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Otro domingo de música para disfrutar en la plaza

La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina invita a disfrutar de un nuevo encuentro de ‘Domingos de Plaza’.

A partir de las 20 horas en la Plaza de los Próceres se presentarán Foca, Ayelén Müller, Hora libre y Luz de luna.

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    Ramón Carrillo: el médico que quiso curar la pobreza y terminó perseguido por haber puesto la salud en manos del Estado

     

    Nacido el 7 de marzo de 1906 en Santiago del Estero, Ramón Carrillo fue el cerebro sanitario del primer peronismo. Desde el Ministerio de Salud impulsó una revolución en hospitales, campañas sanitarias y medicina social que cambió la historia argentina. Pero su proyecto de salud pública chocó de frente con los intereses de las élites médicas, económicas y políticas. El resultado fue una campaña de odio que buscó borrar su legado.

    Por Walter Onorato

    El 7 de marzo de 1906 nació en Santiago del Estero un médico que cambiaría para siempre la historia sanitaria argentina. Ramón Carrillo no fue simplemente un funcionario más dentro del engranaje estatal: fue el arquitecto de una de las transformaciones más profundas del sistema de salud del país y, al mismo tiempo, uno de los blancos predilectos del odio político que desató el antiperonismo después de 1955.

    Neurocirujano prestigioso, formado en la Universidad de Buenos Aires y con reconocimiento académico internacional, Carrillo parecía destinado a una carrera científica brillante y tranquila. Sin embargo, eligió un camino mucho más incómodo: llevar la medicina al terreno de la política y convertir la salud pública en un derecho social.

    Ese giro se produjo cuando conoció a Juan Domingo Perón en el Hospital Militar Central en 1944. Perón quedó impactado por el pensamiento del médico santiagueño, que sostenía una idea radical para la época: las enfermedades no podían comprenderse sin analizar las condiciones sociales en las que vivía la población.

    Cuando Perón asumió la presidencia en 1946 lo convocó para dirigir la Secretaría de Salud Pública. Tres años más tarde, al elevar ese organismo al rango ministerial, Carrillo se convirtió en el primer ministro de Salud de la Argentina.

    Desde ese lugar desplegó un proyecto sanitario que rompía con décadas de abandono estatal. Hasta entonces, gran parte del sistema de salud argentino estaba basado en hospitales de beneficencia o instituciones privadas, donde el acceso dependía muchas veces de la caridad y no de un derecho garantizado.

    Carrillo propuso lo contrario: construir un sistema sanitario nacional que llegara a todos los rincones del país.

    Su programa partía de un principio que hoy parece obvio, pero que en aquel momento era profundamente disruptivo. “No puede haber política sanitaria sin política social”, sostenía. Para él, las enfermedades no eran meramente problemas biológicos sino el resultado de condiciones estructurales como la pobreza, la mala alimentación, la falta de vivienda digna o la ausencia de agua potable.

    Bajo esa lógica impulsó una política sanitaria integral que combinaba infraestructura hospitalaria, prevención, campañas de vacunación y educación sanitaria.

    El impacto fue inmediato.

    Durante su gestión se construyeron decenas de hospitales en todo el país y se multiplicó la cantidad de camas hospitalarias disponibles. Entre 1946 y 1951 se levantaron más de veinte grandes hospitales con unas veintidós mil camas nuevas, algo inédito en la historia sanitaria argentina.

    La expansión hospitalaria estaba acompañada por una red de institutos especializados y centros de atención que buscaban llevar la medicina a regiones que durante décadas habían estado completamente abandonadas por el Estado.

    Pero Carrillo no se conformó con levantar edificios.

    Su proyecto también incluyó campañas sanitarias masivas contra enfermedades que habían sido históricamente endémicas en la Argentina. El paludismo, por ejemplo, fue prácticamente erradicado en pocos años gracias a un agresivo plan de control epidemiológico.

    También se redujo drásticamente la mortalidad por tuberculosis y se combatieron epidemias como el tifus y la brucelosis. Las campañas de vacunación y los programas de prevención comenzaron a instalar una idea novedosa: la salud no debía limitarse a curar enfermedades, sino a evitar que aparecieran.

    Los resultados se reflejaron en los indicadores sanitarios. La mortalidad infantil descendió de manera significativa durante la década peronista y las tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas cayeron de forma notable.

    Carrillo también impulsó iniciativas innovadoras para la época, como el Tren Sanitario, que recorría el país llevando atención médica, análisis clínicos y radiografías a poblaciones rurales que nunca habían tenido acceso a un médico.

    En paralelo promovió la producción estatal de medicamentos a través de una empresa pública destinada a garantizar remedios a bajo costo. La lógica era simple pero profundamente disruptiva: la salud no podía quedar subordinada a la lógica del mercado.

    Muchas de estas políticas se articularon con la Fundación Eva Perón, que construyó policlínicos, hogares para ancianos y centros sanitarios en todo el país. Mientras el Ministerio de Salud diseñaba la política sanitaria, la fundación ampliaba la red de asistencia social.

    El resultado fue una expansión sin precedentes del acceso a la atención médica para los sectores populares.

    Pero ese mismo proyecto que transformaba la salud pública generaba resistencias cada vez más fuertes en determinados sectores del poder.

    La derecha argentina nunca le perdonó a Carrillo tres cosas.

    La primera fue su convicción de que el Estado debía intervenir activamente en el sistema sanitario. Su modelo chocaba con los intereses de sectores médicos ligados a la práctica privada y con empresas que veían en la salud un negocio.

    La segunda fue su identificación política con el peronismo. Carrillo no era un técnico neutral: era un funcionario comprometido con un proyecto de justicia social que buscaba ampliar derechos para las mayorías.

    La tercera razón del rechazo fue más profunda. Su concepción de la medicina desafiaba directamente la estructura social argentina. Al afirmar que la enfermedad estaba ligada a la pobreza, Carrillo señalaba una verdad incómoda: la salud no podía resolverse sin transformar las condiciones de vida.

    Ese enfoque convertía la política sanitaria en una herramienta de transformación social.

    Cuando el golpe militar de 1955 derrocó a Perón, el nuevo régimen inició una ofensiva sistemática contra todo lo que oliera a peronismo. Carrillo, como uno de los símbolos del proyecto social del gobierno depuesto, quedó inmediatamente en la mira.

    Muchos de los proyectos sanitarios que había impulsado fueron abandonados o desmantelados. Obras hospitalarias quedaron inconclusas y programas de prevención se desarticularon.

    La persecución política y el clima hostil lo empujaron al exilio. Carrillo se instaló en Brasil, donde murió en 1956, apenas un año después del golpe.

    Murió lejos de su país, enfermo y prácticamente olvidado.

    Durante décadas su nombre quedó relegado en la historia oficial, víctima de la misma lógica de borramiento que el antiperonismo aplicó a buena parte de las políticas sociales del primer peronismo.

    Sin embargo, el tiempo terminó colocando su figura en el lugar que le corresponde.

    Hoy Ramón Carrillo es reconocido como uno de los grandes fundadores del sanitarismo argentino. Su visión de la salud como derecho social anticipó conceptos que décadas más tarde se convertirían en principios fundamentales de la salud pública moderna.

    La paradoja es evidente.

    El médico que dedicó su vida a demostrar que la enfermedad no puede separarse de la injusticia social terminó convertido en un enemigo político por haber intentado curar algo más profundo que las dolencias del cuerpo: la desigualdad estructural de la sociedad argentina.

     

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  • Marín se dio vuelta y ahora le advierte a Rocca que las licitaciones serán públicas y presenciales: «basta de cosas raras»

     

    El presidente de YPF, Horacio Marín, arremetió sin nombrarlo contra Paolo Rocca tras la polémica por la licitación de caños que dejó fuera de competencia a Techint. «Las próximas licitaciones las vamos a hacer on stage. Es lo que yo llamo el espíritu Estenssoro», dijo en referencia al ex presidente de la petrolera. 

    La advertencia de Marin es resultado de la polémica por la licitación de los caños para el gasoducto de Vaca Muerta. Lo llamativo es que el propio Marin operó muy fuerte para favorecer a su antiguo empleador Rocca e intentó reiteradas veces que el consorcio empresario le diera la oportunidad a Techint de igualar la oferta.

    Marín expuso en el Vaca Muerta Insights, un evento que realizó el sitio especializado EconoJournal. Desde ese escenario Marín cuestionó a Rocca y habló de cambiar el sistema de licitaciones, una medida que complica a las grandes empresas que cuentan con un alto poder de lobby.

    «Viste como funciona esto: vos tenés un amigo, entonces licitás. El amigo te tira el precio. Mientras hace hinchar las pelotas por otro lado, el otro viene del otro lado y es todo un dolor de pelotas. Vos lo sacás en el EconoJournal y otro lo saca en otro lado», dijo Marin hablando de las operaciones de las grandes empresas para influir en las licitaciones.

    Oleoducto Vaca Muerta Sur: la polémica licitación que YPF operó para Techint y el Gobierno no cuestionó

    «Todo eso se terminó. Yo lo llamo espíritu Estenssoro, a quien muchos acá lo conocieron», dijo y siguió: «acá me vas a licitar lo que yo quiero, no lo que vos querés». Marín se despachó con modos coloquiales respecto de los problemas de YPF para licitar. «Es una cosa increíble: licitamos y tardamos dos semanas en entender qué carajo licitaron. De golpe nos dicen que hicimos mal las cuentas. Boludo, si el que licitó fui yo, cómo me vas a decir que licité mal», dijo.

    En un momento hizo referencia directa a la polémica por los caños de Techint. «Los caños también los vamos a licitar on stage. Ponele que sean tres números: las empresas van a tener que poner esos tres números y no me interesa otra cosa. Va a ver un escribano con una planilla Excel y de manera pública vamos a ver quién hace la oferta más baja», explicó.

    Tiene que ser público. Basta de cosas raras, de llamados. Jugate guacho, jugate cuando hay que jugarse

    Además, dijo que la licitación se transmitirá por YouTube. «Tiene que ser público. Basta de cosas raras, de llamados. Jugate guacho, jugate cuando hay que jugarse», dijo en lo que pareció una referencia directa a Rocca, el CEO de Techint a quien Javier Milei llama Don Chatarrin.

    La polémica entre el gobierno y Techint surgió tras la adjudicación de un contrato para el suministro de caños destinados a una obra vinculada a Vaca Muerta. En ese proceso, la empresa india Welspun resultó adjudicataria para proveer 480 kilómetros de tubos por un monto de USD 203 millones.

    Milei atacó a Techint y llamó «Don Chatarrín» a Rocca

    Según se informó oficialmente, la oferta presentada por Welspun fue un 25% inferior a la última propuesta realizada por Tenaris, subsidiaria de Techint especializada en tubos sin costura. La diferencia de precios motivó cuestionamientos públicos del Presidente hacia el grupo empresario local.

    Días antes, el jefe de Estado había publicado un mensaje en la red social X en el que mencionó directamente a Rocca, señalando que «jugó all in para que el actual gobierno termine post elecciones de septiembre», y agregó: «Jubilate, tano. Perdiste». Ese mensaje se interpretó como parte de la escalada discursiva entre el Ejecutivo y el holding industrial.

     

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