El próximo viernes 29 a las 10 horas en el salón de la Cámara de Productores se presentará el proyecto de remodelación de la terminal que fue aprobado por el Ministerio de Transporte de la Nación en el marco del convenio firmado en marzo pasado entre el Intendente Marcelo Orazi y esa cartera nacional.
En tanto, a partir de la toma de posesión de la terminal de ómnibus a fines de agosto, es importante destacar que la Municipalidad de Villa Regina, a través de distintas áreas, llevó adelante distintas tareas con el objetivo de mejorar su condición edilicia tanto en lo interno como en lo externo para mejorar la prestación del servicio que se presta a los usuarios.
En este sentido, ni bien el Municipio se hizo cargo de la misma, se procedió al recambio de los vidrios de las aberturas que se encontraban rotos; la recarga de los matafuegos; el lavado de paredes; pintura e instalación de nueva luminaria en el exterior, entre otros.
Cabe aclarar que estos trabajos fueron realizados ante la urgencia de contar con un inmueble con las condiciones de seguridad necesarias. Sin embargo, la remodelación integral de la terminal forma parte del proyecto cuyo financiamiento será aportado por el gobierno nacional y del cual ya se cumplimentaron los pasos administrativos y técnicos para recibir el primer desembolso económico.
Es por ello que también se retiraron los carteles ubicados en la parte externa de manera de dejar las paredes despejadas para cuando se inicien los trabajos definitivos.
Sam Altman, el CEO de OpenAI, alcanzó la fama mundial cuando su empresa lanzó ChatGPT hace tres años. Gracias a ese repentino (e inesperado) éxito, entró en el selecto Olimpo de los tecnohéroes. Lejos de amedrentarse por su repentino status global comenzó a hacer afirmaciones cada vez más hiperbólicas: en septiembre de 2024, por ejemplo, aseguró que «aunque esto ocurrirá de manera gradual, los triunfos asombrosos –la solución del clima, el establecimiento de una colonia espacial y el descubrimiento de toda la física– con el tiempo se convertirán en algo común». En septiembre de 2025 apostó que «tal vez con 10 GW de cómputo la IA puede resolver la cura del cáncer. O con 10GW de cómputo se pueda resolver cómo proveer de educación personalizada a cada estudiante del planeta». Para darse una idea, la ciudad de Filadelfia completa, con poco más de un millón y medio de habitantes, consume cerca de 1GW.
Estas afirmaciones no son producto de un rapto de megalomanía irreflexiva sino que fueron escritas en blogs que todavía están online. En otro momento, evidentemente más sombrío, el mismo Altman aseguró en un evento: “Lo que más me quita el sueño es la idea hipotética de que ya hemos hecho algo realmente malo al lanzar ChatGPT”. En otra entrevista se sinceró: “Nos preocupa mucho que los gobiernos autoritarios desarrollen esto”. Tanto en sus versiones optimistas como apocalípticas, Altman no duda del enorme poder de la IA Generativa: ya nada será igual.
Más recientemente pareció recuperar algo de sensatez y bajarle el tono a la expectativa que alimentó en los últimos años. Mientras pedía más dinero a los inversionistas, Altman reflexionó: “Cuando surgen burbujas, la gente inteligente se entusiasma demasiado con un núcleo de verdad”. Y siguió, retóricamente: «¿Estamos en una fase en que los inversores, en general, están demasiado entusiasmados con la IA? En mi opinión, sí. ¿Es la IA lo más importante que ha sucedido en mucho tiempo? En mi opinión, también sí.»
¿Quién habrá puesto así a los inversores?
Estadísticas
¿Cómo entender estas afirmaciones de apariencia contradictoria de uno de los referentes de la tecnología? Lo que puede parecer desordenado, fuera de escala o contradictorio, en realidad tiene un sentido. Pero para comprender hace falta un pequeño repaso.
Todos nos sorprendimos con ChartGPT allá por noviembre de 2022. Su destreza lingüística nos tomó con la guardia baja y fue muy fácil creer que realmente estábamos hablando con «alguien», con alguna forma de consciencia. No es la primera vez que pasa, incluso con «tecnologías» bastante menos refinadas: la gente ha leído entrañas de animales, borra de café, runas o astros con la confianza de que allí había un mensaje de alguien o algo invisible. Incluso el rudimentario programa Eliza de 1966 engañó a muchos interlocutores pese a que apenas repetía lo que le decían.
Si bien los ingresos por acceso a las versiones premium de algunas IAG crecen, lo hacen mucho más lento que los costos, sobre todo debido a nuevos datacenters cada vez más grandes.
Pero no hay que ser necio: realmente ChatGPT logra otro nivel de interacción. Si bien la Inteligencia Artificial (IA) ya existía, lo que lanzó ChatGPT fue la posibilidad de hacerla decir cosas «nuevas» o, mejor dicho, reciclar cosas viejas de manera estadísticamente probable: eso es lo que hace la IA Generativa, es decir, una IA que no solo encuentra correlaciones en los datos para, por ejemplo, mostrarnos publicidades “relevantes” sino que, además, puede articular otras nuevas.
Aunque hay que aclararlo: la IA no es inteligencia y tampoco es artificial, como explica Evgeny Morozov. No es inteligente porque es estadística: simplificando lo que hacen los grandes modelos de lenguaje (los más desarrollados entre las IAG) podemos decir que prevén la probabilidad de que una palabra siga a otra basada en los millones de ejemplos usados para entrenarla. Por otro lado, tampoco es artificial: los contenidos en los que busca correlaciones son producto de la inteligencia humana. Sin ella, la estadística no puede hacer su mímica verosímil. De hecho, un problema irresoluble a mediano plazo es que si la IAG efectivamente reemplaza a los humanos, en el futuro tendrá que ser entrenada con productos de otras IAG lo que aumentará los ya frecuentes errores, sesgos y alucinaciones.
Como explica Karen Hao en su libro Empire of AI, el hallazgo de OpenAI para superar a sus competidores fue que al multiplicar la cantidad de datos, parámetros y poder de cómputo la verosimilitud de los resultados mejoraba proporcionalmente. Desde entonces las empresas occidentales se lanzaron a incrementar estas variables para llegar a IAGs más potentes y prácticamente dejaron de investigar caminos alternativos. Por ejemplo, ante la necesidad de cantidades monstruosas de contenidos ya no se toman solo fuentes confiables, sino que se releva todo lo que hay en la web sin distinciones ni criterios, desde Reddit a Twitter, pasando por la Revista Barcelona, por lo que la calidad promedio de los insumos de entrenamiento empeora cada vez más si lo que se busca es generar respuestas confiables. Para la IAG lo que hay es probabilidad; conceptos como verdad o mentira no tienen sentido porque no conoce el mundo, sobre todo porque “conocer” implicaría una consciencia de la que carece.
Otro efecto de esta carrera por aumentar las variables es la construcción de datacenters cada vez más grandes, con miles de procesadores apilados que no solo consumen mucha energía al funcionar todos juntos sino que además requieren sistemas de refrigeración que demandan aún más energía y agua. Estos datacenters consumen lo mismo que ciudades de cientos de miles de habitantes y afectan la salud de los vecinos por la contaminación en el aire, el ruido permanente y el agua que escasea en sus cercanías.
Aunque no hay números exactos sobre el consumo de electricidad, de continuar al ritmo actual (si no se acelera más o colapsa esta industria) en 2030 podrían absorber el 21% de la demanda de electricidad global según el MIT. Centrales eléctricas que estaba planificado cerrar se mantendrán en funcionamiento para acompañar la demanda creciente. Esto significa comerse los esfuerzos por revertir el calentamiento global y bastante más.
Frente a estas evidencias de los problemas generados por la tecnología, los tecnogurúes ofrecen más tecnología. Altman, por ejemplo, afirma como al pasar que la IAG estará en condiciones de «arreglar» («fix«) el clima. De paso armó una empresa de energía nuclear. No importa que ya se sepa cómo «arreglar» el calentamiento global sin necesidad de la IA. La sentencia de Fredric Jameson acerca de que «es más fácil imaginar el fin del planeta que el del capitalismo» ha mutado levemente a «es más fácil imaginar que la IAG arreglará el calentamiento global que suponer que se puede detener un negocio en expansión».
Es la economía estúpido
En los últimos años hemos escuchado promesas grandilocuentes: los NFT salvarían a los artistas del hambre, las criptomonedas democratizarían el control sobre el dinero e permitirían a «la gente» sacarse de encima a los bancos, el Metaverso permitiría «vivir» internet como nunca antes, etc. Cada uno de estos proyectos (y otros) permitió canalizar excesos de capital en un proyecto que prometiera grandes dividendos aunque fuera a corto plazo y, quién sabe, hacer saltar la banca a mediano o en el largo. Al fin y al cabo nadie suponía que Google se transformaría en lo que es hoy, como repiten quienes levantan apuestas en un casino tecnológico que también pone en juego al ecosistema terrestre. En cualquier caso, la cuestión es saltar a tiempo y que la fiesta la paguen otros. Es parte de la cositortización del capitalismo ludópata que se expande en espasmos especulativos que terminan en crisis.
Sam Altman juega ese juego a la perfección (como muchos otros) hasta cuando habla de los peligros de la IAG. Si la IAG puede resolver el cáncer y el calentamiento global es porque se trata de una tecnología sumamente poderosa. Lo mismo si deviene un Terminator capaz de barrer a la humanidad. Solo es cuestión de más procesadores (energía), más datos y parámetros. Las empresas ya no necesitarán prácticamente los molestos empleados que piden aumentos ¿Quién querría quedar afuera de algo así?
Altman ya no habla de curar el cáncer sino de lanzar una nueva red social o habilitar contenido erótico en ChatGPT , rubros saturados y nada disruptivos a esta altura.
Sin embargo, quienes no viven de la IAG y estudian el tema son más escépticos. Ellos no creen que la superinteligencia, una difusa conciencia superior y con toda la información, está al final del camino estadístico. Los estudios más serios, como uno del Harvard y el MIT y otro de Apple, indican que pese a la verosimilitud de los resultados que ofrecen las IAG frente a una pregunta, no hay atisbos de razonamiento. Frente a problemas lógicos no se encuentran leyes o reglas deductivas sino probabilidad basada en casos anteriores. Por supuesto que una buena aproximación estadística suele ser suficiente en muchas áreas: si soy abogado, por ejemplo, puedo ahorrar cierto tiempo a la hora de escribir un fallo, aunque debería tener mucho cuidado de revisarlo, algo que no todos hacen y terminan pagando multas por su pereza o exceso de productivismo. Es que la IAG puede ir a los bordes de la probabilidad estadística “inventando” casos que “podrían” haber ocurrido.
Sundar Pichai, el CEO de Alphabet (la corporación que contiene a Google) en una entrevista para The Verge reconoció: «Las alucinaciones siguen siendo un problema sin resolver. En cierto modo, es una característica inherente. Es lo que hace que estos modelos sean tan creativos». Pese a semejante reconocimiento de confiabilidad limitada, las empresas hacen lobby para que se delegue a una IAG tareas altamente sensibles en áreas como transporte, educación, industria bélica o salud.
Burbuja a la vista
¿Por qué tanta insistencia en vender algo que no está a la altura de las promesas? Porque los inversores se están poniendo nerviosos y quieren alguna señal constante y sonante de que recuperan su inversión. Si bien los ingresos por acceso a las versiones premium de algunas IAG crecen, lo hacen mucho más lento que los costos, sobre todo debido a nuevos datacenters cada vez más grandes.
Para achicar la brecha, empresas como Anthropic tuvieron que reducir la cantidad de veces que los usuarios pagos acceden a Claude, su IAG para programación: lo que les cobran, 200 dólares al mes, no cubre los costos y no parece posible cobrarles mucho más. Es decir que incluso sus clientes pagos les hacen perder plata. Y para peor, eso ocurre mientras los programadores aún se preguntan si es más rápido hacer el trabajo solos o encargarlo a los asistentes y luego corregir errores. Como explica un artículo del informático y empresario Ernesto Mislej, quien delega totalmente una tarea en una IAG lo que hace es transferir el trabajo a otra persona, que debe decidir si corregirlo personalmente, pedir que lo rehagan o aceptarlo y pasarle el problema al siguiente.
Pero la fuerza del discurso circulante sobre la IAG es tal que todos sufren presión por usarla: porque se los pide un jefe o porque necesitan ser más productivos si quieren sobrevivir. Docentes, arquitectos, abogados o influencers, por convicción, presión o necesidad prueban, ven que más o menos funciona y delegan tareas porque no tienen tiempo o por simple pereza. La expectativa de las empresas es que, tarde o temprano, la delegación cognitiva nos haga depender de esas herramientas para todo lo que ya no sabemos cómo producir.
Las empresas también sufren la presión y las consultoras les ofrecen algo con el rótulo de IAG que al menos les calme el FOMO y les permita mostrarse como modernos. Los resultados concretos aún no están claros: algunas empresas como McDonalds tuvieron que echarse atrás con el sistema de atención luego de que alucinara pedidos fuera de escala. Ya existen profesionales que se dedican a reparar los errores que produce la IAG. En otros ámbitos se habla de implementaciones puntuales que permiten mejorar la productividad de los empleados. El estudio más amplio sobre el reemplazo de trabajadores habla de una caída del 13% en las contrataciones de jóvenes de entre 22 y 25 años. La cifra es significativa y merece atención, pero nada se acerca a la escala prometida por los anuncios. Tampoco se sabe si es sostenible ese reemplazo.
Otra cuestión no menor es el peligro de compartir información con servicios de IAG online. Como advertía Edward Snowden, en 2024 OpenAI sumó a su junta directiva al general Paul Nakasone, ex director de la NSA, la agencia gubernamental señalada en 2013 por espionaje masivo a la población mundial a través de las empresas tecnológicas. ¿Qué podría salir mal?
Es imposible discutir con argumentos contra una tecnología que funciona en una caja negra y que automatiza las decisiones.
Lo que ocurre entonces es que las promesas desmesuradas mantienen a los inversionistas ansiosos por poner su dinero en una tecnología que promete revolucionarlo todo, las acciones crecen y quién esté atento podrá, cuando sea necesario, pasarle la papa caliente a otro.
Como el hombre que cae de un edificio y dice “Hasta aquí todo va bien”, los medios hablan de miles de millones de dólares invertidos en IAG cotidianamente. Sin embargo, algunos ya ven otra cosa: por ejemplo, un interesante artículo de Bloomberg explicaba en su título que «OpenAI y Nvidia suman 1 billón de dólares en el mercado de la IA con una red de acuerdos circulares». Es decir que Nvidia le presta millones en procesadores a OpenAI y los registra como ingresos; OpenAI acuerda con Oracle la construcción de otro datacenters, Oracle consigue financiamiento de quienes no quieren perderse ese gran negocio y genera más demanda de procesadores a Nvidia que no da abasto y sube los precios aún más, y con ese margen le presta más a OpenAI. Los millones pasan de manos y vuelven al punto de inicio, pero generan titulares, mantienen las expectativas y la demanda de chips que hacen que, por ejemplo, Nvidia valga 10 veces más que hace 3 años: el gran negocio no es poner parripollos o canchas de paddle sino convencer de que son un negocio y cobrar por construirlos. ¿Los ingresos reales que genera la IAG y sostienen esta maquinaria? Esa te la debo.
Hasta tal punto están llegando las cosas que Altman ya no habla de curar el cáncer o hacer nueva física sino de lanzar una nueva red social, habilitar contenido erótico en ChatGPT o lanzar un nuevo navegador, todos rubros saturados y que difícilmente se puedan catalogar de novedosos o disruptivos a esta altura. La tecnología que iba a revolucionar el futuro es utilizada para pichulear de a centavos en mercados ya saturados.
En bicicleta al precipio
Estos tecnomagnates no pueden parar mientras la plata siga llegando. Por eso la pregunta para muchos ya no es si la burbuja de esta forma de desarrollar IAG explotará sino cuándo lo hará y qué quedará detrás. ¿Será como los NFT que se desvanecieron sin dejar huella o como las puntocom que en el 2001 perdieron miles de millones de dólares pero dejaron la infraestructura para los sobrevivientes?
Pero aún si explota la burbuja y algo se construye sobre eso, la experiencia muestra que la tecnología no se aplica en lo más útil para las mayorías sino a lo más rentable. Por ejemplo, a comienzos del milenio se desarrollaron herramientas de IA muy poderosas en las que se invirtieron miles de millones de dólares y se contrataron a los mejores profesionales, pero no se usaron para prevenir enfermedades o ayudar a las personas a realizarse sino para ofrecer publicidad y hacer a la población adicta a pequeños shots de dopamina con graves consecuencias en la salud mental.
Para peor, la mayor parte del crecimiento económico de los EE.UU. proviene de la inversión en IAG. El Banco de Inglaterra espera una “repentina corrección” en el negocio de la IAG. Un informe del Deutsche Bank para clientes indicaba explícitamente que «La burbuja de la IA es lo único que mantiene unida a la economía de los EE.UU.». Sin ella entrarían en recesión. Por eso la amenaza de otras formas de IAG menos costosas y dañinas -como la que planteó DeepSeek, de origen chino- produjeron un susto brutal. El mercado lo enfrentó con negación, manteniendo los precios muy por debajo de los costos y con la lógica del «siga, siga».
Por el momento, la simbiosis entre las corporaciones tecnológicas de los EE.UU. y el gobierno de ese país ha permitido que se eliminen regulaciones para competir con China. Paradójicamente, en su afán de soltarle la rienda al capital tecnológico pueden producir un despilfarro de recursos que los haga retroceder un par de casilleros. De hecho, otro susto lo produjo la Jefa de Finanzas de OpenAI Sarah Friar, en un evento organizado por el Wall Street Journal, cuando aseguró que el gobierno de los EE.UU. debería garantizar las inversiones en última instancia. ¿Están anticipando un bailout a las corporaciones como el de Barack Obama en 2009?
La IAG ofrece muchos más caminos por explorar que el elegido por las corporaciones norteamericanas, que tiene más que ver con el bien común que con la rentabilidad obscena.
Mientras tanto, el Estado ofrece contratos que mantienen vivas las expectativas. Por ejemplo, Palantir, una empresa de Peter Thiel dedicada a procesamiento de datos y contratista bélica, ofrece servicios al Estado norteamericano que permiten detectar inmigrantes ilegales. Gracias a estos contratos, la cotización de Palantir creció enormemente en estos dos años. Esta y otras empresas también prometen agilizar el funcionamiento del Estado que queda encerrado en la caja negra de la IAG y que en poco tiempo ya nadie sabrá cómo funciona.
Como explican los investigadores Hagen Blix y Ingeborg Glimmer en «Why we fear AI«, los errores estadísticos de la IAG -que se traducen, por ejemplo, en falsos positivos de inmigrantes ilegales-, tienen una poderosa función ideológica al producir miedo en toda la población. Es imposible discutir con argumentos contra una tecnología que funciona en una caja negra y que automatiza las decisiones. Como ellos mismos citan: “Donde la IA falla técnicamente, cumple ideológicamente”. En ese sentido no importa si la IAG puede brindar falsos positivos porque si todos los inmigrantes tienen miedo de ser señalados, es mejor.
Entonces, ¿nada quedará de esta tecnología? Como se dijo más arriba la IAG ofrece muchos más caminos por explorar que el elegido por las corporaciones norteamericanas. Existen modelos de IAG más pequeños, entrenados con datos confiables, que no pretenden ser más que lo que son: herramientas estadísticas muy útiles y capaces de encontrar patrones y suponer otros útiles. De esa manera se podría, por ejemplo, entrenar algún sistema para operar los semáforos y otras señales de tránsito de manera de agilizar la circulación por las ciudades o usarla para diseñar proteínas que luego sean analizadas y testeadas por expertos, como ya ocurre. Habrá que evaluar el impacto y el costo en dinero y daño ambiental de estas herramientas con gran potencial.
Pero los escenarios más realistas y sostenibles nada tienen que ver con la «superinteligencia» prometida capaz de curar el cáncer o devenir en un Terminator. Estas IAG realistas y al servicio de la gente requieren un sistema político que priorice la utilidad para la humanidad que paga el costo ambiental por sobre el dinero a corto plazo de unos pocos. Sus resultados necesitarían siempre supervisión humana consciente que nunca olvide que la IAG no tiene criterio. Y que, todo indica, nunca lo tendrá.
La primera reunión de cardenales de la era León XIV, que se realizó el 6 y 7 de enero en Roma, tuvo un sentido político que marca un cambio con su antecesor: en todo su papado, Francisco sólo convocó a los cardenales en tres oportunidades y optó por gobernar asesorado por un grupo reducido de ellos, el conocido C8 primero y C9 después. Con esta convocatoria, cuyo lema fue “la unidad atrae, la división dispersa”, Robert Prevost tomó la iniciativa y envió un mensaje a los sectores antifrancisquistas: todos los grupos serán escuchados. Además, ya convocó para el mes de junio un nuevo encuentro.
Prevost transita su pontificado con una carga pesada: no es fácil ser papa después de Francisco. Tal como le sucedió a Ratzinger luego de la muerte de Juan Pablo II, León XIV tiene que lidiar con la popularidad de su antecesor. Tampoco tiene las cosas fáciles puertas adentro, donde las tensiones con los sectores tradicionalistas y los grupos conservadores crecieron significativamente sobre el final del papado de Jorge Bergoglio. Finalmente, los desafíos en el campo religioso siguen siendo muy grandes: Francisco no logró revertir las tendencias declinantes del catolicismo en términos de afiliación religiosa y sólo el dinamismo que se vive en el continente africano disimula la profundidad de la crisis.
Los días previos a que Prevost se convirtiera en León XIV, el papa número 267 de la Iglesia católica, la muerte de Francisco sacudió al mundo. El Vaticano acreditó a 130 delegaciones y estuvieron presentes alrededor de 70 jefes de Estado. Los medios de comunicación tradicionales, los canales de streaming y las redes sociales mostraron con lujo de detalles cada momento. Si bien no existen cálculos precisos de las visualizaciones en redes sociales, los especialistas estiman varios cientos de millones como piso. Si comparamos estos indicadores con otras muertes de figuras de alcance global, la del papa Francisco se ubica entre los eventos de mayor repercusión. También en China, a pesar de que sólo viven allí unos 10 millones de fieles católicos, la noticia se viralizó velozmente. Incluso The Global Times, el diario del Partido Comunista, se ocupó del tema y recordó la mejora de las relaciones diplomáticas logradas durante el papado de Francisco.
Prevost transita su pontificado con una carga pesada: no es fácil ser papa después de Francisco. Tal como le sucedió a Ratzinger luego de la muerte de Juan Pablo II, Prevost tiene que lidiar con la popularidad de su antecesor.
Desde que asumió, el 8 de mayo de 2025, León XIV enfrenta distintos desafíos, algunos inmediatos y relacionados con las disputas al interior de la Iglesia y otros de largo plazo vinculados al futuro mismo de la religión católica. En estos meses de papado, si bien Prevost se mostró cauto en sus declaraciones, tomó decisiones contundentes en varios niveles que dejan entrever una cierta orientación, algo así como una hipótesis de trabajo.
Los desafíos intraeclesiales
En 2013, la institución papal estaba sumergida en una crisis profunda. En los medios de comunicación, la Iglesia católica era noticia por los casos de abuso que se multiplicaban en diócesis de todo el mundo, las filtraciones de documentos privados y las sospechas de corrupción en el Banco Vaticano. Bergoglio asumió con el desafío de reconstruir la autoridad y, para lograrlo, comprendió que era esencial producir gestos de ruptura desde el primer momento. Eligió llamarse Francisco —es decir no se filió con ningún papa anterior— y buscó apartarse todo lo posible de las tradiciones (modificó su vestimenta por una más austera, cambió su residencia, pidió rezar por él cuando se asomó al balcón). Su primer viaje fue a Lampedusa para denunciar la situación de los inmigrantes.
El éxito de Francisco fue tan notable en términos comunicacionales que doce años después, Prevost apeló a la tradición sin que eso fuera un problema: eligió un nombre como León (hubo catorce papas antes) y retomó muchas de las prácticas ceremoniales que Francisco había dejado de lado. Tras ser electo, su vestimenta reflejó con claridad ese giro: se puso la estola bordada con hilo dorado, la muceta de terciopelo y usó el crucifijo de oro. Fijó su residencia en el Palacio Apostólico y decidió descansar en la residencia de verano, Castel Gandolfo, que Francisco no utilizaba. Todo esto tiene que ver con personalidades diferentes, pero fundamentalmente con contextos distintos.
En términos intraeclesiales el principal desafío que tiene por delante León XIV no es ya limpiar el nombre de la Iglesia, devolverle prestigio e influencia o posicionarla como una voz de peso internacional —algo que logró en gran medida Francisco— sino evitar que las tensiones internas agudizadas sobre el final del papado de su antecesor deriven en rupturas, enfrentamientos incontrolables y, finalmente, cismas.
Puertas afuera de la Iglesia, en el plano de la política internacional, Francisco logró mucho, pero el costo fue una creciente resistencia interna de conservadores y tradicionalistas que, en la previa del cónclave, amenazaron abiertamente con abandonar la Iglesia si no se revisaba el rumbo. El cardenal Gerhard Müller lo planteó sin medias tintas cuando afirmó que los cardenales debían elegir entre “ortodoxia” o “herejía”. También los cardenales Robert Sarah y Raymond Burke, dos de los más conspicuos opositores a Francisco, hicieron declaraciones similares.
León XIV intentó apoyarse en algunas tradiciones para descomprimir tensiones. Una de las medidas más importantes hasta ahora fue volver a autorizar las misas según el canon tridentino (es decir, en latín y con el sacerdote de espaldas a los fieles). Recientemente, el cardenal Burke celebró una misa de estas características en Roma. Francisco lo había prohibido en 2022 y desató la cólera de sus adversarios dentro y fuera de la Iglesia. Si bien Prevost no comulga con esa tradición, su decisión es una prenda de paz hacia el interior de la Iglesia. A juzgar por sus declaraciones en los medios, considera que tal vez Francisco exageró un poco en este punto y, si bien acepta que el llamado rito tridentino se convirtió en un arma de oposición al Concilio Vaticano II, cree que en algunos casos responde a una legítima demanda de orden espiritual que debe atenderse. De hecho, en la reciente reunión de cardenales —lo que se conoce como consistorio extraordinario— este fue uno de los temas que se analizó.
En estos meses, León XIV se mostró menos flexible en aspectos doctrinales. En cierto sentido, se acercó a las sensibilidades conservadoras, aunque siempre con un tono moderado. Es cierto que Francisco no había innovado sustancialmente en términos de doctrina, pero su definición de una Iglesia de puertas abiertas facilitaba posiciones comprensivas, más dúctiles y elásticas. Además, teológicamente, Francisco entendía al catolicismo como una religión de la misericordia. Llegó incluso a definir la misión de la Iglesia con un neologismo: misericordiar. En su perspectiva, la Iglesia no estaba para juzgar, condenar o enumerar pecados, sino para mitigar el dolor, la angustia y ayudar a los seres humanos en su vida terrenal. Si bien Prevost no abandona esta perspectiva —sin ir más lejos, recientemente cincuenta personas trans participaron de una celebración en Roma—, busca moderar el tono y alcanzar algún punto intermedio que apacigüe las aguas.
En paralelo, la exhortación apostólica Dilexi te, escrita a cuatro manos con Francisco, plantea una continuidad clara en términos de doctrina social de la Iglesia. En este aspecto no hay moderación, sino, más bien, profundización de la mirada de su antecesor. Los pobres no son un tema o un asunto para los católicos, sino el corazón del Evangelio mismo, dice Prevost a viva voz, sin adjetivaciones o aclaraciones que amortigüen el sentido de sus palabras. El documento deja en off side las críticas que conservadores y tradicionalistas solían hacer a Francisco por su supuesta ideologización del Evangelio. Entre ellas, las del cardenal Müller, quien definió como comunistas muchas de las consideraciones que, ahora, retoma León XIV. Dilexi te lo dice alto y claro: no es ideología ni comunismo, es Evangelio. Retoma las puntas más filosas del magisterio pontificio: recuerda las causas estructurales de la pobreza y cuestiona la meritocracia. Sin igualdad de oportunidades, explica el documento, la apelación a la meritocracia sirve para ocultar injusticias inaceptables para un católico. Es un documento que podríamos definir como de una clara sensibilidad de izquierda. Por supuesto, el papa rechazaría esta definición —y seguramente con más claridad que Francisco, que solía bromear al respecto— pero en términos ideológicos, guste o no, Dilexi te se ubica filosófica y geopolíticamente en ese cuadrante.
Los pobres no son un tema o un asunto para los católicos, sino el corazón del Evangelio mismo, dice Prevost a viva voz, sin adjetivaciones o aclaraciones que amortigüen el sentido de sus palabras.
En cuanto a las reformas institucionales, es demasiado temprano para evaluar el papado de Prevost. Por ahora, dominó una cierta continuidad. Desde el día de su asunción, León XIV reivindicó la sinodalidad y mantuvo el timón firme en cuestiones muy candentes como el proceso de adecuación de los estatutos del Opus Dei, las reformas económicas o el desmantelamiento del Sodalicio de Vida Cristiana, la organización religiosa peruana acusada de abusos. En este último tema, Prevost fue clave desde su llegada al Dicasterio para los Obispos en 2023. Desde allí difundió las investigaciones sobre los casos de abuso y diversos delitos económicos de la organización. Además exigió, en nombre de Francisco, la renuncia del arzobispo peruano José Antonio Eguren, que Roma aceptó inmediatamente.
¿Su postura con el Sodalicio puede generarle dificultades? Es posible. El Sodalicio se creó a principios de los años setenta con el fin de contrarrestar la teología de la liberación en América Latina. Llegó a tener más de veinte mil integrantes en numerosos países y un patrimonio valorado, para algunos, en alrededor de mil millones de dólares. En 1997 Juan Pablo II le dio reconocimiento oficial y lo protegió. Prevost tiene allí muchos enemigos y muy poderosos que, seguramente, más allá de la reciente disolución, conservan recursos, conexiones y dinero tanto dentro como fuera de la Iglesia. Sin ir más lejos, cuando sonaba como posible papable —y una vez electo—, medios de comunicación afines al Sodalicio lo acusaron sin pruebas de haber ocultado casos de abuso como obispo en la diócesis de Chiclayo.
La difícil relación con el campo religioso
Puertas afuera, los desafíos son tanto o más difíciles. El catolicismo sigue retrocediendo en términos relativos y se debilita en su bastión histórico: América Latina. La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela constituye un nuevo frente de tormenta. León XIV pidió “respetar la soberanía” y recientemente trascendió que la Santa Sede intentó mediar en el conflicto, pero, por el momento, la diplomacia vaticana no quiere hacer olas. Su objetivo es no ahondar el enfrentamiento en un continente vital para la Iglesia y en donde los fieles católicos integran los dos bandos en disputa.
Roma tiene motivos de festejo sólo en África. En las ciencias sociales se debate sobre las razones de este fenómeno. En una clave sociológica, más allá de la disminución vocacional, suele subrayarse que la Iglesia es una maquinaria demasiado rígida, incapaz de producir en tiempo y forma los especialistas religiosos necesarios. Mientras los pastores del mundo evangélico se multiplican vertiginosamente —surgidos de las propias comunidades a evangelizar—, los seminarios de la Iglesia producen cada vez menos clérigos y, en muchos casos, desconectados de las realidades en las que deben incardinarse. Por otro lado, los sectores progresistas de la Iglesia insisten en los pocos avances a la hora de incorporar a las mujeres o aceptar el sacerdocio de los casados. En su inmensa mayoría, los sacerdotes siguen siendo hombres célibes en la Iglesia católica. Desde este ángulo, el problema no sería tanto una supuesta crisis vocacional derivada de las dinámicas culturales, como la incapacidad de la institución para ampliar las fuentes de reclutamiento.
León XIV pidió “respetar la soberanía” en Venezuela y recientemente trascendió que la Santa Sede intentó mediar en el conflicto, pero, por el momento, la diplomacia vaticana no quiere hacer olas.
A estos factores hay que sumarle también razones de naturaleza teológica e ideológica. Al revés de lo que suelen afirmar los tradicionalistas católicos, que acusaban a Francisco —y ahora a León XIV— de diluir el catolicismo en la cultura contemporánea, el catolicismo de Francisco —como el de Prevost— es claramente contracultural y va decididamente a contramano. Con Francisco, volverse católico no se hizo más sencillo —como denuncian estos grupos—, sino más bien todo lo contrario. En primer lugar, porque su papado subrayó la centralidad de la comunidad en la vivencia de la fe cristiana, por sobre las experiencias individuales de encuentro con lo sagrado que, en nuestros días, gozan de más aceptación. Si el objetivo era aumentar el número de fieles, cualquier asesor de marketing formado en sociología de la religión habría recomendado a Roma ir exactamente en la dirección contraria. En segundo lugar, Francisco alentó un catolicismo más bien desencantado. De un lado, porque cultivó una ritualidad austera, alejada del tradicionalismo y poco carismática; del otro, porque propició una concepción mucho más comunitaria que pentecostal de la esperanza.
El futuro, en la óptica de Francisco y ahora Prevost, deriva de la paciente y trabajosa construcción de la comunidad cristiana. Un proceso afirmado sobre el misterio de la fe y la fraternidad social, y no sobre el rol activo y cotidiano del Espíritu Santo. En esta versión del catolicismo, lejos de ser una presencia cotidiana, el milagro es, como en una cosmología atea, un fenómeno excepcional. En todo caso, en la teología de Francisco, el verdadero milagro cristiano es el surgimiento de la comunidad y el ejercicio de la misericordia. El grueso de los estudios disponibles sobre la demanda religiosa en América Latina, Estados Unidos y Europa demuestran que lo que se espera de manera mayoritaria de la religión es el milagro on demand, surgido, además, de una relación individual con lo sagrado. Por si fuera poco, allí donde se viven revivals en la Iglesia católica —como ocurre con algunos grupos de jóvenes en Francia o Estados Unidos—, las versiones del catolicismo que buscan no son la de Francisco, sino las más tradicionales que defienden principios de demarcación claros y excluyentes entre el afuera y el adentro, capaces de construir un sentido de pertenencia y diferenciación social fuerte.
Aunque León XIV parece ser consciente de estos problemas, su propia perspectiva, cercana a Francisco, lo enfrenta a dilemas similares y de difícil resolución. De momento, hizo lo posible sin apartarse del camino trazado por su antecesor. En este sentido, sus guiños a los rituales tradicionales y la restitución del canon tridentino respondieron tanto al intento de contener a los sectores antifrancisquistas como a la intención de dotar al catolicismo de herramientas algo más idóneas para enfrentar la competencia religiosa, atendiendo a la demanda ritual de muchos fieles. No obstante, la reciente resolución del Dicasterio para Doctrina de la Fe aclarando que la Virgen María no debe ser considerada “corredentora” —es decir, partícipe activa en la concesión de milagros y en la salvación del alma—, muestra justamente que no será sencillo para Prevost avanzar por dicha senda. El documento del prefecto para la Doctrina de la Fe, el resistido Víctor “Tucho” Fernández,nombrado por Francisco y de su entera confianza, va totalmente a contramano de la demanda de intervención cotidiana de lo divino, algo que, en el mundo católico, se canaliza en buena medida mediante la intercesión mariana en el marco de una teología oficial mucho más secularizada que la vivencia religiosa de los devotos. Es cierto que los fieles no suelen tener en consideración este tipo de documentos, pero no es una buena noticia desde el punto de vista de la competencia que el catolicismo sufre en América Latina de un lado de parte de pentecostales y del otro, entre los “sin afiliación”, de la paleta de formas de religiosidad new age y espiritualidades a la carta que no cesan de proliferar.
La “hipótesis Prevost”
¿Se vislumbra algo así como una estrategia o un plan en lo que va del papado de León XIV? ¿Existe una hipótesis Prevost? Creo que sí. Por el momento, la prioridad es la unidad, como dejó en claro el reciente consistorio de cardenales en Roma. Una unidad y armonía que, como señaló el cardenal colombiano Luis José Rueda tras la finalización del encuentro, no supone necesariamente “uniformidad”. Un tema siempre clave en la historia de la Iglesia. Prevost comparte con Francisco una misma concepción: la Iglesia es un complejo de opuestos, como la definía Carl Schmitt, o, como quería el filósofo ítalo-alemán Romano Guardini, una dialéctica permanente entre opuestos que no se sintetizan. El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también el corazón de su estrategia política: la herramienta con la que intenta mantener dicha dialéctica en funcionamiento. Francisco ya no podía apagar el motor de la polarización. Prevost parece decidido a encarar esa tarea. Por el momento, las aguas están algo más calmas y León XIV halló una fórmula adecuada para transitar la primera etapa de su papado. Habrá que ver hasta cuándo la apuesta por el equilibrio sirve.
El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también el corazón de su estrategia política.
Por otro lado, no hay que perder de vista los costos políticos de esta posición. La popularidad de Francisco puertas afuera de la Iglesia lo ayudó a mantenerse en el centro del ring y fue fundamental para proveerle los nutrientes necesarios para gobernar ese universo infinito y lleno de turbulencias que es la Iglesia. León XIV no va a contar con ese punto de apoyo, su estilo lo debilita en este aspecto y, quien sabe, tal vez, pueda costarle caro en el futuro cuando deba apelar a su propio capital político para navegar las tormentas que seguramente llegarán. Es un dato del que ya toman nota sus adversarios y enemigos. No son pocos.
Puertas afuera de la Iglesia, Prevost entiende que, en términos de mercado religioso, lo que el catolicismo tiene para ofrecer no es, por el momento, demasiado atractivo: casi contrahegemónico por definición, al menos en el mundo actual. Coincide con Francisco en que el paulatino giro a Asia debe mantenerse, aunque con ciertos matices. La visita de Bergoglio a Mongolia y a Japón y los esfuerzos del secretario de Estado Pietro Parolin para acercarse a China fueron delineando un sendero para el siglo en curso. De hecho, para algunos vaticanistas, el viaje a Mongolia tuvo entre sus incentivos la posibilidad de mantener una comunicación oficial con el gobierno chino mientras el avión con la comitiva papal atravesaba el espacio aéreo de la potencia asiática. Aunque los católicos no dejen de ser una ínfima minoría en las próximas décadas, dada la población del continente, pueden llegar a ser muchos en términos absolutos. Por supuesto, esta estrategia sólo tendrá éxito si se cumplen al menos dos condiciones. En primer lugar, será necesario apaciguar a los críticos dentro de la Iglesia, tal el caso del cardenal emérito de Hong Kong, Joseph Zen, buscando algún tipo de acuerdo. Prevost parece decidido a alcanzarlo. Recientemente le concedió una audiencia en Roma, algo que Francisco se había negado a hacer. En segundo lugar, y más importante, deberán preservarse los principales pies de apoyo de la Santa Sede en términos globales: los económicos (que provienen de Estados Unidos y Europa) y los religiosos (en América Latina y África). En este aspecto, América Latina sigue siendo muy importante. Allí se encuentran más de 400 millones de católicos, lo que representa alrededor de un 40 por ciento del total de los fieles. Por otro lado, si bien la natalidad cayó, sigue siendo, por detrás de África, el lugar más dinámico para la Iglesia. En este plano, y a propósito también de la intervención de EEUU en Venezuela, no me sorprendería que visitara relativamente rápido la región y en especial aquellos países que Francisco dejó en el haber: Argentina y Uruguay, y probablemente México, cuyas tensiones con Estados Unidos también están creciendo. En estos días, las declaraciones del cardenal argentino Vicente Bokalic tras su encuentro con León XIV alimentan las expectativas de su llegada a la región.
No me sorprendería que visitara relativamente rápido la región y en especial aquellos países que Francisco dejó en el haber: Argentina y Uruguay, y probablemente México.
Para enfrentar todos estos desafíos, desde las tensiones políticas al dinamismo evangélico, la Iglesia no tiene demasiadas cartas ganadoras. Una de las pocas con chances de éxito es, justamente, la presencia del papa. Prevost tendrá que usarla, y pronto.
La propuesta ‘Elegí pescado, elegí Río Negro’ del Ministerio de Producción y Agroindustria tuvo una gran recepción por parte de los vecinos reginenses, quienes desde temprano se acercan al predio ferial ubicado frente a la Plaza de los Próceres. En este espacio tienen la posibilidad de adquirir pescados y mariscos de calidad a precios promocionales….
El uso de la capacidad instalada cayó a 61%, un rango que la ubica por debajo de 2020, el año del confinamiento por la pandemia de covid. Por entonces, ese índice había caído al 61,8. Son datos del Indec que difundió en las últimas horas el gobierno de Axel Kicillof.
Es que la caída en la producción industrial tiene un impacto directo en Buenos Aires toda vez que la provincia aporta nada menos que el 48,9% al Producto Bruto Interno (PBI) industrial. Le siguen muy lejos la Ciudad de Buenos Aires (12%), Santa Fe (10,3%) y Córdoba (7,7%).
La capacidad instalada es la producción máxima que una planta puede sostener con la maquinaria y el personal disponibles. Cuando la utilización baja, las máquinas paran. Sin embargo, los costos fijos siguen. Los márgenes se comen con el tiempo. Menos producción hoy, menos inversión mañana y la amenaza del cierre.
Los datos oficiales muestran que el 2019, la capacidad instalada de la industria era del 62,8%, y en 2020, el año de la pandemia, descendió a 61,8%. Después hizo un pico -modesto- en 2022 del 66% pero ahora están en el 61%.
«La crisis industrial no se refleja solo en la pérdida de empleo y la subutilización de la capacidad instalada: de manera estructural, la destrucción de más de 22.400 empresas desde la asunción del Gobierno nacional es un fenómeno grave y transversal a todos los sectores», dijo el ministro de Economía bonaerense, Pablo López, en una serie de posteos.
Uno de los rubro más afectados en la industria textil, que enfrenta una intensa apertura importadora. Allí, la caída desde 2023 es del 23,3%. También sufren el impacto rubros como los minerales no metálicos que registraron una caída del 22,6%. También los productos de metal bajaron 22,4%.
Para el ministro de Kicillof, el cuadro es claro: sin una mejora sostenida de los ingresos y del empleo, la producción industrial no tiene perspectivas de recuperación. La caída del consumo interno, sumada a la presión importadora, reduce el mercado para las empresas locales y profundiza la pérdida de puestos de trabajo, especialmente en las ramas más sensibles.
LPO contó que la industria está pagando el mayor costo del ajuste. Los números no admiten eufemismos. La capacidad instalada atraviesa el peor nivel desde 2002.
Entre noviembre de 2023 y septiembre de 2025, cerraron 19.114 empresas, según las estadísticas oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo. Esa caída se tradujo en una pérdida de algo más de 264.000 puestos de trabajo registrados.
Si se mira con lupa, la destrucción es cotidiana. Esas 19.114 empresas cerradas equivalen a casi 29 empresas por día. Son alrededor de 1,2 cierres por hora. Y la pérdida de empleo formal promedia unas 394 personas por día, es decir, unas 16 personas por hora, que dejaron de tener trabajo en el registro formal.
A partir de este miércoles 3 se podrá visitar en el Galpón de las Artes la muestra ‘Improntas reginenses’ de María Cristina Bay. La apertura de la misma será a las 20 horas. Con su impronta Bay muestra un variado universo de sutiles y exultantes colores, colmados de riqueza visual y expresiva revalorizando y exhibiendo…
En el día mundial del RECICLAJE te compartimos algunas de las notas publicadas en La Tapa de diferentes autores… COMUNIDAD RECICLADA de Alejandro Casalini https://latapa.com.ar/comunidad-reciclada/ CREAR CON UN PUNTO DE INICIO EN LO NATURAL de Sofi Drago https://latapa.com.ar/crear-con-un-punto-de-inicio-en-lo…/ EL RECICLAJE ES UN MODO DE VIBRAR CON LA NATURALEZA DE LA TIERRA de Paula Cesari https://latapa.com.ar/el-reciclaje-es-un-modo-de-vibrar…/…
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