El clan

El clan

 

El aroma a comida árabe que invade el departamento viene de los platos que Fátima acomoda sobre la mesa del comedor: kibbeh, tabule, hummus y falafel, las comidas que su primo segundo, Carlos Saúl, le encargó específicamente para la cena. Son las mismas que preparaba en Yabrud, el pueblo sirio a 80 kilómetros de Damasco en el que el clan hundió sus raíces antes de llegar a Anillaco. Pero en esta noche de 2006 no están ni en Medio Oriente ni en La Rioja, sino en el barrio porteño de Belgrano.

Lule, su hijo, está abajo, en el palier. Espera a su tío. Aguarda ansioso en la puerta del edificio, por si surge algún imprevisto: no son buenos tiempos para el Turco. Los noventa ya pasaron de moda y pocos se atreven a reivindicar la época; sucede, más bien, todo lo contrario. El expresidente llega puntual y baja del auto apurado. La calle está casi vacía. “Casi” porque un hombre, sin previo aviso, se abalanza sobre él.

—¡Turco, sos lo más grande que hay! ¡Rocío, vení, vení, decile en la cara lo que pensás! Ella no te quiere —vocifera el muchacho, señalando a una mujer que lo acompaña.

El riojano, que oscila entre volver a postularse a la presidencia y disputar la gobernación, camina unos metros y suelta:

—¿Por qué no me querés, Rocío?

Ella lo mira fijo y se larga a llorar.

Eduardo “Lule” Menem quedó fascinado con aquella escena. Su tío le dio lo que para él fue una lección de política: pese a haber estado al frente de la Nación durante dos mandatos y de haber terminado asociado al desempleo, la corrupción y la frivolidad, seguía hablando con las personas del común, peleando cada voto como cuando empezó con su poncho y sus patillas, como aquel líder riojano que buscaba emular a Facundo Quiroga. Su paso por el poder había cambiado su aspecto físico drásticamente, pero seguía siendo el animal político que no necesitaba ser coacheado.

El joven Menem fue mucho más que un simple observador. Durante años, examinó y escuchó de manera minuciosa a Carlos Saúl, en la intimidad y como figura pública. Su destino estaba fijado: se convirtió en su asesor cuando el ex mandatario fue electo senador nacional mientras los reflectores apuntaban a otro lado. De él adquirió la habilidad para negociar y para sentarse a conversar con el adversario. Aprendió a moverse en los laberintos del mundillo parlamentario haciéndole caso a su intuición, a la espera de encontrar el momento indicado para dar el gran salto. Diecisiete años después de aquella comilona familiar, Lule volvió a poner el apellido Menem en el centro de la política argentina.

***

Los Menem siempre estuvieron. Dispersos y con perfil bajo. Cuando eran una mancha venenosa. Cuando no los mencionaba nadie para dejarlos en el olvido o por temor a la mala suerte. Cuando murió Carlos Saúl en 2021 y dejó huérfanos a sus herederos políticos. No se fueron nunca. Sólo era cuestión de que apareciera el iluminado que los hiciera emerger. Lule era el más convencido de que ese día llegaría. Y llegó de la mano de Javier Milei, que cuando era apenas un panelista televisivo aseguraba contra viento y marea que “Carlos Menem fue el mejor presidente de la historia”.  Una frase que, hasta entonces, nadie osaba pronunciar.

El contacto con los hermanos Milei —Javier y Karina— fue más fácil de lo esperado. El mismo año de la muerte de su tío, Lule ya se había ganado su confianza por completo. Aprovechó la devoción que el libertario tenía por el menemismo y apostó a ciegas a quienes le abrirían las puertas del Congreso y la Casa Rosada. El 7 de diciembre de 2023, cuando Martín Menem, su primo segundo, asumió la presidencia de la Cámara de Diputados, Lule celebró el discurso desde el palco principal. Recién a sus 59 años sintió que el apellido era reivindicado luego de tanto ostracismo. Karina aplaudía a su lado.

En los tres primeros meses del gobierno de La Libertad Avanza, Lule participó de cada reunión que se realizó en el despacho de la presidencia de la Cámara baja, en el primer piso del palacio legislativo. En cada intervención hizo uso de su estilo campechano y pausado, incluso para defender los insultos y las agresiones del mandatario contra los gobernadores y legisladores opositores. Se volvió la sombra de Martín y el nexo entre el Parlamento y los Milei durante el debate del proyecto de la Ley Ómnibus

—No hay Martín sin Lule, ni Lule sin Martín. Llegaron juntos y se irán juntos—dice un legislador que conoce de cerca a la familia. 

Los primos, que se criaron juntos, volvieron a compartir el día a día. Las cenas en aquel despacho del primer piso se hicieron cada vez más asiduas. Con una ensalada o un sándwich sobre la mesa, siempre encontraron un hueco para hablar de la familia. Las charlas se extendían hasta la medianoche. El 14 de febrero, aniversario de la muerte de Carlos Sául, estuvieron hasta tarde recordando a su tío. Ambos defienden con fervor su gobierno y se ilusionan con que Milei pueda aplicar las mismas políticas neoliberales de aquellos tiempos: las privatizaciones, el achique del Estado y la liberación del comercio.

El Menem que levantan en andas es el que pactó con la UCeDé de Álvaro Alsogaray, el que quiso mantener relaciones carnales con Estados Unidos y el que aplicó la convertibilidad; no el que en los ochenta prometió “revolución productiva” y “salariazo” después de ganarle la interna a Antonio Cafiero. Y menos aún el que coqueteó con monseñor Enrique Angelleli, con Montoneros y con toda la tendencia revolucionaria del peronismo hacia fines de los sesenta y comienzos de los setenta y terminó preso en el buque 33 Orientales —junto a Jorge Taiana (padre), Raúl Lastiri y Jorge Triaca— durante la última dictadura cívico militar.

Lule se convirtió en el sostén de su primo, que es 11 años menor, desde que fue nombrado presidente de la Cámara de Diputados. Si algo le sobra es experiencia en ese terreno. Antes de ser asesor de Carlos Saúl fue el secretario privado de su otro tío —el padre de Martín—, Eduardo Menem, con quien no sólo comparte el nombre. Se encargó de cuidarle las espaldas al hombre que estaba segundo en la línea de sucesión presidencial durante los años que ocupó una banca (1983-2005) y fue presidente provisional del Senado (1989-1999). En esa época estableció vínculos con intendentes y gobernadores y legisladores de todos los partidos, entre ellos Miguel Ángel Pichetto, un viejo amigo del “Turco”, que hoy hace esfuerzos por educar desde afuera a los libertarios en los artilugios de la política.

En los últimos meses, Lule aún figuraba en la nómina de los trabajadores del Senado, junto a su prima Carola Menem. Ambos como asesores del senador riojano de La Libertad Avanza, Juan Carlos Pagotto, también presidente de la Comisión Bicameral de Trámite Legislativo, en la que el oficialismo aún cree que debe discutirse el DNU 70/23 —que reforma 200 leyes y deroga otras 80—, antes de que lo hagan los Diputados, para declarar si es válido o no.

El Congreso siempre le quedó chico. En su rol de armador y con el respaldo absoluto de los Milei, el 2 de enero participó de la primera reunión de Gabinete de 2024. Sin un cargo oficial, se sentó al lado de los ministros como uno más. No pasó mucho hasta que consiguió ser parte de la mesa chica del Presidente. Se convirtió en los ojos de Karina en la Cámara de Diputados y, por lo bajo, en su principal consejero hasta que fue nombrado Subsecretario de Gestión Institucional de la Secretaría General de la Nación que ella misma encabeza. Ocupa, por primera vez, un lugar en la función pública nacional sin otro Menem al lado.

—Lule es Karina —asegura un diputado de extracción peronista—. Pero ojo, él valía porque estaba con Eduardo. Lule era Eduardo —remata.

La alianza con la dupla libertaria se terminó de sellar el pasado 8M, Día Internacional de la Mujer. El Salón de las Mujeres del Bicentenario, ubicado en el primer piso de la Casa Rosada, fue cerrado para pasar a ser el Salón de los Próceres (por supuesto, todos hombres). Entre los 22 cuadros repartidos en las paredes de la sala, que supo ser la preferida de Cristina Kirchner cuando era presidenta, está el de Carlos Menem. El único peronista y el único presidente representado desde el regreso de la democracia. De yapa lo incluyeron a Facundo Quiroga.

“Nosotros venimos a honrar a los próceres de nuestra historia. A los que hicieron de la Argentina un país grande. Muchos de los cuales fueron ocultados y ninguneados por los últimos gobiernos”, dice Karina Milei en un video que difundieron desde la Casa de Gobierno. Un regalo para Lule y toda la familia Menem, que durante los últimos 30 años buscaron pasar lo más inadvertidos posible después de la sobreexposición de Carlos Saúl.

Milei redobla la apuesta. Por pedido de Zulemita Menem, la figura de Menem tallada en mármol de Carrara que está en el Museo de la Casa Rosada llegará en julio al Hall de Honor, lugar por el que pasan a diario el presidente y los miembros del Gabinete. Ni siquiera Macri, que lo reivindicó con entusiasmo durante su presidencia, se animó a poner su busto junto al resto de las imágenes de los jefes de Estado. Una vez más, será el libertario el que desempolve su nombre.

Lule nació el 29 de noviembre de 1964. Es hijo de Fátima Menem y Mohamed Menem, que no son familiares entre sí. Se casaron en Siria, donde hay tantos Menem como Pérez o González en la Argentina. Con su madre tiene diálogo permanente, incluso todavía se atreve a pedirle saborear algunos de los platos que le cocinaba al ex presidente.

Los Menem terminaron todos amuchados en La Rioja. Y de allí no se fueron nunca; quizá su clima semiárido les recordaba a la tierra de sus ancestros. Con los años, el clan se dividió en dos. De un lado de la descendencia quedó la familia de Carlos Saúl, peronista y ostentosa; del otro, la de Eduardo, conservadora y muy alejada de la figura de Juan Domingo Perón y su doctrina. Lule siempre se sintió más cómodo con esta última.

El menemismo gobernó la provincia los últimos 50 años, directa o indirectamente. Incluso ahora, bajo el gobierno de Ricardo Quintela. El presidente del Tribunal de Cuentas es Jorge Menem. El ministro de Desarrollo Social es Alfredo Menem. El titular de la Agencia de Espacios Públicos y Eventos es Yamil Menem. Hace algunas semanas, Milei nombró a Amado Menem al frente del PAMI en La Rioja.

Por pedido de Eduardo, a comienzos del año 2000 Lule se convirtió en el Secretario Legal y Técnico del entonces gobernador Ángel Maza. Su sueño nunca fue ser un gran dirigente. Lo suyo es construir para otros. Cuanto más desapercibido pase mejor.

Su misión ahora no es tan distinta a la que llevó adelante desde comienzos de los ochenta: armar una estructura partidaria para las elecciones del año próximo. Ya no para sus tíos, sino para Milei. Pero también para Martín, que en 2027 intentará disputar la gobernación de La Rioja.

—Lule siempre fue el armador y el hombre de diálogo del menemismo —dice un dirigente riojano que está en la vereda de enfrente.

***

Cuando Martín entró por primera vez a la cocina de la Quinta de Olivos vio una imagen que había naturalizado desde chico. Como en los tiempos en que era gobernador, su tío —ahora Presidente— estaba sentado comiendo y charlando con el personal de la residencia. El escenario era otro, pero Carlos Saúl seguía disfrutando de esos momentos después de una seguidilla de reuniones con personalidades del ámbito de la política y del jet set. Era su recreo. El modo de volver a un pasado que le quedaba demasiado lejos.

Martín era tímido. La política no le interesaba, no era lo suyo. Ni su padre ni su tío habían logrado interpelarlo. Estaba focalizado en estudiar y trabajar. Quería construir su propio camino. Pero no le pasaba inadvertido el respeto que inspiraba su tío entre sus funcionarios y la facilidad que tenía para comunicarse con el ciudadano de a pie. Aun cuando el apellido capicúa empezó a opacarse.

—Ser Menem nunca me pesó, ni en las buenas ni en las malas. Me crié con eso. En algunos momentos era más popular, en otros menos; eso forma parte de mi vida —dice el presidente de la Cámara de Diputados desde el despacho que hace tres meses ocupaba Cecilia Moreau—. Llevo mi apellido con mucho orgullo porque sé la clase de persona que era el doctor Menem y la clase de persona que es mi viejo: gente de trabajo.

Nunca sintió resquemor alguno; ni siquiera cuando las causas de corrupción contra el ex mandatario se empezaron a acumular. Tampoco ante las acusaciones por la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia, la voladura de Río Tercero y el encubrimiento al atentado a la AMIA.

—Menem tomó la decisión de achicar el Estado y eso implica ir contra todo un sistema. Cuando empezás a tocar intereses, te la quieren cobrar. La mayor lucha contra la corrupción que puede dar cualquier presidente es achicar el Estado —dice Martín mientras argumenta que esa es la causa de todas los casos de corrupción—. Menos Estado, menos corrupción. A Menem le hicieron una campaña de desprestigio muy fuerte —suelta.

Se recibió de abogado en la Universidad de Belgrano y se dedicó al mundo de los negocios. Prefirió mirar de reojo a la vida política de los otros Menem. También, la de su hermano Adrián, ex diputado, con quien trabajó durante un tiempo en su estudio de abogados. A fines de los noventa —cuando su tío estaba llegando al final de su segundo mandato— dio el gran salto y fundó Gentech, una compañía de suplementos dietarios. Las barritas proteicas se volvieron furor entre los jugadores de fútbol de la Selección Argentina; las mismas que hoy están en su despacho del Parlamento y le convida a cada legislador —opositor o afín— que pasa por allí. Los días que hay sesión son más codiciadas aún.

En su búsqueda se rodeó de otros empresarios y se acercó a economistas que lo orientaran sobre el rumbo que debía tomar ante los vaivenes de la política. En 2017 escuchó a Milei por televisión. Le llamó la atención su forma de hablar. Tenía el mismo tono irascible que tiene ahora. Le gustó lo que decía. No pasó mucho hasta que se conocieron por intermedio de un amigo en común. Dos años después, el economista se animó a pedirle que le presentara a Carlos Saúl.

El encuentro se materializó un viernes de agosto de 2019. Martín y Javier fueron juntos a la casa del ex presidente en Buenos Aires. La charla duró más de tres horas: hablaron de política en general, se tomaron un rato para analizar las reformas que Menem aplicó en los noventa y el libertario le confesó su admiración. También hubo lugar para las anécdotas personales.

—Vos tenés que ser presidente, vos tenés talento —le dijo el Turco.

—No, no.

—Sí, vas a ser presidente.

—La política no es lo mío.

—Sí, tenés que meterte en política.

A pesar de los paralelismos que muchos trazaron apenas Milei irrumpió en la escena política, para Martín su tío tenía un estilo muy diferente. Eso sí, está seguro de que comparten la misma “audacia y convicción” para llevar adelante sus ideas: las de “la libertad”.

Hasta 2021, el hijo de Eduardo y el hermano de Karina compartieron su desdén por la política. Ese año, los dos decidieron presentarse como candidatos por La Libertad Avanza. Martín fue elegido legislador provincial en La Rioja. Milei diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires. La alianza entre la dinastía Menem y el outsider estaba firmada. ¿Qué había cambiado?

—Me cansé de ver cómo los gobiernos han cometido barbaridades desde el punto de vista económico y le han jodido la vida a la gente que trabaja —explica Martín—. El rechazo al sistema hizo que me involucre para tratar de que la vida en la Argentina sea más normal.

Con Lule detrás, en 2023 se postuló para disputar la gobernación a pesar de que vive en suelo porteño desde hace más de treinta años. Luego de la derrota (quedó tercero), se presentó como candidato a diputado nacional. Desde allí fue uno de los principales defensores de Milei y vocero de las fuerzas del cielo. La definición de liberalismo de Alberto Benegas Lynch (hijo) que el Presidente hizo suya se convirtió en su propio mantra: el liberalismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo bajo el principio de no agresión y defendiendo el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada. 

Su llegada a la presidencia de la Cámara de Diputados se decidió en una charla entre Milei, Karina y Lule. Ese lugar era de La Libertad Avanza. Pero sobre todo tenía que ser ocupado por alguien de extrema confianza. Los hermanos de Villa Devoto se inclinaron por el único de los candidatos —el macrista Cristian Ritondo y el ex kirchnerista Florencio Randazzo se autopostularon— que no los iba a traicionar.

Su padre Eduardo se transformó en su gran consejero. Cada vez que lo necesita, levanta el teléfono y le consulta. Lule hace el resto: marca el camino, desactiva las críticas y frena los embates que vienen de adentro. El bloque está balcanizado y su jefe, Oscar Zago, no le responde. No es el único. “Le queda grande el cargo”, dice un diputado de la bancada de La Libertad Avanza. Otro va un poco más allá: “Es un empleado del Ejecutivo nacional en el Congreso. Sólo está ahí porque es un Menem”. Karina lo sostiene.

Martín llegó a la Cámara sin conocer siquiera uno de los 229 artículos del reglamento. Son muchos los que lo responsabilizan, incluso en la Casa Rosada, por el fracaso del debate de la Ley Ómnibus. En los más de 100 días que lleva en su puesto, no logró regalarle ningún triunfo a Milei, que está obstinado en darle la espalda al Congreso. Los buenos modales y la escucha atenta, que contrastan con el temperamento del mandatario, no fueron suficientes para sumar votos de opositores. Ellos saben que el poder de decisión está en otro lado.

Para sobrevivir en un terreno que le es ajeno, Martín se rodeó de la familia. Su padre lo sigue firme pero a lo lejos. Lule lo visita casi todas las mañanas, ahora en su nuevo rol de Subsecretario de Estado. Su principal secretaria es una de sus primas, Amalia Menem. El muchacho que lo acompaña a todas partes, día y noche, es su sobrino segundo: Sharif Menem

—Para los árabes la familia es muy importante. Mi viejo es muy familiero. Carlos era muy familiero. Por sobre todas las cosas, más allá de su capacidad política, su talento, su vanguardismo y su perspicacia para ver hacia dónde iba el mundo, él era un buen tipo. Es lo que lo ha distinguido y es lo que llevo en el corazón. Era un gran observador de todo lo que giraba a su alrededor —dice Martín.

En la espalda tiene escrito el nombre de sus tres hijos. En el brazo izquierdo, y en japonés, tiene tatuada una frase: todo va a salir bien.

***

Cuando la pandemia era el tema del momento —en los medios de comunicación y en las calles—, los antivacunas empezaron a hacerse notar y Milei subía el rating con su discurso anti casta. Federico Sharif Menem cursaba su último año en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE), en Buenos Aires.

—Siempre fue un buen estudiante y tenía pasta de líder —cuenta uno de sus maestros, hoy en las antípodas ideológicas del gobierno de los libertarios.

En su paso por allí, no dejó nunca de hacerle saber a los demás de dónde venía. Le gustaba hablar de política y defender con vehemencia el gobierno de Menem cuando alguno lo criticaba. Llevó el debate a dos o tres reuniones del Centro de Estudiantes, pero sus ideas chocaban de frente con la mayoría de sus compañeros. 

A Sharif —como le dicen todos— le incomoda que lo cataloguen como neoliberal por el solo hecho de comulgar con las políticas de la década del noventa y las de La Libertad Avanza. Él prefiere definirse como peronista en lo social y liberal en lo económico. 

Cuando nació, el menemismo era una mala palabra. Carlos Saúl intentó aprovechar el fracaso del gobierno de La Alianza y el estallido de 2001 para obtener su tercer mandato presidencial, pero no fue posible. Él también estaba incluido en la consigna que se vayan todos. Aun así, en 2003 llegó al balotaje, del que se bajó ante las encuestas que le auguraban una derrota aplastante.

A diferencia de sus veinte primos, que nunca se sintieron atraídos por la política, a Sharif siempre lo encandiló la figura de Carlos Saúl, a quien llegó a conocer y con quien compartió algunos momentos en reuniones familiares. Era el Menem del ocaso, pero conservaba la lucidez y picardía para contar alguna hazaña a las nuevas generaciones.

Sharif es hijo de Gabriel Menem, hermano de Lule. A través de su tío se acercó al partido que fundó Milei en 2021 y se metió de lleno en la campaña de 2023. Pronto, se convirtió en una de las personas de mayor confianza de Martín Menem: en sus “ojos” y en su “sombra”.

Cuando Milei anunció que Martín quedaba al frente de la Cámara baja, el más joven de los Menem festejó como si se tratara de un triunfo propio. “A manejar sin espejos retrovisores, generando consensos para poner de pie la Argentina”, publicó en su cuenta de X (ex Twitter) junto a una foto de Martín, de espaldas, mirando un cuadro de Carlos Saúl en la casa de una vecina de la zona sur de La Rioja.

Con tan sólo 23 años, Sharif fue designado como Director General de la Secretaría Privada de la Presidencia de la Cámara de Diputados, lo que generó fuertes críticas por parte de la oposición y los medios. En realidad, los cuestionamientos estaban dirigidos a Martín, por haber nombrado a un familiar en ese cargo.

El joven, de sonrisa amplia y mirada desconfiada, entra y sale sin cesar del despacho de su tío segundo. Siempre está a su lado, no importa la hora. Lo acompaña a cada reunión, conoce su agenda al dedillo, interpreta sus humores como nadie. Es su guardián. 

También observa, aprende y escucha, como Martín y Lule lo hacían con el ex presidente. Pero para los admiradores del menemismo, Menem hay uno solo y es Carlos Saúl.

La entrada El clan se publicó primero en Revista Anfibia.

 

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    LPO fue el primer medio en informar las sospechas sobre esa droguería en agosto del año pasado, cuando este medio reveló una denuncia propiciada por Pettovello contra la Suizo y Martín Menem.

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    Spagnuolo con Martín Menem y los Milei.

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    Siempre recubierto en la ropa celeste y blanca, en 2008 le metió el golazo a Nigeria en Beijing que valió el oro olímpico; en 2014 insistió en lo de dibujar golazos y trazó uno frente a Suiza para depositar a Argentina en los cuartos de final del Mundial de Brasil; en 2018 persistió en la costumbre y rompió el arco de Francia en los octavos de final frustrantes del Mundial de Rusia; en 2022 se posgraduó en la especialidad al convertirle a Italia en la Finalissima de Wembley. Podría suscribirse que había patentado el hábito en el Mundial Sub 20 y campeón de Canadá en 2007, con su definición poética en la semifinal ante Chile. Y, golazo entre los golazos, con el pincel de muchas de sus intervenciones artísticas, acarició, de zurda y a la red, la pelota con la que mucha argentinidad redescubrió en 2021 qué es ser campeón de América y nada menos que contra Brasil y en el Maracaná.

    Cierto es que le tocó cabalgar su carrera en una edad en la que no se perdona no salir primero y en la que se sospechan flojedades absurdas ante más de un percance físico. Di María acumuló dos subcampeonatos continentales y uno mundial con Argentina y, encima, sufrió lesiones que le impidieron participar de la final del Mundial 2014 y de otras instancias claves. En más de una ocasión pareció condenado a los estigmas. Pero los desafió. No sólo a los estigmas: también a los estigmatizadores. 

    Con el pincel de sus intervenciones artísticas, acarició la pelota con la que mucha argentinidad redescubrió en 2021 qué es ser campeón de América. Nada menos que contra Brasil y en el Maracaná.

    En su casa, sitúan el comienzo del rasgo en un hito familiar. Porque Di María es hincha de Central por parte de madre, pero a su papá -Miguel, ambidiestro, futbolista hábil- se le acelera el corazón por Newell’s y por eso un día cargó a su niño y a una de sus dos niñas hacia el fútbol rojinegro. Brava experiencia: uno y otra se extraviaron. La recuperación fue posible a través de un pedido por los altoparlantes del estadio. Un susto. Y un aprendizaje: nunca hay que sentirse enteramente perdido.

    Hay pocos jugadores manejados por sus madres. En el caso de Ángel y en la primera etapa, ese dato es tal cual. Contra lluvias y calores, de rostro a los males del clima o a los de la economía, a favor de las buenas ilusiones y en contra de los técnicos despreciativos, Diana lo llevaba a las prácticas sobre el manubrio de su bicicleta. Lo sostuvo firme como pocas cosas permanecen firmes. Lógico: el afincamiento de Di María en ese hogar surge irrompible. Cuando, en 2007, marchó por un poco más de 8 millones de dólares al Benfica portugués, llamaba a sus hermanas a Rosario para pedirles que estuvieran con él. Esa semilla surca todos los orígenes: al universo ya le contaron que, en su brazo izquierdo, reluce tatuada la frase “Todo lo que aprendí en la vida fue en la Perdriel”, un tributo a su cuadra primera. Un gran gesto de homenaje. Tan grande como resultó la devolución a ese gesto. El talento de la Perdriel se forjó en el club El Torito, del norte de la ciudad, una entidad de barrio atenta a los pelotazos y al compromiso social, que exhibe un mural con la efigie de su máxima figura. El 11 de julio de 2021, horas después de que la Selección de Lionel Scaloni cincelara su hazaña en Río de Janeiro, la población de la zona se arrimó hasta ese rincón que el resto de la Tierra olvida: portaba velas y, de cara al mural de Di María, modeló un altar.

    Cuenta Signorini que, tempranito, César Luis Menotti les advirtió a los dirigentes de Central que en sus alforjas relumbraba una joya. Afirma Santiago Garat, periodista, cuentista e infaltable en las tribunas canallas: “La primera imagen era la de un flaquito que corría tan rápido que sospechábamos que se iba a ir a la fosa. Después, te dabas cuenta de que no lo podían parar”. 

    En la primera fecha del Calcio, demoró 26 minutos del tercer lunes del agosto de 2022 en inaugurar su estancia en la Juventus con un golazo frente al Sassuolo.

    La historia evidencia que muchos se fueron dando cuenta. Flor de itinerario: Benfica, Real Madrid, Manchester United, París Saint-Germain y Juventus. Complejo localizar en la ensalada de cuerpos que van y vienen en el fútbol mercantil a un señor que se haya sentado en las mesas más resonantes de todas las grandes ligas y que haya alimentado con sabores de jerarquía a los públicos de cada geografía. ¿Qué tiene Di María?, ¿cómo hace?, ¿por qué acumula una colección de temporadas en las que se la pasa viajando del centro de la escena al centro de la escena? 

    Responde Jorge Valdano, un erudito en la materia: “Tiene las posibilidades de un buen delantero y cumple con todas las obligaciones de un buen mediocampista. Su punto de partida es la banda, pero siempre preserva al arco como objetivo”. Fascinación flamante: zurdo y a la derecha, en la banca pero con el “arco como objetivo”, en la primera fecha del Calcio, demoró 26 minutos del tercer lunes del agosto de 2022 en inaugurar su estancia en la Juventus con un golazo frente al Sassuolo.  

    Los desmenuzadores del juego corroboran la perspectiva de Valdano. El antropólogo Matías Conde, prestigioso analista de los datos del fútbol, destaca que en el PSG, ese show hecho de solistas que integró desde 2015 y hasta casi ayer, el rosarino ingresó en los archivos por su generosidad: fue el máximo asistidor del equipo con 111 en 295 presentaciones. Su ciclo de despedida en el club de la capital francesa saldó otra cifra que lo retrata: con 150 cesiones, en la segunda mitad de 2021 y la inicial de 2022, fue quien más le dio la pelota a Lionel Messi. Una coherencia, al cabo: desde que Scaloni conduce a la Selección, el ránking de entregas al mejor futbolista del globo también lo lidera su socio histórico, con 126 pases. En cualquier vereda de cualquier parte se coincidirá en que es alguien que decide bien.

    Justo a Scaloni se le elogia desde hace un par de vueltas al almanaque que decide bien. No obstante, en el principio, la senda de sus decisiones no desembocaba en Di María. Las estadísticas de Conde lo certifican: bajo el comando del entrenador de la Selección, eslabonó 13 partidos sin meter goles pero apenas en uno de esos sudó durante más que 45 minutos. El de la final mágica frente a los brasileños fue el partido 14. Decidir bien es, entre otras cosas, alterar las decisiones que, en una de esas, no iban bien. Más fácil: tras ese arranque en el que se lo percibía prescindible, Scaloni se convenció y Di María regresó a su rol medular en la Argentina que anda parpadeando miradas con foco en Qatar. “Este cuerpo técnico tuvo la capacidad de ubicar a Di María por la derecha, en el espacio donde se siente más cómodo y es más eficiente. Tal vez, antes se lo valoraba mucho pero se lo subordinaba a los esquemas pensados para el equipo. En su mejor lugar y con una sensación de libertad notoria, estamos viendo su versión más alta”, evalúa alguien que se mueve con frecuencia en el campo de la AFA en Ezeiza. Eso es real, pero exige una salvedad que bordea lo indispensable. Magnético arriba de cada césped de Europa, Di María, como muchos colegas de antes y de ahora, condensa una tradición que ninguna transculturación vulneró hasta el momento, un sueño de pibe que ni las billeteras gruesas ni otras consagraciones logran demoler: nada como vestirse con la pilcha nacional.

    Desde que Scaloni conduce a la Selección, el ránking de asistencias a Messi también lo lidera su socio histórico, con 126 pases.

    Hay quienes ubican como la más clara de esas determinaciones de compromiso a los cincuenta minutos de danza hoy olvidada con los que Argentina mareó a Alemania en 2014, unos meses después del desenlace del Mundial de Brasil, en un duelo etiquetado como una revancha. Con Messi ausente, Di María capturó la batuta de una orquesta a la que el Tata Martino empezaba a concederle su sello, sentó germanos por el piso, abasteció a compañeros en cada cachito de verde y llevó el marcador a 4 a 0 (ahí puso pausa y acabó 4 a 2). En un rato, demostró que era uno de los más grandes futbolistas de esta era y que, aunque lo enchastraran con especulaciones y con falacias, siempre le obsequiaría a la Selección todas las guirnaldas que sabe encender con sus tobillos finitos. 

    Hay quienes retrucan que, más descuidados todavía, se diluyen los detalles de una victoria argentina sobre Chile en la fase de grupos de la Copa América de 2016. En Santa Clara, California, celebró el primero de los goles exponiendo una remera con la leyenda “Abuela te voy a extrañar muchísimo”. Le habían transmitido unas horas antes la tristeza de una muerte próxima, pero omitió comentárselo a los responsables del plantel para que no consideraran sacarlo. Si así sucedía, otra vez lo apuntarían. Si así sucedía, sobre todo, sentiría que hacía algo que a su abuela, habitualmente orgullosa por verlo en la Selección, la hubiera enojado.

    Insistió en jugadas muy suyas en todos los instantes pero sólo una -el gol a Brasil- le concedió el pasaporte a ser prócer.

    Como casi todo lo que existe, el fútbol es un albergue de contradicciones. Di María jugó bien valiente de manera consecutiva durante lustros pero recién en el tramo penúltimo de su carrera las multitudes advirtieron que era un corajudo, deslumbró en los estadios más globales de la edad más global pero accedió a la mayor aprobación cuando una de sus obras notables alegró a la hinchada de su patria, insistió en jugadas muy suyas en todos los instantes pero sólo una de esas incontables jugadas idénticas -el gol a Brasil- le concedió el pasaporte a ser prócer. 

    Entendido o desentendido de todo eso, explorando en su galera de imaginador sin fronteras, con su cuarto Mundial a centímetros y su envase finito invariable, él continúa su ruta. “El fútbol es la recuperación semanal de la infancia” anotó el escritor español Javier Marías. Ya sin carbón en las manos y sin que lo transporte una mamá en bicicleta, con los huesos siempre salientes, a eso se dedica Di María.

    La entrada El prócer tardío se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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