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Disolvieron el fondo para obras eléctricas, pero siguen cobrando el recargo y ya acumulan 38.600 millones
El Gobierno disolvió un fondo creado para el desarrollo infraestructura eléctrica, pero dejó intacto el cobro. Esa es la paradoja que quedó expuesta en el informe que Manuel Adorni presentó ante el Congreso. En la respuesta número 1.1173 el Gobierno admitió que el Fondo Fiduciario para el Transporte Eléctrico Federal todavía no fue liquidado. La caja se cerró en los papeles, pero la plata sigue entrando todos los meses.
El dato no es menor. El Fondo Fiduciario para el Transporte Eléctrico Federal acumula más de 38.600 millones de pesos entre abril de 2025 y marzo de 2026. Es un recargo que pagan todos los usuarios en la factura de luz. Nadie dejó de abonarlo. Y nadie termina de explicar con precisión qué destino tiene hoy esos miles de millones de pesos.
En el informe de la Jefatura de Gabinete se habla de un «proceso post disolutorio». Lo concreto es que el fondo fue eliminado por decreto, pero en los hechos sigue activo. Porque, mientras tanto, el recargo sigue corriendo. Es plata que sale del bolsillo de hogares, comercios e industrias en todo el país. No es optativo. Está incorporado en la estructura tarifaria y se traslada de forma automática. Se paga en Buenos Aires, en Córdoba o en el NOA. Es nacional.
Los Neuss quedaron primeros en la pelea por Transener tras una sospechosa falla del sistema
Lo más incómodo es que ese dinero ya no va a una caja específica. Fue redireccionado al Fondo Nacional de la Energía Eléctrica, dentro del presupuesto. Cambió el envase, no el mecanismo. Se sigue cobrando igual, pero con otra lógica de administración.
El problema es que el objetivo original quedó diluido. El fondo había sido creado en 1999 para financiar obras de transporte eléctrico en alta tensión. Los grandes tendidos que conectan regiones, evitan cuellos de botella y llevan energía a zonas alejadas.
El Fondo Fiduciario para el Transporte Eléctrico Federal acumula más de 38.600 millones de pesos entre abril de 2025 y marzo de 2026 que deberían destinarse a obras. Es un recargo que pagan todos los usuarios en la factura de luz. Nadie dejó de abonarlo. Y nadie termina de explicar con precisión qué destino tienen hoy esos miles de millones de pesos.
Durante años, esa caja funcionó con un destino atado. Esa estructura obligaba a que los fondos tuvieran una trazabilidad clara: lo que se recaudaba debía terminar en obras concretas.
Hoy ese esquema se rompió. El Gobierno reconoce que no hay nuevas obras comprometidas bajo ese formato. Se sigue recaudando como si hubiera un plan de expansión en marcha, pero la infraestructura no avanza, esta paralizada.
Ahí aparecen las tensiones. La primera es la pérdida de trazabilidad. Sin fideicomiso, es más difícil seguir el rastro fino de cada peso. La segunda es la discrecionalidad. La administración directa por parte del Ministerio de Economía habilita decisiones más políticas que técnicas. La tercera es el ruido: se sigue cobrando un cargo que nació para un fondo que ya no existe formalmente.
Además, el recargo no es transparente en la factura. No aparece como «FFTEF». Se esconde en conceptos como cargos del Fondo Nacional de la Energía Eléctrica o en ítems regulatorios. Está ahí, pero no se ve con claridad. La factura eléctrica es una suma de capas donde estos componentes quedan mezclados.
Sin embargo, el número existe. El recargo que alimenta ese esquema ronda los $1.704 por MWh, es decir, cerca de $1,7 por kWh. Para un hogar promedio de 200 a 300 kWh mensuales, implica entre $340 y $500 por mes. No es el componente más grande de la boleta, pero es constante y universal.
En términos relativos, representa entre el 2% y el 5% de la factura, según el nivel de consumo. No es un porcentaje fijo. Es un cargo técnico que se integra al precio mayorista y se traslada al usuario final. Por eso se vuelve difícil de identificar.
En el Congreso quedó flotando una pregunta que nadie terminó de responder. Quién administra esa caja y con qué criterio.
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Las reservas cayeron más de USD 3.500 millones y le meten presión al esquema de dólar barato
El balance cambiario de marzo agravó las dudas del mercado sobra la sustentabilidad del esquema cambiario del Gobierno: las reservas cayeron USD 3.514 millones, pese a que el Banco Central concretó compras por USD 1.671 millones. Los pagos de vencimientos de deuda y de Bopreales agravaron el déficit.
Pero el balance cambiario confirma que el problema no es puntual. La cuenta corriente cerró con un déficit de USD 88 millones.
El principal drenaje está
está en la dolarización minorista. Las personas humanas compraron USD 2.470 millones en marzo. Parte se destinó a consumo, en menor medida quedó en depósitos y otra importante salió del sistema. A eso se suma el rojo en servicios, con USD 522 millones, impulsado por turismo y gastos con tarjeta.
Otro dato más sensible está en las rentas. Solo en «Ingreso primario» salieron USD 1.321 millones, con fuerte peso de utilidades y dividendos.
El campo liquidó apenas el 10% de la cosecha y presionan a Caputo para que baje las retenciones
Ahí entra la lectura de Amílcar Collante. Este economista advirtió que la reglamentación de la «inocencia fiscal» no tuvo impacto relevante en los depósitos en dólares, la gran apuesta de Milei y Caputo. Los números que muestra son claros: los depósitos rondan los USD 38.800 millones y no despegan, mientras los préstamos en dólares superan los USD 21.600 millones y siguen creciendo.
La reglamentación de la Inocencia fiscal, no tuvo un efecto relevante en los depósitos en dólares.
La conclusión de Collante es filosa. No hay un ingreso fuerte de dólares al sistema. Lo que hay es una economía que sigue operando en moneda dura, pero sin confiar lo suficiente como para dejar esos dólares en los bancos.

El frente financiero agrava el cuadro. La cuenta financiera cerró con un déficit de USD 2.255 millones. Las salidas del sector financiero, del Estado y los pagos de deuda explican buena parte del rojo. Del otro lado, el ingreso viene por préstamos: unos USD 1.800 millones en crédito para el sector privado.
Ese dato completa el rompecabezas. Los dólares que entran lo hacen, cada vez más, por deuda. Los que salen, lo hacen por consumo, rentas y dolarización. La calidad del flujo se deteriora.
El balance de marzo deja una advertencia. El programa que ordena algunas variables, al mismo tiempo desata otras tensiones. La dolarización de carteras no desaparece y el déficit externo vuelve a asomar, aún en un contexto donde los dólares comerciales siguen llegando.
El problema, entonces, no es que falten dólares. Es que nadie quiere soltarlos. Y en esa lógica, el equilibrio siempre queda en duda.
