La primer compe del año fue para Leñakingos. El «Play-On» tuvo su primer torneo de verano y la familia acompañó, un excelente marco familiar disfrutó de la «Copa JM Estudio Jurídico».
El domingo 6 de febrero fue la fecha en que el «PLAY-ON» del río Negro abrió sus puertas, o mejor dicho tranqueras, para recibir a la familia del 3×3 que sigue creciendo en Villa Regina. Las reposeras y los mates acompañaron una jornada espectacular de deporte al aire libre.
En lo deportivo el primer torneo de verano la Copa JM Estudio Juridico fue para Leñakingos, un equipo fusionado entre dos conjuntos que participaron de casi todos los torneos organizados por 3x3basquetregina y todavía no habían podido gritar campeón, venían de un 3er puesto en la Copa TecnoSoluciones jugada en el polideportivo cumelen en el cierre del 2021.
En la final se impuso frente Onfair, sorpresa del torneo, que con un equipo que se armó antes de empezar llegó invicto a la final. El resultado fue 10-5 y las cosas estuvieron claras desde un comienzo, Leñakingos insistió con el ataqu en el poste bajo, y Onfair no supo como solucionarlo.
Por el 3er puesto jugaron Doble Ipa y Migachi, los últimos ganaron en un lindo partido por 13 a 7, imponiendo de algún modo un ritmo más vertiginoso de juego, motivo de un promedio de edad más bajo, por ende algo más de energía.
Cerraron el torneo Peppers frente a The Wall con un simple con el partido terminado, Agus Gonzalez no quiso suplementario y no falló. El partido terminó 9-8.
Torneo de Verano Copa JM Estudio Jurídico
Sin embargo, como siempre, lo deportivo termina siendo anecdótico, una excusa para juntarnos y disfrutar de la tarde haciendo lo que nos gusta, jugar al basquet y compartir con amigos, amigas y familiares. Agradecemos incansablemente la buena predisposición y el acompañamiento de todos y todas. Ya estamos trabajando en una nueva compe!!!
A 176 años de su muerte, la historia de José de San Martín también puede leerse como la de un hombre que eligió el exilio antes que convertirse en protagonista de las guerras políticas argentinas.
Por Alcides Blanco para NLI
Cada 17 de agosto, la Argentina recuerda a José de San Martín como el Libertador, el Padre de la Patria, el hombre que cruzó los Andes y condujo campañas decisivas para la independencia de Argentina, Chile y Perú. Las escuelas repiten su nombre, los granaderos custodian su mausoleo y las plazas se llenan de actos conmemorativos. Sin embargo, existe una parte de su historia que suele quedar comprimida detrás de la estatua ecuestre y de la épica militar: San Martín pasó los últimos casi treinta años de su vida fuera de América y murió en Francia, lejos de la Argentina que había contribuido decisivamente a liberar. No fue una casualidad geográfica ni simplemente el resultado de una enfermedad o de una vejez tranquila. Su alejamiento estuvo profundamente relacionado con la convulsión política que encontró al regresar de su campaña libertadora y con su decisión de no convertirse en un jefe militar de ninguna de las facciones que se disputaban el poder.
Mañana, 17 de agosto de 2026, se cumplen 176 años de su muerte, ocurrida en 1850 en Boulogne-sur-Mer. San Martín tenía 72 años. Había nacido en Yapeyú en 1778, había desarrollado buena parte de su carrera militar en España, regresado al Río de la Plata en 1812 y construido en apenas una década una de las trayectorias militares más extraordinarias de la historia americana. Pero cuando terminó su etapa pública en América, no buscó quedarse con el poder que había contribuido a construir. Esa decisión, que hoy puede parecer natural porque forma parte de la imagen idealizada del prócer, fue en realidad una elección política extraordinariamente significativa para una época en la que los vencedores de las guerras de independencia solían convertirse en árbitros del nuevo poder.
El problema que encontró al regresar
San Martín no volvió a una patria unificada y tranquila. Volvió a una región atravesada por enfrentamientos políticos, disputas entre Buenos Aires y las provincias, conflictos entre unitarios y federales y una creciente militarización de la vida pública. Después de la campaña de los Andes, la independencia de Chile y la expedición al Perú, el general había alcanzado una autoridad enorme, pero también comprendía que la guerra contra España y las guerras civiles americanas eran problemas diferentes. Su objetivo había sido la independencia; no estaba dispuesto a utilizar el ejército libertador como instrumento de una facción argentina contra otra.
Ese punto es fundamental para comprender su salida de América. La documentación sanmartiniana conserva una definición particularmente clara de su conducta política. En una carta de 1848, al reconstruir su trayectoria, San Martín explicó que durante su carrera pública había procurado no mezclarse con los partidos que alternativamente dominaron Buenos Aires y que había mantenido como principio considerar a los Estados americanos en los que había intervenido como naciones hermanas comprometidas con una misma causa.
No era una posición ingenua. San Martín sabía perfectamente qué significaba el poder militar. Había visto de cerca las guerras napoleónicas, había combatido en Europa y después había utilizado el ejército como herramienta para modificar el equilibrio político de América. Precisamente por eso conocía el peligro de convertir la fuerza armada en el mecanismo mediante el cual una facción interna podía imponerse sobre otra.
Su negativa a intervenir en las guerras civiles argentinas terminó siendo una de las decisiones más importantes de su vida política.
Y también una de las que más condicionaron su futuro.
Cuando decidió abandonar definitivamente el escenario americano, no se estaba retirando de una revolución que había fracasado. Se estaba apartando de una política que consideraba incompatible con la causa por la que había luchado.
De héroe continental a exiliado europeo
Después de su encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil, en 1822, San Martín dejó el escenario peruano. Poco después regresó a Europa acompañado por su hija Mercedes. El contraste entre la dimensión de su obra y las condiciones de su vida posterior es notable: quien había comandado ejércitos enteros terminó llevando durante décadas una existencia relativamente discreta, atravesada por problemas económicos, enfermedades, viajes y preocupaciones familiares.
En 1829 intentó regresar nuevamente al Río de la Plata. Desembarcó en Montevideo, pero finalmente decidió no instalarse en Buenos Aires. La situación política lo desalentó y volvió a Europa. El Instituto Nacional Sanmartiniano registra aquel episodio como uno de los momentos decisivos de su alejamiento definitivo de la vida pública americana.
Ese exilio voluntario suele presentarse como una especie de retiro romántico de un héroe cansado. La realidad fue bastante más compleja. San Martín continuó siguiendo con atención los acontecimientos americanos, mantuvo correspondencia con dirigentes políticos y militares y expresó opiniones sobre cuestiones vinculadas con la soberanía y la situación internacional. No dejó de interesarse por la Argentina porque hubiera dejado de ser argentino; dejó de participar directamente porque había decidido no convertirse en un actor de las disputas internas.
Su relación epistolar con Juan Manuel de Rosas resulta especialmente reveladora. San Martín le escribió en 1846 para felicitarlo por la defensa frente a la intervención anglo-francesa durante la Vuelta de Obligado y volvió a comunicarse con él en los años siguientes. El Instituto Nacional Sanmartiniano conserva esa correspondencia y registra su preocupación por la defensa de la soberanía frente a las potencias extranjeras.
El dato permite escapar de una simplificación frecuente: el San Martín del exilio no era un hombre desconectado de la política argentina. Estaba lejos del poder, pero seguía leyendo, escribiendo, opinando y observando lo que ocurría en el continente.
La diferencia era que ya no quería ocupar el centro de la escena.
Una vida en Francia mientras la Argentina se construía
San Martín pasó sus últimos años en Francia. Vivió primero en Grand-Bourg, cerca de París, donde adquirió una casa en 1834, y posteriormente se trasladó a Boulogne-sur-Mer. Allí su salud se deterioró progresivamente. Padecía problemas de visión y distintas enfermedades propias de su edad, aunque quienes lo conocieron durante esos años destacaron que conservó una notable lucidez intelectual.
La Francia en la que vivió sus últimos años tampoco era un escenario tranquilo. La Revolución de 1848 había derribado la monarquía de Luis Felipe y dado lugar a la Segunda República. La agitación política llevó a San Martín a abandonar París y trasladarse a Boulogne-sur-Mer en 1848. Allí alquiló una vivienda perteneciente a Adolphe Gérard, abogado y bibliotecario de la ciudad, con quien mantuvo una relación cercana durante sus últimos años.
Hay algo profundamente simbólico en esa última etapa. Mientras en América comenzaban a consolidarse los Estados surgidos de las guerras de independencia, el hombre que había contribuido decisivamente a poner en marcha ese proceso observaba desde Europa cómo aquellas nuevas repúblicas atravesaban sus propias disputas, guerras y transformaciones.
San Martín había conseguido algo que parecía imposible: había ayudado a derrotar al poder colonial español en una parte enorme de Sudamérica. Pero no pudo controlar lo que vino después. Y probablemente tampoco quiso hacerlo.
Su proyecto no consistía en convertirse en el dueño político de las naciones que había ayudado a liberar.
La muerte de un hombre que ya pertenecía a la historia
El 17 de agosto de 1850, alrededor de las tres de la tarde, José de San Martín murió en su residencia de Boulogne-sur-Mer. Estaban junto a él su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce, sus nietas y otras personas cercanas. Félix Frías, que viajó desde París al conocer la gravedad de su estado, llegó cuando el Libertador ya había fallecido y posteriormente dejó una crónica de sus últimos momentos.
La frase que se le atribuye durante sus últimos días —“es la tormenta que conduce al puerto”— quedó incorporada a la tradición sanmartiniana. Más allá de la belleza literaria de la expresión, lo que resulta verdaderamente significativo es que San Martín murió sin regresar a la Argentina.
Sus restos tampoco volvieron inmediatamente.
Permanecieron en Francia durante tres décadas, hasta que en 1880 fueron trasladados a Buenos Aires a bordo del vapor ARA Villarino. Desde entonces descansan en el mausoleo construido dentro de la Catedral Metropolitana, donde una guardia de granaderos custodia permanentemente sus restos.
La paradoja histórica es enorme. El hombre que había cruzado los Andes para liberar territorios que se encontraban a miles de kilómetros de su lugar de nacimiento terminó muriendo en una pequeña ciudad francesa y recién tres décadas después regresó físicamente a la tierra por la que había combatido.
Pero quizás exista una lectura todavía más profunda.
San Martín construyó buena parte de su prestigio precisamente renunciando al poder que podría haber obtenido. Después de sus victorias militares pudo haber intentado convertirse en un caudillo armado, intervenir en las guerras civiles o utilizar su autoridad para imponerse sobre los gobiernos existentes. Eligió otro camino. Esa decisión no eliminó sus diferencias políticas ni lo convirtió en un personaje neutral; simplemente estableció un límite que consideró fundamental: el ejército de la independencia no debía transformarse en una herramienta para decidir las luchas internas.
Esa conducta explica buena parte de la enorme dimensión simbólica que adquirió después de su muerte.
No fue solamente el general que ganó batallas.
Fue también el hombre que supo retirarse cuando continuar en el poder podía significar traicionar aquello por lo que había luchado.
La historia argentina posterior estuvo llena de hombres que hicieron exactamente lo contrario: militares que se transformaron en árbitros políticos, dirigentes que utilizaron ejércitos para imponer proyectos internos y gobiernos que confundieron la fuerza del Estado con la voluntad de una facción. Frente a esa tradición, la trayectoria de San Martín adquiere una dimensión que va mucho más allá del bronce.
Por eso cada 17 de agosto no alcanza con recordar el Cruce de los Andes, Chacabuco o Maipú. También habría que recordar la decisión silenciosa de un hombre que, después de haber ganado una guerra, eligió no quedarse con el poder.
San Martín murió lejos de la Argentina.
Pero quizás justamente por eso terminó perteneciendo a toda ella.
Porque su legado no quedó asociado a un gobierno determinado, a una provincia, a un partido ni a una facción. Quedó ligado a una idea mucho más grande: que la independencia no consiste solamente en expulsar a un poder extranjero, sino también en comprender que la libertad política pierde sentido cuando quienes dicen defenderla terminan utilizando el poder para someter a sus propios compatriotas.
Mañana, cuando vuelvan a sonar las marchas y los granaderos rindan homenaje frente a su mausoleo, habrá una parte de su historia que permanecerá tan importante como la épica de las batallas: San Martín fue uno de los pocos grandes protagonistas de la independencia americana que entendió que también había que saber cuándo apartarse.
Y esa decisión, tomada hace dos siglos, sigue siendo una de las páginas más incómodas y más actuales de su legado.
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El Ejecutivo anticipó que La Libertad Avanza no acompañará en el Congreso las iniciativas destinadas a atender el creciente endeudamiento de los hogares argentinos. Mientras la oposición busca discutir refinanciaciones, límites a los intereses y mecanismos de alivio, el Gobierno insiste en que las deudas son apenas “acuerdos entre privados”.
Por Ignacio Fraticelli para NLI
La crisis del endeudamiento familiar llegó al Congreso y, antes de que siquiera comience formalmente el debate, el Gobierno de Milei ya decidió de qué lado estará. El vocero presidencial, Adrián Ravier, anticipó que La Libertad Avanza no acompañará los proyectos impulsados por distintos sectores de la oposición para aliviar la situación de las familias que no pueden afrontar sus deudas, una definición política que vuelve a colocar al Ejecutivo frente a una contradicción central de su modelo económico: mientras millones de argentinos recurren al crédito para sostener consumos básicos, pagar servicios o simplemente llegar a fin de mes, la respuesta oficial consiste en negar que exista una crisis y trasladar toda la responsabilidad al individuo.
La discusión no es menor ni se reduce a una disputa parlamentaria más. En la acutalidad el problema del endeudamiento alcanza a casi 20 millones de argentinos, mientras que distintas iniciativas legislativas ponen el foco específicamente en los hogares que acumularon atrasos en préstamos, tarjetas de crédito y otros mecanismos de financiamiento. La oposición presentó decenas de proyectos con diferentes alternativas para atacar el problema, desde mecanismos de refinanciación hasta límites sobre los costos financieros, en un contexto donde la morosidad viene creciendo y el crédito dejó de funcionar para buena parte de las familias como una herramienta para proyectar consumo y pasó a convertirse en un recurso para sobrevivir.
Cuando endeudarse deja de ser una elección
Durante décadas, el acceso al crédito fue presentado como uno de los instrumentos centrales de inclusión financiera: una familia podía financiar una compra importante, afrontar una emergencia o distribuir un gasto en el tiempo. El problema aparece cuando el crédito deja de utilizarse para mejorar las condiciones de vida y empieza a utilizarse para cubrir necesidades que el ingreso corriente ya no permite afrontar. Allí la discusión deja de ser exclusivamente financiera y pasa a ser social, porque detrás de cada tarjeta impaga o préstamo refinanciado hay un hogar que perdió capacidad de compra.
Ese fenómeno explica la importancia política de los proyectos que comenzarán a discutirse en Diputados. Las propuestas opositoras buscan establecer diferentes mecanismos para evitar que una deuda originalmente manejable termine transformándose en una obligación imposible de cancelar mediante la acumulación de intereses, punitorios y refinanciaciones sucesivas. Entre las alternativas aparecen planes de reestructuración de entre 36 y 60 cuotas, reducción de intereses punitorios, límites a la proporción del ingreso familiar que puede destinarse al pago de una deuda y mecanismos para impedir determinadas formas de capitalización de intereses. También existe una iniciativa que plantea declarar una emergencia crediticia durante 24 meses y establecer herramientas específicas para el desendeudamiento.
El Gobierno, sin embargo, observa ese conjunto de propuestas desde una perspectiva completamente diferente. Ravier sostuvo que las deudas constituyen esencialmente “acuerdos entre privados” y anticipó que LLA no tendría intención de acompañar iniciativas que impliquen una intervención estatal. El argumento oficial plantea que utilizar recursos públicos para resolver obligaciones financieras privadas significaría transferir recursos de una parte de la población hacia bancos o entidades crediticias. La explicación puede parecer consistente dentro de la lógica doctrinaria libertaria, pero deja una pregunta política difícil de esquivar: ¿qué ocurre cuando las condiciones en las que se celebran esos contratos están determinadas por un mercado financiero con tasas extraordinariamente elevadas y salarios que pierden capacidad de compra?
El Estado que aparece para ajustar, pero desaparece para proteger
La discusión expone una de las características más profundas del modelo económico de Milei: el Estado es presentado como una intromisión cuando se trata de proteger al ciudadano frente a determinadas relaciones económicas, pero recupera un papel central cuando se trata de garantizar las condiciones generales del mercado. Para el Gobierno, una familia que no puede pagar un préstamo debe afrontar las consecuencias de la decisión que tomó; sin embargo, el debate sobre las condiciones concretas de ese crédito, los intereses aplicados, la capacidad real de pago del deudor y la asimetría existente entre una persona necesitada de dinero y una entidad financiera queda relegado a un segundo plano.
La paradoja resulta todavía más evidente porque el propio oficialismo reconoce que el incremento de las tasas de interés puede contribuir al deterioro de la capacidad de pago. El vocero presidencial señaló que existen diferentes factores detrás del aumento de la mora y relativizó incluso la explicación que había dado Milei sobre el endeudamiento de los hogares a partir de la compra de televisores durante el Mundial, al señalar que aquello había sido apenas un ejemplo. La aclaración es significativa porque muestra que el fenómeno es bastante más complejo que una supuesta ola de consumo irresponsable: hay familias que se endeudan porque necesitan consumir, pero también porque necesitan sostener gastos cotidianos.
El gobernador bonaerense Axel Kicillof cuestionó precisamente esa mirada y sostuvo que la morosidad seguirá creciendo mientras se mantenga una combinación de salarios bajos y tasas altas, rechazando la idea de que se trate simplemente de relaciones privadas desconectadas de la política económica. Su planteo apunta al núcleo del problema: si una política económica reduce el poder adquisitivo de los ingresos al mismo tiempo que encarece el financiamiento, el endeudamiento deja de ser una cuestión individual y comienza a expresar el resultado de un determinado modelo económico.
La oposición, mientras tanto, intenta convertir ese problema social en una discusión parlamentaria capaz de generar una respuesta concreta. Más de 30 iniciativas buscan abordar la situación de las familias endeudadas, en paralelo con otros proyectos que forman parte de una ofensiva legislativa que también incluye la emergencia en discapacidad y otras demandas sociales. El desafío para esos bloques será transformar la dispersión de propuestas en una alternativa que pueda reunir los votos suficientes para avanzar, pero también construir un mensaje político que dispute la interpretación oficial según la cual cada deudor es responsable individual de su situación.
Porque detrás de la discusión sobre una ley, un límite de tasas o una refinanciación existe una pregunta mucho más profunda: ¿qué tipo de sociedad construye un país cuando millones de personas necesitan endeudarse para sostener su vida cotidiana y el Estado responde que el problema no le pertenece? El Gobierno puede definir que las deudas son contratos privados, pero no puede convertir en un asunto privado la pérdida de ingresos, el encarecimiento del crédito, la caída del consumo y la imposibilidad creciente de numerosas familias de cumplir con obligaciones que alguna vez parecieron pagables.
La decisión de Milei de no acompañar los proyectos será, por lo tanto, mucho más que una posición legislativa. Será una definición sobre qué intereses considera prioritario proteger el Estado frente a una crisis de endeudamiento que ya dejó de ser invisible. Mientras el oficialismo defiende la libertad contractual y rechaza cualquier mecanismo que pueda implicar intervención pública, millones de argentinos enfrentan una pregunta mucho más concreta y menos doctrinaria: cómo pagar lo que deben cuando el salario no alcanza. Y en esa distancia entre la teoría libertaria y la vida cotidiana de los hogares se juega buena parte de la verdadera discusión económica de la Argentina.
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