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LA TENTACIÓN DE….

En la semana se hizo viral una imagen donde los usuarios de la empresa de colectivos koko debieron bajar a empujar una unidad que se había quedado en el camino. El viaje inconcluso terminó con clientes empujando un colectivo, y llegando a sus destinos a dedo.

Ante el decadente servicio, los precios altos y como contraposición de esta reacción bondadosa, pero sumamente pasiva de los usuarios, nos encontramos con un joven estudiante de derecho que por «redes» propone la idea reaccionaria de juntar a todos los estudiantes del valle para bloquear la salida de los vehículos hasta que la empresa, al menos, baje la tarifa, argumentando como pibes y pibas de la zona deben dejar de estudiar abandonando su realización personal porque no tienen guita para subirse a un bondi.

Vale recalcar que la empresa aumenta sus boletos semestralmente con la aprobación el Ministerio de Obras y Servicios Públicos de Río Negro, este 2019 ya incrementó sus tarifas en un 20%. Precios caros y pésimas prestaciones son los reclamos constantes contra la empresa en defensa al consumidor en todas las localidades de la región.

¿Qué tan lejos estamos, como sociedad, de enfrentar y luchar con valentía contra las injusticias sociales que perpetran diariamente las empresas privadas contra sus usuarios?

Quien viaja en la empresa monopólica del transporte público del Alto Valle sabe de qué hablo. No hace falta mencionar ni una de sus falencias, sería hacerles perder el tiempo porque las conocen, las viven a diario.

Durante muchos años los afroamericanos debían ceder sus lugares a los blancos en el transporte público norteamericano, hasta que un día una humilde costurera negra encendió la mecha y desató el boicot al transporte público en los Estados Unidos, un boicot que duró más de un año.

A mediados del ‘50 seguían vigentes las leyes Jim Crow, herederas directas de la esclavitud del siglo XIX, redactadas para que los afroamericanos tomaran conciencia de su presunta inferioridad y se mantuvieran en situación de marginación social. De acuerdo con ellas, los negros no podían compartir con los blancos los espacios públicos.

Un 1ro de diciembre del ‘55 subieron muchos blancos al colectivo, por lo que el conductor exigió a cuatro pasajeros negros que cedieran su asiento. Sin embargo Rosa Parks se negó. El conductor había tratado de disuadirla, ella estaba obligada a acatar la ley, firme en su decisión Rosa pasó la noche en el calabozo, acusada de perturbar el orden público. Ese gesto valiente la convertiría en símbolo de la lucha por los derechos civiles. Tiempo después, el Tribunal Supremo de EEUU declaraba inconstitucional la ley de segregación racial en el transporte público.

El «koko» como los colectivos norteamericanos en los ’50 también tienen una delgada línea que divide. En este caso los que sufren son los que a la vez solventan las ganancias de la empresa sentándose inmutables detrás de la línea, por delante de ellos quienes se regocijan en la poluta comodidad política empresarial. Esto no deja de ser una precisa analogía de la Argentina cotidiana: El trabajador, el estudiante, el jubilado sufre y pierde; y los empresarios y políticos gozan de privilegios.

Mientras sigamos sentados en la miseria de quien calla, implosiona por dentro y escupe la basura por redes, este tipo de injusticias seguirán a la orden del día. Ante esto se debe alzar la voz, buscar la unidad en el enojo y consolidar la empatía por el prójimo. Luchar.

Las redes sociales pueden servir de punta pie inicial, pueden generar la comunicación de manera inmediata, sembrar redes, pero eso es solo el primer paso, el que da inicio a una batalla que luego debe continuar en la calle.

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https://latapa.com.ar/cambio-de-paradigma-revoluciona-tu-ciudad/

Intervención Portada: Emiliano Piccinini
Imagen: https://solidaridad.net/wp-content/uploads/2005/11/RosaParks.jpg
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    1.

    “Hoy se murió mi juventud” leí en estos días de duelo, inmenso duelo colectivo por el Indio Solari. No sé si a mí se me murió ahora la juventud, pero sí que apareció convertida en una montaña de sensaciones intensas en el cuerpo, una avalancha de extrañores y recuerdos precisos de alegrías extremas y también penas gigantes, acompañados siempre o mejor desatados por su música. Esas canciones retumbando en loop en mi cabeza, en mi garganta, en mi cuerpo y condenándome al insomnio, a llorar mientras bailo sola o con otrxs.

    2.

    La presentación de Gulp, en Cemento, el primer recital al que fui en mi vida. Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, un nombre larguísimo e insólito que nunca había escuchado. Creo que fue allí mismo que me compré -ya devenida en instantánea fanática- el cassette en la puerta, toda una inversión para una piba de 18 que vivía sola y trabajaba-estudiaba-y-militaba. Pero donde más cerca estuve de rozarlos fue en el Parakultural, creo que en 1986, en una de esas noches alucinantes en el sótano húmedo de charcos y cables sueltos en las que podías toparte con las Gambas al Ajillo, los títeres de Ubú Rey, delirar con los poemas de Alfonsina declamados por el delirante trío de Urdapilleta, Tortonese y Batato Barea. ¡Batato! Verlo caminar despampanante y tan bello hacia acá, y sentir por un instante fugaz que me estaba mirando, sí, a mí, la más tímida del mundo. Temblar empequeñeciendo y sentir su piel acariciando la mía mientras seguía camino a los fondos-camerinos. Y allí en esa penumbra refulgente de golpe, sin aviso, un microconcierto de los Redondos. “El infierno está encantador”. Pude ir seguido al Parakultural. Me hacía entrar gratis Giancarlo, amigo y compañero de militancia con el que compartíamos casa, una insólita buhardilla con techo de dragones dorados justo frente a la Central de Policía a la que apodamos “la boca del lobo”. Giancarlo conocía al flaco de la entrada y lograba colarnos. No hubiéramos podido pagar una entrada al tugurio. Eran micro-recitales (éramos cien, doscientos, no más) de una intensidad que luego se hizo multitud sin disolverse. Eso que cuenta el Indio de que “éramos tan pocos que el borde de los escenarios se hacía permeable y emancipaba a artistas y espectadores de sus roles acostumbrados”, eso mismo era lo que pasaba en ese caldo de cultivo delirante que eran las noches del Parakultural. Cualquiera terminaba arriba de la tarima, todos nos emborrachábamos de amor abajo. Seguí yendo al Pakacultural hasta que cerró, en medio de la desesperación hiperinflacionaria y los inicios del menemato. Creo que mi última vez fue la noche en que me dejó el Gato, el novio más lindo y drogón que tuve. Pero esa noche no tocaban los Redondos sino Palo Pandolfo con Don Cornelio y la Zona. Estaba tan triste que me fui sola antes de que terminaran de tocar, y llegué caminando y lloriqueando desde San Telmo hasta Saavedra.

    3. 

    Considerándome ricotera, me perdí la misa, la multitud, el fenómeno de masas. La última vez que los escuché en vivo fue la noche feroz en que la cana detuvo, torturó y asesinó a Walter Bulacio, un pibe del conurbano bonaerense de 17 años, en la puerta de Obras Sanitarias, después de hacer razzias en los bondis que llegaban hasta allí y llevarse muchísima gente detenida porque sí. Walter estaba como muchos otros escuchando el concierto desde afuera del estadio porque no tenía plata para pagar la entrada. La policía presionaba con sus métodos atroces para que los Redondos transaran en pagar sus servicios, y para evitar esa infame transacción, el Indio se arriesgó a revolucionarlo todo dejando de tocar en la capital del país. Desde entonces, el fenómeno ricotero que no dejó de crecer y crecer y crecer, sucedió en esos márgenes, ciudades chicas y pueblos que recibían de golpe cientos de miles de personas que peregrinaban desde todas partes del país, para estar allí presentes en la misa ricotera. Pasó de todo, incluso personas muertas en esos descomunales recitales autogestionados, pero los Redondos no cedieron a la policía. Walter Bulacio nunca más. Tampoco tranzaron con las discográficas, lo que explica que sean tan absolutamente desconocidos en el resto del mundo, aún cuando el rock argentino suele brillar bastante. Me sorprendió mucho ese absoluto desconocimiento internacional de algo que aquí -para todxs nosotrxs- es tan indiscutible, ineludible. Cada vez que en una clase o en una conferencia en otras partes de América Latina o Europa hablé de los Redonditos para dar cuenta de la escena underground argentina en tiempos de dictadura y primera posdictadura, o para presentar la “estrategia de la alegría” (Jacoby dixit) como una de las tácticas de resistencia al terror disciplinador (el Indio lo dijo entonces y nos lo sigue diciendo ahora mismo, en este nuevo tiempo fascista: “hay que cuidar el estado de ánimo”). Sobre todo hablé de él para explicar el proyecto de investigación y curaduría colectiva “Perder la forma humana”. Con mucho de incredulidad y una pizca de curiosidad algunxs estudiantes los empezaron a descubrir. Me acuerdo de una joven música mexicana que luego de escucharlos por primera vez me decía: “no suenan como nada de lo que una puede esperar”. 

    4.

    El Indio nos regaló tanto. También nos regaló el nombre. “Perder la forma humana” es la frase de Carlos Castaneda con la que el Indio remata una de sus respuestas en la preciosa entrevista que Daniela Lucena y Gisela Laboureau le hicieron en 2011 como parte del proyecto impulsado por la Red Conceptualismos del Sur y el Museo Reina Sofía:  “Existencialismo cínico, contracultura, mayo francés, beatniks, nueva izquierda, anti-psiquiatría y música de rock como hilo musical brindaron el desfile de ideas que me empujaron hacia el futuro con una alegría impúdica que aún conservo. Monologuistas contestatarios, bailarinas de strip-tease y músicos de happening-rock intentábamos carecer de identidad con la intención de vivir en revolución permanente. (…) La idea era ‘perder la forma humana en un trance que desarticule las categorías vigentes y provea emociones reveladoras’» (Perder la forma humana, Madrid, Museo Reina Sofía, 2012). Empezamos ese proyecto indagando en los nuevos modos de entrecruzamiento entre arte y política en los años ochenta latinoamericanos en 2008, una treintena de investigadores de distintos puntos de América Latina focalizándonos en reconstruir la trama de relaciones entre los recursos creativos de los movimientos de derechos humanos en Chile y Argentina, la eclosión de prácticas artísticas (sobre todo performances) asociadas a las disidencias sexuales, los espacios (sobre todo nocturnos) de sociabilidad juvenil y nacimiento de pank (escrito así con “a”) en las barriadas periféricas de ciudades como Sao Paulo, las redes de solidaridad que lograban desbordar las fronteras nacionales y llevar la denuncia de la masacre que se estaba viviendo en buena parte del continente a otras partes. Teníamos claro que el título de ese ambicioso proyecto tenía un denominador común en el cuerpo como soporte de la intervención política, como territorio de violencia y represión, y también de experimentación y libertad. Habíamos ensayado distintos títulos, “Poner el cuerpo”, “Cuerpos desobedientes”, en las instancias previas a la exposición que concretó el proyecto y la publicación que la acompañó. Hasta que apareció esa imagen luminosa que nos trajo el Indio y que habilitaba a pensar al mismo tiempo en el cuerpo como lugar de masacre, desaparición forzada, fosa común, y a la vez de fuga, metamorfosis, mutación. 

    5. 

    “¿Era todo?, pregunté. Soy una ilusa”. Alguna vez escribí solo eso en una carta que no tuvo ninguna respuesta. Otra vez, en el medio de una fiesta, alguien me deslizó al oído el mejor piropo imaginable: “sos la gran bestia pop”. El indio nos dio tanto: nos dio un código, un lenguaje poético que está allí, en las paredes, en las banderas, en las remeras, en las gargantas, las lenguas, las bocas.  Imágenes punzantes, justas, imborrables, disponibles en su magia, como invocaciones o sortilegios. Imágenes movilizantes, danzantes y festivas. El indio nos dio canciones. La banda sonora de nuestras vidas. El viernes en la Plaza de Mayo nos reunimos en multitud, una muchedumbre espontánea (que siguió el sábado en el Obelisco y el domingo en Villa Domínico, cuadras y cuadras de gente haciendo fila para despedirlo), y aquí y allá se armaban micro-recitales alrededor de una guitarra, un bombo o un reproductor musical. En torno a ese rito, cantábamos, bailábamos, nos abrazábamos, llorábamos y hacíamos pogo. Un pogo entre desconocidxs que nos cuidamos y duelamos juntxs. “Se murió mi papá”, decía un flaco llorando a la cámara. Después supe que es Gastón Fernández, militante de HIJOS y de SIMECA, el sindicato de motoqueros que fue clave en las manifestaciones del 2001. “No mi padre biológico, mi papá de la vida. El que nos sopló al oído a los pibes de la esquina y nos enseñó ‘poné tu rebeldía acá’. Yo soy militante por los Redondos, porque me hubiera muerto como el resto de mis amigos, pero estoy acá”.  “Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí / Solo seguir cantando”, se despidió el Indio en 2021. Acá estamos también, agradecidxs y sin poder parar de llorar, y prometiéndonos que por el Indio y con él vamos a seguir cantando, vamos a seguir bailando, y ojalá también atreviéndonos a inventar nuevas canciones.

    La entrada El Indio nos dio un código se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • La caución bursátil ya rinde menos del 20% y suma atractivo para los que buscan financiamiento

     

    La fuerte baja de las tasas de interés en el mercado local está cambiando el atractivo de distintas herramientas financieras. Una de las más utilizadas en el mercado de capitales, la caución bursátil, ya ofrece rendimientos cercanos al 20% nominal anual para quienes prestan dinero, un nivel que pierde atractivo frente a la inflación esperada. Sin embargo, para quienes necesitan financiamiento, la situación es exactamente la inversa: el actual contexto convierte a la caución en una de las alternativas más económicas para acceder a liquidez.

    La caución bursátil funciona como un préstamo garantizado dentro del mercado de capitales. Quien necesita fondos los toma dejando activos como garantía en su cuenta comitente, mientras que otro inversor aporta el dinero a cambio de una tasa de interés.

    Según explica el asesor financiero Fernando Villar, el escenario actual favorece claramente a quienes buscan financiamiento. «Hoy en día se puede tomar desde 1 día hasta 30 días a un promedio de tasa de un 20% anual en pesos nominal anual», señala.

    La posibilidad de acceder a fondos a una tasa relativamente baja resulta especialmente atractiva para las empresas. Villar sostiene que se trata de una herramienta ideal para financiar capital de trabajo, ya que permite obtener recursos a un costo considerablemente menor que el de un préstamo bancario tradicional.

    La ventaja también alcanza a los inversores particulares. En los últimos años se volvió cada vez más frecuente que personas con inversiones en una cuenta comitente recurran a la caución para afrontar gastos extraordinarios, financiar viajes o realizar compras importantes sin necesidad de acudir a créditos personales o planes de financiación con tarjeta de crédito.

    «Es muchísimo mejor tomar caución que sacar un crédito a través de cualquier banco o cualquier fintech. Hay tasas mucho, mucho más bajas», destaca Villar.

    Se trata de una herramienta ideal para financiar capital de trabajo, ya que permite obtener recursos a un costo considerablemente menor que el de un préstamo bancario tradicional

    La operatoria tiene un requisito central: contar con una cuenta comitente que posea activos suficientes para funcionar como garantía. Una vez cumplida esa condición, el mecanismo es relativamente sencillo y flexible. Las cauciones pueden renovarse periódicamente al vencimiento, permitiendo extender el plazo si el tomador aún necesita los fondos.

    Además del uso conservador vinculado al financiamiento de gastos o necesidades empresariales, existe otro perfil de usuarios que aprovecha la herramienta con fines especulativos. Algunos inversores toman caución para apalancarse y comprar acciones, bonos o Cedears con la expectativa de obtener una ganancia superior al costo financiero.

    Sin embargo, Villar advierte que se trata de una estrategia reservada para inversores con mayor tolerancia al riesgo. «Tomar caución de manera especulativa es para un perfil más bien agresivo, ya que no solamente está haciendo un trader de corto plazo, sino que también está haciéndolo con dinero prestado», explica.

    Del otro lado de la operación, la situación es menos favorable. Quienes colocan dinero en caución encuentran rendimientos cada vez más bajos, lo que reduce significativamente el atractivo de esta alternativa como inversión.

    Es muchísimo mejor tomar caución que sacar un crédito a través de cualquier banco o cualquier fintech. Hay tasas mucho, mucho más bajas

    Para el consultor Omar De Lucca, la ecuación es clara. «El que va a tomar dinero al 20%, sí, claramente conviene porque estás reemplazando deuda mala por deuda buena», sostiene.

    No obstante, advierte que las cauciones presentan algunas limitaciones operativas. Una de ellas es la corta duración de los plazos, que suelen concentrarse en períodos breves y obligan a renovar la posición con frecuencia. «La desventaja de la caución son los plazos, porque normalmente son a una semana», indica el ejecutivo.

    Desde la óptica del inversor, en cambio, el diagnóstico es menos alentador. Con tasas cercanas al 20% nominal anual, el rendimiento luce insuficiente frente a las expectativas inflacionarias para los próximos meses.

    «Si yo me paro del lado del inversor y estoy invirtiendo una caución al 20% anual, la verdad que no es muy rentable que digamos, porque es una tasa anual que, lamentablemente, ni siquiera iguala a la inflación proyectada», afirma De Lucca.

    Por eso, concluye que el beneficio actual está claramente del lado de quienes toman fondos. «Lo veo como una ventaja para la persona que toma la caución, no para la persona que está invirtiendo la caución».

     

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