dan como un hecho la salida inminente de Mariano Cúneo Libarona y su reemplazo genera alta tensión en el gabinete ante la presión de los Menem para que Karina Milei se quede con el control de esa cartera.
El apoderado de La Libertad Avanza, Santiago Viola, se convirtió en una especie de gerente de Recursos Humanos de la Casa Rosada y entrevista candidatos para suceder a Cúneo, que se quiere ir desde antes de las elecciones del año pasado.
Karina, que es la jefa de Viola, le pidió a Cúneo que aguantara en el ministerio unos meses para no tener que dejarlo en manos de su viceministro, Sebastián Amerio, hombre de Caputo.
Entre los nombres que suenan aparecen el de la jueza federal Sandra Arroyo Salgado, el del fiscal federal Carlos Stornelli y el del fiscal general de la Ciudad, Juan Bautista Mahiques, como anticipó LPO.
A la hermana del Presidente y los Menem los preocupa la evolución de las causas Libra y Andis, entre otras que transitan por los juzgados federales, donde el «Tano» tien una influencia parcial, pero importante para la Casa Rosada que no tiene nada.
LPO anticipó que Arroyo Salgado es mirada de reojo en Comodoro Py desde el año pasado tras una serie de fallos que llevaron a sus pares a acusarla de sobreactuar en busca un cargo más importante al que tiene en el juzgado de San Isidro. La jueza también era mencionada como una candidata a la Procuración General, un cargo que tarde o temprano buscarán colonizar los libertarios para correr de allí al interino Eduardo Casal, hombre de Macri.
Sandra Arroyo Salgado
Stornelli también acumuló una serie de movimientos para endulzar los oídos de los Milei. La más reciente fue la denuncia penal al gobernador riojano Ricardo Quintela, a quien acusó de incitación a la violencia colectiva por decir que Milei «no puede llegar al 10 de diciembre de 2027».
Como anticipó LPO, la búsqueda de un pacto entre el gobierno y la dinastía Mahiques está subordinada al acuerdo entre Karina y Daniel Angelici, empresario del juego y sofisticado operador judicial. A la hermana del Presidente y los Menem los preocupa la evolución de las causas Libra y Andis, entre otras que transitan por los juzgados federales, donde el «Tano» tien una influencia parcial, pero importante para la Casa Rosada que no tiene nada.
Las dos causas siguen vivas, pese a la parsimonia de funcionarios judiciales como el fiscal Eduardo Taiano, que investiga la estafa cripto. Este jueves, por caso, La Nación anticipó que los expertos informáticos del Ministerio Público Fiscal confirmaron que el presidente mantuvo conversaciones por WhatsApp y por Instagram con el lobista Mauricio Novelli, uno de los protagonistas decisivos del lanzamiento de Libra.
Santiago Viola, el apoderado de La Libertad Avanza.
El próximo lunes 10 de enero se dará inicio a las Colonias de Vacaciones que organiza la Dirección de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina en la Isla 58. La primera semana (del 10 al 14 de enero) estará destinada a alrededor de 100 niños de los siguientes barrios: Don Bosco, Borgatti, Del Trabajo,…
Una página que durante décadas se creyó perdida de uno de los manuscritos más importantes de la Antigüedad reapareció inesperadamente en un museo francés. El hallazgo vuelve a poner en el centro de la investigación histórica y científica al célebre matemático griego Archimedes of Syracuse y a uno de los documentos más extraordinarios que transmitieron su obra a la posteridad.
Por Alcides Blanco para NLI
Un manuscrito clave de la ciencia antigua
El llamado Palimpsesto de Arquímedes es un manuscrito griego del siglo X que conserva copias de varios tratados del sabio de Siracusa. En la Edad Media, parte de esos textos matemáticos fue raspada para reutilizar el pergamino, una práctica habitual porque el material —fabricado con piel animal— era extremadamente costoso. Sobre esa superficie borrada se escribieron posteriormente textos religiosos.
Ese proceso de reutilización es lo que se conoce como palimpsesto: un documento cuyo texto original fue parcialmente eliminado para escribir otro encima.
Durante siglos el manuscrito circuló entre distintos centros culturales del mundo mediterráneo. Se conservó primero en Jerusalén y luego en Constantinopla (actual Estambul), antes de entrar en colecciones privadas europeas.
Hoy el documento se encuentra en el Walters Art Museum, en Estados Unidos, aunque durante décadas los investigadores sólo pudieron estudiarlo a partir de fotografías tomadas en 1906 por el historiador danés Johan Ludvig Heiberg.
La página perdida reaparece en un museo
La sorpresa llegó cuando el investigador Victor Gysembergh, del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia (CNRS), identificó una de las páginas desaparecidas en el Musée des Beaux-Arts de Blois, en el centro de Francia.
El folio corresponde a la página 123 del palimpsesto, una de las tres hojas que figuraban en las fotografías de 1906 pero que posteriormente habían desaparecido y se consideraban perdidas. La comparación directa con esas imágenes permitió confirmar su autenticidad.
El documento contiene un fragmento del tratado matemático “Sobre la esfera y el cilindro”, uno de los trabajos fundamentales de Arquímedes, específicamente las proposiciones 39 a 41 del primer libro. En la hoja aún se distinguen diagramas geométricos originales vinculados a esos razonamientos matemáticos.
Un texto oculto bajo una ilustración moderna
El folio presenta una particularidad que dificulta su lectura completa. En uno de sus lados el texto de Arquímedes todavía es visible, aunque parcialmente cubierto por oraciones escritas en épocas posteriores.
El reverso, en cambio, está oculto bajo una iluminación añadida en el siglo XX que representa al profeta bíblico Daniel entre dos leones. Esa ilustración habría sido agregada alrededor de 1942 por un propietario del manuscrito, posiblemente para aumentar su valor en el mercado.
Debajo de esa pintura se sospecha que todavía se conserva el texto antiguo, aunque por ahora no puede leerse con métodos convencionales.
Tecnología moderna para revelar el pasado
El descubrimiento abre la puerta a nuevas investigaciones. El equipo científico planea aplicar técnicas avanzadas como imágenes multiespectrales y análisis de fluorescencia de rayos X con sincrotrón para intentar recuperar las palabras ocultas bajo la pintura.
Métodos similares ya permitieron, a comienzos de los años 2000, revelar partes del palimpsesto que durante siglos permanecieron invisibles. Aquellas campañas de análisis sacaron a la luz textos desconocidos de Arquímedes y fragmentos de obras filosóficas antiguas.
Un recordatorio de cuánto queda por descubrir
El hallazgo demuestra que incluso los documentos más estudiados de la historia antigua todavía pueden deparar sorpresas. Una página que parecía perdida durante décadas estaba, en realidad, guardada en los archivos de un museo.
Para los historiadores de la ciencia, cada fragmento recuperado del palimpsesto permite reconstruir mejor el pensamiento matemático de Arquímedes, uno de los mayores científicos de la Antigüedad y figura central en el desarrollo de la geometría y la física. Y también recuerda algo fundamental: la historia del conocimiento aún está llena de páginas por redescubrir.
La revista científica Clinical Epidemiology and Global Health publicó el estudio “Incidencia y mortalidad por cáncer en localidades rurales argentinas rodeadas de tierras agrícolas tratadas con pesticidas”, que establece que en los pueblos fumigados de Argentina (tomando como casos testigo ocho localidades en la provincia de Santa Fe) la mortalidad por cáncer en la población…
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