Para un tránsito ordenado y seguro, se suman segunderos en semáforos
Durante este jueves, se procedió a la instalación y puesta en funcionamiento de más decrementadores (segunderos) en semáforos de Villa Regina.
Esta vez, el personal de la Dirección de Tránsito y Protección Civil de la Municipalidad colocó dos dispositivos en el semáforo ubicado en Avenida Cipolletti y Juan XXIII. El Intendente Marcelo Orazi y el titular del área Mario Figueroa estuvieron presentes durante la realización de los trabajos.
A ellos se sumarán la semana que viene dos en ruta nacional 22 y Pioneros para el tránsito que circula en sentido oeste-este y viceversa. Además, está prevista la adquisición de semáforos peatonales para 5 esquinas; San Martín y ruta 22 y España y ruta 22.
Se instalan chicharras sonoras en los semáforos
Luego de 10 meses de sancionada la ordenanza que dispone la colocación de los semáforos sonoros para mayor accesibilidad, la Dirección de Tránsito y Protección Civil de la Municipalidad de Villa Regina comenzó esta semana con la instalación de las chicharras sonoras en los semáforos de la ciudad que les indica las personas con discapacidad visual el momento en el que pueden cruzar la calle de manera segura.
Los dispositivos fueron colocados en los semáforos de Avenida Mitre y O’ Higgins y Avenida Mitre y 20 de Junio. Los semáforos, conectados a un ordenador, emiten dos sonidos diferentes para indicar cuándo el semáforo está en verde y cuándo está en intermitente.
Para proceder a la instalación de las chicharras fue necesario adaptar los semáforos a la tecnología requeridas por los dispositivos sonoros. En este sentido se explicó que se requiere de controladores, accesorios, cables, puesta a tierra para garantizar su funcionamiento en forma correcta.
La crisis diplomática con Brasil tocó su punto más alto. Lula decidió retirar al embajador brasileño, Julio Bitelli, se quede en Brasilia y rebajar la relación diplomática con Argentina al de encargado de negocios, el mínimo posible.
En paralelo, el canciller Brasil Mauro Vieira, decidió convocar al embajador argentino, Daniel Raimondi, como forma de protesta a los reiterados ataques de Javier Milei a Lula.
Según pudo saber LPO con fuentes muy cercanas a la situación, el presidente brasileño tomó la decisión luego que Milei lanzara críticas en el streaming de Esteban Trebucq en donde insistó en calificarlo de «ladrón y corrupto».
Eso, junto con los dichos en el acto con Flavio Bolsonaro en San Pablo y la entrevista con Luis Majul del domingo por la noche fueron el detonante para la escalada de la crisis.
Esta situación se mantendrá hasta tanto Milei no cambie la narrativa contra Lula, ubica a la crisis diplomática como la más importante desde el retorno de la democracia y complica de manera notable el vínculo con un socio estratégico.
Julio Bitelli, embajador brasileño en Argentina.
LPO adelantó en exclusivo que el malestar con el gobierno argentino tras la entrevista con Majul era «muy grande» pero entendían que escalar la crisis puede ser muy dañino para la relación bilateral. La continuidad de las declaraciones fue la gota que rebalsó el el vaso.
Esta situación se mantendrá hasta tanto Milei no cambie la narrativa contra Lula, ubica a la crisis diplomática como la más importante desde el retorno de la democracia y complica de manera notable el vínculo con un socio estratégico.
La cercanía de la campaña electoral es un factor importante. En el entorno de Lula consideran que la actitud de Milei expone que Flavio no tiene estrategia ni proyecto y necesita que vengan a ayudarlo.
En efecto, consideran que los arrebatos del líder libertario potencia la marca «Brasil es de los brasileños» con el que Lula viene confrontando la inherencia de Donald Trump y la imposición de aranceles contra los productos brasileños.
La idea inicial era mantener la tensión en el plano político y por eso Lula respondió con ironía y humor pero la ofensiva inédita del líder libertario terminó forzando a Lula a acudir al plano diplomático.
Ahora resta saber si hay una decisión reciproca del gobierno argentino, que podría traer al embajador y rebajarse el vínculo el mismo nivel.
A primera vista, la comparación parece difícil de explicar: algunos bonos emitidos por el Banco Central de Argentina ofrecen rendimientos inferiores a los de los títulos del Tesoro de Estados Unidos, considerados el activo de referencia para la deuda en dólares a nivel global. Sin embargo, detrás de esta aparente anomalía existen factores propios del mercado argentino que distorsionan la tradicional relación entre riesgo y retorno.
El caso más evidente aparece al observar la curva de los Bopreales, los títulos creados por el BCRA para atender obligaciones vinculadas con deuda comercial de importadores y dividendos pendientes de giro.
Mientras determinados instrumentos de corto plazo ofrecen rendimientos cercanos al 3,5%, los Treasuries estadounidenses pueden mostrar tasas superiores al 4%, pese a que el riesgo crediticio de Estados Unidos es sustancialmente menor.
Para Daniel Chodos, jefe de Investigación y socio en Dhalmore Capital, la explicación se encuentra principalmente en la demanda local. «Las restricciones cambiarias que todavía enfrentan las empresas hacen que los activos denominados en dólares mantengan una demanda local constante y, en cierta medida, cautiva, lo que tiende a comprimir sus rendimientos», señaló.
Riesgos políticos
A esto se suma la preferencia del mercado por instrumentos con vencimientos próximos. Los inversores parecen valorar especialmente aquellos títulos que vencen antes de las elecciones o de un eventual cambio de gobierno, debido a que son percibidos como menos expuestos a la incertidumbre política y económica.
La diferencia entre los rendimientos es significativa. El Bopreal 2027 rinde actualmente alrededor de 3,5%, frente al 7,8% del Bopreal 2028. Una dinámica similar aparece en los bonos soberanos: el AO27 ofrece cerca de 4,4%, mientras que el AO28 alcanza aproximadamente el 9%.
Tomás Ambrosetti, director de Guardian Capital, coincide en que la comparación directa con los bonos estadounidenses puede resultar engañosa. «Para alguien que ve los rendimientos de Bopreales y bonos del Tesoro de USA sin tener en cuenta el contexto puede llamar mucho la atención», sostuvo. Y agregó: «Argentina siempre tiene particularidades que sorprenden».
Más allá de lo financiero
El ejecutivo detalló que el Bopreal tiene además una característica que lo diferencia de un Treasury: no funciona exclusivamente como un instrumento financiero. Su diseño incorpora determinados usos regulatorios que generan demanda adicional.
«Tiene determinados usos y condiciones que no tiene un Treasury como, por ejemplo, el hecho de que el Bopreal puede utilizarse para cancelar impuestos y obligaciones aduaneras. Esto genera desde el inicio una demanda transaccional / regulatoria, no exclusivamente financiera», sostuvo Ambrosetti.
La estructura del mercado cambiario argentino agrega otra distorsión. Según el experto, los cepos que todavía afectan a determinadas empresas generan un universo de compradores y vendedores diferente al de un mercado financiero tradicional. En ese contexto, la demanda de dólares no responde únicamente a criterios de rentabilidad.
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En 1907, miles de inquilinos de Buenos Aires protagonizaron la Huelga de las Escobas contra los alquileres abusivos y las pésimas condiciones de los conventillos.
Por Alcides Blanco para NLI
A comienzos del siglo XX, Buenos Aires era presentada como la gran ciudad de un país destinado a convertirse en potencia agroexportadora, con una economía que crecía al ritmo de las exportaciones y una población que aumentaba aceleradamente por la llegada de inmigrantes. Pero detrás de aquella imagen de progreso que las elites exhibían como prueba del éxito del modelo había otra ciudad, mucho menos elegante y bastante más difícil de mostrar en las postales: la de los conventillos, las habitaciones minúsculas, los patios compartidos por decenas de familias, las condiciones sanitarias deficientes y unos alquileres que consumían una parte cada vez mayor de los ingresos de trabajadores que no tenían ninguna posibilidad real de acceder a una vivienda propia. En ese escenario, durante 1907, una protesta que comenzó en unos pocos inquilinatos terminó convirtiéndose en uno de los grandes conflictos sociales de la Argentina de comienzos del siglo XX: la huelga de inquilinos, conocida popularmente como la Huelga de las Escobas, porque fueron principalmente las mujeres quienes utilizaron esos elementos domésticos para enfrentar simbólicamente a quienes llegaban a los conventillos con órdenes de desalojo.
Cuando la vivienda dejó de ser solamente un problema privado
El conventillo no era simplemente una vivienda incómoda, sino una consecuencia concreta de la transformación económica y demográfica de Buenos Aires. La expansión del modelo agroexportador había generado una enorme concentración de población en la ciudad, mientras la construcción de viviendas no acompañaba en la misma proporción ese crecimiento. El resultado fue un mercado inmobiliario en el que miles de familias dependían del alquiler de una habitación dentro de grandes casas subdivididas, muchas veces antiguas residencias transformadas en inquilinatos, donde las condiciones de vida podían ser extremadamente precarias. El propio Departamento Nacional del Trabajo, al estudiar el problema después del conflicto, registró tanto el incremento de los alquileres como las deficiencias higiénicas y señaló que en numerosos conventillos la búsqueda de rentabilidad había relegado cuestiones elementales como la luz y el aire.
La cuestión, por lo tanto, no era únicamente cuánto costaba alquilar, sino qué podía exigir un propietario a cambio de ese dinero y qué margen de defensa tenía quien dependía del alquiler para conservar un techo. Los reclamos de los huelguistas fueron bastante precisos: pedían una rebaja del 30% de los alquileres, la eliminación de garantías adicionales, protección frente a los desalojos y mejoras en las condiciones higiénicas de las viviendas. No se trataba de una protesta abstracta contra la propiedad privada, sino de una disputa concreta sobre las condiciones de acceso a un bien indispensable, en una ciudad donde el crecimiento económico convivía con una profunda desigualdad en las condiciones materiales de vida.
La protesta comenzó a organizarse en los conventillos de barrios populares como La Boca y Barracas, aunque el conflicto rápidamente superó esos límites. El Gobierno de la Ciudad señala que a fines de agosto de 1907 los habitantes del conventillo conocido como “Los Cuatro Diques”, ubicado en Ituzaingó 279 al 325, se declararon en huelga y presentaron sus reivindicaciones, mientras que el 13 de septiembre el Comité Central de la Liga de Lucha contra los Altos Alquileres e Impuestos realizó el llamado a una huelga general de inquilinos que se extendió por numerosos inquilinatos porteños y alcanzó también a otras ciudades.
Las mujeres y una forma inesperada de hacer política
Uno de los aspectos más interesantes de aquella huelga es que permite observar cómo la política podía surgir de espacios que las instituciones de la época consideraban ajenos a ella. Las mujeres de los conventillos tenían una participación decisiva en la administración cotidiana de hogares sometidos a condiciones de hacinamiento, falta de higiene y dificultades económicas, por lo que el aumento del alquiler no era para ellas una discusión distante sobre contratos: significaba decidir qué podía comerse, qué podía dejar de comprarse, cuánto podía durar una familia en una determinada habitación y hasta dónde podía resistirse antes de quedar en la calle.
Por eso las mujeres ocuparon un lugar central en las protestas y en la resistencia a los desalojos. El Archivo General de la Nación conserva fotografías que muestran aquella dimensión colectiva del conflicto y que permiten observar algo que muchas veces desaparece cuando la historia social se reduce a nombres de dirigentes y organizaciones: familias enteras participando de una disputa por el derecho a permanecer en su vivienda. En algunas de esas imágenes aparecen mujeres organizadas en los conventillos y en las calles, convirtiendo objetos cotidianos en herramientas de resistencia. De allí nació la denominación de “Huelga de las Escobas”, una expresión que terminó convirtiéndose en la imagen más recordada de aquel movimiento.
La presencia femenina también permite comprender por qué el conflicto tuvo una dimensión que excedía la relación contractual entre propietario e inquilino. La defensa del conventillo era, simultáneamente, la defensa de una comunidad, porque allí no vivía una persona aislada sino familias que compartían patios, pasillos, baños, cocinas y redes de solidaridad. Cuando llegaba una orden de desalojo, el problema afectaba a todo ese entramado. Las escobas, entonces, fueron mucho más que un símbolo pintoresco: representaron la entrada de las mujeres y de la vida cotidiana en el espacio público de la protesta, en una sociedad que todavía reservaba a los varones buena parte de las formas reconocidas de participación política.
Una ciudad que descubría que el alquiler también era una cuestión social
La huelga puso en evidencia una contradicción que atravesaría buena parte de la historia argentina: un país podía experimentar crecimiento económico y, al mismo tiempo, producir condiciones de vida profundamente desiguales para quienes sostenían ese crecimiento con su trabajo. El conflicto también mostró que los problemas habitacionales no podían ser reducidos a decisiones individuales, porque cuando una ciudad crecía más rápido que su capacidad de ofrecer viviendas adecuadas, el precio del techo terminaba convirtiéndose en un problema colectivo.
La reacción de las autoridades fue, en muchos casos, represiva. Los desalojos fueron ejecutados con presencia policial y quedaron registrados en fotografías conservadas por el Archivo General de la Nación y por el Archivo Nacional de la Memoria, donde pueden verse efectivos policiales interviniendo en conventillos y familias expulsadas de sus viviendas. La documentación histórica permite reconstruir así una escena en la que la discusión sobre el precio del alquiler terminó enfrentando a familias trabajadoras con propietarios y fuerzas del Estado.
Sin embargo, reducir aquella experiencia a una derrota sería desconocer su importancia histórica. La huelga contribuyó a instalar la cuestión de la vivienda dentro de la agenda de los conflictos sociales urbanos y mostró que los inquilinos podían organizarse colectivamente frente a condiciones que hasta entonces parecían formar parte del paisaje inevitable de la ciudad. El propio Departamento Nacional del Trabajo terminó estudiando las condiciones de los conventillos y dejó documentada la relación entre el aumento de los alquileres, el crecimiento demográfico y las deficiencias habitacionales.
Más de un siglo después, aquellas fotografías de mujeres levantando escobas en los patios de los conventillos conservan una potencia que excede ampliamente la anécdota. No muestran solamente a un grupo de habitantes enfrentándose a un aumento de alquileres en 1907: muestran el momento en que la vivienda dejó de ser entendida únicamente como un asunto privado y comenzó a ser reconocida como un problema social, atravesado por el salario, la especulación, la urbanización, la desigualdad y la capacidad de organización popular. En aquella Buenos Aires que se enorgullecía de su modernización, fueron precisamente quienes vivían en las habitaciones más pequeñas los que obligaron a mirar la cara menos celebrada del progreso. Y quizá por eso la imagen de aquellas escobas sigue siendo tan poderosa: porque recuerda que, mucho antes de que existieran las categorías contemporáneas para discutir el derecho a la vivienda, hubo trabajadores y, sobre todo, mujeres trabajadoras que comprendieron que un techo podía convertirse en una cuestión política cuando el precio para conservarlo comenzaba a ser incompatible con la propia vida.
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