El gobierno pagó 132 cursos de inglés a una asociación que controla la mujer de Sturzenegger, 13 veces más cursos que en 2024, cuando el economista aún no era ministro. Además, la entidad mintió al afirmar que brindaba un servicio exclusivo en la Ciudad, ya que otros dos centros de enseñanza de inglés lo ofrecen.
La contratación de Cancillería de cursos de inglés a una asociación que dirige la mujer de Sturzenegger sigue despertando controversias. El ministro ya tiene una denuncia penal en su contra, pero surgieron nuevos elementos que complican al funcionario.
En la plataforma Comprar figuran cinco contrataciones realizadas por Cancillería a la Asociación Argentina de Cultura Inglesa (AACI). Todas fueron realizadas de manera directa y comenzaron en 2018, durante el gobierno de Macri.
Sin embargo, la AACI nunca dejó de dictar sus cursos a Cancillería y 2026 será su octavo año consecutivo. En su propuesta explican que en 2025 solo 10 alumnos tomaron sus cursos y adjudican la baja matrícula a una «reestructuración funcional» de la Cancillería, según publicó la agencia Noticias Argentinas.
En Comprar, la plataforma de contrataciones que utiliza el estado argentino, figuran cinco procesos que incluyen a la AACI, todos vinculados a Cancillería. No hay ninguno que detalle cuánto costó el programa para 2025, el año en que cursaron solo 10 estudiantes por la aludida reestructuración funcional.
A pesar del millonario gasto, el gobierno decidió no convocar a una licitación y adjudicó los cursos por contratación directa bajo el título de Adjudicación Simple por Especialidad que le costó al Estado más de 114 millones de pesos.
La entidad que dirige la esposa de Sturzenegger siempre fue contratada en forma directa, uno de los mecanismos de contratación menos transparentes del Estado.
Es una incógnita que llevó a Cancillería a multiplicar por 13,2 la cantidad de alumnos prevista para 2026.
En la propuesta, la AACI destaca que es el único «centro platino» en la ciudad de Buenos Aires, algo que resulta falso: hay otras dos entidades que ofrecen la misma acreditación y otras dos en la Argentina.
Si se dividen los 114 millones de pesos del costo total del contrato por la cantidad de alumnos prevista, Cancillería pagará casi 864 mil pesos por cursante, aunque no queda claro qué ocurrirá si los inscriptos son menos. En 2024, el Estado pagó un promedio de 400 mil pesos por alumno a la misma asociación.
Lo preguntaba Julieta en su balcón, como si el nombre de su enamorado no fuera más que una cáscara vacía que podía desprenderse del cuerpo sin tocar su esencia. Qué hay en un nombre, decía, y en esa pregunta vibraba la promesa romántica de que el amor podría existir más allá de los nombres, de las clases, de los linajes.
Pero ¿y si la pregunta estuviera mal formulada? Esa pregunta por el nombre que sembraba el romance universal bautizado por dos nombres eternos, Romeo y Julieta, a los que no nos atreveríamos a cambiarles siquiera el orden en el que los nombramos (¿Julieta y Romeo?). ¿Y si el nombre no fuera, cómo sugería el poema, sólo un nombre? ¿Si fuera un depósito de vida, tiempo y destino? ¿Y si, lejos de ser sustituible, el nombre concentrara todo lo irremplazable: la memoria de un cuerpo, el rastro de una muerte, la huella de una época?
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Hamnet empieza en la naturaleza. En el tronco de un árbol milenario, donde crece el musgo y se entrelazan otros árboles. La cámara desciende por la corteza como si leyera sus marcas: anillos invisibles, años superpuestos, raíces que se enroscan sobre sí mismas. Todo parece anterior a los nombres, anterior a la historia. Empieza como fuera del tiempo. Entre hojas secas y ramas caídas, entre los pliegues del árbol, entre la sombra y la materia vegetal, aparece Agnes: en un rojo inconfundible que se desprende del verdor terrible, acurrucada como si el bosque la hubiera absorbido o estuviera a punto de devolverla. Agnes despierta por el sonido de un pájaro y le conocemos el rostro de la vigilia.
La Agnes de Jessie Buckley tiene un gesto vigoroso. No importa si encarna la ternura, el dolor, el afecto o la ira, lo que se mantiene constante en su cara es una especie de impulso vital. Agnes tiene una fascinación por las cosas del mundo. Un arrojo por lo que no se deja domesticar del todo. La vemos en el bosque atender el llamado de un halcón que, al verla, vuela hacia ella y se posa en su brazo para que lo alimente. La cámara de Chloé Zhao nos propone desde esta escena un pacto. Durante la película irá desde unos planos muy abiertos, a veces cenitales y oblicuos hacia otros en los que estará muy próxima a los seres y las cosas. Y más que próxima, estará mezclada con lo que pasa, inmersa, titubeante. Aquí, ante Agnes y el halcón, la cámara se posa primero en el ave, en el gesto con que desgarra un trozo de carne y luego se desplaza hacia el rostro de ella. Está tan cerca de todo que el plano —que podría haber sido una imagen preciosa— nunca termina de aquietarse, sólo hay movimiento y una cámara que lo registra a una distancia mínima.
En el interior de la casa y detrás de una ventana lo vemos a él. Un tutor da clases a tres niños. Mira hacia afuera con los ojos perdidos hasta que su mirada se fija en algo: Agnes atraviesa el campo con paso firme y el halcón posado en su brazo.
Agnes es hipnótica. Es una especie de ninfa del bosque. En los cuatro minutos que llevamos mirando nos cautiva su gesto, el modo en el que duerme entre los árboles, su forma de manipular un ave rapaz. Ahora el cautivo es él.
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El encuentro entre ellos tiene el tiempo de un minué. Se acercan y se separan. Se miran tenaces y en un segundo se esquivan. Él le pide tocar al ave, ella lo permite y a la vez lo previene. Se acarician las manos. Agnes acaricia el espacio carnoso que hay entre el pulgar y el índice. Cierra los ojos. Suspira. Hay algo nuevo: ¿cómo es posible, se pregunta, mirando al tutor a la cara, que una cosa encaje tan bien, con tanta precisión, con esta sensación de acierto?,escribe Maggie O’Farrell en el libro que inventó este instante. ¿Todos los amantes sienten que están inventando algo? resuena desde otra película de un amor que estallaba en la mirada. Las palabras, como un destello, se superponen a la imagen. El cine expande la literatura. El cine expande el cine.
En su segundo encuentro, ante la torpeza de él para hablar, Agnes le pide que le cuente una historia que lo conmueva. Él le cuenta la historia de Orfeo, el músico capaz de amansar a las fieras, que desciende al inframundo para recuperar a Eurídice, su esposa, muerta por la mordedura de una serpiente. Le cuenta que Orfeo logra rescatarla, pero la pierde para siempre en el último segundo por no resistir el deseo de girarse para mirarla. Es el mismo mito que Marianne, Héloïse y Sophie discuten en Retrato de una mujer en llamas, preguntándose por qué él se dio la vuelta si sabía que la perdería. Agnes escucha este relato como quien escucha un idioma nuevo. Acá también la mirada tiene el poder de lo irreversible.
El amor entre Agnes y el tutor comienza como un rayo. Y aunque no es exactamente el centro de Hamnet, ese amor será el barro necesario para que todo lo demás ocurra. El amor entre ellos es un misterio. Lo que más necesitamos, misterio. Algo que nace de la otredad radical, de la fascinación por lo distinto. Un hombre de palabras, sintaxis e idiomas, una mujer del instinto, la naturaleza y los ritos. Dos lenguajes que no deberían tocarse, se encuentran en ese espacio de lo que no se deja explicar, de lo que no se entiende del todo.
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Un disclaimer antes de continuar. El libro que da origen a esta película es antes que todo una fantasía. Una hipótesis literaria. Una historia inventada en base a algunos datos reales: que en 1596 un hijo de William Shakespeare llamado Hamnet murió a los once años; que cuatro años más tarde, el dramaturgo escribió una obra de teatro titulada Hamlet, que según consta en los anales de Stratford de finales del siglo XVI y principios del XVII, Hamnet y Hamlet son dos formas perfectamente intercambiables de un mismo nombre.
Quienes escruten Hamnet desde la lógica saldrán perdiendo: nada está tan calculado, ni se ciñe a la “historia real” de la familia Shakespeare y tampoco a la Historia de la peste bubónica. Tampoco es fiel a la idea de familia del siglo XVII, a la alta tasa de mortalidad infantil de los años de peste negra, ni a la concepción de infancia en Inglaterra Isabelina. No busca la verdad de William Shakespeare, ni la historia real detrás de la obra Hamlet. No es una interpretación de la tragedia del príncipe danés, ni una relectura de la obra, ni siquiera es fiel al libro de Maggie O’Farrell.
Si la idea de adaptación para pensar en una película que proviene de un libro ya nos quedaba chica, en este caso ni siquiera sirve. Hamnet no es una adaptación del libro homónimo, es una relectura del libro de Maggie O’Farrell escrita además por ella misma. El montaje del libro es fragmentario y pendular, un vaivén temporal que nos obliga a armar un rompecabezas; la película, en cambio, opta por una linealidad que acumula tensión en el presente. En la novela, el padre es una figura mucho más fría y distante, y su nombre jamás es mencionado (se lo llama «el tutor», “el preceptor”, «el marido» o “él”), reforzando esa ausencia mística que lo envuelve. La película le devuelve el nombre de William y le otorga una vulnerabilidad que el libro le retacea. También elimina el rastro global de la peste, ese viaje de la pulga que en el libro conecta continentes, para sintetizar esa escena en una pequeña representación de sombras y asfixiar el relato en la intimidad de la casa, transformando lo que era una crónica histórica en una experiencia puramente sensorial y doméstica.
Uno de los mayores hallazgos del libro es su narrador: un omnisciente capaz de una permeabilidad total. O’Farrell logra que esa voz salte de un cuerpo a otro, adoptando la mirada de cada personaje con una fluidez que borra las fronteras del “yo”. En la novela, el punto de vista es un organismo vivo que se mueve a través de los personajes sin tocar nunca a la primera persona. La película entabla un diálogo visual con esta técnica; ante la falta de esa voz narrativa, utiliza el lenguaje de la cámara para habitar la subjetividad de los protagonistas. Si el libro nos hace oír los pensamientos, la película nos acerca a las cosas: mediante primeros planos extremos y una profundidad de campo que aísla los sentidos, la cámara se vuelve tan intrusiva como la prosa de O’Farrell. Quienes vemos somos un habitante más de esa casa de Stratford. La película ofrece otras claves de lectura que no anulan la experiencia literaria, conversan con ella y la potencian incluso en su diferencia.
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El nacimiento de la primera hija ocurre en el bosque. Agnes camina hacia su árbol. La cámara avanza más rápido que la puérpera dejándola por momentos fuera de campo. Como el trabajo de parto, la cámara se impone y avanza, Agnes entra y sale. Las contracciones se encuadran desde lejos, Agnes se retuerce en el piso, se toma de las raíces, grita. Toda la animalidad que la película le supone a la protagonista estalla en esta escena que culmina en un grito que el montaje corta abruptamente. Contrario a lo que podría leerse en la superficie, naturaleza y cultura se funden una y otra vez en Hamnet. Lo mismo pasa con otros binomios clásicos, civilización y barbarie, razón e instinto, ciencia y rito, vida y literatura. En la casa de Stratford, estos mundos se trenzan. El latín de los libros convive con el vapor de los ungüentos y la crianza de los hijos se convierte en el territorio donde el teatro y los ritos se encuentran en un lenguaje común. Habitan su propio mito: si Agnes es la que toca y sana la carne, Will es el que la narra. Él la mira como el músico mira a la ninfa: con la fascinación de quien sabe que ella pertenece a otro reino, uno que apenas puede acariciar a través de las palabras.
Ese juego de lenguajes se potencia con el nacimiento de los gemelos Judith y Hamnet, que ocurre en la intimidad de la casa y la cámara hace lo contrario a lo que hizo antes en el bosque: circula. Zhao utiliza aquí una simetría que es, a la vez, una advertencia: encuadra el parto de los niños con la misma disposición de elementos con la que más adelante encuadrará la muerte. Los cuerpos que llegan y los cuerpos que se van ocupan el mismo espacio, recordándonos que la vida no es una línea recta, sino un ciclo de apariciones y desapariciones, de miradas que retienen y miradas que sacrifican.
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La cámara filma el cuarto de los niños. Hamnet y Judith aparecen por el costado como dos actores que se suben a un escenario. La película conversa con el libro pero también con el teatro como puesta en escena. Los niños se disfrazan uno del otro y ensayan pronunciar sus nombres intercambiados para engañar a los padres. El romance teatral sigue porque a continuación son los tres niños dirigidos por el padre los que representan una pieza dramática para Agnes. Y un poco más de teatro: el rito para despedir al halcón muerto. Zhao deja que la luz natural y el sonido del viento hagan lo suyo mientras la cámara se mueve torpemente, parece tropezar entre los niños. Se ha discutido si en esta escena el encuadre es un descuido o una decisión. La incomodidad que provoca la imagen parece buscar evitar que las cosas aparezcan completas, perfectamente delimitadas. El encuadre rehúsa la simetría y elige el recorte y una proximidad al ritual que no termina de estabilizarse para hacernos lugar. Agnes lleva al halcón al hueco de un árbol. En un acto de boticaria pagana, sin rezos ni solemnidad, prepara el cuerpo colocando plumas y ramas atadas. La composición visual anuncia el final de algo más.
De nuevo en el cuarto, estamos frente a las escena que abre el libro: Hamnet busca a su hermana. La cámara, que está fija en la composición que crean las camas, empieza a moverse hacia el costado en el instante en que el niño entra en cuadro y se inclina hacia la tormenta que estalla afuera. Algo avanza más allá del control. Judith tiene la peste. Canela, tomillo, pino y ruda se ponen en circulación para ahuyentar el dolor, el calor y la muerte. La cámara sigue circulando alrededor de la desesperación familiar sin detenerse del todo en nada. Algo en ese movimiento espeja la naturaleza misma de la infección: una circulación invisible pero implacable que lo envuelve todo. La cámara se desplaza con una inquietud febril, contagiando al espectador de esa misma falta de aire que asfixia a los personajes. No hay un punto de fuga, no hay refugio; el movimiento constante de la cámara sugiere que el destino ya se ha puesto en marcha y que la muerte ya es el centro de gravedad de la habitación.
Por la noche Hamnet engaña a la muerte. “Te doy mi vida”, le dice a su hermana y se transforma esta escena en el gesto más shakesperiano de la película. El intercambio es la puesta en escena definitiva. El gesto tiene la lógica de una simetría trágica: una vida debe ser devuelta a cambio de otra. Hamnet engaña a la muerte usando el recurso más viejo del teatro de su padre: el doble. Si en el Acto V de Hamlet, el príncipe pide a su amigo que “reserve su aliento para contar su historia”, en esta habitación asistimos a ese pedido en silencio. Es el gesto más shakesperiano porque convierte el disfraz en destino: Hamnet se ofrece como sustituto, se coloca la máscara de la muerte para que su hermana pueda volver a la vida. “Seré valiente, padre”, repite el niño mientras conjura el engaño.
La madre descubre el pacto. Los ganglios de Hamnet se inflaman y la fiebre sube. La niña sana. En contraposición a la escena de la enfermedad que avanza, el niño aparece en un escenario, interactuando con un bosque pintado en madera. Una puesta en escena, un sacrificio dramático donde realidad y representación ya no se pueden distinguir. Mientras en la cama de Stratford la carne se rinde ante la peste, en la mente de Hamnet se levanta un teatro. La película intercala la agonía física con esa visión del niño como si al aceptar morir, hubiera ingresado al mundo de la ficción. Hamnet entiende el lenguaje de su padre antes que nadie. Para salvar a Judith, él tiene que convertirse en un personaje. Si la peste busca a una niña que se llama Judith, él se pondrá esa máscara y actuará su muerte.
La escena que sigue excede al teatro, el lenguaje de los dobles y la simetría calculada se rompen. La agonía de Hamnet se transforma en algo difícil de ver. La puesta abandona cualquier lógica de representación y se acerca al cuerpo enfermo sin distancia. El dolor ocupa el cuadro de un modo absoluto. Es una escena de exceso. El sufrimiento del niño y la desesperación de la madre aparecen como algo irreductible, imposible de compartir. La escena es expulsiva y cruel. La película renuncia aquí a cualquier mediación tranquilizadora y enfrenta al espectador con una dimensión intransferible: un dolor que solo existe por su dimensión insoportable. Ante la muerte del hijo, un grito telúrico de Agnes rasga el aire. El resto es silencio.
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La película trata a la muerte como materia. Después de lo inenarrable, nos acerca a la pérdida de un modo táctil, doméstico, próximo. La muerte es más que una idea, está ahí, podemos tocarla, sentir su olor, experimentar la distancia que hay entre el cuerpo que es y la vida que fue. La muerte empieza a vaciar la casa, a volverla oscura, a mostrar los huecos que deja la ausencia de Hamnet. Agnes se reprocha no haber visto que el que estaba en peligro era el niño. Pero ante el consuelo que ofrece el padre, su respuesta es: “no estabas acá”. Agnes no puede compartir su dolor con nadie, ni siquiera con el padre del niño: “no sabés, no estabas”, insiste. El instante de la muerte es tan atroz en Hamnet que como espectadores es difícil hacer parte de ese dolor. Es todo suyo, intransferible. Las palabras que intentan tranquilizarla tienen el efecto contrario: ¿por qué calmarse? ¿por qué seguir adelante? ¿por qué dejar de buscar a un hijo muerto?
Él parte hacia Londres. Ella se queda. La distancia ontológica que antes los unió irremediablemente, ahora se transforma en un abismo. Transitan la pérdida como transitan el resto de las cosas; ella permanece en la materia, él se oculta en el lenguaje. La película no resuelve esa tensión: expone la experiencia de la pérdida en su opacidad.
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Agnes descubre que la obra en la que trabaja su marido no es una comedia. Cuando ve el papel que la anuncia, lee la palabra “tragedia” y justo en el medio, en letras grandes, ve el nombre de su hijo, el nombre que le puso cuando nació y que ahora figura en su lápida. Agnes no entiende. Siempre hubo un agujero, un espacio de incomprensión sobre su marido, un abismo encantador, eso que tocó la primera vez en sus manos y le develó vastos paisajes y tierras desconocidas. Pero ahora es más grande el desconcierto, no puede entender que haya usado el nombre de su hijo, que haya profanado ese nombre que ella ya no puede pronunciar. Y parte a Londres, a buscarlo, pero también a buscar ese nombre arrancado de la tierra de Stratford y llevado a un escenario: ¿cómo pudo robar el nombre y despojarlo de toda la vida que contuvo? ¿cómo pude escribirlo en una hoja para nombrar otra cosa que no fuera el niño al que le pidió ser valiente?
Lo que la mueve es una mezcla de resentimiento y curiosidad. Agnes entra al teatro temerosa, como si entrara a un cementerio. Pero todo es luz. El teatro está lleno. Nadie allí sabe quién es ella. Nadie sabe quién es su hijo. Todos portan el papel que lleva su nombre. Agnes mira todo con desconfianza: ¿de qué hablan los actores? ¿qué tiene que ver esto que ve con su hijo? Al escuchar el nombre de su hijo en boca de extraños, Agnes se desespera, se abalanza sobre el escenario, empuja a los espectadores a quienes considera intrusos, ladrones. Algo se quiebra cuando Hamlet aparece en escena. Algo en su cara se desacomoda. Sus manos se desparraman en el escenario, está rendida. Cuando el espectro del rey aparece en escena encarnado por el mismo Will y le cuenta a Hamlet cómo el veneno que le dieron descompuso su cuerpo hasta matarlo, ella lo sabe. Ese es su hijo. El que hace cuatro años busca en todas partes. Y ese hombre del que alguna vez se enamoró escribió una historia en la que intercambió el lugar con su hijo. Él murió y él como un espectro a visitar a su hijo que aún vive. “Mirame”, susurra ella, volviendo al mito originario de este amor. “Mirame”. Will, como Orfeo, duda pero se voltea y la mira. Inventa una despedida para su hijo que también es un gesto para Agnes: “recuérdame” le dice al oído.
La obra avanza y Agnes parece disuelta en el público, cautiva por ese hijo que recupera en escena, pero también por el vértigo de una historia que le devuelve el espejo de su tragedia. Cuando Laertes le anuncia a Hamlet que está envenenado, que nada en el mundo podrá salvarlo, un silencio absoluto envuelve el teatro. Agnes vuelve a presenciar la agonía, pero el marco del escenario cambia la naturaleza del dolor. Ella extiende su mano hacia el joven actor y rompe la cuarta pared sin la desesperación animal del pasado, en un gesto que transforma la muerte en un acto colectivo. Los espectadores extienden también sus manos, convirtiéndose en testigos de una pérdida de la que ahora sí hacemos parte.
En esta escena el teatro revela su verdadera potencia: más que como espacio terapéutico, como mediación necesaria. La escena de la muerte en el cuarto era expulsiva y privada; la escena en el Globe es colectiva y ritual. Es el instante en el que Agnes logra abrir su dolor hacia los otros. El teatro nos permite mirar a la muerte de cerca, tocar su contorno, sin sentirnos intrusos en un dolor ajeno. Como Orfeo en el inframundo, Shakespeare toma la decisión del poeta. No se gira hacia Agnes por una debilidad del deseo, lo que elige es la memoria. Al mirar atrás, deja de intentar retener la carne de Hamnet y decide transformarla en lenguaje. Es un acto de renuncia y de creación: pierde al hijo como cuerpo para recuperarlo como símbolo. Hamnet no se trata de encontrar una respuesta a cómo sobrevivir a la muerte de un hijo; sobrevivir es lo inevitable. Se trata de la posibilidad que tiene el lenguaje de nombrar y convertir un dolor inefable en memoria colectiva.
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¿Qué hay en un nombre?
Hamnet le responde a Julieta. Hamnet afirma que el nombre pesa, hiere y encarna. Que el nombre no se diluye, no se borra, no se abstrae. En esas letras se reúnen una infancia, una peste, una madre y más tarde, y para siempre, una tragedia que hará circular ese nombre por el mundo. Julieta soñaba con liberar al amor del nombre, Hamnet nos obliga a aceptar que el nombre es la última frontera de lo que amamos y nos obliga a preguntarnos: ¿se puede separar un duelo de un nombre?
Felipe Núñez, director del BICE y asesor de Ministerio de Economía, dedicó la mañana del miércoles a compartir tuits rechazando que el cierre de Fate se deba a la apertura de importaciones, como sostuvo la propia empresa.
«Este sistema laboral destruye a las empresas y por ende también a los trabajadores pero después hay que fumarse a los impresentables del centro que te cuestionan la reforma laboral», escribió Núñez, que compartió un posteo que culpa al sindicato de izquierda por haber «fundido» a Fate.
En el medio Núñez también maltrató a los aliados del gobierno, a los que llamó «impresentables del centro», que pidieron algunos cambios en la reforma laboral y a los que todavía necesita para aprobar la ley.
Este discurso que el gobierno intenta instalar sobre la reforma laboral es un arma de doble filo porque la mayoría de los economistas serios coinciden en que este proyecto no genera empleo por sí solo.
Es que ante la caída del consumo y de la actividad, los empresarios no necesitan tomar nuevos empleados por lo que la herramienta de la reforma laboral no les sirve. Para lo único que podría servirles es para abaratar las indemnizaciones.
Por el contrario, algunos economistas sostienen que la reforma sería más útil en un contexto de crecimiento de los puestos laborales. Es decir que el gobierno está agitando una expectativa sobre el proyecto que después se les podría volver en contra si la actividad sigue sin repuntar.
«Se va a votar cuando sepamos que se gana». Esta fue la frase con la que, en los últimos días, se retiraron del despacho del gobernador cordobés Martín Llaryora un par de ministros de su extrema confianza. Y es lo mismo que admiten otros que estuvieron cerca de él en las últimas recorridas por el interior provincial.
Con lo cual, la idea de votar entre marzo y abril del año próximo con la intención de despegar lo máximo posible la contienda provincial del escenario nacional parece ahora sólo ser una alternativa. Una posibilidad más. Pero no la decisión final como creen algunos oficialistas y la mayoría de la oposición en Córdoba.
Descartando así, además, una receta que usó con asiduidad el cordobesismo en los últimos turnos electorales: en 2015, De la Sota y Schiaretti fijaron la fecha para julio; en 2019, la abrumadora victoria de Schiaretti se produjo en mayo -resultado que, dicen, aceleró el llamado de CFK a Alberto Fernández- y en 2023, Llaryora logró la ajustada victoria en junio. Todos los comicios separados de la atmósfera nacional.
En esta oportunidad, atado fundamentalmente y de manera lógica a las encuestas, pero también al desarrollo de la gestión, lo complejo del rompecabezas en la oposición y las tensiones propias del cordobesismo, crece ‘el plan B’: votar cerca o directamente en octubre. Con todo.
Alternativa que en las últimas horas reconoció un llaryorista paladar negro a LPO. «Se miran las encuestas, hay que terminar las obras y ojo que a lo mejor Milei no llega con el aire que tiene ahora», dijo y agregó el clima interno en la convivencia entre Llaryora y Schiaretti: «si no terminan de conversar lo que tienen que charlar… es a fondo».
Esto último implica, incluso, que Llaryora juegue en la discusión del peronismo nacional para el respaldo a candidatos en octubre del 2027.
Se miran las encuestas, hay que terminar las obras y ojo que a lo mejor Milei no llega con el aire que tiene ahora
En estas semanas, el gobernador cordobés empujó algunas fichas en ese sentido. Como lo contó LPO, hubo funcionarios suyos que se mostraron con tropa de Axel Kicillof en Mar del Plata; Llaryora tampoco desconoce que crece el rumor de un frente de todo el peronismo en el Congreso como lo dijo Miguel Pichetto y es lo que genera fuertes fricciones entre el rionegrino y los schiarettistas; y, como lo soltó de manera pícara un massista el fin de semana largo «probablemente, Sergio (Massa) y Martín (Llaryora) hablen más entre ellos de lo que nosotros pensamos». Condimentos nacionales que contribuyen a la teoría de votar en octubre.
Los aspectos locales son los riesgos de una transición larga en caso de una derrota prematura (posibilidad que no pasa por la cabeza de los llaryoristas) y el impacto en el esquema opositor. Llaryora persigue un objetivo en el que hasta algunos peronistas dejaron de creer en el último tiempo: fracturar la oposición. Sobre todo, la sólida sociedad que hoy muestran Gabriel Bornoroni y Luis Juez.
El llaryorismo puro cree que el diputado debería seguir en el Congreso si en una misma parada se pone en juego un pleno; y, por otra parte, confía en que la mala relación que hoy tienen Juez con el radical Rodrigo de Loredo no tiene vuelta atrás. Podrían los dos competir por separados.
Además, los que cultivan el plan octubre incluyen en la receta un principio de diálogo con los intendentes por la ‘re-re’, el bloqueo a las reelecciones que les hizo Schiaretti y que hoy tiene a varios inquietos. No sólo entre los intendentes del PJ y la UCR, sino también entre algunos ministros que tomaron licencia en su segundo período en la Unicameral para asumir en el gabinete llaryorista.
El Sindicato del Centro de Patrones y Oficiales Fluviales, de Pesca y Cabotaje Marítimo lanzó un paro de 48 horas contra la reforma laboral, en una medida de fuerza que bloquea las las exportaciones de granos y otros productos. Su secretario General, Mariano Moreno, advirtió que «al personal embarcado no le dejan ni el 14 bis», en referencia al artículo de la Constitución que garantiza los derechos laborales.
Según el dirigente gremial, el artículo 2° del proyecto que salió con media sanción del Senado «excluye de forma explícita al personal embarcado en su inciso g y lo pone en igualdad de condiciones que las personas privadas de su libertad, esto significa que ya ni siquiera se cuenta con los derechos más básicos que protegen al trabajador».
Moreno argumentó que «antes, si había un conflicto no previsto en el contrato de ajuste, se invocaba la Ley de Contrato de Trabajo para proteger al marinero o Capitán pero, con esta reforma, se asume que el régimen de navegación es autónomo». «Esto debilita la protección general porque la Ley de Navegación es de carácter comercial y administrativo, y no tiene la carga de justicia social y protección al trabajador que tiene un Convenio Colectivo de Trabajo o lo mínimo que garantiza la LCT», precisó.
La preocupación del sindicato es por lo que llaman la «monotributización» de su actividad. El líder gremial alerta que la incorporación de conceptos como transporte y flete a los contratos regulados por el Código Civil y Comercial, tal como consta en el artículo 2° de la ley en debate, «abre una puerta peligrosa para que las empresas argumenten que ciertos servicios no son empleo, sino una relación comercial entre partes independientes».
Fuentes sindicales explicaron a LPO que «si la medida de fuerza o el cese de actividades involucra el amarre y desamarre de buques, impacta de forma directa y genera demoras y atraso en la carga de granos y productos». «Principalmente en los puertos del UP River, desde San Lorenzo a Timbúes», precisaron.
La huelga comenzó durante la medianoche de este miércoles y se extendería por 48 horas. «Son 17 puertos que quedarían sin servicio y no pueden atracar los barcos», anticiparon en el gremio y agregaron que «si bien se puede mantener alguna guardia mínima en determinadas tripulaciones, el paro afecta a todo el comercio exterior».
Si la medida de fuerza o el cese de actividades involucra el amarre y desamarre de buques, impacta de forma directa y genera demoras y atraso en la carga de granos y productos
Los datos oficiales del sector Marítimo, Fluvial y Pesquero indican que el 100% de su personal está registrado, por la imposibilidad de evadir controles en los registros de embarcación. «De ser una actividad regulada y en blanco, podríamos pasar a ser un sector regido por acuerdos individuales y monotributo, lo que llevaría al desmembramiento de la profesión», alertó Moreno.
Por otro lado, los 9 gremios de la Federación Sindical Marítima y Fluvial (FESIMAF) iniciaron un paro de actividades en rechazo a la reforma laboral. Se trata de una decisión inédita motivada por la exclusión legal de los Marinos Mercantes en la nueva ley y la equiparación con presidiarios.
Un marino en actividad dijo a LPO que «quedar fuera de la ley implica que toda legislación aplicable caduca para este sector. La ley remite al sector a la Ley de Navegación, donde la relación de dependencia (vacaciones, aguinaldo, accidente) termina al desembarcar y firmar el fin del contrato. Esta precariedad legal no se aplica ni siquiera a taxistas, colectiveros o choferes de locomotora.».
En este marco, informan fuentes de la Marina que «se instruyó a los tripulantes remolcadores que no le presten asistencia ni de entrada ni de salida a los buques de pasajeros en todo el territorio argentino, tanto el puerto de Ushuaia, Puerto Madryn y Buenos Aires».
En ese marco, la FESIMAF informó que realizará una conferencia de prensa por la tarde de este miércoles con el eje puerto en el rechazo al tratamiento de la Reforma Laboral y, especialmente, a la modificación del artículo 1 del proyecto, que excluye a la Marina Mercante de la Ley de Contrato de Trabajo.
Quedar fuera de la ley implica que toda legislación aplicable caduca para este sector. La ley remite al sector a la Ley de Navegación, donde la relación de dependencia (vacaciones, aguinaldo, accidente) termina al desembarcar y firmar el fin del contrato. Esta precariedad legal no se aplica ni siquiera a taxistas, colectiveros o choferes de locomotora
La Federación de Estibadores Portuarios Argentinos (FEPA) también adhiere a la medida de fuerza y comunicó que garantizará el cumplimiento efectivo del paro en cada terminal portuaria, en rechazo a una reforma que según explicaron en el comunicado «pone en riesgo convenios colectivos, condiciones laborales y estabilidad en la actividad».
A su vez, el Sindicato de Conductores Navales (Siconara) anunció que el paro de 48 horas es ante la iniciativa legislativa que «pretende excluir al personal embarcado de la Ley de Contrato de Trabajo, dejándolo fuera de la protección laboral básica y ubicándolo bajo el Código de Comercio. Lo cual es una negligencia que reclamamos sea excluida ahora en Diputados luego de su aprobación en el Senado», señaló su secretario general, Mariano Vilar, quien agregó que se movilizarán el jueves 19/02 al Congreso Nacional.
Desde la organización sostuvieron que esta reforma, de aprobarse así, constituye «un ajuste laboral que atenta contra principios protectores elementales, deteriora las condiciones del transporte marítimo y generará impactos operativos directos sobre la logística y el comercio exterior del país, por eso nos movilizamos al congreso nacional esté jueves».
Vilar remarcó que los Conductores Navales «somos trabajadores argentinos en Argentina, en tierra o en el mar, y debemos regirnos por los mismos derechos que el resto. Pretenden excluirnos incluso del alcance de la justicia laboral, ubicándonos bajo el Código de Comercio como si no fuéramos trabajadores, incluyéndonos en otro regímenes, cómo los que se encuentran privados de su libertad».
«Esto no es modernización ni adecuación normativa: es un recorte de derechos. Pretenden convertir a los trabajadores embarcados en personal con menor tutela jurídica, debilitando garantías esenciales frente al abuso patronal», afirmó.
«Excluirnos implica poner en riesgo licencias y resguardos frente al fraude laboral. Además, tensiona el funcionamiento del sistema marítimo y podría afectar la cadena del comercio exterior si se consolida este retroceso. La actividad marítima es estratégica para el país. No aceptaremos que se avance en una legislación que degrade condiciones laborales y comprometa el normal desarrollo del transporte y la producción», cerró.