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Reapertura del Museo Felipe Bonoli

En el marco del aniversario de Villa Regina, mañana sábado de 16 a 20 horas se llevará a cabo la reapertura del Museo Felipe Bonoli.

Será un momento especial ya que la casa del fundador de la ciudad reabre luego de los trabajos de restauración y mantenimiento que se llevaron a cabo durante la pandemia.

La museóloga Magali Catriquir manifestó que “se invita a participar a la comunidad, a las familias, a los niños y niñas que van a poder dibujar y pintar. También habrá un inflable para que los chicos puedan disfrutar del predio con la nueva entrada habilitada por calle Florencio Sánchez, que es la original de la casa”.

“Será el momento oportuno para el reencuentro con nuestra historia y nuestros orígenes”, agregó la museóloga.

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  • Big Bang financiero: la CNV apuesta a que el mercado se regule solo

     

    La Comisión Nacional de Valores (CNV) lanzó un paquete de reformas que promete cambiar de raíz el funcionamiento del mercado de capitales. El organismo, junto al Ministerio de Desregulación, impulsa un esquema que elimina en gran parte la aprobación previa de emisiones y la reemplaza por un modelo basado en la presentación de información. En la práctica, se trata de un giro profundo: menos control antes de salir al mercado y más responsabilidad posterior.

    El propio Gobierno lo presenta como un «Big Bang» financiero. La iniciativa se materializa a través de seis resoluciones (de la 1132 a la 1137) que fueron sometidas a consulta pública y que apuntan a agilizar la emisión de instrumentos. El objetivo oficial es reducir tiempos y facilitar el acceso al financiamiento, en un mercado históricamente chico y con baja profundidad.

    Uno de los cambios más significativos es que los Fondos Comunes de Inversión abiertos dejarán de requerir autorización previa. En la misma línea, instrumentos como fideicomisos financieros, obligaciones negociables y fondos cerrados podrán contar con autorización automática bajo ciertos umbrales. La lógica es simple: menos trámites, más velocidad.

    Caputo quiere mover los fondos de la Anses y crece la tensión con Pettovello

    Pero detrás de esa promesa de dinamismo aparece una tensión central. La CNV se corre del mostrador y deja de filtrar qué sale al mercado. En lugar de revisar cada emisión antes de su lanzamiento, el organismo pasará a concentrarse en la supervisión posterior, lo que modifica el equilibrio entre regulación y autorregulación.

    En el propio mercado reconocen el cambio de lógica. «No va a estar más el confort de la autorización de la CNV», señalan operadores, que advierten que el nuevo esquema exige mayor responsabilidad por parte de los actores privados. Estudios jurídicos, estructuradores e intermediarios deberán asumir un rol más activo en la validación de las operaciones.

    No va a estar más el confort de la autorización de la CNV.

    Ese corrimiento implica, en los hechos, un traslado del riesgo. Si antes existía una instancia que podía detectar inconsistencias antes de que un instrumento llegara al público, ahora ese filtro desaparece. El sistema pasa a depender más de la calidad de la información y del comportamiento de quienes participan del mercado.

    Al mismo tiempo, la reforma amplía el universo de inversores que pueden acceder a estos instrumentos, al reducir los requisitos para ser considerado inversor calificado. Esto puede aportar volumen, pero también implica que más personas queden expuestas a productos complejos en un entorno donde no siempre cuentan con la información o la formación necesaria.

    No es la primera vez que la CNV avanza en flexibilizaciones que amplían el universo de participantes sin un refuerzo equivalente en materia de educación financiera. Meses atrás, el organismo habilitó a adolescentes desde los 13 años a operar en una gama más amplia de fondos comunes de inversión, una decisión que generó cuestionamientos desde distintos sectores por la exposición temprana a instrumentos financieros más complejos.

    En ese momento, especialistas advirtieron sobre los riesgos de confundir inversión con juego, en un contexto marcado por el crecimiento de la ludopatía online entre menores. El ex titular de la CNV, Alejandro Vanoli, llegó a calificar la medida como «un acto de irresponsabilidad» si no está acompañada por una política masiva de educación financiera. El antecedente vuelve a poner en discusión el enfoque actual del organismo: mayor acceso y desregulación, pero con interrogantes sobre la capacidad real de los nuevos participantes para evaluar riesgos.

    El enfoque actual de la CNV es mayor acceso y desregulación, pero abre interrogantes sobre la capacidad real de los nuevos participantes para evaluar riesgos.

    No es un punto menor en un contexto en el que se multiplican las promesas de rentas rápidas, esquemas poco transparentes y ofertas difíciles de auditar. Con menos filtros previos, el riesgo de que circulen instrumentos de calidad dudosa crece, especialmente si la supervisión posterior no logra ser efectiva.

    La apuesta oficial es que la velocidad compense la falta de control. El interrogante es si acelerar los tiempos alcanza cuando el problema de fondo no es el trámite, sino la confianza. En los hechos, el esquema descansa en que el mercado se discipline solo, algo que en economías con mayor desarrollo puede funcionar, pero que en Argentina tiene antecedentes más frágiles.

    La discusión de fondo, sin embargo, excede lo regulatorio. En un contexto donde el ingreso real sigue tensionado y el ahorro es limitado, crece la tentación de buscar rendimientos rápidos. Esa combinación -más oferta de instrumentos, menos control previo y necesidad de hacer rendir la plata- puede ser terreno fértil para promesas exageradas o engañosas.

     

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    Caputo da el tiro de gracia a la fabricación de calzado deportivo nacional

     

    La Resolución 531/2026, firmada por el ministro de Economía Luis Caputo, elimina el antidumping para el calzado deportivo desmontado y expone el rumbo de un modelo que resigna producción nacional. Bajo el argumento de reducir precios y modernizar la industria, el Gobierno avanza en un esquema que reemplaza fabricación por ensamblaje, profundiza la dependencia tecnológica y redefine el trabajo industrial en la Argentina.

    Por Walter Onorato

    El Gobierno de Javier Milei acaba de dar un paso que, lejos de ser técnico o neutro, expone con crudeza el rumbo económico que eligió transitar: menos industria, más dependencia y una peligrosa resignación productiva. La Resolución 531/2026 del Ministerio de Economía, publicada el 21 de abril de 2026 y firmada por el ministro Luis Caputo, no es solo una norma administrativa; es una declaración ideológica en estado puro. Bajo la excusa de “modernizar” el sector del calzado, se decidió excluir del régimen antidumping al calzado deportivo desmontado proveniente de China, es decir, zapatillas que llegan en partes para ser ensambladas en el país.

    El dato puede parecer menor, casi burocrático, pero esconde una transformación profunda. Lo que antes ingresaba como producto terminado y pagaba un derecho antidumping para proteger a la industria local, ahora entra desarmado, eludiendo ese recargo. En términos prácticos, el Estado argentino deja de defender la producción nacional en nombre de una supuesta eficiencia que, en realidad, se apoya en una lógica de importación encubierta.

    El argumento oficial suena prolijo: abaratar costos, facilitar el acceso a insumos tecnológicos y, en última instancia, bajar los precios al consumidor. Una narrativa seductora en tiempos de bolsillos golpeados. Sin embargo, cuando se corre el velo, aparece la tensión estructural que atraviesa toda la medida. Porque lo que el Gobierno presenta como una estrategia de competitividad no es otra cosa que la aceptación explícita de una derrota industrial.

    La propia resolución lo admite sin rodeos: existe una “brecha tecnológica significativa” en el segmento de calzado deportivo de alta performance. Traducido: Argentina no produce los materiales ni las tecnologías necesarias para competir en ese nicho. Frente a ese diagnóstico, el camino elegido no es invertir, desarrollar o proteger capacidades locales, sino directamente importar la tecnología en forma de piezas y limitarse a ensamblarlas.

    Ahí está el corazón del problema. El modelo que se promueve no es industrial en sentido pleno. Es un esquema híbrido, donde el país aporta mano de obra y procesos básicos —pegado, armado, terminación— mientras el valor estratégico queda en el exterior. Según los datos oficiales, este sistema genera apenas un 20% de valor agregado local. El resto, el núcleo tecnológico y económico del producto, sigue estando afuera.

    Empresas como Topper Argentina o Puma Sports Argentina ya operan bajo este formato. Importan kits desmontados, los ensamblan en plantas locales y colocan el producto en el mercado. El Gobierno utiliza estos casos como ejemplo de “integración productiva”. Pero la pregunta incómoda es inevitable: ¿esto es industria o simplemente una maquila sofisticada?

    El crecimiento de este esquema no deja lugar a dudas sobre la dirección del sector. Entre 2015 y 2019, el calzado desmontado representaba el 28% de las importaciones. Entre 2021 y 2023, esa cifra saltó al 59%. Es decir, el modelo ya no es marginal: se está convirtiendo en la regla. Y la decisión oficial no hace más que consolidarlo.

    El problema es que esta transformación ocurre en un contexto de debilidad estructural. El empleo en el sector del calzado viene en caída desde hace más de una década y la producción está lejos de sus niveles históricos. En ese escenario, flexibilizar las barreras a la importación —aunque sea de manera indirecta— no parece una política inocua. Más bien, funciona como un acelerador de esa tendencia regresiva.

    Desde el Gobierno insisten en que no se destruye industria, sino que se la reconvierte. Una palabra elegante para describir un proceso mucho más áspero: el pasaje de un modelo productivo integral a uno fragmentado, dependiente y vulnerable. Porque ensamblar no es lo mismo que fabricar. Y en esa diferencia se juega algo más que una discusión técnica: se juega la soberanía económica.

    La medida también se alinea con otra decisión clave: la reducción del Derecho de Importación Extrazona al 0% para estos insumos. En otras palabras, se construye un andamiaje normativo que facilita, abarata y estimula la importación de partes. El resultado es una ecuación clara: producir localmente cada vez menos y ensamblar cada vez más.

    El discurso oficial promete que esa reducción de costos se trasladará a los precios. Pero la experiencia histórica invita a la cautela. No hay garantías reales de que esa baja llegue al consumidor. Lo que sí es seguro es que las empresas verán reducidos sus costos. El resto, como tantas veces, quedará librado a la lógica del mercado.

    Mientras tanto, el sector productivo vive una tensión cada vez más evidente. Las pymes reclaman protección frente a la competencia externa, mientras las grandes marcas empujan por un acceso más flexible a insumos importados. La resolución, lejos de equilibrar esas posiciones, toma partido de manera implícita por uno de los actores.

    En ese sentido, la exclusión del calzado desmontado del régimen antidumping funciona como una suerte de “zona liberada” dentro del sistema comercial. Un espacio donde la lógica de la apertura se impone sin matices, aun cuando el costo sea profundizar la fragilidad industrial.

    El trasfondo es ideológico. La medida responde a una visión que desconfía del Estado como herramienta de desarrollo y apuesta a la desregulación como solución universal. En esa lógica, la industria deja de ser un objetivo estratégico y pasa a ser una variable de ajuste.

    Pero la realidad es más compleja. La economía no es un laboratorio donde las teorías se aplican sin consecuencias. Detrás de cada decisión hay trabajadores, empresas, territorios. Y en este caso, lo que está en juego es el futuro de un sector que ya viene golpeado.

    Aceptar que Argentina no puede producir calzado deportivo de alta tecnología puede ser un diagnóstico honesto. Convertir esa limitación en política permanente es otra cosa. Es resignar la posibilidad de desarrollar capacidades propias, de generar conocimiento, de construir un entramado productivo más robusto.

    En ese escenario, hablar de “industria nacional” ya no es una consigna abstracta sino una realidad cada vez más acotada y, en muchos casos, al borde de la asfixia. Porque mientras el discurso oficial celebra la apertura y la baja de costos, lo que queda del entramado productivo local sobrevive como puede, lejos de las grandes marcas globales y sin el respaldo de políticas sostenidas. Existen, sí, fábricas que todavía producen en serio, que no se limitan a ensamblar piezas importadas, pero son cada vez menos y operan en condiciones desiguales.

    Ahí aparecen casos como Raptor, una experiencia nacida en plena pandemia que decidió fabricar botines y calzado deportivo con procesos locales en su propia planta, apostando a un modelo productivo que parece ir a contramano del rumbo general. También está Unitec Blue, una pyme con base industrial que sostiene producción nacional en un mercado cada vez más hostil, o Bando, que mantiene una lógica fabril clásica aunque con escala reducida. En un registro similar se ubica Signia, que conserva procesos productivos propios y presencia en segmentos técnicos, mientras que Gaelle representa ese híbrido entre diseño local y fabricación que aún intenta sostenerse dentro del país.

    Pero incluso en estos casos, la realidad impone límites difíciles de esquivar. La mayoría depende, en mayor o menor medida, de insumos importados, enfrenta costos estructurales elevados y compite contra cadenas globales que operan con otra escala, otra tecnología y otro respaldo financiero. No se trata de empresas ineficientes, como muchas veces se intenta instalar, sino de actores que juegan en una cancha inclinada.

    Y ahí es donde la medida del Gobierno deja de ser un simple ajuste técnico para convertirse en un factor decisivo. Porque cuando se facilita la importación —aunque sea en forma de piezas “desmontadas”— no se está generando una competencia virtuosa, sino profundizando una desigualdad estructural. Lo que queda en pie no es una industria robusta que se adapta, sino un puñado de fábricas que resisten. Y la pregunta, otra vez, es cuánto tiempo más podrán hacerlo.

    En definitiva, la Resolución 531/2026 firmada por Luis Caputo no es solo una medida sobre zapatillas. Es una pieza más de un modelo económico que prioriza el corto plazo, la baja de costos y la apertura comercial por sobre cualquier estrategia de desarrollo industrial. Un modelo que, en nombre de la eficiencia, corre el riesgo de vaciar de contenido a la propia idea de producción nacional.

    Y en ese camino, la pregunta que queda flotando —incómoda, persistente— es si el país está eligiendo competir en el mundo o simplemente resignarse a ensamblarlo.

    Fuentes:
    Boletín Oficial de la República Argentina. (2026, abril 21). Resolución 531/2026 del Ministerio de Economíahttps://www.boletinoficial.gob.ar/detalleAviso/primera/340997/20260421

    Cámara de la Industria del Calzado. (s. f.). Ya rigen las medidas por dumping a calzado de origen chinohttps://www.calzadoargentino.org.ar/comercio-exterior/ya-rigen-las-medidas-por-dumping-a-calzado-de-origen-chino/

    CDA – Comercio Exterior. (s. f.). Dumping – Calzados (NCM 6401 a 6405), de Chinahttps://www.cda.org.ar/detalle_normativa.php?id=8453

    PCRAM. (s. f.). Pelea entre fabricantes de calzado por importacioneshttps://www.pcram.net/post.php?mid=9061

     

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