Sociedad

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    Precariedad laboral, corrupción y mitos  

     

    Verdades y fantasías en torno al trabajo precario y la corrupción en obras públicas faraónicas que por más de un siglo atraviesan el imaginario histórico argentino.

    Por Silvina Belén para NLI ·

    Cada vez que la precarización laboral se agiganta, como ahora, asoma un viejo informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la república: el que Bialet Massé le presentó a principios del siglo pasado, en 1904, a Julio A. Roca y Joaquín V. González, presidente y ministro del interior, respectivamente, ese año.

    Del interés por el apabullante informe suele pasarse a exaltar la figura de su autor, prácticamente convertida en mito tras los sucesivos redescubrimientos del texto de la investigación que realizó con tanto celo –un disgusto para los rancios González y Roca, seguramente, que se la habían encomendado- como sacrificios para su osamenta.

    Incluso, a fines de los noventa, un historiador tan poco convencional como Javier Trímboli decidió emprender el mismo camino que casi cien años atrás había recorrido Juan Bialet Massé para realizar su trabajo. Trímboli plasmó su experiencia en el libro Mil novecientos cuatro. Por el camino de Bialet Massé (1999), que publicó Colihue en la colección “Puñaladas, ensayos de punta” que dirigía nada menos que Horacio González.

    El historiador –fallecido tempranamente en 2025- ya en ese momento finisecular olfateaba la defunción de la política que hoy, por desgracia, debemos dar por consumada. Así, en la Presentación de su libro, Javier Trímboli decía que la obra giraría en torno a esa sospecha fúnebre y al homenaje que pretendía rendirle a Bialet Massé como hombre político.

    Se refería, claro, a la faceta de político humanista que el autor del informe había mostrado a sus cincuenta y ocho años, no así a la trayectoria de empresario e inversor que este médico catalán había forjado por décadas codo a codo con la voraz élite cordobesa que reunía a personajes como Miguel Juárez Celman y Félix Funes, amigo de Bialet el primero y socio el segundo.

    Este derrotero tuvo su pico más alto en fama, controversias y mito en torno al Dique San Roque, su construcción, financiamiento, puesta en marcha e intrigas palaciegas, muchas de las que hasta hoy permanecen en una obscuridad histórica teñida de polémicas entre entusiastas y detractores de la obra que dirigió el ingeniero Carlos Cassaffousth, otra figura mitificada por los panegiristas del dique.

    El Horno “La Primera Argentina”

    Quienes hayan visitado San Roque como turistas seguramente habrán escuchado de boca de los guías diferentes versiones de la historia del viejo dique, todas con Bialet y Cassaffousth como héroes trágicos, adelantados a su época, envidiados, víctimas de la injusticia que los empobreció y llevó a prisión con la ayuda del peritaje de un “falso” ingeniero –el villano Federico Stavelius en el relato-.

    De los tres apellidos principales relacionados con la construcción, Funes, Bialet Massé y Cassaffousth –el cuarto sería Dumesnil-, el menos mentado es Funes[i], que eludió la cárcel por fueros parlamentarios. Del legendario empobrecimiento de don Juan, se sabe que duró casi nada: recompró en remate, a precio módico, sus antiguas posesiones, quizá con un “canuto” atesorado.

    El mote de “falso ingeniero” colgado como Sambenito a Stavelius, se sabe que nació del tecnicismo legal que salvó a los encarcelados y motivó la indignada renuncia del gobernador cordobés de turno: Stavelius no había revalidado su legítimo título de ingeniero obtenido en Suecia, su país de origen. No hubo, claro, ni revisión de su peritaje ni mucho menos uno nuevo…

    Se habla aún de la perfidia inglesa que, con malas artes e influencia, hizo caer en desgracia a los constructores por haber usado cales hidráulicas cordobesas y no cemento portland. Pero los préstamos para financiar el costo de la obra vinieron de las islas. Haber impuesto su portland sin necesidad de complejas venganzas, por lógica, hubiese sido muy sencillo para los ingleses.

    Una revisión asequible de la historia del dique es la de Lázaro Llorens, “Viejo Dique San Roque: el monumento a la corrupción de Roca y Juárez Celman”, artículo publicado en 2019. Por el contrario, la más amplia, mistificadora y encendida defensa de la obra y sus responsables en todos los aspectos puede leerse en el libro La historia del Dique San Roque (1985), de Luis Rodolfo Frías –disponible en PDF-, que el autor dedica “A la memoria venerable de mi abuelo materno Senador de la República Don Augusto Manuel Funes.”.

    Los muñones del dique de 1890 todavía pueden verse con aguas bajas del lago San Roque. Se dice que resistieron la dinamita. Para algunos esta imagen es símbolo de calidad indiscutible; para otros, vestigio de corrupción inocultable. A ciento cincuenta metros hay otro paredón, el del dique nuevo, de 1944, hecho a puro portland y con el embudo gigante que le valió el sobrenombre.

    Juan Bialet Massé

    Los biógrafos de Bialet Massé todavía no han logrado reconstruir totalmente su historia de vida ni aclarar cómo fueron sus últimos años en España y los primeros en Argentina, cómo a pesar de haberse cambiado el nombre para entrar al país –presumen los investigadores una interdicción política en la península- logró hacer valer su título de médico y hasta dónde llegó su responsabilidad o participación en los beneficios espurios, incluyendo negocios inmobiliarios relacionados, que los Juárez, Roca y Funes le sacaron a la construcción del dique. Misterios aún sobran.

    Volviendo al  informe, motivo principal de sus cíclicas reapariciones, también hay misterios y un halo de leyenda. El contenido, por supuesto, conserva su valor incuestionable. Sin embargo, el que González y Roca se lo hayan encomendado a un hombre de cincuenta y ocho años, avanzada edad para la época, no deja de llamar la atención. Al respecto, un lapidario crítico como Llorens reflexiona:

    Luego del culebrón del dique San Roque, el médico catalán siguió manteniendo estrechos lazos económicos con el “Zorro” Roca. Así fue que en 1904, durante su segunda presidencia, fue el mismísimo Roca quien contrató a Bialet Massé para que confeccionara su famoso informe “El Estado de las Clases Obreras en el Interior de la República Argentina”. Informe con el que el constructor del dique fallido, se compró la buena opinión a todo el progresismo local. A pesar de haber vivido siempre comiendo de la mano de la oligarquía más agria de la República Argentina.

    Tal vez Bialet Massé, previendo sospechas como esta, se apresuró a aclararles a los funcionarios que haría el informe ad honorem. Y así fue: en lo formal no hubo honorarios. Sin embargo, la suma que finalmente se le otorgó en concepto de viáticos, gastos de preparación y edición[ii] del informe fue de 25.000 pesos, una friolera para 1904, podría decirse.

    A más de un siglo y con tantos ceros quitados de por medio, solo puede hacerse una comparación apelando al respaldo oro del peso en la época. Gramo más, gramo menos, serían unos once kilos de oro aproximadamente lo que el estado invirtió en gastos para un informe al que ni quienes lo encargaron le dieron importancia ni lo hicieron valer políticamente para legislar[iii] en favor de la mejora de las condiciones de trabajo en el país.

    El esposo catalán de Zulema Laprida, hija del célebre Narciso, falleció en Buenos Aires en 1907 sin apuros económicos. Se llevó a la tumba no pocos secretos y dejó los mitos que se asocian a su apellido: el del hombre que a caballo y bajo la lluvia descubrió el milagro de las piedras calizas cordobesas, y el del mártir del progreso y defensor de la dignidad del trabajador, que le escupió las verdades del sufrimiento obrero en la cara a funcionarios venales de alto rango.

    Si valiese definir sencillamente el mito como unión de ínfima verdad y mucha fantasía, habría que considerar si Juan Bialet Massé forma parte o no de nuestra mitología histórica, de todo aquello que nos gustaría creer sin vacilaciones ni peros.


    [i] Félix Funes, concuñado de Juárez Celman y Julio A. Roca.

    [ii] Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina, Buenos Aires, Imprenta y Casa Editora de Adolfo Grau, 1904.

    [iii] “Su presentación, en 1904, no fue bien recibida y la Ley Nacional de Trabajo que originara este relevamiento, tampoco llegó a ser sancionada.”: https://proyectobialet.com/bio/.

     

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    El cazador de los arroyos: hallan en Santa Cruz un dinosaurio que obliga a reescribir parte de la historia de los raptores

     

    Un equipo de paleontólogos argentinos y japoneses descubrió en Santa Cruz una nueva especie de dinosaurio carnívoro emparentado con los velociraptores. Bautizado como Kank australis, el animal vivió hace entre 66 y 70 millones de años y presenta características que sugieren una forma de vida muy distinta a la de sus famosos parientes de las películas.

    Por Amparo Lestienne para NLI

    Durante décadas, la imagen popular de los raptores estuvo asociada a cazadores veloces, depredadores terrestres que perseguían presas en grupos y dominaban los ecosistemas del Cretácico. Sin embargo, el hallazgo realizado en la Formación Chorrillo, cerca de El Calafate, aporta una pieza inesperada al rompecabezas de la evolución de estos animales. Los investigadores identificaron una nueva especie que, aunque emparentada con los velociraptores, parece haber desarrollado hábitos muy diferentes.

    Los restos fósiles fueron recuperados en campañas realizadas entre 2018 y 2025 por especialistas del Museo Argentino de Ciencias Naturales, la Fundación Félix de Azara y científicos japoneses. El nuevo dinosaurio recibió el nombre de Kank australis. El término «Kank» significa «ñandú anciano» en lengua aonikenk o tehuelche, mientras que «australis» hace referencia a su origen patagónico.

    Un raptor diferente a todos

    A primera vista, Kank australis no era un gigante. Los especialistas estiman que medía entre dos y tres metros de longitud y pesaba alrededor de 27 kilos, es decir, tenía un tamaño comparable al de un ñandú grande. Sin embargo, su anatomía llamó inmediatamente la atención de los paleontólogos.

    A diferencia de los velociraptores clásicos, que poseían dientes afilados como cuchillas para desgarrar carne, este dinosaurio exhibía un hocico alargado y dientes cónicos de aproximadamente un centímetro de largo. Esa combinación anatómica es mucho más común en animales adaptados a capturar peces o pequeñas presas acuáticas que en grandes cazadores terrestres.

    Por eso los investigadores sostienen que probablemente frecuentaba ríos, arroyos y ambientes húmedos de la Patagonia cretácica, donde habría encontrado buena parte de su alimento. El descubrimiento abre una ventana fascinante sobre la diversidad ecológica de los raptores sudamericanos, mucho más amplia de lo que se creía hasta ahora.

    La Patagonia sigue sorprendiendo al mundo

    La provincia de Santa Cruz se ha convertido en una de las regiones más importantes del planeta para estudiar los últimos millones de años de la era de los dinosaurios. Los sedimentos de la Formación Chorrillo ya habían proporcionado numerosos fósiles, pero Kank australis aporta información especialmente valiosa porque pertenece a un grupo prácticamente desconocido en el extremo sur de la Patagonia.

    Federico Agnolín, uno de los paleontólogos que participó en el hallazgo, explicó que no existían registros previos de animales similares en Santa Cruz ni en gran parte de Chubut. En términos científicos, el descubrimiento ayuda a completar un «rompecabezas» evolutivo que tenía enormes vacíos de información.

    La importancia del hallazgo va más allá de sumar un nombre a la lista de dinosaurios argentinos. Cada nueva especie encontrada permite reconstruir con mayor precisión cómo eran los ecosistemas que existían poco antes de la gran extinción ocurrida hace 66 millones de años, cuando el impacto de un asteroide cambió para siempre la historia de la vida en la Tierra.

    Un patrimonio científico que resiste

    El descubrimiento también vuelve a poner en evidencia el enorme valor de la investigación científica argentina. La Patagonia continúa produciendo hallazgos de relevancia mundial gracias al trabajo sostenido de investigadores, museos y universidades que durante años desarrollan campañas de exploración en condiciones climáticas extremas.

    Mientras algunos imaginan a los dinosaurios como criaturas del pasado sin conexión con el presente, cada fósil recuperado aporta información sobre la evolución, los cambios climáticos y la historia biológica del planeta. Kank australis, el pequeño cazador de los arroyos patagónicos, demuestra que todavía quedan muchas páginas por escribir sobre un mundo desaparecido que sigue emergiendo desde las rocas del sur argentino.

     

  • Preparate para vivir cien años

     

    El agua

    Sé que allá abajo mis pies están tan arrugados que los surcos de piel transparente podrían despegarse. Lo sé porque lo recuerdo, no los veo. El mar aquí es verde oscuro, casi marrón. Solo la espuma forma hilos diáfanos y la luz del sol refleja millones de estrellas que el cielo azul oculta, pero yo sé que están allí arriba. Como mis pies allá abajo.

    Llevo años buscando la palabra precisa para nombrar lo que le pasa al cuerpo en el mar. La busco en todos los idiomas, porque si los esquimales tienen cien palabras para decir blanco seguro los vikingos sabrán nombrar lo que no vemos del mar. Pero no la encuentro aún. Quiero bautizar ese instante en que el agua cubre los hombros, cuando el peso desaparece, dejamos de resistir, los pies se despegan del fondo y el cuerpo empieza a moverse con una inteligencia antigua que nos fue dada. La rendición. Como si el agua disolviera una capa que no sabíamos que llevábamos.

    Mi piel debajo del mar es la misma de siempre, desde que era niña y entré por primera vez, temeraria y confiada al mismo tiempo. Piel de gallina frente al escalofrío temprano, piel surcada cuando pasa mucho tiempo, piel salada siempre. Me gusta llevar puesta esta piel. Esta piel frontera entre el agua fuera y el agua dentro. En el mar no soy aquella niña, ni esta vieja. Soy un movimiento, un disfrute, una memoria. No hay mirada ajena que mida, que calcule, que ubique. Sola la línea del horizonte que se perpetúa con esa indiferencia que tienen las cosas que existen mucho antes que nosotros y van a seguir existiendo mucho después. Una piel que morirá conmigo en un mar y un cielo que presumen eternidad.

    Iris Murdoch decía que su imaginación vivía cerca del mar y debajo del mar. No arriba. Debajo. Donde la mirada no llega. Donde la luz cambia de naturaleza y los sonidos se vuelven otro idioma y el cuerpo deja de ser un objeto para convertirse en un movimiento. Nadaba desnuda en ríos y lagunas de bosque con la alegría de quien sabe que en el agua las categorías del mundo de afuera no rigen. El mar en Murdoch es siempre el lugar donde la conciencia se expande en lugar de encogerse. Donde el yo que se preocupa por sí mismo —que se evalúa, que se compara, que lleva la cuenta— por fin se calla.

    “El tiempo, como el mar, desata todos los nudos”, escribió en The Sea, The Sea. Un día demasiado pronto dejó de recordar palabras, rostros, y hasta sus propios libros. Y entonces su marido, el escritor John Bayley, siguió llevándola al mar. Siguió convenciéndola de entrar al agua, de continuar el nado ritual que había sido tan importante para los dos. El cuerpo que ya no recordaba casi nada recordaba eso: el impulso, el peso que desaparece, el movimiento. La memoria del agua sobrevivió cuando ya casi no había otra memoria. La neurociencia llama a esto memoria procedimental —los movimientos que el cuerpo aprendió tan profundo que ni la demencia los alcanza. Para Bayley, más sencillo: iban al río porque Iris todavía sabía nadar. El agua era el único guion que su memoria no había olvidado. Porque allí no hay espejos, ni miradas que nos indiquen quiénes debemos ser.

    La edad, fuera del agua, es una performance. Somos, en gran parte, la edad que actuamos. No los días que pasaron desde que nacimos sino lo que hacemos con esos días. Cómo nos narramos. Los papeles que aceptamos. Los gestos que repetimos. Los lugares a los que dejamos de entrar y las palabras que empezamos a no decir. La escalera que dejamos de subir porque nos gana el miedo, o el pelo que nos cortamos porque dice Coco Chanel que corresponde  a nuestra edad.

    No envejecemos sólo por el paso del tiempo. Envejecemos por las frases que aceptamos, por las miradas que nos reducen, por los prejuicios que nos dictan el límite. Cuando nos convencemos de que ya no podemos manejar, dejamos de hacerlo. Cuando creemos que ya no da para bailar, no volvemos a la pista. Cuando pensamos que el deseo es cosa de jóvenes, apagamos la luz demasiado temprano. El prejuicio se convierte en mandato, y el mandato en profecía autocumplida.

    El relato del siglo veinte decía que la vida tenía tres actos. El primero era aprender. El segundo era producir. El tercero era retirarse, que es una manera elegante de decir desaparecer de a poco. A los veinte decidíamos qué íbamos a “ser” en nuestra vida. No qué íbamos a hacer, de qué íbamos a trabajar. Qué íbamos a ser, porque el trabajo nos constituyó y fue nuestra identidad. Soy periodista. Soy ingeniero. Y allí íbamos: nacer, crecer, reproducirse y morir. En el medio habitar esos años de retiro junto al abuelo, en el sofá, cuidando nietos. 

    Quienes tienen hoy entre cuarenta y cincuenta años tienen probabilidades reales de llegar a los cien. No como excepción biológica: como tendencia estadística, como lo que empieza a ser, simplemente, lo que pasa. Y el relato estalló en mil pedazos. Porque si vivimos cien años y trabajamos hasta los sesenta y cinco, hay treinta y cinco años del otro lado del guion para los que nadie escribió nada. Treinta y cinco años que el siglo veinte no contempló porque no los esperaba. La parte más larga de la vida. Y en ese territorio sin mapa la pregunta de quién somos y qué edad tenemos se vuelve urgente de una manera que no tiene precedente histórico.

    Ya no hay jóvenes y viejos en el sentido en que los entendíamos. Hay performances. Hay personas eligiendo —o siendo forzadas a aceptar— ciertos papeles en ciertos momentos de una vida que dura mucho más de lo previsto. Hay cuerpos que el agua libera y cuerpos que la mirada encadena.

    Hace ya casi cincuenta años, Ellen Langer organizó un experimento conocido como “Counterclockwise”. Llevó a un grupo de hombres mayores a una casa ambientada veinte años atrás: los muebles, la música, los diarios y hasta los programas de televisión eran los de 1959. La radio pasaba canciones de su juventud, los sillones tenían el tapizado de moda en los sesenta, los diarios hablaban de presidentes ya olvidados. En ese escenario de espejismos, los cuerpos respondieron: caminaron más erguidos, recordaron mejor, algunos hasta vieron con más claridad. En una semana habían mejorado la postura, la memoria, la coordinación, incluso parecían más jóvenes a los ojos de los demás. Cuando dejaron la casa, ya no les molestaban las escaleras y cargaron sin dificultad las mismas maletas que les habían resultado pesadas al llegar. No viajaron en el tiempo, viajaron en la idea de sí mismos.

    El guion del siglo XX

    Charly García dijo alguna vez que los Beatles inventaron la juventud. Antes de ellos, uno pasaba de niño a adulto sin escalas, sin territorio intermedio, sin música propia. De pantalón corto a la conscripción. Del patio de la escuela a la trinchera. La adolescencia —esa zona de gracia y caos que hoy nos parece tan natural como la respiración— no existía como categoría cultural antes de mediados del siglo veinte. Alguien la inventó. Le pusieron nombre, le pusieron mercado, le pusieron canciones. Y lo que se inventa puede desarmarse.

    Lo mismo ocurrió con la vejez. No siempre hubo viejos. Hubo personas que vivían muchos años, hubo sabios, ancianos, miembros del Senado o Maestros. La vejez como territorio con sus propias leyes, su propia ropa, sus lugares permitidos y prohibidos, es una invención más reciente y política de lo que pensamos.

    El modelo que heredamos —estudiar, trabajar, jubilarse— no es una ley de la naturaleza. Es una respuesta histórica a la Revolución Industrial. Las fábricas necesitaban trabajadores en cierto rango de edad. Los Estados necesitaban gestionar a quienes ya no producían. Y la medicina empezaba a extender la vida lo suficiente como para que existiera, por primera vez, una masa de personas que habían terminado de trabajar pero todavía no habían terminado de vivir. Había que hacer algo con ellas. Con el estado de bienestar posterior a las guerras, se inventó la jubilación. Se inventó el retiro. Y en el mismo gesto se inventó la idea de que a cierta edad la vida activa termina y comienza otra cosa: más quieta, más hacia adentro, más despedida que llegada.

    Durante décadas el modelo funcionó. No porque fuera justo sino porque era coherente con su tiempo: cuando la expectativa de vida rondaba los sesenta y cinco años, jubilarse a los sesenta tenía una lógica brutal pero clara. El retiro duraba poco. La vejez era una antesala, no una habitación donde vivir. 

    En los años noventa, el neoliberalismo necesitaba desmantelar los sistemas de jubilaciones y pensiones que los Estados habían construido durante décadas. Para hacerlo, primero hacía falta algo más difícil que una ley: debía convencer a las sociedades de que esos sistemas eran un problema. Una carga. Una herencia del pasado que frenaba el porvenir. Y para convencer de eso, había que construir primero una imagen del viejo como peso muerto: improductivo, resistente al cambio, costoso, anacrónico. Un lastre biológico con derechos adquiridos.

    La operación fue tan eficiente que todavía la habitamos sin advertirla. Al mismo tiempo que demonizaba la vejez, el neoliberalismo endiosó la juventud. Los yuppies. El “just do it” de Nike. La cultura de la performance individual, del cuerpo como proyecto personal, del tiempo como recurso que no se desperdicia. Los ochenta y los noventa fabricaron una estética de la juventud que era también una estética del mercado: joven era sinónimo de productivo, flexible, adaptable, rentable. Viejo era todo lo contrario. La operación estética y la operación económica eran la misma operación, y quienes la pagaron fueron los mismos de siempre.

    En Argentina, en 1994, Norma Pla salió a la calle. Tenía setenta y un años, una voz que no pedía permiso y una causa que parecía simple: los jubilados cobraban una miseria. Lo que no parecía entonces, y ahora resulta imposible no ver, es que detrás de esa miseria había una decisión. Las marchas que encabezó frente al Congreso —con sus cánticos, sus ollas, su furia sin coquetería— eran la respuesta de los cuerpos a lo que el mercado había decidido sobre ellos: que ya no valían lo suficiente como para ser sostenidos con dignidad. Que habían cumplido su función y podían desaparecer. Norma Pla murió en 1995. Pero la nueva longevidad solo extiende aquellas injusticias, y si vivir mal algunos años era una condena hoy solo aparece en el horizonte que mientras algunos podrán elegir ser su mejor versión después del retiro mientras que muchísimos, seguramente la mayoría, habrá extendido el sufrimiento por décadas.

    Hay algo en esa continuidad que debería perturbarnos más de lo que nos perturba. Cambió la ciencia del envejecimiento. Cambió la expectativa de vida. Cambió la comprensión de lo que un cuerpo puede hacer a los setenta, a los ochenta, a los noventa años. Pero la injusticia que llevó a Norma Pla a la calle tiene la misma dirección que la de hoy. 

    La narrativa de nacer, crecer, reproducirse y morir cambió de golpe, brutalmente, cuando en el siglo XXI la aceleración exponencial de casi todo nos llevó a este territorio donde algunos planifican la inmortalidad mientras la mayoría no sabe cómo será su vida pasado mañana. Lynda Gratton y Andrew Scott, economista y psicólogo en la London Business School, lo dicen de la manera más simple y más perturbadora: nadie puede elegir a los veinte lo que va a necesitar a los sesenta. Porque lo que va a existir a los sesenta todavía no existe. Somos contemporáneos de dos revoluciones simultáneas: la de la Inteligencia Artificial y la de la nueva longevidad. Dentro de cincuenta años el mundo estará poblado de robots… y de viejos.

    La performance

    ¿Acaso no somos todas pibas de veinte cuando arranca ABBA y los hits de los ochenta en un casamiento? El cuerpo sabe las coreografías, la letra sale sola, el ritmo vuelve sin que nadie lo busque. Media hora antes nos costaba agacharnos para ponernos los zapatos, pero la música y el gin tonic maridan a la perfección. 

    Cuando tenía veintipico y ya llevaba varios años trabajando y había publicado algunos libros, el director del diario en el que trabajaba me llamó a su despacho. Estaba furioso: me había buscado durante todo el fin de semana y yo no había respondido el teléfono. Busqué complicidad: “estaba durmiendo, soy una niña todavía”. Fue la primera vez que escuché en una conversación algo que luego leería en los libros de estudio: “sos una adulta. La edad es un lugar social. Trabajás, ganás plata, vivís sola. Sos adulta, comportate como adulta”.

    En 1990, la filósofa Judith Butler publicó un libro que iba a cambiar para siempre la manera en que pensamos la identidad. Gender Trouble no hablaba de vejez. Hablaba de género. Pero el mecanismo que describía era tan preciso, tan transferible, que tres décadas después sigue siendo la mejor herramienta para entender por qué envejecemos de la manera en que envejecemos.

    Butler argumentó algo que en su momento sonó escandaloso: la identidad no preexiste a los actos que la expresan. Se produce a través de ellos. No sos mujer y entonces te comportás como mujer. Te comportás como mujer y esa repetición produce la ilusión de que hay una esencia estable que estás expresando. No hay tal esencia. Hay una actuación tan ensayada, tan reiterada desde la infancia, que se volvió invisible. Lo que parece naturaleza es un guion con mucho kilometraje encima. No expresamos lo que somos, dice Butler. Producimos lo que somos, cada vez que lo repetimos.

    Anne Davis Basting, dramaturga y académica, aplicó exactamente esa lógica a la edad. Lo que llamamos verse viejo, comportarse como viejo, ser viejo, no es la expresión de un estado biológico inevitable. Es la producción de una categoría social a través de actos que se repiten hasta naturalizarse. La misma conclusión a la que llegó Becca Levy, en Yale. Las personas con una autopercepción positiva del envejecimiento viven, en promedio, 7,5 años más que quienes la tienen negativa. No es una diferencia marginal. Es más que lo que aportan dejar de fumar o hacer ejercicio regularmente. La historia que nos contamos sobre lo que significa envejecer no es un adorno psicológico: es un factor biológico de primer orden. La mirada de los otros no solo te hace sentir viejo. Te hace envejecer. El guion que aceptamos termina, con el tiempo, escribiendo el cuerpo.

    Betty Brussel nació en Holanda en 1924, la segunda de doce hijos. Abandonó la escuela durante la Segunda Guerra Mundial para cuidar a sus hermanos menores. Se casó, emigró a Canadá, trabajó de costurera décadas enteras. No compitió en natación hasta los sesenta y cinco años. A los noventa y nueve batió tres récords mundiales. Compite en la categoría de cien a ciento cuatro porque las categorías se determinan por año de nacimiento, y a veces es la primera persona en la historia en terminar determinada distancia —no porque haya ganado contra alguien, sino porque antes de ella nadie había llegado hasta ahí. En cada competencia alguien se le acerca y le dice: estaba a punto de rendirme, pensé que era demasiado vieja para empezar, y después te vi a vos. Betty Brussel no subvirtió su biología. Subvirtió la historia que otros contaban sobre lo que su biología autorizaba. 

    Es cierto que desobedecer la narrativa de la vejez puede ser también un nuevo privilegio. La aparición magnífica y promisoria de la imprenta no convirtió a todo el mundo en lectores y escritores. Inventó el analfabetismo. Desobedecer la narrativa del declive requiere salud para moverse, tiempo libre para reinventarse, dinero para no depender del primer trabajo que aparezca, redes que acompañen la transformación en lugar de castigarla. Requiere los privilegios que la desigualdad distribuye tan desigualmente a lo largo de toda la vida y que en la vejez simplemente se hacen visibles con mayor brutalidad.

    La promesa de la edad performativa es real. Y es, al mismo tiempo, un privilegio. Como casi todas las promesas de libertad individual en sociedades profundamente desiguales.

    La mirada que envejece

    Hay una escena que Margaret Morganroth Gullette no puede olvidar. Fue en el Museo de Ciencias de Boston, en una exhibición llamada Face Aging. Los chicos se acercaban a una pantalla y la pantalla les devolvía sus caras envejecidas digitalmente: la mandíbula caída, las arrugas, las manchas, el cabello que había perdido su color y su gracia. Algunos se reían incómodos. Otros apartaban la mirada. Algunos se tocaban la cara, como verificando.

    Gullette observó algo que los organizadores no habían advertido: las imágenes mostraban el deterioro pero no lo que también puede acompañar al envejecimiento. No mostraban el humor que se afila con los años, ni el carácter que se vuelve más propio, ni ese tipo particular de libertad que aparece cuando ya no hay nada que demostrar. Mostraban la ruina. Solo la ruina.

    Se lo enseñamos a los chicos antes de que cumplan diez años: envejecer es perder. Todo lo demás —lo que se gana, lo que se profundiza, lo que por fin se suelta— no tiene imagen todavía. Los feminismos invirtieron muchos años en deconstruir a las mujeres para que no fueran las princesas de los cuentos de hadas, pero las viejas siguen siendo las brujas y las madrastras.

    Gullette escribió en 2004 el libro que hizo por la edad lo que los estudios de género hicieron por las mujeres: desnaturalizó lo que parecía inevitable. Aged by Culture —envejecida por la cultura— no es solo un título. Es una tesis y es una denuncia. El envejecimiento no empieza en los cromosomas. Empieza en el mercado de trabajo que descarta a los mayores de cincuenta, en el sistema de salud que trata los síntomas de la menopausia como inevitabilidad y no como condición tratable, en la publicidad que hace desaparecer los cuerpos que no tienen veinte años. No envejecemos solos. Somos envejecidos. ¿Quién nos envejece? ¿Con qué propósito? ¿A quiénes primero?

    El edadismo —así lo llamó en 1968 el gerontólogo Robert Butler— es la combinación de actitudes perjudiciales, prácticas discriminatorias y estructuras institucionales que se refuerzan mutuamente contra las personas mayores. No es un prejuicio individual. Es un sistema.

    La OMS documentó en 2021 que una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas. Una de cada dos. La persona que le habla al hijo en lugar de mirar a los ojos a la abuela que tiene la billetera en la mano. El médico que atribuye cada síntoma de una mujer de sesenta años a la edad sin investigar más. Nadie, en ninguno de esos casos, se despierta pensando en hacer daño. Simplemente repiten el guion. Que es, exactamente, lo más peligroso de los guiones: que no parecen guiones.

    El edadismo más eficaz no es el que viene de afuera. Es el que termina instalándose adentro. Los investigadores lo llaman edadismo internalizado: los estereotipos negativos sobre la vejez que se aprenden a lo largo de toda una vida se asimilan y se creen. La voz que dice ya estás grande para eso no necesita venir de otro. Con el tiempo, la decimos nosotros. Con la inflexión exacta de quien sabe de qué habla. Con la autoridad de quien se ha convencido de que está siendo realista.

    A veces nos cuesta verlo cuando nos pasa, pero lo vemos más claro en nuestras madres, o las de nuestras amigas. La tía a la que a los setenta le empezamos a decir que se cuidara un poco más, que no saliera a caminar sola. Hasta que comenzó a tener miedo de salir. Al principio la acompañábamos por las dudas, un año después ya prefería no dar un paso sin alguien al lado. Y entonces, efectivamente, dejó de poder. Su mundo se redujo a la cuadra de su casa, y poco después a un sillón. No hubo diagnóstico médico. Hubo un diagnóstico familiar, social. Nos miran como viejos, nos creemos viejos. Pero funciona ida y vuelta. Porque efectivamente, nos ponemos viejos cuando actuamos como viejos.

    Las mujeres somos envejecidas más temprano. La cultura y la sociedad nos retira la juventud antes —el primer comentario sobre las arrugas, el primer “para tu edad estás muy bien” que suena más a consuelo que a cumplido, la primera vez que dejamos de ser miradas con deseo. No hay un momento exacto. Hay una acumulación de gestos pequeños que un día suman un borramiento. Como en El Baile de Kundera, el foco dejó de iluminarnos, y seguimos girando sobre el escenario pero el público ya mira hacia otro lado.

    No es solo una sensación, ni una cuestión estética. Es estructural, y económica. Las mujeres que cuidaron hijos, padres, parejas enfermas durante décadas, acumularon menos aportes jubilatorios. Trabajaron más, pero el trabajo de cuidado no cuenta para los sistemas de seguridad social. En América Latina, en 2023, el 43% de las personas mayores recibía pensiones insuficientes para vivir. En el quintil más pobre, ese porcentaje llegaba al 83%. El sistema descansó sobre mujeres como si fueran infinitas. Las gastó primero. Las recompensó después, cuando podía, con lo que sobraba.

    La nueva moda del mercado “silver” comenzó a retratarlo en Hollywood. En La sustancia, la película de Coralie Fargeat que ganó el premio al mejor guion en Cannes en 2024, una presentadora de televisión de cincuenta años es despedida el mismo día de su cumpleaños porque su cuerpo ya no vende. Fargeat lo filma como terror porque lo es. Esos cuerpos sometidos a las cirugías , el botox y al ácido hialuronico son los monstruos contemporáneos.

    La idea extendida de que el cuerpo viejo es el cuerpo enfermo libera a la juventud de sus fantasmas, pero es profundamente falsa. La ciencia prometió primero vivir más, luego vivir más con buena salud, y ahora también vivir más con propósito y alegría. El gran capital de los longevos será la salud y, por eso, la promesa de fuerza, agilidad y buenos reflejos comienza a ser mucho más redituable que los lifting y las cremas antiage. “Me gusta mi cuerpo; me ha servido bien, de muchas maneras, y no le guardo rencor por el cuidado que ahora necesita – dice Adriano -Cuerpo, compañero, juntos nos moriremos”.

    El final que no cierra

    Hace unas noches volví a usar un perfume que llevaba años guardado. Fue sin querer: salía para el cumpleaños de un amigo y apareció allí, en el estante del baño, y sencillamente me dieron ganas. Cuando volví a casa esa madrugada sentí que había vuelto a ser yo —la que se reía a carcajadas, cantaba sin timidez y podía charlar de cualquier tema. ¿Habrá sido el aroma que me confundió? ¿O es que yo siempre fui esa, y algún guion equivocado me convenció de guardarla en el estante?

    Somos la primera generación que llega a este punto sabiendo, con datos, con evidencia, que probablemente viviremos treinta o cuarenta años más. El período que viene puede ser el más largo y el más propio de todos. Y sin embargo llegamos a él con un manual de instrucciones escrito para otra duración. 

    Mi hijo acumula datos inútiles desde muy pequeño. Esos que no van a resolver ecuaciones, ni hacerte rico, ni siquiera sirven para pasar un examen. No sé si los busca: los atrae. Se los va encontrando por ahí, los colecciona, los macera, y te los regala en el instante adecuado sin vocación de deslumbrar. ¿Sabés cuál es la mayor diferencia entre los perros y los humanos?, me preguntó una vez. Creí que esta vez le había ganado. Sí, claro. Que viven en un presente eterno, no tienen noción del tiempo. No, bueno, esa también, dijo. Pero la que a mí más me divierte es que si se ven en un espejo no se reconocen, creen que es otro perro. Es cierto, es peculiar y es bello: los perros distinguen su propio olor del de otros perros, pero no su imagen. ¿Será por eso, entonces, que no se preocupan por el paso del tiempo?

    La imagen en el espejo es la que instala el tiempo. La que compara, la que mide, la que dice: mirá lo que fuiste, mirá lo que sos. El perro no tiene esa imagen. Existe en el instante, completo, sin la sombra de su propia historia encima.

    El mar tampoco tiene espejos. Hay un momento, cada vez que entro al agua, en que el cuerpo recuerda algo que la tierra le hizo olvidar. Es cuando el peso desaparece y los pies se despegan del fondo y el cuerpo empieza a moverse con esa inteligencia que no aprendió nadie. El mar no sabe cuántos años tengo, y yo todavía busco la palabra para nombrar ese instante.

    La entrada Preparate para vivir cien años se publicó primero en Revista Anfibia.

     

  • Un senador peronista quiere crear un registro oficial de ovnis

     

    Un senador peronista de Entre Ríos se subió al furor mundial por los extraterrestres y propuso la creación de un registro oficial de ovnis.

    Aunque el registro de ovnis no aparece en las encuestas entre las principales preocupaciones de los argentinos, como la inflación o el desempleo, el legislador Víctor Sanzberro presentó un proyecto para que los entrerrianos puedan dejar sentados sus avistamientos.

    La idea de Sanzberro es crear el Programa Provincial de Registro de Fenómenos Anómalos (PRFA) para «recibir, registrar, analizar y preservar de forma sistemática los reportes de objetos o fenómenos no identificados».

    «Resulta una responsabilidad institucional proveer un marco ordenado y serio para que los ciudadanos y profesionales del aire y el agua puedan reportar avistamientos anómalos sin temor a la ridiculización», argumenta Sanzberro en su proyecto. En ese sentido, el PRFA contemplaría la reserva de identidad de los informantes «para evitar cualquier estigma».

    El legislador peronista aclaró que el PRFA se realizaría con los recursos existentes y sin necesidad de financiamiento extra, lo que parece un mensaje para evitar que lo maltraten los libertarios. Además, Sanzberro propone la creación de un consejo de expertos para estudiar los avistamientos.

     

  • El buen balance de Macro confirma el rebote de los bancos

     

    El balance de Banco Macro terminó de reforzar una idea que empezó a instalarse en el mercado esta semana: los bancos argentinos habrían dejado atrás el peor momento de la crisis de rentabilidad y morosidad que golpeó al sector durante 2025. Después del rebote que había generado el balance de BBVA, ahora fue Macro el que mostró números mejores a los esperados y volvió a empujar al alza a las acciones bancarias.

    La reacción del mercado volvió a ser positiva. Los papeles de Macro avanzaron 3 por ciento tras la presentación de resultados y extendieron el buen momento que vienen mostrando las entidades financieras en la Bolsa. En las últimas ruedas, Grupo Supervielle había saltado 10 por ciento, Grupo Financiero Galicia ganó 5 por ciento y BBVA otro 5 por ciento, en un sector que hasta hace pocos meses era uno de los más castigados del Merval.

    Durante buena parte de 2025 los bancos quedaron golpeados por la disparada de la morosidad y el deterioro de la cartera de créditos. La suba de los incobrables obligó a incrementar previsiones y destruyó buena parte de la rentabilidad del sistema financiero. Mientras las energéticas se beneficiaban con el rally internacional del petróleo, las acciones bancarias acumulaban fuertes pérdidas.

    Lideradas por el buen balance del BBVA suben fuerte las acciones de los bancos

    En el mercado ahora empieza a consolidarse la idea de que el piso habría quedado atrás. Milo Farro, research de Rava Bursátil, explicó que el segundo semestre de 2025 había sido especialmente duro para el sector por la volatilidad de tasas generada tras el desarme de las Lefi y por el fuerte deterioro de la mora, pero sostuvo que los balances del primer trimestre empiezan a mostrar una mejora respecto de aquel escenario.

    En ese contexto, el balance de Macro fue leído como una señal importante de estabilización. Un operador del mercado sostuvo que la entidad «volvió a mostrar algo que el mercado ya conoce: sigue siendo uno de los bancos más rentables y líquidos del sistema financiero argentino».

    Entre los datos destacados apareció una ganancia neta sólida, impulsada por los resultados financieros y el control de costos. El banco también volvió a exhibir una fuerte posición de capital y liquidez, uno de los atributos más valorados por el mercado en un contexto todavía marcado por la volatilidad macroeconómica.

    Otro punto que destacaron los operadores fue la continuidad de la política de dividendos y recompra de acciones, algo que sigue atrayendo inversores en medio de un mercado todavía muy selectivo. «Macro mantiene una de las cajas más fuertes del sistema y eso le permite atravesar la volatilidad sin perder capacidad de remunerar accionistas», explicó un operador financiero.

    El foco ya no pasa solamente por sobrevivir a la macroeconómica argentina, sino por la capacidad de las entidades para volver a crecer a través del crédito genuino y la intermediación financiera tradicional

    Daniel Pesalovo sostuvo que el sector financiero sigue siendo extremadamente sensible al humor del mercado y a los movimientos del riesgo país. Según explicó, en las últimas ruedas la baja del indicador ayudó a impulsar nuevamente a las acciones bancarias, que venían muy rezagadas frente a otros sectores del Merval.

    Pesalovo agregó que durante los últimos meses el rally petrolero había desviado el interés de los inversores hacia las energéticas, mientras los bancos quedaban golpeados por balances muy flojos producto de la alta morosidad. Ahora, en cambio, el mercado empieza a especular con que una mayor estabilidad financiera y una baja gradual de tasas podrían abrir un nuevo ciclo para el negocio bancario.

    Alivio en los bancos porque bajó la mora, pero el mercado advierte: «Baja porque dejaron de prestar»

    En materia de crédito, los balances siguen mostrando una recuperación todavía gradual. Empiezan a crecer los préstamos en pesos y mejora lentamente el consumo, aunque el negocio financiero todavía continúa lejos de niveles normales para una economía estabilizada.

    Ahí aparece uno de los grandes cambios que empiezan a mirar los inversores. Durante los últimos años buena parte de las ganancias bancarias estuvieron asociadas al llamado «trade inflacionario», es decir, la posibilidad de aprovechar tasas altas, inflación elevada y volatilidad monetaria para obtener rentabilidades extraordinarias.

    Por eso, en la city empiezan a cambiar las preguntas. El foco ya no pasa solamente por sobrevivir a la macroeconómica argentina, sino por la capacidad de las entidades para volver a crecer a través del crédito genuino y la intermediación financiera tradicional. El mercado empieza a apostar a que el sector financiero podría entrar en un nuevo ciclo después del golpe de 2025, aunque el verdadero desafío será demostrar crecimiento real en una economía más normalizada.

     

  • Karina ahora no descarta cerrar un acuerdo con Jorge Macri

     

    Karina Milei ya no descarta de plano la idea de cerrar un acuerdo electoral con Jorge Macri para competir por la Ciudad de Buenos Aires en 2027. 

    El abrazo de Javier Milei con el jefe de Gobierno en el Tedeum del 25 de mayo, un año después de negarle el saludo protocolar, y la invitación al Cabildo que le negaron a Patricia Bullrich fueron síntomas de que el clima cambió. Fuentes de ambos espacios confirmaron a LPO que la relación mejoró mucho.

    Aunque todavía es muy incipiente para hablar de un acuerdo electoral, no deja de ser un dato político que en la Casa Rosada hayan dejado de descartarlo y que empiecen a aceptar al menos la posibilidad de que se pueda armar un frente con el PRO como se hizo el año pasado en la provincia.

    En la Rosada valoran que Jorge dejó de rechazar los proyectos libertarios -como el RIGI que se promulgó este viernes- y muestra un alineamiento total de su discurso con el de Milei, especialmente en temas de seguridad y el fin de los piquetes.

    Jorge Macri acordó con Caputo que Nación le pague la deuda de 800 mil millones con bonos

    Otro síntoma de que el clima cambió es que los libertarios aflojaron la presión contra Jorge en la Legislatura porteña. Pero lo más claro del giro de la Rosada fue el aval de los Milei para que Toto Caputo firme el pago

    con bonos

    de la deuda de 800 mil millones a la Ciudad.

    Pilar Ramírez

    La mejoría en la relación tiene, entre otras explicaciones, el buen diálogo que mantienen el operador macrista Daniel «Tano» Angelici y el presidente del Banco Nación, Darío Wasserman, armador de Karina en la Ciudad y esposo de la jefa del bloque libertario, Pilar Ramírez.

    El abrazo de Javier Milei con el jefe de Gobierno en el Tedeum del 25 de mayo, un año después de negarle el saludo protocolar, y la invitación al Cabildo que le negaron a Patricia Bullrich fueron síntomas de que el clima cambió

    Fuentes del PRO porteño consultadas por LPO no descartan un acuerdo para 2027 y dicen que una opción podría ser una PASO entre Macri y Ramírez para definir el candidato. En Uspallata no creen que Patricia sea candidata libertaria en la Ciudad y por supuesto descartan completamente a Manuel Adorni.

    Macri dijo que Milei «se ve como un profeta» y le pidió «equilibrio»

    Un dato central de esta trama es que, según confiaron fuentes del PRO a LPO, Jorge Macri no está de acuerdo con la estrategia de su primo Mauricio de salir a chocar con los Milei y armar un proyecto presidencial alternativo para 2027.

    El jefe de gobierno cree que la estrategia de su primo le genera ruido con los libertarios y repite que su prioridad es un acuerdo con Karina para la Ciudad en 2027, por lo que por ahora no está en sus planes buscar un candidato presidencial. Mauricio parece más inclinado a la idea de resucitar Juntos por el Cambio, algo que en la Ciudad no ven viable.

    Este ruido ha provocado cierto distanciamiento entre los primos Macri, que espaciaron el diálogo. Además de las estrategias diferentes para 2027, a Jorge no le había gustado que Mauricio se le metiera en la gestión y le exigiera el desplazamiento de leales como César «Tuta» Torres e Ignacio Baistrocchi, a los que sostuvo pero les recortó funciones.