Ignacio Fidanza analizó junto a Rolando Graña la estrategia de Karina Milei, que bajó línea entre los libertarios para que los candidatos locales dejen de tensionar con los gobernadores. «Karina pidió que no jodan a los gobernadores y está bajando candidatos libertarios», dijo el directo de LPO en GPS.
«Fue un balde de agua fría. Estas declaraciones, esta bajada de línea de Karina Milei y lo que está pasando es que prácticamente ya casi no hay en la cancha ningún candidato de verdad a gobernador de la Libertad Avanza», explicó Fidanza sobre la orden de Karina, que pidió «dejar de joder» a los gobernadores.
Los mandatarios provinciales son clave para el gobierno y depende de ellos para sancionar leyes en el Congreso.
El oficialismo negocia para eliminar las Paso. Los aliados peronistas podrían apoyar esa iniciativa, pero a cambio piden que el gobierno les ponga candidatos de baja intensidad.
Karina en principio aceptó la demanda y eso provocó la bronca de los postulantes libertarios que se ilusionaban con ser candidatos a gobernadores en 2027. Además, cuestionan el plan para los próximos cuatro años en caso de que Javier Milei reelija.
«La discusión de los libertarios es ‘¿qué gobernabilidad estamos construyendo para el segundo mandato, porque si vamos a entregar todas las provincias y bueno, un pato rengo de presidente sin gobernadores implica un desgaste?'», dijo Fidanza.
Pablo Bertuzzi evalúa inmolarse para retener su cargo en la Sala I de la Cámara Federal porteña votando junto con Mariano Llorens la ratificación de la decisión del juez Marcelo Martínez de Giorgi en la causa Libra, quien selló un pacto de impunidad con el gobierno para apartar a las querellas de la investigación que demora el fiscal Eduardo Taiano. El fallo de Martínez de Giorgi habría sido un gesto hacia la Casa Rosada luego que el Senado aprobara el pliego de su esposa, Ana Juan, para el juzgado federal de Hurlingham.
Como informó LPO, Bertuzzi concursó para continuar en su sillón de Comodoro Py, donde fue trasladado por Mauricio Macri en 2018, al igual que su par Leopoldo Bruglia, que prefirió renegar del fallo de la Corte Suprema en 2020 y quejarse ante la CIDH por discriminación. Según Bruglia, a él lo obligan a concursar pero a Carlos «Coco» Mahiques, padre del ministro de Justicia, le prorrogaron su cargo por 5 años más «equiparando el traslado al concurso».
En ese contexto, Bertuzzi rindió el examen ante la comisión de Selección del Consejo de la Magistratura, quedó en el puesto 24° y escaló hasta el sexto después de las entrevistas personales. Sin embargo, quedó ternado por debajo de la fiscal Cecilia Incardona, a quien describen como «una mujer del sistema» y atribuyen «el respaldo del peronismo».
Fuentes al tanto de la situación dijeron a LPO que «lo que se ve es que el gobierno explota la guerra fría entre Bertuzzi e Incardona para seguir zafando en la causa Libra».
En efecto, la Sala I podría resolver la apelación de las querellas contra lo actuado por Martínez De Giorgi antes de la feria judicial. Integrado por Llorens, Bertuzzi y Bruglia, ese tribunal armaría una mayoría favorable a los hermanos Milei con los votos de los primeros dos jueces, mientras que el tercero, resignado a su inexorable salida, se podría dar el lujo de votar en contra.
La vacante de Bruglia, de hecho, sería cubierta por Pablo Yadarola, un magistrado que jugaría en tándem con Llorens y cuyo pliego sería remitido por el Poder Ejecutivo en la próxima tanda de envíos. El enroque no es más que otra contribución de Juan Bautista Mahiques a Karina Milei.
Pablo Yadarola.
Lo curioso es que, pese a su compromiso, Bertuzzi perdería la pulseada contra Incardona. «Le van a hacer la boba a Bertuzzi, lo van a hacer votar con Llorens bancando el desarme de la causa y después lo tiran por la ventana: arman la rosca con Llorens y Yadarola y le pagan al peronismo con el nombramiento de Incardona», resumió un camarista.
Desde el Poder Judicial remarcaron ante LPO que esa maniobra contra Bertuzzi comprende un plan más ambicioso, que podría incluir un eventual acuerdo libertario con el peronismo: se congela la causa Libra y Karina resigna la provincia de Buenos Aires para que la retenga el PJ en 2027. Esa hipótesis se basa en el respaldo del interbloque de José Mayans al pliego de Ana Juan, la pareja de Martínez de Giorgi, cuando se votó en el Senado.
Los senadores kirchneristas niegan esa versión. Alegan que la postulación de la jueza había sido propuesta durante el gobierno de Alberto Fernández, retirada por la actual gestión en diciembre de 2023 y volvió a remitirse con la llegada de Mahiques al ministerio.
Le van a hacer la boba a Bertuzzi, lo van a hacer votar con Llorens bancando el desarme de la causa y después lo tiran por la ventana: arman la rosca con Llorens y Yadarola y le pagan al peronismo con el nombramiento de Incardona.
Además, los diputados Sabrina Selva, Juan Marino y Juan Grabois se cuentan entre los impulsores más activos de la investigación de la estafa y los abogados del líder de Patria Grande tramitaban desde el viernes la apelación contra lo resuelto por Martínez De Giorgi.
El revuelo en la Cámara Federal porteña quizá se deba a que la nueva composición de la Sala I también podría repercutir en la Sala II, donde se desempeñan Roberto Boico, Eduardo Farah y Martín Irurzun, quien cumplirá 75 años el próximo 18 de julio sin que su pliego para prorrogarse en el cargo hubiera sido enviado al Congreso por Javier Milei y Mahiques.
En lugar de Irurzun, podrían subrogar allí cualquiera de los tres colegas de la otra sala, designados por sorteo, pero el impacto podría sentirse en la tendencia de Farah a inclinarse en fallos que convengan a la Rosada. En Comodoro Py señalan como ejemplo la disputa entre Ariel Lijo y María Eugenia Capuchetti por llevar la causa de los créditos de los funcionarios libertarios en el Banco Nación.
En abril pasado, la jueza conminó a Lijo para que dejara de intervenir en el caso pero el magistrado se negó y Capuchetti llevó el reclamo hasta la Cámara, donde Farah resolvió a su favor. En el gobierno festejaron la definición, que no estuvo exenta de un cuidadoso seguimiento desde el Ministerio de Justicia.
El gobierno ajustó a la mitad del presupuesto educativo entre 2024 y 2025. Las becas se redujeron 43,5% según un informe de la UBA.
Solamente en 2024, el presupuesto real de Educación y Cultura había caído un 43,2% y en 2025 se sumó otra caída real de 7,9%. El único ítem donde aumentó la inversión en el Plan Nacional de Alfabetización, que incrementó su ejecución.
La discontinuación del Fondo de Incentivo Docente explica gran parte de la reducción presupuestaria de Nación, a lo que se suma responsabilidad financiera asumida por las jurisdicciones.
La interrupción del incentivo docente hizo que en algunas provincias los salarios cayeran por encima del 10%, aunque algunas provincias repusieron esa cifra.
Solo en 2025 las becas estudiantiles cayeron un 42,5%, mientras que el programa de Gestión Educativa y Políticas Socioeducativas cayó 49,5% en términos reales.
Desde el Instituto Interdisciplinario de Economía Política, dependiente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Uba explicaron que «el Plan Nacional de Alfabetización, incrementó su ejecución y se convirtió en una de las principales líneas de acción de la Secretaría» que lidera Carlos Torrendel.
Si bien aún no terminó el año, desde el Instituto explican que, de no producirse nuevas ampliaciones de las partidas presupuestarias vigentes al 30 de mayo, el gasto educativo volvería a registrar una reducción real de 12,7%.
El ministro Toto Caputo salió a mostrar que el Gobierno tiene cubiertos los próximos vencimientos de deuda, pero dejó una frase que abrió otra discusión. El ministro reconoció que el swap con Estados Unidos de USD 20 mil millones está supuestamente disponible, aunque no puede usarse de manera automática, ni ingresa en las reservas. Si la Argentina necesitara activarlo otra vez, habría que volver a negociar con Washington.
La definición apareció durante la conferencia de prensa en la que Caputo presentó el programa financiero del Gobierno. La puesta en escena buscó transmitir calma. Pero la explicación sobre el swap dejó una zona gris.
«El swap con Estados Unidos está disponible. Si se requiriera, por supuesto tendríamos que ir a, tendríamos que charlarlo nuevamente», dijo Caputo. La frase fue el dato político de la conferencia. Confirmó que la línea existe, pero también reconoció que su uso depende de una nueva conversación con el Tesoro norteamericano.
Después completó: «hay como una especie de creencia que porque el año que viene es un año electoral, algo va a pasar. Nosotros, si bien nos preparamos para eso, no es el escenario base. De vuelta, nuestro trabajo es prepararnos para el peor escenario, y así lo hacemos».
Lo concreto es que para el mercado, el respaldo del Tesoro de Estados Unidos funcionaba como un prestamista de última instancia, comprometido a volcar la cantidad de dólares que sean necesarios para contener una corrida cambiaria, figura que se diluyó con las declaraciones del ministro.
El swap con Estados Unidos está disponible. Si se requiriera, por supuesto tendríamos que ir a, tendríamos que charlarlo nuevamente.
Caputo intentó desactivar la idea de que el año electoral pueda derivar en una crisis cambiaria o financiera. Pero al mismo tiempo reconoció que el Gobierno trabaja con un plan de emergencia. «Si uno mira las herramientas que vamos a tener el año que viene, son muchísimo más grandes y más amplias de las que tuvimos en el 2025», aseguró.
El ministro también ató la calma financiera a los fundamentos de la economía. «Pero la realidad es que creemos que estas reacciones obedecen también a los fundamentos económicos, o sea, no son casuales», afirmó. Luego agregó: «Y la economía va a seguir mejorando, la inflación va a seguir bajando, la economía va a seguir recuperando, y el escenario político se va a ir clarificando».
«Entonces, en ese escenario, la verdad, no creería que algo de eso va a pasar. Pero como dije, nos preparamos para que si eventualmente pase, no sea un, pues pasara, no sea un problema para los argentinos», cerró Caputo. La frase dejó expuesta la tensión del mensaje oficial. No espera una crisis, pero prepara un dique.
Lo cierto es que el swap con Estados Unidos nunca funcionó como una transferencia directa de dólares a las reservas. Al momento de la firma, no sumó un solo dólar a las brutas ni a las netas del Banco Central. Quedó asentado apenas como una «línea de liquidez vigente contractualmente» dentro de las notas marginales de los estados contables del BCRA.
El Tesoro de Estados Unidos también aclaró desde el inicio que no estaba transfiriendo dinero a la Argentina. Lo que habilitaba era un cupo disponible. Es decir, una línea que podía ser usada bajo determinadas condiciones. El Gobierno la presentó como un respaldo de gran volumen, pero en los papeles no engrosó la caja del Banco Central.
La operación también tuvo otra cara. Scott Bessent, el secretario del Tesoro norteamericano, la calificó públicamente como un negocio sumamente rentable para Estados Unidos. La describió como un «home run deal», un éxito total. No habló como un funcionario que había hecho asistencia financiera clásica. Habló como alguien que había cerrado una operación ganadora.
La estrategia que ejecutó el Tesoro de Estados Unidos mezcló auxilio geopolítico a Javier Milei con una jugada de mercado muy conocida en el mundo de los fondos de cobertura. Bessent viene de ese universo. Y la mecánica tuvo el ritmo de una apuesta financiera: entrar cuando el activo está castigado, cobrar tasa y salir cuando el precio mejora.
El primer movimiento fue comprar pesos baratos. Durante la corrida cambiaria previa a las elecciones legislativas de octubre de 2025, el Tesoro norteamericano volcó dólares del tramo activado, unos 2.500 millones, para comprar pesos argentinos en plena devaluación. Esa intervención ayudó a frenar la escalada del dólar libre y le dio aire político al Gobierno en un momento crítico.
El segundo movimiento fue hacer tasa. Los pesos adquiridos por Estados Unidos no quedaron quietos. Fueron colocados de inmediato en instrumentos financieros remunerados del propio Banco Central, con tasas muy elevadas, cercanas al 4 por ciento mensual en ese momento. Según balances oficiales posteriores del BCRA, la Argentina terminó pagándole al Tesoro norteamericano más de 17 millones de dólares netos sólo en concepto de intereses por el trimestre que duró la operación.
El tercer movimiento fue la salida con ganancia. En enero de 2026, ya con el mercado cambiario estabilizado después de las elecciones, el Gobierno argentino recompró la totalidad de esos pesos y le devolvió los dólares a Washington. Estados Unidos se desprendió de los pesos a un valor conveniente y cerró su posición con decenas de millones de dólares en ganancias líquidas.
El resultado fue nítido. Washington no se quedó con un solo peso argentino en su cartera. Cobró intereses. Recuperó los dólares. Y además obtuvo una ganancia financiera sobre la operación. Para Estados Unidos fue una jugada redonda. Para la Argentina, fue una asistencia con un costo significativo.
A principios de 2024, un tema dominaba la agenda informativa de España. En telediarios, radio y prensa escrita, todos intentaban reconstruir lo ocurrido en el puerto de Barbate, en la provincia de Cádiz. El 9 de febrero de ese año, seis embarcaciones rápidas de mediana envergadura, de narcotraficantes o contrabandistas, se habían refugiado de un temporal entre los espigones y muelles del puerto de esa localidad. Seis agentes de la Guardia Civil, montados en una lancha Zodiac, que no es sino una lancha inflable con motor, se lanzaron a interceptar las embarcaciones. Una de ellas, una semirrígida de catorce metros de eslora, 5.000 kilos y cuatro motores de 300 caballos de fuerza cada uno, tomó distancia, aceleró y arrolló a la Zodiac de 500 kilos, seis metros de eslora y apenas un motor de 150 caballos de fuerza, como quedó registrado en varios videos. Literalmente aceleró en contra de la lanchita y le pasó encima como lo haría una camioneta a toda velocidad sobre un perro muerto. Al ver la Zodiac interponerse en el camino de la semirrígida, uno de los marinos que filmaba desde otro barco dijo con indignación: «¡Es la Guardia Civil, con esa mierda de lancha! Con esa mierda, con lo que tienen, claro».
Los agentes Miguel Ángel González, de treinta y nueve años, y David Pérez, de cuarenta y tres, murieron tras el impacto. Otro de ellos quedó en estado grave. Con el paso de las semanas, los cuatro tripulantes de la semirrígida, incluyendo al conductor, todos marroquíes, fueron detenidos o se entregaron.
Los partidos de derecha, principalmente Vox, el más radical, hicieron de aquello una fiesta de declaraciones que aún hoy no ha terminado: que si los responsables eran los políticos que dejaban entrar a cualquier indocumentado, que los españoles estaban hartos de blandenguerías con los africanos, que los marroquíes –así, en general– llevaban años matando españoles, que esto estaba fuera de control y que nadie hacía nada. Obvio, que ellos sí harían algo si se les diera el poder. Que ya era hora de que se les diera el poder.
Yo pasé por Madrid justo esos días, en una escala prolongada en mi ruta hacia un festival de literatura en Noruega. Soy un hombre de costumbres y siempre que paso por Madrid me siento a leer algún periódico en un bar de mala muerte de Tirso de Molina, cuyo nombre nunca he sabido, cerca de la bocacalle de Lavapiés, donde por la mañana los desdentados yonquis se empinan sus primeros tercios fríos del día antes de salir a rebuscarse; y los meseros, dos señores arrugados que aparentan una vejez que no tienen, no callan nunca. Es estupendo, en ese pequeño antro me informo por tres vías: leo el periódico, veo de reojo los telediarios que están casi siempre en la vieja tele de la pared y escucho los análisis de los prematuros ancianos que desde temprano sirven cervezas y cortados.
En la pantalla del bar, aquella mañana, dieron la noticia de la muerte de los dos guardias civiles en el puerto de Barbate.
Uno de los dos meseros, el que no se encarga de preparar bocatas, y por tanto está siempre en la barra, llevaba la voz cantante. En el bar, además de quienes entraban y salían, había dos comensales en una de las mesas: un hombre desdentado, que tomaba un tercio a sorbos minúsculos mientras liaba un cigarrillo con la parsimonia de quien no tiene más agenda en el día, y una mujer muy gorda con mechones morados en el pelo. Era obvio que ambos eran habituales. Llamaban al elocuente hombre tras la barra por su nombre: Ángel.
Ángel se quejaba de lo ocurrido: «¡Es que son unos brutos, unos mierdas! ¡Los guardias en esas lanchas de mierda y los putos árabes en esos yates!». Afuera, en el camellón de Tirso de Molina, decenas de africanos pasaban el rato en pequeños grupos. Muchos de ellos son clientes frecuentes de la barra de Ángel.
El desdentado y la gorda solo asentían. Ángel no habla, grita. «Es que son unos nenazas, todos estos políticos. Tú necesitas a un hombre de mano firme para poner en cintura a toda esa lacra. ¿Sabes como quién? ¡Eh, tú! ¿Sabes como quién?», espabiló Ángel al desdentado que de cuando en cuando se ensimismaba en su intento de liar el tabaco. Apenas levantó la vista y con ello Ángel se dio por aludido: «Como el Bukele ese. Ese sí tiene huevos». «¡Ese sí que tiene huevos!», complementó el otro mesero.
Y Ángel se lanzó a decir que Bukele tiene una cárcel donde está permitido matar a los «de las bandas», y que si alguien es condenado por asesinato no le dan comida si no se la llevan sus familiares, y que había acabado con «esas bandas» en solo un mes. El desdentado asentía y la gorda dormitaba.
Pedí la cuenta y con ello volví a existir en aquel bar. Ángel la puso frente a mí en un platito y aproveché a preguntar: «¿De dónde es ese Bukele?». «De por ahí, de Ecuador o algo así», respondió Ángel. «¿Y usted cómo supo de él?» «Por la tele, si está en todas partes porque nadie había hecho lo que hizo ese», respondió Ángel. Mientras salía, Ángel seguía explicando al desdentado las virtudes de Bukele, el que es de Ecuador o algo así.
Ir por el mundo siendo salvadoreño desde que Bukele es presidente es diferente. Antes, la reacción natural era una pregunta o una pregunta equivocada: «¿Y dónde queda eso?».
«De El Salvador ¿en Chile o en Brasil?» Desde que Bukele llegó al poder, la reacción suele ser:
«Claro, del país de Bukele».
Semanas después de escuchar al mesero Ángel decir que para resolver el problema de las costas españolas se necesitaba un Bukele, hice un tour por algunas ciudades de Noruega. En Fredrikstad me reuní con un grupo de adolescentes en su último año de colegio, todos estudiantes de español. En un momento, por curiosidad, pregunté quiénes podían ubicar El Salvador en el mapa. Ninguno. Pregunté si alguno de los más o menos treinta que eran había escuchado hablar de Bukele y cuatro levantaron la mano. Parece poco, pero no lo es: cuatro adolescentes en medio de la nieve noruega, embebidos en su vida de adolescentes del primer mundo, a casi diez mil kilómetros de El Salvador, no habían oído hablar de ese lugar, pero sí de ese hombre.
En España, un guardia civil me felicitó en el aeropuerto tras devolverme mi pasaporte: «Felicidades, tremendo presidente que tienen». En Colombia, todos los taxistas con los que conversé tuvieron palabras de elogio para Bukele. En Chile, igual. En Panamá y Costa Rica, si de los taxistas dependiera, Bukele los gobernaría. En Nueva Jersey una tarde me harté y pregunté al peluquero dominicano, que tenía media hora retrasando mi corte de pelo para detenerse a señalar las virtudes de la megacárcel de Bukele, si sabía qué era el régimen de excepción, y me dijo que no; si sabía que Bukele había pactado con pandillas y me dijo que eso era imposible. Y al menos logré terminar mi corte de pelo en silencio.
Es abrumador porque es ir por el mundo hablando con gente cuyo argumento para idolatrar a Bukele es que vieron un programa de televisión donde salía la megacárcel; o porque son de los dieciséis millones de personas que vieron ese remedo de entrevista que en 2021 el youtuber mexicano Luisito Comunica hizo a Bukele, que cierra con Bukele diciendo «Yo casi no doy entrevistas, pero estoy seguro de que esta entrevista se va a ver más que cualquier noticiero o periódico, así que valió la pena»; o porque vieron algún pedacito de la «entrevista» que el rapero Residente, que se cree un poco todólogo, sostuvo con él en plena pandemia, en un vivo de Instagram, y donde el cantante dejó claro que sabía casi tan poco de El Salvador como el cantinero de Tirso de Molina; o quizá porque vieron aquel discurso vacío de Bukele en 2019 ante el pleno de Naciones Unidas que resonó por todo el mundo porque a miles de medios de comunicación les pareció disruptivo que Bukele se tomara un selfi desde el estrado y augurara –atinando–que el gesto sería más viral que sus palabras.
La contraparte se conoce poco. No se hizo viral cuando Bukele impidió con soldados la entrada a su conferencia de prensa a periodistas a los que consideraba incómodos, ni cómo acusó sin pruebas a un periódico de lavado de dinero en una cadena nacional, ni cómo constantemente acusa a periodistas de ser pandilleros, ni cómo en junio de 2025 había 47 periodistas salvadoreños en el exilio, según la Asociación de Periodistas de El Salvador. Tampoco son virales las ausencias: los cuatro años sin dar ni una conferencia de prensa con preguntas en el país; los seis años –todo su tiempo como presidente– sin dar ni una sola entrevista a ningún periodista salvadoreño (periodista, dije).
Bukele, que a los dieciocho años empezó a trabajar en las agencias de publicidad de su familia, que durante más de una década hicieron las campañas políticas del partido de izquierda, sabe venderse y entiende que lo importante no tiene por qué ser interesante, que el mundo le presta más atención a un selfi y a un alegre youtuber que a una hambruna o un pacto mafioso. Entiende que un eslogan importa más que una idea y, en lugar de presentar planes de políticas públicas detallados, presenta cascarones sonoros: «El dinero alcanza cuando nadie roba»; «Los mismos de siempre», como llamó a todos los políticos que no fueran él o los suyos; «Devuelvan lo robado»; «Bitcoin City», «Bitcoin Beach».
Bukele sabe que el mundo hablará más de cuando decidió cambiar su estatus en X por «Philosopher King» que del casi millón de salvadoreños al borde de la hambruna o de los cientos de cadáveres con signos de tortura que han salido de sus cárceles y que han sido enterrados bajo la misma autopsia oficial: muerte por edema pulmonar, que es tan específico como decir que alguien murió porque dejó de vivir.
Siempre lo entendió, desde que era alcalde de la capital y se lanzaba a la feria popular de agosto a una competencia en el tagadá contra La Choly, un popular personaje de radio que, distorsionando la voz, crea personajes vulgares y misóginos. Y nadie hablaba de otra cosa aquella semana más que de la previa al gran reto donde Bukele y La Choly medirían quién de los dos podía resistir más los brincos de aquella atracción de feria que gira y trastabilla intentando sacudirse a los tripulantes.
Bukele sabe venderse como un producto, y sabe que el envoltorio cuenta, por eso ya no vemos a aquel de sus primeros años como político, flaco, con pronunciadas entradas, una barba desprolija, una camiseta roja, entre la multitud de miembros de segunda del partido de izquierda, asoleándose en los mítines, sino que poco a poco mutó a un Bukele magnánimo, barba perfecta, cabello negro azabache cubriéndole todo el cráneo y aquella levita negra y con ribetes dorados –como confeccionada por el modista de Simón Bolívar y el de Michael Jackson– con la que apareció en el Palacio Nacional en 2024 para la toma de posesión de su segundo periodo inconstitucional en la presidencia. El Bukele que ustedes ven es un producto del Bukele publicista.
La suya es una imagen cuidada, pulida, lejana a otras imágenes de políticos que cargan bebés y abrazan viejitas: Bukele se vende como un semidiós, aparece allá arriba, en el balcón del Palacio, bajando de un ovni, entre fuegos artificiales, rodeado de decenas de guardaespaldas, con las manos en el rostro hablando con Dios, vestido de emperador. Y todo filmado, todo para saturar las redes. Bukele es influencer y su tema es él mismo.
Hay que decir que la competencia en El Salvador era minúscula y que a Bukele no le costó dejarla años luz atrás. Un día un periodista hizo una pregunta mínima al presidente que antecedió a Bukele, Salvador Sánchez Cerén, un viejo excomandante de las Fuerzas Populares de Liberación: «¿Cuál es su cuenta de Twitter?». Cerén, sonriendo nerviosamente como un niño antes de su examen oral, respondió que era Twitter.com.
Bukele devoró con papas a toda una clase política que no entendía de Twitter, para la que TikTok o Instagram eran unos bailes y unas fotitos que sus hijos veían en el teléfono, y YouTube unos videos intrascendentes ante los decaden-tes noticieros nacionales de la televisión.
Bukele se vende como un semidiós, aparece allá arriba, en el balcón del Palacio, bajando de un ovni, entre fuegos artificiales, rodeado de decenas de guardaespaldas, con las manos en el rostro hablando con Dios, vestido de emperador. Y todo filmado, todo para saturar las redes. Bukele es influencer y su tema es él mismo.
Bukele entendió que, si sos de un paisito de veintiún mil kilómetros cuadrados del que pocos en el mundo pueden nombrar a dos expresidentes, es buena idea aparecer en cámara con el que compuso «Atrévete-te-te»; o hablar una hora con el incauto Luisito Comunica, que entiende la complejidad de un país como El Salvador tanto como entenderá de química avanzada; o tomarse un selfi para, de una buena vez por todas, dejar claro a las Naciones Unidas que sus formas de comunicación son obsoletas, como si alguien creyera que esas plenarias pretendieron alguna vez ser virales.
Entender eso fue solo un paso para Bukele. Su objetivo, como buen entendedor de las redes, era hacerse viral, adquirir esa nacionalidad global. Y, para ello, necesitaba hacerse desear, y poco a poco, gesto a gesto, logró dejar claro a miles de influencers de todo el mundo que hablar del dictador más cool del planeta traía visitas, y consiguió heredar el trabajo: no es raro que en un solo día se suban a YouTube cien videos con la palabra Bukele. Para llegar a España, Bukele ya no necesita moverse, de eso se encargan decenas de escandalosos muchachos y muchachas y otras decenas de autoproclamados periodistas que se la pasan «analizando» sus acciones y lambisconeando «al salvador de El Salvador», como lo bautizó una de ellas.
Y así, uno a uno, videíto a videíto, hasta llegar a los ojos de Ángel, el cantinero de Tirso de Molina. Y hasta lograr que, por ejemplo, en 2024 un 81% de los chilenos dijera que tenía una imagen positiva de Bukele.
Como todo buen publicista, Bukele no solo quiere que lo vean, sino que vean de él lo que él quiere mostrar. Para eso, basta con propo-ner que cualquier ciudadano chileno, taxista colombiano, guardia civil español o peluquero dominicano conteste unas preguntas: ¿Ha vis-to usted imágenes de la megacárcel de Bukele? ¿Sabe usted por qué todas son iguales? ¿Sabe usted que en El Salvador hay veintidós cárceles? ¿Ha visto usted imágenes de cualquier otra cárcel de El Salvador?
Bukele suele lograr que el mundo vea el rin-cón que él propone. Y no solo eso, logra tam-bién que aquel que mira a donde él quiere se sienta privilegiado: exclusiva, especial, desde adentro, el infierno en la tierra, la cárcel más grande y estricta del mundo. Así presentaron decenas de periodistas su safari en la megacár-cel de Bukele. Los periodistas que han entrado a ella a recibir un tour calcado suelen creer que aquello es una primicia y no otro paseíto. Y lo siguen haciendo y lo seguirán haciendo, por-que da likes y corazoncitos y sus primas más miserables: las impresiones.
Como todo buen publicista, Bukele sabe que una buena idea nunca superará a una buena polémica. O, sin quedarnos cortos, a un buen pleito. Y sabe también que los odios generan más interés que las ideas. Y así se ganó el corazón de millones de colombianos después de que en 2023 Gustavo Petro criticara el triunfo de la «extrema derecha» en Argentina, y Bukele se metiera al ruedo escribiéndole en X: «Ahora dilo sin llorar». Y así se ganó el corazón de millones de chilenos cuando, después de que en una entrevista el presidente Gabriel Boric criticara las medidas represivas de El Salvador argumentando que, sin entender las causas de la violencia, suelen ser «pan para hoy y hambre para mañana», salió con todo vigor a decirle en X que «qué difícil ha de ser liderar un país teniendo tan poco sentido común», y que «gracias a Dios los chilenos son más que su presidente». Y así se comió el debate cuando Human Rights Watch criticó las medidas draconianas de sus cárceles, publicando en redes un simple apodo: Homeboys Rights Watch. Y de un plumazo se sacudió las críticas de la Unión Europea a su Ley de Agentes Extranjeros –calcada de la promulgada por la dictadura nicaragüense, que básicamente permite que él diga quién es agente extranjero, persona u organización, y le imponga un 30 % extra de impuestos a todos sus ingresos–, cuando escribió en X que era una pena que «un bloque envejecido y sobrerregulado… y liderado por burócratas no electos todavía insista en dar sermones al resto del mundo». Y fue aún más desfachatado para burlarse del juez estadounidense que prohibió la deportación de venezolanos apresados en aquel país y enviados en 2025 a la megacárcel del salvadoreño. Cuando el juez promulgó la prohibición, el avión con más de doscientos venezolanos ya estaba en el aire. Bukele escribió: «Oopsie… too late [ups… demasiado tarde]» y una carita riendo. Y así podría seguir describiendo ataques y mofas a Nicolás Maduro, Kamala Harris, Claudia Sheinbaum… de las que Bukele sale aparentemente ganador. Hasta que uno se detiene a pensar y se da cuenta de que es el ganador de nada, de un rifirrafe de mensajitos escritos a kilómetros del ofendido.
Pero Bukele sabe medir la estrategia. En plena campaña electoral de 2024, cuando Donald Trump competía para su segunda presidencia, y luego de que Bukele le hubiera dedicado flores y elogios desde sus redes, el estadounidense tuvo uno de sus exabruptos y en el cierre de la Convención Nacional Republicana, el rubio dijo en referencia a Bukele: «Hay un país que me gusta mucho, el presidente tiene mucha popularidad por ser un buen pastor de su país, su criminalidad está bajando, él dice que los entrena y vengo leyendo esto hace dos años y dijimos: “Vamos a ver de qué se trata” y me di cuenta de que no los está entrenando, sino que envía a estos tipos criminales, traficantes, reclusos, a Estados Unidos. Él no lo dice, trata de convencer a todos de que hace un trabajo maravilloso». Y Bukele se sacudió las ínfulas de emperador de las redes y abandonó su matonería ante el matón mayor. Escribió en su cuenta un discreto «Taking the high road», una expresión que podría traducirse como «en un plano más elevado».
Mis amigos cubanos siempre me dijeron que es muy cansino andar por el mundo escuchando cómo todos te explican cómo es tu país, así nunca hayan estado en él y por supuesto sin nunca padecerlo. Guardando las distancias históricas, ahora los entiendo mejor. El 21 de mayo de 2025, semanas antes de asumirme como un exiliado de Bukele, terminé una pequeña gira por las oficinas de senadores y congresistas demócratas en Washington que estaban interesados en saber qué pasaba en El Salvador. Son reuniones muy desgastantes, porque duran treinta minutos en los que uno explica lo que ha visto sin poder llegar a nada profundo, y los políticos fruncen el ceño mientras su séquito de asistentes anota sin parar en unas libretas que no parece que vayan a acabar en el lugar más importante de la oficina. Tras tres días de reuniones, de despacho en despacho, con la creatividad disminui-da y el vocabulario en inglés al límite, caminé para airearme por entre los abetos y cerezos que rodean el Capitolio, pensando en nada y sin gana alguna de volver a pronunciar por unos días el apellido Bukele.
Para aquel entonces, yo llevaba veintiún días sin poder volver a mi país, tras amenazas de captura por haber publicado una entrevista con dos líderes pandilleros que detallaron los pactos que sostuvieron con Bukele durante ocho años. Hice una pausa en la licorería Kogod, en la esquina de la avenida Nueva Jersey con la calle E, para comprar una dolorosa cajetilla de cigarros por diecisiete dólares. Al oír mi terrible acento, el asiático que atendía me preguntó, con un acento aún peor que el mío, de dónde era yo. Augurando lo que venía, le respondí. «De El Salvador.» «Number One Country», respondió él, y con su inglés apaleado siguió:
–¿Quieres saber por qué? –preguntó ante mi silencio.
–¿Por qué? –Es tan humillante no haber aprendido aún a sostener el silencio.
–Bukele, amigo de mi presidente Trump, no pandillas, rico con bitcoins, número uno.
–Ok, ok –le respondí y me fui a la habitación de mi hotel en Washington, ya sin ganas de hacer nada más.