PROVINCIA ACOMPAÑA A LOS MAYORES CON EL PLAN: RIONEGRO +60

PROVINCIA ACOMPAÑA A LOS MAYORES CON EL PLAN: RIONEGRO +60

A partir de hoy está disponible en toda la provincia, una propuesta destinada a adultos mayores de 60 años, quienes conforman el grupo con mayor vulnerabilidad ante la pandemia del COVID-19.

El plan Río Negro +60 busca ayudar y acompañar a los mayores, hasta tanto se extienda el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Se proporcionará un 0800 exclusivo, programas de radio y televisión, asistencia psicológica y entretenimiento, entre otras cosas.

“El objetivo de esta herramienta es que se constituya en una solución simple y eficaz para tratar los distintos inconvenientes que provoca en las personas mayores el aislamiento dispuesto en contexto de la pandemia de COVID-19”, sostuvo la gobernadora, Arabela Carreras, quien encabezó el lanzamiento del plan con una conferencia de prensa virtual, en el Salón Gris de la Casa de Gobierno.

El plan tiene cinco ejes desde los cuales se trabajará para mejorar la situación de este grupo. En primer lugar, funcionará el 0800-333-0167 de 8 a 20, de lunes a lunes. “A través de esta línea todos los adultos mayores de la provincia podrán tomar contacto en forma exclusiva con los operadores, cada inquietud será canalizada en función del tipo de demanda para brindar una respuesta eficaz”, indicó la Mandataria.

El 0800 atenderá cuestiones relativas a medidas de prevención frente al Coronavirus; actividades para hacer desde el hogar; cuidado de la salud; modos de atención en bancos, obras sociales y otras dependencias y farmacias de turno en cada localidad; entre otros temas.

Del mismo modo, y ante una emergencia, se realizará la derivación inmediata, ya sea al hospital más cercano o al 911.

Por otro lado, estará disponible el programa de atención psicológica. “Es una situación difícil de afrontar, por ello nos hemos asociado con el Colegio de Psicólogos para brindar asistencia y así poder sobrellevar este tiempo de encierro”, explicó Arabela.

Por el mismo 0800 podrá solicitarse este servicio, mediante el cual se darán los turnos para acceder a una consulta de 40 minutos. El Gobierno Provincial respalda este programa abonando la consulta a los psicólogos. Los profesionales que deseen participar pueden hacerlo a través del Colegio de Psicólogos.

En tercer lugar podrán acceder a un espacio de encuentro específico para adultos mayores en el Facebook “Río Negro más 60”. Esta página está destinada específicamente a socializar, habrá consignas de entretenimiento y distintas tareas. “Por supuesto también es un espacio para canalizar inquietudes y están los equipos preparados para poder atenderlas”, aseguró la Gobernadora.

En los medios públicos provinciales, Canal 10 y LU19, podrán disfrutar de programaciones pensadas específicamente para ellos.

En Canal 10, el programa “Activate en Casa” irá de las 8.30 a las 9.30. En este espacio los lunes, miércoles y viernes se transmitirá gimnasia funcional, en tanto los martes y jueves será una clase de yoga. Ambas clases son llevadas adelante por profesores especialistas en adultos mayores.

De 9.30 a 10, iniciará “Río Negro te acompaña”, momento en el que se brindará información y asesoramiento sobre distintas temáticas, habrá un equipo de profesionales de la salud que orientarán en cuestiones sanitarias para reforzar como hay que cuidarse en este contexto.

De 14 a 14.30 “Río Negro te entretiene” transmitirá distintas actividades con el objetivo de generar un espacio para la distención.

Por otro lado, LU19 incluirá en su programación un magazine de 15 a 18, con mucha información para los adultos mayores.

Por último, el plan invita a los centros de adultos mayores de la provincia a contactarse mediante el 0800 para resolver las distintas problemáticas que afloran en el marco del aislamiento social preventivo y obligatorio por el COVID-19. “Hoy los más de 60 centros que hay en Río Negro están cerrados, y queremos mantener vivo su espíritu colaborativo. Por ello los invitamos a que se comuniquen con nosotros para conversar sobre los distintos temas”, destacó la Gobernadora.

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    Cuando el verano se pasaba en la pileta del club

     

    En los años 70 y 80, miles de chicos argentinos pasaban el verano en las piletas de los clubes. La historia de las colonias y aquella vida de barrio.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo una Argentina en la que las vacaciones de verano no necesariamente implicaban viajar cientos de kilómetros ni reservar un departamento frente al mar. Para muchísimas familias, especialmente en las grandes ciudades, el verano empezaba cuando abría la pileta del club. Enero y febrero podían transcurrir a pocas cuadras de casa, entre una reposera, una pelota, un sándwich envuelto en papel, una gaseosa caliente y varias horas bajo el sol. Los chicos llegaban temprano para la colonia de vacaciones y volvían a casa agotados al mediodía; por la tarde, muchas veces, regresaban con sus padres o con los amigos del barrio. El club deportivo se convertía durante esos meses en una especie de playa doméstica, accesible para quienes no podían afrontar un viaje y, al mismo tiempo, en uno de los principales espacios de encuentro social de los barrios argentinos.

    La colonia como parte de la infancia

    La colonia de vacaciones tenía una organización que hoy puede resultar entrañable. Los chicos se agrupaban por edades, tenían profesores, horarios y actividades, y aprendían a nadar o perfeccionaban sus habilidades en la pileta mientras afuera se desarrollaba una vida paralela de juegos y amistades. Para muchos niños, la colonia era una prolongación de la escuela, pero sin guardapolvo, sin cuadernos y con la promesa de pasar buena parte del día en el agua. Había competencias, juegos por equipos, carreras, actividades deportivas y excursiones, pero también largos momentos de tiempo libre en los que la imaginación hacía el resto.

    El club tenía además una ventaja decisiva para muchas familias: estaba cerca. En una época en la que no todos tenían automóvil y el transporte cotidiano tenía otras características, poder llegar caminando, en colectivo o en bicicleta significaba que los chicos podían desarrollar una autonomía que hoy resulta menos frecuente. El barrio era el territorio cotidiano y el club formaba parte de él. Los padres podían conocer a los profesores, a los dirigentes y a otras familias, mientras los chicos iban construyendo durante el verano una red de amistades que muchas veces continuaba durante todo el año.

    La pileta también modificaba el ritmo familiar. El verano tenía horarios propios: almorzar más tarde, dormir una siesta, volver a la pileta después de las cuatro cuando el calor aflojaba y quedarse hasta que empezara a caer el sol. No había necesidad de llenar cada hora con una actividad organizada. Buena parte del atractivo consistía precisamente en tener tiempo libre. Los chicos podían pasar una tarde entera jugando a la pelota, haciendo competencias de clavados, charlando al borde de la pileta o inventando alguna aventura que en ese momento parecía importantísima.

    El club como vacaciones posibles

    Para las familias que no podían viajar, la pileta del club tenía además un significado económico. Las vacaciones fuera de la ciudad implicaban transporte, alojamiento, comida y otros gastos que no estaban al alcance de todos. El club ofrecía una alternativa mucho más accesible: una cuota social y, en algunos casos, un adicional por temporada permitían utilizar las instalaciones durante los meses de calor. La posibilidad de disfrutar del verano no dependía necesariamente de poder viajar, y eso convertía a las instituciones barriales en actores importantes de la vida social.

    Esta característica estaba relacionada con una tradición mucho más antigua. Durante buena parte del siglo XX, los clubes argentinos fueron construyendo instalaciones deportivas y recreativas que excedían ampliamente la práctica competitiva. La pileta, el gimnasio, el salón de fiestas, la cancha y el buffet formaban parte de un mismo universo institucional. El club podía ser el lugar donde un chico aprendía a nadar, donde jugaba al fútbol, donde sus padres participaban de una comisión y donde la familia terminaba celebrando un cumpleaños. La institución acompañaba distintas etapas de la vida, algo que ayudaba a explicar su enorme arraigo.

    En verano, además, aparecía una escena muy característica: las familias cargadas con bolsos, toallas, ojotas, termos y comida. La heladerita podía contener sandwiches, fruta y alguna bebida para evitar gastar demasiado en el buffet. Las madres y los padres buscaban un lugar con sombra mientras los chicos desaparecían rápidamente hacia la pileta. Al rato aparecía el problema inevitable: quién había perdido la toalla, quién tenía que ponerse protector solar nuevamente, quién había dejado las ojotas junto a la pileta y quién todavía no quería salir del agua.

    También estaba la figura del guardavidas, que durante aquellas temporadas adquiría una autoridad especial. Su silbato podía detener una carrera, impedir una conducta peligrosa o anunciar que era momento de salir del agua. Los chicos aprendían así algunas de las primeras reglas de convivencia fuera de la escuela y de la familia. La pileta era diversión, pero también aprendizaje colectivo: había turnos, límites, normas y adultos responsables de hacerlas cumplir.

    Una Argentina que también veraneaba cerca

    Con el paso del tiempo, el modelo fue cambiando. Las vacaciones familiares se diversificaron, aumentaron las posibilidades de viajar y aparecieron nuevas propuestas de entretenimiento. Los barrios también se transformaron, los clubes atravesaron dificultades económicas y algunas instituciones perdieron parte de la infraestructura que habían construido durante décadas. La televisión por cable, los videojuegos, las nuevas tecnologías y, posteriormente, internet modificaron además la manera en que los chicos ocupaban su tiempo libre.

    Sin embargo, las colonias y las piletas de los clubes nunca desaparecieron completamente. Siguen existiendo porque responden a una necesidad que no es solamente recreativa. Para muchas familias representan un espacio seguro, cercano y comunitario donde los chicos pueden encontrarse con otros chicos, practicar deportes y aprender a desenvolverse colectivamente. Lo que quizás cambió es el lugar que ocupan dentro de una sociedad en la que el tiempo libre está cada vez más fragmentado.

    Recordar aquellas temporadas de pileta no significa afirmar que antes todo era mejor. También había desigualdades, clubes deteriorados, familias que no podían siquiera pagar una colonia y barrios en los que las condiciones de vida eran muy diferentes. Pero aquellas escenas permiten observar algo importante: la recreación también formaba parte de la vida comunitaria y no estaba necesariamente separada del deporte, la educación o la organización barrial.

    Por eso, cuando quienes fueron chicos en los años 70 u 80 recuerdan el verano, muchas veces no aparece primero una playa lejana ni un hotel. Aparece una pileta. Aparece el olor a cloro, el piso caliente, la bolsa con la merienda, el silbato del guardavidas, la carrera para ocupar una reposera bajo un árbol y la orden repetida de una madre: «Salí un rato del agua». Para miles de argentinos, esas fueron sus vacaciones, y en esa pileta del club encontraron algo que excedía largamente el entretenimiento: amigos, autonomía, deporte, barrio y una forma de aprender que el verano también podía ser una experiencia compartida.

     

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