LA CASA REFUGIO DE LA MUJER

LA CASA REFUGIO DE LA MUJER

LA CASA REFUGIO DE LA MUJER

El 15 de abril del 2013 el Concejo Deliberante (CD) de Villa Regina sancionó la ORDENANZA Nº: 023/2013, donde expresa que nuestra ciudad debe disponer de hogares o refugios transitorios para mujeres que sufren violencia de género, que se debe brindar una propuesta con base normativa en una ordenanza, y que por tanto trasciende la gestión de los distintos gobiernos municipales, a través de la cual se proponga trabajar seriamente sobre los casos de violencia familiar mediante intervenciones interdisciplinarias, fundamentalmente sobre los aspectos legales, sociales y psicológicos.

Atendiendo que las situaciones de riesgo a las que se exponen los integrantes de una familia que sufre violencia hacen necesaria la intervención del Estado a través de la implementación de políticas públicas activas destinadas a actuar ante la emergencia. Que en pos de prevenir y sancionar las conductas que la sociedad patriarcal estimula y utiliza sobre las mujeres, se torna necesario abordar la problemática desde un enfoque sistémico, activo y real. El Estado Provincial de Río Negro, a través de la sanción de la ley 4241 de “Protección Integral contra la Violencia en el ámbito de las Relaciones Familiares”, reconoce que la violencia familiar constituye una “violación a los derechos humanos».

Los integrantes del CD en ese lapso determinaron que se desarrolle la Casa Refugio de la Mujer en el ámbito de la Municipalidad de Villa Regina, con presupuesto propio y personal especializado. Que se constituya como un servicio social de carácter asistencial, de protección y de promoción de los derechos de la mujer, cuya finalidad es acoger a mujeres, solas o acompañadas de sus hijos/as, que atraviesen situaciones de violencia de género, con el objeto de prestarles asistencia, contención y orientación psicológica, social y jurídica, a través de recursos propios municipales y de otras instituciones colaboradoras.

El objetivo general de la Casa Refugio será el de brindar protección, albergue, alimentación, contención y atención multidisciplinaria temporal a mujeres, que se encuentren atravesando situaciones de violencia familiar. Sus Objetivos Específicos son: Diseñar y desarrollar estrategias de intervención en coordinación con las instituciones que tienen incumbencia. Promover espacios de contención psico-emocional y de resguardo físico a las mujeres albergadas y sus hijos/as. Propiciar un espacio de toma de conciencia y empoderamiento acerca de los derechos y autonomía personales.

La Casa Refugio deberá constituir un servicio de atención permanente durante las 24 horas del día, todos los días del año. La autoridad de aplicación de la presente ordenanza será la Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad de Villa Regina, o quien la remplazare a futuro.



Se podrían analizar infinidad de variables en relación al contexto actual de la violencia de género en el país y la ciudad, su cruda realidad y sus estadísticas calientes; dentro de la necesidad de urgencia de hacer cumplir una ordenanza que brindaría soluciones inmediatas a casos de alta complejidad. Sin embargo, para no extenderse demasiado, con decir lo mínimo e indispensable (que seguramente vos ya imaginás) alcanza y sobra: La casa refugio de la mujer, no existe aún en Villa Regina.

A casi cinco años de la publicación de la ORDENANZA 023/2013, no se avizora avance alguno. En la actualidad, donde corre más rápido la tinta que la responsabilidad social, resulta interesante que la sociedad exija a sus funcionarios que cumplan con las ordenanzas que rigen la vida social de la ciudad.

Las mujeres reginenses que sufren violencia de género, en cualquiera de sus estadíos, pueden llegar a necesitar de La Casa Refugio en alguna circunstancia. La ordenanza está vigente. Si quienes deben concretarla, no están a la altura del requerimiento social, la tracción que genera la fuerza de las personas es la que puede llevar adelante el proyecto. Profesionales del derecho, especialistas en psicología o asistencia social se encuadran laboralmente dentro del proyecto, pero también pueden ser los conductores iniciales. Reales e ideales del mismo.



LA CASA DEL ENCUENTRO, UN BUEN EJEMPLO

Fuentes:

http://201.251.135.158/digesto/Scripts/frmVisNorma.php?idNorma=4889

http://www.legisrn.gov.ar/L/L04241.html

http://www.lacasadelencuentro.org/

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    Cuando el sábado a la noche se bailaba en el club del barrio

     

    Los bailes de los clubes de barrio fueron una tradición argentina que reunió música, familias, jóvenes y comunidad durante décadas. Una mirada a aquella vida social.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo un tiempo en que para salir un sábado a la noche no hacía falta conocer la cartelera de una discoteca, reservar una mesa ni cruzar media ciudad buscando el lugar de moda. En buena parte de la Argentina, alcanzaba con caminar unas pocas cuadras hasta el club del barrio, donde podía haber baile, orquesta, buffet, pista, rifas, juegos, partidos, reuniones y, sobre todo, gente conocida. Durante décadas, esas instituciones fueron mucho más que espacios deportivos: funcionaron como verdaderos centros comunitarios en los que distintas generaciones compartían buena parte de su tiempo libre. En los años 60 y 70, los grandes bailes de carnaval y las fiestas organizadas por clubes llegaron a convocar multitudes, con artistas populares, orquestas y precios accesibles.

    El sábado empezaba mucho antes del baile

    La preparación para el baile también formaba parte del ritual. Había que decidir qué ponerse, arreglarse un poco más de lo habitual y, en el caso de los adolescentes, negociar con los padres la hora de regreso. Para muchos jóvenes, el club era además uno de los pocos lugares donde podían encontrarse con amigos y compañeros fuera de la escuela, el trabajo o la familia. La pista se convertía así en un territorio de sociabilidad donde se cruzaban generaciones y grupos que durante la semana tenían rutinas completamente diferentes. En algunos barrios, además, el baile estaba directamente vinculado con la identidad de la institución: el club organizaba la fiesta, vendía las entradas, contrataba a los músicos y convertía sus instalaciones deportivas en un salón de celebraciones.

    La escena podía ser muy sencilla: mesas alrededor de la pista, familias conversando, parejas jóvenes esperando que empezara la música y chicos que entraban y salían del salón. En otros casos, especialmente cuando llegaban artistas reconocidos, el acontecimiento adquiría una dimensión mucho mayor. Boca Juniors, Vélez Sarsfield, San Lorenzo y otros clubes fueron escenario de grandes bailes populares, en los que podían presentarse figuras de enorme convocatoria. En los años 60 tuvieron presencia artistas como Los Cinco Latinos y Los Gatos, mientras que durante los 70 los bailes de clubes porteños llegaron a reunir a figuras como Sandro, Palito Ortega, Leonardo Favio y Joan Manuel Serrat.

    La música también contaba la transformación de una sociedad que estaba cambiando rápidamente. El tango seguía presente, pero convivía con la música tropical, el folklore, el pop y el naciente rock nacional. En una misma década podían coexistir una orquesta de tango, una banda de música tropical y un conjunto juvenil que tocaba canciones eléctricas. Esa mezcla no era solamente musical: expresaba el encuentro entre generaciones y la incorporación de nuevas formas de vestirse, bailar y relacionarse. El baile era uno de los lugares donde los cambios culturales podían verse en vivo, sin necesidad de que nadie los explicara.

    El club como segunda casa

    El fenómeno no apareció de la nada. Los clubes de barrio se habían consolidado durante las décadas anteriores como organizaciones sociales profundamente arraigadas en los barrios populares y de clase media, vinculadas al deporte, la educación física, las actividades culturales y la vida comunitaria. Investigaciones sobre la historia de estas instituciones destacan precisamente su papel en la formación de la cultura popular argentina durante las décadas de 1930 y 1940.

    Por eso el club podía ser, para una familia, una especie de segunda casa. Allí se jugaba al fútbol, al básquet o al baby fútbol, se practicaba gimnasia, se organizaban campeonatos de cartas, se festejaban cumpleaños y se realizaban reuniones sociales. También estaban el buffet, el salón, las comisiones de vecinos y las actividades de las distintas categorías deportivas. En algunos lugares había biblioteca, teatro o cine. La institución pertenecía al barrio porque el barrio participaba activamente de su funcionamiento, una diferencia importante respecto de buena parte de los espacios de entretenimiento posteriores, cada vez más organizados alrededor del consumo.

    Los bailes tenían además una dimensión económica. Para muchos clubes, las fiestas constituían una fuente de ingresos que permitía financiar actividades deportivas y mantener las instalaciones. No era extraño que una noche de gran convocatoria sirviera para recaudar fondos destinados a comprar equipamiento, reparar el techo del gimnasio o sostener alguna disciplina infantil. El espectáculo y la vida comunitaria se mezclaban entonces de una manera que hoy puede resultar extraña: la diversión del sábado podía contribuir a pagar el funcionamiento cotidiano de una institución del barrio.

    Hacia fines de los 70 y durante las décadas siguientes, ese mundo comenzó a transformarse. Las nuevas formas de entretenimiento, la expansión de las discotecas, los cambios en las pautas de consumo y las modificaciones en la vida urbana fueron quitándole centralidad a los grandes bailes de club. Una mirada retrospectiva sobre aquella época señala justamente que hasta los años 70 los clubes podían concentrar una vida social intensa que luego comenzó a fragmentarse.

    La desaparición de aquellos bailes no significó solamente el reemplazo de un tipo de música por otro. También representó la pérdida progresiva de un espacio de encuentro territorial, donde era posible conocer a personas de distintas edades sin que existiera necesariamente una finalidad comercial detrás. El club seguía siendo club, pero algunas de las funciones sociales que había concentrado comenzaron a repartirse entre gimnasios, centros comerciales, discotecas, restaurantes, televisión y, mucho después, las nuevas formas de comunicación digital.

    Quizás por eso, cuando alguien recuerda aquellos sábados de baile, no está evocando únicamente una canción o una pista. Está recordando una forma de vivir el barrio. La entrada podía costar poco, la orquesta podía tocar durante horas y alguien podía terminar la noche sentado en una mesa conversando con personas que conocía desde hacía años. En tiempos en que buena parte del entretenimiento se consume de manera individual y a través de una pantalla, aquellos salones representan una experiencia diferente: la de una comunidad que se reunía físicamente para divertirse, encontrarse y, de paso, sostener la institución que consideraba propia.

    Los clubes de barrio todavía existen y muchos continúan cumpliendo funciones sociales fundamentales. Lo que cambió fue el lugar que ocupan dentro de la vida cotidiana. Aquellas pistas de baile llenas durante los sábados y carnavales forman parte de una Argentina que ya no existe de la misma manera, pero que dejó una huella profunda en la memoria de varias generaciones. Y quizá la mejor forma de entender aquellos bailes no sea preguntarse solamente qué música sonaba, sino qué clase de sociedad necesitaba reunirse en un club para bailar hasta la madrugada.

     

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