Sociedad

  • Anestesiame

     

    Esta nota es una coproducción de Revista Anfibia y elDiarioAR 

    Quirófano. Escena 1

    Lo último que veo antes de que todo se apague es un par de ojos azules entre una cofia celeste y un barbijo del mismo color. Un conjunto de objetos de formas semicirculares perfectamente engamados. 

    Apenas me trasladaron al quirófano pregunté por el anestesiólogo (o dije anestesista, entonces no sabía la diferencia entre el médico y el auxiliar, una diferencia de formación y de clase), yo también con cofia, pero blanca, casi transparente, y ese horrible camisolín que expone humillantes extensiones de piel. Pregunté por él porque quería decirle que amo la anestesia general, aunque soporto muy mal los temblores del despertar. El anestesiólogo mira mi historia clínica resumida a su mínima expresión en la planilla enganchada en un cartón. Ahí están todas las cirugías por las que pasé. Supongo que por eso no pregunta cómo sé o cuántas veces me desperté temblando. Dice: no hay problema. Ya me puede desenchufar.

    Tengo el catéter intravenoso clavado en una vena, en la fosa cubital. Mi vida cuelga de esos ojos azules que me miran, seguramente controlen el efecto de la anestesia. El resultado es inmediato. Para una insomne como yo, el placer de no sentir el habitualmente dificultoso pasaje al sueño es oro. Anoto mentalmente: el placer de no sentir. Nada mejor para un cerebro que da vueltas en la rueda del hamster enjaulado y cuesta tanto apagar.

    Fundido a negro.

    Empiezo por mí porque soy parte de la sociedad de la evasión, el mandato de “desertar” de Bifo Berardi me pegó fuerte y el deseo involuntario de apagarme es una fuerza contra la que lucho desde siempre (mi síntoma es el sueño).

    Por eso, tal vez, jamás se me ocurrió preguntar cuáles eran las drogas que me suministraban en las cirugías, endoscopías, tratamientos de conducto o cualquier otro procedimiento invasivo que necesite anular la conciencia del dolor. Y también por eso, quizás, tampoco me había preguntado antes si los médicos experimentaban con esas mismas drogas en sus propios cuerpos.

    Nunca tuve miedo de morir en una cirugía, ni de tener una alergia ni ninguna otra complicación causada por la anestesia. Solo me preocupaban los temblores. 

    Nunca, hasta que todo cambió. Fue a fines de marzo, cuando nos enteramos de que el anestesiólogo Alejandro Zalazar (31), residente del Hospital Rivadavia que hacía rotaciones en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, había muerto por sobredosis de anestésicos, en su departamento en Palermo. El hecho había ocurrido el 20 de febrero. ¿Por qué se supo cuarenta días después? La noticia se conoció por un audio viral que vinculaba el caso con el robo de insumos en el Hospital Italiano y develaba una trama oscura, que incluía “viajes controlados” grupales de médicos con esas sustancias. Lo que conocimos como el lore de las Propofest

    Aquí un spoiler: si bien no hay una estadística de muertes de anestesiólogos en Argentina, esas muertes ocurren soto voce. Reflotar el caso de una técnica anestesista muerta en 2023 tal vez sea otra punta del mismo ovillo y habilita la pregunta: ¿qué ollas no se quieren destapar? En voz alta, en cambio, circula lo que algunos médicos llaman “el mito”: los anestesiólogos son “drogones”. Aquí se trata de desandar el prejuicio moralizante para intentar entender las causas de un fenómeno que sí está estudiado a nivel internacional.

    Esta crónica-ensayo se escribe a partir de entrevistas a pacientes de cirugías y médicos de distintas especialidades, incluidos anestesiólogos, de quienes se reserva la identidad por lo delicado del tema, pero que además de experiencia aportaron bibliografía esclarecedora para entender una pregunta básica: ¿Por qué se droga un anestesista? ¿Qué busca con estas experiencias extremas? ¿Qué peligros encarna para los pacientes?

    Antes, un repaso a vuelo de pájaro: la causa del hurto de insumos del Hospital Italiano involucra a un médico anestesiólogo con trayectoria, Hernán Boveri (45), experto en TIVA (Anestesia Total Intravenosa) y a la residente de tercer año (R3) Delfina Lanusse (31), Tini, ambos desafectados de la institución, además de a Chantal Leclercq, Tati, también R3 del Hospital Rivadavia y compañera de Zalazar. Su confesión en los últimos días la compromete: se tradujo en dos allanamientos en su vivienda en CABA y en la de sus padres en un barrio cerrado de zona norte y hace que el vínculo entre las dos causas paralelas deje de ser una mera hipótesis periodística.

    El audio refiere un vínculo sexoafectivo entre Boveri y Lanusse -el jefe y la subalterna-, quien declaró que él la involuntarizaba para violarla. Rápidamente, esto se leyó como estrategia de la defensa de la joven. La Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires (AAARBA), advirtió: «Boveri manifestó que la participación de la residente se habría dado en un marco de consentimiento pleno, pero ello debe ser juzgado teniendo en cuenta la asimetría jerárquica existente entre un médico anestesiólogo con mayor trayectoria profesional y una médica en formación, lo que implica un grado de subordinación».

    El caso revela un desplazamiento: la recirculación de drogas legales de acceso altamente restringido en un circuito ilegal para un uso recreativo (o para su comercialización), concretamente, de dos anestésicos muy poderosos y utilizados en los procedimientos quirúrgicos y endoscópicos como son el fentanilo, un analgésico opioide 100 veces más poderoso que la morfina, y el propofol, un sedante que induce el sueño (Michael Jackson murió en 2009 por sobredosis de propofol que le medicaban para dormir; el médico que lo asistía fue condenado y cumplió dos años de prisión). De allí se desprende el nombre de Propofest o Fiestas del Propofol, que parecen distar bastante de bolas de espejos y bailes desenfrenados y se acercan mucho más a una modalidad epocal: la necesidad de evadirse completamente de lo real. El descanso, la quietud. Y bajar de las alturas (también, del efecto de otras drogas, un clona potenciado).

    Los anestesiólogos son los médicos mejor pagos del sistema. Un residente cobra entre 1.5 y 1.8 millones de pesos. El bruto de un médico de planta promedia los 15 millones sin las retenciones. 

    Se trata de un consumo de élite: los anestesiólogos son los médicos mejor pagos del sistema. Mientras el sueldo de un residente oscila entre 1.5 y 1.8 millones de pesos, el bruto de un médico de planta promedia los 15 millones sin las retenciones, lo que los posiciona séptimos en el ranking de las 10 profesiones mejor pagas del país. Constituyen un bien escaso: de casi 200 mil médicos matriculados en Argentina, casi 6.000 se dedican a la anestesiología: la escasez de oferta implica una sobrecarga laboral que lleva a situaciones de estrés extremo. La selección que realiza la entidad que los agrupa, la Federación Argentina Asociaciones, Anestesia, Analgesia y Reanimación (FAAAAR), es muy estricta: se abren 168 puestos anuales para todo el país, y en los primeros años están obligados a prestar servicio adicional en instituciones públicas, algo que aumenta la carga horaria. De todas las ramas de la medicina, es una de las que recibe más demandas judiciales por malas praxis. Alguien que gana mucho y puede perderlo todo en un tris. Cómo no buscar, al menos, la evasión. Cómo no anestesiarme, si además tengo el acceso fácil. Es sólo cuestión de estirar la mano. La tentación de la élite es absoluta.

    En esta trama, el apellido Lanusse lleva estampada la marca de clase (Alejandro Agustín Lanusse, de paso, fue presidente de facto entre 1970 y 1972). La foto de las milipilis (las chetas del audio del lore), la rubia y la castaña egresadas de la Universidad Austral, sedadas, con las vías colgadas de una rama de árbol, sumaron morbo al morbo. Surrealismo a la realidad. Incomprensión a un hecho delictivo enmarañado.

    Mientras esta versión moderna hipertecnologizada y aristocrática de los antiguos fumaderos de opio ocurre en un piso de Palermo o en un country, en la calle (donde el adicto roba, no es novedad), y en un contexto donde alucinógenos y estimulantes son reemplazados por drogas de diseño, el fentanilo aparece como una amenaza seria: una droga hospitalaria que baja al asfalto por la puerta del narcotráfico. En otros países ya es un problema grave de salud pública, en Argentina resuena por la causa reciente de la droga adulterada que provocó muertes hospitalarias en distintas provincias y escaló políticamente. La reciente muerte de un enfermero en Palermo suma nuevas aristas a la tragedia. Y lleva a la pregunta sobre las responsabilidades institucionales y del Estado, sobre todo en lo que aparece como ¿falla? en los controles. 

    Quirófano. Escena 2

    Esto pasó antes. También hay dos ojos, los del anestesiólogo. El obstetra masajea mi útero después de la cesárea para que vuelva a su tamaño normal. Duele mucho. Me aferro a  esos ojos como garrapata, implorando: más anestesia. La epidural no alcanza. Me dice: hasta ahí no llego. 

    La omnipotencia médica se hace trizas. Y el dolor se olvida. ¿Hay una droga para cruzar el Leteo, el río del olvido? Seguramente, pienso, es el anestesiólogo quien necesita olvidar, dormir en paz (y para eso, nada como el propofol).

    El miércoles 1 de abril, millones de ojos miramos el despegue de la nave Artemis II a la Luna. Había leído con orgullo que científicos de tres universidades públicas locales, Buenos Aires, La Plata y San Martín, fabricaron un satélite made in Argentina, Atenea, con la función de estudiar y mejorar los registros en los vuelos espaciales. Además, es la primera vez que una mujer (Cristina Koch) participa de una tripulación al espacio. Mientras los astronautas emprendían su viaje 50 años después del primer alunizaje y en las pantallas veíamos alejarse el cohete a la Luna desde el Centro Espacial Kennedy, nos enterábamos de que un grupo selecto de médicos de élite se inyectaban con sustancias que garantizaban una huida a Plutón, el planeta enano, el noveno en la galaxia, donde no llegan naves tripuladas. No calculaban la posibilidad de que solo fuera un viaje de ida. O sí, y jugaban con ese fuego. ¿Cómo se reparten las fichas de la ciencia de excelencia? No está tan lejos el ritual de los aplausos en la pandemia, cuando otorgamos categoría de superhéroes y superheroínas a médicos y auxiliares de la salud que arriesgaban sus vidas y eran explotados al mango. Lejos del tiempo del orgullo por las primeras generaciones de médicos en un país que fue conformando su perfil a partir de capas de inmigrantes pobres que escapaban de las guerras, hoy los médicos son personal precarizado, sobreexplotado y con limitada contención desde la salud mental. ¿Y los anestesiólogos, los presuntos millonarios de la historia? ¿qué sabemos de ellos?

    Un lugar común: los médicos son humanos que también se drogan y eso es así desde que existe la medicina. En 1884 Freud publicó un artículo, Sobre la coca, en el que defendía el uso de esta droga con la que él mismo experimentó y que, hacia fines de siglo XIX, se empezaba a utilizar como anestésico (en primer lugar, en oftalmología). Freud alentó su uso para curar la adicción a la morfina en un médico amigo, Ernst Fleischl-Marxow, quien sufría de dolores agudos. El final es trágico: Fleischl-Marxow murió de sobredosis por consumo de cocaína. No hay una relación de causalidad, pero ya en el siglo XX, Freud reemplaza los tratamientos con sustancias por la cura por la palabra. Un cuento corto para aventurar el nacimiento del psicoanálisis. 

    La imposibilidad de hablar de las propias adicciones por miedo a perder el trabajo es algo que sin duda les juega en contra a los médicos. Hay equipos de salud mental y en algunas instituciones reciben charlas, pero, en voz de un médico intensivista, el verdadero lugar de contención son los compañeros de trabajo y, a veces, las parejas. No siempre alcanza.

    Intermedio. Jugar a ser Cristo

    En los últimos días, una nueva palabra se instaló en nuestro lexicón: ambucear, una maniobra de rescate que consiste en la ventilación para las apneas que pueden provocarse en la sedación y llevar a una depresión respiratoria si no se controla. También escuchamos hablar de bomba de infusión para suministrar la droga inyectable por suero. Y supimos que R3 era residente de tercer año. Una mínima jerga médica se coló en nuestro vocabulario. Antes no sabíamos. Ahora, ¿qué sabemos? 

    En la película Línea mortal (hay dos versiones, de 1990 y de 2017), cinco estudiantes de medicina de universidades caras juegan a anestesiarse en un sótano del hospital en el que trabajan como residentes en el área de terapia intensiva. Buscan transgredir la frontera que separa la vida y la muerte para experimentar qué hay más allá, controlados por sus compañeros, que los hacen regresar a través de drogas como la epinefrina y maniobras de resucitación. Qué tentación, jugar a ser Cristo. Qué borde tan finito cuando el costo real puede ser la muerte.

    Hoy, cuando la realidad se ha vuelto un territorio insoportable, anular todos los sentidos parece ser una vía de escape extrema pero posible para quienes tienen los recursos y el acceso. Da miedo pensarlo, impresiona saber que los profesionales encargados del cuidado de los cuerpos de los otros buscan autodestruir el propio. ¿O el conocimiento científico es lo que les da la seguridad de que van a controlarlo todo siempre, la hybris del amigo de Freud?

    En un estudio de casos, el experto Gustavo Calabrese define la farmacodependencia como una enfermedad devastadora, crónica y recidivante que el adicto suele no aceptar. Estima que entre el 10% y 15% de los anestesiólogos se encuentra en riesgo. Identifica factores como el acceso fácil, el estrés ambiental y la «exposición pasiva» (inhalación). Calabrese es coordinador de la Comisión de Riesgos Profesionales de la Confederación Latinoamericana de Sociedades de Anestesiología. Según esta entidad, la adicción principalmente a opiáceos como el fentanilo incluye altas tasas de mortalidad por sobredosis (24 muertes reportadas en un informe CLASA 2003-2005), suicidio, problemas familiares y errores médicos. 

    Los médicos consultados de distintas áreas críticas mencionan un acceso facilitado por los “robos hormiga” (a veces para asegurar un suministro en el ámbito público desde el privado, otras para consumo), enfatizan el burnout laboral provocado por el exceso de horas y las condiciones laborales precarias, la relación diaria con la muerte, y la extrema responsabilidad que eso conlleva. Los anestesiólogos suelen ser profesionales que no participan en equipos en la tarea diaria: llegan, aplican la anestesia, se van. Como lobos y lobas solitarias. Dicen que a veces hay resentimiento por las grandes diferencias salariales y la escasez de oferta que impone la FAAAAR. La entidad emitió un comunicado institucional donde aclara “que los hechos que han tomado estado público pertenecen al ámbito privado y bajo ningún concepto al ejercicio profesional ni a la práctica asistencial”. Ámbito privado puede ser el Hospital Italiano (que también hizo su descargo institucional) o puede ser referido a la vida privada de las personas involucradas en los casos. De todos modos, los hechos cuestionan esta afirmación.  

    Pero hay más. Y eso otro más hay que buscarlo por el lado del placer (y del goce, eso que ningún médico controla).

    Quirófano. Escenas 3, 4, y 5

    “¡Quiero más!”, grita, todavía semiconsciente, un paciente que recién se despierta de una colonoscopía. 

    Otra paciente, después de una cirugía estética, invadida por una sensación de placidez que provoca el propofol, todavía bajo efectos de la droga, le pregunta al anestesista: “Decime la verdad, ¿vos también lo probás en casa?”

    Ver la paz reflejada en las caras de los pacientes el despertar provoca curiosidad y ganas de probar, reconocen algunos anestesiólogos.

    Una paciente con leucemia, luego de una nueva punción de médula que la lleva a internarse a intervalos regulares durante un mes, confiesa que a veces exagera el dolor para recibir una dosis mayor de fentanilo. Una anestesista “cómplice”, le ofrece: “Acá tenemos de la buena, te la paso despacito así disfrutás”.

    Ese disfrute consiste en no sentir, flotar en silencio, levitar, suspender todo en el aire del quirófano. Un aire, por otra parte, no tan inocente. Distintas publicaciones internacionales como las de la Asociación de Anestesistas de Gran Bretaña e Irlanda y otras, que consideran la dependencia una enfermedad y no un crimen, señalan que la inhalación continua de fentanilo y propofol en los quirófanos la mencionada “exposición pasiva” estimula la adicción. 

    Un dato que traslada el eje de las “decisiones” personales o cuestiones privadas a un factor más del riesgo laboral y por lo tanto, un llamado de atención al ámbito institucional público y privado, y al estado. Algo a tener en cuenta para evitar estigmatizaciones: según el New England Journal of Medicine, la adicción no es falta de voluntad, es un cambio profundo en el cerebro, donde el sistema de recompensa queda alterado y el consumo se vuelve compulsivo.

    A mediados del siglo XIX, cincuenta años antes de que Freud experimentara con la cocaína, grupos de estudiantes de medicina y químicos se reunían en las  «Fiestas del éter», en las que experimentaban inhalando éter dietílico. En una fiesta en Jefferson, Georgia, Estados Unidos, un médico, Crawford Williamson Long, se golpeó y advirtió la falta de dolor, y así, con un accidente que emula la manzana en la cabeza de Newton, descubrió el poder anestésico del éter. 

    De casi 200 mil médicos matriculados en Argentina, casi 6.000 se dedican a la anestesiología. La escasez de oferta implica una sobrecarga laboral que lleva a situaciones de estrés extremo. De todas las ramas de la medicina, es la que recibe más demandas por malas praxis.

    En los “viajes controlados” de la Propofest, el destino buscado es el del goce perfecto (una perversión), que no existe en la realidad porque nunca se llega. Plutón, tan pequeño, tan lejano. Como en el crimen que nunca es perfecto, lo que impacta es la muerte, las agujas, los cuchillos, eso que corta los cuerpos, los abre, los desgarra, los invade, el daño donde se espera la cura. El médico es el que tiene que lidiar con eso: hacerlo, o mirarlo. El anestesiólogo se convierte en una especie de voyeur panóptico de los efectos de las invasiones médicas en los cuerpos de los pacientes. Él, finalmente, sólo clava un catéter en una vena, proporciona una máscara con oxígeno, monitorea, vigila los signos vitales. A partir de hoy, ha dejado de ser un fantasma, unos puros ojos cavados en una sábana, para convertirse en alguien que sufre, que goza, que se adicciona, vive y muere, puede o no puede, delinque, se equivoca, puede llegar a matar o al suicidio, quiere escapar. Alguien muy real, más allá del lente de mi mirada suplicante.  

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  • Denuncian que Furiase usó el crédito del Nación para comprarse una tercera casa en un country

     

    El escándalo de los créditos hipotecarios del Banco Nación sigue creciendo y la lupa está especialmente puesta en el que recibió el secretario de Finanzas, Federico Furiase, que lo habría utilizado para comprar una tercera propiedad pese a que la entidad establece que los préstamos son para primera y segunda vivienda.

    El periodista Alejandro Bercovich reveló en C5N que Furiase utilizó el crédito del BNA para comprarse una casa de 300 mil dólares en el country Los Pilares, en la localidad de Pilar. La vivienda, de 200 metros cubiertos, está edificada sobre un terreno de 880 metros cuadrados y tiene una amplia pileta.

    «Esta línea de crédito habilitaba no solo primeras viviendas sino también segundas viviendas. Hay gente que cree que es ético que un funcionario político se compre una casa en un country si la línea de crédito lo permite. Pero en este caso, Furiase no sólo tenía una vivienda a su nombre en Ramos Mejía, que está en su declaración jurada, sino que tenía dos casas. O sea que este préstamo fue para la tercera vivienda», denunció Bercovich.

    De ser así, Furiase no podría haber conseguido un crédito para otra casa y acaso por eso en los últimos días había trascendido que no era un préstamo hipotecario. Pero no hay ninguna línea personal del BNA por semejantes montos. El caso confirmaría la injerencia política detrás de la ola de créditos a funcionarios y diputados libertarios.

    Sospechan conflicto de intereses por el rol de Furiase en el Central cuando recibió los 300 millones del Nación

    En agosto de 2025, cuando era director del Banco Central, Furiase obtuvo

    un crédito hipotecario por unos 280 mil dólares, equivalentes a cerca de 367 millones de pesos. El BCRA es el encargado de regular la actividad de todos los bancos, incluido el Nación, por lo que una de las denuncias que hay en Comodoro Py apunta al rol de esa entidad, como contó LPO.

    La posibilidad de un conflicto de intereses además está dada porque la tramitación del crédito habría comenzado entre junio y julio de 2025, justo cuando el BCRA liberó las LEFI, una medida que desató un proceso de fuerte volatilidad financiera y un descalabro en las tasas de interés. Tras eso, el BCRA el endurecimiento monetario con una suba de encajes y las tasas hipotecarias se dispararon. 

    Además de que el sueldo de funcionario está lejos de ser suficiente para un crédito de ese monto, Furiase ya había tomado un crédito hipotecario en 2017, en el Banco Ciudad, por un equivalente a unos 106 mil dólares. Es decir que tiene espalda para pagar los dos préstamos al mismo tiempo.

    Esta línea de crédito habilitaba la compra de primeras y segundas viviendas. Furiase no sólo tenía una vivienda a su nombre en Ramos Mejía, que está en su declaración jurada, sino que tenía dos casas. O sea que este préstamo fue para la tercera vivienda

    Aunque el escándalo sigue creciendo, Javier Milei salió a defender a los tomadores de créditos con un argumento insólito: no mataron a nadie. 

    «Si un funcionario toma un crédito en el Banco Nación, la pregunta es ¿haber tomado ese crédito mató gente? O sea, ¿violenta el derecho a la vida? ¿mató gente?», preguntó el presidente en una entrevista con el albertista Antonio Aracre. «Primer punto de nuestros valores morales que definen la moral como política de Estado, no está vulnerado», argumentó Milei. 

    «Vamos al segundo punto: la libertad. ¿Alguien perdió la libertad por eso? Es decir, vos te podés seguir expresando, podés seguir caminando por tu calle, podés seguir haciendo negocios», continuó Milei, que agregó que tampoco se afectó «la propiedad» porque los créditos fueron con tasas a precios del mercado.

     

  • La embajadora del tiempo

     

    Una silla blanca junto a un escritorio blanco pegados, a su vez, a una pared blanca. Un pilón de libros, una lámpara y un pequeño grupo de plantas discretas a un costado. Una mesa baja que eventualmente servirá para tener a mano algunas anotaciones y hojas impresas. El rincón de trabajo de Samanta Schweblin no es, estrictamente hablando, un cuarto propio, sino más bien terreno ganado al living del departamento que, desde hace cinco años, comparte con su marido Maximiliano en el efervescente barrio de Kreuzberg, no muy lejos del centro geográfico berlinés. Pero no deja de ser un rincón hecho a la medida de sus necesidades: para escribir, Samanta precisa un espacio lo más silencioso y despejado posible, sin nada que pueda desconcentrarla. Acá, en este refugio libre de distracciones, escribió Kentukis, la novela que presentó en Buenos Aires a mediados del año pasado y que desde entonces sigue presentando también en diversos festivales y eventos de literatura europeos, a los que viaja cada vez más seguido, aunque sea por pocos días: una de las ventajas de estar en el centro de Europa, a unas pocas horas-avión de muchas cosas.

    Son casi las seis de la tarde de otro día gris en Berlín y la luz del escritorio está prendida. No es fácil afirmar que es de noche porque estamos compartiendo lo que para nosotras es una merienda (tomamos té, picoteamos frutos secos) pero afuera, a esta altura, la oscuridad es rotunda. Bienvenidas, bienvenidos a una nueva jornada del largo invierno alemán.

    ***

    La vida que Samanta lleva en Berlín se armó casi sin que se diera cuenta. Ella y Maximiliano habían llegado para quedarse por un año gracias a la beca para artistas del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD), que anualmente selecciona alrededor de cinco escritores de todo el mundo y les ofrece casa, seguro médico y un sueldo en la capital pobre pero sexy de Alemania. La idea es que, durante ese período, los elegidos solamente tengan que ocuparse de escribir, sin otras, o no tantas, preocupaciones mundanas. Un lujo para cualquiera, más aún para alguien que siempre ha vivido en Latinoamérica.

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    “Cuando llegué, estaba viviendo en Buenos Aires un poco como viven muchos de mis amigos escritores: luchando por llegar a fin de mes y dando talleres literarios cuatro o cinco veces por semana. Me sentaba a escribir y tenía los textos de todos mis alumnos metidos en la cabeza. Era difícil, agotador… No sé cuánto tiempo más hubiera aguantado”, recuerda Samanta. Pero se corrige enseguida: “Bueno, una lo sostiene. Todos mis amigos lo sostienen. Pero cuando llegué a Berlín me di cuenta de que con un tercio del trabajo que hacía en Buenos Aires, acá podía vivir, y que todo ese tiempo que no invertía en trabajar en otras cosas se transformaba en tiempo de escritura. Cuando me preguntan qué me gusta de Berlín, obviamente puedo decir que es amplio, que es pluricultural o que es un espacio en el que me siento muy libre, pero la verdad es que hay otro gran componente que me llevó a quedarme acá y es el tiempo de vida que te queda. Los escritores tienen que comprar su tiempo de escritura; ese tiempo es muy caro en todo el mundo, y en Argentina es directamente impagable. Y esa diferencia supuso una de las grandes razones por las que me quedé”.

    Aquel primer año en la ciudad nueva fue como el tramo inicial de una relación amorosa: se piensa que podría casarse para siempre con el proyecto que eligió; todavía es demasiado pronto para empezar a encontrar las fisuras. “A los seis meses de la estadía, más o menos, tanto yo como Maxi estábamos muy encantados y muy involucrados con la vida acá. El Instituto Cervantes me había invitado a dar talleres literarios. Y empecé con un grupo, después se armó otro, después otro más. Y casi sin buscarlo de forma deliberada, se me dio la posibilidad de vivir de la literatura en español en Berlín. Se habían armado tantos lazos y tantos compromisos que, al final, se hacía más complicado volver que quedarse”. Y se quedaron.

    Casualmente o no, durante ese año en que estuvo becada Samanta escribió Distancia de rescate, una historia que trasegó los límites del cuento para convertirse en su primera novela. Hasta entonces, en Argentina, o durante otras becas que la habían llevado a vivir en distintos lugares del mundo por períodos más cortos, Samanta había ejercido con destreza el arte de crear relatos cortos, precisos, contundentes. Estaba convencida de que tenía “cabeza de cuentista”, que ese era y sería su género por definición. “Una a veces cree que elige el género que escribe. Pero tener por primera vez tanto tiempo para escribir sin interrupciones, sin tener que estar haciendo otras tantas cosas a la vez para pagar el tiempo de escritura, y producir un texto más largo me dio a pensar sobre este supuesto”.

    ***

    Sería apresurado trazar una conexión directa entre su decisión de mudarse lejos de Buenos Aires y su explosión como la escritora argentina de mayor proyección internacional. Pero lo cierto es que, en estos últimos años fuera de casa, y con la posibilidad de dedicarse de lleno a la escritura, Samanta sumó a su trayectoria algunos de esos hitos que trascienden los suplementos culturales y llegan a los sitios web de los diarios con el fragor de las noticias del día, casi siempre impulsada por cierto orgullo nacional (¿a qué periodista no le gustan las noticias que comienzan con “la argentina que…”?).

    En 2015, ganó el Premio Ribera del Duero, dotado con 50 mil euros, que condecora el mejor libro de cuentos inéditos en español. En 2017 fue finalista del premio Man Booker International Prize por Fever Dream, traducción al inglés de Distancia de rescate, y al año siguiente esa misma novela se llevó el premio Shirley Jackson, destinado a thrillers y relatos de suspense psicológico. La semana pasada se anunció su segunda vez como nominada al Man Booker, esta vez por Pájaros en la boca o Mouthful of birds. Mientras tanto, sus libros se siguen traduciendo a una veintena de idiomas, comienzan a circular por lugares algo recónditos para nuestro GPS latinoamericano, los diarios del mundo hablan de “una de las mejores cuentistas en español de la actualidad” y Netflix produce la versión fílmica de Distancia de rescate, dirigida por la peruana Claudia Llosa y protagonizada por Dolores Fonzi. Pero ella se tomas las cosas con cierta calma; sin falsa modestia, con una conciencia sobre su carrera que jamás oculta, pero con calma al fin. “Yo sigo siendo una escritora argentina que vive en Berlín. No soy una escritora internacional”, asegura.

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    Desde que se instaló definitivamente en Europa, Samanta también viaja mucho más que antes a festivales o eventos de literatura y a lecturas organizadas por las editoriales que la publican. Un poco porque ahora está cerca (lo que implica que los festivales más pequeños pueden costear sus vuelos con mayor facilidad, y también que para ella es más fácil programar escapadas de unos pocos días), pero sobre todo porque la necesidad de presencia física fue creciendo conforme se multiplicaron las traducciones de sus libros. “En Croacia, en República Checa, en Italia, por ejemplo, mis libros son editados por editoriales independientes que necesitan que cada tanto vaya, haga una lectura, dé una entrevista, participe de alguna actividad. Yo soy muy nueva en esos mercados todavía, y hace falta que apoye, que esté, conocer a esos lectores y que los lectores me conozcan, que dé alguna nota. Todo eso lleva tiempo y presencia. Y me gusta mucho viajar, pero una siempre vuelve un poco fuera de eje, lleva un tiempo volver a acomodarse. Últimamente, estoy intentando que me lleve cada vez menos tiempo volver a casa, a la escritura. Poder saltar más rápido del aeropuerto de Tegel al escritorio”.

    ***

    Desde el sillón del living de Samanta es posible ver, hacia un lado, una ventana que da a la calle, ahora entregada a la oscuridad y al silencio –incluso acá, en Kreuzberg, Berlín es una ciudad con índices de ruido que casi nunca se condicen con los de una gran capital–. Hacia adentro, las estufas blancas y los pisos de madera típicos de un departamento alemán y la biblioteca, dividida en dos, como guardiana de la puerta de entrada. A su izquierda, unos cuantos anaqueles con libros comprados en estos últimos años y algunas joyas más viejas, traídas desde Buenos Aires. Hacia la derecha, una columna angosta con todas las ediciones de sus propios libros en distintos idiomas. Una colección de todas las versiones, y todos los colores, y todos los idiomas que fue conquistando su obra y que ahora da a conocer en cada nuevo viaje, en cada nueva entrevista, en cada nuevo festival.

    – La gran mayoría de las invitaciones a ferias o festivales, o incluso los contactos para algunas traducciones me llegan directamente a mí. Me gusta entender bien adónde voy, con quién estoy tratando. Por una cuestión de tiempos, muchas veces tengo que decir que no y quiero estar muy segura respecto de qué cosas priorizo. Esas gestiones me resultan difíciles (intercambiar mails, informarse, ¡pedir cosas!). Siempre me costó mucho esa parte: la de poner condiciones. Pero fui aprendiendo.

    – Supongo que el salto a una carrera de proyección internacional implica aprender habilidades que no están necesariamente vinculadas a escribir…

    – Claro. Ayuda ser un bicho sociable, cosa que no soy en absoluto, o ser organizado, cosa que tampoco se me da nada bien. Voy haciendo lo que puedo y como puedo. Pero al final, siempre se trata de habilidades logísticas que no tienen nada que ver con la escritura, así que intento perder el menor tiempo posible con eso. En cambio sí hay temas nuevos de los que empiezo a sentirme responsable. Por ejemplo, a veces voy a festivales en los que soy la única argentina o incluso la única latinoamericana. Yo no hice la carrera de Letras, mi formación literaria se forjó de forma autodidacta y ecléctica, en bibliotecas de amigos, algunas librerías o talleres literarios. Y cuando me di cuenta de que en ciertos espacios, aunque no lo quiera ni sienta que estoy realmente a la altura de semejante cosa, represento a la literatura latinoamericana, empecé hacerme muchas preguntas alrededor de qué es ser latinoamericano, o a cómo desarmar muchísimos lugares comunes desde los que se piensa lo latinoamericano desde afuera. También a leer a nuestros autores con más atención, a algunos de ellos a leerlos incluso por primera vez.

    – ¿Por ejemplo?

    – Ahora estoy leyendo a Elena Garro ¡y no puedo creer lo que son sus crónicas! Esa mujer reinventó el periodismo al final de los cuarenta, era una tipa brillante y de una valentía feroz. También a Amparo Dávila, o incluso argentinas o chilenas. Hasta llegar a Berlín nunca había leído a Norah Lange, ni a María Luisa Bombal. Estos años en Berlín han sido también de estudiar idiomas. Llegué casi sin hablabar inglés. Bah, tenía el inglés básico de secundario que tenemos los argentinos (risas). También empecé a estudiar alemán.

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    No es del todo forzado establecer cierta conexión entre la experiencia de estos años fuera de casa y la creación de una novela que transcurre en zonas tan distintas del mundo –o mejor dicho: que por primera vez, deliberadamente, no sucede en Argentina–. “Hasta Kentukis, en el momento en que yo me sentaba a escribir mi cabeza se trasladaba inmediatamente a Argentina, era impensable para mí escribir una historia sobre un chino circulando en Lyon o un guatemalteco buscando nieve en Noruega”. La segunda novela de Schweblin cambió ese precepto: en una impresionante maquinaria coral, la decena de historias de esas mascotas virtuales conectadas a la red y manejadas por un desconocido en cualquier lugar del mundo necesitaba, por defecto, suceder en muy distintos puntos del globo. Al principio, de manera intuitiva, Samanta localizó a los muñequitos con forma de animales en lugares que ella misma había conocido por la literatura: Erfurt, Oaxaca, China, Australia. Pero pronto se dio cuenta de que, para que la novela funcionara, necesitaba otros escenarios. “Me daban ganas de empezar por ciudades que había pisado, sentido, olido. Lo que no quita que después haya ido a Google Maps a buscar ciudades nuevas, que no conocía, para unir puntos que faltaban”.

    Así se sumaron también el pueblo noruego en el que vive el dispositivo comandado por Marvin (“necesitaba un lugar en el que fuese creíble que un kentuki se pudiera mover libremente, bajar y subir rampas y llegar al mar”) y Surumu, la pequeña localidad brasileña llena de cabras en la que sucede la historia más oscura de la novela, entre otros. “Cuando lo buscás en Google Earth, vas a ver que es así: un pueblo abandonado de cuatro, cinco cuadras máximo. Tropical, de cielo oscuro y denso, donde no hay casi nada, salvo cabras. Está absolutamente tomado por cabras, durmiendo en las canchas de tenis, en las mesas de los restaurantes abandonados… y en el medio de todo eso hay una moto roja impecable, impoluta, que parece recién lavada. Lo que te da la pauta de que ahí parece vivir alguien”.

    Esos pequeños cameos de personajes situados en los suburbios de la Tierra fueron escritos desde la conciencia de no narrar solamente historias del centro del mundo. “A veces leo que se habla de Kentukis como una novela global, y yo no creo que sea tan global, en el sentido de que hay medio mundo que no entra en estas historias, salvo por unas pocas excepciones. Para empezar, para comprar un kentuki tenés que tener algo de dinero y conexión a internet, lo que seguramente ya deja afuera a gran parte de la humanidad”, reflexiona.

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    Cuando tomaron la decisión de quedarse a vivir en la capital alemana, Samanta y Maximiliano tuvieron que dejar la casa del barrio de Halensee que les había provisto el DAAD y buscar su propio departamento, un trámite que de un tiempo a esta parte se volvió pesadillesco para todo aspirante a residente en Berlín: hace una década, los inversores extranjeros vieron el negocio y adquirieron miles de propiedades a la espera de que su valor aumente exponencialmente en los próximos años, en concordancia con otros cambios que se suceden rápidamente en la ciudad, que de aquella fase libertaria y okupa de los noventa conserva cada vez menos. Y mientras los precios suben solos, por pura inercia capitalista, los departamentos quedan ociosos, a la espera de los afortunados compradores. Conforme la ciudad deja de ser un paraíso para artistas, estudiantes y bohemios y se convierte en la capital de un país líder que estaba destinada a ser, los lugares para alquilar escasean. Buscar casa asusta. Pero a Samanta, una vez más, la salvó la literatura.

    «Buscar departamento acá es un poco como postular a un trabajo. Tenés que llevar tu currículum, ir a ver la casa con otras veinte parejas más que también están interesadas, esperar a que te digan si sos la elegida. Y para colmo, yo sentía que cargaba con un montón de desventajas: tenía perro, era extranjera, no había tenido ningún alquiler previo acá. Era todo muy complicado», recuerda.

    Durante meses, Samanta se levantó muy temprano todos los días. El ritual era el siguiente: desayunar, leer el diario, elegir las casas, salir con cierto entusiasmo a mirar os departamentos -siempre rodeada de otros tantos candidatos, porque las Wohnungbesichtigungen (citas para visitar una propiedad) casi nunca suceden de forma privada-, desentusiasmarse porque algo no le gustaba o una voz interna le decía «no nos va a elegir». 

    Ya casi entrando al segundo mes de búsqueda llegó a este departamento en el que hoy charlamos. La atendió una mujer.

    -Soy Ingeborg-, se presentó.

    -Como Ingeborg Bachmann, ¡me encantan sus cuentos!- le contestó Samanta.

    La mujer sonrió, muy orgullosa por la comparación con esta autora austríaca que ella también admiraba. Y al ratito, en tono cómplice y disimulando entre el resto de los aspirantes, le dijo: «El departamento es para vos”.

    A unos metros de la biblioteca, en el mismo living en el que estamos por terminar nuestro té, está la mesa que reunía a todos los alumnos de los talleres literarios en español que Samanta daba hasta que, hace unos meses, decidió suspender por un tiempo. “Empecé a viajar demasiado y me di cuenta de que no les hacía bien a mis alumnos tanta interrupción.” Fue una decisión tomada a conciencia, pero igual lo extraña: juntarse semanalmente en su casa con su grupo de escritores y aspirantes a escritores iberoamericanos no solo se había convertido en un ritual que se parecía un poco a verse periódicamente con la familia, sino que la ayudó a reflexionar mucho sobre la lengua castellana y sobre su propio trabajo.

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    “Hay algo muy interesante que sucede en estos talleres donde somos todos extranjeros, donde aparecen voces porteñas, chilangas, guatemaltecas, españolas, mendocinas: escuchar tantos castellanos hace que desnaturalices y vuelvas a pensar tu voz, tus propias palabras”, reflexiona. “A veces alguien leía un texto y lo primero que había que hacer, mucho antes que cualquier apreciación o sugerencia, era preguntarle por las palabras que no entendíamos”, se ríe. “Pero ese desconcierto inicial, ese español que es el tuyo pero en palabras de otro te suena desconocido, servía también para pensar la propia escritura, para repensar alrededor del ritmo y la música de un texto, y hasta qué punto tu español también configura tu voz y tu estilo. También era una buena excusa para comparar constantemente las tradiciones de las que cada uno venía, e incluso cómo, en cada país, la idea de cómo debe o no formarse un autor –si es que esto fuera posible-, cambia radicalmente, y lo que en ciertos ámbitos pareciera ser muy natural, sería, por supuesto, inaceptable en otros.

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    Si el segundo jueves del mes la encuentra en Berlín, Samanta tiene una cita casi obligada: la noche de tangos en Gloria, el restaurant de comida argentina que en 2013 abrió junto a un socio jujeño y que se volvió un punto obligado para argentinos con nostalgia de empanadas y malbec, y por supuesto también para europeos ávidos de conocer la cocina de América del Sur. Ubicado a unos metros del Görlitzer Park, Gloria organiza este evento especial una vez por mes en el que al menú de siempre se le suma la música en vivo, casi siempre a cargo de un guitarrista (Gabriel Battaglia) y dos cantantes (Elisa Martel y Duna Rolando), a veces acompañados por invitados especiales.

    Desde la barra, con una copa de vino mendocino recién servida en mano, Samanta saluda de lejos a unos cuantos conocidos y amigos. Regala una sonrisa a la mesa de allá al fondo sin moverse de su rincón y después vuelve a nuestra charla, con la voz dulce y el tono apaciguado que la caracterizan. Incluso cuando juega de local, Samanta se mueve sigilosa, en calma, y evita las estridencias. “Me encanta este día porque es un poco como darse una vueltita por Buenos Aires. Se llena de argentinos, se habla solo en español, se cantan tangos, a veces hasta se baila, y siempre me encuentro con algún amigo que anda por ahí. A veces pienso que reemplaza un poco lo que para mí eran los domingos en familia, que siempre hacía en Buenos Aires: pasta, carne, vinito, panza llena, un dato de clasificados que después te soluciona la semana, una discusión política que te la amarga y mucho cariño y sensación de pertenencia”, explica. Detrás nuestro, de manos de un mozo porteño, una mesa de otros cinco porteños recibe su comida (pastel de papas o “Auflauf argentinischer Art”, cazuela patagónica o “Eintopf mit Lammfleischwürfeln” y empanadas, la especialidad de la casa) y por momentos es difícil recordar que habría que atravesar el segundo océano más extenso de la Tierra para llegar al lugar del que provienen estos sonidos, los sabores, los aromas, esta energía que se respira.

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    “Sí, claro que me sigo considerando absolutamente extranjera en Berlín”, dice Samanta. “Y creo que en veinte años voy a seguir sintiendo esto mismo. Tengo varios amigos que llevan viviendo décadas acá, lejos de sus ciudades natales, y que siguen pensándose como extranjeros. Pero es una extranjería cómoda, en un lugar que está lleno de gente de muchos lugares del mundo y en el que la gran mayoría de las personas elige estar. Y además, creo que siempre fui un poco extranjera, en todos los lugares en los que viví. Cuando era chiquita y vivía en Hurlingham me llevaban a un colegio de El Palomar, a una estación de tren de mi barrio. Yo era “la chica de Hurlingham”, y siempre me sentía fuera de lugar. Cuando terminé el secundario e hice la carrera de Imagen y Sonido en la UBA, me acuerdo que más de una vez me dijeron ‘vos hablás raro’, y entendí que lo decían porque yo era de provincia. Yo pensaba: ¿qué es lo que hago tan distinto? Después me mudé a Capital, y siempre seguí sintiendome un poco de afuera. Y ahora, cuando vuelvo a Buenos Aires desde Berlín, empapada de tantos tipos de españoles, todavía me dicen ‘hablás raro’, pero entonces yo pienso, ‘listo, estoy en casa’.”

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  • Con apoyo de los gobernadores de provincias mineras, el gobierno aprobó la reforma de la ley de Glaciares

     

    El Congreso sancionó en la madrugada de este jueves la modificación a la ley de Glaciares que regía desde 2010 con una mayoría cómoda de 137 votos contra 111 de la oposición y las abstenciones de la neuquina Karina Maureira, Oscar Zago y Eduardo Falcone.

    A las 2:30, Martín Menem sometió a votación el proyecto que había sido aprobado por el Senado en sesiones extraordinarias y abrochó una jornada tamizada más por los discursos contra Manuel Adorni y la postura de Javier Milei en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán que por la norma en debate.

    Para la votación, el gobierno contó con el respaldo de las bancadas del PRO, la UCR, los salteños y los misioneros de Innovación Federal, los catamarqueños de Raúl Jalil, los tucumanos de Osvaldo Jaldo y los sanjuaninos de Marcelo Orrego. También se sumaron al lote de los 94 diputados libertarios, que no sintieron la ausencia con certificado médico de Rocío Bonacci por su avanzado embarazo, legisladores de Provincias Unidas en representación de Chubut, Río Negro y Córdoba como Jorge «Loma» Ávila, Sergio Capozzi y Alejandra Torres.

    Desde temprano, el oficialismo se sentía holgado para la sanción y, pese a la moderada crispación opositora por los casos de corrupción que rodean a Adorni, la foto de la forma en que consiguió el quórum funcionó como proyección para el saldo de la votación.

    El PRO salvó a Adorni de la interpelación, pero el peronismo busca votos para destituirlo

    En efecto, el desembarco de la bancada de Gabriel Bornoroni en el recinto estuvo acompañado por 16 integrantes del interbloque del PRO y la UCR, denominado Fuerza del Cambio. Pasadas las 15, se sentaron a sus bancas Daiana Fernández Molero, Florencia de Sensi, Antonela Giamperi, Fernando de Andreis, Javier Sánchez Wrba, Martín Yeza, Alicia Fregonese y Martín Ardohain por el macrismo, Pamela Verasay, Lisandro Nieri, Gerardo Cipolini, Darío Schneider, Diógenes González y Guillermo Agüero por los radicales y los monobloquistas José Luis Garrido y Karina Banfi.

    Además, dieron quórum la ex vicegobernadora santafecina Gisela Scaglia, quien lidera Provincias Unidas en la Cámara Baja, el rionegrino Capozzi, el jujeño Jorge Rizzotti, el santafecino José Núñez y los cordobeses Alejandra Torres e Ignacio García Aresca, quien se ausentaría al momento de la votación.

    Sergio Capozzi, Gisela Scaglia e Ignacio García Aresca.

    Los sanjuaninos Nancy Picón Martínez y Carlos Jaime Quiroga, los catamarqueños Sebastián Nóblega, Fernanda Ávila y Fernando Monguillot y los tucumanos de Independencia, Gladys Medina, Elia Fernández y Javier Noguera fueron puntuales para abrir la sesión. En representación de Gustavo Sáenz y Carlos Rovira solo bajaron de sus despachos tres de los nueve que les responden: Pablo Outes, Yolanda Vega y Daniel Vancsik.

    La presencia más llamativa fue la del puntano Jorge «Gato» Fernández, que funciona como satélite de UP por su filiación peronista pero este jueves se sumó al lote de 129 para que inicie la sesión. «Revoleando ATN y todo al gobierno le costó llegar al quórum», dijo un diputado radical a LPO.

    La presencia más llamativa fue la del puntano Jorge ‘Gato’ Fernández, que funciona como satélite de UP por su filiación peronista pero este jueves se sumó al lote de 129 para que inicie la sesión.

    Como sea, la norma aprobada trastoca los controles que establecía la ley sancionada en 2010, tras un intenso debate que incluso partió al bloque del por entonces Frente Para la Victoria. La discusión traía cola porque dos años antes la propia Cristina Kirchner vetó la primera versión de la ley de Glaciares, mucho más restrictiva para la explotación minera que la que rigió hasta ahora y que se logró con amplio consenso de organizaciones ambientalistas y legisladores que defendían el derecho de las provincias a definir el uso de los recursos de su suelo, tal como establece la Constitución de 1994.

    Ese tópico sobrevoló las discusiones de los últimos días, pero bajo las denuncias de la oposición por el lobby minero y las brumosas estimaciones del oficialismo sobre futuras inversiones por alrededor de U$S 20 mil millones.

    A partir de ahora, los gobernadores podrán encargar sus propios estudios de impacto ambiental para determinar el grado de importancia de las zonas glaciares y periglaciares como reservas hídricas. Esa tarea recaía hasta el momento en el Instituto Argentino de Nivología y Glaciología (IANIGLA), con asiento en la Patagonia y un inventario de 17 mil glaciares desde Jujuy hasta Tierra del Fuego.

    Nicolás Mayoraz.

     

  • Larroque sorprendió y salió a apoyar a Ferraresi para gobernador

     

    Andrés Larroque salió a postular para la Gobernación bonaerense a Jorge Ferraresi, sumándolo así a la creciente lista de posibles competidores del peronismo para la sucesión de Axel Kicillof en la provincia.

    «Para continuar esta enorme gestión en la Provincia de Buenos Aires seguro hay muchos compañeros y compañeras, pero si hay uno que lo merece, es Jorge Ferraresi», dijo el ministro de Desarrollo bonaerense en declaraciones que hicieron ruido en la interna del peronismo.

    Fue durante un acto en Avellaneda, donde Larroque inauguró dos sedes del Programa Envión junto al propio Ferraresi, que viene desde 2024 profundizando un armado de escala provincial en franca oposición interna a La Cámpora.

    «Lo que hicieron Axel y Jorge es más que épico, es milagroso. Tenemos que poner en la Rosada a un hombre que tenga la sensibilidad necesaria para devolverle la alegría al pueblo. Para nosotros ese hombre es Axel», dijo Larroque, para luego proponer a Ferraresi.

    Se trata de una postura de fuerte impacto interno considerando que, desde su ruptura con Máximo Kirchner, el Cuervo es una pieza clave en el armado político del gobernador toda vez que cuenta con el know how sobre la estructura de La Cámpora.

    Interna en el gabinete de Kicillof: Bianco se peleó con Larroque y con el ala técnica del gobierno

    Previo a este posicionamiento, había quienes en la interna del peronismo no descartaban a Larroque para la competencia por la sucesión de Kicillof.

    Como contó LPO, en los últimos tiempos Larroque profundizó su choque con Carlos Bianco, uno de los ministros más cercanos al gobernador que también enfrenta tensiones con intendentes del propio axelismo.

     Para continuar esta enorme gestión en la Provincia de Buenos Aires seguro hay muchos compañeros y compañeras, pero si hay uno que lo merece, es Jorge Ferraresi 

    En el peronismo ya hay intendentes que empezaron a levantar un perfil bonaerense de cara a 2027. Entre los que muestran recorridas y construcción provincia, aparecen Julio Alak, Federico Oterín y Mariel Fernández.

    En el propio gabinete de Kicillof, Gabriel Katopodis muestra proyección y un grupo de intendentes que lo apoya.

    En cuanto a Ferraresi, más allá de la construcción provincial, el intendente de Avellaneda viene planteando la necesidad de dar prioridad a una estrategia que priorice en el 2027 conservar los municipios. 

     

  • La pobreza podría ser 10 puntos más de lo que anunció el gobierno

     

    La medición de pobreza que festejó el gobierno recibe cada vez mayores cuestionamientos. Agustín Salvia, titular del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, considero que hay «cierta ficción» en las cifras del Indec y que el número de pobres podría ser hasta 10 puntos mayor de lo anunciado por el gobierno.

    Luis Caputo, Sandra Pettovello, Patricia Bullrich, Federico Sturzenegger y hasta Manuel Adorni festejaron la caída de la pobreza, que pasó del 52,9% en el primer semestre de 2024 a 28,2% en el segundo semestre de 2025. Sin embargo, las cifras abren una controversia.

    Hay dos cuestiones que ayudan a mejorar los índices que destacan los libertarios: una es la mejor captación del ingreso de hogares. El aumento de la captación de los ingresos en los hogares explica cerca de cinco puntos de caída en la tasa de pobreza y también vuelve inútil la comparación con años anteriores que tenían una peor captación del ingreso.

    El segundo problema es la falta de actualización de la estructura de los gastos de los hogares, donde desde 2024 la mayor parte del ingreso se destina al pago de servicios y cae lo destinado al consumo. Se calcula que entre esas dos cuestiones el índice bajó 10 puntos.

    Los alquileres subieron más del doble que la inflación desde diciembre de 2023

    Si se toma como ejemplo el segundo semestre de 2025, la pobreza no sería de 28,2% como midió el Indec sino de 32% con el mismo sistema de medición de 2023 y de 39-40% con una estructura de gastos actualizada.

    Para determinar si una familia vive bajo la línea de pobreza se comparan los ingresos del grupo con la canasta básica para la línea de pobreza y la canasta básica de indigencia.

    La liberación de los precios de servicios públicos y del precio del transporte desde la asunción de Milei provocó que la mayor parte del presupuesto familiar se destinara a servicios y no al consumo. Por otro lado, el Indec mejoró el sistema de captación de ingresos en los hogares y por eso mide un mayor ingreso por hogar.

    «Estás considerando un valor de canasta básica total con parámetros y estructuras de 2004-2005. Para un hogar de clase media los servicios no alimentarios representan el 60% de sus ingresos y los alimentos el 40%. Hace 20 años la proporción era distinta, 60% de alimentos y 40% de otros bienes y servicios. La estructura de consumo es totalmente irreal», explicó Salvia en Radio Splendid.

    «A partir de los cambios que produjeron la liberación de las tarifas y los ajustes más recientes, el índice de pobreza no es realista y pierde fidelidad la comparación hacia atrás», dijo el sociólogo e investigador del Conicet.