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    CUANDO YA NO QUEDA INDUSTRIA PARA PROTEGER: suspenden el antidumping en rulemanes

     

    Tras destruir la industria nacional, el gobierno de Milei establece la suspensión inmediata de los aranceles antidumping que desde hace más de dos décadas protegían la producción local.

    Por Celina Fraticiangi para NLI

    La política de apertura irrestricta y desprotección productiva impulsada por Milei empieza a mostrar consecuencias irreversibles. El Ministerio de Economía resolvió suspender provisoriamente el derecho antidumping que protegía a la industria nacional de rulemanes frente a las importaciones chinas, una decisión que no responde a una mejora estructural del mercado, sino al cierre de la única fábrica nacional del sector, consecuencia directa del modelo económico libertario.

    La medida quedó formalizada mediante la Resolución 30/2026, publicada hoy, que dispone la apertura de un examen por “cambio de circunstancias” y la suspensión inmediata de los aranceles antidumping que desde hace más de dos décadas protegían la producción local de rodamientos de bolas radiales originarios de China.

    Cuando ya no queda industria que proteger

    Durante más de veinte años, el Estado argentino sostuvo derechos antidumping sobre los rulemanes importados desde China para evitar la competencia desleal de productos ingresados a precios artificialmente bajos. Esa protección tuvo un fundamento claro: la existencia de producción nacional, representada casi exclusivamente por SKF Argentina, histórica fabricante instalada en el país desde hacía cerca de 90 años.

    Sin embargo, tal como informó NLI en octubre pasado, SKF cerró su planta de Tortuguitas y puso fin a la fabricación de rulemanes en la Argentina, en un contexto marcado por la apertura importadora, la ausencia de políticas industriales y el abandono deliberado del entramado productivo nacional por parte del Gobierno de Milei.

    El cierre de la planta no solo implicó la pérdida de puestos de trabajo y de capacidad productiva, sino también la desaparición de la única rama industrial que justificaba la vigencia del antidumping.

    El dictamen que desnuda el fracaso del modelo

    En su análisis técnico, la Comisión Nacional de Comercio Exterior fue contundente: SKF Argentina era la única productora nacional de rodamientos en los términos del Acuerdo Antidumping, y el cierre definitivo de su planta implica que ya no existe industria nacional a la cual proteger.

    El organismo advirtió además que mantener un derecho antidumping sin producción local activa se transforma en un costo injustificado para importadores, industrias usuarias y consumidores, dejando en evidencia que el propio Estado reconoce que el modelo económico vigente destruyó las condiciones que daban sentido a la protección comercial.

    Sobre esa base, el Ministerio de Economía no solo abrió el examen por cambio de circunstancias, sino que suspendió de inmediato la aplicación del antidumping, tanto para los rulemanes terminados como para sus partes y piezas.

    Apertura, desindustrialización y dependencia

    Lejos de tratarse de una decisión aislada o técnica, la suspensión del antidumping es la consecuencia lógica de un proyecto económico que promueve la primarización, la importación sin límites y la dependencia externa, incluso en sectores estratégicos para la industria metalmecánica, automotriz y de maquinaria.

    El caso de los rulemanes es paradigmático: primero se desprotege la industria, luego se la empuja al cierre y finalmente se elimina la barrera que la defendía, utilizando como excusa el daño previamente provocado. Un círculo perfecto de desindustrialización.

    Mientras tanto, la Argentina pasa a depender completamente de proveedores externos para un insumo clave, resignando soberanía productiva, empleo calificado y capacidad tecnológica.

    Un final anunciado

    El examen por cambio de circunstancias recién comienza, pero el desenlace aparece casi escrito. Sin industria nacional, el antidumping carece de sustento, y la suspensión transitoria podría transformarse en eliminación definitiva.

    El resultado es contundente: el modelo de Milei no solo destruye fábricas, sino también las herramientas que durante años intentaron defenderlas, dejando al país más vulnerable, más dependiente y con menos futuro productivo.

     

  • Nadie sabe lo que puede un cuerpo

     

    Equipo de investigación en Ecuador: Gabriela Peralta, Verónica Calvopiña, Ana María Acosta (Wambra EC) y Carlos E. Flores.

    Este trabajo se realizó con el apoyo del Pulitzer Center.

    Un hombre camina por el centro de Buenos Aires. Bajo la camiseta, el cuerpo mojado después de entrenar horas en un gimnasio de la calle Lavalle. En el pecho, humedecida por el esfuerzo, una mariposa tatuada es el talismán con el que se protege. Pasado el mediodía en esa zona de la ciudad todo es compra y venta, vocerío, pequeños robos, locales abandonados, parrillas que asan enormes pedazos de carne argentina para turistas, osos de peluche tamaño humano vendiendo regalos navideños. Parado frente a la oferta turgente de una verdulería, de esas justo al entrar a un supermercado chino, Jean Pierre Rosero estudia la mercadería: planea una ensalada que acompañe las dos milanesas de pollo ya compradas. Las cocinará en la freidora de aire en la que prepara toda su proteína. Así, sano, comeremos lo que él prepare en su departamento, un dos ambientes, oscuro y limpio. Juntos. Juntos, igual que juntos entrenamos recién. Dos sobrevivientes de dos generaciones distintas. A salvo. Jean Pierre con el peso del hierro fundido acuciando los músculos para solidificar hombros, pectorales, brazos. Jean Pierre, joven y hermoso, atento a su cuerpo, profesional. Y yo, maltrecho por los viajes, por el exceso de calorías y de alcohol, levantando pesos minúsculos con mi talla el doble de voluminosa. Aun así, después de nuestro encuentro, cuando escapo de su departamento justo antes de que comience la grabación de una producción porno con la excusa de mi nueva clase de natación (a la que faltaré), me duelen los huesos, me duelen los hombros, los pectorales, el pecho. 

    A Jean Pierre no parece dolerle nada. Este viaje diario al gym es de placer. Aquí, en Buenos Aires, donde vive refugiado desde el 5 de agosto de 2023, se encontró con ese modo de sentir el cuerpo. El gran drama en su escuela primaria, además del bullying diario, era la clase de gimnasia, la pesadilla del partido de fútbol donde le apuntaban con la pelota como a un objetivo militar, el empujón, la zancadilla. “Es gracioso que cuando estuve secuestrado querían conformar a mis amigos diciéndoles que yo estaba bien, jugando al basquet. No me gusta ningún deporte, máximo voy al gimnasio por una cuestión estética, pero ni nadar, que me gustaba, pude cultivarlo. O sea, a mí, la bicicleta me da miedo. Aprendí a pedalear como a los quince años, es decir, nunca aprendí”. 

    Ríe. 

    Aprendió tantas cosas Jean Pierre en ese escaparle a la masculinidad de sus pares. Tanto que aquí está, lejos, lo más lejos que pudo irse de Ecuador hace dos años y medio.  El centro de Buenos Aires tiene un ambiente de feria. Pasando el obelisco, límite de la ciudad a la que peregrinamos los “del interior” y los migrantes latinoamericanos como Jean Pierre, el son urbano es el canto de los “arbolitos”. Cambio dólar, cambio, cambio, cambio, taladran como pájaros al amanecer de una resaca. Lo cantan casi siempre varones, jóvenes proletarios con sus ropas gastadas y planchadas; las melenas peinadas con gel, prestos para el intercambio de dólares por pesos, ofertando lo nacional a cambio del cáliz al que le rinde culto este país más que ningún otro. Son los mismos dólares que Jean Pierre compra cada vez que puede para cumplir su sueño, sólo que él no va a las cuevas de su barrio, sino a sus cuentas en cripto, todo su capital en apps virtuales. Acumulando Jean Pierre logrará el departamento propio. No uno, dice. Dos, se propone. Porque aquí, contra todos los pronósticos, en el país de la eterna inestabilidad, Jean Pierre pudo soñar. 

    Es 19 de abril de 2023. Jean Pierre cumplió 27 años. Terminó la pandemia. Jean Pierre, asumido gay desde muy pequeño -en secreto como la inmensa mayoría de los varones homosexuales de Ecuador- , ya tenía su vida marica en una ciudad andina de conservadurismo colonial pero con su under de emancipación y goce. Era un habitué de Spartacus, la disco gay, o de Mandrágora, o de Jet, más paquis pero con onda.  O de los after a los que sólo se llega por invitación. Siempre acompañado por sus amigas. Como Diana. O Pamela. Era un chico deseado. Amiguero, gracioso, empático podríamos decir. Tenía amantes aquí y allá: nada fijo, aventuras furtivas con hombres que, como él, ni imaginaban una salida del closet. El artista Oscar Velasco tiene una edad parecida y lo recuerda adolescente, de unos 14 años, cuando Jean Pierre era “un emo hermoso”. “Fue un cruce de miradas. Yo llegaba con otro chico a coger a un departamento en Quito, y él salía de otro con sus padres. Nosotros bajábamos de un ascensor. Recuerdo nuestra mirada cómplice”, dice Oscar. Jean Pierre luego pasó por la carrera de publicidad en la universidad más prestigiosa de Quito, la San Francisco. Cursó con Santiago Castellanos, el decano del Colegio de Comunicación y Artes Contemporáneas, una cátedra sobre teorías críticas primero y otra sobre género después.

    —Recuerdo perfectamente a Jean Pierre —dice Castellanos en su oficina de la Universidad, en Cumbayá—. En el examen, al medio de semestre, yo sí noté que había un interés de él en esas teorías, sobre todo en un texto de Jack Halberstam donde el autor plantea que las niñas machonas son toleradas socialmente durante más tiempo, en cambio, la feminidad o desviación de la masculinidad en niños es castigada y vigilada mucho antes. Eso fue un punto que desarrolló especialmente. En su carrera no tuvo notas altas, pero en ese examen obtuvo una A. Entonces Jean Pierre no había salido del closet, supe que era gay sólo mucho después, cuando su rostro salió en todas partes porque había sido secuestrado para ser encerrado en una clínica de deshomosexualización. 

    Halberstam, un académico trans varón, en su trabajo deja claro que ese control temprano sobre los niños produce formas más intensas de represión, patologización y corrección. A la misma edad a ambos, a Jean Pierre y a mí, en dos puntos de este continente inmenso; en el ombligo del mundo, el Ecuador; y en el culo del mundo, la Patagonia, nos dejaron claro que ser femenino, diferentes a los otros varones del montón, era pecado, vergüenza o enfermedad. Jean Pierre recuerda la muñeca que no podía mecer, los tacos que no se podía probar, los golpes para aleccionar. En esa casa en el centro de Quito era su hermano cinco años mayor el que señalaba su feminidad. Y era su padre el que castigaba: a veces a su madre, a veces a los tres. Con él era peor porque lo sulfuraba que le pidiera atención con esos modos; el mohín de un niño suele ser exasperante para un macho ebrio. Con el gesto marica se dispara el macho vengativo. El golpe es la pedagogía más común. A mí, a los seis años me dieron inyecciones de testosterona para masculinizarme, hasta los ocho, al menos ocho veces. En mi caso el tratamiento de conversión de la homosexualidad fue temprano. En su caso, faltaba mucho tiempo para que lo intentaran, con otros métodos. 

    A medida que los años pasaban Jean Pierre logró sortear la resistencia de su familia yéndose todo el tiempo que podía. Partía a otras casas por temporadas. Desde los catorce lograba quedarse hasta una semana en la de una amiga. Cuando estudió en la San Francisco, a una hora de Quito, dormía en departamentos de compañeras de la universidad. Cuando comenzó a trabajar lograba subarrendar cuartos en casas de amigos. Con la pandemia permanecer con su familia se le volvió insoportable y junto a una amiga se fueron un año a  la playa de Montañita. Cuando algo estaba a punto de estallar, o cuando la relación parecía romperse, Jean Pierre migraba. 

    Después del secuestro de Jean Pierre, la Asociación de Familiares de Desaparecidos de Ecuador circuló un aviso oficial por redes sociales para encontrarlo.

    —Ellos no eran conscientes de que yo me escapaba, que no podía soportar estar con mi familia, sino que pensaban simplemente que me quedaba por ahí trabajando o estudiando. Yo siempre fui así, como que me iba y viajaba, me quedaba acá y me hacía amigo de alguien, luego iba para allá y me hacía amigo de otra persona. Este niño nunca quiso estar en su casa —dice Jean Pierre tomando la tercera persona para hablar de sí—, siempre quiso lo que está viviendo ahora: vivir solo, vivir con su gato, a veces tiene que rebuscárselas, a veces pelear por sus cosas, pero vive con su libertad. Y esa libertad yo sólo la quería porque en mi familia nunca me la dieron o siempre me trataron mal. Siempre sentí que nunca debí estar ahí.

    En la niñez y adolescencia de Jean Pierre hubo tres escuelas primarias y tres secundarias. De uno a otro lugar, siempre desplazado por los estallidos en los que todo terminaba cuando el hostigamiento lo volvía el alumno indeseable. Le diagnosticaron TDH, era hiperactivo, y con ese diagnóstico sus padres lo cristalizaron como el chico problema. Su refugio eran el dibujo y su abuela. El niño marica latino logra sobrevivir gracias a las abuelas. Las hay desalmadas, pero la mayoría de las veces en el relato de esos niños es la abuela la que da refugio a la golpiza de los padres, la que tolera el juego con los tacos de la madre, la muñeca traficada de la hermana, las coreografías de la diva, la novela de la tarde vista junto a la matriarca o la empleada, las canciones de amor, el folclor que toda mariquita necesita, o se merece. 

    Una de nuestras primeras entrevistas fue en su departamento. Mientras las milanesas marchaban en la air fryer, cortaba las verduras para la ensalada. Su room mate, otro chico peruano, llegó con un regalo para Lizzy, su propia gata, que cumplía años. Le cantamos el feliz cumple entre los tres. La de Jean Pierre, Celina, desconfiada, se mantenía lejos. El amigo mostró fotos de otros festejos de la misma gatita, que jugueteaba con la vela. Jean Pierre intentaba explicarme su matriz familiar, el modo en que aprendió a no quejarse ni llorar. Entonces recordó el momento en que a los seis años lo atropellaron. 

    —Fue en el colegio. Como me hacían bulliyng porque  no jugaba a la pelota, cuando me pegaban, escapaba. Me refugiaba en el baño. Podía pasar mucho tiempo ahí. Pero allá me fueron a buscar. Yo lloraba y se estaba yendo la buseta que iba al club donde se jugaba el partido. Los chicos me golpearon fuerte la puerta y me dijeron: “¡Ya te encontramos, muévete maricón!”. Yo me sequé las lágrimas y salí corriendo, no vi nada, crucé el pasillo rápido y atravesé la calle sin mirar. Me atropelló un carro, me mandó volando al cielo. Caí mucho más allá pero no me quebré; me dolió, pero no me importó. Atiné a pararme, pararme como sea y seguir caminando. Porque un niño que tiene miedo no capta la situación, intenta que todo siga funcionando. 

    El conductor del auto se fugó. A Jean Pierre los profesores lo llevaron a la enfermería. Le dijeron ahora vamos a llamar a tu familia para que te lleven al doctor, porque aunque parecía no haberse roto un hueso, temían por su salud. El niño le temía a la reacción de los padres. Así que evitó el llanto. Le dolía, sí, un poco, no tanto, cree, pero dijo que no le dolía nada. Cuando le pasaron el teléfono a su papá, Luis Rosero, próspero comerciante, escuchó sus preguntas y contestó que no había sido nada, que estaba bien. Eran las doce del mediodía. Sus compañeritos se fueron a patear la pelota. El se quedó en la enfermería. Volvió en el bus escolar a su casa a la misma hora que todos los días. No había nadie. 

    Ahora, en esta cocina donde huele a comida recién hecha, justo cuando nos vamos a sentar a almorzar juntos, yo pienso que mis padres no fueron tan crueles, que me inyectaron testosterona avergonzados de tener un hijo gay; pienso que pude defenderme en la escuela porque cuando me atacaban a trompadas y me arrastraban por el patio les tiraba arena para dejarlos ciegos; creo que también me sobre adapté siendo el mejor alumno. Aquí, en esta confianza marica, con las gatas custodiándonos como animales sagrados, Jean Pierre recuerda cómo después de esa tarde, de ese atropello, comprendió que era inútil pedirles ayuda. 

    Después de la pandemia el clima en casa de los padres de Jean Pierre se había vuelto imposible: un vaho espeso lo invadía todo. Él ya tenía un trabajo estable en una empresa de publicidad como content manager. Allí era considerado un buen empleado, los jefes estimaban su inventiva pero también que era cumplidor. “Jeanpi era querido y su trabajo era impecable. Teníamos un régimen híbrido, íbamos a la oficina dos veces por semana. Comencé a sentarme con mi notebook a su lado. No nos separábamos, íbamos a la cocina a hacer café, salíamos, íbamos a fiestas, a planes, podíamos pasar horas conversando”, recuerda Diana, su amiga del alma. 

    Un día Jean Pierre tuvo los ahorros suficientes para pagar los meses que le pedían al entrar a un departamento. Buscaron uno semi amoblado, sólo les quedaba llevar las camas y un juego de comedor, pero tenía los sillones, y una cocina equipada. La noticia cayó mal en su familia. Su hermano lo abordó mientras lo llevaba en el auto, le dijo que debía volver a la casa porque si no su vida sería un desquicio. Jean Pierre lo frenó en seco. El hermano lo agarró de un brazo. Jean Pierre se zafó y bajó del auto. Corrió entre los coches. Ya no quiso volver a la casa familiar, dormiría en el sillón. Pasaron algunos días y el conflicto parecía apagarse. Le dijeron que fuera tranquilo a buscar su ropa, su colchón, sus dibujos. Pamela Tamayo, una de sus amigas que lo conocía hacía años y con la que también había convivido, sabía de la violencia paterna, de la sumisión materna, del hermano presa de una envidia mezclada con homofobia, lo alertó: 

    —No vayas solo a buscar tus cosas Jeanpi, te pueden encerrar. 

    Fue con Pamela y con Gino, otro amigo gay. Les abrieron la puerta como si nada. Parecían pacíficos, hasta que el padre dijo que iría a buscar un destornillador para desarmar la cama que querían llevarse. Entonces le abrió la puerta a los cuatro matones. Habían estado siempre agazapados en el fondo de la casa. Lo inmovilizaron. Lo sujetaron, primero de los brazos, luego de cada pierna. Gritó. Quiso patearlos, quiso que fuera mentira: sus padres, su hermano, miraban la escena con la placidez de quien conoce el guión. Lo estaban secuestrando ante ellos, por encargo de ellos. Una vez más supo lo que le habían dicho mil veces antes: “lo hacemos por tu bien”. Ese argumento sólo tenía un sentido: que dejara de ser él, que no fuera gay. 

    Sus padres se habían conocido muy jóvenes en Quito. María, su mamá, tuvo a su hermano a los 17 años. Huérfano, había sido adoptada por sus padres, con un tío militar, no fue fácil ese embarazo. Luis se fue durante un tiempo, pero regresó. Entonces formaron pareja, él inició negocios en los que le fue bien, pronto pudo pagarle a ella los estudios en una universidad privada y María se recibió de Licenciada en marketing. Al hijo mayor le pagaron un master en Estados Unidos. A Jean Pierre la carrera de publicidad en la San Francisco, la más cara de Ecuador. Cuando sucedió la escena del secuestro, los Rosero tenían una propiedad y dos carros, un Skoda, de alta gama, y un Chevrolet para que manejara el hijo mayor. 

    Pamela se les tiró encima y la sacaron con un empujón, como a una muñeca de trapo. En cambio, el amigo, sólo atinó a grabarlo todo con el celular. La madre creyó que llamaba a la policía. “No, no, no se preocupe, no llamo a nadie”. Así se puede ver y escuchar el grito de Jean Pierre, su llanto, su incredulidad, los gritos de su amiga, su espanto, y los forcejeos. Jean Pierre sintió el spray con el que lo ahogaron, el químico para vencerlo y que ya no patalee, no grite, no nada. Así lograron meterlo en la parte trasera del coche, y partir con él aterrado. Avanzado el viaje intentó abrir la puerta del auto en movimiento. Le rociaron más veneno y pusieron su cabeza contra el piso. “Eres una mierda. Ya vas a ver cuando lleguemos. Vas a sentir el tratamiento”, le decía el que estaba al mando. La misma voz que luego escucharía cada mañana en el encierro.  

    Jean Pierre no entendía de qué hablaban cuando decían “tratamiento”: la palabra resuena en mí porque las inyecciones de testosterona también fueron un “tratamiento de conversión de la homosexualidad”. Incluso después de decenas de funciones de Testosterona, la obra de periodismo performático que creamos junto a la directora Lorena Vega en Buenos Aires, supe que ese modo de llamar lo que nos hicieron a miles y miles de niños en casi todo el mundo inyectándonos la hormona masculina para torcer nuestra orientación sexual en el universo de los expertos se llaman de otro modo, (no sé si mejor): ECOSIEG. La sigla significa Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual, Identidad de Género o Expresión de Género. 

    El tratamiento con el que amenazan en el carro a Jean Pierre habla de un plan para producir sufrimiento con un objetivo altruista, el de la supuesta cura de una supuesta enfermedad. La homosexualidad dejó de ser considerdada una enfermedad para la OMS en el año 1990. En Ecuador la homosexualidad era un delito con penas de entre cuatro y ocho años de cárcel hasta 1997. Cuando por el cambio de las leyes pasó a no ser punible simplemente cambiaron el ámbito de la represión, que pasó a ser el de la salud. La violencia se convierte en un procedimiento planificado. El verdugo de estas torturas ya no es quien ejecuta una condena sino el que ejerce una pedagogía, la de la masculinidad heterosexual. 

    Para Jean Pierre el rumbo a bordo de ese auto era incierto. El resto sí sabía el destino: la clínica Santa Ana de Cotacachi, a unos tres horas y media en la sierra de Imbabura, entre montes y quebradas, un territorio controlado por Los Lobos, la segunda banda criminal más grande y violenta de Ecuador. La operación había sido encargada a gente con experiencia. 

    Mientras el auto asciende a la sierra ecuatoriana, en las redes sociales quiteñas se abre paso la imagen candorosa de ese chico lindo. Su amiga Diana, la que encabezó la campaña para rescatarlo, sabe que debe elegir bien la imagen para Instagram. Diana pensó: “tengo que elegir una foto hermosa o mi bebé me mata”. Así se llaman entre ellos, bebés, como millones de su edad. Diana sabe que con esa foto en la que Jeanpi entrecierra los ojos mirando fijo, el pelo casi peinado, las facciones marcadas por una luz levemente dramática, el eco en redes por esta injusticia tiene chances. Los dos trabajan en publicidad y marketing. Diana sabía de antes cómo operaba el racismo manso y cotidiano de su país, esa contabilidad secreta de las vidas que importan y las que no. Sabía que esa cara tenía más chances de circular, de provocar indignación, de ser buscada. La foto empezó a moverse. Se compartió. Se multiplicó. Y si no hubiera sido por esa foto quizás él no estaría aquí ahora, en el estudio de la artista Alejandra López, ataviado con su sleep de diseño, cómodo en su desnudez; ni podría estar en el fulgor de las escenas que protagoniza hace más de un año en sus propias redes, X, Only Fans y Telegram, su nueva praxis de sobrevivencia y goce. 

    Hoy, mientras Diana me cuenta la angustia de esa noche y de los días siguientes, hasta que la fiscal Verónica Murgueytio vio el video en el que su amigo está siendo secuestrado, Jean Pierre está frente a otra cámara. Jean Pierre se filma para alguien con su propio celular, la principal herramienta de trabajo de su avatar, @Dylan_sins. Dylan, un creador de contenido erótico con más de sesenta mil seguidores en X, y otros tantos en Tiktok (Dylansinss) deslumbra en miles de pantallas. Un cliente desde un país remoto pide a través del chat de Only Fans (Dylan_vip), y paga su propina instantánea. Jean Pierre accede y cobra. Dylan envía el material. Jean Pierre acumula.

    Aquí, en este departamento del centro de Buenos Aires, en esa cama desplegada  en el living, se graban escenas donde Jean Pierre juega a un sexo en el que se lo ve disfrutar. Su seguridad está basada en dos atributos: es versátil, y está bien dotado. Recién llega de un viaje a Santiago de Chile. Tuvo nueve encuentros con otros creadores de contenido erótico. Al principio se quedó en un hotel de la calle Huérfanos, cuenta. Huérfanos es la Lavalle de Santiago, y es la calle donde transcurre parte de la novela que terminé de leer justo antes de la última entrevista con Jean Pierre: Serpiente, de Alfredo Andonie. Es la historia de un taxi boy chileno en una ciudad de Santiago fenecida, la de comienzos de los setenta. Allí, justo en la calle Huérfanos, comienza la historia de Baltazar, un moreno parecido a Jean Pierre, sólo que Baltazar vende sexo, afecto y escucha a los viejos del barrio, y Jean Pierre no cruza esa frontera: “quizás sería más rico si me prostituyera pero no me sentiría cómodo”, piensa. “Uso mi capital erótico gracias a que sobreviví y aprendí que no podía quedarme en mi lugar de víctima —dice—. Sueño con dar un salto al arte, crear una serie de productos que jueguen con la ironía de la sexualidad homosexual, para romper la barrera que nos separa de la sexualidad hetero, tomar algo del Jeff Koons de la Cicciolina mezclado con algo como lo que hacen los creadores de MSCHF, que lanzaron por ejemplo las botas inspiradas en Astroboy, algo que se usa, pero que de verdad no tiene una utilidad de mercado. Me encantaría crear materiales que salgan del porno pero tuvieran aura”.

    Jean Pierre plantea un deslizamiento: del porno al arte, del consumo inmediato a otra forma de circulación. Admira a los MSCHF porque convierten el producto en declaración política. Ellos hicieron las zapatillas Nike con agua del río Jordán en la suela, o las que portaban una gota de sangre humana y aún los tiene en juicio con la multinacional. Se trata de proyectos efímeros, y allí un punto de contacto con las escenas porno de la red X, donde treinta segundos de penetraciones o chupadas explícitas, son el anzuelo para que los consumidores pasen a pagar por mes en Only Fans. Esta admiración por diseñadores contraculturales que hacen “drops”, colaboraciones entre marcas y artistas, remite a los “drops” que se hacen en Only Fans, colabs entre creadores de contenido como Jean Pierre, que se lanzan en X como si fueran pequeños acontecimientos, escenas sexuales producidas en conjunto y pensadas para activar deseo, aumentar la circulación y cruzar audiencias de una cuenta a otra. 

    A medida que se acercaban a Cotacaxi la sierra de Imbabura se hacía sentir, el frío le tomaba el cuerpo. Llegaron con la oscuridad de la primera madrugada. Lo metieron en una habitación. Había otros dos durmiendo en sus camas. Le tiraron una cobija. Despertó cerca del mediodía y recién entonces supo dónde estaba, quién controlaba el lugar: reconoció la voz de mando del que lo apresó y lo amenazó en el viaje. La ronda de varones durante el encuentro diario de los doce pasos estaba liderada por ese gordo fornido, armado con un machete largo y macizo al que acariciaba con la mano como a un lobo domesticado. Aunque el machete podía rebanar con el filo lo que quisiera, el “monitor” lo blandía de costado dando chicotazos de metal que dejaban marcas en la piel. El hombre rozaba el machete al mismo tiempo que leía versículos de la biblia. Todo allí era represión o religión. Jean Pierre escuchó cómo sus compañeros se asumían adictos a distintas sustancias, uno a uno. A su turno, él negó estar allí por el mismo motivo. Era un profesional con sus propios recursos, consumía marihuana de vez en cuando, estaba allí porque su familia no soportaba que fuera gay. La noticia produjo miradas y movimientos de incomodidad. No era el único que estaba en la clínica Santa Ana por eso. Uno de sus dos compañeros de celda fumaba crack, el otro era ladrón. El basuquero lo quiso seducir. Luego un colombiano que llevaba tiempo allí también quiso conquistarlo: desde la cocina le mandaba comida, algo mejor que la sopa insípida que le daban a todos. En la Santa Ana un huevo duro era un manjar. El capital erótico de Jean Pierre ya existía y generaba beneficios.

    La hacienda Santa Ana fue un lugar lleno de animales. Hoy, en el abandono persisten en pie lo que fueron establos y corrales. Es un lugar engañoso: nadie imagina que en medio del monte, a kilómetros del pueblo de Cotacachi, funcione un lugar de encierro para adictos, y mucho menos una clínica de deshomosexualización, como se les llama en Ecuador. Doscientas clínicas como esta existieron hasta el 2014, cuando un informe del Taller de Comunicación Mujer dio cuenta de un sistema ilegal de internación a personas de la comunidad LGTBQ+: sitios abiertos como centros para recuperación de consumidores de drogas, muchos con una marcada orientación religiosa cristiana. Trece de esas clínicas fueron clausuradas por Carina Vance, ministra de Salud del gobierno de Correa y activista lesbiana, en 2012. Luego, con los sucesivos gobiernos, volvieron a abrir casi sin control estatal en varias regiones del país. No se brinda información oficial sobre cuántas existen hoy. Las organizaciones de DDHH consultadas aseguran que no ha habido una sola condena por secuestro o tratos inhumanos. El caso de Jean Pierre es prueba de ello. Acaban de enviarle de la fiscalía un resumen del caso para que él decida si quiere persistir en la demanda contra sus padres y sus captores contratando un abogado particular en Ecuador o se archiva la causa. La lectura del documento es un desfile de testigos de los padres, de la clínica: todos acusan a la víctima de adicto. No se produjo una sola prueba para castigar a los secuestradores. 

    Al llegar a Santa Ana a un costado, la vieja hacienda, solitaria y fantasmal; hacia el otro una casa con sus cuartos, calabozos sin rejas pero con llave, donde los “pacientes” son encerrados durante la noche y según su comportamiento también en el día. Jean Pierre aprendió muy rápido que no debía conflictuar. La jornada comenzaba a las 6.30, con la formación y el primer sermón. Después, un entrenamiento físico militar. Más tarde la limpieza, a fondo, de cuartos y espacios comunes. En eso estaba él, barriendo la habitación, cuando escuchó el tumulto y vio que un compañero de la celda de al lado entraba para esconderse. El cuidador le quitó la escoba de las manos y con el palo le dio al infractor, que escapaba porque había sido sorprendido fumando en el baño. Se podía fumar en la clínica, pero si la familia pagaba por ello. El chico intentó cubrirse la cara, recibió los palazos en la espalda. La sangre brotó y manchó las cobijas de Jean Pierre. Cuando se lo llevaron se quejó por su ropa de cama. Le contestaron: “Dile al man que las lave, aquí la regla es que el dueño de la sangre tiene que limpiar la suya”. 

    Jean Pierre asumió que debía callar y evitar los problemas. Se le ocurrió pedir papel y pinturas para dibujar. Así se convirtió en el retratista de la clínica: mejor comida, pequeños favores, por uno de sus dibujos. 

    El del machete era transparente en una sola cosa: reconocía, además de su pasado de adicto, que “había sido chonero”. A las 6.30, cuando todos debían formarse como en un cuartel, él pasaba revista y hablaba de sí: había entrado a la banda en Esmeraldas, había caído preso, y allí había dejado de ser chonero para recuperarse de la adicción, volverse “monitor” del centro y ahora darles el ejemplo a punta de machete. Los Choneros lideraron el narcotráfico y otros mercados ilegales en Ecuador desde los 90. La muerte de su líder, Rasquiña, en 2020 produjo una explosión de nuevas bandas: los expertos lo llaman un “archipiélago criminal”. Afectos a las identidades animales los emergentes se bautizaron Los Lobos, Los Tiguerones, Los Chone Killers, Los Lagartos, Los Águilas. 

    De todos ellos, los que mayor poder construyeron en cárceles, fronteras, y provincias como Imbabura fueron Los Lobos. Su líder, Wilmer Chavarría, famoso como Pipo, en noviembre cayó preso en Málaga, España. Pipo había sido parte de Los Choneros, de hecho Los Lobos surgieron con la venia de ellos. Vivía con otro nombre y otro rostro en Dubai y viajaba a cerrar tratos a Málaga. Según el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, se había hecho siete cirugías para zafar de Interpol: nariz, boca, mentón, ojos y párpados, el contorno de la cara; además del pelo y los bigotes, era otro tipo. Aunque los sicarios que mataron el 9 de agosto de 2023 al candidato presidencial anticorrupción Fernando Villavicencio eran colombianos, los fiscales creen que el magnicidio fue ordenado por Pipo, a quien le adjudican más de 400 asesinatos.

    El carácter indómito de Jean Pierre se fue matizando con los días y con las escenas que presenciaba. A la sangre en su cuarto le siguió el rumor de que alguien se había fugado. Era su pretendiente colombiano. Lo habían salido a buscar por el monte. Los internos comentaban que si no conocían el lugar era posible que se perdieran o cayeran en la quebrada: algunos nunca más habían aparecido. Había que ser valiente para emprender la fuga de Santa Ana. Cada vez que alguien lo intentaba recibía un escarmiento ejemplar. Al colombiano lo encontraron. Y lo trajeron a la vista de todos. Allí le pegaron con una madera de esas que se usan en la construcción. Y le aplicaron “el castigo del mendigo». Debía comer excremento de animal. El monitor envió a uno de los chicos a buscarlo afuera. El mandadero se demoró, algunos creyeron que también había aprovechado para escapar, pero regresó. Y como no encontró mierda de vaca o caballo, temeroso de la sanción, trajo la propia. El fugado tuvo que comer mierda humana. Luego tomar agua de poza, el agua sucia que se acumula en los charcos. Vendrían días de dormir debajo de la cama y de  comer en el piso mirando a los demás sentados en las mesas. 

    A los cuatro días Jean Pierre se deprimió. Le quitaron el acceso a los objetos corto punzantes. En la clínica se hablaba de suicidios, y de otros pacientes que aparecieron en la quebrada, accidentados. O no aparecieron más. Al sexto día la mañana comenzó con una novedad: saldrían al campo a cortar la mala hierba con la mano, una tarea típica de granjas de recuperación con el método norteamericano que ha imperado casi como única salida a las adicciones en América Latina: los doce pasos. La hegemonía continental de los doce pasos se sostiene, también, en su ductilidad para legitimar el encierro, la violencia y la corrección moral bajo el lenguaje amable de la recuperación y el trabajo colectivo. Allí estaban, cortando el pasto y aprovechando el sol cuando dos caballos sueltos se metieron en el predio. Nadie sabía de dónde venían; uno blanco, el otro gris. Jean Pierre, que tiene una teoría sobre el sentido de cada animal que se cruza en su camino, pensó: ”son mis amigas. Vendrán a buscarme”. 

    Esa semana de abril de 2023 la fiscal Especializada de Personas Desaparecidas Verónica Murgueytio estaba a full. Llevaban tres casos seguidos. El crimen en Ecuador crecía y las bandas usaban la desaparición como nuevo método. “Cuando pasábamos dos o tres días sin encontrarlos era seguro que los hallaríamos muertos”, dice, ahora al frente de una fiscalía de violencia de género. El día que recibieron la denuncia por Jean Pierre habían encontrado a un tal Baez, asesinado para quitarle el taxi que manejaba. La fiscal no recibió personalmente la denuncia de Diana, pero cuando la vio le resultó raro que no la radicara un familiar, como en la mayoría de los casos. Diana además dejaba claro que ella y los compañeros de trabajo creían que se lo habían llevado porque su amigo era homosexual. Diana había hecho un camino seguro: habló con Asfadec, la organización de familiares de desaparecidos, y con Diálogo Diverso, la ong de la comunidad LGBTIQ+ que se dedicaba a denunciar secuestros así. “Nosotros veníamos de llevar el caso de un médico que se especializó en la Argentina y lo raptaron en su trabajo en una clínica de Quito, de hecho él después de dos años sigue desaparecido”, dice Gabriela Alvear, directora de Diálogo Diverso. Diana esperaba a la fiscal junto a Carlos Rivas, un abogado de la ong y Lidia Rueda, la reconocida presidenta de Asfadec. 

    Verónica estaba cansada, dormía pocas horas y tenía una bebé. Además Luis Rosero, el padre de Jean Pierre, también había ido a verla. “El dijo que su hijo estaba allí por su adicción a las drogas”, cuenta. En los medios ya habían comenzado a hablar del tema. “Cuentenme quien es Jean Pierre”, les pidió. “Yo le dije que en la oficina me habían asegurado que a Jeanpi aunque estaba faltando le mantendrían el puesto porque no creían en el certificado por supuesto vértigo y migrañas que la familia presentó, estaba firmado por una obstetra amiga de ellos”, recuerda Diana. El semblante de la fiscal cambió cuando Diana le hizo ver el video. 

    Esa noche la fiscal volvió a dormir mal. “Estaba entre el cansancio y la imagen tan violenta que se veía en el video”, dice. A la mañana siguiente pidió a la policía que la llevaran al lugar donde el propio padre de Jean Pierre le contó que habían internado a su hijo, la clínica Santa Ana. Pasada la una de la tarde el auto civil, en el que iban tres uniformados y ella, entró al potrero de Cotacachi. Los internos juntaban pasto. Veronica no reconoció a Jean Pierre, pero los policías entrenados en perfilar lo vieron enseguida. Uno de ellos lo custodió y no se despegó de él. La fiscal habló con él a solas en una habitación. Apenas la puerta se cerró Jean Pierre le dijo: “por favor no me dejes aquí”. “Parecía alguien tan vulnerable, con tanto miedo, como un niño el primer día de la escuela pidiendo que no lo abandonaran”, dice. Salieron del lugar en silencio, ante la mirada torva del monitor, ante los ojos esperanzados del resto. A los pocos kilómetros desde el auto Verónica le permitió una videollamada con Diana. Jean Pierre lloraba. Y repetía: “Gracias bebé, yo sabía que no me dejarían solo”. 

    Captura de pantalla del momento en que Jean Pierre fue liberado de la clínica de desdeshomosexualización. La fiscal le permitió hacer una videollamada con su mejor amiga.

    En la ciudad lo esperaban. Su cara se había viralizado. Diana lo llevó a comer a un mexicano. Y durmió en casa de sus amigos. En Diálogo Diverso tuvo su primera terapia para enfrentar el estrés post traumático. “Cuando llegaba a las sesiones experimentaba los síntomas del miedo extremo: sudoración, llanto fácil, temblor. Era difícil calmarlo. Tenía pesadillas. Temía estar en espacios públicos. Creía que lo volverían a secuestrar”, cuenta Katherine García, la coordinadora del equipo de psicólogos. Sólo descansó un par de días y regresó a su trabajo en la empresa de publicidad. Apareció una mujer que conoció el caso por los medios y le ofreció alquilarle un departamento amoblado. Se mudó solo. Las pesadillas continuaban: “soñaba que me corrían, que me estaban a punto de matar, y cuando casi me creía muerto despertaba”. Mientras tanto el gobierno se vio obligado a inspeccionar la clínica Santa Ana. Descubrieron que había personas internadas contra su voluntad. La clausuraron. 

    El director de la clínica debió presentarse a declarar ante el fiscal José Reinaldo Córdova, titular de la Fiscalía Especializada en Delincuencia Organizada Transnacional e Internacional, que tomó el caso. El director defendió a sus hombres. Dijo que los celadores que fueron personalmente a la casa de la familia Rosero no llevaron a Jean Pierre por la fuerza. Su versión se contradice con la de sus amigos y con lo que se puede ver en el video. El director dijo además que la clínica “No prestaba los servicios de deshomosexualización, sino de desintoxicación de alcoholismo y drogadicción”. Los dueños de Santa Ana solo debieron pagar una multa y no se vieron en mayores aprietos. Al poco tiempo, volvieron a abrir, aseguran que tienen todas las habilitaciones para operar y hoy se promocionan con una nueva página web y sus servicios en redes sociales. 

    Aun viviendo en su nuevo departamento, convencido de que estaría a salvo porque su familia no conocía la dirección y solo se la había dado a sus mejores amigos, la garra de Los Lobos se hizo sentir. A su teléfono celular llegaron fotos de la puerta de su nuevo hogar. Desde distintos celulares con números desconocidos. Lo tenían ubicado. En Ecuador una amenaza así puede ser una condena a muerte. Le contó a su terapeuta y el equipo liderado por Gabriela Alvear se conectó con la organización canadiense Rainbow Railroad, que ayuda a lesbianas, gays, trans, personas no binarias a escapar de la violencia y la persecución en sus países. Así como Diálogo Diverso había ideado el programa “Mi casa fuera de casa”, en Buenos Aires Mariano Ruiz, otro activista, había fundado la Asociación Civil Derechos Humanos y Diversidad, y creado el Centro de Atención para personas LGTBIQ+ refugiados o solicitantes de refugio. Ese nexo entre Canadá, Ecuador y Argentina permitió una salida urgente. “Él no sabía dónde ir, no sugirió nada, aceptó venir a Buenos Aires. Podíamos garantizar un departamento, una manutención mínima, servicios de salud incluida la terapia y una red de apoyo. Apenas dijo que sí lo coordinamos y viajó”, cuenta Mariano. 

    En Quito, donde en agosto hicimos la obra Testosterona durante el Festival Internacional de Teatro, no es fácil hablar con sobrevivientes de ECOSIEG. Para llegar al estreno de la performance junto a un equipo de Wambra hicimos una profunda investigación apoyada por el Pulitzer Center. Mapeamos toda la información existente y dimos con sólo dos personas que habían sido inyectadas con testosterona como yo, un peluquero adulto mayor y una chica trans. En comparación a la misma investigación hecha en Colombia con la revista Cerosetenta, la dificultad para llegar a las fuentes en Ecuador fue muchísimo mayor. No sólo a los que habían sido víctimas, sino a las fuentes oficiales, a las de la sociedad civil, a los propios activistas. Comprendí la dificultad cuando entrevisté meses después, ya desde Buenos Aires y bajo total compromiso de confidencialidad de su nombre, a quien había trabajado en la denuncia de las clínicas de deshomosexualización durante los últimos años. 

    “Esta red de clínicas tiene relación con organizaciones criminales porque actúan como tales –dice–. Son redes delincuenciales y eso lo comprobamos directamente. Sus negocios se van extendiendo del narcotráfico a otras formas de operar y en asociación con instancias del estado. La mayoría de las rescatadas fueron mujeres lesbianas, las chicas nos contaban que allí se esconden estos delincuentes. Lo que hacían era realizar sus delitos, y luego internarse, es decir también las usaban como escondites”. Algunas de las clínicas fueron clausuradas y al poco tiempo reabrieron –así pasó con la Santa Ana donde estuvo Jean Pierre–, entonces iniciaron demandas civiles pidiéndoles indemnizaciones a los activistas por haberles hecho perder dinero. Pronto pasaron al acoso y la amenaza. A ellos también les enviaron fotografías de la oficina. Y les intervinieron los mails y la página web. Acudieron a una organización internacional que les ayudó a armar un plan de seguridad. Tuvieron que cambiar de casas. “Ahora estamos en silencio”, dicen. 

    La última vez que Jean Pierre vio a sus padres en Quito tomó sus cosas personales y su gata Celina para no volver. Lo acompañó la fiscal Murgueytio. Temía por su mascota. La anterior, un gato siamés obsequio de un amigo, había desaparecido misteriosamente de la casa. “Estoy seguro de que lo secuestraron como a mi. Se debe haber defendido pero ellos fueron más fuertes, como los que me llevaron a la clínica”, dice. La fiscal recuerda que la madre lloraba. Jean Pierre sólo quería huir. Esa tarde ante ellos pensó por qué no había tenido la valentía de escapar antes para siempre, se culpó por las veces que intentó otra vez agradarles de algún modo. Cuando agarró sus cosas, sólo les devolvió lo único que ellos le habían enviado a la clínica, un paquete de pañuelos de tela. “Aquí tienen sus pañuelos, no los voy a necesitar”, les dijo. 

    En Buenos Aires el fin de año es como una carrera al fin del mundo. La existencia termina el 23 de diciembre. Luego de ello ya no hay futuro; se supone que los porteños van todo enero a la costa,como se le dice a las ciudades con playa a horas de la ciudad. En el microcentro el frenesí de ese final ficticio se siente como una guerra. En el café donde tenemos nuestra última conversación todo es más lento. Los mozos del Florida Garden no necesitan anotar los pedidos de los clientes y se mueven con soltura entre las mesas con las bandejas repletas a la altura de los hombros. Nosotros charlamos después de varias entrevistas, hay tiempo para las teorías de Jean Pierre. Hoy se despertó y encontró un saltamontes en su cama. El saltamontes (¿o era un grillo?) jugaba con su gata Celina. Celina venía enojada hace días porque Jean Pierre estuvo demasiado tiempo en Chile. Y luego en Mar del Plata, grabando otras colaboraciones con creadores de Only Fans. 

    Cuando Celina se ofende no le dirige la mirada ni duerme con él. Esta mañana la escasa luz que entra por la ventana daba en la gata y en el saltamontes. “Yo pensé –dice– que era por esta entrevista, por la transmutación en la que todavía estoy”. Al saltamontes le adjudica el cambio permanente, el salto hacia otro estado. A los caballos el poder de la carrera hacia adelante. A la mariposa, su poder de protección. A la libélula, el pensar en uno mismo, en qué se quiere de la vida, la espiritualidad. Jean Pierre habla de los animales en clave íntima. Y pasa de los animales al sexo somo si nada, porque dice, el sexo es también transmutación. Para él, fue la puerta del cambio. En esta infinita confianza me animo a preguntar. 

    Diana visitó a Jean Pierre en Buenos Aires después de su liberación.

    Quienes hemos sido víctimas de tratamientos deshumanizantes –como la testosterona o el encierro para cambiarnos de orientación sexual– hemos sido “tratados” como objetos. En esa objetualización, que no se limita a nosotros los sobrevivientes, hay una trampa contra la que hemos trabajado en nuestras terapias, búsquedas o intentos de sanar: salir de la objetualización sexual, ir hacia la subjetivación del deseo. ¿No es una trampa creer que ingresar al mercado sexual de Only Fans y sus derivados es liberador, y la contracara de la represión de la que fuimos víctimas? Jean Pierre cree que no, que el sexo es un modo de resilencia, que su cuerpo habla por el goce al que accede. “Este camino, que es el de hoy, me reconcilia con el que soy”, dice. 

    En el final de este texto, meses de trabajo con él y con el tema, mi sensación de inseguridad crece. Los últimos días le pido pequeños detalles, vuelvo a llamar fuentes y chequeo con él cada dato. El texto me implica. Nos implica. Estamos juntos en el texto. Se lo comparto, se lo cuento. “Pero me gusta la intensidad del periodismo”, le digo por whatsapp. “ Una forma más de disfrutar la vida”, dice. 

    Jean Pierre Rosero y Cristian Alarcón en el estudio de la fotógrafa Alejandra López.

    La entrada Nadie sabe lo que puede un cuerpo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

  • Los jueces de paz presionan a Llaryora para ser vitalicios y tensan el 2027 con los intendentes

     

    A poco más de dos semanas de que comience el período ordinario de la Legislatura cordobesa, el próximo 1° de febrero, existe una discusión aún solapada, pero en la que entran diversos actores con sus respectivos intereses: la modificación de la ley provincial 8435 que garantice la estabilidad laboral de los jueces de paz en los juzgados del interior cordobés.

    Es decir, que se asegure el carácter de vitalicio o la inamovilidad para el cargo y no tener que renovar su mandato cada cinco años y por concurso como ocurre actualmente. O, en su defecto, que los cargos estén atados únicamente a cuestiones de conductas que deban evaluar desde el Tribunal Superior de Justicia.

    Reclamo y expectativa de los titulares de los juzgados de paz que choca de manera directa con los intereses y la realidad de los intendentes que, desde las gestiones del exgobernador Juan Schiaretti se quedaron sin reelección eterna y en 2023, cuando se amagó con una presión por parte de los alcaldes con el argumento de las consecuencias de la pandemia en sus últimos mandatos, el exmandatario coqueteó con una marcha atrás que luego no se concretó.

    Por lo que hoy, en todos los pueblos del interior cordobés, y más aún en aquellos por donde están distribuidos los 310 juzgados de paz se vive una relación tensa entre los magistrados y los intendentes.

    Llaryora lanza una ofensiva contra los estatales: «Los vamos a limar desde las bases» 

    Fricción de la que está al tanto Llaryora, porque hace algunas semanas se lo trasladaron en una recorrida por Miramar, donde el mandatario dijo acerca del tema que «va a haber noticias»; y pedido que también sigue de cerca el Tribunal Superior de Justicia (TSJ). No sólo por el lobby que los jueces de paz empezaron hace un tiempo con el recientemente electo presidente de la Corte cordobesa, Domingo Sesín; sino porque con él también tiene diálogo Guillermo Vega, el entrerriano que lidera la Junta Federal de Justicia de Paz (Jufepaz).

    En la Unicameral anterior, durante la última gestión de Schiaretti, se avanzó con la posibilidad de esta modificación a la ley provincial y hubo un proyecto de los legisladores oficialistas Ramón Giraldi y Alejandra Piasco que tomó estado parlamentario sobre el final del 2023, aunque luego no se discutió en el recinto.

    Ninguno de los dos legisladores continúa en la Cámara y ahora los jueces de paz van por otros viguistas como Leonardo Limia y Julieta Rinaldi para intentar reflotar la discusión antes del Mundial. «Esto se iba a tratar antes del final del 2025, pero como vinieron todas las modificaciones en la Justicia, Llaryora frenó esta discusión y ahora los jueces de paz creen que si no se debate antes del Mundial están al horno», sintetizó a LPO una persona al tanto de las conversaciones.

    Esto se iba a tratar antes del final del 2025, pero como vinieron todas las modificaciones en la Justicia, Llaryora frenó esta discusión y ahora los jueces de paz creen que si no se debate antes del Mundial están al horno

    En Córdoba, todos creen que Llaryora fijará la fecha de la elección en el primer cuatrimestre del 2027, bien lejos del escenario nacional con lo cual, después de la cita mundialista se van a acelerar los tiempos de todo el arco político mediterráneo. Y en esa inercia temen quedar enredados con su reclamo los jueces de paz.

    Sin olvidar que la relación entre ellos y los intendentes suele tener fricciones. «Hay de todo: algunos que inquietan, otros que decididamente hacen política y muchos que están 24/7 y con una guardia permanente. Porque no hay que olvidarse que intervienen no sólo en cuestiones institucionales, sino también en aspectos más complejos. Sobre todo, en el proceso electoral completo cuando la fecha de la elección local no va pegada a los comicios provinciales», dicen.

    El presidente de la Corte cordobesa, Domingo Sesín, con Llaryora 

    El recorrido del reclamo puede empantanarse en la propia interna del peronismo o destrabarse por el pragmatismo que implica el juego de necesidades políticas y electorales.

    Por ello, las conversaciones, aunque con menos expectativa, también se llevan adelante con un sector de la oposición en la Legislatura. Hay diálogos con el radicalismo que pone el foco en el accionar de algunos jueces de paz del norte cordobés a los que los parlamentarios tildan de «poco prolijos» como para darles el beneficio del cargo vitalicio.

    «Esa es la más simple: si alguien actúa mal deberá accionar el TSJ y sacarlo. No es tan difícil», señaló una fuente a este sitio.

    Lo concreto es que la modificación por el artículo de «estabilidad laboral» en la ley 8435 asoma como una de las primeras discusiones en los pasillos de la Legislatura cordobesa en el año previo a las elecciones. 

     

  • Tras la reunión de Gesell, el axelismo salió a armar listas para pelear los PJ locales

     

    En el axelismo viven estos días con altos picos de ansiedad. A partir de la semana próxima se empezará a definir una estrategia respecto de la negociación con el kirchnerismo por el PJ bonaerense. Por lo pronto, en cada sección electoral se trabaja juntando avales y bosquejando listas para los PJ locales.

    LPO adelantó que fue el propio Kicillof en Villa Gesell quien planteó que el próximo presidente del PJ bonaerense deberá respaldar sin condiciones al gobernador de la provincia de Buenos Aires. La frase fue leía como una confirmación de que el mandatario impondrá el nombre del próximo jefe del partido.

    «Axel tiene una postura muy distinta de lo que fue la negociación electoral el año pasado. Ahora no hay vacilaciones de ningún tipo. Está decido a jugar fuerte, sin importar lo que diga el kirchnerismo». La frase es de un operador cercano al gobernador y gestor del Movimiento Derecho al Futuro (MDF), la línea interna de Kicillof en el peronismo.

    La idea es llegar a un acuerdo y esquivar una interna que probablemente sea destructiva para los dos sectores: axelistas y kirchneristas. Sin embargo, la decisión de un nuevo presidente del partido totalmente alineado con el gobernador parece ser una premisa consolidada.

    Kicillof dijo que el próximo jefe del PJ bonaerense tiene que estar alineado con el gobernador

    A partir de la semana próxima el gobernador empezará a convocar a los coordinadores de cada sección. Por lo pronto, el axelismo en toda la provincia está abocado a juntar avales para la elección provincial, pero también a armar listas para los PJ locales.

    «Los avales sirven para, llegado en caso, presentar una lista. Es algo preventivo. Necesitamos tener todo listo», explica a LPO una fuente del MDF.

    Pero existen más premisas irrenunciables: donde gobierna un intendente alineado con Kicillof, ese debe ser el presidente del partido. Esa afirmación permite avizorar algunos conflictos puntuales.

    Carlos Bianco.

    Por caso, en La Plata el partido está controlado por La Cámpora desde hace años. Sin embargo, ahora la capital provincial es gobernada por Julio Alak, quien irá por el control del PJ. El ex ministro de Justicia ya tiene un candidato: Carlos Bonicatto, su jefe de Gabinete.

    En La Plata, la tensión entre La Cámpora y el Axelismo es extrema después de la ruptura de la agrupación de Máximo. LPO adelantó que el referente a cargo del armado territorial pateó el tablero y se fue con el intendente.

    También se arman listas en distritos donde no gobierna el peronismo. «En esos territorios habrá que buscar consensos», reconocen en el MDF, aunque los borradores se completan con nombres de referentes peronistas.

    El padrón de afiliados volvió a tensionar la interna del PJ bonaerense

    Reiteran que se trata de una medida preventiva. Lo ven como una herramienta para tener todo listo en caso que las negociaciones que se vienen fracasen y la sea un hecho. También ven a esos borradores como una estrategia para tener más peso en caso de que haya unidad.

    Las boletas para el partido están cargadas de nombres, incluso en el plano local. De mínima un presidente, un vice y unos 14 secretarios. Luego siguen vocales y congresales que varían según la población de los distritos. La lista que en 2022 encabezó Juan Rapacioli en Mar del Plata tenía ocho vocales titulares y 20 congresales. A eso se le suman vocales y congresales suplentes.

    Julio Alak.

    LPO contó esta semana que las tensiones respecto del padrón de afiliados. El martes Verónica Magario habilitó oficinas del Senado a dirigentes del conurbano que llegaron con listas de afiliados y La Cámpora reaccionó de inmediato difundiendo el acta de la última reunión el partido donde se acordó que sólo pueden incluirse las fichas presentadas hasta 30 de diciembre de 2025.

    En La Cámpora mantiene silencio. Siguen de cerca los movimientos de Kicillof y esperan el momento de la negociación real. Quizás entiendan que en esta batalla habrá derrotados.

    Por lo pronto, tras la reunión de Gesell, este jueves el diputado Facundo Tignanelli posteó una canción que pareció estar dirigida a la interna y puntualmente al gobernador. La canción es de Don Osvaldo y la letra es explícita:

    Si lo que querés es virreinar por el fraude de votar

    Si tu faja electoral te emociona y te maneja

    Si tu droga es el poder, el poder chorear sin ley

    Si esperás que alguien de pronto te crea

    Acordate que antes todo era nuestro

    Acordate que tu guerra no va

    Que hay millones sufriendo por diez

    Y que Disney queda muy lejos de acá

    Acordate de donde saliste y

    Que ahí siempre se puede volver

    Acordate de como llegaste y a costillas de quién.

     

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    Majul y la pauta cordobesa: los millones que cobra del gobierno de Llaryora

     

    Otra vez el «periodista» queda expuesto tras una montaña de billetes.

    Por Roque Pérez para NLI

    Mientras se presenta como periodista “crítico” del poder, Luis Majul volvió a quedar en el centro de la polémica por el cobro de cuantiosas sumas de dinero provenientes, en esta ocasión, de la pauta oficial del gobierno de Córdoba. Una investigación periodística reveló los montos millonarios que recibió su productora durante años y expuso una relación incómoda entre medios, negocios y poder político.

    La trama quedó al descubierto a partir de una investigación de Data 24, que reconstruyó el flujo de fondos públicos que terminaron en manos de La Cornisa Producciones S.A., la empresa ligada a Luis Majul, a través de contratos de pauta oficial con la provincia de Córdoba. Los datos surgen de registros oficiales y muestran que el vínculo económico con el Estado provincial se sostuvo tanto durante la gestión de Juan Schiaretti como en la actual administración de Martín Llaryora.

    Según la investigación, entre 2020 y 2023 la productora de Majul facturó decenas de millones de pesos bajo el concepto de “publicidad y difusión de actos de gobierno”. Al actualizar esas cifras por inflación, el volumen real del dinero recibido resulta todavía más impactante: más de 60 millones de pesos en los primeros años, cerca de 59 millones en 2022 y más de 100 millones de pesos ajustados en 2023, un año atravesado por la campaña electoral.

    Pauta, relato y silencios convenientes

    Uno de los datos que más llama la atención es que, tras no percibir fondos durante 2024, en 2025 la pauta volvió a fluir: el gobierno de Llaryora habría destinado 12 millones de pesos adicionales a la empresa de Majul. La secuencia refuerza la sospecha de que la pauta oficial funciona como herramienta de disciplinamiento, premio o negociación política, incluso con periodistas que en pantalla construyen un discurso de confrontación permanente.

    La contradicción es evidente: Majul es una de las caras mediáticas más identificadas con el antiperonismo, con editoriales durísimas contra gobiernos nacionales populares, pero no tuvo reparos en cobrar durante años del peronismo cordobés. La grieta, una vez más, parece diluirse cuando se trata de negocios.

    El rol del gobierno de Llaryora

    La investigación también pone el foco en una decisión política concreta del oficialismo cordobés: la pauta oficial no se ajusta, incluso en contextos de recortes, crisis económica y deterioro social. Mientras se habla de austeridad, el presupuesto destinado a propaganda estatal se mantiene firme y beneficia a grandes actores mediáticos, muchos de ellos con llegada nacional.

    Este esquema no sólo distorsiona el sistema informativo, sino que erosiona la credibilidad del periodismo y refuerza la idea de que parte del discurso mediático está condicionado por intereses económicos antes que por convicciones editoriales reales.

    Cuando la crítica se paga con fondos públicos

    El caso Majul vuelve a poner sobre la mesa un debate de fondo: ¿qué independencia puede tener un periodista que cobra millones del Estado al que dice cuestionar? La investigación no sólo aporta cifras, sino que desnuda una práctica estructural donde la pauta oficial opera como moneda de cambio y donde la supuesta neutralidad periodística queda seriamente en entredicho.

    En tiempos donde Milei agita el ajuste brutal y la demonización del Estado, estos vínculos entre gobiernos provinciales y comunicadores “opositores” muestran que el problema no es el Estado en sí, sino quién se queda con sus recursos y para qué.

     

  • El arancel cero a la importación de celulares pone en riesgo 2500 empleos en Tierra del Fuego

     

     El arancel cero que impuso Javier Milei para la importación de celulares amenaza con dejar en la calle a 2500 trabajadores de la industria de Tierra del Fuego.

    En la provincia austral aseguran que el decreto 333 que se publicó este jueves en el Boletín Oficial tiene un impacto directo y concreto sobre el empleo y la estructura productiva de Tierra del Fuego.

    Según datos de noviembre pasado, la industria fueguina emplea 7.569 trabajadores directos. De ese total, el 83% corresponde a la industria electrónica, el sector más afectado por la apertura de importaciones.

    En Tierra del Fuego estiman que entre 2.000 y 2.500 trabajadores vinculados específicamente a las líneas de producción de celulares podrían verse afectados de manera directa por esta medida.

    El impacto será aún mayor ya que golpea sobre el empleo indirecto en la provincia. Por cada puesto industrial que se pone en riesgo, también se ve afectado el empleo indirecto en toda la provincia, tanto en los comercio minoristas y mayoristas, como en el transporte privado, los servicios logísticos y de mantenimiento y la gastronomía.

    En Tierra del Fuego aseguraron a LPO que la industria electrónica sostiene en buena parte el consumo y la actividad económica de las ciudades fueguinas. Cuando cae la producción, cae el poder adquisitivo y se resiente toda la economía local.

    Martín Pérez, intendente de Río Grande.

    «Nos dicen desde Buenos Aires que esto es para bajar precios. Ese argumento ya lo escuchamos y ya fracasó. Cuando se abrieron las importaciones de notebooks durante el gobierno de Macri, los trabajadores perdieron su empleo y los precios no bajaron. Se destruyó producción local y el beneficio nunca llegó a la gente», dijo a LPO Martín Pérez, el intendente de Río Grande, la ciudad más poblada de la provincia.

    «No se trata de privilegios. Se trata de defender producción nacional, empleo argentino y el trabajo de miles de familias fueguinas», dijo Pérez.

    El impacto en la industria electrónica ya fue acusado por el gobernador Gustavo Melella, que semanas atrás cambió a todo su equipo económico. Alejandro Barrozo asumió como nuevo Ministro de Economía en reemplazo de Francisco Devita, que dejó el gabinete fueguino luego de seis años.