PLANIFICACIÓN CERO
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PLANIFICACIÓN CERO

Mucho revuelo en redes y medios por la colocación de un deck en el bar Mon Bohemi en calle 9 de julio. Un poco de info sobre la ordenanza 072/18 que fue aprobada por el CD anterior (autoría de Maxi Garré-FdT) sujeta a modificaciones que solicitó el ejecutivo de ese período. La ordenanza invita a adherir al programa denominado “Veredas Libres” y como su nombre lo dice tiene como una de sus finalidades liberar el espacio público para mejorar la circulación del peatón (Art 2).

Es solo para los comercios gastronómicos ubicados en la 9 de julio (Art 3) y el deck puede ocupar solo el frente del mismo comercio, también hay que tener en cuenta que no se hablita en las esquinas (Art 10 a) por su alto grado de exposición o accidentes, lo que reduce la cantidad de comercios del rubro en esa avenida, al menos, a la mitad. Los costos corren todos a cargo del comerciante.

Una ordenanza que no modifica en nada al conjunto social, aunque afecta positivamente a una minoría que no suele tener beneficios que mejoren su vida cotidiana en la ciudad, la del peatón. Aunque sea de manera mínima, es importante reconocer al peatón como un sujeto activo en #VillaRegina.

Es cierto que tenemos problemas de estacionamiento, pero el problema de base que es la alta circulación vehicular en el ejido céntrico de Regina no está en la 9 de julio y el eje del conflicto está en la falta de planificación para reestructurar la ciudad y solucionar el problema de centralización. Cuatro lugares en una avenida de 400 mts que tiene un margen de punta a punta sin comercios (desde plaza de los próceres hasta la universidad) y no nuclea el grueso de la atención administrativa, no es un problema, eso está claro.

Es interesante diversificar un poco la temática, ver las cosas desde un punto macro, y que la cuestión no solamente se condicione a tratar el caso puntual si el deck si o el deck no. Si no que sirva como disparador de un debate mucho más importante para Regina, como lo es la planificación estratégica de la ciudad que requiere de manera urgente una Secretaria de Planificación que tenga continuidad en el tiempo porque estamos hablando de planificación, y las planificaciones necesitan sostenerse y no romperse a partir de políticas partidarias o egos profesionales.

La ciudad tiene hace rato ciertos problemas de centralidad, y no es una ciudad que tenga características de las denominadas grandes con respecto a la densificación, todavía estamos con cierta potencialidad de territorios para poder ordenarlos de otra manera y no llegar a tener en un corto plazo grandes problemas de centralidad.

Todavia no tenemos un problema específico de radiocentrismo, pero sí simboliza el problema. Tenemos dos Reginas, la norte y la sur, que los separa la ruta que es un límite artificial importante, más los límites naturales hacia el norte y el sur (barda y rio), y la ciudad como la célula que es, crece y se mueve constantemente, pero en el norte se sigue nucleando toda la cuestión administrativa lo que implica que todas las personas deben ir a esa zona para resolver cuestiones administrativas.

Para poder evaluar con cierto criterio la ciudad, se requiere especialización y planificación para estructurar el crecimiento que no cuenta con un orden, ni seguimiento, ni plan. Sin ir más lejos, por ejemplo, en Regina la accesibilidad para las personas con discapacidad prácticamente es nula.

Pensar en conjunto es una clave, con el Concejo Deliberante, el colegio de arquitectos, las universidades, las organizaciones intermedias, inclusive instituciones que no tienen que ver con el desarrollo arquitectónico y urbanístico pero conocen y entienden de sociología y movimientos sociales, de funcionamiento de masas y de su comportamiento social que nos podrían brindar información mucho más real y concreta, para tomar mejores decisiones.

Como también el desarrollo de censos que nos podrían brindar información para repensar la ciudad, conociendo la cantidad de vehículos que hay, la cantidad de personas que asisten presencialmente a sus trabajos, donde trabajan, el flujo de ciudadanos que cruza la ruta para realizar trámites administrativos durante la semana, donde se localizan, básicamente como se mueve la masa urbana. Todo esto potencia nuestras posibilidades de un crecimiento ordenado y pensado.

Primero hay que analizar la ciudad, donde están los conflictos peatonales, donde están los conflictos vehiculares, a partir de ahí se puede planificar y tomar decisiones en conjunto. En definitiva es analizar un contexto general, para atacar el problema de fondo con un desarrollo y una planificación integral. No estoy descubriendo nada.

¿Qué está pasando con la planificación de Regina? Pasa que no existe. ¿Hacia dónde vamos al no contar con una planificación estratégica? Hacia un gran problema urbanístico de radiocentrismo. ¿Qué necesitamos? Una Secretaría de Planificación.

La planificación estratégica nos ayudaría hoy a saber cómo y dónde descentralizaríamos el flujo vehicular y de gente, que hoy tiene la obligación de ir al ejido céntrico. De qué manera podríamos hacer para que la gente estacione en otro lado? promoviendo estacionamientos públicos y privados, para poder manejarse en el centro de forma peatonal.

Por ejemplo, reutilizando terrenos baldíos históricamente abandonados en el centro sin ninguna posibilidad de reconversión privada, recuperando de este modo espacios públicos buscando una solución a una problemática de planificación estratégica integral que apareció con el crecimiento demográfico de la ciudad y su composición geográfica; y tiene un destino incierto, desordenado y librado al azar.

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    Milei descubre las Malvinas justo cuando necesita una bandera: el volantazo de un Gobierno que busca escapar de sus propios problemas

     

    Milei endurece su discurso sobre Malvinas, pero su giro soberanista contrasta con su relación con el Reino Unido y llega en un momento de dificultades políticas.

    Por Roque Pérez para NLI

    Milei volvió a hablar de Malvinas. Y lo hizo con la solemnidad de quien pretende presentarse como el gran defensor de la soberanía argentina. En cadena nacional, anunció proyectos para endurecer sanciones contra empresas que exploten recursos en las islas, crear organismos vinculados con la seguridad nacional y fortalecer la presencia militar en Tierra del Fuego. El problema para el Presidente es que la historia reciente de su propio Gobierno vuelve difícil aceptar el repentino fervor soberanista como si siempre hubiera sido su principal bandera.

    Porque las Malvinas son argentinas. Eso no empezó con Milei y tampoco terminará con él. Es una causa nacional consagrada incluso constitucionalmente y sostenida durante décadas por gobiernos de signos políticos diferentes. Precisamente por eso, resulta legítimo preguntarse por qué el Presidente decide colocarla ahora en el centro de la escena, después de meses en los que su política exterior estuvo marcada por una alineación prácticamente automática con Estados Unidos, Israel y otros aliados internacionales, mientras mantenía una relación particularmente cuidadosa con Londres.

    La pregunta no es si Milei puede hablar de Malvinas. La pregunta es por qué ahora.

    De Margaret Thatcher a la bandera argentina

    Hay una contradicción que no puede borrarse con una cadena nacional.

    Milei construyó durante años una admiración pública por Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la Guerra de Malvinas. Esa posición generó fuertes críticas, especialmente entre excombatientes y sectores vinculados con la memoria de la guerra. Incluso durante su campaña presidencial planteaba que la recuperación de las islas debía ser resultado de una negociación prolongada con el Reino Unido y que había que considerar a quienes viven allí.

    Ya en el Gobierno, la relación con Londres tampoco fue presentada como una confrontación frontal. Por el contrario, la administración libertaria sostuvo una estrategia de acercamiento y diálogo que generó cuestionamientos desde sectores de la propia coalición oficialista.

    La entonces canciller Diana Mondino llegó a sostener que la Argentina buscaba cambiar la estrategia respecto de Malvinas y avanzar mediante el diálogo. Y en 2024 el Gobierno evitó confrontar públicamente con la visita del entonces canciller británico David Cameron a las islas.

    Ahora, en cambio, Milei aparece convertido en un cruzado de la soberanía.

    El cambio no es menor. Tampoco parece casual.

    Reuters describió este giro como un endurecimiento respecto de la postura anterior del Presidente y señaló que la nueva estrategia aparece en un momento políticamente sensible, con una aprobación presidencial estimada en 36,8% y con el horizonte electoral de 2027 cada vez más cerca.

    Dicho en criollo: cuando la motosierra ya no alcanza para entusiasmar, aparece la bandera.

    Una causa nacional convertida en salvavidas político

    Malvinas tiene una característica que cualquier dirigente conoce: une donde otras discusiones dividen.

    No importa si se trata de peronistas, radicales, desarrollistas, socialistas, nacionalistas o ciudadanos que no tienen ninguna identificación partidaria. El reclamo argentino sobre las islas forma parte de una conciencia nacional profundamente arraigada.

    Y ahí aparece la oportunidad política para Milei.

    El Gobierno enfrenta una agenda cargada de conflictos. El Congreso vuelve a ser un terreno incómodo para el oficialismo, mientras la oposición busca discutir cuestiones como el endeudamiento de las familias y la situación de las personas con discapacidad. Al mismo tiempo, el Ejecutivo espera que los próximos datos económicos le permitan mostrar algún resultado favorable. La discusión sobre Malvinas ofrece, en cambio, una escena mucho más sencilla: Presidente, bandera, soberanía y enemigo externo.

    Es una narrativa perfecta para un Gobierno que necesita recuperar iniciativa.

    Y mucho más cómoda que hablar de jubilaciones, salarios, empleo, universidades, industria o del deterioro del poder adquisitivo.

    El recurso político es viejo. Cuando una administración tiene dificultades para imponer una agenda doméstica, puede intentar trasladar la discusión hacia una cuestión nacional de enorme carga simbólica.

    El problema es que Malvinas no es propiedad de Javier Milei.

    El riesgo de confundir soberanía con marketing

    Hay una diferencia enorme entre defender la soberanía y utilizar la soberanía como herramienta de comunicación política.

    La primera exige una estrategia de Estado sostenida durante décadas. La segunda necesita una cadena nacional, un discurso encendido y una agenda mediática favorable.

    Si el Gobierno realmente pretende fortalecer la posición argentina, deberá explicar cómo piensa hacerlo en términos diplomáticos, económicos, científicos, pesqueros, energéticos y militares. También tendrá que explicar qué política concreta desarrollará en el Atlántico Sur y cómo piensa enfrentar la explotación de recursos naturales alrededor de las islas.

    Porque mientras Milei anuncia sanciones, las empresas involucradas en la explotación petrolera sostienen que sus licencias son legítimas y el Reino Unido reafirma su posición sobre las islas.

    La cuestión petrolera, además, no es menor. El proyecto de explotación en torno al yacimiento Sea Lion convierte al Atlántico Sur en un espacio todavía más estratégico. Reuters señala que las estimaciones hablan de hasta 1.700 millones de barriles de petróleo, una dimensión económica capaz de transformar por completo el valor geopolítico de la disputa.

    Por eso la soberanía no se defiende solamente con discursos.

    Se defiende con industria nacional, ciencia, tecnología, capacidad energética, infraestructura, presencia diplomática, control de los recursos naturales y una política exterior coherente.

    Y allí aparece otra contradicción incómoda para el Gobierno libertario: el mismo proyecto político que durante años presentó al Estado como un obstáculo, que cuestionó el gasto público y que hizo del ajuste su principal identidad, ahora necesita un Estado con capacidad suficiente para sostener una política estratégica de largo plazo en el Atlántico Sur.

    Milei necesita una bandera, pero Malvinas no necesita a Milei

    El Presidente tiene derecho a defender la soberanía argentina. Nadie debería discutirlo.

    Lo que sí puede y debe discutirse es la utilización política de una causa que pertenece a todos los argentinos.

    Porque si Milei pretende que Malvinas sea una política de Estado, deberá demostrarlo con hechos y no solamente con discursos. Deberá construir consensos, sostener una estrategia diplomática, defender los recursos argentinos y mantener una política exterior que no entre en contradicción con esos objetivos.

    Y, sobre todo, deberá comprender algo elemental: la soberanía no funciona como una herramienta electoral.

    Las Malvinas eran argentinas cuando Milei todavía no existía en la política. Eran argentinas cuando el Presidente admiraba a Thatcher. Eran argentinas cuando su Gobierno buscaba una relación cordial con Londres. Y seguirán siendo argentinas cuando termine este Gobierno.

    Por eso resulta difícil no mirar con sospecha este súbito despertar soberanista.

    Porque mientras millones de argentinos esperan que el Estado resuelva problemas concretos —llegar a fin de mes, pagar una factura, sostener una jubilación, mantener un empleo, acceder a medicamentos o garantizar la educación— Milei encontró una bandera capaz de sacarlo, aunque sea por unos días, del centro de esas discusiones.

    Malvinas merece algo mucho más serio que eso.

    Merece una política de Estado.

    Y si el Presidente realmente quiere defenderla, deberá demostrar que detrás de la bandera hay una estrategia y no simplemente otra puesta en escena para recuperar oxígeno político.

     

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