Dillom: el músico que se comió al personaje

Dillom: el músico que se comió al personaje

 

Hay pibitos en los hombros de sus padres, adolescentes con remeras suturadas y manchas de sangre y mayores de 30 con remeras de Ramones. Los shows de Dillom convocan a un público amplísimo, y pareciera que ya no hay padres que vayan de acompañantes: Dylan León Masa disolvió la tensión entre el rock y el trap, el verso y la barra, la novedad y la tradición. Del rubiecito cuasi gangster que conocimos en 2018 con “Drippin” y “Keloke”, sus primeros singles, queda muy poco para la salida de su primer álbum. Y en esos desvíos, su público no hizo otra cosa que ampliarse.

En el corazón de Post Mortem (2021), su primer disco, Dillom canta que puede contarnos su vida si nos gustan las historias de terror. “220” es una balada pop con un estribillo pegadizo. No es, en términos musicales, el tema más despampanante. Carece de la frescura irreverente de “HEGEMÓNICA” y “PELOTUDA” y es, a fin de cuentas, una canción sobre estar enamorado y ser vulnerable, quizás el tópico más efectista de la música popular. Pero lo que sí tiene es un puñado de características que la singularizan en su recorrido. Una desgracia para los que esperaban más autoafirmación trapera y una máquina de hacer chorizos-singles; una bendición para todos los demás. Afuera los videoclips con armas largas, adentro las historias. 

Ese desvío narrativo funda un giro. Es el pasaje de un Dillom que encarna en cuerpo y música un trapper más o menos estándar (una figura que vive en la zona liminal del testimonio y la fantasía y que no tiene un afuera) a un crooner ramonero que se autopercibe “boludo con plata” (que es puro afuera y narra desde la distancia hasta su propia vida). A la inversa de lo que suele ocurrir, esta vez el músico se comió al personaje.

En ese giro Dillom cambió muchas más cosas que un lugar de enunciación: cambió su música y una forma de producir y pensar su obra. Como consecuencia, también cambiaron él y su público. Nuevas prácticas, nuevos sonidos, amigos nuevos. Por eso nadie sabe cómo referirse a Dillom a esta altura del partido. ¿Es un trapero, es una estrella pop, es un rockstar? 

Para explicar cómo lo hizo, habrá que empezar por el principio.

2005: tu hermanita canta “Gasolina” / 2025: Dillom llena Vélez

El hip hop dio sus primeros pasos a mediados de los 70s y pegó el salto de masividad cuando The Sugarhill Gang publicó Rapper’s Delight (1979). Lo que se llama un hit inmediato. Desde entonces, el género (como música pero también como estética cultural) se expandió hasta volverse un fenómeno planetario. Sin embargo, en Argentina, aunque el hip hop circulaba desde finales de los 80s, y en los 2000 experimentó un crecimiento importante con cierto arraigo popular, recién pegó el salto cuantitativo en la década de 2010. Más de treinta años después de aquel primer single del trío de New Jersey. Es como si hubiésemos empezado a gustar del rock en 1990, pasadas tres décadas desde que Chuck Berry lanzara “Maybellene”. 

En El ritmo no perdona (Caja Negra, 2025), Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo sostienen que el acaparamiento del espectro musical por el rock (al que llaman “rockismo”) en nuestro país fue tal que al hip hop le tomó décadas agrietar esa pared de sonido. El borramiento de lo afro y el racismo argentino también habrían aportado lo suyo en la condena al hip hop a ser un movimiento minoritario, algo que no habría sucedido con el rock porque, si bien deriva del blues y el r&b, llegó aquí por medio de bandas de blancos.  

Recién cuando algo hizo crack, o click, esos imposibilitantes dejaron de ser eficaces. ¿Cuándo pasó esto?

Creemos que el reguetón tiene algo que ver. El género, que convivió con (y en algunos casos desplazó a) la cumbia en radios, fiestas e instancias de la vida argentina, trajo bajo el brazo de sus ritmos afrocaribeños al rapeo en español. Las líneas de rap, antes extrañas y poco bailadas, se volvieron un consumo masivo. Fue como abrir una compuerta de flujo musical que el hip hop angloparlante no había logrado destrabar. Esto no quiere decir que el trap argentino haya sido reguetoneado, sino que con Don Omar (“Dale Don Más Duro”, de 2003), Tego Calderón (“Pa Que Retozen”, de 2003), Daddy Yankee (“Gasolina”, de 2004) y Calle 13 (“Atrévete-te-te”, de 2005) se fue generando una condición de posibilidad para la masividad hip hopera y trapera que vería Argentina una década después. Rapear en español dejó de ser una rareza y el oído popular se predispuso para lo que venía. Algo de esto ya habían sondeado Diego Capusotto y Pedro Saborido cuando, en 2009, crearon el personaje Latino Solanas.

Dillom muta e inagura una nueva cepa. Suelta la semántica trapera. Se acerca al rock, al pop y al horrorcore, ese hip-hop que resuena con las tradiciones del horror literario y cinematográfico.

No hay una relación lineal y unívoca entre el reguetón y la batalla de gallos que precede a  la masividad del trap, pero sí un encadenamiento de afinidades y novedades que posibilitaron una nueva escala para el hip hop en Argentina. En poco menos de dos años desde el primer tema (“No vendo trap, Duki, noviembre de 2016), el primero en llegar al millón de escuchas en YT, el trap argentino alcanzó un sonido potente, hecho de buenos momentos de producción, y una narrativa hasta entonces bastante extraña para la música local (a excepción de la cumbia villera), sostenida en autoafirmaciones del yo, agresividad interpersonal, solidaridad pandillera, obsesión con el dinero, el sexo y el consumo de bienes, drogas y marcas. Pero el shock de novedad fue un pico de glucosa, porque la música rápidamente se homogeneizó. Para 2018, el género neonato ya empezaba a autofagocitarse.

Entonces apareció Dillom. Ese que el 21 de diciembre va a hacer un Vélez para unas 40.000 personas. El mismo Vélez que sus amados Ramones, a los que homenajea en “Rocket Powers” tirando el tradicional “1, 2, 3, 4” del cuarteto de Queens, llenaron en 1994. Dillom no venía de las batallas de gallos, ni de la cumbia, ni de las estéticas y rapeos del reguetón. 

Y si buscan beef, que vengan de chetos

Cuando asomó la cabeza en 2018, en pleno auge del trap en Argentina, Dillom era un muy joven rubiecito con un cartón de jugo tatuado en la cara y pinta de sabandija ducho en el arte de ratearse de la escuela. Un personaje de niño terrible, simpático y un poco freak, una especie de Beastie Boy que escuchó a Viejas Locas, una cruza hiperkinética de Eminem con Ricky Espinosa, un Demonio de Tazmania que habla el slang de internet.

Dillom sacó “Drippin”, su primer single, cuatro meses después de que la cara de Duki llegara a la tapa de Rolling Stone. Oscuro como mambo de “xani, coca, rola y keta”, había en su figura cierto halo de renovación, de inauguración de una nueva ola del trap. Siguieron “Draco” y “Keloke”, con sus respectivos videoclips en los que veíamos a un pibito en prendas oversize sosteniendo armas largas y rebotando al compás de unos beats bien estandarizados. En esos temas del Dillom joven fluye abundante una semiótica mafiosa y drogona: armas, putas, amenazas, pastillas, narcomenudeo. Mil maneras de decir “guita” y, por supuesto, el anhelo de acumularla. El ju(e)guito destilaba gangsta rap, un subgénero del hip hop de finales de los 80s que, propiciando una estética criminal, casi siempre ligada al narco, dio una imagen a las músicas populares del mundo y se diseminó como pólvora sobre los surcos inflamables del neoliberalismo precarizador. 

Seremos justos: Dillom no ofrecía demasiada novedad musical. No estaba ahí su punto fuerte. La novedad era más bien el ingreso a la fauna local de un bicho que llamaba la atención a cualquiera con un poco de curiosidad: una voz medio destartalada y graciosa para rapear, humor criollo, un voseo con acento rioplatense en pleno estallido del slang caribeño, una oscuridad en los beats y cierta fantasía de violencia. Ver a Dillom era asistir al nacimiento de una nueva cepa. No había alcanzado las mutaciones que lo caracterizarían pocos años después, pero estaba en esa.

  

Cinco disparos en el pecho

Un año antes de la pandemia, cuando lo ficha Bizarrap, Dillom ya estaba trabajando en Post Mortem. Saldría en 2021 ese disco que de trap tiene menos de lo que se podía esperar. Pero faltaba para eso: en 2019, Dylan pasa por la habitación del productor y su carrera explota. 

La sesión lo presenta como el responsable de “la última ola de pandemonio moral del trap argentino”, reforzando así la idea de la aparición de un segundo momento de ese movimiento. Va de pelo decolorado y visera de costado, reponiendo algo del ícono de la Revista Mad, que ya había tenido descendencia en los nombrados Beastie Boys, Eminem, Limp Bizkit y Blink 182. Este pillo caucásico se imbrica también con el personaje de Enzo Staiolo en Ladrón de bicicletas (1948), la tremenda película de Vittorio de Sica que cuenta la historia de un padre y su hijo,  ambientada en el comienzo de la reconstrucción italiana, en una Italia que acaba de colgar a Capu.., perdón a Benito Mussolini, en una plaza, luego de que el líder fascista los llevara a la guerra, pulverizara la industria nacional, la capacidad administrativa y territorial del Estado y el poder adquisitivo de las mayorías.

En la sesión con Bizarrap, Dillom desparrama una variedad de cacofonías, sentenciando que lo suyo es el trap/trash y lo del resto, basura. Seis meses después, lanza el mixtape de Talented Broke Boys junto a Ill Quentin y Broke Carrey. El primer tema, “Pony, donde se encuentran rastros vocales de Paco Amoroso y Ca7riel, anuncia: “Estamos creando la wave”. Desde su título, el proyecto se jacta de un talento que compensa ¿la pobreza monetaria o el sufrimiento psíquico? Cómo saberlo. Y al darle play empieza a chorrear un líquido retórico que lubrica el trap de punta a punta: el flexeo. En él se aloja un núcleo duro de la semántica trapera que Dillom irá soltando a medida que se acerca al rock.

El flexeo nació en las décadas de 1930 y 1940 para afirmar la dignidad en las comunidades afroamericanas, en un contexto de segregación racial y biorracismo, en el que vestirse con elegancia extrema o mostrar ropa llamativa era un gesto de resistencia, justicia, o hasta una venganza, en un mundo desigual. Identificable también en el funk de los 70s (especialmente en sus variantes más pimp), durante la explosión del hip hop en los 80s, el recurso tomó la forma del bling bling, con la ropa y la joyería como simbología privilegiada. En los 90s, el flexeo alcanzó una nueva escala entre los artistas del mainstream gangsta con Jay-Z, Notorious B.I.G y 2pac: la ostentación ya no se llevaba sólo en el cuerpo. Tenía que ver con autos, mansiones, negocios. Dejó de ser un modo de estar y expresarse en el espacio público para ser un modo de capturarlo y privatizarlo. Aunque el recurso opera con fronteras difusas entre realidad y ficción, esa es la década en la que el flexeo se cruza con ideas de emprendedurismo. 

En la primera ola del trap argentino el flexeo fue cosa seria: aún si se lo consideraba más como una ficción que como una realidad; podía ser digno de repudio si se lo leía en una clave distinta a la de la fantasía. Autos de lujo, vidas de country, viajes en aviones privados contrastaban con la realidad local. “Chapiadora” (2018) de Cazzu fue un punto alto, que incluso anticipó a Shakira, cantando que “las que cuentan money son las que no lloran”.

La parafernalia trapera resultó difícil de decodificar para generaciones criadas con el cancionero del rock nacional, el metal o el punk local que confrontaba (al menos como discurso) con el poder político y económico. Uno podría estar tentado de señalar un surco ideológico en el recambio estético de este período: es seguro que lo hubo, las mutaciones sociales recientes y los resultados electorales del último lustro dan cuenta de tal cosa. Sin querer ser lineales, sería ingenuo no ver en la euforia monetaria del trap al menos una colectora del anarcocapitalismo gobernante.

Hay canciones que nos hacen reír, saltar y bailar incluso mientras tenemos miedo. Es que la música mueve afectos, funciona como catarsis de la ansiedad social y de los traumas colectivos. 

La RIPGANG (Dillom, Broke Carrey, Saramalacara, Ill Quentin, Muerejoven, K4, Oddmami) cazó esto al vuelo. Entendió que ese flexeo era una gilada, incluso peligrosa. Entonces lo argentinizaron. En esa segunda ola liderada por ese colectivo artístico el recurso es prácticamente paródico. Por ejemplo, en Talented Broke Boys (2020), tres chicos que se presentan en quiebra con el nombre de su proyecto, después nos dicen que los billes se vuelan con el viento. Quizá “OPA”, el corte de difusión de Post Mortem que salió ocho meses antes del disco, y “Hegemónica”, profundizan la distancia jocosa con la que la primera etapa queda atrás. Esto conecta a Dillom y su gente, hacia atrás, con Los Twist y, hacia adelante, con los neonatos Swaggerboyz. 

Si el flexeo paródico fue un operador de distinción, su primer disco marcará diferencias muy importantes con lo hecho hasta ese momento. En términos de complejidad de producción, composición y construcción de un universo propio, la distancia es inmensa. Cuando Dillom llega a Post Mortem había algo que, efectivamente, ya estaba muerto. Pero también nacía algo nuevo.

Post mortem, una ficción especulativa

Hay una forma de leer la música que no se mueve por categorías sonoras sino afectivas. La música como vector de movimiento: e-moción. Por eso hablamos de música romántica, música triste, música melancólica, música enojada. Dillom forma parte de una línea de la música popular singular: la que puede lograr hacerte bailar o saltar, o incluso estar contento, mientras tenés miedo. El gabba de Rotterdam, el terror mandelao brasileño, zonas del rock industrial, el punk, el grindcore y speedcore están ahí. También Tyler the Creator, Kendrick Lamar, NIN, RATM y, más aquí en la geografía, los primeros Todos tus Muertos, Entre la basura y Crematorio. Pero quizás sea el horrorcore, subgénero del rap que combina los recursos del hip-hop con el terror, la estética que empieza a dominar la obra de Dillom desde su álbum debut. Imaginería gore, escenarios de pesadilla y personajes monstruosos. 

Con un gran ancestro como Cypress Hill, el horrorcore, nacido en el underground de Detroit y Memphis a finales de los ’80, toma elementos del cine slasher, lo sobrenatural y la cultura marginal para construir relatos oscuros, a veces psicóticos, a veces paródicos, en los que el artista adopta un alter ego o una máscara para habitar lo prohibido. 

Musicalmente, se caracteriza por beats pesados y sombríos, voces alteradas y el uso de samples ambientalmente siniestros. Artistas como Gravediggaz, Three 6 Mafia, Brotha Lynch Hung o Esham cimentaron su identidad, que sigue influyendo en escenas del rap y el trap oscuro. Más acá en el tiempo encontramos a Ghostemane y $uicideboy$. Incluso el hiperfamoso Tyler, The Creator tuvo su momento horrorcore hace unos quince años, cuando componía cosas como “Yonkers” (2011), en cuyo video jugueteaba con una cucaracha enorme mientras sonaban unas pistas industriales que oscilaban entre una perforadora y una caja registradora contra las que Tyler rapeaba con ese tono bajo y paranoico que lo caracterizaba. Más acá en el tiempo usó otro recurso que se puede encontrar en la obra de Dillom, el shock rap, un registro exagerado y grotesco que tiene la lógica del bait. En “Tron Cat”, por ejemplo, el ex Odd Future canta que, si viola a una mujer embarazada, puede fanfarronear con sus amigos que hizo un trío. Es el recurso que más sorprendentemente vuela por encima de cualquier lógica de cancelación en Dillom. Pacto de lectura y a otra cosa.

Menos armas largas, más historias. Imaginería gore, pesadillas, antihéroes y monstruos. Urgencia punk, futurismo distópico y discurso interior. ¿Cómo llegó Dillom hasta acá?

Más allá del shock superficial, el horrorcore puede leerse como una forma de explorar lo abyecto, las zonas reprimidas de la cultura y los miedos colectivos. Las narrativas violentas o grotescas funcionan como exageraciones que permiten hablar de trauma, marginalidad, rabia o ansiedad social sin pasar por la confesión directa, aunque en el caso de Dillom, como él mismo contó en varias entrevistas, estas puedan combinarse. La figura del monstruo opera como identidad alternativa, como crítica cultural o catarsis, retomando tradiciones del horror literario y cinematográfico para traducirlas al lenguaje del rap. Dillom lucha “con demonios que parecen los de Lovecraft”. Por eso, su impacto no depende solo del contenido violento, sino de cómo articula lo simbólico, lo psicológico y lo estético dentro de un territorio musical que tensiona la norma y la incomodidad. Si soñar es separar los tiempos superpuestos y superponer los separados, las pesadillas de Dillom los suturan con hilo grueso. 

Pero no todo lo que suena es horrorcore. Post Mortem está repleto de rock & pop. (Tanto rock & pop que hasta Pergolini aparece en el disco). Como Jano, el dios romano de las puertas y la historia, ese disco tiene dos caras, es un pasaje. Dillom aparece como un exponente de la segunda ola del trap que se somete a otras sonoridades. En una época de endeudados, no parece quedarse donde debe. De a poco va empujando al trap, que insiste en “Hegemónica”, “Pelotuda” o “Rili Rili”, gracias a una masa de canciones pop, r&b, industrial y surf rock como “Bicicleta”, “220”, “Rocket Powers” y “Amigos nuevos”.

Todo esto se expresa, en buena medida, en la banda de músicos, compositores, productores y creativos que se agrupa en torno suyo. Dillom, como proyecto artístico, incluye a Santiago De Simone, Franco Dolzani, Giuliano Tomattis y Luis La Madrid, que forman parte de su desarrollo y su identidad sonora, junto a Andrés Capasso y Fermín Ugarte, que integran el núcleo duro de las deciones artísticas del proyecto. Esto gestionado por Bohemian Groove, el sello discográfico que la RIP Gang fundó para tener un margen de independencia mayor en el desarrollo artístico de sus proyectos.

Además de los giros en sus orientaciones estéticas y de las buenas decisiones para elegir compañeros de aventuras, es notable el cambio en el modo de pensar su propia obra: hay un salto olímpico respecto los singles y el mixtape. Sin ser una obra conceptual, Post Mortem piensa un recorrido transversal del álbum que  abarca música, videos, el arte del disco (a cargo de dos artistas plásticos, Marcelo Canevari y Ornella Pocetti) y sus presentaciones, en las que Dillom podía llegar al escenario adentro de un cajón mientras la RIP Gang lo lloraba de negro en punta. O bien podía ir de Freddy Krueger mientras los demás aparecían vestidos como unos boy scouts de Elm Street. 

Por cesárea: mi único antihéroe en este lío

Ignacio Lewkowicz, uno de los pensadores argentinos más importantes del último medio siglo, dijo en los noventas que el antihéroe era el héroe posmoderno. El relato victorioso y viril dejaba paso a historias mínimas, en las que ganar era menos grandilocuente y abrazar cierta impotencia no estaba tan mal visto. 

Lo que el antihéroe abraza son sus limitaciones: sabe que las fuerzas no siempre lo acompañan y aún cuando le vaya bien las cosas serán meros resultados de su voluntad. Si el héroe es pura fuerza volitiva y hará lo necesario para lograr su misión, el antihéroe sabe que las fuerzas no siempre lo acompañan e incluso que las que sí lo hacen pueden no provenir de él. A veces ni siquiera tiene objetivos claros.

Lo que nace Por cesárea es eso: un antihéroe.  

No podemos decir que abandonó el horrorcore. “Últimamente” es una muestra: cuando el tema cambia, entra en una bola de oscuridad ritmada que te hace fruncir el ceño cada vez que lo escuchás. “La carie” también deambula por ahí. Pero en este álbum, un Dillom 3.0 radicaliza esa línea insinuada e incorpora capas de trip hop, cuerdas que invocan el sweet soul, más pop, más industrial.

Hay un segundo cambio fuerte, en lo poético. Se da en el paso a una exploración casi intrapsíquica que hace de Por Cesárea un disco mucho más pesadillesco que Post Mortem. Quizá porque nacer es más aterrador que sobre-vivir. Hasta los temas más bailables dan miedo.

Es su primer disco conceptual. En línea con otros, desde Tommy, de The Who a El Mal querer, de Rosalía, ese concepto en cuestión es un personaje del que se narra una historia. En este caso, una historia de amores en el sentido amplio, o de lo que los amores pueden hacer con una vida. 

Dillom le contó a Iván Schargrodsky que El extranjero, la novela de Albert Camus publicada en 1942, nutrió el diseño del personaje de Por Cesárea. Ese extranjero no es simplemente alguien que viene de otro país, sino alguien que vive siempre en un afuera. Un afuera, por cierto, hostil. En Por Cesárea, que es precisamente la inducción de un afuera (el del nacer), Dillom refuerza un relato que no borra el yo ni la primera persona, pero narra desde las debilidades y vulnerabilidades. 

El antihéroe es un extranjero, un habitante del afuera, un compendio de aprendizajes que se escriben con la letra de las cicatrices. A la urgencia punk que caracteriza a Dillom “se suman capas de futurismo distópico y una espiralización del discurso interior, algo muy poético”, describe Alejandro Terán, del Cuarteto Divergente, que aporta cuerdas en el segundo álbum.

Dillom lucha con demonios que parecen los de Lovecraft en un territorio musical que tensiona la norma y la incomodidad. 

Visto el camino que hizo Dillom hasta llegar a este disco, es notable que el dinero brille por su ausencia. Uno podría decir, con cabeza de contador, que esto se debe a que Dillom resolvió su economía con PM y pudo pasar a otra cosa. Pero hay miles de artistas que, con sus economías domésticas resueltas, insisten en estéticas y retóricas del dinero. 

¿Y si, en la narración de su generación, lo que Dillom estuviera diciendo es que las pesadillas de hoy son efecto de los sueños de ayer? ¿Y si la hipertensión oscura de Por Cesárea fuese la consecuencia de la manía monetaria de los años previos?  ¿Y si el sueño de millonario, como los monstruos de la razón de Goya, condujera a la pesadilla? Vivimos en un tiempo hipermonetizado. El mismo tiempo en el que no paramos de hablar de sufrimiento psíquico y salud mental.  

La entrada Dillom: el músico que se comió al personaje se publicó primero en Revista Anfibia.

 

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    Aunque hay que aclararlo: la IA no es inteligencia y tampoco es artificial, como explica Evgeny Morozov. No es inteligente porque es estadística: simplificando lo que hacen los grandes modelos de lenguaje (los más desarrollados entre las IAG) podemos decir que prevén la probabilidad de que una palabra siga a otra basada en los millones de ejemplos usados para entrenarla. Por otro lado, tampoco es artificial: los contenidos en los que busca correlaciones son producto de la inteligencia humana. Sin ella, la estadística no puede hacer su mímica verosímil. De hecho, un problema irresoluble a mediano plazo es que si la IAG efectivamente reemplaza a los humanos, en el futuro tendrá que ser entrenada con productos de otras IAG lo que aumentará los ya frecuentes errores, sesgos y alucinaciones.

    Como explica Karen Hao en su libro Empire of AI, el hallazgo de OpenAI para superar a sus competidores fue que al multiplicar la cantidad de datos, parámetros y poder de cómputo la verosimilitud de los resultados mejoraba proporcionalmente. Desde entonces las empresas occidentales se lanzaron a incrementar estas variables para llegar a IAGs más potentes y prácticamente dejaron de investigar caminos alternativos. Por ejemplo, ante la necesidad de cantidades monstruosas de contenidos ya no se toman solo fuentes confiables, sino que se releva todo lo que hay en la web sin distinciones ni criterios, desde Reddit a Twitter, pasando por la Revista Barcelona, por lo que la calidad promedio de los insumos de entrenamiento empeora cada vez más si lo que se busca es generar respuestas confiables. Para la IAG lo que hay es probabilidad; conceptos como verdad o mentira no tienen sentido porque no conoce el mundo, sobre todo porque “conocer” implicaría una consciencia de la que carece.

    Otro efecto de esta carrera por aumentar las variables es la construcción de datacenters cada vez más grandes, con miles de procesadores apilados que no solo consumen mucha energía al funcionar todos juntos sino que además requieren sistemas de refrigeración que demandan aún más energía y agua. Estos datacenters consumen lo mismo que ciudades de cientos de miles de habitantes y afectan la salud de los vecinos por la contaminación en el aire, el ruido permanente y el agua que escasea en sus cercanías.

    Aunque no hay números exactos sobre el consumo de electricidad, de continuar al ritmo actual (si no se acelera más o colapsa esta industria) en 2030 podrían absorber el 21% de la demanda de electricidad global según el MIT. Centrales eléctricas que estaba planificado cerrar se mantendrán en funcionamiento para acompañar la demanda creciente. Esto significa comerse los esfuerzos por revertir el calentamiento global y bastante más.

    Frente a estas evidencias de los problemas generados por la tecnología, los tecnogurúes ofrecen más tecnología. Altman, por ejemplo, afirma como al pasar que la IAG estará en condiciones de «arreglar» («fix«) el clima. De paso armó una empresa de energía nuclear. No importa que ya se sepa cómo «arreglar» el calentamiento global sin necesidad de la IA. La sentencia de Fredric Jameson acerca de que «es más fácil imaginar el fin del planeta que el del capitalismo» ha mutado levemente a «es más fácil imaginar que la IAG arreglará el calentamiento global que suponer que se puede detener un negocio en expansión».

    Es la economía estúpido

    En los últimos años hemos escuchado promesas grandilocuentes: los NFT salvarían a los artistas del hambre, las criptomonedas democratizarían el control sobre el dinero e permitirían a «la gente» sacarse de encima a los bancos, el Metaverso permitiría «vivir» internet como nunca antes, etc. Cada uno de estos proyectos (y otros) permitió canalizar excesos de capital en un proyecto que prometiera grandes dividendos aunque fuera a corto plazo y, quién sabe, hacer saltar la banca a mediano o en el largo. Al fin y al cabo nadie suponía que Google se transformaría en lo que es hoy, como repiten quienes levantan apuestas en un casino tecnológico que también pone en juego al ecosistema terrestre. En cualquier caso, la cuestión es saltar a tiempo y que la fiesta la paguen otros. Es parte de la cositortización del capitalismo ludópata que se expande en espasmos especulativos que terminan en crisis.

    Sam Altman juega ese juego a la perfección (como muchos otros) hasta cuando habla de los peligros de la IAG. Si la IAG puede resolver el cáncer y el calentamiento global es porque se trata de una tecnología sumamente poderosa. Lo mismo si deviene un Terminator capaz de barrer a la humanidad. Solo es cuestión de más procesadores (energía), más datos y parámetros. Las empresas ya no necesitarán prácticamente los molestos empleados que piden aumentos ¿Quién querría quedar afuera de algo así?

     Altman ya no habla de curar el cáncer sino de lanzar una nueva red social o habilitar contenido erótico en ChatGPT , rubros saturados y nada disruptivos a esta altura.

    Sin embargo, quienes no viven de la IAG y estudian el tema son más escépticos. Ellos no creen que la superinteligencia, una difusa conciencia superior y con toda la información, está al final del camino estadístico. Los estudios más serios, como uno del Harvard y el MIT y otro de Apple, indican que pese a la verosimilitud de los resultados que ofrecen las IAG frente a una pregunta, no hay atisbos de razonamiento. Frente a problemas lógicos no se encuentran leyes o reglas deductivas sino probabilidad basada en casos anteriores. Por supuesto que una buena aproximación estadística suele ser suficiente en muchas áreas: si soy abogado, por ejemplo, puedo ahorrar cierto tiempo a la hora de escribir un fallo, aunque debería tener mucho cuidado de revisarlo, algo que no todos hacen y terminan pagando multas por su pereza o exceso de productivismo. Es que la IAG puede ir a los bordes de la probabilidad estadística “inventando” casos que “podrían” haber ocurrido.

    Sundar Pichai, el CEO de Alphabet (la corporación que contiene a Google) en una entrevista para The Verge reconoció: «Las alucinaciones siguen siendo un problema sin resolver. En cierto modo, es una característica inherente. Es lo que hace que estos modelos sean tan creativos». Pese a semejante reconocimiento de confiabilidad limitada, las empresas hacen lobby para que se delegue a una IAG tareas altamente sensibles en áreas como transporte, educación, industria bélica o salud.

    Burbuja a la vista

    ¿Por qué tanta insistencia en vender algo que no está a la altura de las promesas? Porque los inversores se están poniendo nerviosos y quieren alguna señal constante y sonante de que recuperan su inversión. Si bien los ingresos por acceso a las versiones premium de algunas IAG crecen, lo hacen mucho más lento que los costos, sobre todo debido a nuevos datacenters cada vez más grandes. 

    Para achicar la brecha, empresas como Anthropic tuvieron que reducir la cantidad de veces que los usuarios pagos acceden a Claude, su IAG para programación: lo que les cobran, 200 dólares al mes, no cubre los costos y no parece posible cobrarles mucho más. Es decir que incluso sus clientes pagos les hacen perder plata. Y para peor, eso ocurre mientras los programadores aún se preguntan si es más rápido hacer el trabajo solos o encargarlo a los asistentes y luego corregir errores. Como explica un artículo del informático y empresario Ernesto Mislej, quien delega totalmente una tarea en una IAG lo que hace es transferir el trabajo a otra persona, que debe decidir si corregirlo personalmente, pedir que lo rehagan o aceptarlo y pasarle el problema al siguiente.

    Pero la fuerza del discurso circulante sobre la IAG es tal que todos sufren presión por usarla: porque se los pide un jefe o porque necesitan ser más productivos si quieren sobrevivir. Docentes, arquitectos, abogados o influencers, por convicción, presión o necesidad prueban, ven que más o menos funciona y delegan tareas porque no tienen tiempo o por simple pereza. La expectativa de las empresas es que, tarde o temprano, la delegación cognitiva nos haga depender de esas herramientas para todo lo que ya no sabemos cómo producir. 

    Las empresas también sufren la presión y las consultoras les ofrecen algo con el rótulo de IAG que al menos les calme el FOMO y les permita mostrarse como modernos. Los resultados concretos aún no están claros: algunas empresas como McDonalds tuvieron que echarse atrás con el sistema de atención luego de que alucinara pedidos fuera de escala. Ya existen profesionales que se dedican a reparar los errores que produce la IAG. En otros ámbitos se habla de implementaciones puntuales que permiten mejorar la productividad de los empleados. El estudio más amplio sobre el reemplazo de trabajadores habla de una caída del 13% en las contrataciones de jóvenes de entre 22 y 25 años. La cifra es significativa y merece atención, pero nada se acerca a la escala prometida por los anuncios. Tampoco se sabe si es sostenible ese reemplazo.

    Otra cuestión no menor es el peligro de compartir información con servicios de IAG online. Como advertía Edward Snowden, en 2024 OpenAI sumó a su junta directiva al general Paul Nakasone, ex director de la NSA, la agencia gubernamental señalada en 2013 por espionaje masivo a la población mundial a través de las empresas tecnológicas. ¿Qué podría salir mal?

    Es imposible discutir con argumentos contra una tecnología que funciona en una caja negra y que automatiza las decisiones.

    Lo que ocurre entonces es que las promesas desmesuradas mantienen a los inversionistas ansiosos por poner su dinero en una tecnología que promete revolucionarlo todo, las acciones crecen y quién esté atento podrá, cuando sea necesario, pasarle la papa caliente a otro. 

    Como el hombre que cae de un edificio y dice “Hasta aquí todo va bien”, los medios hablan de miles de millones de dólares invertidos en IAG cotidianamente. Sin embargo, algunos ya ven otra cosa: por ejemplo, un interesante artículo de Bloomberg explicaba en su título que  «OpenAI y Nvidia suman 1 billón de dólares en el mercado de la IA con una red de acuerdos circulares». Es decir que Nvidia le presta millones en procesadores a OpenAI y los registra como ingresos; OpenAI acuerda con Oracle la construcción de otro datacenters, Oracle consigue financiamiento de quienes no quieren perderse ese gran negocio y genera más demanda de procesadores a Nvidia que no da abasto y sube los precios aún más, y con ese margen le presta más a OpenAI. Los millones pasan de manos y vuelven al punto de inicio, pero generan titulares, mantienen las expectativas y la demanda de chips que hacen que, por ejemplo, Nvidia valga 10 veces más que hace 3 años: el gran negocio no es poner parripollos o canchas de paddle sino convencer de que son un negocio y cobrar por construirlos. ¿Los ingresos reales que genera la IAG y sostienen esta maquinaria? Esa te la debo.

    Hasta tal punto están llegando las cosas que Altman ya no habla de curar el cáncer o hacer nueva física sino de lanzar una nueva red social, habilitar contenido erótico en ChatGPT o lanzar un nuevo navegador, todos rubros saturados y que difícilmente se puedan catalogar de novedosos o disruptivos a esta altura. La tecnología que iba a revolucionar el futuro es utilizada para pichulear de a centavos en mercados ya saturados.

    En bicicleta al precipio

    Estos tecnomagnates no pueden parar mientras la plata siga llegando. Por eso la pregunta para muchos ya no es si la burbuja de esta forma de desarrollar IAG explotará sino cuándo lo hará y qué quedará detrás. ¿Será como los NFT que se desvanecieron sin dejar huella o como las puntocom que en el 2001 perdieron miles de millones de dólares pero dejaron la infraestructura para los sobrevivientes?

    Pero aún si explota la burbuja y algo se construye sobre eso, la experiencia muestra que la tecnología no se aplica en lo más útil para las mayorías sino a lo más rentable. Por ejemplo, a comienzos del milenio se desarrollaron herramientas de IA muy poderosas en las que se invirtieron miles de millones de dólares y se contrataron a los mejores profesionales, pero no se usaron para prevenir enfermedades o ayudar a las personas a realizarse sino para ofrecer publicidad y hacer a la población adicta a pequeños shots de dopamina con graves consecuencias en la salud mental.

    Para peor, la mayor parte del crecimiento económico de los EE.UU. proviene de la inversión en IAG. El Banco de Inglaterra espera una “repentina corrección” en el negocio de la IAG. Un informe del Deutsche Bank para clientes indicaba explícitamente que «La burbuja de la IA es lo único que mantiene unida a la economía de los EE.UU.». Sin ella entrarían en recesión. Por eso la amenaza de otras formas de IAG menos costosas y dañinas -como la que planteó DeepSeek, de origen chino- produjeron un susto brutal. El mercado lo enfrentó con negación, manteniendo los precios muy por debajo de los costos y con la lógica del «siga, siga».

    Por el momento, la simbiosis entre las corporaciones tecnológicas de los EE.UU. y el gobierno de ese país ha permitido que se eliminen regulaciones para competir con China. Paradójicamente, en su afán de soltarle la rienda al capital tecnológico pueden producir un despilfarro de recursos que los haga retroceder un par de casilleros. De hecho, otro susto lo produjo la Jefa de Finanzas de OpenAI Sarah Friar, en un evento organizado por el Wall Street Journal, cuando aseguró que el gobierno de los EE.UU. debería garantizar las inversiones en última instancia. ¿Están anticipando un bailout a las corporaciones como el de Barack Obama en 2009?

     La IAG ofrece muchos más caminos por explorar que el elegido por las corporaciones norteamericanas, que tiene más que ver con el bien común que con la rentabilidad obscena.

    Mientras tanto, el Estado ofrece contratos que mantienen vivas las expectativas. Por ejemplo, Palantir, una empresa de Peter Thiel dedicada a procesamiento de datos y contratista bélica, ofrece servicios al Estado norteamericano que permiten detectar inmigrantes ilegales. Gracias a estos contratos, la cotización de Palantir creció enormemente en estos dos años. Esta y otras empresas también prometen agilizar el funcionamiento del Estado que queda encerrado en la caja negra de la IAG y que en poco tiempo ya nadie sabrá cómo funciona.

    Como explican los investigadores Hagen Blix y Ingeborg Glimmer en «Why we fear AI«, los errores estadísticos de la IAG -que se traducen, por ejemplo, en falsos positivos de inmigrantes ilegales-, tienen una poderosa función ideológica al producir miedo en toda la población. Es imposible discutir con argumentos contra una tecnología que funciona en una caja negra y que automatiza las decisiones. Como ellos mismos citan: “Donde la IA falla técnicamente, cumple ideológicamente”. En ese sentido no importa si la IAG puede brindar falsos positivos porque si todos los inmigrantes tienen miedo de ser señalados, es mejor.

    Entonces, ¿nada quedará de esta tecnología? Como se dijo más arriba la IAG ofrece muchos más caminos por explorar que el elegido por las corporaciones norteamericanas. Existen modelos de IAG más pequeños, entrenados con datos confiables, que no pretenden ser más que lo que son: herramientas estadísticas muy útiles y capaces de encontrar patrones y suponer otros útiles. De esa manera se podría, por ejemplo, entrenar algún sistema para operar los semáforos y otras señales de tránsito de manera de agilizar la circulación por las ciudades o usarla para diseñar proteínas que luego sean analizadas y testeadas por expertos, como ya ocurre. Habrá que evaluar el impacto y el costo en dinero y daño ambiental de estas herramientas con gran potencial. 

    Pero los escenarios más realistas y sostenibles nada tienen que ver con la «superinteligencia» prometida capaz de curar el cáncer o devenir en un Terminator. Estas IAG realistas y al servicio de la gente requieren un sistema político que priorice la utilidad para la humanidad que paga el costo ambiental por sobre el dinero a corto plazo de unos pocos. Sus resultados necesitarían siempre supervisión humana consciente que nunca olvide que la IAG no tiene criterio. Y que, todo indica, nunca lo tendrá.

    La entrada IA: ¿y si el negocio les sale mal? se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • La caída de Llorens: sus colegas le votaron en contra en la Cámara Federal y se complica su ascenso a la Corte

     

    Mariano Llorens perdió este martes la votación por su reelección al frente de la Cámara Federal porteña para 2026 contra Lepoldo Bruglia.

    La caída en desgracia del magistrado podría ser doble porque, según fuentes judiciales, el actual titular del cuerpo se había encargado de esparcir la versión acerca de que sería el candidato del gobierno para ocupar una de las vacantes en la Corte Suprema de Justicia. La derrota en su propio territorio podría alejarlo del objetivo.

    Llorens es uno de los jueces que acreditaban visitas a la Casa Rosada y la Quinta de Olivos durante la presidencia de Mauricio Macri. Tal como informó a LPO, hace casi un año el juez quedó al frente de la cámara en una jugada sorpresiva, ante la preanunciada jubilación de Juan Carlos Maqueda en su despacho del Palacio de Tribunales, un espacio vacante que le abría camino a Llorens para sumarse en determinadas circunstancias como conjuez de la Corte.

    La derrota de Llorens fue atribuida a una serie de medidas administrativas desafortunadas que tomó durante su permanencia al frente de la cámara. «Corrió personas, tomó decisiones erradas», comentaron a LPO.

    Tras una sorpresiva maniobra, un juez muy cercano a Macri se suma como conjuez a la Corte Suprema

    En efecto, la votación no estuvo exenta de rispidez, más allá de la supuesta sobriedad de los despachos judiciales. El camarista Martín Irurzun lo cruzó sin piedad antes de emitir su voto en contra de Llorens: «quebraste la unidad histórica de la cámara», le habría reprochado.

    Los camaristas Irurzun y Bruglia

    Si bien Bruglia y Eduardo Farah intentaron una moderada defensa de Llorens, sus argumentos no alcanzaron para salvarlo del hundimiento.

    Además de Llorens, Bruglia, Irurzun y Farah, integran la cámara Roberto Boico y Pablo Bertuzzi.

    Con asiento en Comodoro Py, la Cámara Federal porteña está dividida en dos salas. La sala 1 quedará encabezada por el propio Llorens, mientras que la sala 2 quedará a cargo de Boico. 

     

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  • Sesenta y dos nuevos casos de coronavirus en un geriátrico porteño

    Un geriátrico del barrio porteño de San Cristóbal registró 62 nuevos casos de coronavirus entre sus adultos mayores residentes, de los cuales 23 fueron trasladados este domingo por el Sistema de Atención Médica de Emergencias (SAME), informaron fuentes del Ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos Aires. Los restantes casos de Covid-19 en el…

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