Sociedad

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    En medio de la locura bélica impulsada por EEUU, Messi visita a Trump

     

    Mientras crecen las tensiones internacionales y el gobierno estadounidense profundiza su agenda militar en distintos frentes del mundo, una imagen inesperada sacudió la escena política y deportiva: Lionel Messi visitó la Casa Blanca y participó de un acto junto a Donald Trump. La postal generó polémica y reavivó el debate sobre el vínculo entre el deporte, el poder y la política global.

    Por Ignacio Elfrantini para NLI

    Una visita que no pasó desapercibida

    El capitán argentino Lionel Messi participó este jueves en Washington de una ceremonia oficial en la que el presidente estadounidense Donald Trump recibió al plantel de Inter Miami CF para homenajear al equipo campeón de la Major League Soccer 2025.

    El encuentro forma parte de una tradición estadounidense: los campeones de las principales ligas deportivas suelen ser invitados a la Casa Blanca para recibir un reconocimiento institucional.

    Sin embargo, el contexto político convirtió la escena en mucho más que un acto deportivo.

    El contexto internacional que vuelve incómoda la foto

    La visita ocurre en un momento en que el gobierno de Estados Unidos atraviesa un período de fuerte tensión internacional y escalada militar en diversos conflictos, lo que ha llevado a numerosos analistas a hablar de una nueva fase de confrontación global impulsada desde Washington.

    En ese marco, la imagen del máximo ídolo del fútbol argentino compartiendo una ceremonia con Trump generó incomodidad y debate en redes sociales y medios políticos, especialmente en América Latina.

    Para muchos, la postal exhibe cómo el deporte de élite termina orbitando inevitablemente alrededor del poder político y económico global, incluso cuando se trata de figuras que suelen mantenerse al margen de posicionamientos públicos.

    El motivo formal del encuentro

    Desde el punto de vista institucional, el evento fue organizado para celebrar el título que Inter Miami conquistó en diciembre de 2025, cuando venció 3-1 al Vancouver Whitecaps y levantó por primera vez la MLS Cup.

    Messi fue además una de las grandes figuras de esa final y terminó siendo elegido jugador más valioso del partido, consolidando su impacto en el fútbol estadounidense desde su llegada al club de Florida.

    La visita a Washington también coincidió con el viaje del equipo a la capital estadounidense para disputar un partido de la liga contra D.C. United en los próximos días.

    Una primera vez en la Casa Blanca

    La ceremonia marcó la primera visita oficial de Messi a la Casa Blanca, algo que ya había quedado pendiente anteriormente. En 2025, el rosarino había sido invitado a recibir la Medalla Presidencial de la Libertad durante la administración de Joe Biden, pero no pudo asistir por cuestiones de agenda.

    Esta vez sí se concretó la visita, aunque el contexto político hizo que la escena adquiriera una dimensión mucho más polémica de la que suele tener este tipo de eventos deportivos.

    Cuando el fútbol se cruza con la geopolítica

    La visita vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿puede el deporte mantenerse neutral cuando entra en contacto con el poder político?

    A lo largo de la historia, las grandes figuras deportivas han sido utilizadas como símbolos de prestigio internacional por gobiernos de todo signo. En Estados Unidos, la Casa Blanca convirtió esos encuentros con atletas y equipos campeones en una herramienta de soft power.

    Pero en tiempos de polarización global y tensiones geopolíticas, incluso una ceremonia protocolar puede transformarse en un gesto político.

    Y por eso la imagen de Messi junto a Trump —en medio de un escenario internacional cada vez más convulsionado— ya no es solo una anécdota deportiva. Para muchos, es también una postal del vínculo inevitable entre espectáculo, poder y geopolítica.

     

  • Pedro Sánchez contra el trumpismo

     

    Donald Trump ha amenazado con un embargo comercial a España por negarse a ceder Rota y Morón para atacar Irán. Pedro Sánchez ha respondido en cuatro palabras: «No a la guerra.» El mismo presidente que ha militarizado el gasto público como ninguno desde la transición bajo la rúbrica de apoyar a Ucrania ha convertido el pacifismo en su mayor activo electoral —y ha vuelto a ganar el relato sin responder a la pregunta de por qué no impidió desde el principio que EEUU usara las bases para apoyar el genocidio o por qué sigue comprando misiles antitanque a Israel.

    La socialdemocracia europea atraviesa su mayor crisis existencial en décadas. El Partido Socialista francés está moribundo. El laborismo de Keir Starmer, pese a la victoria aplastante de 2024, perdería ante Reform UK, el vehículo de Nigel Farage. La ultraderecha gobierna en Italia, Hungría, Eslovaquia, la República Checa y Países Bajos, y es la principal fuerza de oposición en Alemania, Francia, Austria y Portugal, donde Chega se ha convertido en la segunda fuerza política del país, enterrando el legado de António Costa, ahora presidente de la Comisión Europea. 

    Mientras tanto, la ampliación hacia el este de la UE amenaza con desatar nuevas inestabilidades. Entre los nueve países candidatos, Georgia, Serbia, Turquía y Ucrania plantean serios desafíos a la cohesión interna del bloque —poniendo a prueba la capacidad para garantizar la gobernanza democrática en el seno de la Unión. Es en ese contexto donde cobra toda su dimensión la excepción española: el único bastión donde la socialdemocracia europea sobrevive –y lo hace en la improbable figura del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

    En un momento de aceleradas turbulencias sistémicas –a las que se suman la revolución digital y verde, la economía de guerra, la crisis del orden unipolar y la fractura del Estado de bienestar–, todo elemento nacional particular influye de manera determinante en las relaciones internacionales. El consenso nacional alcanzado por el sanchismo es producto de esa tensión: su imagen pública está totalmente degradada en España, y solo se sostiene gracias a la reputación exterior que le granjea alzarse como la antítesis de la ultraderecha –una fisura que sus adversarios parlamentarios han aprendido a explotar con eficacia de manera reciente.

    La socialdemocracia europea atraviesa su mayor crisis existencial en décadas. El Partido Socialista francés está moribundo. El laborismo de Keir Starmer, pese a la victoria aplastante de 2024, perdería ante Reform UK, el vehículo de Nigel Farage. La ultraderecha gobierna en Italia, Hungría, Eslovaquia, la República Checa y Países Bajos, y es la principal fuerza de oposición en Alemania, Francia, Austria y Portugal.

    La carrera política de Pedro Sánchez tiene el arco dramático de una película de Hollywood que ningún productor se atrevería a aprobar, salvo quizá Susan Sarandon: demasiado improbable, demasiado kitsch. Desde su nombramiento como secretario general del PSOE en 2014, su ascenso fue fulgurante. Se convirtió en el candidato del partido a la presidencia del Gobierno tanto en diciembre de 2015 como en junio de 2016. Tras 609 días sin presupuestos generales, ante el dilema de abstenerse para permitir un nuevo gobierno de Rajoy o intentar una alternativa progresista, Sánchez se niega a facilitar la investidura. En una escena propia de un thriller, choca con los contubernios de su partido y dimite como diputado nacional.

    Un año más tarde, en junio de 2017, regresa a la dirección del PSOE aupado por la militancia y convertido en héroe, como el mejor Perón. «No estoy muerto, estoy aquí», dijo en una hamburguesería cerca de la Moncloa, en una entrevista con el programa político más escuchado del país. Sánchez se presentó a la ciudadanía como el profeta de una religión con una concepción del mundo «activa», que actúa sobre un pueblo pulverizado para organizar su voluntad colectiva. Replicó el discurso contra la casta de Podemos –el partido que amenazaba con sorpassar al PSOE– y atacó duramente al IBEX 35, a César Alierta, expresidente de Telefónica, y a Prisa, editora de El País, por impedir un Gobierno con Podemos. Gramsci dijo sobre Maquiavelo que, en El Príncipe, “la ideología política no se presenta como una fría utopía, ni como una argumentación doctrinaria, sino como la creación de una fantasía concreta».

    Sánchez llegó al poder en 2018 tras una sentencia judicial que probaba la existencia de financiación irregular en el Partido Popular durante dos décadas. Solo en el último Ejecutivo de Mariano Rajoy se investigaron 60 casos de corrupción en los que se vieron implicados 1.236 cargos. Pocos meses después publicó Manual de resistencia, relatando su azarosa trayectoria desde que asumió el liderazgo del PSOE hasta la presidencia, convirtiéndose en el primer mandatario español en escribir sus memorias en pleno mandato y en acudir a la Fashion Week de Madrid. Un periodista español lo comparó con James Dean: «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver».

    Tras la moción de censura contra Mariano Rajoy, Sánchez fue investido presidente del Gobierno con el apoyo de una coalición de partidos a su izquierda. Consiguió capitalizar el descontento social que había quedado tras la última década, la desintegración del entorno institucional posterior a la crisis de 2008, cuando el colapso de la actividad capitalista desencadenó una enorme contestación en las calles del país. En su biografía, Verdades a la cara, Pablo Iglesias confiesa por qué no fue su partido el que consiguió la hegemonía: “pensábamos que los movimientos del régimen iban a ser mucho más unívocos, estábamos convencidos de que iba a haber un acuerdo del tipo que fuera entre el PP y el PSOE. Ese acuerdo no terminó de producirse, lo que generó una tensión sin precedentes dentro del PSOE. Pedro Sánchez fue el producto de esa tensión.” 

    El Príncipe salvó a su partido y se salvó a sí mismo, una cualidad que no ha dejado de cultivar. En las últimas elecciones generales, cuando un insulto viral de la derecha –«Perro Sanxe»– amenazó su imagen, se apropió del meme y lo usó para politizar al electorado joven. Un año después, cuando Santiago Abascal presentó una moción de censura que tildaba a España de régimen bolivariano, Sánchez convirtió la esfera pública en un debate que ponía el foco en la matriz franquista de Vox. Cuando la derecha activó el lawfare judicial contra Begoña Gómez, se retiró cinco días. «Soy un hombre profundamente enamorado de mi mujer. Necesito parar». El país quedó paralizado esperando a saber si dimitía hasta que regresó con una carta a la ciudadanía, calculada y emocional, llamando a los valores de la democracia. Los neoconservadores españoles la calificaron de «comedia de caudillismo lacrimógeno». Hasta cuando compareció en el Senado por un caso de corrupción, unas gafas Dior vintage eclipsaron el escándalo y lo devolvieron al apodo de sus inicios: «Mr. Handsome». Si consigue cerrar su mandato en 2027, Sánchez será el segundo presidente más longevo de la democracia española tras Felipe González. Pero las cabeceras periodísticas repiten al unísono que el sanchismo está agotado simbólicamente. Es un fantasma.

    La presunta trama de corrupción ocurrida durante la pandemia no solo ha llevado a que el Tribunal Supremo apruebe el encarcelamiento del primer diputado en ejercicio en la historia del Estado español, José Luis Ábalos, sino también de su ex asesor Koldo García, y también ha provocado la dimisión de Santos Cerdán, secretario general del partido socialista desde 2021. En paralelo, el #MeToo ha explotado en el PSOE, obligando a dimitir por acoso sexual y abuso de poder a Paco Salazar, mano derecha del presidente en la Moncloa, y a otros seis cargos del partido.

    Sánchez se ha enfrentado a Donald Trump por las tarifas comerciales y el incremento del 5% del gasto exigido por la OTAN, así como por el bombardeo a Irán. Al mismo tiempo, se ha convertido en el «mediador» entre Europa y China.

    Mientras que la derecha, en su radicalización, se ha masculinizado, la izquierda –y especialmente el PSOE– solo gana por el voto progresista de las mujeres. Pero los números de las encuestas empiezan a mostrar que el carisma de Sánchez no puede combatir el descontento. La derecha y la extrema derecha aglutinan el 48,4% de los votos (el 50,7% si se añade la marca del agitador Alvise Pérez), mientras que la izquierda reúne solamente el 37,2%. No gobernaría ni poniendo de acuerdo a todos los aliados actuales. El partido socialista se desplomó electoralmente en diciembre en su principal feudo, Extremadura. En las últimas semanas ha igualado sus peores resultados en Aragón –una vasta comunidad del noreste donde Vox ha duplicado su voto– y todo indica que en los próximos meses ocurrirá lo mismo en Castilla y León y Andalucía, las comunidades autónomas más grandes en extensión de España.

    En su último anuncio antes de Navidad, Pedro Sánchez pidió perdón a las feministas del PSOE –de marcado carácter abolicionista y anti-trans–, cerró filas ante las demandas de un cambio de Gobierno y lanzó un abono mensual de transporte público por 60 € en todo el país. Pero su capacidad legislativa pende de un hilo: el partido de Carles Puigdemont –el líder que proclamó la independencia catalana a través de un referéndum en 2017 y permanece en el autoexilio– ha bloqueado los presupuestos generales y buena parte de la agenda legislativa del Ejecutivo.

    Para mantener el pulso, Sánchez pidió a los ministros medidas sociales que no dependiesen del Congreso y renovar sus gabinetes con expertos en política públicas. Sin embargo, el consenso sanchista pronto se enfrentó a un nuevo varapalo. En noviembre de 2025, el Tribunal Supremo, de mayoría conservadora, anunció la condena penal al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, por un delito de revelación de secretos y le impuso una indemnización de 10.000 euros al empresario Alberto González Amador, pareja de Isabel Díaz Ayuso y procesado por fraude a Hacienda. A día de hoy, solo la Fiscalía y la Abogacía del Estado han evitado el asalto de la ultraderecha a la instituciones mediante oscuras técnicas. Pero las garantías democráticas siguen estando en peligro.

    Liderada por Pedro Sánchez, la socialdemocracia española ha vampirizado las instituciones sociales y absorbido las demandas populares solo para gestionar mercados electorales. Y los mercados, como sabemos, son volátiles. Especialmente en tiempos de guerra.

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    Este aura político internacional se fraguó en la primera decisión de Sánchez como presidente, en junio de 2018. Después de que Italia y Malta negaran el asilo a 629 migrantes a bordo del Aquarius, ordenó que el barco fuera acogido en un puerto de Valencia. Se enfrentó al ultraderechista Matteo Salvini –ahora vicepresidente de la República Italiana– y defendió los valores de la libre circulación de personas. Cuatro años después se produjo la «masacre de Melilla», en la que murieron decenas de migrantes por la represión violenta de las fuerzas marroquíes y españolas en el enclave norteafricano del país. Este evento cuestionó la política de gestión de fronteras y la falta de rendición de cuentas del presidente. Por otro lado, tras ser uno de los grandes valedores del pacto migratorio europeo –convenciendo a Giorgia Meloni en un viaje a Roma–, se conoció que el Gobierno abrió dos cárceles de migrantes en África, con cunas para menores.

    Pero las contradicciones políticas no siempre tienen un coste –especialmente cuando escapan al escrutinio mediático. Al igual que Javier Milei en Argentina, con quien se ha enfrentado en distintas ocasiones, Pedro Sánchez utiliza la agenda internacional para galvanizar su base interna y distraer a la oposición. El semanario progresista L’Espresso lo celebra como la «persona del año», y los italianos lo respetan casi tanto como al Papa. Sánchez se ha convertido en el refugio más visible de la imagen liberal del Viejo Continente y de su proyecto primigenio: garantizar la paz mediante el comercio. «Para los padres fundadores, la integración militar y securitaria de Europa era tan o más prioritaria que la integración económica», defendió ante el Consejo Europeo citando a Jean Monnet y Robert Schuman. Su política exterior se ha movido entre denunciar el «genocidio» en Gaza –calificando a Israel como «potencia ocupante» ante el CIJ– y proporcionar a Ucrania equipamiento militar de producción nacional por valor de 1.000 millones de euros anuales; entre defender la financiación a Volodímir Zelenski «por razones morales» y las transferencias de material militar a Benjamín Netanyahu tres meses después de la aprobación del embargo, esta vez invocando «intereses nacionales».

    Pese a sus contradicciones, la dialéctica genocidio no, guerra sí ha situado a Pedro Sánchez como una figura de primer orden. Al contrario que buena parte de la tecnocracia comunitaria, no cree que la «doctrina Monroe» de Trump vaya a beneficiar a la Unión Europea en materia económica o militar. El Gobierno español ha apostado por una política de seguridad «autónoma» de Washington, la construcción de gigantes nacionales como Indra, el desarrollo de sectores estratégicos y la producción nacional de recursos. Sánchez se ha enfrentado a Donald Trump por las tarifas comerciales y el incremento del 5% del gasto exigido por la OTAN, así como por el bombardeo a Irán. Al mismo tiempo, se ha convertido en el «mediador» entre Europa y China, ha impulsado la minería de minerales críticos, abriendo nuevos caminos comerciales hacia África a través de sus relaciones con Mauritania, y ha negociado la no dependencia del gas ruso en acuerdos con Argelia.

    Pedro Sánchez ha conseguido articular una nueva constelación progresista con América Latina, diversificando las relaciones comerciales de la UE hacia bloques regionales distintos a Estados Unidos, y abriéndose a un multilateralismo basado en los derechos humanos.

    Asimismo, los miembros más destacados del Gobierno de Sánchez han orientado a la tecnocracia europea hacia un rol más geopolítico. Nadia Calviño, la ministra de Economía que pilotó la salida de la pandemia absorbiendo en tiempo récord los fondos europeos y reforzando la estabilidad financiera, fue nombrada presidenta del Banco Europeo de Inversiones. Teresa Ribera, exministra de Transición Ecológica y responsable de negociar el «energy price cap» ibérico –el tope al gas que permitió abaratar la factura eléctrica en España y Portugal–, es ahora comisaria de Competencia de la Comisión Europea. Ambas han sido clave en la autonomía europea: Calviño anunció una inversión de 6.500 millones en dos años para alimentar a firmas de defensa, como las españolas, cuadruplicando el gasto del BEI en defensa y canalizando cerca del 5% de su financiación total hacia el sector. «Nos hemos dado cuenta de que no podemos depender enteramente de Estados Unidos para la defensa, ni enteramente de China para la tecnología», declaró en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Ribera, por su parte, lidera las sanciones contra las grandes tecnológicas estadounidenses, que este año ascienden a 4.000 millones en multas. Tras abrir una investigación contra Google, afirmó: «No aceptaremos ninguna forma de subordinación en el ejercicio de nuestras funciones».

    Del mismo modo, la diplomacia de Pedro Sánchez ha conseguido articular una nueva constelación progresista con América Latina, diversificando las relaciones comerciales de la UE hacia bloques regionales distintos a Estados Unidos, y abriéndose a un multilateralismo basado en los derechos humanos: ha firmado declaraciones con Gustavo Petro sobre justicia climática, ha coordinado con Gabriel Boric intercambios sobre estrategias de reforma constitucional, se ha alineado con Luiz Inácio Lula da Silva en política industrial y liderazgo del Sur Global –siendo una de las voces más favorables en el acuerdo Mercosur–, y ha retomado la relación con Claudia Sheinbaum para disculparse formalmente por la violencia colonial de la conquista española.

    Sánchez incluso se ha sumado al bloque no alineado en la declaración sobre la intervención estadounidense en Venezuela –con quien mantuvo abiertos canales diplomáticos a través de José Luis Rodríguez Zapatero hasta el final– como «un intento de control gubernamental, de administración o apropiación externa de recursos naturales o estratégicos». Con este mismo fin, la política exterior de Sánchez ha engrasado los presupuestos de cooperación al desarrollo de América Latina, buscando estabilidad y crecimiento en un momento en que muchos países sufren el asedio electoral de la ultraderecha. También ha impulsado que una mujer latinoamericana lidere las Naciones Unidas, demostrando su esfuerzo por reconfigurar la gobernanza multilateral.

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    Pese a la presión privatizadora del mercado durante el último medio siglo, y especialmente desde 2008, las relaciones internas del Estado han facilitado un cierto nivel de comando democrático. En estos años, la economía española es la que más ha crecido entre los grandes países de la eurozona, destrozados por la crisis energética posterior al conflicto militar en Ucrania; el PIB avanzó un 3,5% el pasado año, con la demanda interna y la inversión como motores principales. La reforma laboral, además, ha reducido la temporalidad creada por la austeridad, del 30% antes de la legislatura al 13% actual. El keynesianismo sanchista se ha traducido en mayor recaudación para políticas públicas, con un gasto que rompió la barrera récord de los 700.000 millones en 2024 (la mayoría destinado a las pensiones), en mayor protección para los hogares vulnerables y en la capacidad de ahorro de las familias.

    En un momento en que el posfascismo recorre el mundo occidental, el melodrama barroco de Sánchez ha consagrado un tipo de capitalismo popular que ha sostenido un ciclo político reformista de casi una década: el Ingreso Mínimo Vital para hogares en riesgo severo; una reforma fiscal que combina impuestos a los beneficios extraordinarios de energéticas, banca y grandes fortunas; una reforma del sistema de pensiones que «garantiza la sostenibilidad sin recurrir a grandes recortes»; y un nuevo modelo para los autónomos dirigido a que quienes ganen menos paguen menos, impulsado por Yolanda Díaz, ministra de Trabajo y vicepresidenta segunda del Gobierno tras la salida de Podemos.

    Los antepasados del PSOE integraron a sus coetáneos del Partido Comunista en un nuevo consenso para cumplir con los requisitos de entrada en la UE primero y en la OTAN después. Hoy, Pedro Sánchez ha conseguido hacer lo mismo con los partidos que acumularon su base social tras el 15-M –el movimiento de los indignados de 2011. En este caso, para llevar al país más azotado por la austeridad, junto con Italia, a la cima de la eurozona. La prima de riesgo de ambos países alcanzó en diciembre su nivel más bajo en 16 años, dejando atrás la etiqueta de periferia europea (o PIIGS, el acrónimo acuñado durante la crisis de la deuda para denominar a las «economías frágiles»). Tampoco los indignados ponen en duda la estabilidad del euro: la institucionalización de la política ha vaciado las plazas de su cometido revolucionario. Gracias al sanchismo, ahora todos somos eurocomunistas.

    El bloque histórico de Sánchez ha borrado del mapa al resto de fuerzas sociales que provocaron la mayor crisis de legitimidad del Estado desde la transición: el referéndum de independencia catalán de 2017, conocido como «el procés». Para normalizar las difíciles relaciones de Gobierno con Esquerra Republicana y Junts per Catalunya, los partidos que lo proclamaron, Sánchez ha concedido una amnistía que les perdona los delitos cometidos. También ha presionado a Bruselas para que el catalán, el euskera y el gallego sean lenguas oficiales en la UE.

    El PSOE cogobierna Euskadi y Navarra con los nacionalistas vascos de derecha e izquierda respectivamente. Las transferencias del Estatuto de Gernika –firmado hace 46 años– están a punto de culminarse, delegando nuevas competencias administrativas que incluyen la gestión de la Seguridad Social, la política lingüística del euskera y la de migración. Además, el Gobierno ha puesto fin a las medidas de excepcionalidad con los presos condenados durante las décadas de la actividad armada de ETA.

    Pero, al igual que con Zapatero –que negoció la paz con ETA y aprobó derechos LGTBQ+ antes de sucumbir a la austeridad–, la gestión política de un capitalismo cada vez más turbulento puede hacer descarrilar el proyecto sanchista y poner en evidencia los límites orgánicos de la socialdemocracia: la contradicción entre garantizar las condiciones de acumulación capitalista y el bienestar social.

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    España ha crecido gracias a milagros en política energética que han bajado la factura de los ciudadanos, a mejoras en el mercado laboral que impulsan la demanda interna, a los ingresos turísticos y a los fondos europeos. No obstante, si se rasca la superficie se encuentra un modelo enteramente dependiente de fuerzas de mercado que se está evaporando rápidamente con la reconfiguración del mundo en líneas reaccionarias.

    En primer lugar, el crecimiento económico por sí solo no garantiza una transformación del modelo productivo capaz de traducir los avances a corto plazo en mejoras sostenidas de las condiciones de vida. Esta expansión sigue constreñida por deficiencias crónicas de recaudación y la disciplina impuesta por los marcos de austeridad europeos. La política española es un espectáculo: intervenciones diseñadas para los titulares de prensa, que aumentan los ingresos sin romper el techo de gasto. La regularización de más de 500.000 migrantes por parte de Sánchez –similar a la medida de Zapatero anunciada tras los atentados de Madrid en 2004– ejemplifica esta lógica a la perfección. Como entonces, se trata de una gestión fiscal calculada para incorporar a trabajadores latinos informales al sistema y asegurar la sostenibilidad de las pensiones frente al envejecimiento demográfico. Sin embargo, la economía sigue dependiendo de la explotación del trabajo precario en los cuidados, la hostelería, la agricultura y la construcción.

    Al igual que Javier Milei en Argentina, con quien se ha enfrentado en distintas ocasiones, Pedro Sánchez utiliza la agenda internacional para galvanizar su base interna y distraer a la oposición.

    Asimismo, tras presentarlo como la muerte de la ideología neoliberal y la panacea a todos los problemas estructurales, el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia español –los 160.000 millones en subvenciones y préstamos procedentes de los fondos Next Generation entre 2021 y 2026– solo ha conseguido equiparar la inversión privada en sectores de alto valor añadido (energías renovables, digitalización, industria) con la media europea. Dado que ha respondido a las exigencias de los capitalistas nacionales sin proteger a los sectores más empobrecidos, estos fondos se parecen más a una «revolución pasiva» diseñada para aminorar las posibles situaciones de insurrección social.

    Bruselas entregó fondos a los países del Sur, sumamente endeudados y azotados por la pandemia, para evitar que las periferias volvieran a las calles e iniciaran revueltas populares aún más intensas que las de 2011. Pero la tecnocracia de Sánchez empleó los fondos para salvar a las grandes empresas en un rescate que tendrá un coste similar al de 2008, y que perpetuará el estado de excepción presupuestario. Un informe de un think tank liberal se jacta de que 29.000 de los 32.925 millones concedidos en 2024 fueron a parar a las empresas privadas. Sumando las ayudas indirectas, las compañías españolas recibieron un 68% del gasto social destinado a amortiguar el impacto de la crisis.

    La financiación destinada a apoyar a los sectores esenciales para las personas en situación de pobreza se redujo drásticamente. Solo el 7% se destinó a sanidad, educación y transporte público. El Estado de bienestar descansa sobre los límites de gasto impuestos tras el rescate financiero. Las agendas de 60 pacientes al día de los médicos de familia, la saturación de atención primaria y el colapso sanitario de las urgencias de los hospitales en todo el país se suman a la escasa inversión en educación pública y al crecimiento exponencial del gasto público en enseñanza privada. La política de vivienda, además, ha empoderado a los especuladores antes que a los inquilinos: el precio de la vivienda está en máximos históricos, superando los niveles de la burbuja inmobiliaria, con una subida interanual del 12%. Este es el precio de la integración en la eurozona: BlackRock, Vanguard y Blackstone explotan la arquitectura institucional que obliga a los Estados a los mercados de deuda, financiando soberanos mientras extraen rentas. Si se le añade el 2% en gasto militar de España, la coyuntura solo puede resolverse mediante una nueva forma de austeridad.

    Para justificarlo, el método sanchista ha mutado del keynesianismo pandémico al «neoliberalismo militar», movilizando el gasto en defensa más grande de la historia del país y presentando al sector militar como la única forma de alcanzar la prosperidad económica nacional. Solo en las dos semanas de las Navidades, Defensa adjudicó 15.800 millones a empresas privadas –cuya facturación bate récords históricos en España– para cumplir con la OTAN. Cuando el rearme es el sentido común de nuestro tiempo, poco importan las poses humanitarias ante las cámaras. La sociedad civil queda aturdida y la ultraderecha politiza el malestar. Como si fuera una profecía electoral autocumplida, la lógica securitaria desplaza la deliberación democrática.

    El problema de fondo, avisaba Evgeny Morozov hace años, es la falta de imaginación institucional de la socialdemocracia desde la Tercera Vía –una ideología según la cual el mercado es el único mecanismo posible para responder a los problemas políticos. Hoy, el solucionismo tecnológico sirve como la expresión más contemporánea de ese agotamiento: la promesa de que las apps, las plataformas y las herramientas de inteligencia artificial pueden despolitizar las cuestiones de redistribución y poder. Esta es precisamente la mina política a evitar para desafiar a la ultraderecha, porque cuando los partidos progresistas abandonan la tarea de construir instituciones públicas robustas en favor de parches tecnocráticos, ceden el terreno de la agencia colectiva y la soberanía democrática que la derecha ocupa con mitologías nostálgicas y resentimiento nihilista.

    Y, de nuevo, nadie encarna esta situación como Pedro Sánchez. La estética almodovariana –esa fusión de lo trash del folklore popular con una genuina ambición artística– hoy sobrevive en buena medida a través de las inversiones multimillonarias de Netflix en la industria cultural española. En un momento de austeridad permanente, en que la ideología dominante profesa hacer más con menos, la narrativa transgresora de la España postfranquista se reduce a la promesa de hacer la administración pública más eficiente gracias a las bases de datos de Microsoft. Lo que fue una imaginación política enraizada en la reinvención cultural se ha convertido en una colaboración público-privada.

    ¿La ensoñación de una política industrial innovadora y sostenible, centrada en el desarrollo de los talentos jóvenes? Se ha externalizado a Amazon y Google. España se proyecta como un hub europeo de centros de datos, con inversiones que superarán los 90.000 millones de euros en la próxima década. Tras la pandemia, las plataformas de las Big Tech comenzaron a ser las únicas disponibles para acceder a la educación, la salud y la movilidad. La estrategia de defensa depende ahora de satélites de comunicaciones militares de SpaceX, y el Ministerio de Defensa ha implementado el software de Palantir en el sistema de inteligencia de las Fuerzas Armadas. Los puestos de mando del Estado español han sido silenciosamente entregados a Silicon Valley –y casi nadie se ha percatado.

    El método sanchista ha mutado del keynesianismo pandémico al neoliberalismo militar, movilizando el gasto en defensa más grande de la historia del país y presentando al sector militar como la única forma de alcanzar la prosperidad económica nacional.

    ¿La respuesta del Gobierno? Atacar a Elon Musk en su propia plataforma y prohibir las redes sociales a menores de dieciséis años. Este es el clásico juego de manos de Sánchez: regular los servicios y el acceso a los productos de las plataformas mientras entrega la infraestructura subyacente. Que cualquier adolescente con una VPN pueda saltarse la prohibición revela la lógica operativa del populismo digital: dicotomizar, fabricar al villano, hegemonizar el miedo tecnológico. El gesto es quijotesco más que laclausiano. Los molinos devienen gigantes mientras la alianza estructural entre ultraderecha y Silicon Valley permanece intacta, naturalizada, invisible.

    La tradición de los oprimidos a la que apela la socialdemocracia solo pervivirá en el tiempo si arrebata el control de la narrativa del futuro al capitalismo autoritario. Para ello, debe volver a las raíces del progresismo: un proyecto que abole las jerarquías de raza, género y clase para permitir a cada individuo alcanzar su potencial a través de entornos mediados social e institucionalmente. La creatividad, el devenir y el descubrimiento, dice Morozov, son sus valores nucleares. Europa los ha construido y escalado a través del Estado de bienestar, pero también de instituciones culturales y mediáticas. Si las fuerzas neoliberales están ganando, es porque han logrado posicionar al mercado como la única institución que facilita estos procesos. El objetivo es construir infraestructuras públicas e instituciones sociales para aprovechar el hecho de que todas las personas, en el fondo, inventamos nuevas técnicas y formas de acción para sortear problemas genuinamente desconocidos y acuciantes.

    Estas discusiones más excitantes –así como el arduo trabajo de articular una nueva formación histórica que responda al bolchevismo de Vox y MAGA en sus propios términos– todavía escapan a las capacidades mismas del lenguaje político español. La crisis del sanchismo ha vuelto a poner al país en la casilla de salida: tensionado por la precariedad, ingobernable. Pero esta vez es la ultraderecha –y no la izquierda– la que llega a los territorios rurales y a la clase trabajadora. Los conflictos sociales llegarán. ¿Serán lo suficientemente poderosos como para reconfigurar el orden político, o el establishment bipartidista fabricará otra falsa clausura, instrumentalizando la amenaza fascista? En el 50 aniversario de la muerte de Franco, España está a punto de descubrir si la transición fue realmente completada o simplemente suspendida.

    Esta es una versión traducida y extendida del ensayo del autor publicado originalmente en The Ideas Letter

    La entrada Pedro Sánchez contra el trumpismo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

  • Los bancos de Wall Street recomiendan salir de Argentina porque hay dudas sobre su capacidad de pago

     

    Seis grandes bancos globales recomendaron liquidar los bonos argentinos, ante las dudas de la capacidad de pago del país. Coincidieron en señalar que las reservas netas siguen en rojo, dudan que el campo liquide a este tipo de cambio y destacan la continuidad del cepo. Bank of America recomendó específicamente cerrar posiciones en el GD35. 

    El diagnóstico aparece repetido en reportes del Citi, JP Morgan, Bank of America, Barclays, Wells Fargo y BofA Securities, conocidos este miércoles. Los seis bancos afirman que mantienen interés por el programa económico de Javier Milei, pero coinciden en una advertencia central: Argentina es el mercado más expuesto si cambia el humor global. 

    En los grandes bancos de inversión empezó a circular una idea muy incómoda para el Gobierno. Argentina fue un gran negocio financiero en los últimos meses, pero también es uno de los emergentes más frágiles del nuevo escenario global. Los informes que recomendaron ahora bajar exposición a la deuda argentina, tomar ganancias y esperar. 

    Subió fuerte el riesgo país y se cierra la ventana para regresar a los mercados

    Los analistas mencionaron reservas débiles, tensiones políticas y un esquema financiero que depende demasiado de la confianza de los mercados. 

    Las entidades también pusieron condiciones para un eventual regreso a la Argentina. La principal es levantar el cepo cambiario, algo que hace más de un año el ex ministro Domingo Cavallo le viene reclamando a Milei. Para los fondos internacionales, mientras Argentina mantenga restricciones al movimiento de capitales, seguirá siendo un destino de alto riesgo. El diagnóstico fue compartido incluso por el BID, en su análisis de vulnerabilidad financiera.

    Los informes insistieron que la acumulación de reservas sigue siendo insuficiente para sostener la estabilidad cambiaria. El Banco Central informa reservas brutas por encima de los 46.000 millones de dólares, pero cuando se descuentan swaps, encajes de depósitos y otros pasivos siguen negativas en USD 15.000 millones. 

    Los informes de los bancos de Wall Street insistieron que la acumulación de reservas sigue siendo insuficiente para sostener la estabilidad cambiaria. 

    El Banco Central informa reservas brutas por encima de los 46.000 millones de dólares, pero los analistas descuentan varios componentes. En esa cuenta aparecen swaps, encajes de depósitos y otros pasivos. Cuando se hace ese ajuste, las reservas netas siguen en terreno negativo, que se acerca a los USD 15.000 millones. 

    Análisis de vulnerabilidad financiera.

    A eso se suma una discusión que circula entre los operadores del mercado: el oscuro destino del oro de las reservas. Algunos bancos descuentan alrededor de 6.000 millones de dólares correspondientes a reservas en metal cuya localización no está del todo clara en la contabilidad pública. Esa resta vuelve todavía más frágil la posición externa del Banco Central, según comentan operadores del mercado. 

    Caputo tuvo que pedirle otro préstamo a Bessent para pagarle al FMI y disfrazar la meta de reservas

    El otro interrogante es el campo. Los bancos mencionaron la expectativa sobre la liquidación de la cosecha. En los informes aparece una duda central: si los productores van a vender dólares con un tipo de cambio que muchos consideran atrasado. La respuesta a esa pregunta define buena parte de la disponibilidad de divisas de los próximos meses. 

    Ese punto tiene otra derivación política. Los analistas señalaron que no hay margen fiscal para bajar retenciones, una de las demandas históricas del sector agroexportador. LPO adelantó que la poderosa cámara de exportadores CIARA iba a volver a exigir una baja de ese tributo antes de liquidar las posiciones de la cosecha gruesa que comienza en abril.

    A eso se suma una discusión que circula entre los operadores del mercado: el oscuro destino del oro de las reservas. Algunos bancos descuentan alrededor de 6.000 millones de dólares correspondientes a reservas en metal cuya localización no está del todo clara en la contabilidad pública.

    En ese clima circuló uno de los informes más comentados de la semana, el de Bank of America, que lleva un título directo: «Close position in GD35». La recomendación es cerrar posiciones en el bono argentino con vencimiento en 2035. 

    La lógica es simple. Los bonos subieron fuerte en los últimos meses y los fondos que entraron temprano ya capturaron gran parte del rendimiento. El propio informe aclara luego, de manera un poco contradictoria, que el banco mantiene una visión constructiva sobre la deuda argentina. 

    Los docuumentos d elos bancos mencionan el salto del riesgo país en los últimos días y factores políticos locales, como los problemas de cierres de empresas, protestas sociales y una eventual erosión de la popularidad presidencial, que revelaron las últimas encuestas.  

    En ese contexto apareció otro factor que juega en contra de la Argentina. El Tesoro de Estados Unidos anunció este martes medidas que apunta a retraer la liquidez en dólares en el sistema financiero internacional. 

    La señal es relevante porque marca un cambio en el clima global que había acompañado el rally de los bonos emergentes. Cuando el Tesoro endurece las condiciones financieras, los flujos hacia activos de mayor riesgo tienden a reducirse. 

    Para Argentina el impacto potencial es mayor: el esquema financiero del Gobierno depende en gran medida de que continúe el financiamiento externo y el apoyo político de la administración Trump, que enfrenta una elección de medio término muy desafiante en noviembre. 

     

  • La producción de autos se derrumbó 30 por ciento en febrero y agudiza la crisis

     

    La producción automotriz sigue en caída libre y agudiza una crisis brutal. En febrero la fabricación de autos se derrumbó 30 por ciento respecto al mismo mes del año pasado y las exportaciones también se destrozaron.

    Así se desprende del informe mensual que realiza la Asociación de Fábricas de Automotores (Adefa), que ya había mostrado una caída similar en enero. El consuelo del sector es que la producción tuvo un leve repunte respecto al primer mes del año.

    En concreto, en febrero se produjeron un total de 29.632 vehículos, lo que implica una caída del 30,1% en comparación con febrero de 2025. Respecto a enero de 2026, la mejora fue del 41,1% ya que se habían fabricado apenas 20.998 vehículos. «En el primer bimestre se produjeron 50.630 unidades, un 30,1% menos respecto del mismo período de 2025», alertó Adefa.

    En cuanto a las exportaciones, se vendieron 15.991 unidades, un 54% de la producción mensual. Esto implicó una baja de 28,9 % frente a febrero del año pasado y una mejora de 63,9% respecto de enero de 2026. En los dos primeros meses de 2026, las exportaciones tienen un saldo negativo de 23,4%.

    La empresa que fabrica Fiat, Peugeot y Citroën frenó la producción hasta marzo

    «Es fundamental seguir trabajando de manera sostenida con toda la cadena de valor y el Gobierno en la agenda del sector, avanzando en las mejoras estructurales que acompañen la evolución de la competitividad», indicó Rodrigo Pérez Graziano, presidente de ADEFA.

    En la entidad tratan de mantener el buen tono respecto al gobierno nacional y buscan ponerle paños fríos a una situación que es dramática para los trabajadores, que sufren suspensiones y despidos en las principales fábricas del país.

    Días atrás LPO informó que Stellantis, la fábrica que produce marcas como Peugeot, Fiat, Citroën y Ram, tuvo que frenar la producción de su planta de El Palomar por dos semanas. Antes, General Motors (GM) anunció que en 2026 seguirá con el esquema de suspensiones que inició el año pasado y también Ford amenazó con cerrar su planta de Pacheco.

     

  • El intendente de Santa Fe busca acercarse a los libertarios y relega a radicales y al PRO

     

     El intendente de Santa Fe, Juan Pablo Poletti comenzó a construir su propio armado político y metió un ruido fuerte en Unidos, la coalición que lidera Pullaro a nivel provincial. El médico que llegó a la intendencia con la chapa de independiente ahora armó una mesa política integrada por unos 60 funcionarios de su confianza inaugurando el «poletismo».

    En la ciudad de Santa Fe creen que Poletti apartó a sus principales aliados para tantear un acuerdo con La Libertad Avanza para el 2027 y negociar menos condicionados por sus socios.

    Es que según contaron fuentes de la capital provincial, la nueva mesa está integrada por funcionarios del gabinete y cuadros de segunda línea del municipio. Los detractores sostienen aseguran que 35 de ellos pertenecen al círculo más íntimo de Poletti, entre familiares y amigos.

     La nueva mesa está integrada por funcionarios del gabinete y cuadros de segunda línea del municipio. Los detractores sostienen aseguran que 35 de ellos pertenecen al círculo más íntimo de Poletti, entre familiares y amigos. 

    El movimiento cayó muy mal en los sectores políticos que fueron claves para que el ex director del hospital Cullen llegara a la municipalidad, sobre todo el sector del ex intendente Mario Barletta y los del PRO de Gisela Scaglia que se vieron desplazados de la mesa chica aunque controlan la botonera estatal y manejan el grueso de licitaciones y servicios, explicaron fuentes de Santa Fe a LPO.

    En el oficialismo aseguraron que el intendente cerró el juego político y dejó afuera a los aliados que lo acompañaron en la primera mitad de su gobierno. «Poletti llegó como independiente y ahora arma su propio espacio cuando falta más de un año y medio de gestión, se piensa que va a poder gobernar con 60 amigos», ironizó un dirigente del frente que pidió a LPO preservar su nombre.

    Otro de los dirigentes que arrastra bronca con la gestión es el ex intendente José Corral que quedó excluido del armado municipal desde que el médico asumió el cargo y nunca le habilitó ni un cargo en el gobierno.

    El ex intendente Mario Barletta

    Las tensiones políticas aparecen además en un momento complejo para la gestión municipal. En la ciudad capital admiten que el gobierno local no logra terminar de consolidarse y enfrenta dificultades para ordenar la gestión y los conflictos sindicales.

    Ese clima volvió a quedar expuesto esta semana con un curioso episodio durante el partido de rugby entre Capibaras y los Cobras Brasil. En medio del partido, Poletti protagonizó una fuerte discusión con el intendente de Sauce Viejo, Mario Papaleo.

    Según testigos del episodio, Papaleo lo increpó porque en medio de un conflicto que mantiene con el gremio municipal local, el sindicato le copa la intendencia con trabajadores de la ciudad de Santa Fe: «¿No controlas a tus trabajadores que se van del municipio cuando quieren?», le habría recriminado Papaleo a Poletti.

     

  • Maxi Abad, Posse y Lousteau desafían a la conducción de la UCR y adelantan la elección del Comité Provincia

     

    El radicalismo en la provincia de Buenos Aires desafía a la conducción y le impone al presidente del Comité de Contingencia, Miguel Fernández, la fecha de la elección para elegir autoridades y reordenar el partido.

    Los sectores más representativos del partido que conforman Maximiliano Abad, Martín Lousteau, Gustavo Posse y Daniel Salvador tienen los votos para adelantar la elección partidaria para junio, en lugar de realizarla en septiembre como pedía Fernández.

    La conducción del partido quedó sin resolución tras las elecciones internas de 2024, cuando hubo denuncias cruzadas por fraude e irregularidades. Tras meses de conflicto se dispuso un comité de Contingencia que preside Fernández y una convención de Contingencia que lidera Pablo Domenichini, un legislador que responde a Lousteau.

    Pero en los hechos el partido quedó fracturado. Fernández rompió con el sector de Abad y la interna lo enfrentó a Lousteau. El ex intendente de Trenque Lauquen quedó aislado, pero con el poder del comité de Contingencia.

    Crisis total en el radicalismo tras una elección en la que perdió 149 concejales y 12 legisladores

    Eso le permitió definir los acuerdos electorales el año pasado donde todo implosionó. Fernández apostó por llevar al partido a una línea moderada con la que perdieron nada menos que 149 concejales en los distritos, incluidos todos los concejales del conurbano. En la Legislatura bonaerense perdió 12 de los 14 legisladores que puso en juego.

    Tras esa derrota, la presión del resto de los sectores para levantar el partido fue muy fuerte. Fernández -en tanto autoridad principal- informó que la elección interna sería en septiembre, algo que resultó inaceptable para el resto de los sectores del radicalismo bonaerense.

    Miguel Fernández.

    El sector de Abad, Lousteau, Posse y Salvador quieren arrancar la reconstrucción del partido a mitad de año y aseguran que la propuesta de Fernández buscaba la normalización del partido para fin de año, para comenzar una reconstrucción el año próximo.

    El viernes se formalizará una nota con la que quedará formalmente planteada la convocatoria para la pulseada interna de septiembre.

    Fiel a las costumbres radicales, el camino de las definiciones radicales está plagado de llamados y convocatorias cruzadas. El espacio de Fernández difundió este miércoles una convocatoria a sesión del comité de Contingencia para el próximo 12 de marzo. La nota salió a las 9 de la mañana.

    Sin embargo, Abad, Lousteau, Posse y Salvador se adelantaron y emitieron a las 6.20 de la mañana una nota que se anticipó a la de Fernández. Allí adelantaron la fecha del encuentro, que será este viernes 6 en La Plata. Allí se fijará la fecha de la elección para el 7 de junio.

    Estos sectores buscan dotar a las nuevas autoridades con legitimidad de origen y empezar a trabajar para sacar al radicalismo del lugar crítico en el que quedó después de la elección del año pasado.

    La idea es comenzar a reconstruir en los distritos. Se sabe que el partido es fuerte en el interior de la provincia. Luego, la nueva conducción deberá buscar un candidato a gobernador. Uno de los nombres que trascendió es el del economista Alfonso Prat-Gay.

    Pero la prioridad son los armados locales del interior. El radicalismo siempre tuvo un nicho importante de poder en la provincia, en especial en el verde interior bonaerense. Fernández tiene poder en la Cuarta, allí impulsó la alianza Somos Buenos Aires, un armado con la Coalición Cívica y un sector del peronismo.

    Esa alianza también fracasó y 17 de los 28 intendentes perdieron la elección. Algunos incluso salieron terceros, como Miguel Lunghi el hasta ahora imbatible intendente de Tandil que consiguió 14 puntos lejos del peronismo -que ganó la elección- y los libertarios. En Lincoln, el intendente Salvador Serenal también quedó tercero con 22 puntos. Lo mismo pasó con Javier Andrés, de Adolfo Alsina.

    Pero además, los malos resultados terminaron licuando a candidatos que no habían llegado a su banca, pero que perfilaban buenas candidaturas. En tanto, en la elección de octubre probablemente se pierdan las tres bancas que se ponen en juego en la Cámara de Diputados.