Sociedad

  • Con el Indio se murió mi juventud

     

    Año 1988. Un novio de mi hermana le presta el casete de una banda que se llama Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Gulp. Lo escucho y quedo encantada. El novio me cae bien, vive en Aldo Bonzi y tiene pinta de rockero. Yo estoy en sexto grado. Es la antesala de la hiperinflación. En casa no sobra un peso. Así que “La bestia pop” y “Unos pocos peligros sensatos” acompañan nuestros días. Recuerdo el casete blanco, los nombres de los temas amontonados en letras chiquitas, lado A y lado B. Sonidos eclécticos. Una música que te permite viajar y olvidar, por un rato, los monoblocks y sus varias miserias. 

    Año 1993. El tiempo pasa y la música del Indio se disemina como un virus que nos toca y nos convierte en otra cosa. Mis compañeros de la secundaria lo escuchan y todas y todos nos hacemos fans. Imposible resistirse. Adri, una amiga que tiene apenas cuatro años más que yo, ya los fue a ver a algunos de los conciertos más chicos. Y se viene el primer Huracán y estamos que explotamos de emoción. Con astucia, Adri, la mayor, Ana, mi mejor amiga desde primer grado y yo, convencemos a mi vieja, la más dura, de ir al evento en Huracán. Lo logramos. Es mi primer recital y la presentación del disco doble de la banda, Lobo Suelto, Cordero Atado. Nos preparamos desde semanas antes. El nerviosismo es total. Llega el día y estamos exultantes. Nos recuerdo a las tres atravesando la ciudad desde La Matanza para llegar a La Quema. Las luces del estadio encendidas, la policía afuera y los de seguridad adentro. Todo era tensión, ansiedad, alegría, desborde. Pasamos los controles con un nudo en la garganta. Entramos y el campo es un mundo de gente feliz y expectante. El recital es perfecto. Cantan todas las canciones que queremos escuchar. Cuando llega “Ji Ji Ji” parece que el mundo se viene abajo. Bailamos, saltamos, empujamos y gozamos en medio de la masa ricotera sin miedo ni pruritos. Somos tres minas que poguean de igual a igual con la gran cantidad de varones que forman lo que, todavía no sabemos, se irá convirtiendo en el mítico pogo más grande del mundo. Nos miramos reír, sudar, apartarnos y volver al ruedo. La experiencia es inmensa, conmovedora y desbordante. Escucharlos en vivo es soñar despierta. Estoy en 4to año y el menemismo ya está haciendo de las suyas. Afuera del estadio, la Federal nos espera con caras de pocos amigos. Pero logramos salir más o menos indemnes de los bordes del Ducó y nos volvemos a casa con la felicidad dibujada en la cara y pegada en el cuerpo por la transpiración de miles de almas con las que gozamos a la par. 

    Año 1996. Nos vamos a ver la presentación de Luz Belito a Mar del Plata en tren. Tuvimos que juntar peso por peso para la entrada y el viaje, porque la cosa está cada vez peor. Tenemos una caja con pizzetas que nos hizo mi vieja y que será todo nuestro sostén alimenticio por dos días. Nos cagamos de frío desde que llegamos hasta que nos vamos. Salimos el 8 de junio a la mañana desde Constitución. El viaje en tren es pura algarabía. Somos varias y varios en el grupo, amigos a quien nos une el amor y la música en partes iguales. Cuando llegamos a las inmediaciones del estadio, ya sin pizzetas y abrigados hasta las tetas, la policía nos corre por Av. Constitución, en las afueras de Go! Disco. Logramos entrar después de que nos revisan cuerpo y mochilas como si todo fuera una misma cosa. Junto con el cacheo nos dan una hoja de cartón negro que aún conservo y que tiene todas las letras de Luz Belito en un diseño sencillo y hermoso. El lugar no es grande, el escenario está ahí nomás. Nos paramos en las gradas de la izquierda y empezamos a cantar. A hacer comunión con el público que cada vez llena más los rincones del lugar. Cuando salen a escena Go! explota. Las luces, las banderas, los bailes del Indio, la guitarra de Skay. Todo es nuevamente perfecto. Los vemos de cerca, escuchamos sus canciones como nunca antes. Bajamos al piso y queremos estar más cerca del escenario pero el forcejeo es mucho y pierdo la batalla. Termino en medio de un tironeo que me va a dejar un moretón de dimensiones considerables en la pierna. Pero estoy al costado del escenario, viendo al Indio por el agujero de una de las maderas que sostiene la estructura. Nunca volveré a tenerlo tan cerca. Tiene una presencia que me cautiva, su cuerpo parece moverse entre algodones eléctricos. Sus zapatos son únicos, me llaman la atención. ¿Cómo puede un rockero ser tan elegante? Quedo embelesada. A la salida otra vez la Bonerense. Dormimos en la playa acompañados por petacas de licor que nos regalan el calor tan necesario. En la estación de tren la policía bardea a un amigo que duerme en un asiento de madera y hay que salir a defenderlo. Volvemos sin pizzetas y sin plata. Tenemos hambre, frío, miedo. Pero vimos a Los Redondos tan de cerca que todavía nos cuesta creerlo. No sé si lo sabemos, pero somos felices. Estoy en el CBC y trabajo en negro en una fotocopiadora dentro del Aeropuerto de Ezeiza. Dicen que la empresa dueña de todo eso pertenece a Yabrán. El menemismo nos duele en los huesos porque la desocupación, el hambre y la corrupción están haciendo estragos. Pero el tipo va por el segundo mandato, así que nos toca cerrar el orto y refugiarnos en el rock. 

    Año 1998. Recital en Racing. Inicio de la gira para presentar Último bondi a Finisterre. Van a tocar 18 y 19 de diciembre. Nadie imagina el peso que esas fechas tendrán tres años después, aunque el clima social es insoportable y es de esperar que todo esté camino a estallar. Los alrededores del estadio se sienten densos, hostiles. Hay oscuridad en las calles de Avellaneda que rodean al Estadio Presidente Perón. Otra vez nos espera la Bonaerense, ordenando e intimidando por partes iguales. Entramos al estadio en medio de un kilombo entre el público con y sin entrada y el personal de seguridad, que desborda mala leche hacia los jóvenes a quienes, se supone, debería cuidar. Hay gente afanando a cuatro manos y a nadie parece importarle. Desde el campo vemos a un flaco en la tribuna con dos pares de zapatillas bajo el brazo. A Diego, un amigo, lo quieren bolsillear unos pungas apenas pasamos la entrada y casi se van a las manos. Cuando se apagan las luces entramos en el ritual de la misa ricotera y nada más importa. Pasados los primeros temas, estoy subida en los hombros del Zurdo, un amigo fortachón que me hace la segunda. Canto ensimismada “Esa estrella era mi lujo…” y todavía no sé que será la canción con la que homenajearé a mi vieja una vez que se vaya, 10 años después. Alguien tiene la feliz idea de tirarle una bengala al Indio y todo se detiene. El recital, el tiempo, la alegría. Todo queda suspendido. Y el público responde enardecido, como siempre. Salimos con una enorme desazón, queríamos un recital completo. Que transpire rock y no pudo ser. Afuera del Cilindro otra vez la cana. Terminamos en un boliche de Flores tomando birra y cantando los temas que quedaron pendientes. Estoy en 2do año de la carrera de Sociología y trabajo de secretaria en una clínica de traumatología; en negro, claro.

    Año 2000. Recital en River. Saco entrada para los dos días, 15 y 16 de abril. Son mi auto regalo de cumpleaños. La Rock & Pop se hace cargo de la organización y difusión de los recitales. Dicen al aire que nadie que no tenga entradas puede acercarse a menos de cinco cuadras a la redonda. Llegamos al estadio con ansiedad y nerviosismo, como siempre. Pasamos los primeros vallados sin que nadie nos pida nada. Es el estadio más grande en el que tocaron. La Policía Federal está afuera esperando a los fanáticos. Nos obligan con cachiporras y caballos a ordenar la fila contra la pared. Mis amigos ponen el cuerpo para que no me peguen, ventajas de ser minita. En la vereda de enfrente varios pibes arrojan baldosas que fueron rompiendo sin prolijidad. Los destinatarios son los policías, obviamente. Un pibe logra robarse un caballo y lo monta con orgullo al galope. El público aplaude, altivo por la hazaña de uno de los nuestros. Después de horas de cachiporrazos, piedras y caballos, logramos entrar al estadio. Nadie nos pide las entradas ni nos cachea. Nos da bronca. ¿Para qué pagamos? Adentro es una fiesta. Somos miles cantando, coreando, esperando a la banda. Hasta que de golpe se empieza a sentir un murmullo denso, oscuro. Y una multitud nos cae encima. Siento pánico. Por suerte estoy sin lentes, pienso. La multitud se corre a un costado pero vuelve a arremeter. No entendemos qué carajos pasa. El miedo nos corre por la espalda como una amenaza fría. Después sabremos que hay un pibe con una navaja robando y sembrando miedo, y que en la devolución de favores el pibe terminará hospitalizado por heridas cortantes que lo llevarán a la muerte. El clima social, adentro y afuera, está cada vez peor. Todo es desconcierto hasta que arranca el recital. Apostamos a ver con cuál canción empiezan. Digo «Tarea fina». Diego me dice «minita». Fue “Un ángel para tu soledad”. El recital es una fiesta a puro desborde. Risas, cantitos, intensidad. El pogo más grande del mundo es inmenso, puro goce. Bailo y me empujo nuevamente con flacos y minas que atraviesan la misma fiesta lisérgica que yo, sostenida a birra y alegría autoinflingida. Somos felices y esta vez sí lo sabemos. Al otro día volvemos y ya no hay navajas pero la Federal continúa disciplinando cuerpos jóvenes en los alrededores del estadio. No sabemos que es la última misa ricotera en el Gran Buenos Aires. Nos vamos con el alma rebosante de rock. Estoy en 4to año de la carrera, aunque me falta bastante para recibirme. Y preparándome para irme a vivir sola y dejar de viajar cinco horas por día en bondi, haciendo el trayecto Ciudad Evita-laburo-facultad y viceversa. Me pusieron en blanco, pero como cobro sueldo fijo y no por horas, gano un poco menos de guita. 

    Año 2005. Voy al Estadio Único de La Plata con amigos a ver por primera vez a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Afuera el clima es más tranquilo, aunque siempre surge algún pequeño bardo, para no perder la costumbre. Extraño la mística ricotera y el sonido redondo. No me gustan los temas nuevos. Me la paso cantando «Solo les pido que se vuelvan a juntar». Hago el último pogo con el Indio en el escenario y siento que ya nada es lo mismo. Vivo sola en mi segundo departamento y soy becaria de la UBA. No tiro manteca al techo pero estoy un poco más acomodada.

    Escribo y entiendo hasta qué punto Los Redondos y El Indio son la historia de mi vida. En estos días estoy de duelo, como miles y miles a lo largo del país. Con El Indio se murió mi juventud y necesito volver a escribirlo para convencerme de que todo es verdad. Vi el velorio por la tele. La peregrinación incansable a la que no le puse el cuerpo. Porque todo mi espíritu ricotero quedó en River, aquellos 15 y 16 de abril del 2000, cuando la banda sonora de mi vida tocó por última vez el más bello y certero rock and roll del país.

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    Prostitución Judicial: el juez de la causa Adorni viajará con el ministro de Justicia a París

     

    Mientras crecen las preguntas sobre la declaración jurada de Manuel Adorni y avanzan expedientes sensibles para el oficialismo, el juez Ariel Lijo compartirá una misión oficial con el ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques. Ambos integrarán la delegación argentina que defenderá ante el GAFI las políticas contra el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo. La coincidencia genera ruido político y vuelve a poner bajo la lupa la relación entre el poder político y los tribunales federales.

    Por Roque Pérez para NLI

    La política argentina suele regalar imágenes difíciles de explicar. Y una de ellas comenzará a tomar forma la próxima semana, cuando el ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, y el juez federal Ariel Lijo compartan una misión oficial en París para exponer ante el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) los avances de la Argentina en materia de prevención del lavado de dinero.

    En términos formales, se trata de una actividad institucional vinculada a una política de Estado. Sin embargo, la presencia de Lijo en la misma comitiva que el principal funcionario judicial del Gobierno adquiere otra dimensión política porque el magistrado tiene bajo su órbita algunas de las investigaciones más sensibles para la administración de Milei, entre ellas el expediente vinculado a la situación patrimonial de Manuel Adorni.

    La delegación viajará entre el 15 y el 19 de junio y también estará integrada por el juez Sebastián Casanello, autoridades de la Unidad de Información Financiera (UIF), funcionarios del Banco Central, ARCA y especialistas en materia antilavado. El objetivo será presentar ante el organismo internacional los avances realizados por la Argentina dentro del régimen de seguimiento intensificado que enfrenta desde la evaluación de 2024.

    Un viaje técnico en medio de una tormenta política

    El problema para el Gobierno no es el viaje en sí, sino el contexto. La noticia se conoce en momentos en que la administración libertaria atraviesa semanas incómodas por los cuestionamientos sobre las declaraciones juradas de funcionarios, las investigaciones judiciales abiertas y las disputas internas entre distintos sectores de poder que orbitan alrededor de la Casa Rosada.

    Según trascendió, dentro del propio universo político y judicial la coincidencia despertó suspicacias. No sólo porque Lijo conserva una enorme influencia dentro de Comodoro Py, sino porque el magistrado quedó asociado en los últimos años a distintos sectores de poder que mantienen tensiones con figuras centrales del oficialismo.

    Desde el entorno de la misión oficial rechazaron cualquier lectura política y sostuvieron que se trata de una actividad habitual en la que jueces y funcionarios presentan información técnica sobre investigaciones vinculadas al lavado de activos. También remarcaron que este tipo de exposiciones ya se realizaron en años anteriores con otros magistrados y fiscales.

    El GAFI, las inversiones y la necesidad de mostrar resultados

    Más allá de las controversias locales, el viaje tiene importancia estratégica para el Gobierno. El GAFI es el organismo internacional encargado de evaluar las políticas de prevención del lavado de dinero y financiamiento del terrorismo. La posición de la Argentina dentro de ese sistema influye directamente en su reputación financiera internacional y en la capacidad para atraer inversiones.

    La administración de Milei necesita exhibir avances concretos luego de que el país quedara sometido a un esquema de seguimiento reforzado. Durante los próximos años deberá demostrar mejoras sustanciales en los mecanismos de control, investigación y sanción de delitos económicos complejos.

    Por esa razón, el Gobierno busca presentar una imagen de coordinación entre organismos judiciales, financieros y administrativos. El problema es que la foto que pretende transmitir fortaleza institucional puede terminar generando exactamente el efecto contrario cuando uno de los protagonistas del viaje es el juez que investiga asuntos delicados para el propio oficialismo.

    La escena resume una de las contradicciones más persistentes de la política argentina: mientras el discurso oficial reivindica la independencia de los poderes del Estado, las coincidencias entre funcionarios y magistrados siguen alimentando sospechas. Y cuando esas coincidencias involucran a un juez que tiene expedientes sensibles sobre la mesa, la discusión deja de ser únicamente técnica para convertirse inevitablemente en un problema político.

     

  • El Indio nos dio un código

     

    1.

    “Hoy se murió mi juventud” leí en estos días de duelo, inmenso duelo colectivo por el Indio Solari. No sé si a mí se me murió ahora la juventud, pero sí que apareció convertida en una montaña de sensaciones intensas en el cuerpo, una avalancha de extrañores y recuerdos precisos de alegrías extremas y también penas gigantes, acompañados siempre o mejor desatados por su música. Esas canciones retumbando en loop en mi cabeza, en mi garganta, en mi cuerpo y condenándome al insomnio, a llorar mientras bailo sola o con otrxs.

    2.

    La presentación de Gulp, en Cemento, el primer recital al que fui en mi vida. Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, un nombre larguísimo e insólito que nunca había escuchado. Creo que fue allí mismo que me compré -ya devenida en instantánea fanática- el cassette en la puerta, toda una inversión para una piba de 18 que vivía sola y trabajaba-estudiaba-y-militaba. Pero donde más cerca estuve de rozarlos fue en el Parakultural, creo que en 1986, en una de esas noches alucinantes en el sótano húmedo de charcos y cables sueltos en las que podías toparte con las Gambas al Ajillo, los títeres de Ubú Rey, delirar con los poemas de Alfonsina declamados por el delirante trío de Urdapilleta, Tortonese y Batato Barea. ¡Batato! Verlo caminar despampanante y tan bello hacia acá, y sentir por un instante fugaz que me estaba mirando, sí, a mí, la más tímida del mundo. Temblar empequeñeciendo y sentir su piel acariciando la mía mientras seguía camino a los fondos-camerinos. Y allí en esa penumbra refulgente de golpe, sin aviso, un microconcierto de los Redondos. “El infierno está encantador”. Pude ir seguido al Parakultural. Me hacía entrar gratis Giancarlo, amigo y compañero de militancia con el que compartíamos casa, una insólita buhardilla con techo de dragones dorados justo frente a la Central de Policía a la que apodamos “la boca del lobo”. Giancarlo conocía al flaco de la entrada y lograba colarnos. No hubiéramos podido pagar una entrada al tugurio. Eran micro-recitales (éramos cien, doscientos, no más) de una intensidad que luego se hizo multitud sin disolverse. Eso que cuenta el Indio de que “éramos tan pocos que el borde de los escenarios se hacía permeable y emancipaba a artistas y espectadores de sus roles acostumbrados”, eso mismo era lo que pasaba en ese caldo de cultivo delirante que eran las noches del Parakultural. Cualquiera terminaba arriba de la tarima, todos nos emborrachábamos de amor abajo. Seguí yendo al Pakacultural hasta que cerró, en medio de la desesperación hiperinflacionaria y los inicios del menemato. Creo que mi última vez fue la noche en que me dejó el Gato, el novio más lindo y drogón que tuve. Pero esa noche no tocaban los Redondos sino Palo Pandolfo con Don Cornelio y la Zona. Estaba tan triste que me fui sola antes de que terminaran de tocar, y llegué caminando y lloriqueando desde San Telmo hasta Saavedra.

    3. 

    Considerándome ricotera, me perdí la misa, la multitud, el fenómeno de masas. La última vez que los escuché en vivo fue la noche feroz en que la cana detuvo, torturó y asesinó a Walter Bulacio, un pibe del conurbano bonaerense de 17 años, en la puerta de Obras Sanitarias, después de hacer razzias en los bondis que llegaban hasta allí y llevarse muchísima gente detenida porque sí. Walter estaba como muchos otros escuchando el concierto desde afuera del estadio porque no tenía plata para pagar la entrada. La policía presionaba con sus métodos atroces para que los Redondos transaran en pagar sus servicios, y para evitar esa infame transacción, el Indio se arriesgó a revolucionarlo todo dejando de tocar en la capital del país. Desde entonces, el fenómeno ricotero que no dejó de crecer y crecer y crecer, sucedió en esos márgenes, ciudades chicas y pueblos que recibían de golpe cientos de miles de personas que peregrinaban desde todas partes del país, para estar allí presentes en la misa ricotera. Pasó de todo, incluso personas muertas en esos descomunales recitales autogestionados, pero los Redondos no cedieron a la policía. Walter Bulacio nunca más. Tampoco tranzaron con las discográficas, lo que explica que sean tan absolutamente desconocidos en el resto del mundo, aún cuando el rock argentino suele brillar bastante. Me sorprendió mucho ese absoluto desconocimiento internacional de algo que aquí -para todxs nosotrxs- es tan indiscutible, ineludible. Cada vez que en una clase o en una conferencia en otras partes de América Latina o Europa hablé de los Redonditos para dar cuenta de la escena underground argentina en tiempos de dictadura y primera posdictadura, o para presentar la “estrategia de la alegría” (Jacoby dixit) como una de las tácticas de resistencia al terror disciplinador (el Indio lo dijo entonces y nos lo sigue diciendo ahora mismo, en este nuevo tiempo fascista: “hay que cuidar el estado de ánimo”). Sobre todo hablé de él para explicar el proyecto de investigación y curaduría colectiva “Perder la forma humana”. Con mucho de incredulidad y una pizca de curiosidad algunxs estudiantes los empezaron a descubrir. Me acuerdo de una joven música mexicana que luego de escucharlos por primera vez me decía: “no suenan como nada de lo que una puede esperar”. 

    4.

    El Indio nos regaló tanto. También nos regaló el nombre. “Perder la forma humana” es la frase de Carlos Castaneda con la que el Indio remata una de sus respuestas en la preciosa entrevista que Daniela Lucena y Gisela Laboureau le hicieron en 2011 como parte del proyecto impulsado por la Red Conceptualismos del Sur y el Museo Reina Sofía:  “Existencialismo cínico, contracultura, mayo francés, beatniks, nueva izquierda, anti-psiquiatría y música de rock como hilo musical brindaron el desfile de ideas que me empujaron hacia el futuro con una alegría impúdica que aún conservo. Monologuistas contestatarios, bailarinas de strip-tease y músicos de happening-rock intentábamos carecer de identidad con la intención de vivir en revolución permanente. (…) La idea era ‘perder la forma humana en un trance que desarticule las categorías vigentes y provea emociones reveladoras’» (Perder la forma humana, Madrid, Museo Reina Sofía, 2012). Empezamos ese proyecto indagando en los nuevos modos de entrecruzamiento entre arte y política en los años ochenta latinoamericanos en 2008, una treintena de investigadores de distintos puntos de América Latina focalizándonos en reconstruir la trama de relaciones entre los recursos creativos de los movimientos de derechos humanos en Chile y Argentina, la eclosión de prácticas artísticas (sobre todo performances) asociadas a las disidencias sexuales, los espacios (sobre todo nocturnos) de sociabilidad juvenil y nacimiento de pank (escrito así con “a”) en las barriadas periféricas de ciudades como Sao Paulo, las redes de solidaridad que lograban desbordar las fronteras nacionales y llevar la denuncia de la masacre que se estaba viviendo en buena parte del continente a otras partes. Teníamos claro que el título de ese ambicioso proyecto tenía un denominador común en el cuerpo como soporte de la intervención política, como territorio de violencia y represión, y también de experimentación y libertad. Habíamos ensayado distintos títulos, “Poner el cuerpo”, “Cuerpos desobedientes”, en las instancias previas a la exposición que concretó el proyecto y la publicación que la acompañó. Hasta que apareció esa imagen luminosa que nos trajo el Indio y que habilitaba a pensar al mismo tiempo en el cuerpo como lugar de masacre, desaparición forzada, fosa común, y a la vez de fuga, metamorfosis, mutación. 

    5. 

    “¿Era todo?, pregunté. Soy una ilusa”. Alguna vez escribí solo eso en una carta que no tuvo ninguna respuesta. Otra vez, en el medio de una fiesta, alguien me deslizó al oído el mejor piropo imaginable: “sos la gran bestia pop”. El indio nos dio tanto: nos dio un código, un lenguaje poético que está allí, en las paredes, en las banderas, en las remeras, en las gargantas, las lenguas, las bocas.  Imágenes punzantes, justas, imborrables, disponibles en su magia, como invocaciones o sortilegios. Imágenes movilizantes, danzantes y festivas. El indio nos dio canciones. La banda sonora de nuestras vidas. El viernes en la Plaza de Mayo nos reunimos en multitud, una muchedumbre espontánea (que siguió el sábado en el Obelisco y el domingo en Villa Domínico, cuadras y cuadras de gente haciendo fila para despedirlo), y aquí y allá se armaban micro-recitales alrededor de una guitarra, un bombo o un reproductor musical. En torno a ese rito, cantábamos, bailábamos, nos abrazábamos, llorábamos y hacíamos pogo. Un pogo entre desconocidxs que nos cuidamos y duelamos juntxs. “Se murió mi papá”, decía un flaco llorando a la cámara. Después supe que es Gastón Fernández, militante de HIJOS y de SIMECA, el sindicato de motoqueros que fue clave en las manifestaciones del 2001. “No mi padre biológico, mi papá de la vida. El que nos sopló al oído a los pibes de la esquina y nos enseñó ‘poné tu rebeldía acá’. Yo soy militante por los Redondos, porque me hubiera muerto como el resto de mis amigos, pero estoy acá”.  “Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí / Solo seguir cantando”, se despidió el Indio en 2021. Acá estamos también, agradecidxs y sin poder parar de llorar, y prometiéndonos que por el Indio y con él vamos a seguir cantando, vamos a seguir bailando, y ojalá también atreviéndonos a inventar nuevas canciones.

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  • La economía digital ya es el tercer complejo exportador y apunta a generar USD 30.000 millones

     

    La economía argentina encontró un nuevo pozo de dólares. No sale de Vaca Muerta ni del campo. Sale de oficinas, computadoras y universidades. Mientras la industria tradicional sigue golpeada por la apertura y el mercado interno flaco, la economía del conocimiento cerró 2025 con exportaciones récord por USD 9.600 millones y ya se consolidó como el tercer complejo exportador del país. Un sector que hace veinte años era marginal hoy genera más divisas que varias cadenas fabriles históricas juntas.

    Las exportaciones de servicios basados en el conocimiento crecieron 8,1% interanual durante 2025 y ya representan el 53% de todos los servicios que Argentina vende al mundo. El dato surge del INDEC y fue celebrado tanto por el Gobierno como por las cámaras empresarias. El sector quedó detrás del complejo oleaginoso cerealero y del petroquímico.

    La cifra tiene además una carga simbólica. Durante años, Argentina discutió cómo generar dólares sin depender exclusivamente del agro o de los ciclos de precios internacionales de las commodities. La economía del conocimiento apareció como una especie de fábrica invisible: exporta software, servicios profesionales, biotecnología, inteligencia artificial, videojuegos, ingeniería y consultoría sin necesidad de barcos ni rutas colapsadas. El talento humano reemplaza al container.

    Se acelera el interés de Wall Street por las startups argentinas, que ya captaron USD 400 millones

    Según datos oficiales, el sector ya supera los 285 mil empleos formales y sumó 17 mil puestos respecto de 2023. También paga salarios por encima del promedio de la economía. Cerca del 80% de los trabajadores tiene estudios universitarios o formación técnica especializada.

    En Argencon, la entidad que nuclea a las principales empresas del sector, aseguran que el objetivo de mediano plazo es mucho más ambicioso: llevar las exportaciones hasta USD 30.000 millones anuales. En otras palabras, triplicar el volumen actual y convertir a la economía del conocimiento en uno de los grandes motores estructurales de ingreso de divisas.

    La economía del conocimiento cerró 2025 con exportaciones récord por USD 9.600 millones y ya se consolidó como el tercer complejo exportador del país. Un sector que hace veinte años era marginal hoy genera más divisas que varias cadenas fabriles históricas juntas.

    El fenómeno ya impacta en las proyecciones macroeconómicas. La consultora ABECEB que dirige Dante Sica estimó que Argentina podría alcanzar exportaciones totales por USD 94.400 millones en 2026, con un crecimiento de 8,4% interanual y un superávit comercial cercano a USD 16.000 millones. En ese nuevo mapa exportador, los servicios basados en el conocimiento aparecen como uno de los sectores que más ganan peso relativo junto a energía y minería.

    «La economía del conocimiento se ubica entre los cinco principales complejos exportadores, con ventas externas que superan los US$ 10.000 millones anuales», destacó ABECEB en su último informe. Y agregó otro dato relevante: la actividad tiene «baja dependencia logística, alta intensidad de talento y encadenamientos transversales con el resto de la economía».

    En privado, algunos empresarios del sector reconocen que el actual esquema económico tiene una contradicción difícil de resolver. Por un lado, celebran la estabilidad macro y la desaceleración inflacionaria. Por el otro, advierten que un dólar barato erosiona márgenes en una actividad donde gran parte de los costos está nominada en pesos pero la competencia es global. «Hoy exportar talento argentino es más caro que hace dos años», resumió un ejecutivo tecnológico que participa de la mesa de Argencon.

    El Gobierno apuesta a que la economía del conocimiento funcione como una usina permanente de dólares genuinos. El problema es que ese modelo también necesita universidades fuertes, formación técnica, infraestructura científica y salarios competitivos para retener talento. Ahí aparece la tensión de fondo. La Argentina quiere vender cerebros al mundo mientras discute recortes en ciencia, investigación y educación pública.

    Lo concreto es que los dólares no bajan solamente por la Hidrovía o por los caños de Vaca Muerta. También viajan por fibra óptica. Y detrás de cada exportación hay programadores, diseñadores, ingenieros o especialistas trabajando desde Buenos Aires, Córdoba, Mendoza o Rosario para empresas del exterior. Una economía menos visible que el campo o el petróleo, pero que ya se convirtió en una de las principales columnas que sostienen el ingreso de divisas de la Argentina. 

     

  • La dicha no es una cosa alegre

     

    Una montaña de ofrendas crece bajo el féretro. Miles de camisetas de todos los clubes de fútbol. Banderas rojas, banderas negras. Remeras viejas, trapos gastados. Ramos de flores, atados de puchos por la mitad. Botellas. Bolsitas. Un médano construido por los cientos de miles que pasan por la capilla ardiente de Villa Domínico, Avellaneda, histórico polo industrial y hogar de trabajadores. Un lugar emblemático para la despedida. Y él siempre apuntó al pueblo con su antena. Lo que se ve en el montículo informe son retazos de vidas que se irán con Carlos Solari. 

    Hay cartas. Hay pañuelos de las Madres y Abuelas que dejaron los HIJOS. Y carteles. Uno dice Nadie es capaz de matarte en mi alma, evoca la canción “Pabellón Séptimo”, escrita para honrar a las víctimas de una masacre durante la dictadura en la cárcel de Devoto por el hombre que yace muerto allí. Verónica Sosa se conmueve al leer ese cartel entre el resto. Es su frase predilecta de la lírica de Indio. Su padre, Dante Sosa, fue masacrado en ese episodio, el más trágico de la historia carcelaria argentina. “Yo no era fanática suya. Y conocí el tema y me cambió todo”, dice. Su viejo era militante del ERP y fue uno de los más de 60 detenidos asesinados: “En los noventa me enteré que mi viejo no había muerto en un accidente, como mi familia me había hecho creer, sino que había sido en la cárcel; y no en un motín, sino en un crimen de lesa humanidad. Después, gracias a la abogada Claudia Cesaroni, fuimos al juicio. Y en ese período el Indio siempre nos acompañó, siempre nos mandaba mensajes. Por eso estoy acá, para darle las gracias”.

    Solari, guía hermético, autoridad moral, padre del misterio, profesor, ha muerto el viernes. Fue el sherpa de una comunidad. Mucho más que un hacedor de canciones. La noticia de su partida detuvo al país. Hubo un primer instante de silencio. Y luego el movimiento místico que supo construir activó sus resortes de duelo. Empezaron a sonar temas de Los Redondos y Los Fundamentalistas en las radios, en la tevé, su voz tomó las ciudades desde las ventanas de las casas, de los autos, en las veredas y en las pizzerías y kioscos de los barrios. La consolidación de algo que será para siempre.

    Hubo autoconvocatoria de la feligresía el viernes y también una especie de autogobierno el domingo, después de que el Gobierno nacional rechazara despedir a Indio en el Congreso porque no estaban dadas las condiciones de seguridad. Desde el Puente Pueyrredón hasta el Parque Domínico, en Avellaneda, la multitud mantuvo las cosas en orden, siempre entre la pena y la celebración de algo inexplicable. A la Policía casi no se la vio y nadie la necesitó. La gente usó un carril de avenida Mitre sin necesidad de vallas ni personal, al menos hasta los 600 metros finales los agentes custodiaban el corte de la avenida, antes del José María Gatica. 

    A la infinita lista de objetos ofrendados por los peregrinos, bajo el cajón asomaba incluso una carpa iglú enrollada en su estuche cilíndrico. Alguien seguramente clausuró así años de peregrinaciones ricoteras, de entrega total al culto, alguien dejó aquí el refugio donde soportó lluvias, viento, resacas y rocío. En Mendoza, en Tandil, en Olavarría. Habrá cerrado algún círculo para abrir otra cosa.

    Porque una nueva dimensión asoma en esta despedida ahora que Solari ya es una presencia total, parte de un misterio mayor que sobrevivirá a los tiempos. El mito crecerá. Un Gardel del nuevo siglo. Un Diego Armando Maradona de algo más que música que pocos pueden explicar. Una potencia popular como tal vez no exista en el mundo. ¿Quién puede mover multitudes así? 

    Lo sabe el treintañero que llora frente al féretro después de caminar horas. Se saca el gorro piluso ajado, se lo lleva a la cara, se aprieta contra él. Algo se rompe o nace en ese instante en el que se seca las lágrimas con el gorro, lo besa y lo lanza. Vuelan el sombrerito negro con la leyenda Patricio Rey en colorado hacia el cajón.

    También Joel Lerzundi, que llegó desde un barrio de Bernal a honrar a Solari, que lo salvó cuando en ausencia de su padre y de su madre la vida de la calle lo llevaba hacia el lado oscuro. “Me crié prácticamente así, mi viejo laburaba todo el día y mi vieja tenía problemas y el Indio me rescató apenas escuché por primera vez ‘Tarea fina’. Cuando oí eso de ‘le das la copa, al fin, al vencedor’, tenía 12 años y sentí que me hablaba”, dice. 

    Joel otorga al ídolo ese poder redentor que el arte logra si cala en un instante, como un rayo. Joel, aquí, en el velorio de Solari, empuja el carrito con su bebita de menos de un año y Martina, su pareja. Es un vencedor entre los desahuciados, entre los rotos, esos que se sintieron hablados por Solari. Antes de despedirse avisa: “Ahora soy maestro pastelero”.

    Y Diego Pignataro, de Gerli, 46 años, aterrizó anoche desde San Pablo, Brasil, donde vive hace década y media. El viernes sacó pasajes, quería estar e ir allí donde lo fueran a velar. El sábado, al llegar al aeropuerto de Guarulhos, se enteró de que sería en el Gatica, que la familia Solari, Máximo Kirchner y Axel Kicillof acordaron que se hiciera en Avellaneda (pudo ser Racing pero cancelada la chance el intendente Ferraresi finalmente propuso el Gatica). Diego volvió a Gerli y caminó la fila de ocho kilómetros desde su casa hasta el polideportivo. “No podía atravesar esta tristeza en soledad”, comentó ahí, en su lugar, con los pibes de siempre. “El Indio nos ponía la vara alta, nos elevaba esa necesidad de respetar. No lo veo como un padre, nunca lo vi así, pero sí lo veo como un profesor. En términos futboleros es como Bielsa. Cuando lo encarás, si no estás preparado, te comés un cachetazo cultural”, analiza. “El Indio nos enseñó a ir y volver de los conceptos, a usar la metáfora, el oxímoron —dice Diego—. Y eso llegó a Gerli, a mi barrio, el que se inunda, donde vivían los barras del Rojo, donde todos estábamos al borde de caer, pero esa orientación cultural de Los Redondos fue de profesor. Nos ponía a prueba, no era solamente chupar y drogarse en la esquina. Cuando nos decía ‘falopas duras en tipos blandos ahuecan corazones’, nos estaba diciendo que nos cuidemos”.

    La muerte de Solari abre un agujero negro de orfandad. Altera la dinámica elástica del tiempo. Es inevitable caer en la trampa de la nostalgia. Volver a la esquina, a los bordes de la botella mal cortada, a las mañanas tristes, a los viajes en bondi con los auriculares en Oktubre o Un baión. Tres o cuatro generaciones sienten el impacto y por eso se reúnen en Avellaneda. Para acompañarse, para estar. “Esta es la última misa”, reza Javiera Vela.

    Solari, Patria y Familia. Como Gardel, Evita, Perón, Kirchner y Maradona. Javiera llegó desde Azul, en el sur bonaerense, pero no tiene ningún interés en ver el cajón donde descansa Indio. “Quería estar acá, entre nosotros”, sintetiza bajo la pantalla que, sobre Mitre, emite imágenes de la multitud al pasar por delante del cajón. “En el 97 fui a ver a Los Redondos por primera vez y sentí una cosa distinta. Me dieron felicidad. Me dieron motivación. Me dieron una hermandad. Las letras nos pegaban. El Indio, como el Diego, como Néstor o como Cristina, me cambiaron la forma de ver la vida. Ir a verlo era estar feliz. No importa tu clase social, por eso agarré el auto y me vine, por lealtad y para que Milei sepa que somos muchos y no estamos solos, que tenga cuidado”.

    Carmela Martínez daba clases en la escuela de educación especial donde trabaja en Canelones, cerca de Montevideo, Uruguay, cuando leyó un mensaje de una amiga que le avisaba de la muerte del Indio. Apenas salió de su trabajo compró un pasaje en barco, cruzó el Río al otro día y llegó a Villa Domínico. “Allá tenía esa sensación de orfandad, no me podía quedar, tuve que venir. Se me fue el tipo que me cantaba a mí, el que al principio no entendía”, solloza.

    El ánimo de los peregrinos salta enloquecido, es inestable, va de llantos a risas, de abrazos al pogo. Cada 10 metros un parlante estalla en un himno redondo y de ricota. “Todo un palo”, “Un ángel para tu soledad”, “Toxi taxi”, “Preso en mi ciudad”. Están los que brindan y los que bailan. Avenida Mitre es una pasarela de carnaval, un cambalache, algunos improvisan un asado sobre el asfalto y otros pintan frases o rostros de Solari con tizas de colores. Los árboles tienen hombres trepados. Los puestos de colectivos también. Un flaco agita una inmensa bandera con el 10 de Maradona. Es una fiesta pagana, una celebración de la eternidad a la que entró Solari. Como la de otros dioses de la mitología argentina, su muerte tiene una luz de mentira. Algo también nace. 

    “El Indio nos explicaba el discurso” dice Nicolás Riquelme, rosarino de Central, “nos hizo pensar en el que tenés al lado, que es tu hermano, que no le tenés que pisar la cabeza, tu hermano es tu patria. El Indio es eso, y hoy el pueblo quiere llorar su patria porque el Indio le puso letra a cada lucha. Y la mecha está corta, en cualquier momento esto se prende fuego y el pueblo ricotero es un fuego, sostiene un ritual, que es el de encontrarse, como acá, esto es real, no los pajaritos libertarios”. Camina junto a su papá, Eduardo, cartero de 59 años, inoculador del virus ricotero en la sangre de su hijo. “Vi a los Redondos en los 80. A este le regalé la camiseta de Central y de los Redondos al mismo tiempo. Después creció y se me escapaba para ir a verlos, ¿qué le iba a decir?”. Ríen ambos. Riquelme padre continúa: “Es que el Indio nos dio elementos para saber oponernos al poder que nos oprime, como en ‘Nuestro amo juega al esclavo’, ‘Violencia es mentir’. Y ahora lo vivimos todos los días con esta gente y su ataque a los discapacitados, a los jubilados, a los informales. Hay que estar atento y escuchar lo que Solari tiene para decir”. Riquelme advierte así, en tiempo presente.

    Avanza la fila y alguien incita a la multitud. “Indio no se murió, que se muera el peluca, la puta madre que lo parió”: grita y todos se suman y se contagian. El canto se extiende como una sombra sobre la fila. Una médica rosarina pregunta si es cierto que Kicillof y Máximo se volvieron a hablar para organizar el velatorio. Alguien al lado afirma, dice que leyó eso. Otro se ilusiona. Medio en voz baja, comenta: “¿Será que el Indio va a terminar ordenando este quilombo?”. 

    Este texto es una coproducción entre Revista Anfibia y elDiarioAR.

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