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Jorge Macri corrió a la funcionaria que maneja el vínculo con las desarrolladoras y asume la hija de Majdalani
Tras las quejas de desarrolladores urbanos por las demoras de expedientes, Karina Burijson dejará la Secretaría de Desarrollo Urbano y asume en su lugar Agustina Olivero Majdalani, hija de la ex número dos de la SIDE macrista y cercana al Tano Angelici.
«Hay mucha bronca, hay expedientes que llevan un año parados. Es inconcebible con la crisis de la construcción actual», le dijo a LPO un hombre vinculado al desarrollo inmobiliario, uno de los principales motores económicos de la Capital.
Lo curioso es que Burijson llegó a la Ciudad proveniente de la gestión en Vicente López de Jorge Macri, que tuvo un impactante desarrollo inmobiliario, sobre todo sobre la avenida Libertador. Pero en los últimos meses, Burijson quedó atrapada en una puja cruzada de muy alto nivel, en la que se menciona a Mauricio Macri y Angelici.
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Tras la aprobación del nuevo código urbano porteño, Burijson reemplazó a Álvaro García Resta en Desarrollo Urbano. García Resta había logrado un excelente vínculo con uno de los sectores más poderosos de la Ciudad, especialmente con el estudio BMA, que consiguió decenas de excepciones al código durante el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta.
Hay mucha bronca, hay expedientes que llevan un año parados. Es inconcebible con la crisis de la construcción actual.
Junto con Burijson, y también proveniente de Vicente López, desembarcó Cristina Giraud en la Dirección de Interpretación Urbanística, el lugar más delicado de Desarrollo Urbano. Giraud reemplazó a Sandra Tuya y es señalada como la funcionaria que maneja el poder real en la Secretaría.
Por sus manos pasan los pedidos de excepciones y Giraud decide si se amoldan o no al Código. Es un espacio de enorme discrecionalidad y que mueve la balanza en el sector inmobiliario, donde los metros cuadrados extra hacen la diferencia a la hora de calcular la rentabilidad de un proyecto.
La todavía secretaria de Desarrollo Urbano, Karina Burijson.
Ahora, Giraud deberá vérselas con Agustina Olivero Majdalani, hija de Silvia, la ex número dos de la SIDE, que llega con el respaldo de Angelici, muy gravitante en la gestión de Jorge Macri.
Majdalani dejará la Corporación Puerto Madero porque debe ceder la presidencia a la Nación. Antes, pasó sin demasiado éxito por la vicepresidencia de la obra social de los empleados porteños.
Pero su escaso dinamismo no es necesariamente una mala noticia para el sector. «Agustina es alguien de la política, no esperamos que haya sorpresas», dijo a LPO un importante desarrollador.
La Cámpora busca un acuerdo con los libertarios y el PRO para desplazar a Feletti del Senado bonaerense
La Cámpora en el Senado bonaerense busca los votos de La Libertad Avanza para desplazar a Roberto Feletti, mano derecha de Verónica Magario en la administración del Senado de la provincia de Buenos Aires.
La maniobra es parte del enfrentamiento entre la agrupación de Máximo Kirchner y la vicegobernadora, una pelea que tiene como trasfondo la interna por la conducción del PJ bonaerense.
La Cámpora pretende la secretaría Administrativa o la pro secretaría Administrativa, que hoy está a cargo de Martín Di Bella. En caso de quedarse con esta última deberá tener la potestad de una firma cruzada con Feletti, de modo tal que ningún expediente avance sin las dos firmas.
Correr a Feletti es complejo. En Diputados, el cargo del secretario Administrativo dura dos años, sin embargo no dice nada de eso en el reglamento del Senado. Por tanto, el recambio debería establecerse cuando la presidenta del Senado así lo disponga.
Kicillof dijo que el próximo jefe del PJ bonaerense tiene que estar alineado con el gobernador
Esos vacíos en los reglamentos de las cámaras generan zonas grises donde se termina imponiendo quien tenga mayor músculo político. De todos modos, como todas las autoridades está a tiro de los senadores. Se elige a través de un trámite sencillo, con apenas mayoría simple. Pero para removerlo se necesitan dos tercios de los votos. Ahí es donde el kirchnerismo necesita aliados.
De todos modos, en La Cámpora entienden que el mandato de Feletti está vencido. Así lo plantearon en una nota dirigida a Magario en diciembre en la que le pedían una sesión para votar las vicepresidencias que quedaron sin definirse. En ese escrito dejaron claro que las autoridades debían «abstenerse de realizar cualquier acto administrativo». Fue una manera de avisar que irían por su cargo.
Los dos tercios se alcanzan con el voto de 31 senadores. El kirchnerismo tiene 15 y está claro que no contará con la ayuda del axelismo (seis). En tanto, Sergio Massa controla tres y probablemente busque no ser parte del conflicto. Llegar a 31 implica un acuerdo con los libertarios y con el PRO, algo que no parece sencillo.
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La pelea por las autoridades del Senado tiene otros frentes: el kirchnerismo está decidido a disputarle la vicepresidencia primera a Axel Kicillof que reclama ese asiento para un legislador del Movimiento Derecho al Futuro (MDF). La Cámpora promueve a Mario Ishii que dejó de ser un referente de confianza del gobernador.
El peronismo no consiguió tampoco nombrar un presidente de bloque. Todo indica que ese lugar quedará para Sergio Berni, que asoma como una de las figuras con mayor experiencia en la Cámara Alta. Será otra pulseada con el axelismo que buscará ubicar a un referente propio.
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La otra mentira gorila: El mito del oro nazi
Durante décadas, una acusación se repite con una seguridad que contrasta brutalmente con la fragilidad de sus pruebas: que la Argentina fue refugio del llamado “oro nazi”, que el Banco Central actuó como engranaje financiero del saqueo del Tercer Reich y que el país habría sido cómplice silencioso de uno de los mayores crímenes económicos del siglo XX. La afirmación circula como verdad revelada, pero cuando se la somete al examen de la documentación histórica, el relato empieza a resquebrajarse.
Por Walter Onorato para NLI

Eso es exactamente lo que demuestra la investigación “Transacciones del Banco Central de la República Argentina en oro y divisas con países del Eje y neutrales”, realizada por los historiadores Mario Rapoport y Andrés Musacchio en el marco de la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en la Argentina (CEANA). No se trata de una defensa política ni de una opinión ideológica, sino de un estudio riguroso basado en archivos oficiales del Banco Central, balances contables, libros de oro en custodia, documentación diplomática argentina y extranjera y el cruce sistemático con los informes de las comisiones investigadoras de Suiza y de Estados Unidos. La conclusión a la que llegan es tan clara como incómoda para los cultores del mito: no existen evidencias documentales de que el Banco Central argentino haya recibido oro nazi.
El primer problema del relato conspirativo es conceptual. El llamado “oro nazi” no es una categoría homogénea. Puede referirse al oro saqueado a las víctimas del nazismo, a las reservas de los bancos centrales de países ocupados, a las fortunas personales de jerarcas nazis en fuga o a depósitos bloqueados en países neutrales. Rapoport y Musacchio parten de esa distinción básica —habitualmente omitida— y siguen el rastro del oro allí donde necesariamente debería aparecer si la acusación fuera cierta: en los registros contables del Banco Central de la República Argentina.
Lo que encuentran es exactamente lo contrario de lo que promete la leyenda. Entre 1942 y 1948, los libros de “oro en custodia” y “oro en barras” del BCRA muestran que la Argentina no fue receptora, sino expulsora de oro. Las principales operaciones con bancos de países neutrales, especialmente Suiza y Portugal —señalados durante años como intermediarios privilegiados del oro nazi— registran salidas de oro desde Buenos Aires hacia el exterior, en particular hacia la Reserva Federal de Nueva York o hacia las casas centrales de esos bancos. Si la Argentina hubiera sido un destino del oro nazi, los registros mostrarían ingresos físicos relevantes. No los hay.
El caso suizo es especialmente revelador. Contra lo que sugiere el imaginario popular, los datos de la propia banca helvética, analizados por la Comisión Bergier, indican que durante la guerra Suiza fue compradora neta de oro argentino y que las transacciones con la Argentina representaron una fracción ínfima del total de sus operaciones. Más aún: la Argentina no compró oro a Suiza durante el período bélico, lo vendió. Es decir, el flujo va en sentido inverso al que exigiría cualquier hipótesis de “lavado” de oro nazi.
Con Portugal ocurre algo similar. Los registros del Banco de Portugal muestran que las operaciones consistieron básicamente en compras de oro argentino para su posterior traslado a la Reserva Federal estadounidense. Tampoco aquí aparece la Argentina como receptora de oro, sino como país del que el oro sale. Ninguna de estas operatorias responde al patrón esperable de un país que está recibiendo oro malhabido.
Otro dato que incomoda a los defensores del mito es el comercio. Durante la Segunda Guerra Mundial, el intercambio entre Argentina y Alemania se interrumpió por completo. Sin comercio regular, Alemania no tenía razón económica alguna para transferir oro a la Argentina. La hipótesis de una triangulación sistemática a través de países neutrales también se derrumba: la investigación sólo encuentra episodios marginales de contrabando, de escala reducida y sin participación de las máximas autoridades del Estado argentino. No hubo comercio triangular regular y, por lo tanto, no hubo financiamiento sistemático mediante oro.
No es casual que el mito del “oro nazi” haya sido dirigido casi exclusivamente contra el peronismo. La acusación no nació de una investigación histórica, sino de una necesidad política: construir un Perón ilegítimo, inmoral y criminal, incapaz de ser derrotado en el plano social pero vulnerable en el plano simbólico. El gorilismo necesitó presentar al primer gobierno peronista no como un proyecto de justicia social y soberanía económica, sino como una anomalía oscura, vinculada al fascismo europeo y financiada con riquezas malhabidas. En ese marco, el “oro nazi” funcionó como un arma narrativa perfecta: imposible de probar, pero fácil de repetir.
El trabajo de Rapoport y Musacchio deja al descubierto ese mecanismo con claridad demoledora. Cuando se revisan los archivos del Banco Central, el relato se cae. No aparece el oro, no aparece el flujo, no aparece la complicidad. Lo que sí aparece es una operación política clásica del antiperonismo: transformar la sospecha en certeza y la mentira en sentido común histórico.
La investigación no elude los puntos grises. Analiza los depósitos de ciudadanos alemanes incautados por el Estado argentino, los fondos de la embajada alemana tras la ruptura de relaciones y el célebre depósito de 40 lingotes vinculado a la empresa SAFU de Fritz Mandl. En ninguno de esos casos se encuentran pruebas de que se trate de “oro nazi”. En algunos, el origen no puede reconstruirse con precisión, pero el criterio metodológico es claro: la falta de información no equivale a culpabilidad. La historia no se escribe con conjeturas.
¿Por qué, entonces, el mito del oro nazi en la Argentina sigue circulando con tanta fuerza? Porque es funcional. Permite simplificar la historia, demonizar un proyecto político popular, justificar odios de clase y evitar discusiones más profundas sobre soberanía económica, distribución del ingreso y poder real. Es más cómodo repetir una acusación que revisar archivos.
La investigación de Rapoport y Musacchio demuestra que cuando se abandona la mitología y se entra en el terreno de la documentación, el relato se desinfla. No hubo un Banco Central argentino actuando como lavadora del saqueo nazi. No hubo un flujo sistemático de oro nazi hacia la Argentina. Hubo, sí, una mentira persistente, útil y gorila, que durante años intentó reemplazar a la historia. Y que, una vez más, no resiste el archivo.
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