Sociedad

  • La caída de Tomatito y Bigotón complica la candidatura a gobernador de Pareja

     

    Sebastián Pareja sigue padeciendo la sangría de su armado en territorio bonaerense tras el ascenso de Diego Santilli a la jefatura de gabinete y se empaña su sueño por pelear la gobernación en 2027.

    El armador de Karina Milei en la provincia, que además preside la sucursal bonaerense de La Libertad Avanza, ahora sufrió la caída de Tomatito y Bigotón, dos de sus referentes en el Conurbano que perdieron el control de las delegaciones distritales de Anses.

    En el armado de Pareja admitieron a LPO que recientemente le «cepillaron» la zona a Fabrizio «Tomatito» Martínez en la jefatura regional Conurbano IV de Anses. Y eso que Tomatito no suele achicarse: fue jefe de la barrabrava de Deportivo Laferrere.

    Tomatito fue investigado en varias oportunidades por la Justicia bonaerense y tiene un prontuario que incluye un ataque en 2022 en el que su vehículo recibió la friolera de 35 balazos.

    El periodista Gustavo Grabia, especializado en el tema de las barrabravas, reveló en su momento que en el armado de Pareja en Avellaneda pisa fuerte Alejandro Caiño, alias ‘Terremoto’, mano derecha de Pablo ‘Bebote’ Álvarez, ex líder de la barra de Independiente. Bebote lideraba la barra del Rojo cuando la senadora libertaria Florencia Arietto se hizo cargo de la Seguridad del club, durante la gestión de Javier Cantero. 

    Arietto se fue del club dejando como legado el nacimiento de otras dos barrabravas además de la de Bebote. «Fue como tirarle agua a uno de los Gemlins», recuerdan con rencor en el club que preside Néstor Grindetti.

    Preocupación en el armado de Pareja por la avanzada territorial de dirigentes de Santilli

    Otro de los libertarios damnificados por el avance de Santilli fue Raúl «Bigotón» Ávila, ex coordinador de Pareja en San Fernando al que le sacaron el control de la delegación del organismo previsional para el que se preparó toda la vida.

    El doctor Raúl «Bigotón» Ávila

    El asedio a Pareja se expandió en los últimos meses por el acuerdo entre Santilli y los Menem, revelado por LPO. Este medio adelantó que los Menem intervinieron Anses Tigre, donde corrieron al dirigente que encabezó la boleta libertaria en las últimas dos elecciones, Claudio Baumgarten, para poner a la ex concejal del PRO Vanina Pignata. 

    La doctora Pignata responde al concejal Juan Furnari, con llegada a los riojanos, y asumió este miércoles formalmente en la Anses regional.

    También se dieron cambios recientes en la Jefatura Regional de Anses con base en Mercedes, donde fue designada la concejal PRO de San Andrés de Giles Mercedes Condesse, una de las referentes de Santilli en esa región y que estuvo en Casa Rosada para presenciar la jura como jefe de Gabinete de su referente político.

     

  • Jorge retomó el contacto con Mauricio Macri para hablar de gestión

     

    Jorge Macri retomó el contacto con Mauricio Macri y se reunieron para tocar temas de gestión. En el PRO aseguran que no hubo charla política y sí hablaron de desregulación, reducción del gasto y de Inteligencia Artificial.

    La relación entre el jefe de Gobierno y el ex presidente no atraviesa el mejor momento. Los acercamientos con La Libertad Avanza volvieron a agitar las aguas entre los primos. Jorge quiere cerrar un acuerdo con los libertarios lo antes posible para asegurar su reelección y Mauricio sigue especulando con una candidatura para competir contra Milei en 2027.

    Tras su regreso del Mundial, el titular del PRO escuchó los planes de gobierno para los próximos meses, sobre todo en cuestión de reducción de gastos y reducción de la estructura de personal.

    Se trata de encuentros que comenzó a implementar el jefe de Gabinete Gabriel Sánchez Zinny para que Macri conozca a los equipos técnicos porteños. El martes estuvieron el ministro de Hacienda, Gustavo Arengo y Raúl Pila, secretario de Innovación y Transformación Digital.

    Los libertarios salen a instalar Santilli jefe de Gobierno porque se quedaron sin cartas para negociar con Jorge

    Macri estuvo acompañado por su fiel Fernando De Andreis. Como llegó 15 minutos antes a la cita, debió esperar a Jorge.

    «Mauricio tiene domicilio en Provincia, por lo menos no tuvo que pagar la entrada», bromeó un funcionario porteño luego de que la Ciudad iniciara una campaña publicitando que el Ecoparque será gratis solo para los porteños.

    Entre los silbidos de los tapires, parte de la charla giró en torno a las concesiones. Los funcionarios destacaron que con la actualización de montos y con las nuevas concesiones en parques y plazas, la Ciudad recauda el doble que en los últimos meses de la gestión de Horacio Rodríguez Larreta.

     

  • Karina sigue sin encontrar candidato para condicionar a Jorge Macri y ahora giran a Menem

     

    Karina Milei sigue sin encontrar un candidato para condicionar a Jorge Macri en la Ciudad y ahora empezó a amenazar con presentar a Martín Menem como jefe de gobierno.

    LPO adelantó que los libertarios primero salieron a instalar a Diego Santilli para la Ciudad porque se quedaron sin cartas para negociar con los Macri. La debacle de Manuel Adorni complicó los planes de Karina para la Capital: el ex vocero caído en desgracia había ganado de manera sorpresiva las elecciones de 2025 y su candidatura aparecía como una amenaza para el PRO.

    Con Adorni fuera de carrera, los libertarios se quedaron sin una carta fuerte para amenazar al PRO. Patricia Bullrich, que es quien mejor mide, ya avisó a su equipo que no tiene intenciones de competir por la jefatura porteña, como anticipó LPO, puesto que irá por la vicepresidencia, como mínimo, o por la presidencia.

    La carta de Santilli en la Ciudad les presenta un problema aún mayor a los libertarios, que es quedarse sin un candidato competitivo en la provincia, ya que Sebastián Pareja, en teoría el preferido de Karina, no mide y es desconocido.

    Si la elección es desdoblada como en 2025, con una derrota en provincia el gobierno llegaría en una situación alarmante a octubre, con la posibilidad del combo letal de una economía en picada como la del año pasado antes del salvataje de Trump 

    Si van con Pareja se arriesgan a una derrota preocupante contra el peronismo en la provincia. Es que si la elección es desdoblada como en 2025, con una derrota en provincia el gobierno llegaría en una situación alarmante a octubre, con la posibilidad del combo letal de una economía en picada como la del año pasado antes del salvataje de Donald Trump.

    Para colmo, Santilli tiene todo su trabajo territorial en la provincia y de hecho empezó a expandirlo una vez que se sumó como funcionario del gobierno de Javier Milei. El Colorado y su socio de toda la vida, Cristian Ritondo, empezaron a copar las delegaciones de PAMI y Anses. Eso se refleja en la tendencia de las últimas semanas, en la que los hombres de Pareja fueron desplazados para dar lugar a enviados de los dos dirigentes del PRO.

    Sebastián Pareja

    En el armado de Pareja admitieron a LPO que recientemente le «cepillaron» la zona a Fabrizio «Tomatito» Martínez en la jefatura regional Conurbano IV de Anses. Y eso que Tomatito no suele achicarse: fue jefe de la barrabrava de Deportivo Laferrere. Otro de los parejistas damnificados fue Raúl «Bigotón» Ávila, ex coordinador en San Fernando al que le sacaron el control de la delegación del organismo previsional para el que se preparó toda la vida.

    La necesidad de ir con Santilli en provincia ya llevó a los karinistas a descartarlo como candidato porteño, si bien tienen el ancho de espadas que es el pedido explícito del presidente para convencer al Colorado que vaya donde él quiera. 

    En ese contexto es que surgió el nombre de Menem, que nació en La Rioja pero vive en la Ciudad hace más de 35 años, por lo que sólo acreditando un domicilio en territorio porteño podría competir por la jefatura de gobierno. 

    La idea de llevar a Menem surgió en la última reunión de Karina con los referentes libertarios de Ciudad justamente porque la presidenta del partido a nivel porteño, Pilar Ramírez, no mide lo suficiente como para asustar al jefe de gobierno.

     

  • En Azul, el intendente de La Cámpora zafó de la interpelación gracias a la ayuda de un concejal libertario

     

    Un voto de la Libertad Avanza en el Concejo Deliberante de Azul fue clave para que el intendente de La Cámpora, Nélson Sombra, evite la interpelación. Fue el concejal libertario Saúl Lucero quien sorprendió a todos votando en contra de la interpelación y ayudando al jefe municipal.

    Lo curioso es que el proyecto de decreto había sido prestado por el bloque de La Libertad Avanza. No es la primera vez que Lucero se desmarca de su bloque. En sesiones anteriores ya había existido diferencias dentro de la bancada libertaria.

    Durante el debate, el oficialismo consiguió -con la ayuda de Lucero- una modificación en el proyecto original reemplazándolo por una Comunicación mediante el cual se solicita al intendente que remita información completa, precisa y detallada sobre los actos administrativos cuestionados.

    El conflicto giraba alrededor de la administración de una propiedad rural ubicada en Cacharí que fue cedida al municipio para su explotación. Según quedó registrado en la sesión, los fondos que surjan de ese arrendamiento deben ser destinados al hospital de Cacharí.

    Nélson Sombra.

    El bloque libertario sostiene que los productores agropecuarios que arriendan esos campos mantienen con el municipio un deuda que super los 100 millones de pesos. Además, agregan que faltaron controles por parte del gobierno municipal.

    Tras la sesión, los concejales libertarios publicaron un comunicado en el cargaron contra su propio compañero de bloque y también contra el radical Agustín Puyou, quien también ayudó al intendente.

    «La política y sus acuerdos terminaron modificando el rumbo de una iniciativa que buscaba fortalecer la transparencia», señalaron. «Lejos de desalentarnos, esto reafirma nuestra compromiso, vamos a seguir trabajando con la misma firmeza para defender el patrimonio de los vecinos, exigir transparencia y promover los cambios que Azul necesita», concluyeron desde la bancada. Sin embargo, al día de hoy Lucero sigue formando parte del bloque libertario.

     

  • Libros como quesos y gaseosas

     

    Génesis

    La expectativa es alta. Es 1996 y Gabriel García Márquez está por publicar el que será su último gran libro, Noticia de un secuestro. La editorial argentina piensa una tirada alta, acorde con su fama y éxito. Las librerías se aseguran los ejemplares necesarios para que ningún lector se quede sin el suyo. Los bestsellers son un bien escaso, sobre todo los que se sabe de antemano que lo serán, y para estos negocios de escaso margen resultan esenciales: esos superventas les permiten poner a disposición de sus lectores —los habituales, los ocasionales y los que aún no saben que lo serán pero encontrarán en ese mundo su camino a la lectura— una oferta amplia y diversa de libros de menor rotación.

    Pero las librerías no son las únicas interesadas en el autor colombiano. Una gran cadena de supermercados también lo mira con interés. Ese libro puede atraer clientes, hacer que permanezcan más tiempo en el local, que compren fideos, mayonesa o papel higiénico. Para ellos, el libro no es muy distinto de esos productos: un bien comercial más. O, en realidad, no: saben que es algo más, y que por eso les sirve para vender otras cosas. Como las librerías, se garantizan una buena provisión de ejemplares, pero a una escala muy superior. Y ofrecerlo no basta: el señuelo es el precio, un 40 por ciento por debajo del sugerido por el sello. El supermercado está dispuesto a no ganar con la unidad libro, incluso a perder. Su negocio está en los quesos y las gaseosas.

    Con premura, las librerías le piden a la editorial que frene la situación. Esta, priorizando a las librerías —las que ofrecen todo su catálogo, el título que vende mucho y el que vende poco—, le solicita al supermercado que no avance con el descuento o que devuelva los ejemplares. La cadena no hace ni una cosa ni la otra. 

    El supermercado está dispuesto a no ganar con la unidad libro, incluso a perder. Su negocio está en los quesos y las gaseosas.

    Esta historia arranca ahí, cuando el sector librero entiende la necesidad de un trabajo político para sobrevivir a los jugadores externos que se sirven del libro para obtener grandes beneficios y, en el camino, destruyen el tejido librero, con todo lo que eso significa para la ampliación de la cultura, la formación de lectores, la circulación de nuevos autores y la venta de libros de rotación lenta. Tras un primer intento frustrado, en 2001 se sanciona la Ley de Defensa de la Actividad Librera, que se promulga a inicios de 2002, en medio de la entrada y salida de presidentes de la Casa Rosada. Hoy, veinticinco años después, el gobierno se propone derogarla.

    Un bien que no es una mercancía más

    El primer caso formal conocido de mantenimiento del precio de reventa de libros surgió en Londres en 1829, cuando una coalición de editores, mayoristas y libreros estableció que los libros nuevos debían venderse al precio fijado por el editor, con descuentos máximos autorizados. No era una ley, sino un acuerdo privado cuya fuerza residía en la amenaza de retirar el suministro a quien vendiera por debajo de esos límites. Sus defensores sostenían que la competencia irrestricta en precios destruiría librerías, reduciría la variedad y favorecería a unos pocos grandes comerciantes. El sistema sobrevivió más de veinte años y es el antecedente más temprano de una idea que reaparecería en numerosos países: el libro, por sus características culturales y económicas, no debía quedar sometido únicamente a la competencia por precio.

    Desde entonces se multiplicaron los países que adoptaron alguna variante de la regulación, ya sea por acuerdos validados por las autoridades o por leyes nacionales. Y no se trata de mercados periféricos, sino de países centrales, con fuerte tradición lectora, que valoran y promueven la cultura como parte de su identidad y su economía: Francia, Alemania, España, Países Bajos, Noruega, Corea del Sur. El alcance de la regulación varía. Puede durar todo el tiempo que el título permanece en catálogo o un máximo de 18, 24 o 36 meses tras la publicación; comprender sólo los libros físicos o también los ebooks; abarcar todos los géneros o algunos. Los descuentos máximos oscilan entre el 5 por ciento y el 15 por ciento, y se habilitan en circunstancias especiales, como las ferias, o para ciertos compradores, como las bibliotecas. Y hay experiencias, como la francesa, que regulan incluso el comercio digital para evitar subsidios encubiertos.

    El libro, por sus características culturales y económicas, no debía quedar sometido únicamente a la competencia por precio.

    La idea de que el libro no puede reducirse a un bien mercantil más —de que su valor no se agota en su materialidad, sino que es también un vehículo de cultura, de identidad, de educación y de goce, y por lo tanto fundamental para una vida individual y colectiva más rica y plena— adquirió su marco formal más acabado en la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de 2001 y en la Convención de 2005 de la UNESCO. Aunque esos documentos, a los que la Argentina adhirió, no refieren sólo al libro, sino a un conjunto más amplio de bienes y servicios culturales, ofrecen el encuadre que está en la base de las regulaciones de precio único. Porque si el libro es, al mismo tiempo, un bien económico y un bien cultural, tratarlo con la vara exclusiva del precio implica capturar sólo una de sus dimensiones y anular la otra.

    Qué dice y hace la ley

    La ley establece que quien determina el precio de venta al público es el editor o el importador. Cada título lleva un precio y todos los canales minoristas deben respetarlo, sean plataformas de comercio electrónico, estaciones de servicio, supermercados, cadenas o pequeñas librerías. La ley no anula la competencia, la desplaza del precio al servicio. Aunque todo se resuelva al final en una transacción, los canales difieren mucho en su naturaleza. Mientras el supermercado acota su oferta a unos pocos títulos de venta rápida, y la plataforma orienta las búsquedas con algoritmos que refuerzan lo que ya vende, las librerías, sobre todo las pequeñas y medianas, ofrecen un repertorio mucho más amplio, con más géneros (narrativa e infantiles, pero también ensayo, poesía, novela gráfica, arte), más autores y más editoriales. Al derogar la ley, el gobierno trata a las librerías como meros expendedores de libros, sin considerar su función cultural.

    Qué ocurre cuando se liberaliza

    Esto nos lleva a uno de los argumentos más caros del gobierno: que la derogación conduciría, gracias a una baja significativa de los precios, a un aumento de las ventas. Las experiencias internacionales demuestran lo contrario. Los países que cuentan con una regulación de esta clase venden considerablemente más que los que no la tienen. En su reciente estudio sobre el precio único en Europa, Rhys J. Williams (2024), de la Universidad de Cambridge, señala que ese incremento ronda el 16 por ciento. ¿Por qué? Porque las librerías, en especial las independientes y las pequeñas, hacen un esfuerzo mayor que el resto de los canales para vender: buscan acercar lectores, asesorarlos, ayudarlos a encontrar el libro adecuado, y rodean al libro de una experiencia que no se agota en la transacción. Venden más porque hacen más.

    Un estudio del mercado alemán publicado en 2025 (Götz et al.) lo demuestra con una cifra contundente: el cierre de una sola librería física provoca una disminución de las ventas totales de libros impresos de unas 744 unidades al mes. Esas ventas no son absorbidas por otro canal, sencillamente se pierden. Se compra menos y se lee menos. Las librerías, los supermercados y el comercio electrónico son sustitutos imperfectos; no hay reemplazo de uno por otro, sino un desplazamiento que deja a un buen número de lectores afuera. Las librerías crean demanda. Cuanto más amplio y nutrido sea el tejido librero, mayores serán las ventas y más alta la tasa de lectura de una sociedad. Lo que se pierde cuando cierra la librería del barrio no es un comercio, es el lugar donde alguien iba a encontrar el libro que todavía no sabía que buscaba.

    Hay un dato todavía más revelador que esa pérdida de ventas: el mismo estudio identifica una relación de complementariedad, no de sustitución. El cierre de la librería física deprime también, aunque ligeramente, las ventas online, porque la tienda funciona como sala de exposición que estimula compras posteriores. El comercio electrónico se beneficia de la librería que dice reemplazar.

    Lo que se pierde cuando cierra la librería del barrio no es un comercio, es el lugar donde alguien iba a encontrar el libro que todavía no sabía que buscaba.

    Podemos ir un poco más allá, con datos en la mano. Con la derogación, además de cambiar el volumen de ventas, se reconfigura qué se vende y quién lo vende. Y esa reconfiguración avanza en una dirección constante en todos los casos observados: desde la librería hacia el supermercado y la plataforma, y desde el catálogo amplio hacia el bestseller. Con la liberalización, en el Reino Unido la cuota de mercado de las librerías especializadas cayó del 19,9 por ciento en 1998 al 9,6 por ciento en 2007, mientras los supermercados y la venta en línea pasaban en conjunto del 4,3 por ciento  al 31 por ciento. En Dinamarca, los puntos de venta físicos aumentaron un 25 por ciento, pero ese aumento provino de la entrada de unos 200 supermercados, mientras las librerías caían un 20 por ciento. Creció la góndola, no la librería. Y con ella se achicó la variedad, porque, como ya mencionamos, los supermercados y las estaciones de servicio se concentran en pocos títulos de alta rotación.

    Francia, que cuenta con una ley desde 1981, sostiene más de 3000 librerías independientes. Reino Unido, con una población similar, alrededor de 1000. En Francia las librerías independientes realizan el 45 por ciento  de las ventas, y su oferta está mucho menos concentrada: los diez títulos más vendidos representan el 2,5 por ciento del mercado, frente al 15,7 por ciento británico. La composición del comercio determina qué se ofrece: un mercado dominado por supermercados y plataformas rota unos pocos títulos masivos, mientras que una red de librerías sostiene la circulación del catálogo medio, el de los libros que se venden de manera moderada y sostenida. Reconfigurar el comercio es, también, reconfigurar la oferta disponible para el lector.

    Las objeciones oficiales

    Vamos ahora al corazón del argumento oficial: los precios. Según el gobierno, la regulación aumenta considerablemente el precio de los libros y atenta contra los consumidores —que aquí prefiero llamar lectores, aunque no siempre quien compra y quien lee sean la misma persona—. Ya vimos que con la regulación se venden más libros, no menos. Y también los precios desmienten la teoría, no suben al regular o, lo que es lo mismo, no bajan al desregular. En su estudio comparado, Williams señala que entre 2008 y 2019 estas políticas no tuvieron un efecto perceptible sobre los precios en los países europeos; los resultados apuntan incluso a una posible reducción, salvo en un caso con un aumento apenas superior al 1 por ciento. Y al ampliar el período a 1996-2020, tampoco aparece evidencia de que la regulación haya empujado una suba. Estos resultados contradicen las predicciones teóricas a las que el gobierno se aferra.

    Ya vimos que con la regulación se venden más libros, no menos.

    Un paréntesis griego: para defender la derogación, circularon en X fragmentos de un artículo académico sobre Grecia, presentado como prueba irrefutable de que la desregulación abarata los libros. El gráfico que comparten muestra que, tras la liberalización parcial de 2014 —algunos géneros siguieron protegidos—, los precios bajaron. Y es cierto: bajaron. Pero la caída había comenzado dos años antes, y en 2014 no se acelera, sino que continúa al mismo ritmo. También baja el precio de la ficción, que conservó la protección. Es decir, todos bajan, con o sin regulación. El propio estudio intenta distinguir el efecto de la reforma del de la crisis, pero no lo consigue. Analiza muy pocos años posteriores, y todo ocurre durante una depresión que hacía caer los precios y el consumo en toda la economía. El artículo muestra una coincidencia entre la liberalización y la baja, no una prueba de que la primera haya causado la segunda. Los tuits tampoco mencionan que, pocos años después, Grecia repuso la regulación en buena parte de los géneros.

    ¿Cartelización? La acusación que también se ha disparado en estos días contra la ley de precio único confunde dos mecanismos jurídicos distintos. Un cártel exige un acuerdo horizontal entre competidores para coordinar precios o repartirse el mercado, es cuando varias empresas se ponen de acuerdo entre sí. En un régimen de precio único, en cambio, las librerías no acuerdan nada, cada editorial o importador fija por separado el precio de los libros de su catálogo, y los puntos de venta deben respetarlo porque lo manda la ley. La jurisprudencia europea reconoció tempranamente esta diferencia. E incluso en Estados Unidos, donde no existe una ley federal equivalente para los libros, la Corte Suprema rechazó que toda restricción vertical sobre el precio de reventa sea necesariamente anticompetitiva, y dispuso examinarla por sus efectos concretos, la rule of reason. Entre ellos, la posibilidad de sostener mejores servicios y una competencia más intensa entre editoriales.

    Una política sistémica

    La regulación del precio de los libros tiene, además, una dimensión que excede las cantidades vendidas y las variaciones de precios, las únicas variables a las que el gobierno parece reducir el mercado. Al proponer la derogación, el oficialismo desconoce los modos virtuosos en que las librerías inciden sobre el conjunto del ecosistema editorial. Si comprendiera esa relación, tal vez entendería por qué las principales organizaciones de editoriales, librerías y autores salieron en conjunto, sin matices, a defender la continuidad de la ley. Y es que no hay política más sistémica que esta: no hay otra acción que, tocando un solo punto —el modo en que se fija el precio—, tenga un efecto tan positivo sobre todos los eslabones de la cadena.

    Al proteger a las librerías que trabajan con una gama amplia de géneros, temas y autores, la ley sostiene también a las pequeñas editoriales que los publican, muchas altamente profesionalizadas, que en los últimos años llevaron la edición argentina a España, México, Colombia y Chile. Sin el resguardo de la ley y, por lo tanto, de las librerías, esos sellos tendrían muchas menos posibilidades de exhibir, recomendar y vender sus libros, consolidarse y proyectarse afuera. Son ellos, junto a un amplio conjunto de sellos autogestivos y cooperativos, los que dan voz a autores y autoras todavía desconocidos, que luego son traducidos y premiados en el exterior, o cuyas obras se adaptan al cine y a series. Publicar a alguien nuevo, acompañarlo cuando aún no tiene un nombre público, es un riesgo, una apuesta por la renovación y la calidad. La ley funciona así como el cimiento de una infraestructura del libro que, pese a años de políticas erráticas y sacudones económicos extremos, sigue siendo un modelo en la región.

    Al proteger a las librerías que trabajan con una gama amplia de géneros, temas y autores, la ley sostiene también a las pequeñas editoriales que los publican, muchas altamente profesionalizadas, que en los últimos años llevaron la edición argentina a España, México, Colombia y Chile.

    Qué está en juego hoy

    En América Latina, sólo dos países cuentan con una ley similar: México y Argentina. Pero únicamente en el nuestro se cumple de manera efectiva. En varios más se discute desde hace años una norma análoga. En Uruguay existe un anteproyecto inspirado en la ley argentina. El contraste es evidente, Argentina tiene muchas más librerías por habitante que el resto de la región —al punto de que allí reside parte del atractivo internacional de la Ciudad de Buenos Aires—, y una red librera menos concentrada y más diversa. Mientras otros países buscan una norma así para fortalecer sus mercados y ampliar el acceso a la cultura, acá se nos propone retroceder varios casilleros.

    Y se nos propone en el peor momento. Veinticinco años después de su sanción, el mercado del libro atraviesa una de sus crisis más severas, que está llevando al límite a librerías y editoriales. La razón es sencilla: quienes sostienen el mercado del libro en nuestro país son los sectores medios, hoy golpeados por una caída muy significativa de sus ingresos. Se compran menos libros, y no por la masificación del consumo digital —que merece otra discusión—, sino porque cuesta cada vez más pagar el alquiler, los servicios y las compras del supermercado.

    Deberíamos estar discutiendo, en cambio, cómo complementar la ley y amplificar sus efectos, de qué manera consolidar y extender la red de librerías allí donde todavía es insuficiente, cómo hacer que los libros lleguen a todo el país, para quienes ya leen y para quienes aún no saben que la lectura puede ser un entretenimiento o volverse una forma de vida. En lugar de eso, se propone destruir una de las pocas herramientas que sostienen el acceso a la cultura. Y no es la única en la mira, el mismo proyecto avanza también sobre el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, el instrumento con el que el Estado promueve que los libros lleguen a donde el mercado no llega. Aquellas librerías que en 1996 advirtieron la catástrofe no defendían una renta. Defendían la trama que hace posible que un lector cualquiera, en cualquier barrio, encuentre algo más que los cinco títulos más vendidos. Esa trama se expandió y diversificó durante dos décadas y media. Puede deshacerse en pocos años, y con ella una forma de vivir los libros.

    La entrada Libros como quesos y gaseosas se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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