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Nueva edición de la Feria ReEmprender y caminata para observar el atardecer

La Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina propone una nueva jornada de feria de artesanos reginenses ‘ReEmprender’ para acompañar la música de los ‘Domingos de Plaza’.

Además, desde el sector de las casitas de artesanos en la Plaza Primeros Pobladores, saldrá una nueva caminata recreativa por la ciudad.

A partir de las 20 horas, se llevará adelante  un recorrido para revalorizar  los distintos sectores del centro de Villa Regina, con información histórica, cultural y de la geografía que nos rodea. Es una actividad gratuita y los interesados pueden inscribirse de manera anticipada o el mismo domingo unos minutos antes.

Para más información se pueden comunicar con la Oficina de Turismo al teléfono 2984 904350.

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  • La CGT se concentra en defender la cuota sindical y los convenios por rama

     

    El líder del sindicato del Vidrio y cosecretario general de la CGT, Cristian Jerónimo, aseguró este jueves que la reforma laboral no saldría «tal como está». La concesión semántica acaso refleja el clima de derrota entre los senadores opositores, que ya en la tarde de este jueves reconocían que el oficialismo estaba holgado para conseguir el quórum, y la apertura de los sindicalistas a negociar apenas modificacines.

    En declaraciones a Radio Con Vos, Jerónimo expresó: «no vamos a permitir que este proyecto avance tal como está». Esa frase da cuenta de una táctica defensiva de los sindicalistas, que habrían comentado a senadores y diputados del peronismo que se conformaban con la defensa de la ultraactividad de los convenios, la vigencia de las negociaciones por rama -y no por empresa como aspira el gobierno- y la continuidad de la cuota sindical, entre otros temas organizativos que hacen a la acumulación de poder gremial. Para eso, necesitan 37 senadores que volteen los artículos que disuelven esas conquistas.

    Fuentes del gobierno, sin embargo, dijeron a LPO que Javier Milei se mantiene inamovible en esos temas. 

    El repliegue táctico de la CGT provoca en los legisladores de Fuerza Patria y los gobernadores peronistas una queja por la falta de vigor. «Por apostar a quedarse con algo, se van a quedar sin nada», dijo un diputado kirchnerista a LPO en reproche a los dirigentes del movimiento obrero.

    Llaryora suspendió la reunión con la CGT y se desarma la cumbre de gobernadores del CFI

    En las últimas horas, los tres triunviros de la CGT, el propio Jerónimo, Jorge Sola y Octavio Argüello, tuvieron dos encuentros relevantes, por separado, con los cinco gobernadores vinculados al peronismo y la bancada de Convicción Federal, integrada por ahora al bloque de José Mayans. Además, se preparaban al cierre de esta nota para el Consejo Directivo de este viernes, donde se esperaba que convoquen a un paro para el día de la sesión.

    Por apostar a quedarse con algo, se van a quedar sin nada.

    Para la primera cita, los sindicalistas se encontraron en la sede porteña del Bapro con Axel Kicillof, Gildo Insfrán, Sergio Ziliotto, Ricardo Quintela y Gustavo Melella. Allí exploraron la chance de trabajar para que el oficialismo no llegue al quórum el próximo 11 de febrero, cuando se abra el recinto del Senado, y se frustre el tratamiento de la ley.

    Dos senadores del peronismo descartaron que fuera posible evitar que Patricia Bullrich lograra sentar menos de 37 senadores a sus bancas. «Están sobrados», confesó uno con pesimismo.

    Capitanich y Corpacci en el Senado.

    Quintela, por su parte, conminó a Jerónimo, Sola y Argüello a «pasar a la acción», que «pateen las puertas» de los senadores y que fuercen a los gobernadores aliados del gobierno. Uno de los legisladores al tanto de lo conversado deslizó que había senadores «tratando de convencer a los que responden a los gobernadores para que no bajen» a la sesión, algo que desmintieron cuatro de los que votan en el Senado como mandan sus jefes provinciales.

    De todas maneras, el gobierno aún no tendría garantizados los votos para el capítulo de Ganancias, pese a las concesiones que evalúa Luis Toto Caputo desde hace algunos días. Cerca de un gobernador radical, confesaron a LPO que «puede pasar como el Capítulo 11 del Presupuesto, que cuando nadie se lo esperaba los gobernadores mandaron a votar en contra», aunque la Casa Rosada había regado las provincias con ATN en la previa.

    Además, estaría comprometida la vigencia del artículo 194, que establece la derogación del Estatuto del Periodista. Fuentes parlamentarias comentaron a LPO que «el miedo» penetró en senadores aliados cuando vieron que se plegó al rechazo de los trabajadores de prensa un grupo de periodistas consagrados, con pantalla y minutos de aire en los medios más importantes del país. «Hay más de 40 votos contra la derogación del Estatuto del Periodista», desizaron dos legisladores de distinto signo político.

    No vamos a permitir que este proyecto avance tal como está.

    Como sea, el gobierno apuesta todo a una media sanción holgada para que los diputados no se animen a introducir modificaciones o rechazar la ley, pero hasta los libertarios admiten que por el recambio parlamentario el oficialismo tiene ahora más facilidades en el Senado y una tarea más ardua para aprobar leyes polémicas en la otra cámara.

    Dentro del bloque peronista, por caso, hay cinco legisladores de extracción gremial. Más allá de su unidad en la acción, cada cual expresa líneas distintas. 

    Vanesa Siley, que tiene línea directa con Cristina Kirchner, terminó concentrando la articulación de los diferentes proyectos alternativos a la reforma laboral de Javier Milei. Sergio Palazzo, secretario general de La Bancaria, Mario Paco Manrique, dirigente del SMATA, y Hugo Moyano, hijo del homónimo referente camionero, pertenecen al espectro de los que considerarían un triunfo que se mantengan la ultraactividad, las negociaciones por rama y la cuota sindical.

    Y por último, el titular de la CTA, Hugo Yasky, que estuvo en la marcha del sindicalismo en Córdoba este jueves. Allí, su colega de ATE Nacional, Rodolfo Aguiar, tildó de «cagones» a los gobernadores.

    Siley, Palazzo, Moyano y Yasky.

     

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  • ¡Festejamos el ‘Mes de la Niñez’!

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  • Caos en la comunicación oficial ante el cierre de Fate, pasaron de acusar a los delegados troskos a denunciar una conspiración golpista del dueño

     

    El cierre de Fate dejó al gobierno en un zugzwang, un concepto del ajedrez que describe la dolorosa situación de un jugador que con su siguiente jugada empeorará su posición en el tablero.

    La primera reacción de la Rosada, de una autoría inconfundible, fue culpar al gremio Sutna de «troskos», por la caída de la emblemática empresa de neumáticos, que sobrevivió dictaduras, la crisis industrial del menemismo y el 2001.

    Por medio de voceros oficiosos, el gobierno apuntó durante la mañana a sectores de izquierda como los responsables de enloquecer a su dueño Javier Madanes Quintanilla y arruinar la competitividad de la planta de San Fernando.

    La UIA lamentó el cierre de FATE: «No es un hecho aislado, se perdieron 65 mil puestos de trabajo industrial»

    El fantasma de agentes del marxismo, agitado incluso por la diputada nacional Sabrina Ajmechet, muy cercana a Milei, no pareció un argumento convincente para justificar en 2026 la pérdida de trabajo para 920 personas.

    El fantasma inicial de agentes del marxismo, agitado incluso por la diputada nacional Sabrina Ajmechet, muy cercana a Milei, no pareció un argumento convincente para justificar en 2026 la pérdida de trabajo para 920 personas. Por eso, luego el propio Milei lanzó un ataque directo al dueño Madanes Quintanilla, que pasó así de víctima de delegados troskos a conspirador contra el gobierno. 

    Por eso cerca del mediodía, el apuntado por el gobierno empezó a ser Javier Madanes Quintanilla, el dueño de Fate. El adjetivo «empresaurios» inventado por el propio Milei corrió rápidamente por los paladares de los libertarios, tanto los funcionarios como los groupies del presidente. Al Gordo Dan lo mandaron a decir que Madanes es fanático de Guillermo Moreno y de los gobiernos kirchneristas.

    Milei se entusiasmó con esa línea y se pasó buena parte de su jornada laboral retuiteando barbaridades contra Madanes Quintanilla y de paso, Paolo Rocca de Techint y Hugo Sigman de Biogénesis. Ssuscribió incluso un pedido de Agustín Laje de «acabar» con ellos.

    En esa línea, pasadas las 13, la Secretaría de Trabajo dictó la conciliación obligatoria por 15 días para la resolución del conflicto. Es decir, se puso del lado de los trabajadores de manera momentánea, pese a que, de acuerdo a los preceptos libertarios, si un empresario tiene ganas de cerrar su empresa, está dentro de las reglas del capitalismo.

    Villarruel estuvo en septiembre en la planta de Fate, una visita que alimentó la siempre lista paranoia libertaria.

    Finalmente, cuando la Justicia ordenó el desalojo de la planta de Vieytes que había sido ocupada por los trabajadores, referentes del ecosistema libertario regresaron a su anti sindicalismo inicial y salieron a pedir la represión de quienes estaban en la toma.

    Todo esto, mientras d emanera paralela se argumentaba que el cierre de Fate es una bendición para los argentinos porque ahora pueden a acceder a los neumáticos importados a precios más convenientes.

    Incluso desde el gobierno dejaron circular la versión de una sospecha por el rol de Victoria Villarruel, que visitó la planta de Fate en septiembre para escuchar el reclamo de los trabajadores. «Las explicaciones las tiene que dar el Ejecutivo», dijo la vicepresidenta entonces.

    Los empresaurios son una parte fundamental del Partido del Estado. Hay que acabar con ellos. https://t.co/Ln1C87MRg9

    — Agustín Laje (@AgustinLaje) February 18, 2026

     

    Lo que hizo FATE fue en coordinación con la izquierda. No es casual que el 90% de sus discursos (incluídos sus expositores) hoy hablaran de la tragedia de FATE. No es coincidencia. Es un megaempresario que perdió sus privilegios y si puede hacer mierda un gobierno, despedir… https://t.co/6xx51tlOfm

    — Lilia Lemoine %uD83C%uDF4B (@lilialemoine) February 18, 2026  

    Obviamente salió la oposición a utilizar la situación para atacar al Gobierno.1) a Fate lo fundieron los sindicatos trostkos, háganse cargo nefastos.2) nadie festeja nada, los hipócritas q levantan la voz hoy cuando dejaron q el sindicato destripara a la empresa son siniestros. https://t.co/0nrMTcHTBW

    — Felipe Núñez %uD83E%uDD85 (@Felii_N) February 18, 2026

     

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  • ¿Por qué funciona el discurso anticomunista?

     

    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.

     

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