La venta de activos estratégicos durante el gobierno de Javier Milei empieza a mostrar un patrón que excede cada operación individual. Los hermanos Juan y Patricio Neuss aparecen entre los beneficiarios de distintos procesos y ahora una presentación ante la CNV cuestiona el reparto de más de $253.000 millones de reservas de Transener, mientras una denuncia judicial investiga presuntas irregularidades en la privatización de las represas del Comahue.
Por Redacción NLI para NLI
Hay algo que empieza a resultar difícil de presentar como una simple sucesión de casualidades. En el proceso de privatizaciones impulsado por el gobierno de Milei, el nombre de los hermanos Juan y Patricio Neuss vuelve a aparecer asociado a activos estratégicos del Estado, y lo hace ahora en dos episodios que, aunque jurídicamente deben analizarse por separado, plantean una pregunta política y económica mucho más amplia: ¿cómo se están valuando, adjudicando y finalmente explotando los bienes públicos que el Gobierno decidió transferir al sector privado? La discusión dejó de estar limitada a cuánto recauda el Tesoro por cada privatización y comenzó a trasladarse hacia el mecanismo completo de las operaciones, desde la tasación inicial hasta lo que ocurre dentro de las empresas una vez concretado el cambio de manos. En el caso de Transener, documentos enviados a la Comisión Nacional de Valores pusieron bajo la lupa una distribución extraordinaria de reservas apenas concretada la transferencia accionaria; en paralelo, una denuncia ampliada ante la Justicia Federal de Neuquén sostiene que la privatización de las represas hidroeléctricas del Comahue podría estar atravesada por una cadena de irregularidades que habría favorecido a determinados grupos empresarios.
Transener: comprar y encontrar una caja adentro
La operación sobre Transener permite entender por qué el debate resulta particularmente sensible. La compañía no es una empresa energética cualquiera: administra la red de transporte eléctrico de alta tensión y opera más de 12.000 kilómetros de líneas de 500 kV, una infraestructura esencial para el funcionamiento del sistema eléctrico argentino. Su control se encuentra estructurado a través de Citelec, holding que posee el 52,65% de Transener. Antes de la privatización, la mitad de Citelec pertenecía a Pampa Energía y la otra mitad a la estatal Enarsa, lo que otorgaba al Estado una participación indirecta cercana al 26,32% de la transportadora. El Gobierno decidió desprenderse del 50% de Citelec mediante una licitación cuyo valor base había sido fijado en u$s206 millones. Hubo tres ofertas: Edenor ofreció u$s230 millones, Central Puerto llegó a u$s301 millones y finalmente el consorcio formado por Genneia y Edison, vinculada al grupo Neuss, ganó con una propuesta de u$s356 millones.
Hasta allí, podría presentarse como una privatización más: un activo estatal puesto en venta, distintas empresas compitiendo y una adjudicación a quien realizó la oferta económica más alta. El problema aparece cuando se observa qué ocurrió inmediatamente después. Según los documentos enviados a la CNV, Transener había acumulado casi $522.590 millones en una cuenta de reserva destinada a futuros dividendos y, apenas cuatro meses después, ya con el nuevo directorio, la empresa decidió distribuir $253.535.989.514 entre sus propietarios. Es decir, más de $253.000 millones salieron de una reserva que había sido constituida antes del cambio de manos. No se trataba, por lo tanto, de ganancias generadas por la nueva administración, sino de recursos acumulados por la compañía antes de que se concretara la operación.
La dimensión económica de la maniobra es lo que vuelve especialmente incómoda la discusión. Los $253.536 millones distribuidos representan casi dos tercios de los u$s356 millones que el grupo encabezado por Genneia y Edison desembolsó para quedarse con la participación licitada de Citelec. La cuestión que queda planteada, entonces, no es simplemente si una empresa privada tiene derecho a distribuir dividendos de acuerdo con la normativa societaria, sino algo mucho más profundo: qué valor real tenía el activo que se vendió, qué recursos permanecían dentro de la compañía al momento de la transferencia y cómo fueron contemplados esos recursos al momento de establecer el precio de la privatización. Son preguntas que deberán responder los organismos de control y, eventualmente, la Justicia, pero que adquieren especial relevancia cuando se trata de una infraestructura crítica cuyo control estatal acaba de ser reducido.
El caso de las represas y la sospecha de un mecanismo repetido
El segundo expediente agrega una dimensión todavía más delicada. La Fundación Soberanía amplió ante la Justicia Federal de General Roca una denuncia para que se investigue el proceso mediante el cual fueron privatizadas las represas hidroeléctricas del Complejo Comahue. La presentación sostiene que no se trataría de errores administrativos aislados, sino de un mecanismo «sistemático y planificado» destinado, según los denunciantes, a subvaluar activos estatales y transferirlos a un grupo reducido de empresas vinculadas al entorno del poder político. La causa quedó radicada ante el juzgado federal a cargo de Hugo Greca y, naturalmente, las acusaciones deberán ser probadas en el expediente antes de que pueda establecerse responsabilidad alguna.
Lo relevante es que la denuncia identifica cuatro eslabones que, de comprobarse, podrían comprometer la legalidad del procedimiento: la supuesta elusión del Tribunal de Tasaciones de la Nación; la presunta subvaluación de los activos mediante la intervención del BICE y una metodología cuestionada; la identificación de los grupos que terminan accediendo a los activos; y finalmente la realización del concurso sin una base de tasación que, según los denunciantes, garantizara una adecuada defensa del patrimonio público. El cuestionamiento central apunta a que el proceso habría quedado concentrado dentro de estructuras dependientes del propio Ministerio de Economía, que simultáneamente impulsa el programa de privatizaciones, interviene en la elaboración de los pliegos y participa en el proceso de adjudicación.
La discusión sobre la valuación es probablemente el punto más importante de todo el expediente. Porque una privatización no comienza el día en que se abren los sobres con las ofertas: comienza mucho antes, cuando el Estado determina cuánto vale aquello que está dispuesto a vender. Si el precio de partida está subvaluado, una licitación formalmente competitiva puede terminar legitimando una transferencia patrimonial que ya nació condicionada. La denuncia sostiene precisamente que el desplazamiento del Tribunal de Tasaciones hacia el BICE habría generado un problema de independencia, ya que este último se encuentra bajo la órbita del mismo Ministerio de Economía que diseña y ejecuta el programa privatizador. Desde esa perspectiva, la pregunta deja de ser solamente quién ganó una licitación y pasa a ser quién determinó cuánto valía el patrimonio que se puso en venta y bajo qué metodología.
En ese circuito aparece nuevamente Edison, del grupo Neuss, entre las empresas señaladas como beneficiarias de la privatización de las represas, junto con Central Puerto y BML Inversora, controlada por MSU Green Energy. La coincidencia con el caso Transener es políticamente significativa porque muestra que el grupo empresario no aparece en una única operación aislada, sino en distintos segmentos del proceso de transferencia de activos energéticos. C5N ya había consignado, además, que Edison había participado en las licitaciones de las represas de Alicurá y Cerros Colorados, después de que el grupo avanzara en el sector mediante la adquisición de Potrerillos.
Privatizar rápido, recaudar ahora y discutir después
El Gobierno nacional sostiene su programa de privatizaciones como parte de una estrategia destinada a obtener recursos y reducir la participación estatal en empresas y activos públicos. Según la información publicada sobre el proceso, el Ejecutivo proyecta recaudar alrededor de u$s2.300 millones entre este año y el próximo mediante distintas operaciones. Pero justamente por tratarse de activos estratégicos, la velocidad con la que se pretende concretar las ventas puede convertirse en el principal problema político del programa.
Porque si la urgencia fiscal termina subordinando la tasación, la transparencia y los mecanismos de control, el Estado puede obtener dólares en el corto plazo mientras pierde activos cuyo valor económico excede largamente el ingreso inmediato de la operación. Y si, además, después de la venta aparecen reservas, dividendos extraordinarios o nuevas formas de extracción de recursos acumulados previamente por las empresas privatizadas, la discusión deja de ser ideológica y pasa a ser estrictamente patrimonial: ¿cuánto recibió realmente el Estado por lo que vendió y cuánto valor quedó dentro de esas compañías para los nuevos propietarios?
El caso de los Neuss obliga a mirar esa pregunta de frente. No porque una empresa privada no pueda participar de una privatización ni porque toda adjudicación a un determinado grupo empresario sea necesariamente irregular, sino porque la transparencia de una operación pública no se agota en verificar quién ofertó más dinero. También importa saber cómo se determinó el precio base, qué activos, reservas y pasivos fueron contemplados, qué controles se aplicaron, quiénes resultaron beneficiados y qué ocurrió con el patrimonio de las empresas después de la transferencia.
En Transener, una empresa estratégica para el sistema eléctrico, más de $253.000 millones de reservas acumuladas antes del cambio de control fueron distribuidos poco después de la privatización. En las represas del Comahue, una denuncia judicial sostiene que existió un procedimiento que habría permitido subvaluar activos públicos y favorecer a determinados grupos empresarios. Son dos expedientes diferentes, con recorridos institucionales diferentes y con acusaciones que deberán ser probadas, pero juntos exponen una misma zona de riesgo: que la Argentina vuelva a discutir las privatizaciones cuando ya sea demasiado tarde para recuperar aquello que se vendió.
El problema de fondo, entonces, no son solamente los Neuss. El verdadero problema es el modelo. Si el Estado vende sus activos estratégicos con el argumento de que necesita recaudar, pero al mismo tiempo no garantiza una valuación independiente, controles efectivos y condiciones que impidan que el patrimonio acumulado por las propias empresas termine funcionando como mecanismo de recuperación del capital invertido por los compradores, la privatización puede convertirse en algo mucho más rentable para quien compra que para quien vende. Y esa es precisamente la discusión que las denuncias y los documentos sobre Transener y las represas del Comahue están obligando a poner sobre la mesa.
El 17 de septiembre del 2000 la camioneta que transportaba el futuro de los Messi salió por Lavalleja para el lado de 1 de Mayo. El descampado del ex batallón 21 miraba la chata de una familia cargada de valijas. Al doblar hacia la avenida Uriburu ya las cuatro ruedas de los Messi no iban solas. Se armó una caravana de autos detrás en el barrio La Bajada.
“Fue una despedida impresionante, de película, para grabarlo”, contó Leo en una entrevista con el Patón Guzmán en el programa Miro de Atrás. “Mis hermanos eran más grandes y nos conocíamos con todo el barrio, que era chico y la gente iba a despedir a la familia. Mis viejos crecieron ahí, yo tenía a mis abuelos. Es raro irse del barrio.
Los años mundialistas de Leo, con excepción de 2018, coinciden con la publicación de un nuevo disco de La Renga. Un mes antes de la marcha hacia Barcelona, en agosto del 2000, la banda acababa de sacar La esquina del infinito que empieza con el tema “La vida, las mismas calles”, donde Chizzo arranca cantando “hoy me devuelvo al infinito, porque ya no me pertenezco, hoy me devuelvo de donde vengo, para poder continuar”. Cuando abandonó el barrio lo hizo acompañado por “En el Baldío”.
El baldío de los misterios
Que no era argentino, que no tenía barrio. Todo eso y más nos dijeron. Muñecos de traje, maquillados y televisados que solo hablan. No caminan, no cruzan la avenida. Nunca llegaron a la cortada del barrio La Bajada. Las calles que vieron nacer y partir a Messi están rodeadas de campitos y potreros donde el fútbol es un juego gratuito y abierto. La única luz es el sol y el único silbato es el silbido de las madres cuando llega la hora de la comida.
El Leo de Rosario era “un enanito que nos gambeteaba a todos”, me dice un pibe categoría 88 que lo enfrentó cuando jugaba en Grandoli. Se volvieron a encontrar en la despedida de Maxi Rodríguez. Estuvo toda la semana escuchando que lo iban a meter en helicóptero al Coloso. Pero no, entró caminando con los botines en la mano.
“De otro galaxia y de mi barrio”, reproducen los paredones en La Bajada. “Ningún pibe nace chorro”, nos recuerdan para confirmar que tanto en mi barrio como en el tuyo la realidad es la misma. El progreso económico de las clases populares se mide en el cemento de las construcciones domiciliarias. La casa natal de Messi está detenida en el tiempo post 2001. Bien revocada y con persianas nuevas, pero sin pintar. Ahí quedó para recordarnos que Messi es más nuestro que tomar mate en la plaza.
Del lado de afuera de la pieza que custodiaba sus sueños, hay un mural con su imagen sentado en el piso después de ser campeón de América por primera vez, agradeciendo al cielo en un estadio casi vacío. O, quizás, queriéndose comunicar con quienes pusimos toda nuestra energía en pos de su defensa en esta batalla que finalmente ganamos de tanto insistir.
Pisar las calles donde no es Messi sino El Leo, es casi una experiencia religiosa. «Cierro los ojos y lo veo pateando una pelota en la cortada», me dijo un amigo cuando llegamos a la esquina de la casa natal. Hice lo mismo. Apagué la vista y lo vi, juro que lo vi. Pero no gambeteando, sino llorando después de una derrota. “Las garras de un terrible ser, desplumaban a un ángel en el cielo, desde aquí lo vi caer, hacia el baldío de los misterios”.
Truenotierra
Messi llegaba al mundial 2006 ya afianzado como titular en el Barcelona. El equipo dirigido por Rijkaard ganaría la Champions pero Messi estuvo fuera de las canchas el final de la temporada, luego de sufrir una rotura en el bíceps femoral de la pierna derecha en los octavos de final contra el Chelsea. Sin embargo, para junio ya estaba con el alta para jugar el mundial, aunque llegó sin ritmo de partidos. Pekerman convocó a Messi, que usó la camiseta número 19, edad que estaba por cumplir.
El 24 de junio del 2006, Argentina jugaba por los octavos de final contra México. Messi contra Serbia y Montenegro había metido un gol después de ser el tercer cambio entrando por Maxi Rodríguez y con el equipo ya clasificado había jugado de titular contra Holanda.
Por su cumpleaños y el de Riquelme se hizo un brindis antes del partido con México. Pero la concentración en los octavos de final era tanta que decidieron festejarlo a la noche si ganaban. Cosa que ocurrió agónicamente. Los dos jugadores nacidos el mismo día combinaron su ritmo de juego en función del equipo. Messi condujo con aceleración y encontró el pivoteo justo de Riquelme para que Leo la abra a la izquierda, donde subía sin marca Sorín. Este la cruzó para que Maxi Rodríguez haga de un zurdazo uno de los goles más gritados de la historia contemporánea de la Selección.
Después del partido llegó la hora del festejo, cumpleaños de Messi, Riquelme y del cocinero de la delegación Diego Iacovone. Hubo asado y música con el show en vivo del ex integrante de Los Nocheros, Jorge Rojas, que en un momento abrió el micrófono para que se animen a cantar los jugadores. Por ahí pasó Lionel Scaloni que el 24 de junio del 2006 jugó su único partido en mundiales. La jornada terminó con la Selección Argentina clasificada a cuartos de final, soñando con volver a ser campeones justo a 20 años del Mundial de México.
Alemania apareció para derrumbar las alegrías. Messi vería la eliminación por penales sentado en el banco de suplentes. “El único jugador que hoy no tiene techo en Argentina es Messi”, diría Diego Maradona en TyC Sports tras la eliminación, haciendo un silencio después de la palabra “Messi”, como quien reconoce la potencia de lo que acaba de decir.
A finales de del 2006, La Renga sacó el disco Truenotierra. Un álbum doble: uno de zapadas instrumentales que sería el trueno y otro de canciones que representa a la tierra. Este arranca con Alemania, “El monstruo que crece” y “El miedo apuesta jugando oscuro. La jaula nueva con vos va a probar”. El corte de difusión fue “Oscuro diamante”. En 2006 nos invitaba a que “busquemos vida, algún lugar. Al reparo del mundo sin brillo que hoy en el cosmos de la mente se hizo estrella opaca”. Pero también nos dejó una pregunta en forma de ilusión: «¿Quién dio a luz al primer sueño para ir tan lejos?”
Algún rayo
Tras la salida del Coco Basile, agarró el Diego como DT del seleccionado. Una declaración en un programa nocturno de TyC sobre la forma de jugar de Riquelme derivó en la renuncia de Román a la Selección. Tras su salida, la número 10 quedó para Messi. Con el peso de esa camiseta en la espalda, llegó al mundial de Sudáfrica 2010.
El 22 de junio, dos días antes de su cumpleaños, Argentina ya clasificada cerraba su participación en el grupo contra Grecia, allí recibiría, de manos de Maradona, la cinta de capitán por primera vez. Argentina le ganó a Grecia 2 a 0 y la fase de grupos terminó sin goles del Leo. Tres días antes de jugar con México los octavos de final, el 24 de junio del 2010, cumplió 23 años en la concentración argentina en la Universidad de Pretoria. Al llegar a su habitación se encontró con una camiseta con el N°23, no tenía el nombre de Javier Pastore, quien usaba ese número en la Selección, sino la firma de Diego debajo de 8 palabras: «Con todo mi cariño y admiración. Tu DT».
El 3 de Julio, el 4 a 0 de Alemania fue «una trompada de Muhammad Alí», como lo definió Maradona. En noviembre del 2010 La Renga sacó Algún rayo y lo presentó en Rosario. Messi se había ido de Sudáfrica sin goles. Los profetas del odio del periodismo empezaron a jugar su mundial. El disco empieza con “Canibalismo galáctico, degustación universal, saboreando estrellas, las fauces negras andan por aquí”.
El primer corte de Algún Rayo fue el tema “Poder”. Faltaban cuatro años para otro mundial y ya nos decía que “laten los tambores en tu pecho y el fuego te empieza a abrazar, tu rito apenas toque el cosmos los dioses te lo van a entregar”.
Pesados vestigios
Brasil 2014 es el mundial de nuestra generación. Cada estrofa de “Muchachos” representa sectores etarios distintos. El nuestro es “las finales que perdimos, cuántos años las lloré”. En Brasil éramos jóvenes como Messi. Todavía no usaba barba y llegaba a su primer mundial como 10 y capitán del seleccionado argentino. Durante la primera fase entraron todos los goles que se le negaron en Sudáfrica.
Contra Bosnia recibió el pivoteo de Higuaín, hizo chocar 2 rivales y la mandó adentro. Con Irán, empate cerrado, gol en el último minuto. Ante Nigeria, Messi comandante de una defensa que deja huecos y el medio que no contiene. Dos goles más. Octavos de final con Suiza. Vamos al alargue. El mejor momento de Messi en el partido ya había pasado. Palacio recupera una pelota en mitad de cancha y encuentra al 10 en su hábitat. De frente al arco y con opciones de pase hacia adelante. Esquiva una patada criminal. Abre para Di María que de zurda la pone abajo contra un palo.
Llevó al equipo a las puertas del muro de los lamentos, donde siempre vagaban nuestros sueños. Ahí le cedió la posta a Mascherano. El equipo de los delanteros pasó a ser el de volantes. Un Messi utilitario recuperó pelotas y presionó la salida del rival. Tuvo una contra, quiso gambetear a Courtois, pero le adivinó la intención. Pasamos. Fue uno más en el festejo eterno. Los jugadores y la gente expulsando una descarga acumulada de 24 años sin pasar los cuartos de final. Sabella dirá en conferencia de prensa: “cruzamos el Rubicón, vamos a ver qué pasa”.
Llegaron las semis y los penales con Holanda. Experimentamos los nervios, el miedo y la ilusión que se sienten al apoyar los pies en la final del mundo. Parecía que había llegado nuestro momento. Pero otra vez Alemania. Por tercera vez consecutiva, los teutones hicieron llorar a nuestra bandera humana. Gotze metió el gol que no pudieron los delanteros argentinos. Ocho años después festejará con su hijo de dos años ver campeón al 10 argentino, a quien le pidió una foto en el vestuario.
Luego vinieron más finales perdidas, la renovación trunca, la AFA intervenida, Sampaoli y la selección despedazada por mil partes explotando en Rusia.
La pandemia nos volvió a traer las imágenes televisivas del mundial 2014 para recordarnos que alguna vez fuimos felices. Ahí entendimos que lo que nació en Brasil no fue un equipo. Sino el despertar del pueblo futbolero emocionado y embanderado. La aparición de una generación que vino a darle batalla a la nostalgia y a chapotear en el barro del presente, ese territorio en disputa donde volvemos a intentarlo cada día. La estrella fugaz nos pasó cerca del pecho y siguió de largo.
A fin de año, otro disco de La Renga: Pesados vestigios, empieza con “Corazón fugitivo” y anuncia que “cuando pase la tormenta nada nos detendrá”. Como en el post 2010, se acrecentó la crítica pero comenzó a agruparse una vigilia de resistencia. Cerramos el 2014 con Chizzo y Ricardo Soulé de Vox Dei en “Sabes que” cantando “el mundo no es mejor si no hay una razón para ser valiente. Si mirás a tu alrededor, verás que del dolor se aprende algo siempre”.
Alejado de la red
Como La Scaloneta, el disco Alejado de la red de La Renga salió a la luz en 2022, pero tuvo su génesis entre 2019 y 2020. Varios temas ya habían aparecido como adelantos premonitorios: “Llegó la hora”, “Parece un caso perdido”, “Para que yo pueda ver”, “Flecha en la clave”, “En bicicleta” y “El que me lleva”.
¿Cuántas cosas pusimos a prueba ese mes que duró la montaña rusa de emociones llamada Qatar 2022? Nada podía salir mal si lo veíamos a Messi sonreírle a la pelota como un nene en los entrenamientos. Pero de repente, antes del debut, apareció una foto de su tobillo golpeado. Contra Arabia le faltaban fuerza a sus pases, quedaban cortos por falta de potencia. Entró Acuña y se hizo cargo de los córners, el 10 no podía hacerlo.
Nos fuimos derrotados y con cero puntos de la primera fecha. Pero quedó algo; la confirmación de que en esta travesía el 10 era el líder del grupo. En ese rol de Capitán del Espacio puso la cara para generar confianza y tranquilidad.
Vino México y nos hizo gritar hasta que los dientes se oculten detrás de la boca con ese bombazo heroico. Fue el envión que necesitábamos para saltar al cielo. La música más maravillosa. La Scaloneta con huevos vaya al frente que te lo pide toda la gente. Una bandera que diga Leo Messi, un par de rocanroles. Somos los mismos de siempre. Uno de los adelantos del disco de La Renga del 2022 describió ese día: “Y el mundo está enloquecido, no ves, parece un caso perdido, ya sé. Y cada vez que respiro, me ves, le estoy diciendo que sigo, de pie, otra vez.”
Contra Polonia apareció el Lionel entrenador armando el 11 que sería póster de taller mecánico. Lioneles conducción y los pibes para la liberación. Vino Australia para recordarnos que el fútbol es un misterio, como la vida.
Llegamos a cuartos de final. Una cita con el Rubicón que nos enseñó a cruzar Alejandro Magno Sabella, a un día del segundo aniversario de su muerte. ¿Habrá pasado por la habitación del Capitán a recordarle que no venimos solo a ganar, sino a vengar a los caídos?
El rival era Países Bajos y Dibu se convirtió en héroe como Chiquito Romero en Brasil. En Argentina era 9 de diciembre, día de la Batalla de Ayacucho, el último gran enfrentamiento de las guerras de independencia hispanoamericanas contra el dominio europeo.
Y llegamos a semifinales. En tierra de sueños parte dos. Nos llevamos puesta al alma croata que llevaba a todos los rivales al alargue. Messi puso en duda la figura de Gvardiol, el defensor croata que venía siendo figura del mundial, y lo sacó a bailar. Figura y capitán, el trofeo de mejor jugador del partido lo devolvió para que se lo den a Julián Álvarez, goleador y artífice del penal del 1-0.
Firmes rumbo al sol del 18 de diciembre. Vamos al Coliseo a prendernos fuego. Y le cantábamos tangos a los mundiales porque nos dijiste que era la última copa. Yo la quise, muchachos, y la quiero. Y jamás la podré olvidar. El día anterior a la final te vimos tan tranquilo tomando mate con De Paul y Chiqui Tapia. Nos fuimos a dormir ya en la madrugada del 18 pensando: ¿y si es la última noche sin ser campeones del mundo?
Y fue la última noche. Ganamos. Sufriendo, bajando y subiendo. Siempre con vos. Lloris le puso las manos a tu bombazo de justicia al final de los 90. Metiste el 3-2 en el alargue que no gritamos porque las lágrimas tenían prioridad. Y Mbappé, macabro guionista que nos llevó a los penales. Fuiste caminando a patear el tuyo con la tranquilidad del artista que conoce el futuro.
Ganamos. Ganaste. Te dejaste caer, tus compañeros te rodearon de abrazos, como si fueran los representantes de esos y esas que vivimos tragando veneno, soñando que todo se equilibra en Qatar.
Solo hace falta un mundo para dar una vuelta
El mundial 2026 parecía ser un agregado, ese spin off que sobra en la serie perfecta. Messi nunca confirmó que lo iba a jugar hasta que apareció en la lista de convocados. Mientras los programas debatían si estaba para ser titular todos los partidos, jugó todos los minutos que el equipo lo necesitó. La Scaloneta arrancó el sueño del bicampeonato agrupada alrededor de Messi. Movemos la pelota para que haga su magia, dijo Enzo Fernández.
Pero, en el alargue con Cabo Verde, gastamos sus energías de 39 años demasiado pronto. Vinieron los partidos cada tres días con poco margen de recuperación. Contra Egipto terminó llorando y tirado para arriba por sus compañeros como en un casamiento. Scaloni no pudo hablar en el campo de juego. En la garganta las lágrimas hacían fila. De 0-2 a 3-2. Final de Octavos. Sale la caravana por la avenida. A partir de ahí, el mundial televisado pasó a ser un evento callejero.
En ese partido hubo un momento bisagra. Cuanto más cansado estaba, más salía a flote su inteligencia. Por el medio le ganaban los duelos y se fue de 7. Memorias de un wing derecho. El final es en donde partí. De ahí revivió al equipo con el centro a la cabeza del Cuti Romero que se había ido de triple 9. Bien sabemos por Messi que los buenos pases te rejuvenecen. Por 10 minutos volvió a tener 19 años. Tiró el centro que derivó en su gol y antes hizo un desborde para un “toma y hacelo” a Lautaro.
Contra Suiza y con Inglaterra volvió a hacer lo mismo. Los mejores 10 minutos de Messi no fueron al principio sino al final de los partidos. El salto en el festejo del gol agónico de Lautaro a Inglaterra después de su centro quirúrgico es una imagen que nos quedará por siempre. Es la bandera del equipo, que se mueve cuando viene el viento que todo empuja. Incluso el final del alargue contra España lo tuvo en la derecha dando pases para lograr el milagro. Se fue llorando de nuevo del estadio de New Jersey donde perdió la final de la Copa América 2016 y dijo “se terminó para mí la selección”. Jugó 10 años más.
El último trabajo discográfico de La Renga no salió en 2026 sino a finales del año pasado, se llama: Sólo hace falta un mundo para dar una vuelta. Es un registro en vivo de la gira europea de la banda y los shows en Madrid, Mallorca y Nápoles. Hacia dónde se fue la copa, recibida por un festejo frío y embolante. Adonde vive Scaloni, quien se fue a digerir el dolor de la final perdida para pensar si sigue como técnico de la Selección. Y de donde viven llegando imágenes de Maradona, en tiempos en los que actualizamos que ganarle a Inglaterra no da estrella pero nos lleva de viaje a la esquina del infinito, porque Malvinas unifica al país.
Pasarán los años y nos encontraremos recordando las historias que vivimos con Messi “En la banquina de algún lado”, como el tema difusión del disco. Porque “todos mordimos algún ripio y no hay cura más buena que este rito”.
Vivimos el Día del amigo más triste porque sabemos que se va nuestro mejor amigo. El que nos confirmó que amamos el fútbol y que cuando no lo juegue más, será un deporte que nos guste un poco menos.
En 2021, unos viejos vecinos lo vieron merodeando el monoblock de Azara y Buenos Aires. Frente al salón de cuarto grado de cuando iba a la Escuela 66 General Las Heras. Bajó a sacarse una foto con su mural en La Bajada, su barrio rosarino. Mónica, una de las maestras que tuvo en la primaria lo recordó haciendo lo que hizo con nosotros todos estos años: “Era el que corría adelante con la pelota y detrás lo seguían todos los otros chicos”.
Luis Caputo presentó su declaración jurada y reveló que tiene el 95 por ciento de sus ahorros en el exterior, una enorme contradicción con sus recurrentes pedidos a los argentinos para que confíen en la economía local y saquen sus dólares del colchón.
El ministro confirmó que no confía en el rumbo de la economía argentina que él mismo conduce y mantiene casi la totalidad de su dinero fuera del país. En Argentina apenas tiene «la caja chica».
De la declaración jurada que Caputo presentó el sábado ante la Oficina Anticorrupción, se desprende que tiene ahorros por 13.030 millones de pesos, de los cuales en el extranjero tiene depositados algo más de 12.422 millones. Es decir, el 95,3 por ciento.
En Argentina, Caputo tiene poco más de 600 millones de pesos divididos en tres cajas de ahorro (una con $581.680, otra con $742 y otra $44), una caja caja de ahorro en dólares que valuó en $23.157.747,84 (unos 15 mil dólares) y cinco plazos fijos por algo más de $584 millones. Además, tiene 122 mil pesos en efectivo.
En cuanto a los depósitos en el extranjero, Caputo declara un total de dinero equivalente a 12.422.144.637,42 pesos (8 millones de dólares al tipo de cambio actual), de los cuales la mayor parte corresponden a una cuenta corriente en dólares que tiene el equivalente a 11.739 millones de pesos. No se informa en que país están depositados los fondos.
El ministro Caputo confirmó que no confía en el rumbo de la economía argentina que él mismo conduce y mantiene casi la totalidad de su dinero fuera del país
En total, Caputo declara bienes, depósitos y dinero por un total de 19.509.370.287,24 pesos al cierre de 2025, mientras que al inicio del año contaba con 11.851.166.833,39 pesos, un incremento del 64,6%. Además, declara deudas por 21.969.057,20 pesos.
Caputo no declaró nuevos bienes durante el período 2025. El ministro sigue declarando una casa de 365 metros cuadrados, tres cocheras en CABA, un departamento en Recoleta de 200 metros cuadrados, la mitad de un lote de 100 metros en Pilar,
un lote de 3.765 metros cuadrados en Benavidez,
una casa en Villa La Angostura de 617 metros cuadrados y un campo de 800 hectáreas en Alberti.
Además, tiene un yate, un gomón, un Volvo XC90, dos Kia Carnival y un cuatriciclo.
Declara también acciones en Anker Latinoamericana valuadas en 61 millones de pesos, en Ancora Investments LP por 888 millones, en Sacha Rupaska por 459 millones y en Palmeral Chico por
El legislador de Hacemos Unidos por Córdoba Ernesto Ramón «Cañito» Flores presentó su renuncia a la banca en la Legislatura provincial, después de dos semanas de creciente presión política por la situación de su exasesor José Aníbal Ricardo Villarreal, detenido e imputado en una causa por grooming y abuso sexual contra menores en el norte de Córdoba.
La salida se produjo apenas cuatro días después de que la Unicameral aprobara una licencia de 180 días sin goce de sueldo para Flores. Aquella solución había sido cuestionada por la oposición, que reclamaba directamente su expulsión del cuerpo.
El dato político que terminó de modificar el escenario fue el pronunciamiento de Alejandra Vigo. La senadora nacional y esposa del exgobernador Juan Schiaretti dijo que Flores debía renunciar porque Villarreal había formado parte de su equipo:
«Hoy el legislador, por lo pronto, tendría que renunciar porque le toca directamente a él, porque ha sido parte de su staff», dijo días atrás. La declaración de Vigo tuvo un impacto particular porque el oficialismo había conseguido contener, al menos transitoriamente, el conflicto con la licencia.
Hoy el legislador, por lo pronto, tendría que renunciar porque le toca directamente a él, porque ha sido parte de su staff
Su intervención volvió a instalar el caso dentro de la interna del peronismo cordobés y dejó al llaryorismo ante una decisión incómoda: sostener a Flores o asumir el costo de una crisis que ya excedía al legislador del departamento Río Seco. Sin oxígeno político, Flores dimitió el domingo a la noche.
En su carta de renuncia, el legislador evita asumir cualquier responsabilidad por la situación de Villarreal y tampoco reconoce las acusaciones que se instalaron públicamente en su contra.
En la carta, afirma que fue víctima de una «campaña de difamación y de descalificación personal» y sostiene que las personas que formulan acusaciones deben demostrar sus dichos ante la Justicia.
«Quien formule una acusación deberá asumir la responsabilidad de sostenerla y demostrarla con pruebas, por las vías que correspondan y ante la Justicia», señala. El legislador deja además una aclaración explícita sobre el sentido de su salida: «Esta decisión no significa reconocer ninguna de las acusaciones que se han formulado en mi contra».
Flores reivindica su actuación, asegura que tiene la «conciencia absolutamente tranquila» y afirma que no tiene «nada que ocultar». Las derivaciones de los abusos a menores en el norte de Córdoba se convirtieron en un problema político para el peronismo cordobés.
Esta decisión no significa reconocer ninguna de las acusaciones que se han formulado en mi contra
Días atrás, Martín Llaryora calificó el episodio como «un hecho tremendo» y pidió que la Justicia investigara «a fondo». Pero el problema para el Gobierno provincial no estaba solamente en determinar la eventual responsabilidad penal de Villarreal.
La discusión política pasó rápidamente por los mecanismos de selección y control de los asesores de la Legislatura y, sobre todo, por la responsabilidad política de quienes los incorporan. El episodio llegó además en un momento especialmente delicado para el llaryorismo.
Ramón «Cañito» Flores
El gobernador intenta presentar su proyecto como una renovación generacional del peronismo cordobés, mientras prepara una elección de 2027 en la que necesita conservar el poder provincial y, al mismo tiempo, ampliar su base electoral más allá del PJ tradicional.
El caso Flores vuelve a poner sobre la mesa precisamente aquello de lo que Llaryora pretende despegarse: las estructuras territoriales construidas durante décadas de poder peronista en Córdoba.
Flores es un dirigente con fuerte inserción en el norte provincial y su banca está ligada a esa construcción territorial en el norte cordobés. El escándalo obliga al oficialismo a responder por un esquema de relaciones políticas que excede al propio legislador y que, para sus adversarios, forma parte de una manera de ejercer el poder que Llaryora había prometido dejar atrás.
La incomodidad se potencia porque el caso Flores no aparece aislado. En las últimas semanas, distintos episodios judiciales y políticos que involucran a dirigentes del peronismo cordobés volvieron a alimentar la discusión sobre cuánto de la vieja estructura del PJ forma parte de la herencia que Llaryora reivindica y cuánto de ella pretende abandonar.
La secuencia de la salida de Flores duró casi tres semanas. Primero apareció la detención de Villarreal y la confirmación de que figuraba como asesor legislativo de Flores. Después llegaron las críticas opositoras y el reclamo de que el legislador dejara su banca. El oficialismo optó por una salida intermedia: una licencia de 180 días. Pero la licencia aprobada el miercoles no consiguió cerrar el conflicto.
La oposición mantuvo el reclamo de expulsión y, finalmente, la declaración de Vigo llevó la discusión al interior del propio peronismo. Ahora, el legislador se va. S egún sus propias palabras, «con la frente en alto» y convencido de que «la verdad no necesita campañas».
Las mujeres del peronismo se plantaron en Catamarca en una potente demostración de fuerza para marcarle la cancha a Raúl Jalil, a quien el Gobierno de Javier Milei intenta convencer para que vuelva a presentarse para la gobernación y de esa manera romper el acuerdo con Lucía Corpacci y Gustavo Saadi.
Los catamarqueños habían acordado que el actual intendente de la capital, Gustavo Saadi, fuese el próximo candidato a gobernador; Corpacci encabece la lista para renovar su banca en el Senado; Jalil ocupe el segundo lugar y el hermano del gobernador compita por la intendencia de San Fernando del Valle de Catamarca.
Sin embrago, la posibilidad de que Jalil busque otro mandato comenzó a generar tensión dentro del oficialismo provincial y en el peronismo a nivel nacional. El gobernador mantiene un vínculo cercano con la Casa Rosada y acompaña en el Congreso las iniciativas libertarias. En el oficialismo nacional ahora pretende meter la cuña para fracturar al peronsimo.
En ese contexto, Corpacci reunió en Valle Viejo a más de mil militantes durante el Encuentro Federal de Mujeres Peronistas. La cumbre convocó a dirigentes del kirchnerismo, el Frente Renovador y otros sectores del PJ, en una exhibición de respaldo a la senadora.
Participaron Paula Penacca, Teresa García, Juliana Di Tullio, Lucía Cámpora, Cecilia Moreau, Jimena López, Julia Strada, Estela Díaz y Kelly Olmos, entre otras referentes nacionales. Durante el encuentro reclamaron la libertad de Cristina Kirchner y debatieron sobre la crisis económica, la deuda externa, el endeudamiento familiar y el retroceso de las políticas de género bajo el gobierno de Milei.
El massismo también activó su estructura en Catamarca y realizó un plenario del Frente Renovador. Según explicaron desde ese espacio, el objetivo fue ordenar al oficialismo detrás de la candidatura de Saadi a gobernador y respaldar a Corpacci para el Senado.
La historia de los Colapinto desde Bitonto, en el Reino de las Dos Sicilias, hasta Franco: inmigración, familias, viajes y generaciones.
Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI
Cuando Franco Colapinto se convirtió en piloto de Fórmula 1, el punto de partida visible de su historia estaba en Pilar, provincia de Buenos Aires. Allí nació, el 27 de mayo de 2003, el hombre que años después llevaría el apellido Colapinto a los circuitos más importantes del automovilismo mundial. Pero mucho antes de que ese apellido apareciera asociado a un monoplaza, a una bandera argentina y a las luces de la Fórmula 1, hubo otros Colapinto que recorrieron caminos muy diferentes. Para encontrar una de las primeras estaciones documentadas de ese largo viaje familiar hay que retroceder más de un siglo y medio, atravesar el Atlántico hacia Europa y detenerse en una ciudad de la Apulia italiana que, en aquel momento, todavía no pertenecía a Italia: Bitonto, en la provincia de Terra di Bari, dentro del Reino de las Dos Sicilias.
El 28 de diciembre de 1851, mientras en la península italiana todavía faltaban diez años para la proclamación del Reino de Italia, un hombre y una mujer llegaron hasta el registro civil de Bitonto para formalizar su matrimonio. Él era Francesco Nicola Colapinto, nacido en esa misma ciudad el 1 de marzo de 1822; ella, Maria Concetta Gaetana Silvestra Donata Ferrara Saracino, nacida también en Bitonto el 8 de diciembre de 1824. Francesco tenía entonces 29 años y Maria Concetta, 27. Sus nombres, sus padres y aquella fecha quedaron asentados en un documento que sobrevivió al paso de las generaciones y que hoy permite asomarse, aunque sea por unos instantes, a la vida de una familia que todavía no podía imaginar que, muchas décadas después y a miles de kilómetros de distancia, uno de sus descendientes terminaría compitiendo en la categoría máxima del automovilismo.
Bitonto, 1851: una ciudad antes de Italia
Para comprender aquella partida de matrimonio hay que detenerse primero en el lugar. Bitonto no era todavía “Italia”, al menos no en el sentido político que hoy le damos a esa palabra. En diciembre de 1851 formaba parte del Reino de las Dos Sicilias, el Estado gobernado por la dinastía borbónica que comprendía buena parte del sur de la península y Sicilia. Administrativamente, Bitonto era cabeza de circunscripción del distrito de Bari dentro de la provincia de Terra di Bari, cuya capital era Bari. El registro civil que dejó constancia del matrimonio de Francesco y Maria Concetta pertenecía, por lo tanto, a un mundo político que desaparecería menos de una década después con el proceso de unificación italiana.
Era una ciudad de dimensiones considerables para aquel tiempo. Los registros históricos sitúan en 21.737 habitantes la población de Bitonto en 1851, una cifra que permite imaginar una comunidad mucho más pequeña que la ciudad moderna, pero suficientemente grande como para constituir uno de los centros importantes de la Terra di Bari. Su núcleo urbano conservaba todavía buena parte de la estructura heredada de siglos anteriores, con calles estrechas y sinuosas, mientras alrededor se extendía un paisaje agrario dominado por una presencia que sería fundamental para entender la historia económica y social de la región: el olivo.
El olivo no era simplemente parte del paisaje. Era una de las bases de la vida económica de Bitonto. La producción de aceite tenía una importancia extraordinaria en la Terra di Bari y la ciudad se había convertido en uno de los principales centros olivareros de la región. Un registro del Catasto Murattiano contabilizaba 70 molinos de aceite en Bitonto en 1815, una cantidad que crecería con fuerza durante las décadas siguientes; para 1864, ya en los primeros años del Reino de Italia, Bitonto concentraba 119 de los 176 establecimientos entre almazaras y bodegas registrados en la Terra di Bari.
Eso significa que cuando Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino contrajeron matrimonio, no lo hicieron en una ciudad aislada ni ajena a los movimientos económicos de su tiempo. Vivían en una tierra conectada con los circuitos comerciales del Mediterráneo y profundamente ligada a la agricultura. En el Reino de las Dos Sicilias, el aceite de oliva constituía uno de los principales productos agrícolas y Apulia era precisamente una de las grandes zonas productoras. Pero detrás de las cifras comerciales existía una sociedad en la que la vida cotidiana estaba marcada por el trabajo rural, las relaciones familiares, la propiedad de la tierra y las diferencias sociales propias de un mundo todavía muy distante de la industrialización que estaba transformando el norte de Europa.
Bitonto, además, cargaba con una historia mucho más antigua que la de aquella generación de Colapinto. Había sido un importante centro peuceta, luego una ciudad romana atravesada por antiguas vías de comunicación y, durante siglos, uno de los núcleos relevantes de la región. Pero en la memoria histórica de la ciudad había un episodio particularmente poderoso: la batalla de Bitonto del 25 de mayo de 1734, librada apenas 117 años antes del matrimonio que estamos siguiendo. La victoria de las tropas españolas de Carlos de Borbón sobre los austríacos abrió el camino para la instalación de la nueva dinastía borbónica en el Reino de Nápoles y convirtió a Bitonto en escenario de uno de los acontecimientos decisivos de la historia política del sur italiano.
Batalla de Bitonto (1734)
Cuando Francesco Nicola nació allí en 1822, la batalla ya pertenecía a la memoria de varias generaciones, pero el mundo que la había producido todavía estaba presente. Y cuando se casó en 1851, el viejo orden europeo se encontraba nuevamente en movimiento. Las revoluciones de 1848 habían sacudido el continente; los movimientos liberales y nacionalistas recorrían los Estados italianos; el poder de los Borbones era cuestionado y el proceso que terminaría conduciendo a la unificación italiana ya estaba en marcha. Faltaban apenas nueve años para que Garibaldi desembarcara en Sicilia con los Mil y diez para que, el 17 de marzo de 1861, naciera formalmente el Reino de Italia.
Pero en aquella tarde de diciembre de 1851 nada de eso formaba parte todavía de la historia familiar que podía imaginarse. Francesco Nicola y Maria Concetta eran simplemente dos jóvenes de Bitonto que se casaban en su ciudad, rodeados por sus familias, sus nombres, sus vínculos y las circunstancias concretas de una vida que hoy apenas podemos reconstruir a través de los documentos.
De Bitonto a Nápoles: Vincenzo y el primer gran salto
La historia vuelve a moverse con la siguiente generación. Vincenzo Colapinto Ferrara, hijo de Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino, nació el 24 de noviembre de 1868 en Bari, apenas siete años después de un acontecimiento que había cambiado para siempre el mapa político de la península: la proclamación del Reino de Italia. El niño que había nacido en la nueva Italia era, sin embargo, heredero directo de una familia formada en el antiguo Reino de las Dos Sicilias. Su padre había nacido en Bitonto cuando los Borbones todavía gobernaban el sur de la península y su madre había nacido allí dos años después. Vincenzo, en cambio, llegaba al mundo en una Italia recién unificada, en una sociedad que comenzaba a construir una identidad nacional sobre territorios que durante siglos habían pertenecido a Estados diferentes.
No sabemos todavía todo lo que ocurrió durante los primeros años de su vida, pero sí aparece una huella particularmente significativa: Vincenzo estudió en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Nápoles. Su nombre aparece en el Annuario scolastico de la Universidad de Nápoles correspondiente a 1889, en la página 160, una referencia que permite ubicarlo como estudiante universitario en una de las instituciones académicas más antiguas y prestigiosas de Europa. No es un detalle menor. Para un joven nacido en Bari apenas siete años después de la unificación, llegar hasta los estudios médicos en Nápoles significaba desplazarse dentro de una Italia que todavía estaba aprendiendo a pensarse como nación y, al mismo tiempo, incorporarse a una tradición intelectual que tenía varios siglos de historia.
La Universidad de Nápoles, fundada en 1224 por el emperador Federico II, era por entonces uno de los grandes centros culturales del sur italiano. La medicina tenía allí una tradición particularmente antigua, vinculada a la historia intelectual de la región y a la influencia de la cercana escuela médica de Salerno. En la segunda mitad del siglo XIX, mientras el nuevo Estado italiano intentaba modernizar sus instituciones y extender una educación superior de carácter nacional, la formación médica representaba también una puerta hacia una profesión de creciente prestigio social. El joven Vincenzo, cuyo apellido todavía conservaba en su composición la memoria familiar de los Colapinto y los Ferrara, se estaba formando así en un mundo muy diferente al de sus padres.
Pero el recorrido de Vincenzo no terminaría en Italia.
Un médico italiano en la frontera bonaerense
Hacia fines del siglo XIX, Vincenzo Colapinto dejó Italia y cruzó el Atlántico rumbo a Sudamérica. La fecha exacta y las circunstancias del viaje son todavía parte de la investigación, pero existe una referencia documental que permite ubicarlo ya en la Argentina: en octubre de 1898 aparece como miembro fundador de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza” de Tres Arroyos.
El dato adquiere otra dimensión cuando se mira el lugar en el que decidió establecerse. Tres Arroyos, en el sur de la provincia de Buenos Aires, era por entonces una localidad joven, profundamente marcada por la expansión de la frontera agropecuaria, la llegada de inmigrantes europeos y el crecimiento de las actividades vinculadas al campo. La ciudad había sido fundada oficialmente en 1884 y durante las últimas décadas del siglo XIX se encontraba en plena transformación. El ferrocarril, la colonización agrícola y el desarrollo de las actividades comerciales estaban modificando aceleradamente un territorio que apenas unas décadas antes había formado parte de un espacio mucho más inestable y fronterizo.
El nombre de Tres Arroyos no era casual. La localidad se desarrolló en una zona atravesada por cursos de agua que confluyen en la región y que habían dado identidad al territorio mucho antes de la consolidación de la ciudad. Pero lo que verdaderamente estaba transformando el lugar hacia fines del siglo XIX era la incorporación de esas tierras a una economía agropecuaria cada vez más integrada con los mercados nacionales e internacionales. El campo necesitaba caminos, estaciones, almacenes, molinos, comercios, servicios y profesionales, y alrededor de ese proceso fueron creciendo las nuevas poblaciones bonaerenses.
La inmigración europea tuvo un papel central en esa transformación. Italianos, españoles, franceses y otros grupos fueron llegando a la provincia de Buenos Aires atraídos por las posibilidades que ofrecía una economía en expansión. Muchos se dedicaron a las tareas rurales; otros se instalaron en los pueblos y ciudades como comerciantes, artesanos, trabajadores especializados o profesionales. Y junto con ellos llegaron también las instituciones que los inmigrantes creaban para mantener sus vínculos comunitarios, ayudarse frente a las dificultades y conservar una parte de la identidad que habían dejado del otro lado del océano.
En ese contexto debe entenderse la participación de Vincenzo en la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza”. Que figure entre sus fundadores no solamente indica que ya se encontraba integrado a la comunidad italiana de Tres Arroyos: también muestra que participó activamente en la construcción de una de esas redes de solidaridad que fueron fundamentales para los inmigrantes durante las primeras décadas de su vida en la Argentina. Antes de que existieran los sistemas de seguridad social tal como los conocemos hoy, las sociedades de socorros mutuos cumplían funciones esenciales: asistencia económica, ayuda ante enfermedades, acompañamiento en situaciones de necesidad y, muchas veces, también un espacio de sociabilidad y preservación cultural.
Para Vincenzo, médico formado en Nápoles, aquella institución debió representar además un punto de encuentro con hombres que compartían una lengua, una procedencia y una historia migratoria semejante. Había nacido en la Italia posterior a la unificación, se había formado en Nápoles y ahora se encontraba en una localidad de la provincia de Buenos Aires construida en buena medida por inmigrantes como él. La distancia con Bitonto era enorme, no solamente en kilómetros sino también en tiempo histórico. Entre la partida de matrimonio de sus padres en 1851 y su llegada a Sudamérica habían transcurrido menos de cincuenta años, pero en ese período habían desaparecido un reino, nacido una nación y comenzado otra historia familiar al otro lado del Atlántico.
Tres Arroyos tampoco era un destino cualquiera. Era uno de esos lugares de la Argentina finisecular donde el país estaba cambiando de escala. El crecimiento de la producción agropecuaria y la expansión ferroviaria estaban conectando las localidades del interior bonaerense con los grandes puertos y, a través de ellos, con los mercados internacionales. En ese paisaje de inmigración, agricultura, comercio y expansión territorial, Vincenzo Colapinto encontró su lugar.
Y allí, en el sur de la provincia de Buenos Aires, comienza otra etapa de la larga ruta de los Colapinto.
Rosario del Tala: otro camino para los Colapinto
Los caminos de Vincenzo Colapinto parecen haber sido tan inquietos como las circunstancias de la época en que le tocó vivir. Después de formarse en Medicina en Nápoles y de cruzar el Atlántico para instalarse en Tres Arroyos, su rastro vuelve a desplazarse hacia el norte. Esta vez el destino fue Entre Ríos, y más precisamente Rosario del Tala, una localidad atravesada por el río Gualeguay y nacida alrededor de uno de los antiguos pasos que comunicaban distintos puntos del territorio entrerriano. Allí, en los primeros años del nuevo siglo, aparece nuevamente el apellido Colapinto asociado a una historia familiar que ya había atravesado un océano y que todavía estaba lejos de encontrar su destino definitivo.
Rosario del Tala tenía para entonces una historia mucho más antigua que su aspecto de pueblo en expansión podía sugerir. El origen del asentamiento se remontaba al antiguo Paso del Tala, un lugar utilizado por quienes transitaban entre distintas poblaciones de la provincia. Hacia la década de 1770 comenzaron a establecerse allí vecinos provenientes de Paraná, Nogoyá y Gualeguay, atraídos en buena medida por la posibilidad de asentarse cerca de un paso estratégico sobre el territorio. La comunidad fue creciendo alrededor de una capilla y en 1799 se autorizó la creación de una viceparroquia bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, fecha que la tradición local tomó como fundacional.
Durante el siglo XIX, aquel antiguo paraje fue dejando atrás lentamente su condición de población rural dispersa. En 1863, durante la reorganización territorial impulsada en Entre Ríos, el departamento Tala fue creado por decreto de Justo José de Urquiza, y Rosario del Tala quedó como cabecera. Poco después comenzaron a consolidarse las instituciones municipales y administrativas que acompañaban el crecimiento de la localidad. Era una Entre Ríos que estaba construyendo su propia red de pueblos y ciudades, en un territorio donde todavía pesaban las antiguas rutas de las carretas y las comunicaciones fluviales, pero donde comenzaban a aparecer con fuerza los signos de una modernidad diferente.
Uno de esos signos tenía nombre propio: el ferrocarril. En la década de 1880 las vías comenzaron a modificar radicalmente las distancias entrerrianas. En 1883 fue autorizada la construcción de la línea que atravesaría la provincia y conectaría Paraná con Concepción del Uruguay, y Rosario del Tala quedó incorporada a ese nuevo sistema de comunicaciones. La estación comenzó a funcionar con la llegada del Ferrocarril Central Entrerriano y, pocos años después, en noviembre de 1888, fue inaugurado el ramal que unía Tala con Gualeguay. La vieja lógica de los caminos de tierra, las postas y las largas jornadas a caballo comenzaba a convivir con la velocidad del tren.
El cambio no fue solamente técnico. El ferrocarril llevó gente, mercancías, oportunidades y nuevas familias. Alrededor de las estaciones aparecieron comercios, hospedajes, talleres y servicios, mientras la inmigración europea contribuía a modificar la composición social de las poblaciones entrerrianas. Italianos, españoles, alemanes, vascos, gallegos, polacos y otros inmigrantes fueron formando comunidades que conservaron parte de sus costumbres y, al mismo tiempo, se incorporaron a la vida de sus nuevos pueblos. La propia historia de Rosario del Tala reconoce ese proceso de llegada de inmigrantes como uno de los elementos que contribuyeron a darle su fisonomía durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.
Es en ese escenario, cuando el siglo XIX ya se había convertido en recuerdo y el nuevo siglo apenas comenzaba, donde vuelve a aparecer Vincenzo Colapinto. La documentación del Registro Civil entrerriano permite ubicarlo en Rosario del Tala en 1900, cuando tenía 53 años. El 30 de octubre de ese año fue registrada allí una niña llamada María Eugenia Colapinto, hija de Vicente Colapinto.
Hay algo particularmente sugestivo en ese registro. La familia Colapinto vuelve a aparecer asociada a un territorio en movimiento. Vincenzo había llegado desde Italia a la Argentina; había pasado por Tres Arroyos y ahora se encontraba en Entre Ríos. La geografía familiar empezaba a dibujar una trayectoria que no respondía a una migración lineal desde Europa hacia un único destino, sino a desplazamientos dentro de la propia Argentina. Como tantos inmigrantes y sus descendientes, los Colapinto parecían estar buscando su lugar en un país que se expandía, que incorporaba nuevas tierras a la producción y que multiplicaba sus conexiones ferroviarias.
Rosario del Tala era precisamente uno de esos puntos donde las transformaciones podían verse a escala humana. En sus calles convivían las familias criollas y los inmigrantes recién llegados; en sus alrededores se extendían las actividades rurales; en la estación se cruzaban viajeros y mercancías; y en las instituciones locales comenzaban a hacerse visibles las comunidades extranjeras que contribuían a construir la nueva sociedad. La llegada del tren había convertido al pueblo en un nodo de una red mucho más grande, y esa red hacía posible que hombres como Vincenzo pudieran trasladarse, establecerse, formar vínculos y volver a emprender camino.
Incluso el paisaje industrial comenzaba a cambiar. La ciudad tendría en las primeras décadas del siglo XX uno de sus grandes símbolos en la Calera Osinalde-Izaguirre, un complejo que se convertiría en una de las principales referencias productivas de Rosario del Tala y que continuaría funcionando hasta la década de 1960. El pueblo que había nacido alrededor de un paso sobre el Gualeguay estaba convirtiéndose en una pequeña ciudad conectada por ferrocarril, con actividad comercial e industrial y con una sociedad cada vez más diversa.
De Tres Arroyos a Máximo Paz
Los caminos de Vincenzo Colapinto no se detuvieron en Rosario del Tala. En algún momento de esos años de tránsito por la Argentina conoció a Margarita Olivero, una joven italiana nacida hacia 1879. La relación daría lugar a una nueva familia y, con ella, a otro desplazamiento dentro de la geografía de la inmigración italiana en la Argentina: el destino sería Máximo Paz, en el departamento Constitución, provincia de Santa Fe.
Llegar allí significaba instalarse en un pueblo que prácticamente había nacido junto con la generación de inmigrantes que lo poblaba. Máximo Paz había sido fundado el 14 de enero de 1890, cuando los hermanos Marcelo, Máximo y Agustina Paz cedieron tierras que luego fueron loteadas para dar forma al nuevo núcleo urbano. Ese mismo año se habilitó la estación ferroviaria sobre el ramal Villa Constitución-Río Cuarto, un dato decisivo para entender por qué aquel lugar podía convertirse en destino de familias que, como los Colapinto, se movían dentro de una Argentina en plena expansión.
No era un pueblo surgido alrededor de una vieja ciudad colonial ni de una antigua ruta comercial. Era, en buena medida, hijo de la transformación agrícola y ferroviaria de la Argentina de fines del siglo XIX. La llegada del tren acercaba mercados, personas y mercancías, mientras las tierras del sur santafesino comenzaban a integrarse cada vez más a la producción agropecuaria. Un estudio sobre la cuestión agraria santafesina ubica precisamente en 1890 la fundación de la colonia Máximo Paz y señala que, en esos años, la entrega de tierras para la agricultura avanzaba alrededor de las estaciones ferroviarias.
El paisaje humano también estaba cambiando. La gran inmigración europea había convertido a Santa Fe en uno de los principales territorios de colonización agrícola de la Argentina. Desde mediados del siglo XIX, miles de inmigrantes se habían establecido allí y habían transformado profundamente la economía y la sociedad provincial. El fenómeno fue particularmente intenso entre los italianos: para fines del siglo XIX, las comunidades de origen peninsular tenían una presencia enorme en la llamada Pampa Gringa, ese espacio de colonias agrícolas que se extendía por el centro y sur de Santa Fe y que estaba construyendo una sociedad nueva sobre la base del trabajo rural, el ferrocarril y la inmigración.
Máximo Paz era entonces un pueblo joven, rodeado de chacras y colonias agrícolas, en una región donde la vida cotidiana estaba estrechamente vinculada a los ciclos de la producción rural. El ferrocarril constituía una de las grandes novedades de aquel mundo: permitía que la producción pudiera salir de la zona y conectarse con centros comerciales mayores, pero también hacía posible que las personas se desplazaran con una rapidez que las generaciones anteriores no habían conocido. El pueblo, la estación y el campo formaban parte de un mismo sistema.
Y allí, en ese territorio nuevo, comenzaron a crecer los hijos de Vincenzo y Margarita.
El primero fue Leonidas José Colapinto Olivero, nacido el 8 de noviembre de 1903 en Máximo Paz y bautizado poco después, el 24 de noviembre de 1904. Dos años más tarde, el 23 de enero de 1906, nació su hermano Raúl Juan Colapinto Olivero, también en Máximo Paz; su bautismo se produjo el 2 de mayo de 1910. La documentación parroquial permite así seguir la expansión de una rama familiar que ya no pertenecía exclusivamente al mundo de los inmigrantes italianos: sus hijos estaban naciendo en territorio argentino y creciendo en una comunidad que había surgido apenas una década antes.
Registro de Bautismo de Leónidas José Colapinto en Máximo Paz
Hay algo casi simbólico en esas fechas. Cuando Leonidas nació, Máximo Paz tenía apenas trece años de existencia; cuando nació Raúl, apenas dieciséis. La familia y el pueblo crecían prácticamente al mismo tiempo. Los Colapinto Olivero formaban parte de una generación que ya no estaba llegando a la Argentina: estaba naciendo en ella.
Y ese cambio es fundamental para nuestra historia. Francesco Nicola había nacido en el Reino de las Dos Sicilias; Vincenzo había nacido en la Italia recién unificada; Leonidas y Raúl nacían ahora en una Argentina que sus padres habían elegido como lugar de vida. El apellido había atravesado el océano y comenzaba a echar raíces definitivas en Sudamérica.
Pero tampoco aquí se detendría la larga ruta de los Colapinto.
De Bitonto a Bari. De Bari a Nápoles. De Nápoles a la Argentina. De Tres Arroyos a Rosario del Tala y de allí a Máximo Paz. Cada generación había agregado una nueva estación al viaje. Y todavía faltaban muchas más antes de llegar a Pilar.
De Bahía Blanca a Montevideo: cruzar el charco por amor
La siguiente estación de esta larga ruta de los Colapinto estaría bastante lejos de Máximo Paz. Leonidas José Colapinto Olivero, nacido allí el 8 de noviembre de 1903, terminaría radicándose en Bahía Blanca, en el extremo sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Para entonces, el hijo de Vincenzo y Margarita ya pertenecía plenamente a una generación nacida en la Argentina, pero la historia familiar seguía teniendo al Atlántico y al Río de la Plata como grandes escenarios de movimiento. Y sería precisamente el río, esa enorme frontera de agua que separa Buenos Aires de Montevideo, el que volvería a aparecer en el camino de los Colapinto.
Porque en algún momento de su vida Leonidas conoció a María Luisa Belloni Solari, nacida en Montevideo el 30 de mayo de 1908. El vínculo terminaría llevándolo a cruzar el charco y, el 4 de enero de 1932, ambos contrajeron matrimonio en la capital uruguaya. Para la familia Colapinto era un nuevo desplazamiento, aunque esta vez el viaje no tenía el sentido de una emigración: era el recorrido inverso de una historia que ya llevaba varias décadas moviéndose por el sur de Sudamérica. El hombre nacido en Santa Fe y radicado en Bahía Blanca llegaba ahora a Montevideo para unirse a una mujer nacida al otro lado del Río de la Plata.
La elección de Montevideo tampoco era casual. Durante décadas, la ciudad había sido uno de los grandes puertos de entrada y asentamiento de la inmigración europea en Sudamérica. Los italianos tuvieron una presencia particularmente importante en la formación de la sociedad montevideana y ya desde fines del siglo XIX constituían una comunidad numerosa, con instituciones propias, redes comerciales, asociaciones y vínculos que atravesaban las fronteras entre Uruguay y Argentina. La masiva presencia italiana en Montevideo durante el período de la gran inmigración está documentada incluso por informes consulares y registros portuarios de la época.
Cuando nació María Luisa, en 1908, Montevideo era una ciudad que atravesaba una profunda transformación. A comienzos del siglo XX, aproximadamente tres de cada diez habitantes eran extranjeros, mientras la capital crecía hacia nuevos barrios y se expandían las infraestructuras que terminarían dándole su fisonomía moderna. Los tranvías eléctricos, el puerto, la Rambla y el crecimiento de barrios como Cordón, Prado, Pocitos, Cerro y Villa Colón formaban parte de esa transformación urbana.
Pero la historia de María Luisa no comenzaba en Uruguay. Sus padres también habían llegado desde Europa y pertenecían a dos familias italianas de procedencias diferentes. Ceccardo Belloni Borghini, su padre, había nacido alrededor del 15 de junio de 1864 en Massa y Carrara, Toscana, hijo de Massimo Belloni, albañil, y de Maria Borghini. La familia materna de María Luisa tenía otro origen geográfico: Eugenia Solari Marini, nacida el 30 de septiembre de 1873 en Chiavari, Liguria, era hija de Esteban Solari, carpintero, y Luisa Marini.
Otra vez, detrás de una persona aparece un mapa. Toscana. Liguria. Montevideo. Bahía Blanca.
Los Belloni y los Solari habían hecho, en apenas una generación, un recorrido semejante al de tantas familias italianas que encontraron en América un nuevo escenario para sus vidas. Massa Carrara, en el extremo norte de Toscana y cerca de los Apeninos y del mar Tirreno, tenía una identidad marcada históricamente por la extracción y el trabajo de la piedra, mientras Chiavari, sobre la costa ligur, pertenecía a un territorio cuya vida económica y cultural estaba estrechamente vinculada al Mediterráneo. De esos dos mundos europeos surgirían las ramas familiares que terminarían encontrándose en Montevideo.
Y así, el matrimonio de Leonidas y María Luisa no fue solamente la unión de dos personas. Fue también el encuentro de dos historias migratorias italianas que habían seguido caminos diferentes hasta converger en el Río de la Plata. Por un lado, los Colapinto, llegados desde la Apulia y ya profundamente arraigados en la Argentina después de varias mudanzas internas. Por el otro, los Belloni y los Solari, cuyos orígenes se encontraban en Toscana y Liguria y cuya historia familiar había echado raíces en Uruguay.
Para entonces, además, el Río de la Plata ya no era aquella frontera que podía parecer insalvable para los inmigrantes del siglo XIX. Buenos Aires y Montevideo estaban conectadas por una intensa circulación de personas, mercancías, noticias y familias. El río separaba dos países, pero también funcionaba como un corredor. Las distancias que habían obligado a Francesco Nicola a cruzar un océano décadas atrás eran ahora, para sus descendientes, un viaje mucho más corto, aunque no por eso menos significativo.
Leonidas llegó a Montevideo en 1932, en un mundo que acababa de entrar en una nueva etapa de incertidumbre. La crisis económica internacional iniciada en 1929 había golpeado profundamente a las economías de la región y Uruguay atravesaba también una transformación política decisiva: Gabriel Terra había asumido la presidencia en 1931 y en 1933 daría un golpe de Estado, inaugurando un período autoritario. La colectividad italiana, por su parte, atravesaba sus propias tensiones, porque el ascenso del fascismo en Italia había convertido la identidad de los inmigrantes en un terreno cada vez más atravesado por la política. Durante los años siguientes, el régimen de Benito Mussolini intentaría ampliar su influencia sobre las comunidades italianas de América del Sur.
Pero el 4 de enero de 1932, cuando Leonidas y María Luisa se casaron, la historia familiar podía ser mucho más sencilla que la historia política que los rodeaba. Un hombre de Bahía Blanca y una joven montevideana se unían en matrimonio. Dos familias italianas, ya transformadas por la emigración, volvían a encontrarse en una ciudad que había sido durante décadas uno de los grandes destinos de la diáspora peninsular.
Y hay algo hermoso en esta parte de la genealogía: el viaje no siempre fue impulsado por la necesidad económica, la búsqueda de trabajo o la emigración masiva. A veces también fue el amor el que puso en movimiento a los Colapinto.
Leonidas había nacido en un pequeño pueblo de Santa Fe creado alrededor del ferrocarril. Había crecido en una familia cuyo padre había recorrido media Argentina después de abandonar Italia. Se había radicado en una ciudad portuaria y comercial del sudoeste bonaerense. Y ahora cruzaba el Río de la Plata para casarse con una mujer cuya familia también había recorrido miles de kilómetros antes de llegar a Montevideo.
La larga ruta de los Colapinto volvía a cruzarse, una vez más, con la larga ruta de otra familia de inmigrantes.
Y esta vez, el destino no estaba en un pueblo de la pampa ni en una ciudad italiana. Estaba al otro lado del río.
Bahía Blanca: el abogado que cerró una larga historia de migraciones
El matrimonio de Leonidas José Colapinto Olivero y María Luisa Belloni Solari en Montevideo, en enero de 1932, abrió una nueva etapa de la historia familiar. De aquella unión nació, en 1935, en Bahía Blanca, Leonidas Colapinto Belloni, quien llevaría consigo, condensados en sus apellidos, buena parte de los caminos recorridos por las generaciones anteriores: los Colapinto llegados desde Bitonto y arraigados sucesivamente en distintos puntos de la Argentina; los Belloni procedentes de Toscana; los Solari originarios de Liguria y establecidos en Montevideo. En él ya no encontramos al inmigrante que abandona Europa ni al hijo que busca un nuevo lugar dentro de la Argentina en expansión, sino a un argentino nacido en una familia que llevaba varias décadas construyendo su propia historia a ambos lados del Río de la Plata.
Bahía Blanca sería, finalmente, uno de los grandes puntos de arraigo de los Colapinto. La ciudad había adquirido una importancia extraordinaria desde fines del siglo XIX gracias a su puerto, al ferrocarril, a la expansión de la producción agropecuaria y a su posición estratégica en el sudoeste bonaerense. Cuando Leonidas nació en 1935, ya no era aquella ciudad de frontera que habían conocido las primeras generaciones de inmigrantes, sino un centro urbano consolidado, profundamente vinculado con el comercio, la actividad portuaria, la producción agropecuaria y la llegada de nuevas corrientes migratorias. Allí crecería el hombre que, décadas más tarde, se convertiría en una figura destacada del ámbito jurídico bahiense.
Leonidas Colapinto Belloni fue abogado y desarrolló una extensa actividad profesional e institucional en Bahía Blanca. Su trayectoria estuvo vinculada particularmente con el Derecho Procesal y el Derecho de Familia, campos en los que no solamente ejerció su profesión sino que también participó de la construcción de espacios académicos y profesionales. Fue cofundador del Instituto de Derecho Procesal y del Instituto de Derecho de Familia del Colegio de Abogados de Bahía Blanca, una participación que permite ubicarlo dentro de una tradición jurídica que excedía el ejercicio cotidiano de la abogacía y buscaba generar ámbitos de estudio, discusión y formación profesional.
Pero quizás el aspecto más interesante para comprender a Leónidas sea que su preocupación intelectual no quedó encerrada en los códigos y los tribunales. Fue especialista en cuestiones sociales y políticas y escribió sobre asuntos que revelaban una mirada atenta a los problemas concretos de la sociedad. Entre sus publicaciones se destacó Iniquidades de la adopción, una obra en la que abordó cuestiones relacionadas con la adopción, la familia y el papel social de la mujer. El propio título expresa una preocupación por las desigualdades y por las consecuencias que determinadas estructuras jurídicas y sociales podían producir sobre las personas involucradas en los procesos de adopción.
De esta manera, en la generación de Leónidas aparece una transformación particularmente significativa de aquella antigua familia de Bitonto. El apellido que había nacido en los registros civiles del Reino de las Dos Sicilias había llegado, cuatro generaciones después, a las instituciones profesionales de una ciudad argentina. Francesco Nicola había sido un hombre de Bitonto que se casó en 1851, cuando Italia todavía no existía como Estado nacional. Su hijo Vincenzo nació en Bari después de la unificación, estudió Medicina en Nápoles y terminó cruzando el Atlántico. Vincenzo se convirtió en uno de los fundadores de una sociedad italiana de socorros mutuos en Tres Arroyos, recorrió luego otros territorios de la Argentina y formó una familia en Máximo Paz. Su hijo Leonidas José se radicó en Bahía Blanca y cruzó el Río de la Plata para casarse con María Luisa Belloni Solari. Y de esa unión nació, en 1935, Leonidas Colapinto Belloni.
La trayectoria permite observar algo que suele perderse cuando una genealogía se reduce a nombres y fechas: la inmigración no fue un acontecimiento único, sino un proceso que se prolongó durante generaciones. El primer Colapinto de esta historia llegó desde una sociedad europea profundamente diferente de la Argentina que conocemos. Sus descendientes fueron cambiando de ciudad, de profesión, de vínculos y de horizontes. Algunos conservaron instituciones y apellidos que recordaban su origen; otros se integraron completamente a la sociedad argentina. En el transcurso de pocas generaciones, aquella familia de agricultores y profesionales del sur italiano terminó formando parte de las clases profesionales de una ciudad argentina moderna.
Leónidas murió el 31 de octubre de 2024, a los 89 años. Su muerte cerró una vida que había atravesado casi nueve décadas de la historia argentina y que, indirectamente, conectaba dos mundos separados por un océano y por casi dos siglos. Había nacido en 1935, cuando todavía vivían personas que habían conocido personalmente a los inmigrantes de la gran oleada europea; murió en 2024, cuando su nieto ya había conseguido algo que probablemente ninguno de aquellos primeros Colapinto habría podido imaginar.
Porque entre Francesco Nicola Colapinto, aquel hombre nacido en Bitonto en 1822, y Franco Colapinto, el piloto argentino que llegó a competir en la Fórmula 1, hay mucho más que una sucesión de apellidos. Hay una historia de migraciones, trabajo, educación, desplazamientos, vínculos familiares y adaptación a sociedades completamente diferentes.
Hay un matrimonio celebrado en Bitonto en 1851, cuando todavía gobernaban los Borbones y faltaba una década para el nacimiento del Reino de Italia. Hay un joven médico que estudió en Nápoles y cruzó el Atlántico. Hay una sociedad italiana fundada en Tres Arroyos en 1898. Hay hijos nacidos en Máximo Paz cuando aquel pueblo santafesino apenas comenzaba a crecer. Hay un hombre que encontró en Bahía Blanca su lugar de residencia y que cruzó el Río de la Plata para casarse en Montevideo. Hay familias italianas procedentes de Apulia, Toscana y Liguria que terminaron entrelazándose en el extremo sur de América.
Y hay, finalmente, una nueva generación nacida ya en la Argentina.
Leonidas Colapinto Belloni fue el abuelo de Franco. Su hijo, Aníbal Colapinto, continuaría la línea familiar junto a Andrea Laura Trofimczuk, descendiente de una familia de origen ucraniano. De esa unión nacerían Franco y su hermana Martina. La vieja historia italiana quedaba entonces cada vez más lejos en el tiempo, pero no desaparecía: permanecía en los apellidos, en los documentos, en las historias transmitidas y en esa improbable cadena de decisiones y circunstancias que conecta a una familia de Bitonto con una familia de Bahía Blanca.
Resulta inevitable mirar hacia atrás y pensar en aquel documento de 1851. Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino probablemente no podían imaginar que alguien, más de un siglo y medio después, estaría reconstruyendo sus vidas a partir de una partida matrimonial. Mucho menos podían imaginar que uno de sus descendientes llevaría el apellido Colapinto en los circuitos de automovilismo más importantes del mundo.
Pero la historia familiar no funciona como una línea recta. No hay un destino inevitable escrito en aquel registro de Bitonto. Hay, en cambio, una sucesión de decisiones, viajes, encuentros, nacimientos y circunstancias históricas. Cada generación abrió una posibilidad que la siguiente transformó en otra. Francesco permaneció en Bitonto; Vincenzo cruzó el océano; Leonidas José recorrió la Argentina y llegó hasta Montevideo; Leonidas Colapinto Belloni construyó una trayectoria profesional en Bahía Blanca; Aníbal formó allí su propia familia; y Franco terminó encontrando su lugar en un mundo completamente distinto: el de la Fórmula 1.
Quizás por eso esta historia no debería terminar en un circuito, sino volver por un instante a aquel pequeño registro civil del sur de Italia. En 1851, Francesco Nicola y Maria Concetta simplemente se casaron. No sabían que su apellido sobreviviría a un reino, a una unificación nacional, a dos guerras mundiales, a una migración transatlántica y a varias generaciones nacidas en América.
Tampoco sabían que, 173 años después, un descendiente suyo llevaría el mismo apellido que Francesco Nicola había llevado al registro civil de Bitonto hasta la Fórmula 1.
Entre aquel hombre de 29 años que firmó su matrimonio en la Apulia del siglo XIX y el joven argentino que llegó a la máxima categoría del automovilismo existe una distancia de generaciones, continentes y épocas. Pero también existe un hilo.
Ese hilo se llama Colapinto.
Y la historia de ese apellido, que comenzó en Bitonto mucho antes de que existiera Italia como nación, terminó encontrando en la Argentina una nueva patria.