Llaryora le intervino la gestión al nuevo procurador porque dijo que no se puede ganar la batalla contra el narco

Llaryora le intervino la gestión al nuevo procurador porque dijo que no se puede ganar la batalla contra el narco

 

 El flamante fiscal General de Córdoba, Carlos Lezcano, dijo en una reunión reservada que «la batalla contra el narcotráfico sabemos que no la vamos a ganar, pero la tenemos que dar de todas maneras». Aunque la frase no quedó registrada, importantes funcionarios del Gobierno provincial la confirmaron a LPO y señalaron que Martín Llaryora fue puesto al tanto de inmediato.

Es que Lezcano la pronunció en el lanzamiento de la Mesa Provincial de Análisis de Narcocriminalidad, un mega organismo consultivo que coordina el Ministerio de Justicia, pero del que participan desde la DAIA hasta la Universidad Nacional de Córdoba.

Por ser fiscal General, Lezcano comanda la Fuerza Policial Antinarcotráfico (FPA), un grupo de elite creado por José Manuel de la Sota e integrado por policías y ex militares que tiene un presupuesto anual de 38 mil millones de pesos (con 80 millones de pesos de gastos reservados).

El fuero especial antinarco es una de las grandes apuestas de Llaryora: creó nuevas fiscalías en todo el territorio y desplegó nuevas delegaciones de la FPA en el interior provincial. «Menos mal que cuando Lezcano dijo esa barbaridad no estaba el gobernador; no sé cómo hubiera terminado esa reunión», dijo uno de los testigos directos de la polémica frase del flamante jefe de los fiscales cordobeses.

Menos mal que cuando Lezcano dijo esa barbaridad no estaba el gobernador; no sé cómo hubiera terminado esa reunión

Como sea, Llaryora movió las fichas y cercó a Lezcano: primero, bloqueó la mayoría de las designaciones que quería hacer para conformar su equipo de trabajo. Así, colocó al dirigente del PJ Capital Justo Casado en la dirección general del Ministerio Público Fiscal y al histórico técnico Julio Comello en la dirección de Administración de la Fiscalía General. Además de los fondos para el funcionamiento de la fuerza antinarco, el Ministerio Público Fiscal tiene un presupuesto de 704.500 millones de pesos.

«Lo designaron fiscal general por descarte, hizo todo mal y quedó rodeado: duró dos semanas en el ejercicio real del poder», dijo un fiscal que lee la política tribunalicia. El fiscal General tiene un mandato de cinco años (y puede continuar otro período igual), por lo que uno de sus principales desafíos es sostener la voz de mando hasta el final. Sobre todo porque sus fiscales generales adjuntos son vitalicios.

En este caso, Lezcano está rodeado de leones que responden a distintas tribus del peronismo. Héctor David fue ministro de José Manuel de la Sota; José Gómez Demmel representa al schiarettismo puro y Alejandro Pérez Moreno es parte del entramado de abogados de confianza de Martín Llaryora.

Como contó LPO, Lezcano fue militante del PJ y llegó a montar un estudio jurídico con Luis Juez, cuando el ahora libertario era líder de la JP Capital. Aunque se distanciaron en 2003, cuando Juez decidió enfrentar al delasotismo y Lezcano llegó sorpresivamente a ser juez de Control, los puentes entre ambos se mantuvieron. El caso emblemático fue el de Walter Montenegro, que integró el gabinete de Juez en la Municipalidad de Córdoba y a quien Lezcano quiso ubicar como mano derecha en la Fiscalía General. A él también lo bloqueó Llaryora.

El fiscal que analiza los movimientos en el serpentario judicial recurre a la metáfora maradoniana: «Se les ‘escapó la tortura'», dice respecto del flojo análisis de CV que se hizo en el Gobierno provincial al momento de impulsar a Lezcano.

 

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    La versión que se difundió internamente era durísima. Hablaba de «caída de ventas», «fuerte presión sobre márgenes» y pedía políticas sectoriales para evitar el deterioro industrial. Pero además contenía una frase especialmente sensible para el Gobierno: «Hoy gran parte de la industria argentina está financiando el Estado, jubilaciones y educación». 

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    Pero mientras Rappallini endurecía el discurso usando a toda la industria como argumento, el Gobierno buscaba contenerlo con beneficios concretos para su propio grupo empresario.

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    El Tigre de la Malasia se ha reconvertido.

    Por Nilda Limones para NLI

    La noche caía espesa sobre las aguas pútridas del Golfo del Ajuste cuando el bergantín Anarcocapital apareció entre la bruma. Sus velas negras, remendadas con retazos de bonos impagos y decretos de necesidad, flameaban como alas de cuervo sobre el mar hambriento. En la proa, erguido como un profeta delirante, estaba el temido León de la Malaria.

    Nadie conocía ya su verdadero nombre. Algunos afirmaban que había sido un oscuro escribiente de mercados; otros, un iluminado surgido de las catacumbas televisivas. Pero en todos los puertos del continente se lo nombraba igual: el León. El hombre que juraba destruir el Estado mientras saqueaba hasta el último mendrugo de los pueblos costeros.

    Sus ojos ardían con un fulgor febril. La melena, azotada por el viento, parecía una llamarada enferma bajo la luna tropical.

    —¡La libertad avanza sobre los débiles! —rugió desde cubierta—. ¡Y el mercado elegirá quién merece comer!

    Detrás de él apareció su inseparable lugarteniente: Manuel de Adorno, llamado por la tripulación “el Vocero Negro”. Delgado, impecable y sonriente aun en medio de la peste, llevaba siempre bajo el brazo un pergamino donde escribía comunicados para justificar cada pillaje.

    —Capitán —dijo inclinándose—. El pueblo de Santísima Jubilación ha quedado sin medicinas, sin pan y sin energía. La operación fue un éxito.

    El León sonrió satisfecho.

    —Excelente. Ahora dirán que estaban mejor así.

    La tripulación celebró entre carcajadas. Eran los célebres Leones de Virgocem, corsarios fanáticos que se jactaban de una castidad heroica y de no haber conocido jamás abrazo humano fuera del de sus perros mastines y sus manuales de economía inglesa. Vestían chaquetas violetas, lucían ojeras profundas y repetían, como salmos religiosos, frases incomprensibles sobre el derrame de riquezas.

    Desde la popa descendió entonces Karinna de Hierro, la mujer más temida de todo el archipiélago financiero. Sus dedos largos sostenían cofres rebosantes de monedas arrancadas a hospitales, escuelas y ancianos.

    —Mi León —susurró acercándose—. Hemos capturado otro convoy de alimentos populares. ¿Qué hacemos con él?

    El capitán levantó lentamente el sable.

    —Arrojadlo al mar. Si el hambre aumenta, aprenderán a competir.

    Un trueno rasgó el horizonte.

    A lo lejos, en las aldeas miserables de la costa, las fogatas comenzaban a apagarse una por una. Los niños observaban desde los muelles cómo el Anarcocapital se alejaba cargado de riquezas mientras detrás quedaban fábricas vacías, puertos silenciosos y hospitales convertidos en ruinas.

    Pero sobre la cubierta del barco nadie parecía escuchar los llantos.

    Los Leones de Virgocem brindaban con champagne importado.

    Y en medio de ellos, contemplando el océano negro como si fuese el dueño del mundo, el León de la Malaria lanzó una carcajada salvaje que se perdió entre las tormentas del Caribe del Sur.

     

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