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EL GARAGE: CONOCÉ TU ESTADO

CONOCÉ TU ESTADO

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A partir de las 18:00 hs hasta las 21:00 hs estarán acompañando las diferentes actividades que queremos compartir con vos.

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EL GARAGE – Consejería en salud en VIH, SIDA e ITS.




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    ¿Por qué el norte está «arriba» en los mapas y el sur «abajo»?

     

    Durante siglos, los mapas no colocaron necesariamente el norte arriba. La orientación que hoy parece natural es el resultado de una larga historia de religión, navegación, ciencia y poder.

    Por Redacción de NLI

    Hay objetos que utilizamos todos los días sin preguntarnos quién decidió que fueran exactamente como son. Un mapa es uno de ellos. Abrimos uno en el teléfono, buscamos una dirección, miramos un planisferio en la escuela o contemplamos un globo terráqueo y aceptamos inmediatamente una convención que parece formar parte de la naturaleza misma del mundo: el norte está arriba, el sur abajo, el este a la derecha y el oeste a la izquierda. Sin embargo, la Tierra no tiene un “arriba” ni un “abajo” en el sentido en que los representamos sobre una hoja de papel, y durante buena parte de la historia de la cartografía los seres humanos dibujaron el mundo de maneras muy diferentes. Hubo mapas con el sur arriba, otros orientados hacia el este, representaciones que colocaban a Jerusalén en el centro del mundo conocido y cartografías en las que la orientación respondía más a razones religiosas o culturales que a una supuesta neutralidad geográfica.

    La pregunta, entonces, deja de ser simplemente por qué los cartógrafos eligieron el norte como referencia y se transforma en otra mucho más interesante: ¿cómo consiguió una determinada manera de representar el planeta convertirse en algo que hoy percibimos como obvio? La respuesta no pertenece exclusivamente a la geografía. También intervienen la historia de la navegación, la astronomía, las tradiciones religiosas, la transmisión del conocimiento antiguo, la expansión europea y, finalmente, la enorme capacidad que tuvieron determinados centros culturales para imponer sus propias formas de representar el mundo. Un mapa no es solamente una herramienta para encontrar un lugar: también es una forma de decidir cómo mirar ese lugar.

    La Tierra nunca estuvo realmente “orientada”

    La primera cuestión que hay que desmontar es la idea de que el norte ocupa naturalmente la parte superior de nuestro planeta. En el espacio no existe un arriba universal. La Tierra gira alrededor del Sol y sobre su propio eje, y cualquier orientación que utilicemos sobre una superficie plana es una decisión humana destinada a facilitar la representación y la lectura.

    Cuando dibujamos un planisferio y colocamos el Polo Norte arriba, estamos utilizando una convención que se volvió dominante, pero no estamos reproduciendo una propiedad física del planeta. Podríamos girar el mapa 180 grados y seguiríamos representando exactamente los mismos continentes, océanos y coordenadas; lo único que cambiaría sería nuestra familiaridad con la imagen.

    De hecho, cuando vemos un mapa antiguo con el sur en la parte superior, la reacción inmediata suele ser pensar que está “al revés”. Pero esa reacción dice mucho más sobre nuestra educación cartográfica contemporánea que sobre el mapa histórico. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conserva, por ejemplo, una reproducción del célebre mapa elaborado por Al-Idrisi en 1154 en el que el sur aparece arriba y el norte abajo. Para un observador actual acostumbrado a la convención moderna, la imagen parece invertida, aunque para las personas que utilizaban aquella representación no existía ninguna obligación de considerar incorrecta esa orientación.

    Y allí aparece la primera gran sorpresa: el norte no siempre estuvo arriba.

    Durante mucho tiempo, otros puntos ocuparon el lugar privilegiado

    Las diferentes culturas desarrollaron sus propias maneras de organizar el espacio. En la cartografía islámica medieval, por ejemplo, hubo representaciones en las que el sur aparecía en la parte superior, y en el célebre mapa mundial de Al-Idrisi la disposición estaba relacionada también con una determinada concepción geográfica y cultural del mundo, en la que La Meca adquiría una posición destacada. La Biblioteca del Congreso señala que la orientación con el sur arriba era una práctica habitual dentro de determinadas tradiciones de la cartografía islámica medieval.

    En Europa medieval, por otra parte, tampoco existió desde el comienzo una regla universal según la cual el norte debiera dominar la parte superior de todos los mapas. Muchas representaciones tenían una fuerte carga religiosa y simbólica, y en determinados mapas el este podía ocupar una posición privilegiada. La propia palabra “orientar” contiene una pista histórica: orientarse significa, literalmente, buscar el Oriente, es decir, localizar el lugar por donde sale el Sol.

    Esto resulta fascinante porque revela que la manera de representar el espacio estuvo durante mucho tiempo vinculada con la manera en que una sociedad concebía el mundo. El mapa podía ser simultáneamente instrumento de navegación, representación religiosa, descripción política y construcción simbólica del universo.

    No había una única forma correcta de dibujar la Tierra porque todavía no existía una única manera dominante de concebirla.

    Ptolomeo cambió la historia, pero no inventó el norte moderno

    Uno de los nombres fundamentales en esta historia es Claudio Ptolomeo, el astrónomo, matemático y geógrafo que vivió en Alejandría durante el siglo II. Su obra Geographia reunió una enorme cantidad de conocimientos geográficos del mundo grecorromano y desarrolló métodos para ubicar miles de lugares mediante coordenadas de latitud y longitud. La Biblioteca del Congreso destaca que su trabajo llegó a registrar alrededor de ocho mil lugares y que sus métodos tuvieron una influencia extraordinaria sobre la cartografía posterior.

    La importancia de Ptolomeo no consiste únicamente en la cantidad de lugares que describió, sino en haber contribuido a transformar la representación del mundo en un problema que podía abordarse mediante coordenadas, geometría y procedimientos sistemáticos. Su obra fue perdida para buena parte de Europa durante la Edad Media, pero posteriormente volvió a circular a través del mundo bizantino y llegó a Italia, donde fue traducida al latín a comienzos del siglo XV. La primera edición impresa apareció en Roma en 1477, y las versiones posteriores tuvieron una influencia enorme durante el Renacimiento.

    Ptolomeo no fue simplemente un geógrafo antiguo cuyas ideas quedaron encerradas en los libros. Su obra terminó convirtiéndose en una de las bases intelectuales sobre las cuales los europeos comenzaron a reconstruir y perfeccionar la imagen del mundo durante la expansión de la navegación y la cartografía moderna.

    Y allí comenzó a producirse una transformación decisiva: una determinada tradición cartográfica empezó a adquirir una influencia internacional cada vez mayor.

    Cuando Europa empezó a dibujar el mundo entero

    Entre los siglos XV y XVI, la cartografía europea experimentó una transformación extraordinaria. La navegación oceánica, la expansión comercial, los viajes de exploración y la incorporación de territorios desconocidos para los europeos obligaron a modificar mapas que durante siglos habían representado un mundo mucho más pequeño.

    Los cartógrafos recibían información nueva de navegantes, comerciantes, exploradores y viajeros, mientras las imprentas permitían reproducir y distribuir mapas a una escala que hubiera resultado imposible en épocas anteriores. La obra de Ptolomeo fue reinterpretada y corregida, y comenzaron a aparecer nuevas representaciones del planeta que incorporaban las costas de África, América y otras regiones cuya geografía era todavía desconocida o estaba representada de manera muy imprecisa.

    En ese contexto, los mapas dejaron de ser solamente instrumentos para conocer el mundo y comenzaron a desempeñar otra función decisiva: ayudaron a administrar, conquistar, comerciar y reclamar territorios.

    Representar un territorio significaba también incorporarlo al conocimiento de quien lo dibujaba.

    Nombrarlo significaba darle una identidad dentro de un sistema geográfico.

    Marcar sus fronteras significaba convertir una superficie en un espacio político.

    La cartografía moderna creció junto con la expansión de los Estados europeos, y esa coincidencia histórica no es un detalle menor.

    Un mapa también puede ser una declaración de poder

    Durante siglos hemos aprendido a mirar los mapas como si fueran fotografías objetivas del planeta, pero ningún mapa puede ser completamente neutral. Toda representación implica seleccionar qué se muestra, qué se omite, qué escala se utiliza, qué lugares aparecen destacados y qué sistema de orientación se considera normal.

    Eso no significa que todos los mapas sean propaganda ni que sus datos geográficos sean falsos. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: representar el mundo supone tomar decisiones.

    La cartografía europea terminó imponiendo muchas de esas decisiones a escala global porque Europa pasó a tener una influencia económica, militar, científica y política extraordinaria sobre otras regiones. Los mapas producidos por las potencias europeas comenzaron a circular internacionalmente y sus convenciones se incorporaron progresivamente a la enseñanza, la navegación, la administración territorial y la producción científica.

    La orientación norte arriba terminó formando parte de ese conjunto de convenciones que hoy nos parecen naturales.

    Pero su carácter convencional queda demostrado por la propia historia.

    El famoso mapa que parece estar “al revés”

    Uno de los mejores ejemplos para entenderlo es nuevamente el mapa de Al-Idrisi de 1154. La obra fue realizada por encargo del rey Roger II de Sicilia y requirió años de trabajo, utilizando fuentes árabes, información de viajeros y conocimientos geográficos anteriores. El resultado fue uno de los grandes trabajos cartográficos del período medieval, organizado en numerosas secciones que, reunidas, formaban una representación enorme para los estándares de la época.

    Cuando una persona acostumbrada a los mapas actuales lo contempla, probablemente tenga una reacción inmediata: “está dado vuelta”.

    Pero esa afirmación contiene una trampa.

    El mapa no está dado vuelta.

    Está orientado de otra manera.

    Somos nosotros quienes hemos aprendido que una determinada orientación es la correcta.

    La diferencia parece pequeña, pero tiene una enorme importancia porque demuestra hasta qué punto las convenciones cartográficas pueden convertirse en parte de nuestra percepción del mundo. Después de haber visto miles de mapas con el norte arriba, nuestro cerebro deja de percibir esa orientación como una elección y empieza a interpretarla como una característica objetiva del planeta.

    ¿Y por qué terminó ganando el norte?

    No existe una única respuesta simple que permita señalar un día exacto en que alguien decidió poner el norte arriba y todos los demás aceptaron la decisión. La historia fue mucho más gradual y estuvo vinculada con la evolución de la cartografía europea, la recuperación de la tradición ptolemaica, las necesidades de navegación y la estandarización progresiva de las representaciones geográficas.

    El norte tenía, además, una ventaja práctica evidente para determinadas tradiciones de navegación: la estrella Polar permitía identificar aproximadamente la dirección del Polo Norte celeste, por lo que la orientación hacia el norte podía ser especialmente útil para navegantes del hemisferio norte. A medida que la cartografía matemática y la navegación astronómica se desarrollaron, las coordenadas y los sistemas de referencia adquirieron una importancia cada vez mayor.

    Pero la utilidad técnica no explica por sí sola la hegemonía cultural de esa representación. También fue decisiva la expansión de los mapas europeos como instrumentos de navegación, administración y educación, y la posterior estandarización científica de determinadas convenciones.

    Una vez que una sociedad enseña durante generaciones que el norte está arriba, esa representación comienza a reproducirse a sí misma.

    Los mapas enseñan a mirar mapas.

    El mundo cambia cuando giramos el papel

    Hay una experiencia sencilla que permite comprender la dimensión cultural del asunto: tomar un planisferio moderno y girarlo 180 grados.

    De repente, Europa queda abajo, América del Sur aparece arriba respecto de nuestra costumbre y África cambia completamente de posición visual. Los continentes siguen siendo exactamente los mismos y las coordenadas no se modifican, pero nuestra percepción del mundo cambia de manera inmediata.

    Eso ocurre porque la orientación de un mapa influye sobre la importancia visual que atribuimos a determinadas regiones.

    Durante mucho tiempo, además, los mapas europeos colocaron a Europa en posiciones privilegiadas dentro de representaciones del mundo conocido, mientras que otras regiones aparecían en los extremos, con escalas y niveles de detalle diferentes. En determinados casos, esa representación acompañó directamente la expansión colonial y la construcción de una determinada idea de centro y periferia.

    No es casualidad que la historia de la cartografía moderna esté profundamente relacionada con la historia de los imperios.

    Quien dibuja el mundo también puede decidir, aunque sea indirectamente, desde dónde se mira ese mundo.

    Argentina también aparece distinta cuando cambiamos la perspectiva

    Para nosotros, acostumbrados a los mapas convencionales, Argentina ocupa una posición particular: aparece en el extremo sur de América y, en muchos planisferios, queda visualmente alejada de los principales centros económicos y políticos del hemisferio norte.

    Pero basta con cambiar la proyección o invertir la orientación para que esa percepción se transforme. Argentina sigue estando exactamente en el mismo lugar geográfico, pero deja de aparecer como “abajo” del mundo.

    Esto tiene una consecuencia interesante para una cultura acostumbrada a pensar geográficamente desde mapas heredados de otras tradiciones: la posición visual de un país no es necesariamente su posición conceptual en el planeta.

    El sur no está abajo.

    El norte no está arriba.

    Son simplemente dos direcciones.

    Y esa obviedad, que parece tan sencilla una vez formulada, tardó siglos en instalarse en nuestra conciencia.

    El mapa no es el territorio

    La historia de la orientación cartográfica permite recuperar una idea que el filósofo y escritor Jorge Luis Borges habría comprendido perfectamente: la representación nunca es idéntica a aquello que representa.

    Un mapa puede ser extraordinariamente preciso y, al mismo tiempo, seguir siendo una interpretación. La Tierra es tridimensional; el mapa suele ser plano. La Tierra tiene una superficie curva; el mapa necesita una proyección. La Tierra no tiene arriba ni abajo; el mapa necesita decidir cómo colocarla. La Tierra contiene una cantidad prácticamente infinita de información; el cartógrafo debe seleccionar qué mostrar.

    Por eso, cada mapa cuenta dos historias simultáneamente: una sobre el territorio que representa y otra sobre la sociedad que decidió representarlo de esa manera.

    La próxima vez que miremos un planisferio y veamos el norte arriba, quizás convenga recordar que estamos ante una convención que se volvió tan poderosa que terminó ocultando su propio carácter de convención.

    Durante siglos, distintas civilizaciones miraron el mundo de otra manera. Algunas colocaron el sur arriba, otras el este, otras organizaron el espacio alrededor de centros religiosos o culturales. La cartografía europea terminó imponiendo una forma particular de ordenar el planeta, y esa forma se convirtió progresivamente en la imagen universal que hoy reproducen las aulas, los atlas, los teléfonos y las pantallas.

    El norte no está arriba porque la Tierra lo haya decidido. Está arriba porque nosotros aprendimos a dibujarla así.

    Y quizás esa sea una de las mejores lecciones que puede enseñarnos un mapa: a veces creemos estar mirando el mundo cuando, en realidad, estamos mirando la manera en que alguien decidió que el mundo debía ser visto.

     

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    El capocómico sobre el escenario toma a la vedette anónima, decorada con corpiño y colaless, el conchero de piedras plateadas brillantes. Un vestuario escaso. Rutilante. Ella mira hacia el frente. Él le pide “Dese vuelta”. Ella obedece. Queda de espaldas al público. Nunca sabremos su nombre. Su rostro, vedado para la audiencia. Y él, entonces, en lugar de hablarle a ella, le habla a su cola. “¿Cómo anda? Dice que anda muy bien. Miren y aplaudan este pastelito (se oyen aplausos). Parece el Canal de Suez pero más rellenito”.

    Entre la burla, la exasperante cosificación y el destrato, la escena expresa un humor desconcertante. Es el teatro  El Nacional; la serie no identifica a aquel hombre. Son los años 70. 

    Apreciamos la secuencia medio siglo después, muchas luchas y resignificaciones mediante, con otra sensibilidad de época.  Aunque a algunas personas, de chicas, aquel tipo de imágenes ya nos daban rechazo al verlas en la TV de los 80 y 90. El capocómico, visto en el primer capítulo de la serie Moria, ejerce una dominación chabacana que no escandaliza a nadie, allí, en aquella escena de teatro de revista. La cámara se corre del escenario, mira de frente al público. Vemos muchas, demasiadas parejas heterosexuales en las butacas de aquel show erótico mezclado en este caso con bromas asquerosas. Eso corre por nuestra cuenta, no lo enfatiza la dirección; pero en su mirada no subrayada, siembra un germen, una potencia ante quien quiera repensar o recordar lo que nos era dado. En uno de los planos siguientes, un hombre se toca por encima del pantalón. El director se detiene, apenas, en aquel acto. Agradecemos que el detalle no se escinde y que se muestra; incluso luego de haber asistido al homenaje que hizo el año pasado el Teatro Nacional Cervantes, reivindicatoria del glam, los astutos monólogos humorísticos y la potencia de la crítica política del género. Es de celebrar que por apenas unos segundos, reiteramos, ese goce puramente masculino entre la institución matrimonial presente, se haga explícito. Primer guiño de que este relato no será ingenuo. Ni celebratorio per sé, aunque tampoco, claro, condenatorio.  

    Porque sobre la misma tabla, escaleras amplias con surcos de pequeñas luces, bajan mujeres esbeltas, cargan tacos, corsets, brillos y plumas sobre sus cuerpos hegemónicos. Moria entre ellas. En los primeros planos de la serie que acaba de estrenar Netflix, su director, Javier Van de Couter toma decisiones que marcarán el rumbo con coherencia.

    Máquinas contemporáneas de hacer personas culo

    Ya sabemos que a través de ciertos íconos aflora y se retroalimenta la sinuosa tensión entre lo social y lo personal, los códigos de cada época, modas, sobreentendidos y rebeliones. Moria concentra en sí misma todo lo que impone cada época que ella atraviesa y, al mismo tiempo, lo que es plausible de transgredir. Ahí radica su particularidad radical expuesta en la serie. Tendencia y subversión, sentido común y desvío de prácticas por fuera de lo considerado correcto. Por detrás de las reglas que casi todos aceptan. Todo en una misma persona; la absorción pop del desvío creativo. Un sujeto mainstream y de culto.

    Durante mi adolescencia, sin análisis, sin pensarlo mucho ni en estos términos, Moria nos daba impresión. Nos olía a cómplice acrítica del patriarcado (sin que usáramos esas palabras) por sus participaciones en las películas de Olmedo y Porcel; tiempos de pleno auge de éxito y dinero gracias a la exhibición de su cuerpo (al mismo tiempo, con mis amigas queríamos ser modelos de pasarelas criadas a lechuga, sin cuestionarlas). En estos días pregunté a personas de diversas generaciones y ocupaciones qué imagen habían tenido de Moria. Una amiga me dijo que con compañeras de grado jugaban a desfilar como vedettes frente a un jurado de varones que les otorgaban una calificación, como en los concursos de Miss Universo. Aunque fueran niñas que aún no sabían de dónde venían los bebés. A sus siete años, mi amiga conocía una canción que Moria cantaba en TV en su programa Monumental Moria. En la serie,  Sofía Gala canta un fragmento de aquel personaje “La pantera de Mataderos”  («Yo soy la Rita de Mataderos, la que a los hombres saca el sombrero… ¡Chiribín, chiribín, pam, pam!») vestida super sexy y con un moño enorme en el pelo, allí ella era la capocómica.  

    También, en el recreo, jugaban a V Invasión extraterrestre. “Era la TV ATP de la época. Además, digamos todo, existían cuatro canales”. Fuera de capital las opciones se reducían a dos. 

    Un ahijado gay, que se dedica a la comedia musical y ronda los veintipico me dice que a Moria la conoció porque entre sus 9 y 11 años, en casa de sus abuelos miraban Bailando por un sueño, programa del prime time donde ella era jurado; él desconocía su pasado en el teatro.

    Otras y otros confesaron haberla asociado a la dictadura. El aire de sospecha se diluyó con los años, cuando se volvió ícono de la comunidad LGTB (ella les ha dicho que no son “marginalidad” sino ““Margenialidad”) y luego armó Playa Franca. 

    Cada generación tiene su propia Moria. Y la serie, a su modo, las junta.

    Sin ir a acontecimientos tan conocidos, la serie revela -no es spoiler, aparece al principio- una escena entre “la rubia” Susana Gimenez y la morocha Moria Casán de auténtica sororidad antes, de que la palabra estuviera al uso. Ambas, para cerrar un show, debían bailar con Porcel y Olmedo, respectivamente. Susana había dicho estar harta de que el “el Gordo” se zarpara. Moria lo ve, advierte los gestos desubicados, y hace cambio de parejas: va a bailar con él y desplaza a la rubia para, enseguida, por fuera del guión, terminar bailando junto a ella. Sublime click de rescate; cómplice, gracioso, de cofradía. Potenció, quizá, aquello de que si no se puede cambiar el sistema se lo puede trastocar, o alterar, desde adentro. 

    La Moria vanguardista se vanagloria de que en la firma de su primer contrato incluyó una cláusula que prohibía que “le tocaran el culo”. Moria ya no quería ser solo vedette, sino algo no apto para mujeres: quería ser capocómica. Y lo logró.

    En el capítulo dos la voz over dice que desea verse en pasado, presente y futuro. A eso nos convoca el personaje y la historia social que se cuela en la suya. Los tiempos cambian, a su modo, y con sus matices. Hoy nos indigna ver situaciones como la del capocómico, la vedette y el Canal de Suez, pero esas formas no se han ido. Todavía existen, se bailan y se celebran masivamente. Ante mi prejuicio inicial por aquellos malos recuerdos televisivos, reveo las canciones que muchas bailamos y se oyen en el subte, el la calle, en ciertas discos: sustituyen el sustantivo persona o mujer por “culos”, desde Becky G a Maluma (campeón de los culos homofóbicos, celebratorio de los heteronormativos como metonimia, y como literalidad en sus videos y en sus shows; pagué la entrada para ir a su último recital en Argentina). Por ejemplo, junto Carin León en el tema “Según quién”, cantan: 

    “Ahora tengo un culo inédito
      Que se lleva to’ lo’ méritos
      ‘Tá conmigo porque quiere
      Tú estaba’ por la de crédito”

    Naty Natasha acusa: “probaste con otro culito”.  En “De respuesta” dicen Luar La L y Jon Z, precisamente tener “otro culo de respuesta” cuando ella no le contesta los mensajes. Miles de ejemplos donde el varón está feliz porque tiene más “culos” (o sea mujeres, curiosamente) desde que lo dejaron; o se va del boliche con “un culo”. Nunca la palabra mujer, chica… ni siquiera gata. Canciones que ocupan primeros puestos entre los más escuchados de Spotify, en pleno pico del trap y otros géneros de la música urbana; año 2026. 

    La impunidad es total

    De mínima nadie dudaría de su velocidad mental –“lengua karateca”- impecable a sus 80 años. Una labia comparable, ya se dijo, a la elocuencia creativa de Maradona. Y agrego, en el plano literario un parentesco de locuacidad como la del escritor argentino Rodolfo Fogwill, performer en cada una de sus puestas en escena, despotricador contra los negocios culturales y sus popes. Aunque ella no horada tanto a la industria, su operación es distinta. No le pedimos más -a las deidades se les piden cosas, por eso aclaro esta excepción-. No lo necesitamos por lo ya expuesto: la suya parece ser la estrategia de la dinamita calculada, la conciencia de su bien de cambio para trastocar el propio ecosistema a medida de sus necesidades, sembrando un surco para quienes puedan verlo, para quienes vinieron y vendrán. Incluso, en esta larguísima era gerontofóbica, qué más rebeldía que esta serie, y como ella dice -niega que le preocupe la edad- esta “vigencia”.

    La dirección de la serie tiene otros guiños. Al toque de arrancar oímos “¿Cómo se cuenta una vida?”. Subrepticia, se asume como versión, y se agradece la honestidad ante la versión oficial. ¿Cómo serían otras? A partir de esa puesta en abismo creemos todo, aunque el registro visual a veces se apegue a lo onírico, plasmando en imágenes de luces y fantasía que buscan transmitir sensaciones en un ir y venir acompasado con las acciones realistas. El juego estético es el del compás, el del vaivén de la relación sensual, del coqueteo del cortejo y el sexo. Por momentos la vida, en la serie, es un set explícito. Por ejemplo, vemos a Moria, sólo con un giro de cámara, ir de un salto desde la Facultad de Derecho al teatro; una ráfaga como transición.

    Corriéndose de los vicios habituales de las biopics autorizadas, la serie recurre a dosificados claroscuros de rigor para cumplir con el mandato de la ficción biográfica. Cuando ya estamos por agobiarnos de tanto oír la palabra “yo”, de las sentencias bravuconas y autocelebratorias como “lo único que me va a golpear a mí es el éxito”, vemos que, mostración de la mostra, ya la ha golpeado un novio. Cuando oímos máximas que van desde su oda a la propia inmortalidad –“cuando me muera voy a resucitar al cuarto día”- vemos, en una escena a contraluz que la aísla sobre un fondo difuso, decir que tuvo dos embarazos indeseados y se los tuvo “que sacar”. Escena sobria que, potente, da cuenta del momento de soledad y desamparo de la superheroína.

    El tono no victimizante roza por momentos la omnipotencia; convive con aspectos que, digamos, pueden cortar cualquier tipo de identificación y empatía, clave para las prerrogativas necesarias en el avance y funcionamiento de la narrativa.

    La impunidad es total. Lo que en otros sería pura soberbia (“Soy la One”, la autodenominación poco humilde de deidad “la santa de las tetas”, “una Difunta Correa”) y frivolidad (“detesto el sufrimiento”) en la construcción de sí misma, en ella es una fibra protectora donde todo es festejado, con exención de probables desagrados. Donde en otros sería odiosa petulancia trepadora o de abuso de poder (ensañarse desde lugares de superioridad como lo es la conducción de un Talk show, o la condición de jurado en un concurso) o pura crueldad, cuando destella su veneno en forma de insultos o cuando hace un chiste terrible a su hija Sofía Gala y ella no se ríe, llora. La misma crueldad que convierte, por su énfasis en la pronunciación de la “í”, un insulto común en uno degradante: “Ridícula”. Que nos da mucha gracia (si no nos toca).

    Jugar a la casita, dirigir a las muñecas

    La serie construye un mundo alterno con su código metatextual: es consciente de quien lo cuenta y juega con esa posición. El mundo Moria Casán también, y esto, desde ya, implica un lenguaje corporal, un léxico, y además, en este caso una mirada canchera y superada sobre aquel territorio. Y esa actitud de siempre para adelante, de nunca menos. Moria crea y recrea un campo semántico repleto de frases mantras, imágenes memes, imperativos salvadores, pequeñas venganzas dañinas en potencia, consuelos justos al expresar emociones de un clima de época -de nuevo la época- donde la matriz cultural cotidiana es la de la autoayuda. Los imperativos clasificatorios que nos diagnostican vía Instagram y Tik Tok nuestro grado de empoderamiento, sumisión, “toxicidad”, etcétera. En ese contexto, los memes de Moria son efluvios positivos. Nos dan el consuelo del ingenio; nos regalan la frase para la réplica perfecta en una atmósfera cultural que pide, aun por fuera del haterismo y los trolls, cierta malicia, mucha ironía y vitalidad.

    Sus definiciones como “el decorado se calla” son latigazo consolatorio y arma retórica letal. Una herramienta a mano para defendernos o proponer interpretaciones en nuestro cotidiano híbrido y convivencial entre la calles, las redes y el Whatsapp.

    Yo no me borro, yo me reseteo.  Para atrás ni para tomar impulso, siempre para adelante. Soy una constructora de mi propia realidad, el resto es utilería. No tengo edad, tengo vida. Yo no soy una diva, soy una oruga que se transforma todo el tiempo.

    Decenas más: fórmulas irónicas para sobrevivir algún mal trago y contraatacar o reír. Moria es una pieza de autoayuda disponible, nunca ingenua, y eso funciona como réplica a la apuesta estética de la serie. Su halo de autoridad se confunde, gracias al carisma y al humor, en horizontalidad, como expone el capítulo donde, en Paraguay, la privan de su libertad y las reclusas la celebran. Reina y proletaria a la vez. No nos colgamos ni de su culo ni de sus tetas, sino, con nuestra reescritura cotidiana, a las útiles puñaladas de su ingenio. Gana la hipérbole, porque la retórica de Moria nunca se queda a mitad de camino.

    La estética de la serie responde a la magnificencia con recursos similares pero con dosificación: no esperemos una emulación del cine de Paolo Sorrentino. Pero tampoco un tono realista, ni imágenes de archivo full documental. Moria, redundamos, excede las dimensiones habituales. “Mostra”. “Monumental”, “Obelisco con tetas”.  Por eso en la serie reverbera armónico y coherente el recurso de «desacople de escala», aquello que pasa cuando el espacio cambia y de pronto se muestra una escenografía, e interviene un personaje en su tamaño “real”. O no, porque no sabemos, ¿cuál es el tamaño real de la narradora creadora de su propio relato?

    El artificio de  la historia oficial se confiesa con gracia y creatividad; se ríe de sí mismo. Además del registro por momentos fantasioso más que fantástico, y surreal  -ella nadando entre sábanas de seda, y otros que remiten al líquido amniótico, por ejemplo. Con el recurso de la Moria directora de un show de sus propias marionetas -así podemos juzgarlo-, el escenario y sus personajes son obra tensa y chispeante entre protagonista y realizador. El territorio de la ciudad a lo largo de los capítulos aparece, de manera esporádica, como maqueta y funciona como leit motiv. Maquetas como esas que con dedicación construyen las estudiantes de arquitectura o en la escuela los alumnos torpes de primaria, con cartón para emular los mitos fundantes: la casa de Tucumán, el Cabildo. Y también como las nenas cuando jugamos a las muñecas y a la casita. Y allí, en aquel decorado, aparece la propia Moria: y mira enorme, desde arriba. Como supervisando. Nos sentimos controlados, ¿o avalados para creer su propia ficción?.

    A veces la maqueta es su propia casa y la vemos observar a sus diminutas Morias del pasado a través de la ventana, al mismo nivel: Sofía Gala, Griselda Siciliani o Cecilia Roth actuando las etapas de su vida. Se mete, enorme, en su propia intimidad representada.

    Y cuando Moria observa a sus diminutas Morias vuelve la pregunta, la duda y la aseveración. Ella mueve los hilos de su propia historia. Y quizá, como hizo con su hábitat del espectáculo desde el comienzo de su carrera, subvierte y juega con las reglas dadas, y con las propias. En su grandilocuencia existencial, en su andar estridente, la serie propone un camino de fantasía, fantástico, un juego ético y estético, entre luchar y ceder, encajar y reinventar.

    La entrada Una fantasía ética y estética se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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