Sucede algo no tan extraño con las personas que basan su carrera laboral ocupando cargos ejecutivos y legislativos en nuestro país. Hay bastante literatura sobre el tema y algunos historiadores están reinventando la manera de contarla, hasta en distintos formatos y soportes.
Distintas personas que ejercieron cargos ejecutivos en sus años de gestión nos fueron dando pistas que ya tenía puesta una capa de oro (una especie de sangre azul es la democracia del lobby y los abogados) y que podían adueñarse de los bienes del Estado como mandatarios en ejercicio. Ellos inventaron frases como “La ferrari es mía, mía, mía”, creyendo que un sujeto podía quedarse con un automóvil “Testarrosa 348 tb” que fue un obsequio a un Jefe de Estado y no a la persona que ocupaba el cargo. Una interpretación libre sobre ética, protocolo y leyes digna de Argentina en el año 1991.
Uno puede ser generoso y opinar que a veces los políticos confunden el rol de Estado con lo propio. Y que ese es el estado de las instituciones en nuestra comunidad, que construyen diariamente los organismos del Estado que nos regulan. Será que la “Rebeldía” del gaucho que alimenta una parte del ser argentino es un poco exagerada?.
En nuestra provincia hay varios ejemplos sobre esta “confusión” de clase, pero la atracción la sienten con seguir ocupando el mismo cargo, elegido en votaciones libres cada cuatro años. Sobre todo la gran atracción de seguir ocupando la silla del Gobernador de la Provincia.
Para este cometido generalmente utilizan dos tipos de estrategias:
La primera es con la aplicación cotidiana que generan ocupando el cargo. El “Rol” de Estado que ejercen aplicando políticas públicas, que bien administradas, le generarían una chance válida de someter su cargo a elecciones. Las áreas del Estado que administran son: Áreas sociales (generalmente las más clientelares), obras públicas, estado de la administración, capacidad de gestión y saber construir y transmitir un proyecto colectivo reconocible por y para todos nosotros. (En este último están muy flojos en general).
La segunda estrategia es modificar las reglas que están establecidas. Corriendo el riesgo de que una persona ocupe un cargo ejecutivo, un rol de gobierno, durante 12 años continuos. La constitución prevé que tenga que rotar cada 8 años como máximo, según la reforma convencional desde del año 1988.
En casos como el del municipio de Los Menucos este año se termina el gobierno de 20 años de la intendenta Mabel Yahuar por que modificaron su carta orgánica incluyendo que las presentaciones al cargo no puedan ser indefinidas.
Existen tres casos en nuestra provincia de mandatarios que pretendieron modificar la interpretación del artículo 175 que existe desde la creación de la constitución provincial desde 1957.
El Primero es Bautista Mendioroz que siendo vicegobernador de Pablo Verani por dos períodos consecutivos pretendía renovar su cargo por un período más, luego de ser reelecto en el año 1999. Esta instancia llegó a la justicia y todos los actores políticos se expidieron sobre el artículo 175 eliminando esta posibilidad.
Luego fue el intento de Carlos Saiz, que en el año 2010 no pudo hacer prosperar una presentación a un tercer mandato desde una interna abiertaentre sectores muy polarizados dentro del radicalismo y definió la candidatura de su línea interna por uno de sus Ministros.
El tercer caso es de su actual Gobernador, que fue elegido una vez como Vice Gobernador y luego Gobernador en el mandato del período siguiente. Si bien en el año 1999 rechazó los argumentos del Vice Gobernador radical, hoy construye una re interpretación del artículo 175 contraria a su 1er opinión. (Recuerda la frase de Groucho Marx sobre la abundancia de convicciones que tienen los políticos)
Río Negro hoy tiene un debate importante, y la ausencia de expresiones independientes se hace sentir diariamente. Habría que pensar sobre la falta de cuadros políticos interesantes en boca de la comunidad que está replegada de la participación política y genera este tipo de vacíos por falta e interés o por las pocas ganas de codearse en el barro de la política partidaria.
Quizá para períodos como estos es que las leyes existen y deben prevalecer. Para poder proteger al ciudadano común y limitar una hipótesis de abuso que da el acceso al poder de manera continua en los cargos principales de conducción de las provincias. Por lo menos hoy la definición la tiene la justicia.
Texto: Esteban Vazquez Intervención de Portada: Germán Busin
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A mi tío lo baleó una patota parapolicial en una emboscada, mientras intentaba escapar por la ventana del primer piso de una casa en Mar del Plata. No es, la historia de mi tío, una historia de desaparecidos. Pero yo todavía lo sigo buscando. Mi tío, Pacho Elizagaray, tenía 24 años cuando lo mataron. Mi tío está. Mis abuelos pudieron llevarle flores. Mi papá, tres años menor que él, pudo llorarlo. Sabemos dónde está su cuerpo. Hubo un juicio en 2016 y algunos de los responsables de su muerte fueron condenados. No todos. Pero mi tío está. Y yo todavía lo sigo buscando.
La de mi tío Pacho no es, entonces, una historia de desaparecidos. Es una historia de silencios. Y el silencio es una forma de la ausencia.
Mi abuelo presentía que a Pancho lo iban a matar. Mi abuelo se llamaba Carlos Elizagaray. En marzo de 1975, un año antes del golpe, era senador del Frejuli. Lo tenían entre ceja y ceja y ya lo habían amenazado varias veces. Gente que se identificaba como miembros de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) le había dicho que si Pacho no dejaba de joder lo iban a tener que ir a reconocer a un baldío. Mi tío Pacho estudiaba derecho y era uno de los principales referentes de la Juventud Universitaria Peronista de Mar del Plata. Entre otras cosas, había participado de las negociaciones que lograron instaurar la gratuidad universitaria en el 73. La CNU, mientras tanto, quería desmantelar a la militancia de izquierda en la universidad y en la ciudad.
Mi abuelo Carlos habló con mi tío cuando un ex compañero del Ejército le dijo que Pacho estaba en una lista y que lo iban a ir a buscar. Pacho siguió militando. Hasta que los de la CNU atacaron. La madrugada del 21 de marzo de 1975 lo fueron a buscar en la casa donde estaba con su tío y sus primos y los mataron a los cuatro.
Mi abuelo hablaba poco de ese día. Mi papá me contó más de una vez su recuerdo de escuchar desde la planta alta los pasos y la voz de mi abuelo cuando entró a la casa familiar y le dijo a mi abuela: “Maucita, nos destruyeron la vida”. Había subido al techo de la casa donde reconoció el cuerpo del tío Pacho. Era el único que quedaba. A los otros tres se los habían llevado a un descampado donde los fusilaron y los dejaron tirados. La CNU tenía la estrategia de dejar los cuerpos a la vista para infundir terror.
Veinte años antes, en septiembre del 55, mi abuelo Carlos había estado parapetado en la terraza de Casa Rosada ametrallando a los aviones que bombardearon Plaza de Mayo. Era bien peronista mi abuelo. Y era natural que sus hijos – mi tío, mi papá, mi tía – salieran también militantes. Mi papá militaba en una unidad básica de su barrio y siempre se lamentaba no haber escuchado nunca a mi tío en una asamblea en la universidad, ni dando un discurso. Decían que era buen orador. Y yo, que no lo conocí a mi tío Pacho, porque nací 17 años después de su muerte, lo sigo buscando.
El pasado, mientras tanto, parece alejarse más. Parece diluirse hacia atrás, o hacia algún fondo, como si se vaciara en una rendija oscura. Los rostros en los carteles de las plazas de todo el país, para muchos, dejan de ser personas y se vuelven eso: rostros sin nombre en carteles grises. Desconocidos para la mayoría. Cada vez más. Pero eran hermanos, amigos, padres, tíos. El duelo muta, toma nuevas formas, se esconde y brota en formas que no imaginamos hasta que se nos aparece. Y cada uno hace lo que puede hacer con eso.
De mi tío siempre supe poco. Cada vez que lo nombraba, se repetía una historia corta que era siempre la misma. Y después el silencio. Siempre me mostraron una misma foto de él. Un retrato sonriente, ya veinteañero. También había un cuadro pintado por él decorando una de las habitaciones de la casa. Nombrarlo no estaba prohibido, preguntar tampoco. Pero siempre era angustioso recordarlo y eso impedía hablar más.
Siempre sentí que me hubiera llevado muy bien con mi tío. Me gustaba pensar qué conversaciones hubiéramos tenido. Imaginar a qué se dedicaría si hubiera vivido más. Me parecía que el arte – él con la pintura, yo con la ilustración- era algo que nos podría haber unido. Quizás, de hecho, sí nos une.
Sentía que algo de Pacho habitaba en mí. Aún sabiendo tan poco, y acostumbrada a esa forma de las cosas. Me di cuenta el 24 de marzo de 2024 en plena Plaza de Mayo. Íbamos llevando un cartel con un retrato de mi tío. No lo habíamos hecho antes. Y en un momento se acercó un pibe de mi edad a mirar:
— ¿Sos algo de Pacho? — me preguntó — Yo lo conozco, era el mejor amigo de mi abuela.
El pibe, resulta, sabía más que yo de la historia de mi tío.
No teníamos la tradición de ir a la plaza los 24. A mi abuelo no le gustaban las multitudes. Comenzamos a ir más grandes, nosotros. Ese año era la primera vez que llevábamos las fotos de Pacho a la plaza. También de sus primos y su tío, las otras víctimas de la masacre de marzo del 75. Se lo había propuesto a mi viejo, hábil carpintero, que armó unos soportes de madera; yo imprimí las fotos y también la copia de una ilustración que había hecho de él cuando no pudimos marchar en la pandemia.
Después de ese día todo sucedió muy rápido. Subí la foto con el cartel de mi tío a Instagram y me escribió otra compañera de Pacho que a su vez me conecto con otros, y ellos a su vez con otros. Armé un archivo en la compu con sus nombres y números de teléfono. Los fui contactando uno a uno, y empecé a visitarlos.
Recién ahí, cuando sentí que era el momento, me animé a abrir más la charla con mi papá. Y descubrí, cuando pudimos conversar, un alivio muy profundo. La palabra liberada era un refugio. Conocer más de la vida de mi tío Pacho, contarla, era una forma de hacer algo por mí y por su memoria. Ayudaba a superar el dolor. Con el tiempo, pronunciar el nombre de mi tío Pacho dejó de generar un nudo en la garganta. Algo ahí se aflojó, y fue gracias a esa búsqueda.
Como aquellos que buscan los restos de sus desaparecidos, yo busco los restos de la historia de mi tío en cada una de las personas que lo acompañaron en su vida, y en especial en sus años de militancia. Siento la urgencia de recopilar cada memoria de él. Siento que todavía estoy a tiempo. Muchos hombres y mujeres de su generación siguen presentes, pero cada vez quedan menos. Recién en agosto de 2025 fui a conocer a La Polaca, la abuela de ese chico que se me acercó en la plaza y me despertó el impulso de buscar y saber más. Viajé con mi mamá a Mar del Plata para verla. Me puse nerviosa antes de entrar, me pasa antes de cada encuentro.
La Polaca murió dos meses después de nuestra visita. Me quedaron más preguntas por hacerle. Pero ahí tomé conciencia de que la conversación entre generaciones es imprescindible y no es algo que pueda quedar para otro momento.
En cada encuentro, con cada uno de ellos, pienso lo que me cuentan en imágenes. La Polaca era la esposa de un referente político al que Pacho admiraba, y la casa de ellos era el lugar donde se juntaban todos. Pacho se reunía a veces a solas con La Polaca y sentía esa casa como un refugio. Ella le hacía siempre una sopa con remolacha y un sandwich de rabanito. Yo no sabía que a mi tío le gustaba eso. Y a mí me encantó siempre el rabanito. Ahí encontré, quizás, una razón. Cuando la escuchaba, veía la imagen de mi tío en su casa.
Cada persona que llamo para hablar de mi tío me recibe con entusiasmo. Todos quieren contarme de él. Son siempre conversaciones para recordar con alegría. Hablamos de recuerdos íntimos. Humanos. Como los que encuentro cuando veo las fotos de los álbumes familiares, a los que vuelvo todo el tiempo porque lo que aprendo quiero dibujarlo. En las fotos noté que siempre, en la parte de arriba, en mi familia tenían la costumbre de escribir chiquitito el año: 73, 74. En esas fotos casi siempre la gente está feliz. Yo me obsesiono un poco con la fecha. Los veo en las imágenes y pienso cuánto faltaba para la masacre. Pienso que ellos están ahí en la foto, sonriendo, sin saber lo que va a pasar. Y yo sí sé.
Mientras miro las fotos y escucho a cada persona con la que puedo encontrarme en la búsqueda, pienso en cómo entendemos lo que nos queda del pasado a medida que nos alejamos en el tiempo. Como, con el paso de los años, nos cuenta entender esa época. La violencia de los setenta, que no empezó con el golpe de marzo del 76. Que empezó en democracia y empezó por el odio y el desencuentro entre los que pensaban distinto. Pienso en cómo heredamos la herida. Cómo llega a nuestras generaciones. Qué formas tiene. Y sobre todo, cómo le explicamos a los más jóvenes la complejidad de una época que se sigue estirando sobre nuestras propias vidas.
Sigo conversando con los que puedo. Sigo buscando. Avanzo, escucho, registro como puedo. Quiero filmar, pero no sé filmar. Pido un grabador para guardar las charlas con mejor calidad y hago lo que puedo. Trato de sacar alguna foto en cada encuentro. Al salir anoto las sensaciones que me dejó la conversación, detalles que no quiero olvidar. Trato de bajarlo todo a dibujos rápidos. Me aparecen escenas, imágenes de esas anécdotas. Eso puedo y eso me sale. Dibujar. Dibujarlo a mi tío Pacho es mi manera de encontrarlo.
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