Sociedad

  • Kicillof anunció una inversión de USD 400 millones de Dreyfus para una mega planta en Bahía

     

    Louis Dreyfus Company (LDC) invertirá USD 400 millones para levantar en Bahía Blanca una mega planta de molienda multisemillas con una capacidad de procesamiento de hasta 4.000 toneladas de semillas diarios, algo que, en el caso del girasol, la convertirá en una de las relevantes a escala mundial.

    Por esa razón, autoridades de Dreyfus se reunieron con el gobernador Axel Kicillof y el ministro de Desarrollo Agrario bonaerense, Javier Rodríguez, para dar detalles de la obra que la multinacional cerealera tiene previsto comenzar en este mismo año.

    La inversión tiene una fuerte gravitación en el mapa productivo bonaerense. Buenos Aires es, por lejos, la mayor productora de girasol y registró en los últimos años un crecimiento significativo, pasando 990 mil hectáreas sembradas hace cinco años, a 1.270.000 en la presente campaña, una expansión del 28%.

     La planta de molienda procesará girasol, soja, colza y camelina y se desarrollará dentro del complejo industrial que la empresa posee en el puerto de Bahía Blanca 

    En Dreyfus destacaron que se trata de una de las mayores inversiones de la compañía en el sector agroindustrial argentino durante la última década, así como su primer desarrollo construido íntegramente desde cero en ese período.

    La planta de molienda procesará girasol, soja, colza y camelina y se desarrollará dentro del complejo industrial que la empresa posee en el puerto de Bahía Blanca, integrando la infraestructura existente de almacenamiento y logística con el puerto.

    Kicillof con autoridades de Dreyfus.

    Para esta mega planta se prevé incorporar equipamiento de última generación para el procesamiento eficiente de oleaginosas, con infraestructura energética térmica basada en biomasa renovable proveniente de cáscaras de girasol, contribuyendo a optimizar el uso de energía y reducir las emisiones de carbono.

    Según detallaron en la Provincia, durante la reunión se puso de relieve la importancia de la logística de cargas, el sistema portuario y la red vial como herramienta para potenciar la competitividad del aparato productivo bonaerense.}

    En Bahía Blanca prevén que, durante la etapa de construcción, la obra generará más de 1.000 puestos de trabajo, en tanto que, una vez operativa, dará más de 70 empleos permanentes. 

    En esa línea, se destacó la necesidad de fortalecer la infraestructura que permite reducir costos y mejorar la inserción internacional de la producción provincial. Ahí, se abordaron diversas alternativas y proyectos.

    Además se analizaron las oportunidades que ofrecen otras oleaginosas con alto contenido de aceite, particularmente la camelina y la carinata, materias primas destinadas a la producción de biocombustibles avanzados. Al respecto, la planta industrial sería no solo una oportunidad para la expansión del girasol, sino también de estos otros cultivos.

    En Bahía Blanca destacaron la inversión también desde el punto de vista de la creación de empleo. En la comuna prevén que, durante la etapa de construcción, la obra generará más de 1.000 puestos de trabajo, en tanto que, una vez operativa, dará más de 70 empleos permanentes.

     

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    Adamovsky y el Nobel que no vio

     

    Los tiempos de la política, los tiempos de la ciencia y la historia larga de tres Premios Nobel argentinos.

    Por Roque Pérez y Tomás Palazzo para NLI

    Existe una diferencia fundamental entre la historia política y la historia de la ciencia que, con frecuencia, pasa inadvertida incluso en trabajos escritos por historiadores. Mientras la primera suele organizarse en torno a gobiernos, rupturas institucionales o modelos económicos relativamente breves, la segunda se desarrolla según una temporalidad mucho más extensa, en la que la formación de investigadores, la consolidación de escuelas científicas y la maduración de los descubrimientos requieren décadas. Cuando ambas cronologías se superponen sin los recaudos metodológicos necesarios, el resultado suele ser una simplificación que, aunque útil desde el punto de vista narrativo, termina desdibujando la complejidad del proceso histórico.

    El artículo «¿Cómo era Argentina antes de la devastación?», publicado por Ezequiel Adamovsky en elDiarioAR, constituye un excelente ejemplo de esa tensión. Su objetivo central no consiste en escribir una historia de la ciencia argentina, sino en cuestionar la idea —muy difundida en ciertos discursos políticos y mediáticos— de que el país arrastraba una decadencia estructural desde mediados del siglo XX. Para ello, Adamovsky contrapone una serie de indicadores económicos, sociales e institucionales que describen a la Argentina previa al golpe de 1976 como una sociedad con altos niveles de industrialización, distribución del ingreso, movilidad social y desarrollo científico.

    Dentro de esa enumeración aparecen dos referencias particularmente significativas: los Premios Nobel obtenidos por Bernardo Houssay en 1947 y Luis Federico Leloir en 1970. La intención del autor es evidente. Ambos galardones funcionan como indicadores simbólicos de un país que había logrado insertarse en la elite científica internacional antes del ciclo económico inaugurado por la dictadura de 1976. Sin embargo, precisamente porque se trata de símbolos tan potentes, merecen un análisis mucho más cuidadoso que el que permite una simple referencia cronológica.

    La hipótesis de este ensayo es que la utilización de los Premios Nobel como evidencia de un determinado ciclo político presenta una limitación historiográfica importante, porque desconoce el carácter acumulativo, institucional y transgeneracional del desarrollo científico. Paradójicamente, el caso que Adamovsky omite —el de César Milstein— no debilita su argumento general, sino que lo fortalece, ya que pone de manifiesto con mayor claridad la profundidad histórica de las capacidades científicas construidas por la Argentina durante gran parte del siglo XX.

    La ciencia no tiene el tiempo de los gobiernos

    Uno de los problemas más frecuentes en la historia de la ciencia consiste en atribuir los grandes descubrimientos a los gobiernos bajo los cuales fueron anunciados o premiados. Esa tentación responde a una lógica comprensible: los procesos políticos suelen organizarse en períodos relativamente claros —presidencias, dictaduras, restauraciones democráticas— mientras que la producción científica carece de esos cortes nítidos. Sin embargo, esa diferencia temporal obliga precisamente a evitar asociaciones demasiado lineales.

    Un Premio Nobel rara vez reconoce un descubrimiento reciente. La Academia Sueca suele esperar muchos años antes de otorgarlo, tanto para verificar la trascendencia del hallazgo como para confirmar experimentalmente sus resultados. En consecuencia, el año del premio constituye apenas el último eslabón de una cadena que comenzó mucho antes. Detrás de cada Nobel existe una historia compuesta por escuelas científicas, maestros, discípulos, instituciones universitarias, organismos de financiamiento, bibliotecas, laboratorios y redes internacionales de cooperación que se desarrollan durante décadas.

    La historia científica argentina confirma plenamente esa lógica. Ninguno de sus tres Premios Nobel puede comprenderse observando únicamente el contexto político en que fue entregado. Cada uno representa la culminación de procesos iniciados mucho tiempo antes y sostenidos por una combinación variable de inversión estatal, aportes privados y vínculos internacionales. Pensarlos exclusivamente como productos del año 1947, 1970 o 1984 implica reducir trayectorias científicas extraordinariamente complejas a una simple coincidencia cronológica.

    La ciencia tiene una temporalidad propia. Mientras la historia política se mide en gobiernos y la historia económica en ciclos, la historia de la ciencia se mide en generaciones.

    Bernardo Houssay y la construcción de una escuela científica

    El caso de Bernardo Houssay resulta particularmente ilustrativo. Cuando recibió el Premio Nobel de Medicina en 1947, ya era uno de los fisiólogos más prestigiosos del mundo. Había comenzado más de treinta años antes, cuando la Universidad de Buenos Aires atravesaba un profundo proceso de modernización inspirado en los grandes centros europeos.

    Toda la formación de Houssay transcurrió en instituciones públicas argentinas. Estudió Farmacia y Medicina en la Universidad de Buenos Aires, desarrolló allí su carrera docente y convirtió el Instituto de Fisiología en uno de los principales centros de investigación biomédica del continente. Fue precisamente en ese instituto donde se realizaron los trabajos fundamentales sobre la función de la hipófisis en el metabolismo de los hidratos de carbono, investigaciones que décadas más tarde serían reconocidas con el Nobel.

    Este dato posee una enorme importancia historiográfica. Si el premio fue anunciado en 1947, la mayor parte del trabajo científico que lo hizo posible ya estaba realizado mucho antes. Ello no significa desconocer el papel desempeñado posteriormente por el Instituto de Biología y Medicina Experimental, sostenido gracias a aportes privados y fundaciones internacionales luego del desplazamiento de Houssay de la Universidad producto del Golpe del 43. Significa, simplemente, reconocer que el Nobel no puede atribuirse linealmente a un determinado contexto político porque constituye el resultado acumulado de un sistema universitario construido durante varias décadas.

    En realidad, Houssay representa algo más importante que un investigador brillante: representa la consolidación de una escuela científica nacional capaz de formar discípulos que continuarían expandiendo su legado durante medio siglo.

    Leloir y el equilibrio entre Estado, filantropía y comunidad científica

    La trayectoria de Luis Federico Leloir permite observar otro aspecto esencial del desarrollo científico argentino: la imposibilidad de explicar sus mayores logros mediante una oposición simplista entre Estado y sector privado.

    Al igual que Houssay, Leloir recibió toda su formación en instituciones públicas. Se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires y realizó su aprendizaje científico bajo la dirección del propio Houssay. Sin embargo, las investigaciones que culminaron con el Nobel de Química en 1970 fueron desarrolladas principalmente en el Instituto Campomar, una institución financiada inicialmente por la familia Campomar pero integrada por investigadores provenientes de la universidad pública y posteriormente vinculada al CONICET.

    Este modelo constituye probablemente una de las experiencias más originales de la ciencia argentina del siglo XX. El éxito del Instituto Campomar no derivó exclusivamente del financiamiento privado ni exclusivamente del apoyo estatal. Fue posible gracias a la convergencia entre ambos, complementada por una intensa circulación internacional de investigadores, becas y conocimientos.

    La experiencia de Leloir demuestra, por lo tanto, que la excelencia científica argentina surgió de un ecosistema institucional mucho más complejo que las dicotomías habituales entre Estado y mercado. Reducir su Nobel a cualquiera de esos factores supone empobrecer una historia que, precisamente, se caracterizó por la cooperación entre diferentes formas de financiamiento.

    El Nobel que completa la historia

    Es en este punto donde la ausencia de César Milstein adquiere una relevancia historiográfica inesperada.

    Milstein recibió el Premio Nobel de Medicina en 1984 por el desarrollo de la técnica de los anticuerpos monoclonales. A primera vista, podría parecer que este galardón pertenece a una etapa completamente distinta de la historia argentina. Sin embargo, un examen más detenido revela exactamente lo contrario.

    Toda la formación de Milstein fue argentina y pública. Estudió en la Universidad Nacional del Sur, obtuvo su doctorado en la Universidad de Buenos Aires y desarrolló sus primeras investigaciones en el Instituto Malbrán. Incluso su perfeccionamiento en Cambridge fue posible gracias a una beca obtenida cuando ya era un investigador formado dentro del sistema científico nacional.

    El descubrimiento premiado se produjo en Gran Bretaña y fue financiado por el Medical Research Council, organismo público británico. Sin embargo, el investigador que realizó ese descubrimiento era producto directo de la tradición científica argentina inaugurada por Houssay y consolidada por instituciones como la Universidad de Buenos Aires y el Malbrán.

    Aquí reside el aspecto más interesante del problema. Milstein no representa una ruptura con la historia científica argentina sino su prolongación. Su trayectoria demuestra que las capacidades construidas durante décadas continuaban produciendo investigadores de excelencia internacional incluso cuando las condiciones institucionales del país ya no permitían retenerlos.

    En otras palabras, el Nobel de 1984 constituye una evidencia particularmente poderosa de la calidad alcanzada por el sistema educativo y científico argentino durante la primera mitad del siglo XX.

    La paradoja de la omisión

    Es precisamente aquí donde el artículo de Adamovsky presenta, a nuestro juicio, su principal limitación metodológica.

    No porque su diagnóstico general sobre la Argentina previa a 1976 resulte equivocado. Muy por el contrario, buena parte de la evidencia económica, social e industrial presentada en su trabajo encuentra respaldo en investigaciones especializadas y forma parte de un debate historiográfico ampliamente documentado.

    La dificultad aparece cuando los Premios Nobel son incorporados como marcadores cronológicos de ese proceso.

    Si el propósito consiste en demostrar la existencia de una comunidad científica vigorosa antes de 1976, entonces Milstein debería ocupar un lugar tan importante como Houssay y Leloir. Su exclusión priva al argumento del ejemplo que mejor ilustra la persistencia histórica de aquellas capacidades institucionales.

    Naturalmente, no corresponde atribuir intenciones al autor. Existen múltiples razones posibles para esa selección, desde limitaciones de espacio hasta una decisión narrativa orientada a privilegiar únicamente los Nobel obtenidos antes del golpe de Estado. Sin embargo, cualquiera haya sido el motivo, la consecuencia historiográfica es la misma: el lector pierde la oportunidad de observar el fenómeno científico en toda su profundidad temporal.

    Paradójicamente, la incorporación de Milstein habría fortalecido la tesis central del artículo. Su historia demuestra que las inversiones realizadas durante décadas en educación pública, investigación universitaria y formación de recursos humanos continuaron produciendo resultados de excelencia incluso cuando esos investigadores debieron desarrollar parte de sus carreras en el exterior.

    Los Premios Nobel no son fotografías de un gobierno; son fósiles de un sistema científico. Cuando aparecen, revelan la existencia de un ecosistema que comenzó a formarse décadas antes. Por eso su verdadero valor histórico no consiste en decirnos cómo era el país el año en que fueron otorgados, sino cómo había sido capaz de pensarse, organizarse y sostenerse durante una generación entera.

    Más allá de los Nobel

    Quizá la enseñanza más importante que ofrecen los tres Premios Nobel argentinos sea que ninguno de ellos puede entenderse aislado de los otros.

    Houssay construyó una escuela.

    Leloir perfeccionó y expandió esa tradición mediante un modelo institucional original que integró universidad pública, filantropía privada y cooperación internacional.

    Milstein proyectó internacionalmente aquella misma tradición cuando las condiciones políticas y científicas argentinas dejaron de ofrecerle un ámbito adecuado para desarrollar su investigación.

    Los tres forman parte de una misma historia.

    Una historia cuyo protagonista principal no es un gobierno determinado ni una coyuntura económica específica, sino la lenta construcción de un sistema científico nacional capaz de producir conocimiento de frontera durante varias generaciones consecutivas.

    Por esa razón, utilizar los Premios Nobel como indicadores directos del éxito de un ciclo político resulta metodológicamente insuficiente. Los Nobel son indicadores de procesos largos, acumulativos y profundamente institucionales. Hablan menos del año en que fueron entregados que de las décadas que los hicieron posibles.

    Conclusión

    La principal virtud del artículo de Adamovsky consiste en cuestionar una narrativa simplificadora sobre la supuesta decadencia inevitable de la Argentina desde mediados del siglo XX. Su reconstrucción del desempeño económico, social e industrial previo a 1976 constituye un aporte valioso para ese debate. Sin embargo, cuando el análisis se desplaza hacia la historia de la ciencia, la utilización de los Premios Nobel como evidencia cronológica revela una limitación conceptual que merece ser señalada.

    La omisión de César Milstein no invalida la tesis del autor, pero sí la vuelve menos completa. Incorporar el Nobel de 1984 obliga a abandonar una lectura basada exclusivamente en la sucesión de gobiernos para adoptar otra, más propia de la historia de la ciencia, fundada en la larga duración de las instituciones, las comunidades académicas y la formación de investigadores.

    Visto desde esa perspectiva, Houssay, Leloir y Milstein dejan de ser tres episodios separados para convertirse en la expresión de un mismo proceso histórico: la construcción de una cultura científica que fue capaz de combinar universidad pública, inversión estatal, iniciativa privada y cooperación internacional hasta producir una de las tradiciones de investigación más prestigiosas de América Latina.

    Esta lectura ofrece además una clave para pensar el presente. Si la historia de Houssay, Leloir y Milstein enseña que los grandes logros científicos son el resultado de políticas sostenidas durante décadas, también obliga a analizar con la misma perspectiva los ciclos más recientes. La expansión del sistema científico experimentada entre 2003 y 2015 —expresada en la jerarquización del Ministerio de Ciencia, el fortalecimiento del CONICET, la repatriación de investigadores mediante el Programa Raíces, la creación de universidades nacionales y el incremento de la inversión pública en infraestructura y recursos humanos— probablemente no pueda evaluarse por los resultados inmediatos que produjo, sino por los que debería haber producido en las décadas siguientes. Del mismo modo, la reducción del financiamiento, la paralización de programas estratégicos, la pérdida de poder adquisitivo de investigadores y becarios y la creciente emigración de recursos humanos altamente calificados difícilmente encuentren su expresión más evidente en el presente. Si la historia de los Premios Nobel argentinos demuestra algo, es que los efectos de las decisiones adoptadas sobre educación superior y ciencia suelen hacerse visibles una generación después.

    La omisión de César Milstein no invalida la tesis del autor, pero sí la vuelve menos completa. Incorporar el Nobel de 1984 obliga a abandonar una lectura basada exclusivamente en la sucesión de gobiernos para adoptar otra, más propia de la historia de la ciencia, fundada en la larga duración de las instituciones, las comunidades académicas y la formación de investigadores. Visto desde esa perspectiva, Houssay, Leloir y Milstein dejan de ser tres episodios separados para convertirse en la expresión de un mismo proceso histórico: la construcción de una cultura científica que fue capaz de combinar universidad pública, inversión estatal, iniciativa privada y cooperación internacional hasta producir una de las tradiciones de investigación más prestigiosas de América Latina. Quizá la mayor paradoja sea que esta misma lógica obliga a mirar con preocupación el futuro. Si las decisiones que hicieron posibles los Nobel comenzaron a rendir frutos treinta o cuarenta años después, también es razonable suponer que las políticas de desinversión científica del presente proyectarán sus consecuencias mucho más allá de los gobiernos que las impulsan. La historia de la ciencia enseña que las capacidades pueden tardar generaciones en construirse y apenas unos pocos años en comenzar a desarticularse, aunque esa pérdida sólo se haga plenamente visible cuando ya resulte extremadamente difícil revertirla.

     

  • Colapsados

     

    Esta crónica fue publicada originalmente en Efecto Cocuyo.

    Jennifer Hidalgo solo puede pensar en su sobrina Yanieska, que está apenas viva y con las piernas inertes sobre una camilla de la Unidad de Emergencias del Hospital Domingo Luciani, en lo alto de El Llanito. No reflexiona sobre el terremoto que devastó el país, destrozó su casa y mató al menos a tres miembros de su familia en La Guaira, a 30 km de Caracas. No se concentra en ella misma y en la pérdida de todas sus pertenencias. Su mente solo gira en torno de Yanieska y en su propia incapacidad para costear los insumos que le piden en el centro hospitalario para curarla.

    La crisis de suministros y materiales médicos es dolorosamente palpable tras el doblete sísmico registrado el 24 de junio de 2026 en Venezuela. Tan solo en abril de este año el presidente de la Federación Médica Venezolana (FVM), Douglas León Natera, había advertido sobre el desabastecimiento en hospitales del país, cuya disponibilidad de recursos no superaba el 10 % en la mayoría de los casos.

    “Están colapsados. No tienen casi nada. Uno tiene que traer las cosas. Me pidieron bacitracina, gerdex para los puntos, gasas… me pidieron que trajera hasta los analgésicos. No puedo comprar nada de eso, no tengo nada. Ella quedó tapiada y la encontraron en la madrugada. No siente las piernas, le tomaron puntos en los glúteos, está desnuda, no tiene ropa, ella tampoco tiene nada”, explicó Hidalgo a Efecto Cocuyo, en las afuera de la Unidad de Emergencia del Domingo Luciani.

    Yanieska Galvis, de 24 años, sufrió varias lesiones tras quedar atrapada en los escombros del edificio Opppe 30, perteneciente a la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV), que se desplomó la noche del miércoles en La Guaira. La joven fue hallada por Protección Civil en horas de la madrugada y trasladada hasta el hospital ubicado en el municipio Sucre del Área Metropolitana de Caracas.

    “Por la situación como está, todo colapsado, me dijeron que ya me la podía llevar. Creo que necesitan el espacio. Ella no se puede mover, pero me dijeron que me la tenía que llevar. Lo único que pido es una ambulancia que me traslade a La Guaira o alguien que me ayude a llevarla. Un transporte, que lo demás lo resuelvo yo”, dijo Hidalgo.

    No es la única que ha alertado sobre la falta de insumos dentro del Domingo Luciani en la jornada. Un enfermero del hospital, que no quiso ser identificado por seguridad, contó a Efecto Cocuyo que se requieren con urgencia gasas, tapabocas, obturadores, guantes, pañales, bisturí, gorros, batas para cirujanos, llaves de tres vías y batas para los pacientes:

    “De ahí para adelante, necesitamos todo con los que nos puedan apoyar”, expresó. Usuarios han publicado en redes sociales listas de solicitud que incluyen jelcos de adultos (varios), solución 0,9%, solución 45% sin dextrosa, solución ringer, pañales para adultos, omeprazol ampollas, dipirona, ketoprofeno, diclofenac, electrodos pediátricos y sábanas descartables. La situación se repite en otras instituciones, como el Hospital General Dr. Miguel Pérez Carreño y el Hospital Ana Francisca Pérez de León.

    Un par de días antes del terremoto, el doctor Natera pidió nuevamente transparencia sobre la distribución de 71 toneladas de medicamentos entregadas por Estados Unidos a Venezuela durante febrero de 2026. Este jueves, las consecuencias de la opacidad gubernamental se pagan en los pasillos de los centros hospitalarios de toda Caracas.

    Un hospital colapsado

    El Domingo Luciani está tan colapsado que los médicos gestionan la identificación mediante listas escritas a mano pegadas en las paredes exteriores, donde la gente intenta ubicar a sus seres queridos. Profesionales jóvenes corren de un lado a otro en los pasillos, intentando atender a las decenas de pacientes que llegan de todas partes de Caracas y La Guaira. Afuera, las víctimas de otros accidentes se mezclan con los familiares de los heridos durante los dos terremotos.

    Algunos grupos de voluntarios ofrecen comida entre las filas de personas que se aglomeran en la entrada de la Unidad de Emergencias, otros reparten café y agua fría en diminutos vasos desechables.

    En los pasillos algunos integrantes del personal del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS) murmuran que hacen falta doctores y enfermeros. La deserción del personal de salud resulta evidente.

    El 20 de enero de este año la vicepresidenta del Colegio de Enfermería del Distrito Capital, Naucela Gudiño, advirtió que al menos 60% de enfermeras desertaron de los centros de salud públicos debido a los bajos salarios del sector. No hay registros oficiales que indiquen cuantas trabajan actualmente dentro del Hospital Domingo Luciani.

    Eduardo Rodríguez, de 65 años y artesano de profesión, ingresó al centro de salud el 24 de junio en la tarde con una herida en la cabeza que requirió 20 puntos. Pocos minutos antes la pared de la casa de su vecino se había desplomado en El Carmen, Barrio Unión, mientras él intentaba correr calle abajo. El muro le cayó encima y algunas personas de la comunidad lo trasladaron rápidamente para que recibiera atención médica.

    “Me dieron de alta hoy al mediodía. Me pidieron la resonancia y la tuve que hacer fuera, pero las placas me la hicieron en el hospital. Cuando me vine todavía estaban trayendo gente. Hoy ese hospital está colapsado. Hay muchos médicos jóvenes, pero eficaces. Casi todos son médicos muy jóvenes. También enfermeras, pero ya no dan abasto. Les falta gente”, contó Rodríguez.

    Incapacidad para responder

    En su informe anual de 2025, la ONG Provea alertó que el sistema sanitario público en Venezuela opera con una “reducción cercana a 80% de sus capacidades de atención” y que 94,6% de los venezolanos sigue dependiendo exclusivamente de él para atenderse. El 24 de junio el Ministerio de Salud activó la red hospitalaria en todo el país con mayor prioridad y centros habilitados en Distrito Capital, La Guaira, Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón

    Este 25 de junio la situación en lo alto de El Llanito requiere de atención inmediata. Familias provenientes de La Guaira se preguntan cómo podrán pagar insumos cuando han perdido sus hogares y recursos en tan solo una noche. Con los depósitos vacíos y sin un stock mínimo de reserva estratégica para catástrofes, el Domingo Luciani no tiene cómo responder de forma completa a todas las víctimas que ingresan a sus instalaciones.

    “Se nos notan las costuras. Todo lo que se estuvo tapando con un dedo durante años ahora se destapó y en el peor de los escenarios. No esperábamos esto y obviamente no estábamos preparados. Sabemos que mucha gente allá afuera quedó sin nada. Dependemos de la solidaridad de los que puedan enviarnos algo, de los que puedan apoyar así sea con poco. No debería ser así, deberíamos poder responder. Pero esta es nuestra realidad. Nuestra realidad es que necesitamos demasiada ayuda”, afirmó el enfermero que pidió proteger su identidad.

    Maurilina Guzmán, actual directora general del hospital, indicó en entrevista para un medio televisivo que se estaba ofreciendo atención con un equipo “redoblado de profesionales”, pero no especificó cuántos están activos. Autoridades del Luciani no se han pronunciado al respecto y las cifras de los heridos o fallecidos en el centro tampoco han sido publicadas por ningún ente. De acuerdo con reportes oficiales, hasta la fecha se registran 188 fallecidos y más de 1.500 heridos en todo el territorio nacional.

    La entrada Colapsados se publicó primero en Revista Anfibia.

     

  • El hombre nuevo es no humano

     

    –Así como la revolución industrial nos liberó de las limitaciones de la fuerza física humana, la IA nos liberará de las limitaciones del cerebro humano, impulsando la productividad más allá de nuestros sueños más ambiciosos. 

    Javier Milei insiste con este enunciado: lo incluyó, primero, en su discurso durante la Semana de la Inteligencia Artificial. Lo acaba de repetir en un artículo publicado en el Financial Times. Y, seguramente, será el criterio con el que el Congreso trate el proyecto para modificar la Ley de Sociedades y otorgar personería jurídica a la IA.  

    –En Europa no va a ocurrir, en Estados Unidos no va a ocurrir– dijo el ministro Sturzenegger el último miércoles cuando presentó el proyecto en comisión de senadores en el Congreso–se abre la oportunidad para que en Argentina sea atractivo hacerlo. 

    Y agregó en su lábil defensa: 

    –¿Va a funcionar esto? No sabemos ¿Vale la pena intentarlo? Claro que sí.

    Desde el RIGI y su versión aumentada (el Súper RIGI que beneficia a corporaciones ya involucradas en proyectos, en lugar de incentivar nuevas inversiones), hasta la ley de Inocencia Fiscal, pasando por la estafa Libra o la propuesta de crear un Gemelo Digital Social, las políticas libertarias forman parte de una hondonada que nos sumerge en un valle temporal donde se tocan el siglo XVII, cuando se inventaron las sociedades de responsabilidad limitada, y la tierra incógnita del siglo XXI. Milei no sólo no está loco sino que se adapta, obediente, a la racionalidad emergente de este tiempo histórico. 

    Este nuevo proyecto deja ver, por un lado, una lectura simplista de la relación entre una forma jurídica (la creación de la sociedad de responsabilidad limitada) y un proceso social y político (la colonización bajo la figura de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales). Por otro, lo ubica en el centro de nuestra época signada por la complejidad material, cuya racionalidad se hace lugar entre la incertidumbre y un sentido común erosionado y simplificador. Milei confunde el efecto -la creación de las SRL en el siglo XVII-, con la causa -un proceso de dominación territorial, político y comercial que originó la figura del “Estado empresa”, como dice el historiador israelí Harari en respuesta al artículo de Milei-. Desconoce que la “imaginación jurídica” es apenas una delgada capa de la voluntad de poder. 

    Los transhumanistas buscan la desregulación política y económica porque, en el fondo, se basan en la desregulación de lo vivo.

    El proyecto de darle personería jurídica a la IA homologa un sistema digital a un fenómeno orgánico, presupone que el cerebro es el epicentro de la inteligencia humana y en un extremo considera que el humano (como especie) resulta una limitación para la productividad o incluso el puro funcionamiento. En el libro La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco), dedicamos unas cuantas páginas a explicar la diferencia de naturaleza entre los fenómenos orgánicos (que involucran los ecosistemas, la historia, la herencia, la cultura, la técnica, la subjetividad) y las máquinas digitales (que, aun en su versión más sofisticada, funcionan de manera agregativa pero en ningún caso pensando). Asimilar las correlaciones algorítmicas con la inteligencia humana supone un reduccionismo con efectos desastrosos sobre las otras dimensiones de lo orgánico. Como se plantea en el libro La singularidad de lo vivo, hasta qué punto la corporalidad, los lazos sutiles que conforman relaciones a nivel de los ecosistemas, los ritmos y ritos y, sobre todo, los límites que nos conectan con lo real, no son limitaciones sino condición de la vida. 

    Quienes bregan por liberar al funcionamiento algorítmico de los límites humanos hacen confluir su simplismo con una gran sofisticación económica y tecnológica. Los transhumanistas buscan la desregulación política y económica porque, en el fondo, se basan en la desregulación de lo vivo: para las máquinas sólo hay información, partes, entidades aislables, pero nunca un todo como unidad de sentido. El proyecto de poder que encarnan se corresponde con un mundo regido por la medida cuantitativa, que produce una realidad sin límites, es decir, sin esa tosquedad de lo real que guarda algo de inconmensurable. 

    La exaltación

    El proyecto de ley, según explica Milei en su artículo periodístico, “establece un marco jurídico específico para el despliegue de la IA”. Si bien aún no cuenta con número de expediente parlamentario, menciona sus pilares: “mantener la IA sin regular”, “crear una nueva categoría de sociedad en la legislación argentina: la sociedad no humana” y “un entorno fiscal competitivo”. Más allá de la incontinencia desreguladora y del eufemismo fiscal, la personería jurídica “no humana” es, de todo el planteo, el gesto que realmente se corresponde con la novedad o la especificidad de la época. 

    El Hombre de la modernidad fue un dispositivo que, en su narrativa, pretendió ubicar a la especie humana como dominadora de la naturaleza, eximiéndose incluso a sí misma de esa naturaleza, estableciendo un gobierno de la razón pura representado por la supremacía blanca, europea, colonial. En realidad, todo antropocentrismo debe entenderse como un dispositivo concreto de producción y poder que no tiene mucho que ver con una centralidad de la especie humana (dislocada en segmentos que junto a otros elementos y segmentos fue parte del dispositivo que, finalmente, la puso al borde de su destrucción). Es un punto en que conviene no confundir la “episteme” con la producción material de prácticas y condiciones.

    De esta exaltación civilizatoria participaron también los aires revolucionarios con su proyección de un Hombre nuevo de signo ideológico opuesto al del progreso capitalista. Al desarmarse ese dispositivo (la muerte de Dios anunciada por Nietzsche, seguida de la “muerte del Hombre” pregonada por Foucault), le sucedió una suerte de vacío, una dispersión sin sujeto -al menos, sin un sujeto sustancial- ya que, en el modo de “autoproducción” del mundo contemporáneo no hay más lugar para la supuesta centralidad de la humanidad. ¿Entonces?

    Suplantar a la especie humana

    Desde hace dos décadas, la aparición en nuestra región (y luego en India, Nueva Zelanda, entre otros países) de una jurisprudencia que no sólo protege al mundo animal y a los ecosistemas, sino que les otorga personería jurídica, deja ver un campo de exploración que asume las nuevas condiciones desde nuevos agenciamientos. En el fondo, aquello dañado por determinadas acciones, trátese de especies o biomas, es la vida: una existencia capturada por algo que le impide actuar de acuerdo a su naturaleza se legitima, defiende y relanza explorando posibles que incluyen la protección jurídica de nuevo tipo. 

    Esta personería jurídica significa el fin radical de la posición colonial cartesiana y binaria donde el único sujeto era el Hombre frente a ese mundo que se le presentaba como objeto. El despertar tardío de nuestros contemporáneos frente a esta multiplicación de otros sujetos ocurre cuando otro candidato a esta jerarquía crece con fuerza, la IA y la vida artificial. 

    La legislación que pretende otorgar personería jurídica a la IA comparte el mismo zócalo epocal con los “derechos de la naturaleza”, pero no en términos de protección de la vida, sino de liberación del puro funcionamiento.

    La legislación que pretende otorgar personería jurídica a la IA comparte el mismo zócalo epocal con los “derechos de la naturaleza”, pero no en términos de protección de la vida, sino de liberación del puro funcionamiento. Si la creencia en la incompletud del mundo había dado nacimiento al binomio Hombre (sujeto)/mundo (objeto) y la idea de que desarrollando la humanidad se completaría la obra, en el mundo de los transhumanistas no hay incompletud, la saturación es total, no hay negatividad ni sentido de la historia, sino una positividad a prueba de fallas, el sentido único de la cantidad y el mandato de la aumentación. A diferencia de los bichos, la IA, que puede causar daño, no puede ser dañada, sino “limitada” o “retrasada”… Se trata de otro régimen de relación que resignificaría la “personería jurídica”, ya no protectiva, sino garante de la ilimitación. Como suele ocurrir en contextos neoliberales, la jurisprudencia, a veces regula o modula en exceso las micro conductas, pero otras veces, mantiene un principio económico o, como en este caso, un puro funcionamiento a salvo de todo aquello que podría “limitarlo” o “retrasarlo”. ¿Qué es para ellos lo limitante? Nada menos que la discusión democrática, la singularidad de los modos de vida, los rituales, la exploración, la morosidad, en el fondo, los principios de la organicidad.

    Los supremacistas tradicionales hablan del “gran reemplazo” refiriéndose a la inmigración musulmana, pero el verdadero gran reemplazo, patrocinado por los nuevos supremacistas, estaría encabezado por la IA. Tal vez, por el grado de naturalización con el que se vive este proceso, pasan desapercibidos acontecimientos como la existencia de una ministra IA en Albania o la promesa de un candidato parlamentario británico de colocar en su lugar un avatar. “La tecno-oligarquía va más allá: su objetivo es suplantar a la especie humana. Pretende superar al ser humano mediante una IA que dejaría obsoleta la inteligencia humana”, señala el intelectual ucraniano Anton Shejovtsov

    La ruptura de la frontera corporal

    El proyecto del gobierno es un mojón más en la tendencia a ocupar el vacío histórico con este nuevo pretendido sujeto que sería la IA, realización definitiva del sueño moderno en una hípermodernidad que ya no admite sueños sino pura vigilia. Primero fue la partición del núcleo del átomo, luego la codificación genética con las cadenas de ADN y ahora el reemplazo del pensamiento por lo neuronal y de lo neuronal por lo algorítmico, como corolario de la utopía constructivista. 

    Pero esos eslabones constructivistas no pueden ser considerados errores ni figuras meramente ideológicas, ni mucho menos verdades superadoras, sino conocimientos que hacen parte de la producción de realidad. 

    Las tecnologías digitales funcionan para algo, los fenómenos orgánicos (trama de biología, cultura, historia, técnica) se desarrollan para alguien, para-sí. Porque la vida desea la vida. Lo vivo no es una esencia inmaculada, sino que supone posibles modos de existencia. Mientras para el modo de existencia en que impera la máquina, lo real es un sustrato literal que no presenta límite ya que puede ser desagregado y recombinado al infinito.

    El proyecto de darle personería jurídica a la IA se inscribe en un pasaje histórico que se corresponde con una transformación en curso del cuerpo intocable, la sociedad como algo sagrado o la psiquis como núcleo potente y frágil, hacia recursos, capacidades, prestaciones, competencias. De modo que la imaginada gestión algorítmica, la IA ocupando el podio de un nuevo Estado empresa o los robots humanoides enviados por las corporaciones a las tierras francas en que buscan emplazar sus enclaves extractivistas, encuentran como correlato una humanidad modelizable y unos paisajes convertidos en simples entornos sobre los que se podría operar sin reparar en las consecuencias. 

    La ruptura de la frontera corporal supone una crisis mayor de toda alteridad, ya que el cuerpo como otro impide la promiscuidad de un accionar ilimitado sobre él, los otros con quienes se convive suponen algún tipo de regulación del comportamiento propio, pueblos o países, etnias o religiones que ocupan ese lugar representan alianzas y conflictos posibles alrededor de los cuales se mecen estrategias y orfebrerías políticas. Es ese límite denso y delgado el que tambalea, como deja en claro el hecho caricaturesco de que un presidente de una potencia militar con historial genocida como Estados Unidos pueda anunciar por las redes sociales la próxima desaparición de una civilización completa. 

    Los supremacistas tradicionales hablan del “gran reemplazo” refiriéndose a la inmigración musulmana, pero el verdadero gran reemplazo, patrocinado por los nuevos supremacistas, estaría encabezado por la IA.

    Sin alteridad, la relación entre las máquinas digitales y los humanos, los ecosistemas, en definitiva, lo vivo, está destinada a una forma de colonización rampante. ¿Es la personería jurídica del nuevo colonizador lo que busca el gobierno como obediencia debida a las corporaciones big tech con las que trata?  La hibridación está en marcha y las tecnologías digitales son lo suficientemente potentes como para establecer su dominio al modo de una especie que coloniza un bioma cuando se expande, en detrimento del resto. 

    Sturzenegger se refirió a la crítica del historiador Yuval Harari al proyecto del gobierno y a la desconfianza que genera. Con una ingenuidad que no sabemos si es impostada o auténtica, el ministro dijo el miércoles frente a los senadores: 

    –¿La IA es más segura o más insegura? Si confiamos en el google maps, que es una IA que te dice andá para acá o andá para allá, no hay que tenerle miedo a esto. 

    El proyecto propone dos tipos nuevos de sociedades. Las sociedades automatizadas (o de inteligencia artificial) que pueden ser creadas, fundadas y gestionadas enteramente por agentes de inteligencia artificial o robots, y no necesitan la intervención de personas humanas para tomar decisiones o ejecutar acciones corporativas. Y luego las Organizaciones Autónomas Descentralizadas (DAO), un tipo de sociedades descentralizadas y autónomas en las que la administración y el proceso de toma de decisiones se gestiona mediante un cerebro informático o contrato inteligente, no cuentan con un jefe o gerente traidcional: sus miembros participan en las votaciones y su poder de decisión está directamente vinculado a la cantidad de criptomonedas o tokens que posean. 

    Desafío

    Para disputar la hibridación, es necesario desviar el sentido único de aumentación y maximización algorítmicos, y reintroducir las dimensiones del sentido y de la fragilidad propias de lo vivo. Porque la avanzada tecnocientífica pretende deconstruir, volver codificable y recombinar de manera ilimitada todo rito y ritmo propios del campo biológico tanto como de la cultura, la espiritualidad y la subjetividad. El desafío consiste en producir procesos orgánicos de hibridación que protejan la vida, sin aspiraciones a purezas o trascendencias.

    El desafío es situacional. Sólo desde dentro de los procesos de hibridación ya irreversibles, pero de manera situada, será posible imaginar formas de regulación que garanticen la continuidad de la vida y sostengan la complejidad de las dimensiones orgánicas. No es en nombre de una Humanidad universal que seremos capaces de aprender a experimentar hibridaciones “virtuosas”, ya que, en primer lugar, no hay un modo correcto y definitivo de ser humanos y, luego, atravesamos un momento histórico de descentramiento del Hombre consciente y rector de su mundo, que nos fuerza y nos expone a otros agenciamientos posibles. 

    ¿Es la personería jurídica del nuevo colonizador lo que busca el gobierno como obediencia debida a las corporaciones big tech con las que trata?

    Creemos que es una equivocación y un riesgo otorgar personería jurídica a la IA porque no hay posibilidad de enmarcarla en el orden del sentido ni de asignarle responsabilidad. Para la IA no hay situaciones sino funcionamiento en todo tiempo y lugar (cálculo, correlación estadística, programación). Es una trampa asumir que la innovación está siempre del lado de la tecnología, mientras que las preguntas éticas o el problema del sentido sólo retrasarían la evolución tecnológica. 

    ¿Cómo innovar a nivel de la regulación, situándose al interior de los procesos de hibridación? Tanto la regulación tradicional (exterior, moral, policial) como la voluntad desreguladora (parada sobre el autoritarismo) forman un binomio anticuado que nos condena a un falso problema. Solo la búsqueda de nuevas formas de legitimidad de lo vivo y sus consecuentes modos de organización puede reintroducir el vector algorítmico, digital, en el marco de una hibridación viable, volviendo a la centralidad humana participación en dispositivos que garanticen, cada vez, la singularidad de lo vivo como exploración y deseo de más vida. 

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  • Marini ejecutó despidos masivos en Blender y cortó la transmisión

     

    El empresario libertario Augusto Marini echó a unos 20 trabajadores de Blender por reclamos salariales y cortó la transmisión del canal de streaming.

    El conflicto explotó al aire este jueves por la noche en el programa Último Aviso cuando la conductora Fiorella Sargenti informó que habían echado a muchos compañeros por hacer un reclamo salarial y decidió no continuar con el programa, pero de todos modos igual la sacaron del aire.

    «No podemos seguir haciendo el programa así, hay guardias esperándonos afuera. Supongo que no nos verán mañana, pero no podemos porque si tocan a uno nos tocan a todos, así es como funciona la solidaridad», dijo Sargenti antes de que corten la transmisión.

    Fuentes del canal explicaron que Marini ejecutó los despidos tras recibir un correo electrónico de un grupo de empleados que reclamaban una actualización de sus salarios y negociar algunas condiciones que la empresa ya habría prometido, como el pago de los feriados y las revisiones trimestrales de los sueldos.

    El correo electrónico estaba firmado por empleados de todas las áreas del canal y Marini habría echado a unos veinte en la primera decisión. Pero tras lo que sucedió al aire, se descuenta que habrá más despidos y algunos ponen en duda que la programación continúe este viernes.

    No podemos seguir haciendo el programa así, hay guardias esperándonos afuera

    Marini, que también es dueño del ultralibertario Carajo, compró la totalidad de Blender en 2025 y tomó el control del canal, que a partir comenzó un lento declive hasta la crisis que estalló el jueves. En la interna apuntan al fundador de Cale Group, pero también a Iván Liska, uno de los fundadores de Blender que continuó trabajando con Marini tras el cambio del paquete accionario.

    El empresario sacó un comunicado en el que sostiene que «honra sus compromisos y cumple en tiempo y forma con todas sus obligaciones». «En las últimas horas, un grupo reducido de personas adoptó conductas incompatibles con los valores de la compañía, intentando condicionar el funcionamiento del canal mediante la utilización de su propia pantalla como mecanismo de presión en el marco de una negociación entre las partes», denunció.

    Marini es un empresario misionero desconocido hasta la llegada de Milei al gobierno, cuando empezó a crecer y meterse en negocios con el Estado, como la provisión de material ferroviario a Trenes Argentinos por el que acaba de quedarse con un contrato millonario. 

    Su inversión en el streaming fue una forma de acercarse al poder político, primero vía Santiago Caputo y luego los Menem. Pero también le sirvió para acercarse a otros espacios políticos, tanto que acaba de quedarse con la concesión del Canal de la Ciudad

    Acaso esa sea la explicación de la agresiva incursión de Marini en el mundo del streaming, un modelo que pese a su masividad todavía no logra generar una monetización suficiente para cubrir los costos y actualmente tiene a todos los canales con problemas económicos.

     

  • Ecopetrol, Cibest y Sura, las acciones colombianas que podrían capitalizar el efecto De la Espriella

     

    La victoria de Abelardo de la Espriella ya empezó a cambiar las recomendaciones de los grandes bancos de inversión sobre Colombia. JP Morgan y Credicorp actualizaron sus estrategias y coincidieron en cuáles son las compañías mejor posicionadas para capturar un eventual cambio de ciclo económico: Ecopetrol, Grupo Cibest -controlante de Bancolombia- y Grupo Sura aparecen como las principales apuestas para los próximos meses.

    «Hoy, si un inversor quiere posicionarse en Colombia pensando en el efecto De la Espriella, la primera opción es Ecopetrol. Después aparecen Grupo Cibest, por la recuperación esperada del crédito y del sistema financiero, y Grupo Sura, que sigue cotizando con descuento respecto de su valor patrimonial. Son las tres compañías donde hoy está concentrándose el interés de los fondos internacionales», explicó a LPO un operador financiero que sigue de cerca el mercado colombiano.

    La coincidencia no es casual. Tanto JP Morgan como Credicorp consideran que un giro hacia políticas más favorables para la inversión privada puede impulsar una nueva valorización de los activos colombianos, aunque advierten que el principal riesgo ya no pasa por el resultado electoral sino por la capacidad del nuevo presidente para aprobar sus reformas en un Congreso dividido.

    Cepeda desautoriza a Petro y reconoce la victoria de De la Espriella en Colombia

    JP Morgan incluso estructuró su visión bajo el esquema T.I.G.R.E., un acrónimo que resume los cinco pilares que, a su juicio, marcarán la nueva administración: comercio, inversión, crecimiento, disciplina fiscal y seguridad. Para la entidad, ese programa representa un cambio significativo respecto de la política económica de Gustavo Petro.

    La mayor apuesta está concentrada en el sector energético. El banco estadounidense considera que la reapertura de contratos de exploración, el impulso a nuevos proyectos petroleros y una política más favorable para la producción pueden modificar las perspectivas de rentabilidad de las empresas del sector.

    Si un inversor quiere posicionarse en Colombia pensando en el efecto De la Espriella, la primera opción es Ecopetrol. Después aparecen Grupo Cibest, por la recuperación esperada del crédito y del sistema financiero, y Grupo Sura, que sigue cotizando con descuento respecto de su valor patrimonial

    Por eso Ecopetrol encabeza prácticamente todas las recomendaciones. Tanto JP Morgan como Credicorp sostienen que la petrolera estatal será la principal beneficiaria si el nuevo gobierno reactiva las inversiones energéticas y mejora el clima regulatorio para el negocio de hidrocarburos.

    Credicorp, uno de los mayores grupos financieros de América Latina con fuerte presencia en Colombia, cree incluso que el mercado accionario todavía tiene margen para seguir subiendo. Sus analistas proyectan una reacción positiva adicional de entre 10% y 20% si el nuevo gobierno logra reducir la incertidumbre regulatoria y ejecutar las reformas prometidas.

    La segunda gran apuesta está en los bancos. Credicorp identifica a Grupo Cibest como uno de los principales beneficiarios de un escenario de mayor ingreso de capitales, recuperación del crédito y menor percepción de riesgo para Colombia.

    A esa lista se suma Grupo Sura. Los analistas consideran que sus valuaciones todavía lucen atractivas y que la normalización de la economía podría acelerar la recomposición de su precio de mercado.

    «Las petroleras juegan el cambio en política energética; los bancos, el regreso del crédito y de los capitales. Son dos maneras distintas de apostar al mismo fenómeno», explicó el operador consultado por LPO.

    Las petroleras juegan el cambio en política energética; los bancos, el regreso del crédito y de los capitales. Son dos maneras distintas de apostar al mismo fenómeno

    La visión positiva también alcanza a la renta fija. JP Morgan mantiene una recomendación favorable sobre los bonos soberanos colombianos y sobre la deuda corporativa de Ecopetrol y Bancolombia, al considerar que todavía existe margen para una reducción del riesgo país si el nuevo gobierno avanza con un programa fiscal consistente.

    La única nota de cautela aparece en el mercado cambiario. El banco decidió cerrar la posición favorable que mantenía sobre el peso colombiano al entender que buena parte del optimismo electoral ya quedó reflejado en la cotización de la moneda y que el estrecho margen de la victoria limita una apreciación mucho mayor en el corto plazo.

    La conclusión de ambos informes es que el mercado ya empezó a descontar un cambio de régimen económico en Colombia. Pero la verdadera prueba llegará durante los primeros meses de gobierno: si De la Espriella consigue construir mayorías políticas y avanzar con su agenda económica, JP Morgan y Credicorp creen que las acciones de Ecopetrol, Grupo Cibest y Grupo Sura serán las principales ganadoras del denominado «efecto De la Espriella».