La caución bursátil ya rinde menos del 20% y suma atractivo para los que buscan financiamiento

La caución bursátil ya rinde menos del 20% y suma atractivo para los que buscan financiamiento

 

La fuerte baja de las tasas de interés en el mercado local está cambiando el atractivo de distintas herramientas financieras. Una de las más utilizadas en el mercado de capitales, la caución bursátil, ya ofrece rendimientos cercanos al 20% nominal anual para quienes prestan dinero, un nivel que pierde atractivo frente a la inflación esperada. Sin embargo, para quienes necesitan financiamiento, la situación es exactamente la inversa: el actual contexto convierte a la caución en una de las alternativas más económicas para acceder a liquidez.

La caución bursátil funciona como un préstamo garantizado dentro del mercado de capitales. Quien necesita fondos los toma dejando activos como garantía en su cuenta comitente, mientras que otro inversor aporta el dinero a cambio de una tasa de interés.

Según explica el asesor financiero Fernando Villar, el escenario actual favorece claramente a quienes buscan financiamiento. «Hoy en día se puede tomar desde 1 día hasta 30 días a un promedio de tasa de un 20% anual en pesos nominal anual», señala.

La posibilidad de acceder a fondos a una tasa relativamente baja resulta especialmente atractiva para las empresas. Villar sostiene que se trata de una herramienta ideal para financiar capital de trabajo, ya que permite obtener recursos a un costo considerablemente menor que el de un préstamo bancario tradicional.

La ventaja también alcanza a los inversores particulares. En los últimos años se volvió cada vez más frecuente que personas con inversiones en una cuenta comitente recurran a la caución para afrontar gastos extraordinarios, financiar viajes o realizar compras importantes sin necesidad de acudir a créditos personales o planes de financiación con tarjeta de crédito.

«Es muchísimo mejor tomar caución que sacar un crédito a través de cualquier banco o cualquier fintech. Hay tasas mucho, mucho más bajas», destaca Villar.

Se trata de una herramienta ideal para financiar capital de trabajo, ya que permite obtener recursos a un costo considerablemente menor que el de un préstamo bancario tradicional

La operatoria tiene un requisito central: contar con una cuenta comitente que posea activos suficientes para funcionar como garantía. Una vez cumplida esa condición, el mecanismo es relativamente sencillo y flexible. Las cauciones pueden renovarse periódicamente al vencimiento, permitiendo extender el plazo si el tomador aún necesita los fondos.

Además del uso conservador vinculado al financiamiento de gastos o necesidades empresariales, existe otro perfil de usuarios que aprovecha la herramienta con fines especulativos. Algunos inversores toman caución para apalancarse y comprar acciones, bonos o Cedears con la expectativa de obtener una ganancia superior al costo financiero.

Sin embargo, Villar advierte que se trata de una estrategia reservada para inversores con mayor tolerancia al riesgo. «Tomar caución de manera especulativa es para un perfil más bien agresivo, ya que no solamente está haciendo un trader de corto plazo, sino que también está haciéndolo con dinero prestado», explica.

Del otro lado de la operación, la situación es menos favorable. Quienes colocan dinero en caución encuentran rendimientos cada vez más bajos, lo que reduce significativamente el atractivo de esta alternativa como inversión.

Es muchísimo mejor tomar caución que sacar un crédito a través de cualquier banco o cualquier fintech. Hay tasas mucho, mucho más bajas

Para el consultor Omar De Lucca, la ecuación es clara. «El que va a tomar dinero al 20%, sí, claramente conviene porque estás reemplazando deuda mala por deuda buena», sostiene.

No obstante, advierte que las cauciones presentan algunas limitaciones operativas. Una de ellas es la corta duración de los plazos, que suelen concentrarse en períodos breves y obligan a renovar la posición con frecuencia. «La desventaja de la caución son los plazos, porque normalmente son a una semana», indica el ejecutivo.

Desde la óptica del inversor, en cambio, el diagnóstico es menos alentador. Con tasas cercanas al 20% nominal anual, el rendimiento luce insuficiente frente a las expectativas inflacionarias para los próximos meses.

«Si yo me paro del lado del inversor y estoy invirtiendo una caución al 20% anual, la verdad que no es muy rentable que digamos, porque es una tasa anual que, lamentablemente, ni siquiera iguala a la inflación proyectada», afirma De Lucca.

Por eso, concluye que el beneficio actual está claramente del lado de quienes toman fondos. «Lo veo como una ventaja para la persona que toma la caución, no para la persona que está invirtiendo la caución».

 

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  • La oposición a Furlán lo acusa de victimizarse y no explicar «años de desmanejos» en la UOM

     

    En paralelo a la movida que se realiza este martes frente a la sede de la UOM en rechazo a la intervención del gremio y en apoyo a Abel Furlán, desde la oposición al líder metalúrgico salieron al cruce y lo acusaron de no explicar «años de desmanejos» en el sindicato.

    «Furlan se victimiza, pero los metalúrgicos conocemos la verdad», señalaron desde la lista Naranja que enfrentó en la seccional Campana a Furlán y que llevó como candidato a Ángel Derosso.

    Como contó LPO, la Justicia dictaminó anular las elecciones nacionales del gremio realizadas en marzo en las que fue ungido Furlán, al advertir que la conducción metalúrgica avanzó con esos comicios a pesar de existir un fallo que las suspendía a partir de la denuncia de la lista opositora en Campana.

    La agrupación que lidera Derosso acusa fraude y aprietes con barras durante la elección seccional en la que se impuso Furlán como delegado, paso imprescindible para que pudiera ser electo secretario General nacional más tarde.

     «¿Va a culpar a Milei o a Techint de haber armado USEM con su «compañera» Soledad Calle y cobrarle a la UOM por manejar nuestra propia plata? Son cientos de millones de pesos de los metalúrgicos que hasta hoy no tienen rendición de cuentas», señalaron en la oposición 

    «Existen denuncias de fraude y se llenó Campana de barras bravas y policías para condicionar el voto. ¿Quién va a dar explicaciones?», señalaron en la lista naranja, que cruzaron a los gremios que apoyan a Furlán: «No es solidaridad. Es bancar a un tipo que usa la UOM para sus negocios personales».

    Este martes, la CTA y sindicatos alejados de la conducción cegetista estuvieron en la sede central del gremio metalúrgico para denunciar «persecución política» del gobierno libertario. Cerca de Furlán también apuntan contra Techint.

    «Los afiliados de base sabemos que no hay persecución. Hay años de desmanejos con la plata de los metalúrgicos que Furlan intenta tapar buscando apoyo en otros sindicatos y en la política», cruzaron en la agrupación opositora.

    La Justicia le intervino el gremio al sindicalista más combativo y puso a un hombre de Angelici

    Así, advirtieron que Furlan «no explica» una serie de temas, entre los que pusieron de relieve la causa que lo investiga por posible defraudación y asociación ilícita a partir del contrato celebrado con la firma USEM S.A., que dirige la ex concejal camporista de Zárate Soledad Calle, cercana al líder metalúrgico y con un rol muy activo en la UOM.

    Por ese contrato -que trascendió que es por más de $100 millones por mes- semanas atrás se allanó la sede central del gremio metalúrgico.

    «¿Va a culpar a Milei o a Techint de haber armado USEM con su «compañera» Soledad Calle y cobrarle a la UOM por manejar nuestra propia plata? Son cientos de millones de pesos de los metalúrgicos que hasta hoy no tienen rendición de cuentas», señalaron en la oposición, que también apuntó contra «el desastre de la obra social».

    «Mientras los ascensores del Sanatorio no funcionan, sobraron más de mil millones de pesos para una sede sindical nueva», apuntaron, a la vez que acusaron a Furlán de negociar «salarios miserables mientras su entorno se enriquecía», cuando «los siderúrgicos llevan dos años sin recomposición salarial». 

     

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  • Sufrimiento y éxtasis ricotero

     

    Publicado el 16 de septiembre de 2013

    Mauro, 37 años, ricotero, entra en el autódromo de San Martín minutos antes de que el Indio salga a escena y se arrodilla. Besa el barro y apoya la cabeza en la bandera enrollada. El amigo se para y abre las manos mirando al cielo, como si la lluvia que no cae desde hace seis meses en Mendoza, fuera una bendición y no lo único que le falta a su viaje.

    —Llegué. Acá estoy pelado. ¡Acá estoy!- dice, uniformado con pañuelo árabe, sweater, jean topper blancas, una bandera que dice Misiones y la cara del indio, la frase: “tu esqueleto me trajo hasta aquí”.
    Salió hace 43 horas desde Misiones en un micro que se rompió dos veces en el camino. La última fue definitiva, a 20 kilómetros de llegar. Se bajó con el bolso y empezó a hacer dedo con sus tres amigos. Se dividieron en dos para poder llegar y todavía no pudieron reencontrarse. Tampoco saben cómo ni cuándo van a volver.

    ***

    Un día antes, al anochecer, la Ruta 7 empieza a cargarse. Los camiones entorpecen la hilera de autos y micros que marchan desde Buenos Aires hacia Mendoza: uno de cada cinco, uno de cada cuatro, uno de cada tres, dos seguidos; todos, llevan la insignia. En esta religión hay, como en casi todas, un solo Dios; pero las maneras de adorarlo y simbolizarlo, incluso de nombrarlo, son de libre albedrío: Indio o Patricio Rey, la reproducción del arte de Rocambole en cualquier disco, todas las frases que se hayan escrito en los treinta años de esta banda que hace una década se redujo a su líder.

    “Vamos a misa”, dice el ploteado en el parabrisas y en el capot de un Peugeot 307; “El que abandona no tiene premio”; “El lujo es vulgaridad”; “Vivir sólo cuesta vida”; “Tu esqueleto me trajo hasta aquí”; “Este infierno es encantador”; “Nadie es capaz de matarte en mi alma”; “Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”.

    No llevar bandera es traicionar el rito, como el católico que no se hace la señal de la cruz al pasar por una Iglesia. Que todos sepan que se es parte, es casi una condición.

    Belén y Kevin, de 26 y 38 años, entran en la estación de servicio de Rufino a los gritos y cantando. Se olvidaron la bandera en La Plata y no se bancan los 700 kilómetros que quedan con el auto despojado de identidad.

    —¿Tenés cinta aisladora? —le piden a la vendedora.

    —Sí.

    —¿De qué color?

    —Negro.

    —¡Esaaa! —grita Belén. A las 11 de la noche y con dos grados se ponen a “plotear” el Clio en el estacionamiento. Andrés, el más joven de los ocho que viajan juntos en dos autos, corta la cinta y Kevin la pega con una cuidada desprolijidad: se toma el tiempo para que las curvas sean curvas y que la distancia entre las letras sea más o menos pareja. El resto le festeja cada cinta que pega. Cuando termina, todos toman distancia para mirar cómo se ve desde lejos: INDIO.

    Ahora sí. Se sacan la foto y arrancan.

    Las banderas van enganchadas en el baúl y cubren toda la parte trasera de los autos. La fiesta ya empezó. Esta vez hace demasiado frío; si se pudieran abrir las ventanillas, se escucharían las voces entonando y desafinando un tema atrás del otro a todo volumen. Como ahora en la estación de servicio del kilómetro 350: un Fiat Palio musicaliza con Gulp y afuera los viajeros comparten una cerveza. Cada auto que llega se suma al ritual: el saludo, casi como un código, es cantar un poco de la canción que suena y mover la cabeza como afirmando lo que los une. Así, siempre el mismo gesto, tan emocionante como estúpidamente igual, se repite en cada parada; sean 450 kilómetros como en último recital, en diciembre de 2011 en Tandil, sean los mil que hay que hacer esta vez para llegar a Mendoza. En cada parada, una y otra vez.

    ***

    Elba no lo puede creer.

    —Imagínese que acá no tenemos ningún turismo. Es la que gente que anda de paso nomás o los viajantes. Pero ayer… Ayer eran micros, micros y micros —dice mientras sirve el desayuno en el Parque Hotel Laboulaye, un alojamiento rutero en el kilómetros 490 de la 7.

    Se calcula que entre el jueves y el viernes pasaron por ahí unas 50 mil personas. Novecientos o mil micros y cinco mil autos.

    —Esto yo no lo vi nunca, jamás, ni con el fútbol ni con nada —confirma el mito la señora— Cuando me dijeron que estemos preparados, yo no lo creía. ¿Quién es este indio que la gente hace tanto viaje para verlo? Ni que fuera la Virgen de San Nicolás. Después me dijeron que son los Redonditos de ricota. A esos sí los escuche, pero ¿tan famosos son? —pregunta con el sentido común del que mira desde afuera. Los que están adentro parecen haberlo perdido.

    —Gente grande, familias con chicos… Algo deben tener. La gente no es tonta.

    Cada ricotero tiene su ritual de entrada: besar el piso, alzar las manos y agradecerle a alguien -o algo- más allá de lo terrenal; correr como si hubiera por delante una línea de llegada; gritar, saltar, rodar. Llegar es también cumplir una promesa. 

    Como si se tratara de alcanzar la cima del Aconcagua, cruzar a nado el Río de la Plata o caminar hasta Luján. El momento se saborea como un logro personal, casi un sacrificio.

    Como si haber pagado una entrada de 300 pesos no alcanzara para tener derecho a ver el show. Algo de la operación básica del capitalismo se pierde en el transe. O se borra, porque sólo así puede haber mística. Y eso es lo que ellos necesitan. Nada más puede justificar el esfuerzo.

    Despojado de eso, el fenómeno se vuelve absurdo. Sus 120 mil protagonistas, simples víctimas de la industria del entretenimiento. 

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    La furia empieza con el anuncio. Un día, casi sin rumores previos, ocurre la aparición: Carlos Solari sale de la caja de cristal que se construyó para sobrellevar una popularidad que dice que no le gusta, que dice no quiere ni buscó; que dice ni siquiera entiende.

    —14 de septiembre. Mendoza.

    Con ese mensaje anónimo y sin sujeto alcanza. Como un virus que inocula hasta el último ricotero del país, la noticia entra en el cuerpo, la maquinaria se pone en marcha. Todos los recursos -propios, prestados o robados-, se ponen a disposición de una logística que empieza en ese instante y continúa los dos o tres meses que faltan para la peregrinación.

    Para muchos será corta: un avión y un lindo hotel que se paga con tarjeta de crédito. Para otros, empieza por ver cómo juntar los 300 pesos que esta vez cuesta la entrada.

    Él, Carlos Alberto Indio Solari, llegó en un chárter privado desde San Fernando. Sus músicos, en aviones de línea. Hace tiempo que el líder de la multitud dejó de tocar por el mango: se calcula que con este show embolsó unos 15 millones de pesos. Lo suficiente para recluirse otros dos años; lo suficiente para no trabajar nunca más, si quiere.

    ¿Cómo será la cabeza y el ego de un tipo que sabe que genera esto? No hay fanatismo que pueda obnubilar tanto como para no preguntarse esto cuando en el kilómetro 850, a 140 del destino y a 16 horas de haber salido, el tránsito se frena de manera imprevista: son diez kilómetros de cola, una hora después serán 20, dos más tarde ya llega a 30. Cuatro horas para avanzar 10 mil metros. Los más impacientes van por la banquina; al rato, de la banquina ya pasan a la tierra lindante a los alambrados o, directamente, al otro lado de la autovía para acelerar en contramano.

    —Imaginate al Indio en la suite del 5 estrellas viendo esto por la tele. No hay manera de no sentirte poderoso —dice uno de los fanáticos en el auto.

    La gente se baja, prepara un fernet al costado de la ruta o en el baúl, camina por el medio de los autos o charlando con el que maneja; avanzan a un promedio de 2,5 kilómetros por hora, envueltos en banderas; hablan de lo que se viene a la noche, de que hay que abrigarse, comprar Fernet, ubicarse bien para Jijiji.

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    Una botella de gaseosa cortada y doblada hacia afuera para no lastimarse. Una parte de Fernet y dos de Coca Cola. Laura y Marcela preparan el trago para el grupo en una barra improvisada en el baúl de un cero kilómetro, varias horas antes del recital. En la división de roles de esta noche, a ellas les toca armar el porro.

    Fernet, Coca Cola, marihuana y cerveza; la mezcla acompaña las horas de espera. Una semana antes del recital, en los alrededores del autódromo ya había cinco carpas; tres días antes, cincuenta; el viernes más de cien.

    El día del show, a partir del mediodía, llega la multitud. Y los alrededores del autódromo colapsan. Hay autos, traffics y micros seis kilómetros a la redonda. Desde esa distancia parte la peregrinación caminada.

    —Voy a verlo por primera vez. No lo puedo creer —dice Ignacio, un uruguayo de 25 años que llegó desde Montevideo con cinco amigos en uno de los treinta micros que partieron el viernes.

    —Vengo de San Antonio de Padua. A todos lados desde hace 20 años —dice Carlos. Una hora antes de que empiece el recital vendió las últimas dos petacas de vodka a 20 pesos. Las otras 98 a 25. En tres horas y media recaudó dos mil pesos limpios.

    —Me pagué el viaje. Negocio redondo.

    Como él, son muchos los que se financian el viaje con puestos improvisados de alcohol o comida, venta de pósters y remeras.

    El autódromo de la ciudad San Martín es un continuo de cabezas y capuchas, de banderas y brazos alzados; desde el centro de la multitud no se ve el horizonte: sigue y sigue. La sensación de eternidad se vuelve miedo cuando en el segundo tema todo ese centro empieza a bambolearse como si lo estuvieran revolviendo. Empujan para un lado y para el otro, no se puede salir, hay que ir en puntas de pie porque si uno se cae, todos caerán encima, empiezan los gritos y aparece el pánico. El Indio sigue cantando. Desde dónde él está, desde arriba, lo que se ve es otra cosa: 120 mil personas coreando su nombre, cantando que se vaya a tocar a la luna y que la luna van a copar.

    —Esto es una ciudad. ¿Se dan cuenta? Somos una ciudad —dice. Decir que tiene una ciudad a sus pies sería demasiado.

    Y sigue:

    —Me dicen que este es el show con entrada paga más multitudinario que se haya hecho. Yo se los agradezco. No me voy a cansar de agredecérselos.

    Al mensaje demagógico, la respuesta es crítica.

    —¿Cómo no lo vas a agradecer? Si te hacemos millonario. Dale, cantá loco, cantá —dice alguien.

    Suena el primer acorde del próximo tema y ya nada se cuestiona: cada letra es coreada como el padre nuestro. Se la cantan a él, a alguien que no está, a la cara unos a otros, amigos o desconocidos.

    Es como en el carnaval: la riqueza y la pobreza, el origen de cada uno, se olvidan en la fiesta. La multitud es homogénea cuando se hace masa, como un rebaño de ovejas obedientes. Al menos no en lo que dura este rito no hay robos ni descontrol; ni una sola pelea.

    —Acá todos queremos vivir la fiesta. No hay intereses ni egoísmo. Yo le convido porro a uno que tiene una 4×4 y él me da birra. Estamos todos para lo mismo —dice Paco. Llegó en un Renault 9 desde Wilde con cuatro amigos más. Un poco de ropa, unas frazadas para dormir en el auto, cuatro botellas de Fernet, tres vinos, 5 cervezas y una heladerita con hielo. Pero calcularon mal: a las seis de la tarde ya no tenían más alcohol.

    Sufriendo el mismo frío, vibran las mismas letras, acusadas de ser las más crípticas del rock nacional y que, sin embargo, crean eslóganes e identificación como pocas otras.

    La fe no desconoce el sacrificio.

    —Indio, ¡la concha de tu madre! ¿Te resbalás? ¿Te duele la garganta? Vení acá hijo de puta —grita uno cuando a cinco temas de empezar el show, la llovizna se hace lluvia y cae a dos grados bajo cero sobre cuerpos transpirados, aplastados, mal dormidos, colmados de alcohol.

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    —Hoy más que nunca prepárense para hacer el pogo más grande del mundo —dice Solari justo a la medianoche, después de dos horas de show en las que hubo tantos clásicos de los Redondos como de su etapa solista.

    Las luces se apagan y empieza a sonar Jijiji. Como la asunción del Indio Solari a la categoría de líder, que esta canción y no otra sea el himno de cierre, no admite explicaciones. Desde los primeros shows de los Redondos fue así. Y nadie quiere que cambie. El ritual repetido, una y otra vez, es lo que moviliza. Es lo que se va a buscar, lo que se disfruta.

    Al borde de la hipotermia, todos saltan en una euforia irrepetible. Los gritos, ya afónicos, son los más fuertes de la noche. Se arman rondas por todo el autódromo y los cuerpos se cruzan, chocan, giran, van y vienen; las banderas se agitan. La sensación de que se termina es más excitante todavía. “Estos chicos son como bombas pequeñitas”, dice la canción, y la metáfora se vuelve literal en este instante, pequeñas explosiones individuales que hacen estallar el estadio. La fiesta ser repite de una punta a la otra, replicada en 120 mil. Hasta que la luz se apaga y sólo queda el silencio. Por unos segundos todos siguen mirando el escenario.

    Lo que quedaba de energía se acaba de ir. Real o no, el legendario temblor que los ricoteros afirman se siente. No sólo es mito, también es realidad. 

    La entrada Sufrimiento y éxtasis ricotero se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • El aumento de los fertilizantes por la guerra golpea al campo y proyectan medio millón de hectáreas menos de trigo

     

     El impacto de la guerra en Medio Oriente empezó a impactar en la actividad agrícola a nivel mundial por la disparada internacional de los fertilizantes, en especial de la urea, como anticipó LPO. En Argentina, obligará a recortar en 500 mil hectáreas la próxima campaña de trigo y amenaza con una fuerte caída en los rindes, según alertó la Bolsa de Comercio de Rosario.

    El informe de la entidad sostiene que, pese a que la Argentina atraviesa uno de los mejores escenarios hídricos de la última década para arrancar la siembra, los costos impactan en la producción: «Las reservas hídricas con las que arranca el ciclo es la gran carta a favor del trigo, pero tiene un enorme adversario: el precio actual de los fertilizantes nitrogenados», advirtió la BCR en un informe.

    [La guerra dispara los costos del campo y de la industria y presiona los objetivos inflacionarios de Caputo]

    La urea ya cotiza cerca de los mil dólares por tonelada, niveles similares a los alcanzados en 2022 tras el estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania. Pero ahora el problema es doble: el trigo vale mucho menos que en aquel momento y los productores ya no cuentan con el colchón financiero que tenían hace cuatro años.

    Por eso, la Bolsa proyecta una caída interanual del 7% en la superficie sembrada, unas 500 mil hectáreas menos que la campaña pasada, luego de dos ciclos récord para el cereal.

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    La situación pega especialmente en la región núcleo y el centro del país, donde el trigo depende de altos niveles de fertilización para sostener rindes elevados. Allí se esperan recortes importantes de área sembrada y una fuerte reducción en la aplicación de tecnología que impactan en la calidad de la producción.

    En la región núcleo, por ejemplo, la caída proyectada es del 17%, equivalente a unas 300 mil hectáreas menos en Entre Ríos, Córdoba, Buenos Aires y La Pampa. En el sudeste bonaerense, uno de los grandes bastiones trigueros del país, estiman bajas cercanas al 20%.

     En la región núcleo, por ejemplo, la caída proyectada es del 17%, equivalente a unas 300 mil hectáreas menos en Entre Ríos, Córdoba, Buenos Aires y La Pampa. En el sudeste bonaerense, uno de los grandes bastiones trigueros del país, estiman bajas cercanas al 20%. 

    La Bolsa advierte además que el ajuste no será solo en superficie sembrada sino también en productividad. Por el menor uso de fertilizantes, el rinde promedio nacional caería y la cosecha se ubicaría entre 18 y 19 millones de toneladas, más de 10 millones por debajo de la campaña récord anterior.

    En ese contexto, fuentes de Federación Agraria dijeron a LPO que en el sector circulan versiones sobre posibles beneficios fiscales para la importación de urea y fertilizantes, aunque por ahora no hubo anuncios oficiales del gobierno nacional.

    «Si existiera algún beneficio debería ser sustancioso para tentar a muchos productores que ya desestimaron la siembra fina, pero además tendría que garantizar disponibilidad del producto», señalaron desde la entidad. En el sector advierten que el problema no solamente es por el precio sino también el abastecimiento ante la incertidumbre internacional.

     Si existiera algún beneficio debería ser sustancioso para tentar a muchos productores que ya desestimaron la siembra fina, pero además tendría que garantizar disponibilidad del producto 

    En Federación Agraria agregaron que el agro necesita además otras señales económicas para recuperar inversión. «No alcanza solamente con aliviar el costo de los fertilizantes. El sector de granos y oleaginosas necesita que siga la baja de retenciones, una reforma impositiva y acompañamiento crediticio para sostener la inversión», afirmaron.

    Mientras tanto, en Europa los gobiernos ya empezaron a intervenir para evitar una rebelión de productores agropecuarios por el aumento de costos. El presidente español Pedro Sánchez anunció un paquete de 80 medidas que movilizará 5 mil millones de euros para amortiguar el impacto de la guerra sobre el aparato productivo.

    «Situaciones extraordinarias exigen medidas extraordinarias», afirmó Sánchez al presentar el programa y agregó que «las guerras cuestan vidas, cuestan refugiados y además, en estos primeros meses, a los españoles nos va a costar 5 mil millones que podríamos destinar a becas o sanidad, pero vamos a tener que proteger a nuestro tejido productivo, el campo, la industria y las pequeñas y medianas empresas».

    La preocupación de los gobiernos europeos se disparó este martes por las primeras protestas de ruralistas frente al Parlamento Europeo en Estrasburgo, Francia que se replicó en distintos países en protesta a la escalada de los costos que acelere la tensión inflacionaria.

    Los gobiernos buscan evitar una escalada del conflicto con un sector que no se anda con chiquitas a la hora de hacerse oír. En los últimos años, las protestas de productores se multiplicaron en Francia, Alemania, Bélgica y España con cortes de rutas, bloqueos a puertos y tractorazos contra las políticas ambientales de Bruselas y el aumento de costos productivos.

    La relación de los productores con la Unión Europea viene tensionada por el acuerdo con el Mercosur. Los agricultores aseguran que el tratado comercial los va a perjudicar por el ingreso de alimentos sudamericanos de menor costos y exigencias regulatorias.

    Ahora, el panorama se complica por la suba de insumos y en consecuencia, los gobiernos europeos buscan contener al campo para evitar que la crisis termine de quebrar el vínculo político. En definitiva, un triunfo de los sectores más proteccionistas que se vienen imponiendo en la discusión pública.

     

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