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FORÚNCULOS DEL ALMA O DESPUÉS DEL INCENDIO

Si las letras también se quemaron y nos quedamos mudxs, ahora nos toca regenerar las hojas de verduzcas expectativas, las indescifrables ramificaciones de los deseos, el tronco mocho de la responsabilidad y las raíces enterradas del porvenir.

Sobrevolaron helicópteros y teros, mientras alguien observaba cómo una nube embarazada de la más pura y divina agua celestial huía asustada hasta los desconocidos confines de un árido principatagónico del paralelo 42.

No es fácil describir el después cuando al mirar la montaña los árboles ya no están, los pájaros no cantan, la casa se esfumó por un ardiente soplido, o la angustia crece ante una flameante incertidumbre que no para de crecer…

Sin embargo, llegaron los bomberos al centro del Bolsón y los fervientes aplausos no pararon. Bomberos que supieron domar, escalar y apagar un monstruo fogueante de casi cuarenta metros de altura, y tan ancho que su cuerpo se medía en kilómetros. Y sí, después del incendio los aplausos debían continuar…

Porque después del incendio ya no hay cámaras, y la información no se expande con las miradas o los ecos de catastróficas noticias, y, ni siquiera, por los cínicos turistas apilados como en un autocine sacándole fotos a las avionetas o a la opaca tristeza que emanaba como el hollín de una abandobada chimenea de las padecientes montañas.

Después del incendio empezamos a olvidar el tóxico humo de la negligencia, empezamos a respirar los resquicios de un escándalo que se evapora con la brisa de la mañana siguiente, empezamos a dormirnos en los laureles de un desfiladero de autos que llegan como hormiguitas viajeras por una ruta 40 demasiado gastada…

Después del incendio, ¿vendrá el incendio de otro incendio? ¿Caerá granizo celeste y blanco? ¿Lloverán pingüinos? ¿Se inflará la inflación con putrefactas inflamaciones o forúnculos del alma? ¿Se abrirán las puertas del Edén para dejar filtrar las cloacas citadinas? ¿Saltarán los semáforos de alegría? ¿O seguirá todo igual antes que la nada sea lo mismo de siempre?

Portada: Antonio Guedes Ardiles, cenizas humanas 

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    GRAVE: El Gobierno vacía al INTI y entrega el control de las mediciones al negocio privado

     

    Con la Resolución 213/2025, el Estado se retira de una de sus funciones más sensibles: controlar balanzas, surtidores, medidores y radares. Bajo el discurso de la “desburocratización”, Milei profundiza un modelo donde el mercado se audita a sí mismo.

    Por Tomás Palazzo para NLI

    El Consejo Directivo del INTI oficializó, a días de terminar el año, una decisión que marca un antes y un después en la política de control estatal: el organismo deja de prestar los servicios de metrología legal y certificación obligatoria en buena parte de los instrumentos que se usan todos los días en el comercio, la industria y el control público.

    No se trata de un cambio técnico ni administrativo. Es un retiro deliberado del Estado de una función estratégica: garantizar que lo que se mide, se cobra, se multa o se factura sea correcto. Balanzas, surtidores de nafta, medidores de agua y electricidad, etilómetros, taxímetros y radares de velocidad ya no serán controlados directamente por un organismo público, sino por laboratorios y certificadoras privadas.

    Un Estado que deja de controlar

    La Resolución 213/2025 publicada hoy en el Boletín Oficial dispone que el INTI abandona la aprobación de modelos, las verificaciones primitivas y los controles periódicos de instrumentos clave para la vida cotidiana. Estas tareas quedan en manos de entidades privadas acreditadas por el Organismo Argentino de Acreditación (OAA), en un esquema donde el propio mercado pasa a auditarse.

    El cronograma es progresivo, pero el sentido es claro: desde enero de 2026 el INTI empieza a correrse, primero en el AMBA y luego en el resto del país. Lo que durante décadas fue una función pública indelegable se transforma en un servicio tercerizado, pago y orientado por la lógica comercial.

    La privatización que no se nombra

    El texto habla de “simplificación”, “eliminación de trabas” y “reducción de costos”. Pero lo que no dice es que se vacía una capacidad estatal construida durante décadas. El INTI no era un actor más: era el garante público de que las reglas se cumplieran sin conflictos de interés.

    Ahora, el mismo actor que fabrica, importa o comercializa un instrumento elige y paga al organismo que lo certifica. El riesgo es evidente: menos control independiente, más margen para el fraude, menos protección para consumidores y usuarios.

    Este esquema no es nuevo. Es el mismo libreto que se aplicó en otras áreas del Estado bajo la consigna de achicar, delegar y confiar en el “autocontrol” del mercado. El resultado, históricamente, siempre fue el mismo: beneficios privados, costos socializados.

    Milei y el Estado mínimo en acción

    La Resolución del INTI no es un hecho aislado. Se inscribe en una política más amplia del Gobierno de Milei: retirar al Estado de las funciones de regulación y control, incluso en áreas donde está en juego el bolsillo de la gente, la seguridad vial y la salud pública.

    Mientras se habla de eficiencia, el Estado renuncia a saber, medir y verificar. El INTI queda reducido a un rol casi académico, enfocado en metrología científica e industrial, pero sin capacidad real de control masivo. La soberanía técnica se diluye y el interés público queda subordinado a la rentabilidad privada.

    En nombre de la “libertad”, el Gobierno habilita un sistema donde el control deja de ser una política pública y pasa a ser un negocio. Y cuando el Estado deja de controlar, nunca es el mercado el que pierde: pierde la sociedad.

     

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