Tras la decisión de la Cámara de Apelaciones de Nueva York que revocó la millonaria condena contra la Argentina por la expropiación de YPF, Cristina Kirchner y Axel Kicillof salieron a fijar posición y apuntaron contra años de operaciones políticas y judiciales. Ambos coincidieron en un punto central: la recuperación de la petrolera en 2012 fue legal y estratégica para el país.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI
La resolución judicial representa un giro clave en una causa que amenazaba con un pago superior a los 16 mil millones de dólares, una cifra que equivalía a una porción significativa del presupuesto nacional.
Cristina: “la expropiación se hizo conforme a derecho”
La ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner fue contundente al analizar el fallo. Sostuvo que la decisión de la Justicia estadounidense confirma que la expropiación de YPF se realizó dentro del marco legal argentino, desmontando así uno de los ejes del litigio impulsado por los fondos demandantes.
En su mensaje, además, destacó el trabajo del equipo jurídico que defendió al país durante años y remarcó que el proceso judicial había sido utilizado políticamente para cuestionar una medida soberana.
El planteo de Cristina no es nuevo, pero cobra otra dimensión tras el fallo: la nacionalización había sido aprobada por amplia mayoría en el Congreso en 2012 y respondía a un escenario crítico en materia energética, marcado por la caída de reservas y producción bajo control de Repsol.
Kicillof: “quedan expuestos años de mentiras”
Por su parte, el gobernador bonaerense Axel Kicillof, quien fue uno de los principales impulsores de la recuperación de YPF desde el Ministerio de Economía, afirmó que la decisión judicial deja en evidencia “años de mentiras” construidas alrededor del caso.
Kicillof insistió en que la estrategia de defensa del Estado argentino fue correcta desde el inicio y cuestionó a quienes instalaron que la expropiación había sido irregular o perjudicial. En esa línea, también apuntó contra el uso político del litigio por parte de sectores que buscaron desacreditar la política energética del kirchnerismo.
El fallo de la Cámara no sólo revoca la condena previa, sino que además reconoce que la interpretación de la ley argentina realizada en instancias anteriores era errónea, debilitando así el núcleo del reclamo de los fondos litigantes.
Una causa atravesada por intereses y fondos buitres
El conflicto judicial se originó tras la expropiación del 51% de YPF en 2012, cuando el Estado argentino decidió recuperar el control de la empresa frente a un escenario de desinversión y caída productiva.
Años después, fondos como Burford Capital compraron los derechos de litigio de accionistas minoritarios y avanzaron en tribunales estadounidenses, logrando en 2023 una sentencia favorable que obligaba a la Argentina a pagar una suma multimillonaria.
Ese fallo fue ahora revertido, en lo que constituye uno de los reveses más importantes para los fondos especulativos en litigios contra el país.
Más que un fallo: una disputa política
Aunque el Gobierno de Milei celebró la decisión como un logro propio, lo cierto es que el fallo impacta directamente en el corazón de una política de Estado impulsada durante el kirchnerismo.
En ese marco, las declaraciones de Cristina y Kicillof no sólo buscan reivindicar la legalidad de la expropiación, sino también reinstalar el debate sobre el rol del Estado en sectores estratégicos como la energía.
Porque detrás del expediente judicial no sólo se discutía una cifra millonaria: también estaba en juego la legitimidad de una decisión política que marcó un punto de inflexión en la historia económica reciente.
Un descubrimiento inesperado en Países Bajos podría cambiar lo que se sabía sobre la muerte del célebre mosquetero que inspiró “Los tres mosqueteros”. Un esqueleto hallado bajo una iglesia, una bala de mosquete y una moneda francesa vuelven a poner en escena una historia que mezcla realidad, mito y literatura.
Por Alcides Blanco para NLI
El hallazgo que sacudió a la historia
Más de 350 años después de su muerte, el nombre de Charles de Batz de Castelmore, conocido como d’Artagnan, volvió a ocupar titulares. Todo comenzó casi por accidente: un hundimiento parcial del suelo en una iglesia de Maastricht, en Países Bajos, obligó a realizar obras de reparación.
Durante esos trabajos apareció un esqueleto enterrado en una zona extremadamente particular: debajo del altar, un lugar que en el siglo XVII estaba reservado a figuras de alto rango o relevancia.
Ese detalle, lejos de ser anecdótico, es el primer indicio fuerte que despertó el interés de los investigadores.
Quién fue realmente d’Artagnan
Lejos del personaje romántico de la literatura, d’Artagnan fue un militar francés real, capitán de los mosqueteros al servicio de Luis XIV, con un rol clave en operaciones militares y políticas de la época.
Murió en 1673 durante el asedio de Maastricht, en plena guerra franco-neerlandesa, cuando una bala de mosquete lo alcanzó en combate.
Su figura fue inmortalizada siglos después por Alejandro Dumas en la novela Los tres mosqueteros, donde se transformó en uno de los personajes más famosos de la cultura occidental.
Sin embargo, el destino de su cuerpo siempre fue un misterio.
Un esqueleto hallado bajo el altar de una iglesia en Maastricht podría ser el del mosquetero d’Artagnan.
Las pistas que apuntan al mosquetero
Lo que convierte este hallazgo en potencialmente histórico no es solo la ubicación del esqueleto, sino una serie de elementos que coinciden con los registros de la época:
Una moneda francesa encontrada junto a los restos, que sugiere origen o vínculo con Francia.
Lesiones en el torso compatibles con una bala de mosquete, similares a las que habrían causado su muerte.
El lugar del entierro, reservado para personas de alto estatus.
Además, existe una hipótesis histórica que cobra fuerza: debido al contexto de guerra y las condiciones del momento, el cuerpo de d’Artagnan no habría sido trasladado a Francia, sino enterrado en la propia Maastricht.
Todo encaja… pero todavía no hay confirmación.
El adn, la clave final
Actualmente, los restos fueron trasladados a un instituto arqueológico y se están realizando análisis de ADN en un laboratorio europeo para comparar el material genético con descendientes de la familia del mosquetero.
Los especialistas insisten en la cautela: aunque los indicios son fuertes, solo la evidencia científica podrá confirmar si se trata realmente de d’Artagnan.
Entre la historia y el mito
El posible hallazgo vuelve a poner en primer plano una figura que siempre vivió en el límite entre la realidad y la ficción.
Durante siglos, d’Artagnan fue más conocido por su versión literaria que por su existencia histórica. Hoy, paradójicamente, un conjunto de huesos podría devolverlo al terreno de lo real.
Si se confirma la identidad, no solo se resolvería un enigma de más de tres siglos: también se cerraría una de las historias más fascinantes de la Europa moderna, donde un soldado de carne y hueso terminó convertido en leyenda universal.
Hay tantas maneras de mirar Vaca Muerta como interesados en su entramado. Para algunos es la esperanza del país, política de Estado, una locomotora económica. Para otros, una formación geológica subterránea o un mar que se secó. Para otros, una ubicación geográfica indefinida que llega hasta donde lleguen los pozos. Para otros, un megaproyecto sobre su territorio. Para otros, un desierto disponible. Para otros, un lugar hermoso. Para otros, todo eso convertido en objeto de investigación artística, como Geonnitus, una instalación inmersiva audio-táctil-visual sobre el fracking.
Para ver Geonnitus en el Colón hay que entrar por Viamonte 1168, atravesar un pasillo con fanáticos de la ópera, bajar unas escaleras y por fin llegar a un enorme subsuelo tipo industrial. Oscuro. Nos ubican en unos bancos de madera rústica, de frente y al mismo nivel de una escenografía semicircular. Andamios. Dos pantallas. Dos pelopinchos llenas. Caños y tubos que corren paralelos y se cruzan -parecen mapas de las líneas de subte-, y terminan en una bomba de agua o quizá siguen hasta las piletas. En la penumbra, brilla el bronce de instrumentos de viento sostenidos por músicos vestidos con mamelucos de la empresa YPF.
Comienza (alerta spoiler).
Durante sesenta minutos, las pantallas transmitirán imágenes del territorio conocido hacia afuera como Vaca Muerta: planos fijos de la meseta, rocas, montañas, animales (vacas lecheras, cabras, caballos, zorritos, liebres, ñandúes, gatos, un pavo real), paredes rajadas, garrafas, hornallas prendidas, un cementerio, plantas. Polvo. Un skyline de plataformas industriales. Camiones. Camiones. Camiones. Predominan las tomas nocturnas en las que lo único que se mueve son puntitos blancos que van y vienen, las luces de una circulación que nunca duerme. Y lenguas de fuego que duran segundos hasta transformarse en nube negra y desaparecer, escupidas por unas chimeneas finas y largas, los “mecheros”.
También hay primeros planos de las “anacondas”, mangueras que atraviesan la tierra como lava para sacar el agua de los ríos y redirigirla a la extracción del shale. Claro, eso emulan los caños naranjas del decorado. Los instrumentos de viento le ponen sonido ambiente a la escena. Junto con los caños, que tienen la arquitectura de un órgano tubular, simulan el viento de la Patagonia, ese viento único de la Patagonia, y el ruido y las explosiones de las máquinas penetrando el suelo. Un suelo que se logra partir con agua, la “fractura hidráulica”: el fracking.
Escenas sutiles para representar una operación tan cuantificable como imposible de dimensionar a escala humana. Se trata del agua dulce de los ríos Neuquén, Limay y Colorado, cada vez más flacos por la escasez de lluvia y nevadas. De ellos se extraen enormes volúmenes para el proceso de fractura de la roca: cada pozo puede emplear entre 80 y 100 millones de litros del agua local, algunos hasta 120 millones. Una de las imágenes que referencia la obra es cuando la empresa transportadora de petróleo Oldelval en 2021 usó una Pelopincho de lona para intentar controlar un derrame. Pero la afectación al agua que no es visible es la que queda debajo de la tierra, contaminada con químicos y arena. En Pelopinchos serían 200 mil para cada pozo y, al día de la fecha, se estima que hay unos tres mil pozos ya fracturados por el entramado petrolero-gasífero del fracking.
Desde los medios del sector se suele mencionar a Vaca Muerta como el segundo yacimiento de gas no convencional y el cuarto de petróleo no convencional de todo el mundo. Este dato saltea el hecho que “no convencional” está lejos de ser una ventaja. Esta forma de extracción energética es una de las llamadas “energías extremas”, y tienen consecuencias intensivas en todo sentido: ambiental, económico y social. A pesar de los rimbombantes anuncios que comparan a Neuquén con el Medio Oriente, el proyecto no llega a posicionar ni cerca de los primeros 20 jugadores en la geopolítica energética, ni de posicionar a Argentina como jugador de peso en el mapa mundial.
Geonnitus muestra lo alevoso pero también lo invisible del planeta, la escala cuántica: los músicos y el sistema tubular también reproducen ciertos zumbidos inauditos para la percepción humana. Capas sonoras y visuales crean un clima melancólico, de ciencia ficción distópica. Imposible no recordar al viento que despeinó a Leila Guerriero mientras escribía Los suicidas del fin del mundo, o a las cadenas de bicicleta de Marcela Armas que, formando la silueta de México, se desangraban en petróleo, o las personas retratadas por Pablo Piovano en su ensayo Fracking en Vaca Muerta.
La parte de Geonnitus que sigue atrapando a Marina Aizen, una de las creadoras del proyecto en 2023, es “el momento fracking”, el instante en el que a la roca le inyectan explosivos hechos con agua, arena y químicos a mucha presión para sacarle petróleo. “El movimiento de las máquinas se ve como deditos con guante negros que se mueven, es la presión entrando al pozo”, dice Aizen. En ese momento, el suelo del Centro de Experimentación del Teatro Colón vibra. Y el ruido ensordece -como si estuviéramos en una resonancia magnética-.
El nombre de la obra usa una palabra inventada, mezcla de “geo”, por tierra, y “nnitus”, por el ruido, por esa invasión en el sistema auditivo que es el tinnitus. “Es un neologismo que podríamos traducir como el ruido que hace la tierra, el grito sordo que lanza luego de haber sido explotada”, escribe Pablo Shanton, otro de sus gestores, en el libro/catálogo que regalan al entrar. Shanton analiza: “Esta es una arquitectura concebida como por luthier (…) a la manera del legendario Intonarumori del futurista Luigi Russolo”. En el mismo catálogo, la crítica cultural Graciela Speranza destaca que la obra, al crear una miniatura de Vaca Muerta “imita su complejidad pero le quita solemnidad con una cuota de humor en los dispositivos, como de cómic retrofuturista”.
¿Desde dónde observa Geonnitus? ¿Cuál es la mirada subjetiva que enfoca el despliegue territorial que las petroleras hacen? ¿En qué cuerpos resuenan los sismos?
Como un cuerpo que recibe y emana, el cuerpo territorio neuquino está atravesado por un entramado complejo que funciona a presión. La presión aparece por todos lados: fractura la roca porosa donde están diluídos los hidrocarburos a kilómetros de profundidad, extirpa las arenas desde el fondo del delta entrerriano para ser mezcladas con las aguas cristalinas de los ríos que bajan de la Cordillera y con una serie de químicos contaminantes. Con presión se le inyecta ese cocktail a las rocas compactas, para quebrarlas y extraer los los recursos que allí están guardados. La industria del shale suele explicar que el fracking es la manera de acceder a los fósiles «atrapados», aunque nunca aclara de qué escapa el archivo geológico.
La presión también se ejerce sobre los cuerpos que habitan el territorio. ¿Quién siente Vaca Muerta? En las proyecciones, Geonnitus muestra cómo los animales observan los ductos y padecen el ruido y los sismos ¿sin comprender? Entre trabajadores petroleros se mencionan más animales como metáforas de las herramientas utensilios:las enormes mangueras que llevan agua se llaman “anacondas”, las bombas que cubren el paisaje son “cigüeñas”. Las formas del paisaje bautizan a las formas de la intervención. Incluso apropiándose de una forma de nombrar mapuche, que les dicen “caracol” a las piedras con fósiles.
¿Qué hace sucia a una energía? ¿Por qué decir “gas fósil” o “combustibles fósiles” se ha convertido en sinónimo de sucio o contaminante? Fósil es otra cosa: en la piedra es un rezago inminente de lo que alguna vez vivió, un retrato de lo que murió hace miles de años. Pero los fósiles de Vaca Muerta no son de dinosaurios o grandes animales. La mayor parte del petróleo y el gas se extrae de rocas con enormes concentrados con contenido orgánico de algas, fitoplancton y bacterias que almacenan carbono desde hace miles de años hasta que en el “momento fracking” (etapa de la fractura) lo liberan a la atmósfera, profundizando la alteración al balance en el cual el sistema tierra se estacionó a lo largo de miles de años. La culpa no es del “caracol” -como les llaman los mapuche a los fósiles- en la tierra, pero la mala prensa de la palabra fósil, ligada a lo viejo, arcaico y contaminante, toma protagonismo al tipificar las energías que necesitamos abandonar.
El único estímulo sensorial que le falta activar a Geonnitus es el olor a podrido. Vaca Muerta huele, apesta. Es un territorio y un entramado social que se sacrifica, cementerio de desechos industriales en los basureros petroleros y su entramado ilegal. La trazabilidad del proceso no sólo agota un bien natural y común como lo es el agua dulce, sino que luego de usarla la devuelve al territorio, contaminada, en pozos sumideros ¿Cómo garantizar que los sismos inducidos no generan nuevas grietas que filtran esos desechos en las fuentes de agua potable? ¿Bajo qué riesgos se encuentran las represas cercanas, que sostienen el agua y los derechos de poblaciones río abajo?
En sala contigua a la que alberga a la instalación, hay un tablón sostenido por dos caballetes e iluminado por una luz cenital lleno de planos, pegados con cinta scotch, de los sismos recientes. ¿De quién es la naturaleza? ¿Quién la conserva? Más de la mitad del presupuesto de la provincia de Neuquén depende de la economía del petróleo y el gas.
El proceso
Geonnitus es otra de las acciones de la organización Periodistas por el Planeta para hablar de esas industrias más allá de la narrativa del empleo y las divisas. Durante muchos años, la ONG organizó viajes con periodistas para impulsar nuevas conversaciones sobre cambio climático, pérdida de diversidad y desaparición de ambientes. Pero, sienten, no tuvieron mucha suerte.
En uno de esos viajes, organizados junto a la ONG Earthworks, los periodistas pudieron presenciar el registro de imágenes con una cámara infrarroja que detecta fugas de gases que ni el ojo ni la nariz humana pueden sentir. “Yo te muestro un caño y vos decís ahí no pasa nada, pero cuando lo enfocás ves que le surge como un fantasma encima, de colores: son los gases de metano, altamente venenosos.” El resultado de esta acción no tuvo el impacto en la opinión pública que habían imaginado. Pensaron: acá hay un límite. ¿Será que la prensa está cooptada por el discurso de las empresas y de la clase política, por eso el blindaje? Esto, sumado a la desmovilización social mientras Vaca Muerta está en el centro de la agenda nacional; antes, con las disputas y expectativas con la construcción del gasoducto Néstor Kirchner; hoy, con un modelo económico que proyecta capitalizar la riqueza natural en inversiones extranjeras.
Volvamos a la búsqueda de nuevas narrativas para hablar de las policrisis que atraviesa nuestro planeta. Periodistas por el Planeta decidió que la estrategia era incidir a otra escala y con otros lenguajes. Convocaron a un grupo de artistas, pasajes a Neuquén mediante, les alquilaron un hotel en Añelo y los invitaron a pasar unos días en contacto directo con el territorio, recorriéndolo sin consignas ni condicionamientos. Buscaban una lectura singular. Que eligieran su propia aventura.
Javier Areal Vélez, Cecilia Castro, Florencia Curci, Julián D´Angiolillo y Leonello Zambón, los artistas de Geonnitus, descubrieron pueblos, rutas, comunidades mapuche, hasta alguna casita que quedó rodeada por una de las empresas de energía más poderosa a nivel global. Se movieron como uno más, aunque una tarde, al final del día, los cruzó una camioneta y su conductor les dijo: “Vimos que hoy estuvieron en tal y tal y tal lugar”. Meses después, volvieron a Vaca Muerta acompañados de guías locales a modo de lenguaraz. Como en la crónica de viajes, en realidad el narrador hablará del territorio pero más de cómo pisar ese paisaje lo transformó para siempre.
Uno de los momentos que más impactó al grupo de artistas fue cuando estuvieron frente a la roca madre de Vaca Muerta y pudieron verla, tocarla, olerla. “A partir de ese encuentro, incorporamos referencias a la escala geológica, el contacto con un tiempo que nos excede -cuenta Florencia Curci, artista sonora-. Y cierta pista de que en la relación entre humanos y rocas hay otras historias para explorar.”
Cuando todo eso se convirtió en guión, la dificultad fue conseguir sala. No sólo por lo complejo que es montar obras de arte electrónico (se necesitan instalaciones eléctricas robustas y mantenimiento especial al incluir elementos “vivos”) sino por limitaciones para poder decir “fracking” en su programación. Entonces decidieron que se estrenaba igual. En el centro de Investigaciones para el Futuro, en Villa Lynch, partido de San Martín, descentralizado de la agenda cultural porteña, en el galpón-taller de Zambón, otro de los artistas. Hicieron muchas presentaciones, siempre con las gradas llenas. Al terminar cada activación, mientras el público quedaba con la guardia baja, se iniciaba una conversación pública sobre Vaca Muerta con distintos referentes. Estuvieron el investigador y ex Greenpeace Hernán Pérez Orsi, el geógrafo Javier Grosso, Ariel Slipak de FARN, el biólogo Guillermo Folguera, el investigador del OPSur Víctor Quilaqueo, la investigadora Maristella Svampa y la crítica cultural Graciela Speranza.
A Speranza, Geonnitus le gustó tanto que la mencionó en una presentación en el MOMA. Año 2024. Presentaba el libro colectivo Momentum: art and ecology in the contemporary Latin America, y la destacó como “hito en el arte ecológico latinoamericano”. Elogió que la obra se aleja “de los apocalipsis espectaculares del cine catástrofe o la ciencia ficción climática” para dar formas de “lenta violencia, desastres que se gestan y avanzan gradualmente, catástrofes anónimas sin estrellas patagónicas”, y por el entramado entre arte, instituciones y modos de investigación y saberes que cruza. Destacó que las imágenes no tienen la belleza hegemónica típica de los románticos del siglo XIX, del humano que se siente chiquito frente a la intensidad de la naturaleza. Las entiende como “un nuevo sublime posnatural”, registro de “una naturaleza moldeada por los excesos del propio hombre en tratos con el planeta”.
Geonnitus no sólo nos acerca a una escala micro y molecular. También, a una escala planetaria y a una dimensión del tiempo más allá de nuestra época, esa que de solo pensarla puede llevarnos a la parálisis, lo que Timothy Morton, el filósofo inglés, nombra “hiperobjetos”. Quizás por eso, además, no logran que los periodistas amplifiquen la denuncia a pesar de pisar el territorio, escuchar a las comunidades locales o acceder a las alertas de la ciencia,aunque estén firmadas por la Facultad de Agrarias de la Universidad Nacional del Comahue o el Instituto Ambiental de Estocolmo.
Más allá de las narrativas convencionales -de las empresas, del activismo, de la academia- el arte que dialoga con el eje cultura-naturaleza se vuelve “sede temporaria de refugiados políticos de distintos campos”, “una vía heterodoxa de conocimiento que abre el diálogo con otros saberes, otras formas de vida y otras especies”, continúa Speranza. Que desafía al pensamiento crítico y apela a otros lenguajes para repensar nuestro lugar en el mundo. “Si en el discurso de la política, de la economía e incluso de la ciencia reina un pragmatismo estrecho, incapaz de imaginar lo que vendrá, el arte no se conforma con esa versión empobrecida de realismo. Da entidad material a las metáforas y vuelve realistas las fantasías a primera vista impracticables.”
En el gobierno de Javier Milei hay extrema preocupación por la circulación de datos sobre la coqueta mansión de San Isidro que en un principio se atribuyó a Manuel Adorni, pero que no se descarta que pertenezca a otro funcionario importante.
La propiedad en cuestión es un chalet en la esquina de Vieytes y Presidente Quintana, en la localidad bonaerense de Martínez. La residencia se ubica en una zona muy exclusiva, a una cuadra de Acasusso y muy cerca de la Costanera. En el mercado estiman que el valor de la casa no baja del millón de dólares.
La vinculación de esta propiedad con Adorni apareció a principios de la semana y el jefe de Gabinete tuvo que dar explicaciones en la fallida conferencia del miércoles. «Lo de la casa de Martínez es parte de una operación política y mediática para dañar al Gobierno», dijo Adorni, que prefirió tirarse arriba de la granada y admitir que tiene un departamento en Caballito del que poco se sabía hasta ese momento.
«Hay un interés muy particular en que no se hable de la casa», dijo una fuente al tanto de la situación. En el barrio dicen que la casa de Adorni, pero también se habla de otro funcionario muy importante. Un dato no menor: el chalet tiene custodia de la Policía Federal por lo que no hay dudas de que reside algún funcionario del Poder Ejecutivo o del Judicial.
«El gobierno sabe perfectamente quién vive ahí por que tiene custodia federal permanente.
Podrían desactivar rápidamente el tema filtrando quién vive ahí, pero por alguna razón no lo hacen», agregó la fuente. «Evidentemente ahí vive alguien que no debería vivir en una casa así», continuó.
En la Casa Rosada hay extremo nerviosismo y entraron en alerta con una investigación mediática que estaría llegando cerca de la verdad. Las fuentes consultadas por LPO revelaron que hubo insistentes llamados a algunos canales de televisión para que no se hable del chalet de San Isidro, pero nada pidieron sobre el resto de los escándalos de Adorni.
Hay un interés muy particular del gobierno en que no se hable de la casa de San Isidro
De acuerdo a los datos de los registros públicos, el chalet figura a nombre del empresario Álvaro Castro Burgueño desde abril de 2025, dos meses después del lanzamiento de Libra. Fuentes del sector indicaron que se trata de un empresario dedicado a la tokenizacion del mercado inmobiliario y la inversión cripto en ladrillos.
«Genera muchas incógnitas, no porque no tenga el patrimonio para comprarla sino porque no se entiende esa inversión. Es raro que un desarrollista que está promoviendo formas tokenizadas de comprar en todo el mundo de golpe estacione 1.5 millones de dólares en una casona difícil de vender», explicaron a LPO.
Adorni fue uno de los funcionarios invitados al Tech Forum 2024, que sirvió para que Milei se contactara con los empresarios cripto que estuvieron detrás del lanzamiento de Libra. Según los registros, Adorni incluso participó en algunas reuniones. Pero además el jefe de Gabinete iba a ser figura estelar del Tech Forum 2025, según se desprende de la pericia al teléfono de Mauricio Novelli. El diario Página 12 reveló que en un chat grupal la hermana de Novelli anunció que Adorni sería «key note speaker» (orador principal) del evento que finalmente no se hizo por el escándalo con Libra.
Muchas versiones indican que Adorni estuvo muy involucrado en el negocio de Libra y que eso sería la razón que hace que los hermanos Milei sean especialmente cuidadosos con su posible salida del gobierno, ante el temor a que pueda hablar.
El gobierno porteño prohibió el ingreso de materiales de construcción para frenar el crecimiento de la Villa 31. El Ejecutivo instaló retenes policiales y peatonalizó calles para impedir nuevas edificaciones.
Desde hace varios meses el gobierno porteño puso el foco en el orden público y publicitó los desalojos a propiedades que llevaban años usurpadas. Además, en la última semana, Jorge Macri anunció que el IVC dejaría de destinar recursos a la urbanización de barrios populares.
«Orden en la Villa 31. Acá no hay zonas liberadas. No hay excepciones. No hay lugares donde la ley es opcional. Se terminó el ingreso de material para seguir agrandando esto. La ley y el orden rigen en cada metro cuadrado de la Ciudad», dijo Macri luego de un operativo donde se instalaron bolardos en varias calles para impedir el paso de vehículos.
Como parte del operativo también fueron clausurados corralones de materiales que estaban en el interior del barrio.
Cinco de las 13 entradas por donde ingresaban vehículos fueron transformadas en calles peatonales, tres pasarán a tener puestos permanentes de la policía porteña y dos calles se convirtieron en contramano.
Desde el gobierno aseguraron que «la urbanización de la Villa 31, tal como estaba diseñada desde 2016, no pudo evitar un crecimiento urbano sin control ni logró propiciar un ordenamiento territorial, que eran objetivos de la Ley 6.129. Por eso, la Ciudad decidió avanzar con medidas para regularizar la situación».
«No podemos permitir que el crecimiento descontrolado siga poniendo en riesgo a los vecinos. La Ciudad es una sola y eso implica los mismos derechos, pero también las mismas obligaciones para todos», dijo Macri.
La idea de prohibir el ingreso de materiales a la villa más grande de la Ciudad ya fue implementada durante el primer gobierno de Mauricio Macri. El efecto inmediato fue el encarecimiento del cemento, arena y piedras, pero las construcciones siguieron. En ese entonces, la restricción terminó por favorecer a empresarios como Oscar Remorino, un conocido puntero del barrio.
El Gitano continuó con su negocio y luego se convirtió en proveedor del gobierno porteño, lo que le permitió incluso comprar un inmueble subastado por el AABE en 2017.
Es extrema la crisis de los tambos frente a un aumento de los costos de producción cada vez más desacoplado del monto que perciben por litro de leche, algo que amenaza con profundizar la escalada de cierres de tambos, que ya superan los mil desde que asumió Javier Milei.
De acuerdo a datos revelados este jueves por el Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (OCLA), el tambo promedio facturó un 9,1% menos en el primer bimestre del año, debido a una baja en el precio de 18,9% pero con una mejora de producción del 12,1%.
En el sector vienen denunciando la brecha cada vez más grande entre el precio que percibe el productor y lo que percibe el resto de la cadena.
Esa distorción la grafican haciendo la comparación interanual tomando los datos de febrero de 2026. Ahí, el precio de la leche al tambo subió apenas 7,5% ($481 por litro), mientras que el Índice Lácteo Mayorista subió 16,4% y productos al consumidor como el yogur firme escalaron 26%.
Frente a esee cuadro quee golpea directo en los márgenes de rentabilidad, en la cuenca lechera del oeste bonaerense, advirtieron que «cada vez más productores están en rojo».
«La rentabilidad de los tambos no ha parado de caer, en un contexto macro complejo y poco contemplativo con la micro, hasta un momento como éste, en que la necesidad de leche, de a poco vuelve a insinuarse», señalaron en la Cámara de Productores de Leche de la Cuenca Oeste de Buenos Aires (Caprolecoba) .
Esa entidad detalló que las empresas más grandes tienen ociosas una parte significativa de sus instalaciones a raíz de un mercado interno débil, mientras se preparan para atender las exportaciones. Las pyme, en tanto, se mueven con cautela.
La rentabilidad de los tambos no ha parado de caer, en un contexto macro complejo y poco contemplativo con la micro, hasta un momento como éste, en que la necesidad de leche, de a poco vuelve a insinuarse
En ese contexto, el ministro de Desarrollo Agrario bonaerense, Javier Rodríguez, advirtió que en los últimos dos años se registró el cierre de más de mil tambos, lo que representa cerca del 10% de los establecimientos existentes.
«El cierre de tambos no es casualidad: es la consecuencia directa de un modelo que desprotege a quienes producen», dijo.
Esta situación también se encuadra en una crisis que repercute a industrias históricas del sector como Verónica o ARSA, firma que hacía los postres Shimmy de Sancor y que quebró, dejando 400 trabajadores en la calle.