LOS HERMANOS SORIA SE POSICIONAN

A tres días de arrasar en  las urnas, María Emilia Soria aprovechó una gran oportunidad para posicionar su nombre a nivel nacional, fue la única diputada del FpV que votó a favor del desafuero de De Vido. La Legisladora rionegrina pidió la palabra en el recinto pese a que su jefe de bloque Héctor Recalde ordenó que nadie bajara a debatir. A raíz de esto se encuentra en los grandes portales informativos del país. Por supuesto, La Tapa, no va a ser menos.

Así fue como expresó su posición con respecto al pedido de desafueros del ex Ministro Kirchnerista: “No quería dejar de enunciar la maniobra que tiene por finalidad extraer a la opinión pública del tremendo ajuste que se viene, sin embargo debo reconocer que el pedido de tratamiento se ajusta a las previsiones de ley de fueros a diferencia de la anterior por lo que voy a votar afirmativo al desafuero de De Vido”.

Luego  agradeció a sus compañeros de bancada que entendieron porque ella debía estar hoy en su banca. Y concluyó, “Yo nací en una casa Peronista y aprendí dos cosas. A no renunciar a mis principios y a dar siempre la cara”.

¿Cómo reacciona el PJ, un partido político de “cuartel”, ante una insubordinación semejante?  El movimiento político táctico estratégico del “Clan” Soria a ¿quién los acerca y de quien los aleja?  ¿Gana más enemigos que aliados?  Resulta oportuno rememorar la frase de Vitto Corleone en el  clásico cinematográfico El Padrino, “Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos”.

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    De La Forestal a las apps: cien años después, la explotación laboral cambió de tecnología, pero no de dueños

     

    Mientras los peones rurales y los hacheros de principios del siglo XX eran obligados a comprar en las proveedurías de las empresas que los empleaban mediante vales y fichas, miles de repartidores argentinos del siglo XXI terminan endeudados con las propias plataformas para las que trabajan. Separados por un siglo de historia, ambos modelos revelan una misma lógica: trabajadores cada vez más dependientes de empresas extranjeras que convierten el salario en un mecanismo de control.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Cuando el salario dejó de ser libertad

    Hay escenas de la historia argentina que parecen haber quedado definitivamente enterradas en los libros escolares. La Patagonia Rebelde, entre 1920 y 1922, y las huelgas de La Forestal, entre 1919 y 1922, suelen recordarse por la brutal represión que sufrieron los trabajadores. Sin embargo, detrás de aquella violencia existía un sistema económico cuya esencia resulta sorprendentemente familiar para la Argentina de 2026.

    Los peones rurales patagónicos trabajaban jornadas que podían extenderse entre 10 y 16 horas, mientras que los hacheros que desmontaban los quebrachales para la compañía británica The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, conocida simplemente como La Forestal, sobrevivían con salarios miserables y condiciones de vida extremadamente precarias. En ambos casos, la dependencia respecto del empleador iba mucho más allá del trabajo cotidiano.

    En numerosos establecimientos, especialmente en La Forestal, una parte importante del salario no se entregaba en dinero sino mediante vales, bonos o fichas emitidos por la propia empresa. Aquellos papeles solamente podían utilizarse en las proveedurías de la compañía, donde los productos solían venderse a precios superiores a los del mercado o donde los vales eran reconocidos por un valor inferior al nominal. El trabajador cobraba de su patrón y, casi inmediatamente, ese mismo dinero regresaba al patrón.

    Aquella práctica no solo reducía el poder adquisitivo de los obreros. También impedía que pudieran ahorrar, elegir dónde comprar o abandonar fácilmente el empleo. El salario dejaba de representar independencia para convertirse en un instrumento de subordinación.

    La tecnología cambió, pero la lógica permanece

    Un siglo después, la Argentina vuelve a exhibir un fenómeno que, aunque adopta formas digitales, reproduce mecanismos sorprendentemente similares.

    Miles de repartidores que trabajan para plataformas de delivery comenzaron a recurrir masivamente a préstamos ofrecidos por las propias aplicaciones o por empresas financieras asociadas, en un contexto de caída del poder adquisitivo, precarización laboral y escasez de crédito tradicional.

    Según un informe difundido en los últimos días, la deuda promedio ya ronda el millón de pesos, mientras que algunos créditos alcanzan costos financieros equivalentes a tasas cercanas al 700% anual, cifras que transforman el préstamo en una pesada carga para trabajadores cuyos ingresos dependen de jornadas cada vez más extensas.

    El mecanismo presenta diferencias formales respecto del sistema de fichas de hace cien años, pero comparte un rasgo fundamental: el trabajador vuelve a quedar económicamente atado a la empresa para la que presta servicios.

    Ya no recibe un vale de papel para comprar alimentos en la proveeduría. Ahora obtiene un préstamo digital cuyo cobro suele descontarse directamente de los ingresos que genera trabajando para esa misma plataforma. La dependencia deja de materializarse en una ficha de cartón y pasa a expresarse mediante algoritmos, aplicaciones móviles y débito automático.

    En ambos casos, el empleador no solamente organiza el trabajo. También condiciona el modo en que el trabajador administra su economía personal.

    Truck System

    En la historia del trabajo existe incluso un nombre específico para este tipo de mecanismos: el truck system. Así se conocía al sistema mediante el cual los empleadores pagaban total o parcialmente los salarios no con dinero, sino con vales, fichas, mercancías o créditos que únicamente podían utilizarse en comercios pertenecientes a la propia empresa o vinculados a ella. Muy extendido durante la Revolución Industrial en Gran Bretaña y luego replicado en distintos países, este esquema permitía a los patrones recuperar buena parte de los salarios abonados mediante la venta de productos con sobreprecios, generando un círculo de dependencia económica que impedía a los trabajadores disponer libremente del fruto de su trabajo.

    La gravedad de este mecanismo fue tal que numerosos países comenzaron a prohibirlo desde fines del siglo XIX mediante las denominadas Truck Acts británicas y otras legislaciones similares, que establecieron como principio básico que el salario debía abonarse en dinero y quedar bajo el control exclusivo del trabajador. Más de un siglo después, las plataformas digitales no pagan en fichas ni obligan a comprar en una proveeduría, pero cuando el trabajador termina financiándose con créditos otorgados por la propia empresa o por entidades asociadas, cuyos descuentos se realizan directamente sobre sus futuros ingresos, vuelve a aparecer una lógica muy parecida: el empleador deja de limitarse a organizar el trabajo y pasa también a controlar, en buena medida, la economía personal de quien trabaja para él. La tecnología cambió, pero el principio que el truck system buscaba imponer —mantener cautivo al trabajador mediante la dependencia económica— encuentra hoy nuevas formas de manifestarse.

    De los capitales británicos a las plataformas globales

    Existe otro elemento que vuelve especialmente sugestivo el paralelismo histórico.

    La Forestal era una empresa de capitales británicos que llegó a controlar millones de hectáreas, ferrocarriles, pueblos enteros, puertos y hasta fuerzas parapoliciales propias para defender sus intereses económicos. Su poder excedía ampliamente la producción de tanino: construía un verdadero Estado dentro del Estado argentino.

    Las principales plataformas de reparto que hoy dominan el mercado argentino también responden a grandes corporaciones internacionales, cuyos centros de decisión se encuentran fuera del país y cuyos modelos de negocios son diseñados para maximizar rentabilidad a escala global.

    Naturalmente, las diferencias históricas son enormes y nadie podría equiparar mecánicamente las condiciones de violencia física que caracterizaron a La Forestal o a la Patagonia Rebelde con la realidad contemporánea. Sin embargo, la comparación permite observar una continuidad inquietante: la subordinación económica de trabajadores argentinos frente a grandes empresas extranjeras que concentran el poder de fijar condiciones laborales, ingresos y mecanismos de dependencia financiera.

    El escenario tecnológico cambió radicalmente. Donde antes había obrajes, hoy existen aplicaciones. Donde antes había fichas impresas, hoy aparecen créditos digitales. Donde antes un capataz vigilaba el rendimiento, hoy lo hace un algoritmo que asigna pedidos, califica desempeños y determina ingresos.

    Pero la concentración del poder económico conserva una estructura reconocible.

    Las luchas obreras de comienzos del siglo XX surgieron precisamente para cuestionar un modelo que transformaba al trabajador en un engranaje completamente dependiente de la empresa. Cien años después, el desafío parece regresar bajo nuevas formas, impulsado por la economía de plataformas, la financiarización del trabajo y la pérdida progresiva de derechos laborales conquistados durante décadas.

    Quizá la mayor diferencia entre ambas épocas sea que la explotación ya no necesita alambrados ni fichas de cartón. Ahora cabe en el bolsillo, dentro de un teléfono celular, y puede administrarse mediante una aplicación que promete flexibilidad mientras convierte el salario futuro en garantía de una deuda cada vez más difícil de cancelar.

     

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    Lo Celso y la bandera de Malvinas: un gesto que recordó que la Selección también representa la soberanía argentina

     

    Mientras la Selección Argentina celebraba el histórico triunfo 2-1 sobre Inglaterra y la clasificación a la final del Mundial 2026, una imagen terminó sintetizando mucho más que una victoria deportiva. Giovani Lo Celso posó con una bandera que proclamaba «Las Malvinas son Argentinas», un gesto que despertó orgullo entre miles de hinchas y volvió a colocar la causa de soberanía en el centro de la escena internacional.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    Cuando el fútbol expresa el sentimiento de un pueblo

    Argentina eliminó nuevamente a Inglaterra en una Copa del Mundo. Como ocurrió en México 1986, el partido inevitablemente estuvo cargado de una enorme carga histórica, política y emocional. Aunque el fútbol y la diplomacia transiten caminos distintos, resulta imposible separar completamente un enfrentamiento entre ambos países de la memoria colectiva argentina.

    En ese contexto, la imagen de Giovani Lo Celso sosteniendo una bandera con la inscripción «Las Malvinas son Argentinas» durante los festejos no apareció como una provocación gratuita, sino como la expresión de una convicción compartida por la inmensa mayoría de los argentinos.

    La Constitución Nacional incorpora la recuperación del ejercicio pleno de la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur como un objetivo permanente e irrenunciable del Estado argentino, siempre por medios pacíficos y respetando el derecho internacional. Desde esa perspectiva, el mensaje desplegado por el volante argentino no representa una consigna partidaria sino una reivindicación nacional.

    El contraste con las restricciones impuestas por la FIFA

    Durante la previa del encuentro trascendieron cuestionamientos y restricciones respecto del ingreso de banderas vinculadas con la causa Malvinas dentro de los estadios mundialistas. La FIFA mantiene desde hace años una política extremadamente rígida sobre la exhibición de símbolos que puedan ser interpretados como mensajes políticos.

    Sin embargo, la bandera exhibida por Lo Celso apareció una vez terminado el encuentro, en medio de los festejos del plantel campeón de la semifinal, convirtiéndose rápidamente en una de las fotografías más difundidas del día.

    Para gran parte de los argentinos, lejos de tratarse de un acto de confrontación, la escena representó la reafirmación de una posición histórica del país, sostenida por todos los gobiernos democráticos desde 1983 y respaldada año tras año por resoluciones de las Naciones Unidas que instan a ambas partes a retomar las negociaciones por la soberanía.

    El gesto de Lo Celso también dejó en evidencia el contraste con la posición que había asumido la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, quien en la previa del encuentro confirmó que, por un acuerdo de seguridad coordinado con la FIFA y otras fuerzas internacionales, no se permitiría el ingreso al estadio de remeras, banderas o carteles con la leyenda «Las Malvinas son Argentinas», al ser considerados «contenido político». La decisión generó fuertes cuestionamientos por tratarse de un reclamo de soberanía reconocido por la Constitución Nacional y sostenido históricamente por el Estado argentino. En ese marco, la imagen de Lo Celso celebrando la clasificación con la bandera de Malvinas adquirió un significado todavía más potente: allí donde el Gobierno aceptó restringir una expresión de identidad nacional en nombre del reglamento de la FIFA, un futbolista de la Selección terminó reivindicando, ante los ojos del mundo, una causa que para millones de argentinos trasciende cualquier competencia deportiva.

    Una imagen que trasciende el resultado deportivo

    El fútbol argentino posee una relación inseparable con la historia de Malvinas. Desde el recordado Mundial de 1986 hasta la actualidad, cada cruce frente a Inglaterra despierta recuerdos que exceden los noventa minutos.

    Por eso la imagen de Lo Celso adquirió una dimensión simbólica. No fue únicamente el festejo por un triunfo deportivo; fue también la manifestación de un sentimiento nacional que atraviesa generaciones y que continúa presente entre los jugadores y los hinchas.

    Mientras millones de argentinos celebraban el pase a una nueva final del mundo, esa fotografía comenzó a multiplicarse en redes sociales acompañada por mensajes de apoyo, orgullo y reivindicación de la causa Malvinas.

    La Selección volvió a representar algo más que fútbol

    La Scaloneta ha construido en los últimos años una identificación muy fuerte con la sociedad argentina. No solamente por los títulos obtenidos sino por la manera en que sus futbolistas expresan pertenencia, cercanía y compromiso con distintos símbolos nacionales.

    En ese marco, el gesto de Giovani Lo Celso fue interpretado por buena parte de la opinión pública como una continuidad de esa identificación con la historia y la identidad argentina.

    En tiempos donde algunos sectores sostienen que el deporte debe permanecer completamente ajeno a cualquier referencia histórica o nacional, la imagen del mediocampista recordó que representar a la Selección también implica vestir una camiseta que simboliza a todo un país, con su historia, sus alegrías, sus heridas y sus reclamos permanentes.

     

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