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Los juicios contra Meta y el lenguaje de la adicción

Tenía seis años cuando empezó a usar YouTube, nueve cuando se abrió una cuenta en Instagram, diez cuando entró a lo que luego sería TikTok, once cuando se bajó Snapchat y diecisiete cuando denunció a las cuatro megaempresas por los daños psíquicos de su “adicción” a las redes sociales. A fines de marzo de 2026, ya con veinte años, Kaley apareció en los diarios de todo el mundo: un fallo histórico en California establecía por primera vez la responsabilidad de Meta y Google por el diseño perjudicial de sus plataformas. La sentencia les ordenaba pagar una indemnización de seis millones de dólares, un monto ínfimo para estos gigantes tecnológicos. Pero, tal como pasó con la industria tabacalera, esta primera victoria legal desencadenó una seguidilla de juicios distintos, cada vez más caros, y siempre bajo esta misma premisa ganadora: los daños clínicos de la adicción.

Cinco meses después de este fallo pionero, la foto de Zuckerberg en la entrada del tribunal californiano vuelve a ser noticia: en los Estados Unidos, su país y sede legal de Meta, 29 estados acusaron a su empresa de lo mismo, demandándola esta vez por 200.000 millones de dólares. Esta vez, sin embargo, Zuckerberg no tuvo que presentarse a declarar, porque las partes rápidamente llegaron a un acuerdo. Aunque Meta se comprometió a desembolsar varios miles de millones de dólares —en cómodas cuotas a diez años— e implementar restricciones para menores de edad —solo en territorio estadounidense—, cabría desconfiar, al menos, de un desenlace que ambos lados del conflicto celebran como una victoria. Las acciones de Meta suben, los fiscales se palmean por su astucia. Mientras tanto, varias de las preguntas más acuciantes sobre la salud mental adolescente siguen abiertas.

Este ensayo busca hacerle lugar a otra lectura del debate. Una un poco oblicua: me interesa el superpoder de la figura de la adicción en estas discusiones. Porque, en esta ola de juicios, el lenguaje de la adicción resultó clave para sortear las tácticas con que las grandes empresas tecnológicas venían desentendiéndose de las acusaciones. Varios ex empleados llevaban años denunciándolas, sin mucho éxito: si las redes sociales propagaban estándares de belleza inalcanzables, teorías conspirativas o discursos de odio, los dueños de las plataformas podían echarles la culpa a quienes los habían posteado. La nueva estrategia legal corre el foco de los contenidos al diseño de las plataformas: el problema ya no es tanto qué se publica, sino la arquitectura misma de redes sociales que buscan mantenernos la mayor cantidad de tiempo posible adentro. Ciertos contenidos se prestarán mejor, pero es la dinámica misma del enganche lo que habría que criticar primero.

Como dijo el abogado de Kaley, es “tan simple como el abecé: adicción en los cerebros (brains, con b) de los niños (children, con c)”. Y la lógica es eficaz, sin duda, más allá de los tribunales del norte. El lenguaje de la adicción resuena fuertemente con nuestra experiencia cotidiana, quizás porque parecería que llega a la raíz misma del problema, es decir, a la supuesta raíz biológica del comportamiento. En la expresión memorable de un ex ingeniero de Google, la tecnología se volvió “una carrera hasta el fondo del tronco encefálico”: las empresas compiten no tanto por nuestra atención, sino por acceder a los mecanismos evolutivos detrás de nuestras emociones y conductas. Y el que llegue más hondo gana: nos controla sin que ni nos demos cuenta.

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Cuando las metáforas funcionan, se fortalecen, y esto las hace funcionar todavía mejor. El lenguaje de la adicción y las analogías que arrastra —desde el tabaco, el alcohol y la cocaína hasta el azúcar, las compras, los casinos, el trabajo— están bien instalados en la arena pública. Funcionan. Pero para nada están exentos de controversias.

No solo es complejo extender el campo de la adicción más allá del consumo de sustancias psicoactivas, sino que las bases mismas del concepto son más escurridizas de lo que parecen. Para entender la adicción como enfermedad suele apelarse a dos elementos: por un lado, que el consumo tenga un impacto negativo en la persona y, por el otro, que sea “compulsivo”, algo que “no podés controlar”. Lo primero parece bastante directo, aunque no deja de implicar zonas grises (como suele ocurrir en salud mental, y como casi todo el mundo, supongo, habrá intuido alguna vez en sus tratos con el celular o el alcohol) y un margen incómodo para el desacuerdo, porque ¿quién tiene derecho a juzgar qué es malo para alguien más? Lo segundo es aún más elusivo, porque no está nada claro qué implica “compulsión”. Es cierto que a veces tomarte una copa de vino o cliquear el loguito de Instagram no se sienten como acciones voluntarias, conscientes, plenamente nuestras… pero tampoco nos están forzando ni caemos (¡ups!) de forma completamente ajena a nuestra culpa y voluntad.

Cuando hablamos de compulsión, aludimos a un espacio paradójico que no es ni pura coerción ni plena libertad. Es incierto y complejo, pero tendemos a simplificarlo, porque la noción hace un trabajo demasiado importante como para permitirle semejante ambigüedad: la necesitamos fuerte, más simple que el abecé, porque es lo que nos saca de encima el manto de sospecha que cae sobre nosotres apenas dejamos de mostrarnos capaces de cumplir con lo que se espera de un individuo responsable y autosuficiente. No soy yo, es mi adicción; no es que yo sea débil, es que ella es demasiado fuerte.

Y, aunque esto se parece a lo que hacen otros lenguajes clínicos, la conexión con las drogas le da un relieve particular al lenguaje de la adicción. No es casual que este idioma se propague por las zonas más devaluadas, más sospechosas, peor vistas de la vida social: las drogas no solo ofrecen un modelo vívido de influencia externa, extrañadora, sino que también introducen un vector de recriminación moral y legal. Esto le da fuerza a la metáfora cuando la empuñamos en contra de las grandes empresas tecnológicas para tacharlas de narcotraficantes, pero tendríamos que tener más cuidado con esta herramienta retórica, que pertenece al amo y apuntala su casa punitiva.

El último resquicio de disculpa, la última esperanza de comprensión y cuidado: eso es lo que sentimos que podríamos perder si renunciamos al lenguaje de la adicción como compulsión. Según la filósofa Hannah Pickard, sin embargo, es una trampa pensar que la única alternativa a la culpa es la disculpa de la enfermedad. Necesitamos, en cambio, maneras más sutiles y complejas de hablar sobre la agencia y sus trabas. Porque sí, pasan cosas raras con la agencia en la adicción, en cualquier consumo que no deja de ser voluntario en un sentido básico —porque es flexible al contexto y responde a algún objetivo— pero va en contra de nuestro bienestar, incluso de nuestra supervivencia. Pickard lo llama el “enigma de la adicción”. Y claro que es tentador resolverlo dándole un poder invencible ya a la droga (en el modelo de la enfermedad y la compulsión), ya a la voluntad (en el modelo moral de la culpa). Pero ambas vías son simplificaciones, parches precarios. Para entender nuestra capacidad de actuar tenemos que pensarla situada, y eso es lo que desatienden tanto el modelo de la enfermedad como el modelo de la culpa.

En una entrevista sobre Miembro fantasma, un libro de cuentos poblado de figuras femeninas de adicción, Fernanda Trías señaló que “cuando uno siente que no puede enfrentar algo, busca una sustancia o una fuerza externa que lo ayude”. Esa fuerza externa puede ser muchas cosas, puntualizaba Trías, como el alcohol o la religión “o cualquier otra cosa”: el celular, las redes sociales. O el mismo lenguaje de la adicción con que denunciamos a las empresas responsables por esas redes sociales. Tal vez lo que hacemos con el lenguaje de la adicción sea similar a lo que hacemos en la adicción: apelamos a una fuerza externa para lidiar con lo que no podemos manejar y terminamos sin poder manejar tampoco el poder que esa fuerza externa adquiere sobre nosotres. “Es doloroso porque nace de esa sensación de incapacidad”, decía Trías. Yo creo que es doloroso, también, porque parece redoblar la incapacidad.

Le pedimos cada vez más al lenguaje psiquiátrico, pero no somos tan conscientes ni de sus límites ni de sus enormes costos. La liviandad con que usamos estos vocabularios en la arena pública puede reforzar formas insidiosas de cuerdismo y capacitismo, porque la carga peyorativa del lenguaje de la adicción será parte integral de su eficacia, pero es muy nociva para quienes viven bajo su órbita. Al mismo tiempo, tal vez podamos hallar algunas pistas útiles en esa expansión. Y acaso parte de discutirla sea aprovechar esas pistas, tomar los términos dados del debate y llevarlos más allá. Adoptar el idioma de la época para intervenirlo; reinventarlo, incluso, para que nos sirva mejor.

Si el lenguaje de la adicción es otro idioma para hablar de la agencia trabada, quizás rastrear sus caminos sea útil para mapear las zonas más críticas de esa sensación de imposibilidad. El problema es que la mayor parte del tiempo sirve de distracción: hablamos de circuitos cerebrales y descuidamos su dimensión social, relacional, pública, algo fundamental no solo para el enigma de la adicción, sino en cualquier situación en la que lo que podemos hacer no está del todo fijado, pero tampoco tan abierto. Luego del fallo de marzo, Meta declaró que “la salud mental adolescente es un asunto profundamente complejo que no puede vincularse a una única aplicación”… y es cierto. Reconducir el debate a la dopamina y el “carácter adictivo” de las plataformas lo reduce de más: es una iteración contemporánea de la virtus dormitiva del opio de la que ya se burlaba Molière. Porque lo que nos importa cuando hablamos de adicción no tiene que ver con el cerebro. Importa esa sensación de incapacidad que se traduce, paradójicamente, en una especie “compulsiva” del hacer. Un no poder que se expresa como no poder parar.

Pickard abría su libro evocando una serie muy influyente de experimentos con ratas de laboratorio. En el primero, de los años ochenta, la jaula tenía agua, comida y una palanca que las ratas podían usar para conseguir toda la cocaína que quisieran: al mes, 90% de los animales se habían muerto de agotamiento, desnutrición y deshidratación. La imagen de la ratita que deja hasta de tomar agua por tirar compulsivamente de la palanca de la droga fue clave para las teorías de la adicción como un cerebro arruinado por una sustancia poderosa. Tuvieron que pasar décadas para que a alguien se le ocurriera una variante simple del experimento: resulta que si hay dos palancas, una con cocaína y otra con agua endulzada, 90% de las ratas eligen el trago inofensivo. Y si la segunda palanca les consigue un minuto de juego con otra ratita, como mostró un experimento en 2018, casi el 100% de los roedores elige jugar.

Ni la cocaína era todopoderosa ni las ratas tenían roto el cerebro. Estaban solas en una jaula sin nada más que hacer.

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“Todo apego es optimista”, decía Lauren Berlant en esa gran obra sobre la adicción como metáfora implícita del malestar contemporáneo que es El optimismo cruel. Ante la falta de alternativas o ante alternativas miserables, irrisorias, no todo el mundo puede ser Bartleby: no hacer nada puede sentirse todavía más insoportable, mientras que el hacer compulsivo puede ser otra manera de negociar lo innegociable, de soportar lo insoportable, aunque sea un ratito más. Una forma de sostener el vínculo con un mundo poco acogedor y a la vez una forma de lidiar con la hostilidad de ese mundo.

El problema son las opciones reducidas; cómo nos las arreglamos para responder a la falta de alternativas, en todo caso, es algo que viene después. El optimismo cruel es optimista porque es testigo de ese apego a la vida, y es cruel porque aferrarse a lo que hace mal es prácticamente el único margen de acción que queda cuando ya no controlamos las condiciones materiales de nuestra vida. De lo que se trata es de ampliar ese margen, pero el marco de la adicción, como todo lenguaje psiquiátrico, pone el foco en la persona. Nos lleva a concentrarnos en la conducta de la ratita de laboratorio y pinta al malestar como producto artificial de esa conducta, en lugar de ubicarlo entre sus causas. Pero la jaula es el problema, mucho antes que la droga.

La avanzada legal sobre las grandes empresas tecnológicas será una buena noticia si se traduce en una disputa real del poder desmedido que detentan. La metáfora de la adicción viene siendo una pieza clave de la estrategia querellante, ¿pero está sirviendo a esa disputa? ¿Y qué nos empuja a ceder a cambio? 

En la arena pública, sospecho, el lenguaje psiquiátrico es el manotazo de ahogado con que nos aferramos a algún sentido estable en un mundo cada vez más engañoso y turbulento. Si es la única herramienta que parece que nos queda, bueno, usémosla. Pero tendremos que transformarla en el proceso, porque no vamos a poder transformar de verdad el mundo si no.

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  • Alerta extrema en el Caribe por la llegada del huracán Melissa

     

    El huracán Melissa, que actualmente avanza por el Caribe, alcanzó la categoría máxima, informó el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos, que advirtió de posibles “inundaciones catastróficas” en Jamaica.

    “Melissa es ahora un huracán de categoría 5”, escribió el organismo en su último aviso. “Los vientos destructivos, las marejadas ciclónicas y las inundaciones catastróficas empeorarán en Jamaica a lo largo del día y durante la noche”, reportó el sitio RFI.

    Al menos cuatro personas murieron esta semana por el huracán en Haití y República Dominicana, donde provocó fuertes lluvias y deslizamientos de tierra.

    La tormenta se mueve a un ritmo preocupantemente lento, lo que significa que las zonas que se encuentran en su trayectoria pueden sufrir condiciones adversas durante mucho más tiempo.

    El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos (NHC) indicó que Melissa alcanza vientos máximos de casi 260 kilómetros por hora.

    Las autoridades pronostican hasta cerca de un metro de lluvia, con diluvios que podrían provocar inundaciones repentinas.

    “Esta posibilidad de lluvias extremas, debido a la lentitud del movimiento, va a provocar una catástrofe aquí en Jamaica”, afirmó Jamie Rhome, subdirector del NHC, en una rueda de prensa transmitida por Internet.

    “Solo tienes que estar donde vayas a estar y prepararte para pasar varios días aquí”, dijo Rhome. “Las condiciones empeorarán muy, muy rápidamente aquí en las próximas horas. No salgas después del atardecer”, añadió.

    Después de pasar por Jamaica, se pronostica que la tormenta continúe hacia el norte y cruce el este de Cuba el martes por la noche, mientras siga impactando en Haití y República Dominicana.

    Melissa es la decimotercera tormenta con nombre de la temporada de huracanes del Atlántico, que se extiende desde principios de junio hasta finales de noviembre.

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  • Un jubilado agredió a una joven tras una discusión de tránsito: “me pegó en la boca”

     

    Un hombre de 70 años agredió físicamente a una joven identificada como Agustina, tras una discusión por un auto mal estacionado. La víctima registró el momento con su celular y recibió un golpe en el rostro que le provocó heridas. El agresor, que fue demorado por la Policía, recuperó la libertad horas después.

    El violento episodio ocurrió este martes por la tarde en la calle Terrada al 2600, del barrio porteño de Villa del Parque. Todo comenzó cuando la joven estacionó su vehículo cerca de la salida del garaje del atacante.

    El relato de la víctima

    Agustina relató que el conflictocomenzó cuando estacionó su auto cerca de la salida del garage del agresor: «yo estaba cambiándome para ir al gimnasio. Escuché ruidos, miré por la ventana y lo vi golpeando mi auto. Bajé a pedirle explicaciones y empecé a filmar«.

    Sin embargo, la situación escaló de inmediato: “Le dije que iba a llamar a la Policía y ahí fue cuando me pegó una piña en la cara. En el medio de los dedos tenía la llave del auto, así que me cortó el labio y me lastimó la pera”.

    En el video que la víctima grabó y se viralizó, se la escucha gritar tras el golpe: «¡Me pegó en la boca!», mientras el hombre la insulta: «Es una p… de m…».

    Un transeúnte la defendió

    La secuencia, captada por el celular de la víctima y cámaras de seguridad, muestra al hombre «fuera de sí». Un joven que pasaba por el lugar intervino para frenar al agresor.

    «No lo conozco, apareció de la nada. Creo que lo mandó Dios, porque no sé qué habría pasado si no se metía«, aseguró la joven.

    La víctima denunció que la esposa del agresor, quien presenció todo, le pedía que «no llamara a la Policía» y le dijo que era «una loca«.

    Botón antipánico, asistencia médica y miedo

    Se solicitó la presencia del SAME, que realizó una atención por videollamada y tras el llamado al 911, la Comisaría Vecinal 11B demoró al jubilado y Agustina pasó la madrugada en la comisaría donde le asignaron un botón antipánico, ya que el agresor vive “pared de por medio”, según supo la agencia Noticias Argentinas. 

    «Tengo miedo de salir al pasillo o al patio«, confesó la joven. Vecinos del lugar confirmaron que el hombre «es violento» y que «más de una vez se escucharon gritos y golpes del otro lado de la pared«.

    La causa fue caratulada como «lesiones y amenazas». El agresor, quien según la víctima tiene «seis stents«, fue trasladado al Hospital Álvarez bajo custodia policial a la espera de su audiencia judicial.

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  • EN LA SÉPTIMA FECHA SE VUELVE A RINCÓN

    Ingresa en su segmento final el 37° Campeonato Patagónico de Karting. Un certamen que este domingo desarrollará la 7° fecha del calendario en el Kartódromo AKARS de Rincón de Los Sauces (Nqn), lo que significará la segunda visita al trazado en el presente año. Cinco serán las categorías presentes, en las que se registran regresos…

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    FELIZ DÍA: El salario docente en su peor momento de los últimos 20 años

     

    La evolución del salario docente argentino en 20 años: fuerte crecimiento hasta 2015, caída durante Cambiemos, recuperación parcial y nuevo derrumbe durante Milei.

    Por Celina Fraticiangi para NLI

    Durante dos décadas, el salario docente argentino atravesó un recorrido que permite leer, casi como un espejo, los distintos modelos económicos que gobernaron el país. Creció con fuerza durante el ciclo de recuperación iniciado después de la crisis de 2001, alcanzó su máximo poder adquisitivo en 2015 y comenzó luego una larga etapa de retroceso que tuvo distintos ritmos y características hasta desembocar en un nuevo derrumbe durante el gobierno de Javier Milei. El resultado actual ayuda a explicar por qué cada vez menos jóvenes consideran la docencia una profesión capaz de ofrecerles una vida económicamente estable.

    El dato que disparó nuevamente la discusión es contundente: según el relevamiento, la cantidad de jóvenes que se inscriben en carreras docentes cayó 23% desde 2017, mientras que el 55% abandona durante el primer año. La pérdida de atractivo de la profesión no puede explicarse solamente por las condiciones dentro del aula. Hay detrás una cuestión material elemental: cuánto se paga por enseñar, cómo evolucionó ese ingreso frente a los precios y qué lugar ocupa el docente dentro de la estructura social argentina.

    De 2005 a 2015: la década en que el salario docente recuperó terreno

    Para analizar la evolución sin caer en la trampa de comparar pesos de distintos años, hay que mirar el salario real, es decir, el poder de compra del sueldo una vez descontada la inflación. Una investigación de CIPPEC reconstruyó una serie para el salario de bolsillo de un maestro de grado de jornada simple con diez años de antigüedad, tomando 2005 como base 100. El resultado muestra con enorme claridad el cambio de época.

    En 2005 el índice era 100. En 2006 pasó a 110,5; en 2007 llegó a 115,4; en 2008 a 122,2 y en 2009 a 124,2. Después de algunas oscilaciones, volvió a avanzar hasta alcanzar 131,8 en 2011, permaneció en niveles elevados durante los años siguientes y finalmente llegó a 135,8 en 2015, el máximo de toda la serie. Dicho de manera sencilla: el salario docente de 2015 tenía un poder adquisitivo aproximadamente 36% superior al de 2005.

    Gentileza C5N

    El fenómeno tampoco fue exclusivamente docente. Formó parte de una recuperación más amplia de los ingresos laborales posteriores a la crisis de 2001-2002, acompañada por una expansión del gasto educativo, la Ley de Financiamiento Educativo y una política nacional que buscó recomponer salarios y ampliar la inversión pública. CIPPEC había estimado que, entre 2003 y 2017, el salario docente había ganado en promedio 72% de poder adquisitivo, aunque esa medición incluía toda la recuperación que comenzó después del derrumbe de la convertibilidad.

    Hay otro dato que ayuda a poner en perspectiva aquel proceso. Un estudio de CIPPEC sobre financiamiento educativo señaló que entre 2002 y 2008 el salario docente real creció 84%, la mayor recuperación registrada desde los años noventa. Entre 2008 y 2015 el comportamiento fue bastante más irregular, pero entre puntas todavía hubo crecimiento.

    Por eso, cuando se habla de los salarios docentes de las últimas dos décadas, es necesario distinguir dos períodos muy diferentes. Durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner se produjo la gran recuperación salarial que llevó al ingreso docente hasta su máximo real de 2015. No significa que todos los años hayan sido de aumento ni que todas las provincias hayan evolucionado de igual manera, pero sí que el ciclo completo terminó con un salario sustancialmente superior al de 2005.

    El quiebre de 2016: cuando comenzó la pérdida sostenida

    El cambio aparece inmediatamente después del máximo de 2015. En 2016 el índice cayó de 135,8 a 130,3; en 2017 tuvo una pequeña recuperación hasta 132,1, pero en 2018 se desplomó a 123,4 y en 2019 terminó en 114,5.

    La comparación resulta especialmente significativa porque permite identificar el período de mayor deterioro durante la gestión de Mauricio Macri. Entre diciembre de 2015 y septiembre de 2018, CIPPEC calculó una pérdida del 14% del poder adquisitivo, que llevó al salario docente a niveles reales similares a los de 2006.

    Los datos oficiales utilizados por el propio Estado argentino para analizar retrospectivamente ese período son todavía más contundentes: entre 2017 y 2019, el salario docente perdió aproximadamente 20% de poder adquisitivo en el nivel secundario y 26% en el nivel primario.

    No se trató únicamente de un problema de aumentos nominales insuficientes. La combinación de inflación, cambios en la política económica y reducción del gasto público produjo una erosión que convirtió las negociaciones salariales en una carrera permanente detrás de los precios. Un informe del Centro de Economía Política Argentina, al analizar la situación bonaerense, calculó que en 2018 el poder adquisitivo promedio del salario docente había quedado casi 12% por debajo del promedio de 2015, mientras que diciembre de 2018 mostraba una pérdida superior al 20% respecto de aquel año.

    Así, el modelo económico de Cambiemos marca el primer gran quiebre de la curva ascendente iniciada después de 2003.

    Pandemia, recuperación parcial y nuevo retroceso

    La llegada de Alberto Fernández no significó una recuperación inmediata. La pandemia produjo un shock particular sobre el sistema educativo y sobre las cuentas públicas. En la serie de salario real, el índice pasó de 114,5 en 2019 a 111,7 en 2020 y luego descendió hasta 109,6 en 2021.

    A partir de allí apareció una recuperación parcial: el índice subió a 111,4 en 2022, aunque volvió a bajar ligeramente a 110,8 en 2023. Es decir, el período 2020-2023 no logró recuperar el poder adquisitivo que los docentes habían perdido durante la segunda mitad de la década anterior.

    La fotografía completa es importante porque evita una simplificación política frecuente: el salario docente no recuperó durante el gobierno de Alberto Fernández el máximo alcanzado en 2015. Hubo recuperación en determinados años y provincias, particularmente durante 2022, pero el nivel nacional continuó muy por debajo de aquel pico.

    Y entonces llegó 2024.

    Milei y el derrumbe: de 110,8 a 92,6

    El dato más fuerte de toda la serie aparece justamente en el primer año completo de Javier Milei. El índice de salario docente real pasó de 110,8 en 2023 a apenas 92,6 en 2024, tomando 2005 como base 100. Es decir, en un solo año el poder adquisitivo quedó 7,4% por debajo del nivel de 2005 y aproximadamente 32% por debajo del máximo alcanzado en 2015.

    La magnitud del retroceso también aparece en los datos oficiales relevados durante 2024. En junio, el salario de bolsillo promedio de un maestro con diez años de antigüedad había caído 4,8% en términos reales respecto de diciembre de 2023 y 25% respecto de junio del año anterior. La dispersión provincial fue enorme: algunas jurisdicciones consiguieron aumentos reales, mientras otras sufrieron pérdidas superiores al 20%.

    Uno de los elementos centrales fue la decisión del Gobierno de no prorrogar el Fondo Nacional de Incentivo Docente (FONID), mecanismo mediante el cual la Nación transfería recursos a las provincias destinados a mejorar los salarios docentes. El fondo, creado en 1998, dejó de tener vigencia en enero de 2024 y el Gobierno de Milei decidió no renovarlo.

    La consecuencia no fue idéntica en todas las provincias porque algunas administraciones locales absorbieron total o parcialmente esos recursos. Pero el impacto sobre el sistema federal fue evidente: la Nación redujo su participación en el financiamiento salarial justamente cuando la inflación provocaba una fuerte pérdida del poder adquisitivo.

    En marzo de 2025, además, el Gobierno nacional fijó en $500.000 el salario mínimo docente para el cargo testigo de maestro de grado, jornada simple y sin antigüedad, mediante la Resolución 381/2025. Al mismo tiempo, un informe de CIPPEC consignó que en marzo de ese año el salario bruto de un maestro de grado con diez años de antigüedad era de $910.943, mientras que la canasta básica total para una familia de cuatro integrantes alcanzaba $1.100.266.

    Los datos provinciales disponibles hasta junio de 2025 muestran alguna recuperación respecto de 2024 en 13 de las 24 jurisdicciones, pero el panorama de fondo continúa siendo preocupante: 21 provincias todavía tenían salarios docentes reales inferiores a los de 2023, y todas las provincias, salvo Chaco, Santiago del Estero y Río Negro, estaban por debajo de sus niveles de 2014.

    Veinte años después, el salario volvió al punto de partida

    La curva completa cuenta una historia que excede una discusión coyuntural sobre paritarias. En 2005 el salario real docente tenía un índice de 100; en 2015 había alcanzado 135,8; en 2019 había retrocedido a 114,5; en 2023 todavía estaba en 110,8; y en 2024 cayó a 92,6.

    La conclusión es difícil de esquivar: el mayor crecimiento real de los salarios docentes de estas dos décadas se produjo durante el ciclo económico iniciado después de la crisis de 2001 y extendido hasta 2015; la pérdida comenzó durante el modelo de Cambiemos, tuvo un deterioro adicional durante la pandemia y registró su caída más abrupta durante el programa de ajuste de Javier Milei.

    Y aquí aparece la conexión directa con la pregunta que plantea C5N: ¿por qué cada vez menos jóvenes quieren ser docentes? La respuesta no puede reducirse a una supuesta pérdida de vocación. Una profesión universitaria o terciaria que exige años de formación, responsabilidad sobre cientos de alumnos, trabajo fuera del horario escolar y una enorme carga emocional pierde atractivo cuando su remuneración real termina siendo inferior a la que tenía veinte años atrás.

    El problema, entonces, no es solamente que “nadie quiera ser maestro”. El problema es que la Argentina está dejando de ofrecer a sus maestros las condiciones materiales que alguna vez hicieron posible que la docencia fuera una vía relativamente segura de integración a las clases medias. El dato salarial explica buena parte de la crisis de las carreras docentes: cuando enseñar deja de garantizar un ingreso digno, el deterioro no queda encerrado en el recibo de sueldo del trabajador. Termina llegando al aula, a la formación de nuevos maestros y, finalmente, a la calidad y al futuro del sistema educativo público.

     

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