Sociedad

  • El caso $LIBRA llegó a la Corte Suprema de Nueva York

    La denuncia fue elevada por el estudio de abogados Burwick Law. Varios damnificados exigen una compensación. El estudio de abogados Burwick Law, uno de los más poderosos de Nueva York, presentó ante la Corte Suprema de ese estado una demanda colectiva por el criptofraude con $LIBRA. La denuncia apunta contra Kelsier, KIP, Meteora y las demás proveedores, y…

  • «Cuellos blancos, el caso Vicentin»: Un documental imprescindible ahora disponible en YouTube

    El documental «Cuellos blancos, el caso Vicentin», dirigido por el reconocido periodista y cineasta Andrés Cedrón, ya está disponible de forma gratuita en YouTube. Este filme, que en 2024 se convirtió en un éxito absoluto en los cines de todo el país, llega ahora a una audiencia más amplia a través de la plataforma de…

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    Tras investigación de El Disenso, el gobierno cerró el acceso público a los datos de los proveedores estatales

    En un acto que atenta contra la transparencia, el poder ejecutivo eliminó el acceso público a los datos de los proveedores estatales. Este oscuro accionar se da a posteriori de la investigación en la que El Disenso descubrió que PAMI le paga 65 millones de pesos por el alquiler mensual de un piso, en el marco…

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    ‘Mickey 17’ se estrella en cines: un presupuesto desorbitado lapida lo nuevo del director de ‘Parásitos’

     

    La crisis generalizada del mercado de la exhibición no es ningún secreto en Hollywood, pues ya nada parece garantizar un éxito asegurado en el box office internacional. Ni tener a estrellas de cine como protagonistas, ni la visión de un gran cineasta tras las cámaras y ni siquiera, el propio hecho de pertenecer a una franquicia reconocida. Los espectadores cada vez acuden menos a las salas y en la industria todavía no saben como poner remedio a que el público tradicional ahora reciba el nombre de «suscriptores» y que estos, prefieran consumir los contenidos audiovisuales en sus hogares. La última en protagonizar esta tendencia peyorativa para el negocio ha sido Mickey 17. El filme de ciencia ficción protagonizado por Robert Pattinson ha tenido un estreno muy pobre y todo apunta a que Warner Bros tendrá en consecuencia, grandes pérdidas económicas por ello.

    Mickey 17

    Una de las principales alternativas para paliar la audiencia deficitaria de la cartelera pasa por crear productos cinematográficos menos arriesgados. Porque Mickey 17 ha tenido un presupuesto de casi 200 millones de dólares, si contamos su gasto promocional. Y eso, teniendo en cuenta la tipología autoral de su planteamiento, es un error estratégico considerable para una compañía que debía saber ya lo que hacía al poner el proyecto en manos de un cineasta como Bong Joon-ho (Parásitos). Porque en realidad, Mickey 17 no es otra cosa que una sátira de ciencia ficción sin una gran ambición por la espectacularidad y a pesar de las buenas críticas, el boca a boca entre el público no parece estar funcionando. En la taquilla estadounidense, la cinta ha aunado 19 millones de dólares, llegando a superar los 50 en el primer recorrido internacional de un fin de semana que ha terminado de sepultar a la última proyección de Marvel, Capitán América: Brave New World.

    Los presupuestos altos lo tienen difícil

    El ejemplo reciente de la casa de las ideas viene a reiterar el cambio de paradigma en la meca del cine. Porque Capitán América: Brave New World lleva recaudados 370 millones de dólares en todo el mundo, pero al igual que le acaba de ocurrir a Mickey 17, su inversión presupuestaria es completamente excesiva como para que el retorno de la asistencia a las salas pueda cubrir ese gasto desmesurado que en otro tiempo, habría sido inequívocamente sencillo de recuperar.

    Furiosa

    De hecho, si repasamos los últimos grandes fracasos taquilleros del cine comercial, la mayoría de ellos poseen unos presupuestos un tanto descabellados para estos tiempos donde cada vez es más complicado atraer a los espectadores al patio de butacas. Furiosa costó 168 millones de dólares, El especialista tuvo una partida 130 millones y Joker: Folie à Deux partió de un desembolso de 200 millones de dólares. Cifras que llevan a que dichas películas tengan que recaudar muchísimo dinero para comenzar a ser rentables. Así, esto es lo que le sucederá a Mickey 17 si no logra al menos, alcanzar entre los 250 y los 300 millones de dólares. A partir de ahí, el trabajo del realizador surcoreano comenzará a poder obtener beneficios para la major.

    ¿De qué trata ‘Mickey 17’?

    Mickey 17

    La sinopsis oficial de Mickey 17 es la siguiente: «Mickey 17 es un miembro de una tripulación prescindible que ha sido enviado a un planeta congelado para colonizarlo. Cada una de las muertes de sus clones anteriores ha supuesto un avance sideral para la empresa para la que trabaja. Pero después de un fallo y tras la no muerte de Mickey 17, Mickey 18 aparece a la mañana siguiente bajo una legislación que prohibe que dos mismos clones puedan convivir al mismo tiempo».

    Además de tener a un Pattinson por partida doble, Mickey 17 concentra en su reparto a nombres como Naomi Ackie (Parpadea dos veces), Mark Ruffalo (Shutter Island), Toni Collete (Hereditary), Anamaria Vartolomei (El conde de Montecristo) y Steven Yeun (Minari), entra otros. En la fotografía, el filme contó con el responsable visual de Seven y Midnight Paris, Darius Khondji.

    Mickey 17

    Mickey 17 sufrió muchos retrasos por parte de Warner y desde la prensa norteamericana, se filtraron varios rumores de que al estudio no le había convencido nada el montaje final del cineasta. Todo apunta a que la cinta no alcanzará las previsiones de la marca, mientras Joon-ho está sumergido ya en su nuevo proyecto. Una cinta de animación todavía sin título que versa sobre un drama con criaturas de las profundidades marinas y seres humanos. Tras su paso por cines, lo más probable es que Mickey 17 termine llegando a principios de mayo a la plataforma de Max.

     

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    La serie española que tienes que ver si te gustó ‘La casa de papel’: con Álex González y Silvia Alonso

     

    Desde el éxito indiscutible de la serie La casa de papel, las series sobre atracos se han multiplicado. En las plataformas de streaming hemos podido disfrutar de series como Tú también lo harías en Disney+ o El robo del siglo, El asalto al Banco Central y Caleidoscopio en Netflix. La novedad es que estas series no se centran solo en el robo, sino que también nos explican los problemas personales de los protagonistas y las razones por las que han tomado la decisión de perpetrar el atraco. Para los que les gustan este tipo de ficciones, otra buena opción puede ser la serie Ladrones: la tiara de santa Águeda que se estrenará el próximo 18 de junio en la plataforma de streaming Disney+, dirigida por Inma Torrente (Valeria, Los enviados) y protagonizada por los actores Álex González, Silvia Alonso y Asier Etxeandia. Esta nueva serie narra un robo imposible que tiene lugar en una isla paradisíaca y se puede definir como un thriller en el que se combina la acción, la aventura y el romance.

    La serie Ladrones: la tiara de santa Águeda ha sido producida por Disney+, que sigue apostando por las ficciones españolas, en colaboración con Plano a Plano (El príncipe, Allí abajo, Valeria, Un cuento perfecto). Una serie de solo 6 episodios que viene a rellenar el vacío dejado por La casa de papel, ya que, aunque ya se está rodando la temporada 2 del spin-off Berlín, sus seguidores tienen ganas de más robos y amores imposibles. Esta serie ha sido rodada en localizaciones de República Dominicana, Málaga y Madrid y puede ser una buena opción para los seguidores de La casa de papel.

    Esta nueva serie de atracos imposibles está dirigida por Inma Torrente (Valeria, Los enviados), aunque ha contado con Alejandro Bazzano (Mar de plástico, La casa de papel, Cicatriz) como director de dos episodios. Los creadores son los guionistas Verónica Marzá (Mar de plástico, Cicatriz), Pablo Roa (Vis a vis, La casa de papel, Cicatriz) y Fernando Sancristóbal (La casa de papel, Tierra de lobos). El actor Álex González junto con Verónica Marzá, Pablo Roa, César Benítez y Ángel Armada son los productores ejecutivos.

    Ladrones serie

    ¿Qué pasa en la serie Ladrones: la tiara de santa Águeda?

    La protagonista de esta serie es Amber (Silvia Alonso), la cual es una de las más brillantes ladronas del mundo que, después de un robo fallido en Las Vegas, prepara su próximo golpe. Esta vez el objetivo de esta atrevida ladrona será la tiara de santa Águeda, una joya valorada en 240 millones de dólares, que portará durante su boda la hija del magnate mexicano del petróleo Emilio Villegas (Asier Etxeandia) y que se encuentra en Isla Esperanza, un lugar perdido en el Pacífico.

    Amber lleva tres años preparándose para realizar el robo y para lograrlo se ha infiltrado en la familia Villegas como institutriz. Este plan se tuerce cuando aparece en la isla el ladrón Rui (Álex González) con el que tuvo una complicada relación en Las Vegas durante otro de sus atracos.

    La vicepresidenta de producción original de Disney+ España Sofía Fabregas ha indicado lo siguiente sobre esta producción: ·»Desde Disney+ España estamos orgullosos y satisfechos de dar un paso más en nuestra producción original y continuar con nuestro compromiso con ficciones de calidad que lleguen a todos los espectadores. Ladrones: la tiara de santa Águeda, es una ambiciosa serie enmarcada en el género de robos que ofrece ingredientes de comedia romántica y de acción. Además del gran trabajo de guion de los creadores Verónica Marzá, Pablo Roa y Fernando Sancristóbal; Álex González y Silvia Alonso elevan cada secuencia consiguiendo una serie única y adictiva».

    Ladrones serie

    El reparto de esta serie de acción, comedia y misterio

    Los protagonistas de la serie Ladrones: la tiara de santa Águeda son el actor Álex González, al que conocemos por ficciones como Desde el mañana, Operación Marea Negra, El Príncipe y Vivir sin permiso, y la actriz Silvia Alonso a la que hemos visto en Sin instrucciones o ‘Fuerza de Paz, También tiene un papel de peso el actor Asier Etxeandia al que hemos visto en ficciones como Dolor y gloria, La novia o Sky Rojo.

    Además en el reparto de esta serie, están los actores Antonio Pagudo, Olga Hueso, Albert Baró, Alicia Jaziz, Jan Buxaderas, Eduardo Gómez, Cumelén Sanz, Oliver Ruano, Milena Radulovic, Saibon Wang y Ainhoa Santamaría, entre otros muchos.

    La serie Ladrones: la tiara de santa Águeda es uno de los estrenos más esperados de 2025 en Disney+. Además, a esta plataforma de streaming van a llegar este año las series Daredevil: Born Again, la temporada 4 de The Bear, la temporada 2 de Andor, Alien: Planeta Tierra, Ironheart, Entrepreneurs, Paradise, Chad Powers, Custodia compartida y Pesadillas: La desaparición.

     

  • ¿Por qué funciona el discurso anticomunista?

     

    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.