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El gigante olvidado que alimentó a millones: cómo nació el Mercado Central y por qué sigue siendo una pieza clave de la mesa de los argentinos
Cada vez que aumenta el precio de las frutas y las verduras, el nombre del Mercado Central vuelve a aparecer en los medios. Sin embargo, pocas personas conocen la historia de este gigantesco centro de abastecimiento que, desde hace más de cuatro décadas, organiza buena parte de la distribución de alimentos frescos del Área Metropolitana de Buenos Aires. Su creación respondió a una idea que hoy vuelve a generar debate: que el Estado también podía intervenir en la comercialización para evitar abusos, transparentar precios y acercar alimentos a millones de consumidores.
Por Redacción de NLI

Cada madrugada, cuando la mayor parte de Buenos Aires todavía duerme, una ciudad paralela comienza a ponerse en movimiento a pocos kilómetros de la General Paz. Cientos de camiones provenientes de todas las regiones productivas del país ingresan cargados de frutas, verduras y hortalizas. En cuestión de horas, miles de toneladas cambian de manos, se negocian precios, se organizan cargas y vuelven a salir con destino a verdulerías, supermercados, comercios de barrio y ferias de toda el Área Metropolitana. Ese movimiento cotidiano, que para la mayoría de los consumidores permanece invisible, convierte al Mercado Central de Buenos Aires en uno de los principales nodos alimentarios de la Argentina.
Aunque suele aparecer en las noticias cuando se realizan operativos de control de precios o cuando alguna crisis económica impacta sobre el costo de los alimentos, el Mercado Central cumple una función mucho más amplia que la de un gran mercado mayorista. Desde su inauguración en 1984 fue concebido como una herramienta para ordenar la comercialización de productos frescos, reducir costos logísticos y transparentar un circuito donde históricamente convivieron pequeños productores, grandes intermediarios y miles de comerciantes minoristas. Su existencia expresa una discusión que atraviesa buena parte de la historia económica argentina: hasta dónde debe intervenir el Estado cuando se trata de garantizar el acceso de la población a bienes esenciales.
La decisión de construir un mercado concentrador de escala metropolitana comenzó a tomar forma durante la década de 1970, cuando el crecimiento urbano había vuelto insuficientes los antiguos mercados que abastecían a Buenos Aires. La expansión demográfica, el aumento del consumo y la necesidad de mejorar las condiciones sanitarias y logísticas impulsaron la creación de un espacio capaz de concentrar buena parte del comercio mayorista de alimentos frescos. El resultado fue un predio de más de quinientas hectáreas ubicado estratégicamente en La Matanza, con acceso directo a las principales rutas del país y preparado para recibir producción proveniente de todas las economías regionales.
Mucho más que un lugar donde se venden frutas y verduras
Con el paso del tiempo, el Mercado Central se convirtió en una pieza fundamental para comprender cómo funcionan los precios de los alimentos en la Argentina. Allí confluyen productores de Mendoza, Río Negro, Misiones, Jujuy, Tucumán, Entre Ríos, el cinturón hortícola bonaerense y prácticamente todas las regiones agrícolas del país. La enorme concentración de oferta permite observar, casi en tiempo real, cómo influyen las condiciones climáticas, los costos del transporte, las variaciones estacionales y los cambios económicos sobre el valor de los productos que luego llegan a la mesa de los consumidores.
Sin embargo, entre el productor y quien finalmente compra un tomate o una naranja suele existir una extensa cadena de intermediación. Transporte, almacenamiento, distribución y comercialización agregan costos que muchas veces multiplican el precio original varias veces antes de llegar a una verdulería. Por esa razón, el Mercado Central también fue pensado como un espacio donde los valores mayoristas pudieran servir como referencia para evitar distorsiones excesivas y ofrecer información pública sobre la evolución de los precios.
A lo largo de su historia, distintas administraciones utilizaron esa herramienta de maneras diferentes. En algunos períodos se impulsaron programas destinados a acercar productos directamente al consumidor, mientras que en otros predominó una lógica de menor intervención estatal. Ese vaivén refleja una discusión mucho más amplia sobre el papel que debe asumir el Estado frente a la inflación alimentaria y la concentración económica.
Un termómetro de la economía cotidiana
Pocas instituciones muestran con tanta claridad los efectos de una crisis económica como el Mercado Central. Cuando una sequía reduce la producción, cuando una helada destruye cultivos o cuando aumentan los costos del combustible, el impacto suele reflejarse rápidamente en las operaciones que allí se realizan. Pero también ocurre lo contrario: cuando la demanda cae porque las familias pierden poder adquisitivo, los operadores mayoristas son de los primeros en advertir el cambio.
Por eso, recorrer el Mercado Central es también recorrer una parte de la economía real argentina. Allí no se habla únicamente de estadísticas o indicadores macroeconómicos. Se habla de cosechas, de pequeños productores que intentan sostener su actividad, de comerciantes que calculan cuánto podrá pagar el cliente del barrio y de consumidores que cada vez deben mirar con más atención el precio de los alimentos básicos.
En los últimos años, esa realidad volvió a adquirir una fuerte dimensión política. El incremento sostenido del costo de vida, la pérdida del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones y las sucesivas discusiones sobre el rol del Estado en la regulación de los mercados alimentarios colocaron nuevamente al Mercado Central en el centro del debate público. Para algunos sectores, debe limitarse a cumplir una función logística; para otros, constituye una herramienta estratégica para garantizar el acceso a alimentos en condiciones razonables y reducir el poder de negociación de los grandes grupos concentrados.
Una discusión que excede a un mercado
La experiencia internacional demuestra que prácticamente todas las grandes ciudades cuentan con mercados concentradores destinados a organizar el abastecimiento de alimentos frescos. La diferencia radica en el papel que cada Estado decide asignarles. Algunos funcionan exclusivamente como centros privados de comercialización; otros cumplen además funciones de regulación, generación de información y promoción de pequeños productores.
La Argentina todavía mantiene abierto ese debate. En un país productor de alimentos, donde periódicamente resurgen discusiones sobre inflación, concentración económica y seguridad alimentaria, el Mercado Central representa mucho más que un enorme predio lleno de camiones y galpones. Es el punto donde confluyen el trabajo de miles de productores, las necesidades de millones de consumidores y una vieja pregunta sobre el modelo económico: quién fija el precio de los alimentos y qué herramientas tiene la sociedad para evitar que un bien esencial quede exclusivamente librado a la lógica de la especulación.
Cada madrugada, cuando los primeros camiones cruzan sus portones, el Mercado Central vuelve a poner en marcha una maquinaria silenciosa que alimenta a millones de personas. Su historia demuestra que detrás de cada fruta y cada verdura existe una compleja red de trabajo, producción y distribución. También recuerda que discutir cómo llegan los alimentos a la mesa de los argentinos nunca fue solamente una cuestión comercial: es, ante todo, una discusión sobre el derecho a una alimentación accesible y sobre el papel que el Estado decide asumir para garantizarla.
La mitad de los argentinos dice que no aguanta más la situación económica
La mitad de los argentinos asegura que ya no está dispuesta a seguir esperando una mejora en su situación personal como consecuencia del ajuste del gobierno de Javier Milei.
Según una encuesta realizada por la consultora QSocial, el 67% considera que el sacrificio económico «no vale la pena». El mismo porcentaje consideró que el esfuerzo que realiza hoy la sociedad no valdrá la pena en el futuro. En ambos casos, alrededor de un 31% o 32% expresó una opinión favorable a las medidas.
El sondeo revela que el 50% de los consultados respondió que «ya no puede esperar más» para que las medidas oficiales generen resultados concretos en su economía personal.
En tanto, un 20% afirmó que está dispuesto a esperar hasta las elecciones presidenciales de 2027, un 10% hasta fin de este año y un 8% hasta mediados de 2027, mientras que un 12% no expresó una posición.
La encuesta también indagó sobre la percepción de la situación del país. Apenas el 16% calificó el presente como «bueno», frente a un 35% que lo definió como «regular» y un 48% que lo consideró «malo».
Sin embargo, al comparar la actualidad con diciembre de 2023, cuando Milei asumió la Presidencia, el porcentaje de quienes creen que el país está mejor asciende al 31%.
Las expectativas económicas hacia el futuro tampoco muestran un panorama favorable para el oficialismo. Ante la consulta sobre cómo estará la economía dentro de un año, el 47% respondió que será peor, mientras que el 26% confía en una mejora y el 21% cree que permanecerá igual.
Entre las principales preocupaciones de los argentinos aparecen el trabajo y la pobreza, ambos con el 21% de las menciones. Más atrás se ubican la corrupción (19%), la inflación (11%), la inseguridad (8%), la Justicia (6%) y otros problemas (12%).
Respecto de la capacidad del Gobierno para resolver esos desafíos, el 61% opinó que no podrá hacerlo, mientras que el 32% consideró que sí tiene posibilidades de encontrar soluciones.
La percepción sobre los destinatarios de las políticas oficiales también resultó mayoritariamente crítica. El 64% sostuvo que Milei gobierna «para algunos sectores», mientras que el 25% cree que lo hace «para la mayoría de la población».
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Alarma en la Rosada porque se desploma la confianza de los jóvenes en el Gobierno
La confianza de los jóvenes en el gobierno de Javier Milei se desplomó en el último mes de acuerdo al índice que elabora la Universidad Di Tella y encendió las alarmas en Casa Rosada.
De acuerdo al informe, el índice de confianza que los jóvenes le tienen al gobierno cayó un 23% sólo en el último mes. Es decir que uno de cada cuatro jóvenes que creían en el gobierno dejaron de hacerlo sólo en julio.
En la Rosada creen que esto puede afectar directamente a los planes de Milei para ganar en primera vuelta en 2027, que es la apuesta principal del gobierno para evitar un ballotage. Es que en todas las encuestas aparece un rechazo cada vez más grande a la figura del libertario, que en algunos casos supera el 60 por ciento, un nivel que puede ser letal en una segunda vuelta.
Milei también se desplomó en el índice de confianza al consumidor que elabora la Di Tella y los malos resultados ponen en duda su reelección que en oficialismo daban por descontada.
El Índice de Confianza, que Di Tella mide desde 2001, en julio fue de 1,94 puntos, un 6,5% menos que lo medido en mayo pasado.
La cifra es 3,9% más baja a la conseguida por Mauricio Macri en su 31 mes de mandato, pero 73% más alta que la alcanzada por Alberto Fernández en ese mismo tiempo de gestión.
Frente al mismo período de 2025, Milei cayó 21%. «En julio se retoma la tendencia descendente del ICG observada durante 2026, con junio como única excepción», explicaron desde la Di Tella.
