Javier Milei convocó a los legisladores libertarios para este lunes, a las 15, a una charla sobre el libro «La Economía en una lección», en el Salón Héroes de Malvinas, en Casa Rosada. Fuentes del oficialismo indicaron a LPO que recién a partir de ese momento habría novedades sobre el proyecto de Presupuesto 2027 que el Presidente enviaría al Congreso.
Por reglamento, el Poder Ejecutivo tiene que remitir la ley de leyes a la Cámara Baja, como máximo, el 15 de septiembre, es decir, este martes. Sin embargo, la oposición está inquieta ante la posibilidad de que el gobierno profundice el ajuste de las partidas sensibles.
En efecto, el último informe del IARAF concluyó que este año «registraría la mayor reducción respecto al año 2023, con 5,4 puntos porcentuales del PBI, acumulando una baja de 14 puntos porcentuales en tres años». El recorte, más allá del credo del gobierno, se debe a la caída de la recaudación.
El mismo instituto informó que las transferencias corrientes a provincias y municipios cayeron un 86,6%, comparando los primeros ocho meses del año con el mismo período de 2023. En la categoría de bienes de uso, que incluye la realización de obra pública, el derrumbe fue similar: ronda un 83,6% por debajo del último año del gobierno anterior.
Un diputado peronista se preguntaba este domingo si LLA podía llegar a inflar la recaudación estimada para «camuflar el ajuste en un año electoral». «Van a dibujar al alza la recaudación», planteó.
Que nadie disfrute la hipótesis de que vengan con un presupuesto invotable para prorrogar el de este año. Vienen con un presupuesto de ajuste en términos reales y cuánto más ajuste propongan, más cerca del rechazo estarán para administrar el de este año como se les antoje.
El ex legislador y actual director de Consenso Federal, Alejandro «Topo» Rodríguez, alertó que «no hay que tomar en serio el proyecto de Ley de Presupuesto». «El motivo es simple: el propio Presidente Javier Milei y el Ministro Toto Caputo no consideran que el Presupuesto sea un instrumento central de la política económica. Además, no creen que deba cumplirse», escribió en la red social X.
El presidente de la comisión de Presupuesto, Bertie Benegas Lynch.
Rodríguez está persuadido que en 2024 y 2025 fue el gobierno quien decidió que no hubiera presupuesto y no la oposición quien se lo impidió. A su criterio, Milei y Caputo aspiran al manejo discrecional de los recursos.
Un legislador experimentado afirmó a LPO: «Que nadie disfrute la hipótesis de que vengan con un presupuesto invotable para prorrogar el de este año. Vienen con un presupuesto de ajuste en términos reales y cuánto más ajuste propongan, más cerca del rechazo estarán para administrar el de este año como se les antoje».
En la bancada libertaria carecían al cierre de esta nota de cualquier detalle sobre el Presupuesto pero ya habían despejado su agenda. Después de la charla económica que encabezará el Jefe de Estado este lunes, los diputados están citados para una cena en el local de LLA Provincia de Buenos Aires, ubicado en Caseros al 500, en Ciudad de Buenos Aires. A ese tipo de eventos no suele ir Milei pero lo relevaría Karina.
Luego será tarea del presidente de la comisión de Presupuesto, el libertario Bertie Benegas Lync, abrir la ronda de visitas de funcionarios para defender la propuesta del gobierno.
En algunos pueblos del norte de Argentina se cuenta la historia de un millonario que vivía como un mendigo. Un hombre que había llegado desde una aldea montañosa de Italia y que se instaló en un rancho al que no llegaban los caminos. Un hombre parco y sin amigos, que apenas se alimentaba y dormía en una cama de hierro oxidada. Un hombre que viajaba en un jeep desguazado y tapizado con bolsas de arpillera hasta su pequeño aserradero, lo único que parecía importarle en el mundo. Un hombre que desaparecía en el monte durante semanas cuando el río crecía.
Ese hombre era el dueño de La Fidelidad: una estancia que duplicaba el tamaño de Roma y que valía quinientos millones de dólares.
Se llamaba Manuel Roseo.
En la mañana del 13 de enero de 2011 fue torturado y asesinado.
Quienes cuentan su historia aseguran que nadie llegó a conocerlo en verdad. Y que los enigmas de su vida apenas se comparan con los que dejó su muerte.
* * *
Catorce años después del asesinato de Manuel Roseo me entregan una carta. Es una hoja mecanografiada que se volvió amarillenta y rugosa con el tiempo. Tiene varios nombres tachados y luego escritos a mano con tinta roja. Sobre el costado derecho hay un manchón de algo que parece café volcado. El título es una pregunta: ¿Quién es Manuel Roseo?
—La escribió el que quizás fue su único amigo —me dice Vidal Mario, un veterano periodista del norte de Argentina—. Poco después de que lo mataran.
¿Es un mendigo o es en realidad un prestanombre? ¿Una víctima o un personaje taimado y ladino? ¿Cómo es que vive míseramente teniendo cultura y fortuna? ¿Será un falso informador de su realidad o un hábil maquillador de la misma? Demasiadas incógnitas si se considera que, según él, desciende de una noble familia patricia romana ya que su madre era vecina y ciudadana del Vaticano. Según dijo conoció allí sobre las intrigas palaciegas tanto como las dudosas muertes de los Papas. Además de ello, fue “enviado” a América para “cuidar intereses” sin saber de qué se trataba…
La casa de Vidal Mario está en las afueras de Resistencia, la capital de la provincia de Chaco, sobre una calle de tierra ocre que se pega a la chatarra acumulada en los patios. En la entrada a la ciudad hay un tótem de granito que sostiene una inmensa placa de metal grabada con imágenes de serpientes, cóndores e indígenas. Y una frase: Chaco. El secreto de Argentina. Para mayo de 2025 los registros oficiales aseguran que casi tres cuartos de los habitantes de Resistencia viven bajo la línea de la pobreza. En el resto del Chaco los datos escasean. En el norte de la provincia más pobre de Argentina vivía como un ermitaño Manuel Roseo.
—Esta historia es algo distinto a todo —dice Mario, que pasa las páginas de un libro donde guarda recortes de sus entrevistas: Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, René Favaloro—. Un millonario viviendo como un linyera, harapiento, no puede ser real. Y, sin embargo, ocurrió.
Sobre Manuel Roseo apenas se escribieron un puñado de notas, que se pierden entre rumores y pistas falsas. Dio una sola entrevista, al Diario Norte en el 2000, titulada Hombre rico, hombre pobre. Se lo describe como “una persona con estatura mediana, delgado (como si eso lo ayudara a ser más anónimo), que vestía siempre ropa de operario, zapatos de carpintero y portaba un rostro con un bigote espeso y el cabello entrecano y ordenado con un peinado neutro de raya a un lado”. Al final de esa entrevista, Roseo dijo: “Yo, como no tengo hijos, me puedo dar el lujo de vivir mal”.
Manuel Roseo, el mayor terrateniente del norte de Argentina, era un perfecto desconocido.
Vidal Mario publicó la única investigación que reúne datos sobre la improbable compra de la estancia La Fidelidad, que a principios de los setenta fue entregada a Roseo por la corporación Bunge & Born, una de las mayores compañías agrícolas y alimentarias de Latinoamérica. Y sobre los préstamos que diez años después el Banco de la Nación Argentina le dio a Roseo y que él nunca pagó. “Un decreto del presidente Carlos Saúl Menem —escribió Mario en esa nota— lisa y llanamente le perdonó a Manuel Roseo una deuda de cinco millones de dólares”.
—El hombre que me dio esa información es el mismo que escribió la carta. Roseo le había prometido poderes absolutos para administrar sus campos, pero lo traicionó. Tiempo después lo volví a ver. Estaba muy asustado. Vino a mi casa y se llevó todos los documentos. Ahora está enfermo. Dice que esta historia y esas tierras lo enfermaron.
—¿No volviste a hablar con él?
—Nadie quiere hablar de Manuel Roseo. Hay demasiado en juego. Quién sabe cuántos millones de dólares valen hoy las tierras. Esa carta es un mapa. Pero yo no quise seguirlo.
—¿Por qué?
—En cierta oportunidad recibí una llamada anónima con este mensaje: «Si en algo aprecia su paz y tranquilidad, le conviene que no siga jodiendo con el tema Roseo». Eso fue todo. Me inquietó tanto ese mensaje que nunca más atendí llamadas de un número desconocido. No puedo ayudarte en otra cosa. Llevala, no quiero tenerla más.
* * *
La Fidelidad era uno de los últimos refugios de tierra virgen del bosque Impenetrable, donde hoy funciona el Parque Nacional más grande del norte de Argentina. Doscientas cincuenta mil hectáreas de palosanto, quebrachos y algarrobos repartidas entre las provincias de Chaco y Formosa. Era una fortaleza natural en el Gran Chaco Americano: el bosque seco más grande del mundo, que se extiende hacia Bolivia, Paraguay y Brasil. El río Bermejo, una serpiente de color cobrizo que desemboca en el Paraná, atravesaba aquella estancia perdida y la conectaba con el océano Atlántico.
A finales del siglo XIX, cuando el Chaco no existía como provincia, las tierras pertenecían a Natalio Roldán, un explorador obsesionado con abrir las rutas fluviales que escondía el Bermejo. El Congreso Nacional se las había entregado durante la Conquista del Chaco, la campaña militar que masacró y desplazó a los pueblos originarios del norte de Argentina. Pero Roldán terminó envuelto en una serie de préstamos e hipotecas con su Compañía de Navegación a Vapor del Río Bermejo y en 1913 las tierras fueron rematadas. Las compró Jorge Born, socio fundador de la corporación multinacional Bunge & Born y uno de los hombres más ricos de Argentina.
Jorge Born levantó un inmenso casco de estancia en medio del monte, con aljibes y galerías techadas, y casonas para el personal alrededor. Frente al casco, paralela al río, mandó a construir una larga pista de aterrizaje. Llamó a esas tierras con un nombre que en los parajes del Impenetrable se convirtió en un estigma: La Fidelidad.
“Mi padre [Jorge Born II] la recorrió varias veces a caballo, durante días. Era tierra de indios. Su propósito era saber si había tierras cultivables. La zona era impenetrable por falta de caminos y era prácticamente imposible combatir el vinal, una plaga arbórea. Los caballos se hacían salvajes. Por eso la vendió a un dólar la hectárea”, dijo Jorge Born III al diario El País en 2017, en una nota titulada La última región salvaje de Argentina.
Un dólar la hectárea. Eso pidió Jorge Born II por una estancia que era una de las mayores reservas de quebrachos colorados y algarrobos del norte argentino, de donde salía la madera para los durmientes que sostenían los ferrocarriles y el tanino que abastecía a las curtiembres de todo el mundo. Una tierra que también alimentó otra clase de ambiciones.
Alrededor de La Fidelidad se multiplicaron las perforaciones que buscaban el petróleo que brotaba del Chaco boliviano. Aún hoy se investiga si debajo de ese inmenso territorio se esconde el último tramo del Acuífero Guaraní, la tercera reserva de agua dulce más grande del mundo. En los pueblos del norte se repite que el bosque se volvió impenetrable porque fue comprado y cerrado por políticos y empresarios.
En 1972 la estancia pasó a manos de Luis y Manuel Roseo, dos hermanos italianos cuyo único capital era un pequeño taller textil en Buenos Aires. Según una nota del diario Página 12, en una carta enviada a su familia dijeron que tenían un campo tan grande como la Italia. Luis murió en 1984 por una afección cardíaca y Manuel se quedó con La Fidelidad. Desde que la compraron los Roseo, permaneció intacta.
A fines de los sesenta, los hermanos Roseo se instalaron en un rancho en El Impenetrable, allí donde no llegaban los caminos.
A fines del siglo XX, la tala indiscriminada y los incendios en el Gran Chaco dejaron la estancia aislada en medio de un desierto de soja. Los parajes que la rodeaban se convirtieron en pistas de aterrizaje para vuelos clandestinos, que cruzaban desde Bolivia y Paraguay y descargaban cocaína en los montes cerrados. La Fidelidad, uno de los últimos refugios de tierra vírgen del bosque Impenetrable, quedó atrapada en el centro de la lluvia blanca que aún hoy cae sobre el norte de Argentina.
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Antes de que lo asesinaran, Manuel Roseo aseguraba que tenía tantos interesados en sus campos como enemigos.
El gobernador de la provincia de Chaco, Jorge Milton Capitanich, había dejado firme la expropiación de una porción de sus tierras y, bajo su nombre, llegaban emisarios para negociar el resto.
El millonario y conservacionista estadounidense Douglas Tompkins había puesto sus ojos en La Fidelidad y planeaba convertir la estancia en un Parque Nacional.
En la provincia de Santa Fe, Claudio Gómez —”un gitano vendedor de autos”, como lo llamaba Roseo—, había presentado boletos de compraventa con firmas originales, asegurando que la hacienda era suya.
Y hasta su casa había llegado Luis Raúl Menocchio, un empresario perseguido por la Justicia de Argentina y de Paraguay por múltiples asesinatos.
Manuel Roseo se lo repetía a Nélida Eva Cuellar, la mujer que visitaba por las noches en Juan José Castelli, la última ciudad antes de alcanzar el bosque Impenetrable. En la casa de Nélida, construida gracias a un plan de viviendas sociales, terminaba hablando solo: “Todos quieren La Fidelidad”.
Después del asesinato, los vecinos le aseguraban a Nélida: Ustedes son los que siguen. Ella y sus dos hijos: Lucía y Emanuel. En Castelli era un secreto a voces que Lucía y Emanuel eran hijos de Manuel Roseo, el mayor terrateniente del norte de la Argentina.
Un perfecto desconocido.
* * *
La mañana del 13 de enero de 2011, el calor brotaba del suelo en Juan José Castelli, una ciudad de veinte mil habitantes en el noroeste de Chaco. Aunque todos los que viven allí aseguran que es un pueblo: los caballos pastan al borde de las calles, los niños juegan a la pelota solos en la noche y los secretos no tienen dónde esconderse. Ese verano la temperatura había superado los cuarenta y cinco grados y la noche no alcanzaba a enfriar la tierra.
Lucía Roseo llegó a trabajar unos minutos antes de las ocho de la mañana a la casa donde vivía su papá, en la calle España 365. Era una casa baja con el frente rojo despintado. Al costado tenía una entrada para autos que daba a un jardín donde el pasto siempre estaba crecido. No había rejas y las puertas quedaban sin llave.
Hacía una semana que Lucía trabajaba dentro de una habitación en la que apenas había una mesa, un teléfono y algunos cuadernos. Tenía diecisiete años y su papá le había dicho que llevaría las cuentas del aserradero. Tocó la puerta pero nadie atendió. Lucía tenía prohibido entrar si Manuel no estaba. La dueña de casa era una mujer llamada Nélida Bartolomé. Se llamaba igual que su mamá y eso a veces la sorprendía porque esa mujer la odiaba. “Para mí ustedes no son nada de Manuel —le había dicho el primer día—. Si él te quiere hacer trabajar, que te abra la puerta”.
Esperó sentada en el cordón de la vereda, debajo de una palmera que la protegía del sol. Escuchó la puerta que se abría detrás de ella y vio a un hombre calvo y corpulento, vestido completamente de blanco. “Como si fuese un carnicero”, le diría a la fiscal Juana Rosalía Nis unas horas más tarde.
—Buenos días —la saludó el hombre. Se subió al jeep de su papá, que estaba estacionado en la entrada, y encendió un cigarrillo.
Unos minutos después otro hombre salió por la puerta. Era morocho y tenía el pelo largo. También iba vestido de blanco. El que estaba adentro del jeep tiró el cigarrillo y los dos entraron en la casa. Ella se enojó y le mandó un mensaje de texto a su mamá: “El pa no me abre la puerta”. Entonces vio el auto de Sergio “Keko” Berg, el secretario de Roseo. Era un joven pequeño y esmirriado que le enseñaba el trabajo.
—Ahora te abro —le dijo y se perdió detrás del jardín.
Lucía le contaría a la fiscal que escuchó gritos y que por eso se fue. También diría, en otras declaraciones, que no escuchó nada, que tuvo un horrible presentimiento y que por eso volvió en la moto a su casa.
Eran las nueve y media de la mañana cuando llegó la policía a buscarla. La subieron a un patrullero junto a su mamá y las llevaron a la Fiscalía de Investigación Penal Nº1 de Juan José Castelli. Antes de dejarlas incomunicadas, les dijeron a secas: “Lo mataron a Manuel”.
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La casa de Nélida Bartolomé, donde fue asesinado Manuel Roseo.
Las muertes ocurrieron en un período temporal que se extiende entre las 07.30 y las 08.50. Un número no inferior a tres personas actuaron con violencia extrema sobre la integridad física de las víctimas, quienes se hallaban indefensos y solos en su domicilio. Ese accionar se dio en un intervalo de tiempo prolongado, que causó sufrimiento adicional y una lenta agonía a las víctimas —se lee en el Expediente Nº 56/11-6 del Poder Judicial de Chaco—. Los cadáveres del Sr. Roseo (75 años) y la Sra. Bartolomé (74 años) se encontraron en distintas habitaciones, rodeados de abundante sangre. Las manchas en el piso indicaban que los cuerpos fueron arrastrados. La tortura se concretó con golpes en la zona de la cabeza y el pecho con un objeto contundente, presumiblemente un martillo engomado encontrado en el lugar, que produjeron desgarro del cuero cabelludo, hundimiento y fractura de huesos y la pérdida de piezas dentales. La Sra. Bartolomé murió durante la tortura, maniatada con cables de electricidad, presumiblemente frente al Sr. Roseo. Los ojos y las bocas de las víctimas fueron obturados por la colocación de cinta engomada, para proceder los agresores a la colocación en la cabeza de bolsas de plástico anudadas al cuello con un cinto de cuero, para luego terminar con la vida del Sr. Roseo mediante el procedimiento de estrangulación mecánica. Dicho accionar tuvo el fin de cometer otro delito: el de obtener ilícitamente una firma o impresión digital de Manuel Roseo y la confesión del lugar donde guardaba las Escrituras Públicas de dominio sobre los inmuebles de Chaco y Formosa, la vasta estancia conocida como La Fidelidad.
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Lucía Roseo guarda solo dos fotos junto a su papá, que fueron tomadas el mismo día. En una de ellas observan un álbum familiar, apoyado sobre un mantel de plástico. Las paredes blancas de la habitación están ennegrecidas por la humedad. Sus rostros quedan ocultos. En la otra, los dos miran a cámara. Manuel Roseo tiene la piel clara y un rostro alargado con unos pequeños ojos pardos escondidos. El pelo canoso y el bigote gris recortado con prolijidad. Lleva una campera de lluvia y abajo una camisa marrón de trabajo. Lucía debe tener menos de diez años. El pelo negro recogido y una sonrisa amplia. Él la abraza. Ella parece inquieta y divertida.
La segunda de esas fotos estuvo algunas semanas en el perfil de la cuenta de X de Lucía. En uno de sus pocos posteos, del 10 de julio de 2025, escribió: La publicidad en la radio donde invitan a visitar el parque nacional el impenetrable al finalizar dice “nuestro orgullo”. ¿Orgullo de qué? ¿De la mayor estafa de esta provincia? Si es que no es de todo el país. Parque flojo de papeles, manchado con sangre y atropello a los DD HH”.
Manuel Roseo y su hija Lucía Roseo, en las únicas dos fotos que ella conserva junto a su padre.
En julio de 2011, seis meses después del asesinato de Manuel Roseo, mientras ella y su familia se escondían en hoteles y departamentos alquilados, el gobierno de Chaco expropió las ciento cincuenta mil hectáreas de La Fidelidad que estaban dentro de la provincia. A los pocos días se inició el proyecto liderado por Douglas Tompkins y su fundación Rewilding Argentina —entonces llamada The Conservation Land Trust— para construir allí el Parque Nacional El Impenetrable, la joya de la conservación en Argentina. Fue inaugurado en agosto de 2017 y las autoridades de Rewilding Argentina aseguraron que estaba destinado a convertirse en “el epicentro del corredor ecoturístico más grande de Sudamérica”.
Llevo casi dos semanas en el Chaco cuando recibo un mensaje de Lucía Roseo a través de X: “Si quiere, podemos hablar junto a nuestros abogados”.
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La luz del cielo está sucia y gris cuando llego a la ciudad de Sáenz Peña, ciento setenta kilómetros al norte de Resistencia siguiendo la Ruta 16, que en ese trayecto es una fina línea rodeada de monte y edificaciones sin terminar. Las calles están vacías y carcomidas por las aguas termales. Aquí se ocultaron Nélida y sus hijos cuando mataron a Manuel Roseo.
El estudio de abogados Olivieri & Pugacz, donde me citaron, es una construcción de dos plantas con ladrillos pulidos y palmeras que asoman desde un jardín interior. Un pequeño castillo rodeado de casas bajas, perforadas por un sol blanco y terrible.
Lucía Roseo llega a la entrevista junto a su madre Nélida. Su hermano Emanuel prefirió no ser parte. Me explican que nació con mielomeningocele, una malformación congénita que está tipificada como la forma más grave de espina bífida. Cuando mataron a Manuel Roseo tenía ocho años. “Todavía le hace muy mal este tema”.
Lucía y Emanuel Roseo entran a La Fidelidad por primera vez en 2012, un año después del asesinato de su padre.
Luego de contarles sobre mi trabajo, aceptan que conversemos los tres solos. Lucía tiene treinta y dos años y es abogada. Acaba de abrir un estudio donde tramita causas civiles y familiares. Es una mujer esbelta, de piel trigueña y perlada. Lleva zapatos, un jean suelto y una remera beige que hace juego con un chaleco azul marino. El pelo negro cae suave y resalta una frente despejada. En sus ojos amplios y redondeados se percibe una dignidad contenida. Durante toda la entrevista, Lucía le cebará mate a su madre.
—Hubo un plan para matar a mi papá y para sacarle sus tierras —dice con una voz endurecida que se irá revelando dulce y tímida—. Ese plan salió mal porque aparecimos los hijos. El gobierno y Tompkins hicieron un Parque Nacional en una estancia que es nuestra. Hoy seguimos en juicio y ellos no pueden pagar lo que nos sacaron. Desde que mataron a mi papá a nosotros nos quieren borrar del mapa. La gente cree que yo descubrí que era mi papá cuando lo asesinaron. Pero fue mi papá siempre. A pesar de que no teníamos el apellido de él.
—¿Por qué no tenían su apellido?
—Yo siempre le pregunté, porque cuando iba a la escuela todos mis compañeritos tenían el apellido del papá y yo el de mi mamá. Él nos decía que tenía muchos enemigos y que era mejor si estábamos lejos. Pero venía todos los días a mi casa y hacíamos la tarea y nos llevaba al aserradero. Cuando cumplas los dieciocho te voy a poner mi apellido, me había prometido. Era como mi regalo de cumpleaños. Pero a él lo mataron un mes antes de mi cumpleaños.
—¿Qué pasó esa mañana? ¿Por qué te fuiste de la casa?
—Yo sentí que tenía que irme. ¿Por qué? No sé. Después me castigué mucho. ¿Por qué no avisé a un vecino? ¿Por qué no llamé a la policía? Pero si yo entraba en la casa a mí me mataban. De ahí no salía nadie. Por eso a mí siempre me llamó mucho la atención que no se investigara más al secretario de mi papá. Fue el único que quedó vivo.
Nélida Eva Cuellar se acerca a su hija y le dice algo al oído. Es una mujer de rostro moreno y amplio, que parece maleable cuando sonríe con vergüenza y los ojos negros se le achican. Al comienzo de la entrevista lloró, cuando le pregunté cómo había conocido a Manuel Roseo, y se quedó en silencio hasta ahora.
—Mi mamá te quiere contar —me dice Lucía.
* * *
A las nueve y media de la mañana del 13 de enero de 2011, la policía de Juan José Castelli cerró los ingresos a la ciudad. Media hora antes habían recibido el llamado de una mujer que hacía trámites para Nélida Bartolomé y que encontró los cuerpos en la casa. “El auto de Keko se iba cuando yo llegué”, dijo en ese llamado. Al mismo tiempo que se aceleraba un cerrojo en toda la provincia, la policía emitió un pedido para “localizar y secuestrar el automóvil Chevrolet Aveo negro patente JEO137 y la aprensión de sus ocupantes”.
A las diez de la mañana recibieron un llamado desde la comisaría de Tres Isletas, un pueblo ubicado cincuenta kilómetros al sur de Castelli. El auto que buscaban estaba abandonado en un camino rural que bordeaba una plantación de algodón. Al costado habían cavado una fosa.
Sergio Berg apareció caminando con una bolsa negra de plástico atada en el cuello. Respiraba con dificultad y tenía una herida abierta en la cabeza. La policía lo llevó esposado en una ambulancia hasta el Hospital General Güemes de Juan José Castelli.
Cuando llegué a la casa la saludé a Lucía y me fui a la puerta de atrás. Intenté abrir pero estaba cerrada con llave. Me abrieron desde adentro y cuando entré recibí un golpe muy fuerte en la cabeza —relató Sergio Berg a la fiscal Juana Rosalía Nis en su declaración judicial, al día siguiente de ser encontrado—. Me caí al piso y me pegaron varias veces más con una especie de martillo de goma y yo grité. Me encintaron los ojos, las manos y la boca y me dejaron ahí tirado. Yo escuchaba voces que decían “Raúl, Raúl, ¿la metemos a la piba?”. Y escuchaba la voz tartamuda del hombre que daba las órdenes. Después me desmayé.
Me desperté adentro de un baúl, que me di cuenta que era mi auto por las cosas que llegué a tocar. “Hay que hacer un pozo y enterrarlo”, dijo alguien que iba en el auto. Me bajaron y yo ya no podía respirar porque tenía la bolsa pegada a la cara y ahí me tiraron en un pozo. Escuché que uno decía por teléfono: “El hijo de puta de Raúl no atiende”. Y se fueron. Sentí que me estaba por desmayar de nuevo. Pude romper la bolsa con los dientes y la lengua y cuando pude respirar me levanté. Yo sabía quién era ese Raúl. Raúl Menocchio había estado hacía una semana en lo de Manuel y quería comprar La Fidelidad. Y tenía esa misma voz, la voz tartamuda que daba las órdenes.
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Nélida Eva Cuellar conoció a Manuel Roseo en la misma casa donde lo mataron: la casa de Nélida Bartolomé. Había llegado a Juan José Castelli desde una localidad rural llamada Villa Río Bermejito, en el interior del Impenetrable. Buscaba trabajo y tenía el sueño de terminar la escuela primaria. Nélida Bartolomé la contrató para cuidar a su madre.
—Allá en el ranchito a nosotros solo nos llegaba la radio y yo quería aprender a leer y a escribir y me fuí —dice Nélida—. Empecé a cocinar y a estar con la señora y a veces venían familiares y yo me tenía que salir para afuera y sentarme sola. Y Manuel se salía para afuera también. Y así charlábamos, aunque casi siempre hablaba él solo. Igual nos fuimos entendiendo. Él era más grande. Me llevaba como treinta años.
Manuel Roseo nació el 14 de febrero de 1935 en la ciudad de Roma, Italia. Su familia provenía de San Gregorio da Sassola, un pueblo de mil quinientos habitantes escondido entre montañas y volcanes en la región de Lazio: el antiguo corazón del Imperio romano. Los datos que conseguiré en la Dirección Nacional de Migraciones indican que ingresó en Argentina el 25 de enero de 1957, poco antes de cumplir veintidós años. Lo que sigue, lo que me contarán Lucía y Nélida y lo que escucharé de abogados, fiscales y jueces y de aquellos que lo conocieron, podría llamarse la historia oficial.
Luis Roseo, el hermano mayor de Manuel, es el primero en llegar a la Argentina. Un hombre “visionario” que a principios de los cincuenta abre un taller textil en San Martín, provincia de Buenos Aires. Manuel llega de Italia para trabajar con él. A fines de los sesenta Luis lo convence para “cambiar de vida”. Entregan su taller textil a la corporación Bunge & Born, a cambio de La Fidelidad. Viven en el casco de la estancia durante algunos años. Luis se pone en pareja con Nélida Bartolomé y los hermanos se instalan en su casa. Intentan cosechar algodón en La Fidelidad pero el río inunda sus cultivos. Luego piden préstamos bancarios y compran miles de vacas y toros de raza y los pierden en el monte. Luis muere en agosto de 1984, producto de una enfermedad cardíaca. Manuel decide seguir el sueño de Luis y se queda con las tierras, pero las mantiene vírgenes. Consigue permisos para talar una porción mínima de quebrachos y algarrobos y abre un aserradero con el que apenas subiste. Recibe ofertas millonarias de empresarios, políticos y magnates, pero nunca vende La Fidelidad.
—Hay muchas preguntas sobre mi papá —dice Lucía—. ¿Por qué teniendo tanto patrimonio llevaba la vida que llevaba? ¿Por qué no vendió y con esa plata prosperaba? Eso solo lo sabía él.
—¿No se lo preguntaste?
—Antes de que lo mataran él decía que quería vender, pero que nadie le iba a pagar lo que valían las tierras. Él le había prometido al hermano sacar adelante La Fidelidad. Yo creo que no se podía desprender de las tierras por esa promesa.
Lucía me ofrece un mate y le paso la carta que me entregó Vidal Mario. La lee y me la devuelve en silencio.
—¿Quién era tu papá?
—Yo de esto del Vaticano no sé nada. Yo lo que te puedo contar es que él era muy solitario y con nosotros venía y se descargaba. Todo es plata, plata, plata, decía. Y que la plata se le iba toda en pagar impuestos. Me decía que estudie porque lo que yo tenía acá (se señala la cabeza) no me lo podían sacar. Él nunca quería estar presente en navidades, cumpleaños. Le decías feliz cumpleaños y te respondía no, no. Una vez le compré una libreta por el día del padre y ni siquiera me la recibió. Es como que quería pasar desapercibido.
—¿Nunca les habló de su familia en Italia?
—Contaba que pasaron mucho hambre en la Segunda Guerra Mundial, siendo él muy chico, y que allá en Italia iban a un campo a cosechar fresas. Él quería estudiar ingeniería. Lo que no me ayudó fue la cabeza, decía. De Italia vino a Argentina en un barco que pasó por África. Yo nunca lo vi rezar a mi papá. Me mandó a un colegio religioso porque no quería que yo pierda clases por los paros docentes. Yo conocí La Fidelidad después de que lo mataron. Nunca habíamos salido de Castelli nosotros. Así era nuestra vida.
Antes de ser interrogada en la sala de la Fiscalía de Investigación Penal Nº1 de Juan José Castelli, Lucía —que hasta ese momento solo llevaba el apellido Cuellar— le explicó a la fiscal Juana Rosalía Nis que ella era la hija de Manuel Roseo. La fiscal le contestó que necesitaba un abogado ese mismo día.
La herencia que dejaba Manuel Roseo, una tierra valuada en quinientos millones de dólares, equivalía a la que en septiembre de 2022 recibieron los príncipes y la princesa del Reino Unido, hijos de la Reina Isabel II.
Lo más caro que tenía Lucía Roseo era la moto con la que llegó a la casa de su padre el día del asesinato.
* * *
Desde agosto de 2004 la Justicia de Paraguay perseguía a Luis Raúl Menocchio. Habían pedido su extradición de Argentina y era buscado por Interpol, acusado del doble asesinato de un empresario y una de sus empleadas en la ciudad paraguaya de Fernando de la Mora, cuyos cuerpos baleados fueron encontrados en dos tambores sellados con cemento.
El 10 de marzo de 2005 Menocchio fue detenido en la ciudad costera de Itatí, Corrientes, acusado de asesinar a Claudio “Tano” Nozzi, Director Comercial de HBO Argentina. El cuerpo de Nozzi —aseguraban los investigadores policiales— había aparecido fondeado en el río Paraná y comido por los peces.
Luis Raúl Menocchio pasó casi cuatro años encerrado en la Unidad Penal N.º 6 de San Cayetano y fue liberado por falta de pruebas el 15 de mayo de 2009. Durante la investigación judicial por el asesinato de Nozzi, la Justicia argentina comprobó que para fines de 2004 Menocchio contaba con diversos documentos y cédulas (incluso tarjetas de supermercados) con distintos nombres —dice el Expediente 7075/5 del Poder Judicial de Corrientes—. El plan para cambiar su identidad se había completado con una serie de cirugías estéticas con las que se modificó el rostro.
El 6 de enero de 2011, una semana antes del asesinato de Manuel Roseo, Luis Raúl Menocchio llegó a Juan José Castelli. Se reunió con Roseo, le dijo que quería comprar La Fidelidad y se sacaron una foto juntos. En esa imagen Menocchio abraza a Roseo con su brazo izquierdo. Le saca casi media cabeza. Tiene el pelo fino y un poco revuelto, los ojos claros y una sonrisa alargada. Roseo lleva una camisa a cuadros desgastada, el bigote prolijo y un leve gesto de sorpresa en la mirada, como si no supiera para qué está posando. Detrás de ellos hay dos puertas entreabiertas.
Cuando terminó la reunión, Luis Raúl Menocchio almorzó con el secretario “Keko” Berg y por la tarde lo llevaron hasta La Fidelidad.
Luis Raúl Menocchio abraza a Manuel Roseo, una semana antes del asesianto.
Unas semanas después, en el norte de Argentina, empezarían a llamarlo El asesino de las mil caras.
* * *
En el camino de vuelta hacia el hotel, después de entrevistar a Lucía Roseo y su familia, recibo una llamada de Oscar “Caíto” Olivieri, uno de los dos abogados que trabajan para ellos. Esta noche nos juntamos con Los Leales, nuestro grupo de amigos, a comer asado. ¿Por qué no te venís? Media hora después estoy otra vez a la entrada de su estudio, que se conecta con su casa por una puerta interior. Tiene un jardín con pileta y detrás un quincho con parrilla, una televisión gigante y una cinta para correr. Sentados a la mesa están un importante juez provincial, un exdiputado nacional, otros dos abogados y Roberto “Cacho” Pugacz, socio de Olivieri.
—Esta causa es una caja de Pandora —me dice Olivieri sentado a la cabecera, con una copa de vino en la mano—. Tenés abogados de sicarios que vienen al juicio en aviones privados. Una cónyuge trucha. Los parientes italianos, que llegan con la Embajada de Italia atrás. Un intendente y un juez que trabajan con el asesino. El viejo de la bolsa con un testamento falso. Diputados y senadores que arman estafas. Y, según dicen algunos, terroristas ambientales. De lo que quieras, acá hay.
Oscar “Caíto” Olivieri (primero desde la izquierda) y Roberto “Cacho” Pugacz (primero desde la derecha), acompañan a Lucía Roseo y Nélida Eva Cuellar en un peritaje de La Fidelidad.
Olivieri es un hombre muy alto y de espalda amplia, encorvado por una leve joroba. Tiene las piernas y los brazos flacos y los ojos celestes cristalinos que se mueven sin parar en su rostro atravesado por cicatrices (Hace unos años me caí de un balcón. Tengo tres vértebras fracturadas y quedé como Scarface). En la ciudad de Sáenz Peña es una suerte de sheriff local, dicen sus colegas. Fue presidente del Consejo de la Magistratura del Chaco, abogado del Partido Justicialista —el más influyente en la historia argentina— y de la Iglesia Católica.
—Acá hay algo de lo que nadie quiere hablar. Atrás del Parque Nacional El Impenetrable tenés la estafa procesal más grande de la historia argentina.
Para expropiar las ciento cincuenta mil hectáreas de La Fidelidad que estaban en la provincia de Chaco, el gobierno provincial primero debía pagarlas. En julio de 2011, la Junta de Valuaciones de Chaco hizo una tasación que le daba a las tierras un valor aproximado de diez millones de dólares, a razón de sesenta y cinco dólares la hectárea. Pagando ese precio, pasarían a manos del gobierno.
—En una hoja escrita a mano, la Junta dijo que cada hectárea de La Fidelidad, con un grado de conservación que no existe en Sudamérica, valía lo mismo que una pizza con fainá —dice Olivieri y se acerca a controlar el fuego en la parrilla.
Una coalición de ONGs que incluía a Greenpeace, Banco de Bosques y la Fundación Vida Silvestre lanzó una campaña de recolección y venta de botellas de plástico para juntar el dinero. “Con dos botellas salvamos un metro cuadrado”, decía la consigna. Para salvar La Fidelidad se necesitaban tres mil millones de botellas de plástico: puestas en fila, alcanzarían a darle veinte veces la vuelta al planeta. El filántropo Douglas Tompkins y su fundación The Conservation Land Trust realizaron una donación que cubría casi la totalidad del dinero. En 2014 el Gobierno de Chaco expropió las tierras de La Fidelidad y las cedió para la creación del Parque Nacional El Impenetrable, donde la fundación de Douglas Tompkins —hoy llamada Rewilding Argentina— desarrolla proyectos científicos y de conservación.
—Hace quince años estamos en juicio para que paguen el valor real de La Fidelidad. Lo que pagaron no alcanza ni para comprar la tierra de las macetas —asegura Olivieri, mientras un exinvestigador de la policía que está haciendo el asado sirve chorizos en todos los platos—. Esto va a tener un final trágico para Chaco.
En octubre de 2025, los peritos oficiales que trabajan dentro de la causa por la expropiación de La Fidelidad tasaron cada hectárea en mil setecientos dólares. Cuando esa cifra sea confirmada judicialmente, el gobierno de la provincia más pobre de Argentina pasará a deberles doscientos cincuenta millones de dólares a los herederos de Manuel Roseo. Eso equivaldría al sueldo de tres meses de todos los médicos, policías, maestros y empleados públicos de Chaco.
—Todos los funcionarios tendrían que vender hasta los órganos para pagar y ni siquiera así alcanzaría la plata —dice uno de los comensales y levanta su cuchillo para señalar a Roberto Pugacz—. Cacho, ¿le contaste lo de la momificación?
* * *
La Fiscalía de Investigación Penal Nº1 de Juan José Castelli se convirtió en un desfile de abogados. No habían pasado doce horas del asesinato de Manuel Roseo cuando Carlos del Corro se sentó frente a Lucía Roseo. Era un hombre muy bajo con un vozarrón espeso. Había llegado a Juan José Castelli desde la provincia de Salta a fines de los noventa, trabajaba en casos de usurpación de tierras y mantenía vínculos estrechos con la policía. Sus colegas lo llamaban despectivamente el sacapresos del pueblo. Lucía todavía no había logrado hablar con su mamá. Hasta ese momento eran sospechosas del asesinato. Del Corro consiguió lo único que querían. Esa noche las sacó de ahí.
Si podía demostrar que Lucía y Emanuel eran los hijos de Roseo, se haría millonario. Algunos años después, en la intimidad, diría que esa noche encontró La gallina de los huevos de oro. Antes de sacarlas de la fiscalía, Del Corro se convirtió en apoderado de la familia.
Al día siguiente llamó a un estudio de abogados que tenía fuertes conexiones dentro del Poder Judicial de Chaco: el estudio Olivieri & Pugacz. Escondió a Nélida Eva Cuellar y sus dos hijos en un hotel de Sáenz Peña y pagó a una agencia de seguridad privada para que tengan custodia día y noche. Consiguió una órden de allanamiento para entrar a la morgue de Castelli y junto con “Caito” Olivieri y “Cacho” Pugacz llevaron a Nélida Eva Cuellar hasta Buenos Aires en un avión de línea. Era la primera vez que ella salía del pueblo. Lo único que llevaba, apretado contra su pecho, era una pequeña nevera de plástico.
Los tres abogados y Nélida llegaron hasta la Fundación Favaloro, una institución de prestigio internacional que desde 1981 lleva analizadas y comparadas más de cien mil muestras de ADN. Entraron en un laboratorio donde lo único que se escuchaba era el zumbido de las máquinas. Una mujer con guantes y barbijo cortó la faja de seguridad de la nevera y corrió las bolsas de gel congelado.
—¿Solo trajeron esto?
La noche anterior, en la morgue de Juan José Castelli y delante de los abogados, un médico forense había preparado la muestra. Dentro de la nevera, Nélida llevaba un dedo índice amputado. El dedo de Manuel Roseo.
Las muestras cadavéricas de Manuel Roseo que se usaron para determinar que tenía dos hijos no reconocidos: Lucía y Emanuel.
Entonces, como me dirá Gustavo Del Corro cuando lo entreviste en su estudio, se desató la tormenta.
* * *
—Unos días después del asesinato fue que nos enteramos de un pedido de… ¿Cómo se decía? —”Cacho” Pugacz hace una pausa y medita mientras mastica un pedazo de chorizo—. ¡Tanatopraxia! Es como una momificación del cuerpo. Así iban a borrar todos los datos genéticos.
—¿Quién hizo ese pedido?
—Creemos que el pedido llegó desde Italia. De las hermanas de Manuel Roseo. La fiscal me quiso meter preso antes de sacar las muestras de la morgue. No sé ni cómo pasamos por el escáner del aeropuerto con un dedo congelado. Nadie esperaba lo que conseguimos. Lucía y Emanuel sacaron del medio a todos los que podían reclamar La Fidelidad. Pero acá no dejan de aparecer conejos.
Cuando el gobierno de Chaco hizo el depósito por la expropiación de las tierras y se inició el proyecto del Parque Nacional El Impenetrable, el dinero quedó en custodia judicial. ¿A quién se le debía pagar por La Fidelidad?
En la ciudad de Sáenz Peña, Carlos Del Corro había abierto la sucesión de Manuel Roseo a favor de sus hijos no reconocidos: Lucía y Emanuel. En la ciudad de Juan José Castelli, la Embajada de Italia —a través del abogado Bernardo Saravía Frías, que llegaría a ser Procurador del Tesoro de la Nación— abrió otra sucesión en favor de las dos hermanas y los tres sobrinos de Manuel Roseo, que vivían en la ciudad de Roma. Durante los siguientes años se desataría una guerra judicial por la herencia que hasta el día de hoy sigue abierta. Y donde la familia Roseo no estaría sola.
Esther Franchini, la cónyuge trucha según Olivieri, una jubilada de Buenos Aires, presentó un acta de matrimonio con la que aseguraba haberse casado con Manuel Roseo en 1963. Francisco “Pancho” Echeverría, el viejo de la bolsa, un contratista del norte de Argentina, presentó un testamento firmado por Manuel Roseo en el que recibía sesenta mil hectáreas. Y el propio Luis Raúl Menocchio, El asesino de las mil caras, se presentó en el juicio asegurando que, antes de cualquier sucesión, él había comprado La Fidelidad.
—Fuimos comprobando todas esas estafas. Cuando sacábamos a uno, aparecía otro. Entonces te das cuenta que atrás hay algo muy grande —dice Pugacz—. La sucesión sigue bloqueada.
“Caíto” Olivieri levanta un trozo de carne gruesa y jugosa y la examina.
—Allá en Buenos Aires te ponen una carne finita, “banderita” le dicen. Esto es carne de verdad… Como la que le preparaban a Menocchio en la cárcel —se ríe Olivieri.
Diez días después del asesinato de Manuel Roseo, Luis Raúl Menocchio fue detenido en La Alondra —”un hotel de diseño recomendado por la Guía Michelin”, como se aclara en su web—, en la ciudad de Corrientes. La policía había intervenido su teléfono y sabía que llegaría allí desde la ciudad de Pinamar, el balneario más exclusivo de la costa argentina. Fue encerrado en la Alcaidía de Sáenz Peña, ubicada en ese momento frente al estudio Olivieri & Pugacz, acusado por el asesinato de Manuel Roseo y Nélida Bartolomé. En pocos días se hallaron en su celda tres teléfonos celulares, una tablet, una televisión con instalación de cable, una ducha y un pequeño mueble vidriado con bebidas alcohólicas. Uno de sus guardiacárceles sería cesanteado por prepararle asados y permitir el ingreso de prostitutas en la celda, que estaba adornada con alfombras.
—Hasta usaba la red de wi-fi de nuestro estudio, que nunca supimos cómo consiguió la clave. Un tipo así conseguía cualquier cosa —dice Pugacz, que parece recorrido por un leve temblor cuando habla sobre psicología criminal—. Era un gentleman. Siempre una persona atenta, respetuosa. Nunca manifestó violencia ni nerviosismo durante el juicio. Estaba distendido y se reía, que eso te da un profundo perfil psicópata.
En mayo de 2012, mientras permanecía encerrado, Luis Raúl Menocchio fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de Claudio “Tano” Nozzi a partir de “nuevas pruebas que permitieron reconocer su cuerpo”, aseguraron los jueces del Tribunal Oral N° 1 de Corrientes. Un año después, el 7 de octubre de 2013, Menocchio —junto a Claudio Alfredo Gómez y Salvador Borda— fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de Manuel Roseo y Nélida Bartolomé. Al asesino de las mil caras lo enviaron al Penal de Rawson, una cárcel de máxima seguridad en la provincia de Chubut, el corazón helado de la Patagonia argentina.
—¿Hablaste alguna vez con él? —me pregunta Olivieri.
—Le escribí una carta antes de este viaje, para entrevistarlo. Pero no me respondió. Nunca habló con los medios desde que está en Rawson.
—Él se negó a declarar en el juicio. El testimonio de Berg fue la clave, pero quedaron muchas dudas sobre Berg. Creemos que fue un entregador. Los fiscales armaron el caso con él como testigo y no como imputado. Fue una investigación a la americana, que terminó con el homicida perfecto. Y caso cerrado. Pero nadie respondió para quién eran esas tierras. Menocchio, un asesino internacional, no podía ser el dueño. Es como que aparece Al Capone y dice «me voy a dedicar a cuidar a los monos». ¿Para quién estaba trabajando?
—El abogado Carlos Del Corro se cansó de decir que era “un crímen por encargo” y acusó al exgobernador Capitanich de estar involucrado.
—Eso fue una pelotudez. Hace más de cuatro años que no trabajamos con Del Corro y estamos en un juicio, por lo que no voy a hablar al respecto. Pero sí te voy a decir que yo soy amigo personal de Coqui Capitanich.
—¿Y no tuviste ningún problema con tu amigo por este caso?
—No tengo vínculo jurídico ni político, solo amistad. Él nunca me pidió ni me preguntó nada. Y yo tampoco a él. Son códigos.
El expolicía que maneja la parrilla apaga el fuego y sirve un helado almendrado y una copa de champagne para Los Leales. Antes de despedirnos, Olivieri me da un apretón de manos y me aclara:
—No tengas dudas. Nosotros somos los buenos.
* * *
Después de casi un mes en Chaco acumulo causas judiciales, pericias, expedientes policiales, informes bancarios y una copia de las escrituras de La Fidelidad. Esos documentos muestran grietas aún más profundas en la historia oficial.
Según las escrituras de La Fidelidad, Luis y Manuel Roseo compraron las tierras a la Sociedad Anónima Explotación de Campos y Montes del Río Bermejo, una empresa agrícola y ganadera propiedad de la corporación Bunge & Born. La estancia figura como “propiedad de Don Jorge Born”. Los hermanos Roseo pagaron en efectivo. Entre 1969 y 1972, en distintas operaciones, escrituraron La Fidelidad a su nombre por un valor en pesos argentinos que equivalía a doscientos cincuenta mil dólares. Fijan su dirección en Boulogne Sur Mer 333, San Martín, provincia de Buenos Aires. Desde la municipalidad de San Martín, un suburbio fabril y de clase obrera, me informan que esa dirección ya no existe. Les envío el único documento presentado ante la Justicia en donde aparece el posible nombre del taller textil de los Roseo. Es un documento del Banco Nacional de Desarrollo, con fecha del 26 de junio de 1959, donde se indica que recibieron un préstamo de clase “Minero”. El taller podría llamarse “TAPP TEX SRL” o “TAPE TEX SRL”, la imagen está borroneada en ese punto. En la parte superior se aclara el rubro: “Retorcido y enconado de hilados”.
Luego de varios días me contactan desde la oficina de Catastro y me dicen: “No existen datos sobre talleres o fábricas textiles con ese nombre. Tampoco propiedades a nombre de Luis o Manuel Roseo”. Y me envían la numeración actual a la que corresponde la dirección fijada en las escrituras.
El taller textil que Luis y Manuel Roseo tenían en San Martín, provincia de Buenos Aires.
Una mañana fría de octubre estoy frente a un galpón derruido. Alrededor hay fábricas y casas bajas cerradas. Es una edificación de dos plantas ennegrecida por la humedad, que trepa hasta el techo. Las ventanas están rotas y tapadas con cartones. Golpeo varias veces un portón rojo oxidado pero nadie responde. Camino por la cuadra. Las pocas personas que me atienden, a través de las ventanas, me dicen que nunca escucharon el apellido Roseo. El pasado de Luis y Manuel en San Martín parece haber desaparecido por completo. ¿Cómo llegaron a este suburbio, si es que llegaron alguna vez?
—Durante la investigación que hicimos descubrimos que el taller que tenían estaba quebrado —me dice por teléfono “Caíto” Olivieri.
Cuando a Manuel Roseo le preguntaron por su infancia, en la entrevista que dio al Diario Norte, la describió con una sola anécdota: “Cuando era chico me enteré que en un bar de Roma se podía consumir azúcar libremente. Lo fui a ver, con la ñata contra el vidrio, como dice el tango. No podía creer que el imbécil que estaba en la mesa le ponía solo dos terrones a su café, en vez de veinte”.
Ese niño que no tenía plata para pagar una cucharada de azúcar compró una de las estancias más grandes de la Argentina. Cuando lo hizo, su único capital era un pequeño taller textil en Buenos Aires, posiblemente quebrado. En 1972, los hermanos Roseo pagaron por La Fidelidad—según las escrituras— un valor que al día de hoy equivale a dos millones de dólares.
Detrás de esa operación dejaron una telaraña de enigmas.
¿Qué conexiones tenían los Roseo para hacer negocios con los dueños de Bunge & Born? ¿De dónde salió el dinero con el que compraron La Fidelidad? ¿Por qué mantuvieron las tierras vírgenes durante cuarenta años? ¿Acaso fueron “enviados para cuidar intereses”, como asegura la carta que me entregó Mario? ¿Por qué torturaron y mataron a Manuel Roseo?
* * *
Semanas después de mi regreso a Buenos Aires recibo una llamada de un número desconocido. Se dispara un mensaje grabado. El tono mecánico y neutro de una mujer me adelanta: esta llamada proviene de un establecimiento penitenciario.
—Ho… Hola mi rey —dice una voz alegre, que se traba al principio y luego se acelera—. Soy Luis Raúl… Menocchio. ¿Vos querías hablar conmigo?
Maximiliano Pullaro abrió este sábado formalmente los Juegos Suramericanos en Santa Fe, desde el Monumento a la Bandera. El gobernador apuntó con su discurso a la reivindicación de su gestión provincial, tal como informó LPO, y la imagen de Rosario en particular: «bienvenidos a la ciudad más linda de nuestro país, a esta ciudad que intentaron poner de rodillas, pero hoy está de pie», dijo.
La presencia de la ex vicegobernadora y actual titular de Provincias Unidas, Gisela Scaglia, a su lado funcionó como una señal a la Casa Rosada. Después de reprochar que su distrito debió esperar 40 años para organizar un evento de esta magnitud, resaltó que pese a la complejidad de la situación económica «hoy están las obras, los estadios y los deportistas tienen la mejor infraestructura para practicar por los próximos años».
Frente al despliegue de referentes del arte, la cultura y el deporte, la diputada libertaria Romina Diez dedicó un tuit a la inauguración, con elogios a Pullaro y el intendente rosarino, Pablo Javkin. «Más allá de toda diferencia política, ver a Rosario volver a brillar, con seguridad y con su gente disfrutando de la ciudad, emociona», posteó en X, y agregó después de atribuirle a Javier Milei la supuesta batalla «contra el narco»: «Cuando las cosas se hacen bien, hay que reconocerlas. Gracias también al gobernador @maxipullaro y al intendente @pablojavkin por el trabajo conjunto».
La ceremonia contó con la participación de Soledad Pastorutti, que interpretó «Oración del remanso» para acompañar una escena de deportes acuáticos, y Valentino Merlo cantó «Agua» en una secuencia dedicada a la natación artística. Los emblemáticos «A Don Ata» y «Libertango» tuvieron su espacio para aludir al atletismo y la gimnasia, mientras que Luck Ra llevó «Ala Delta» a una puesta sobre disciplinas de combate. Agustín Rada Aristarán le tocó la escena dedicada a los deportes urbanos y el cierre quedó para la cumbia santafecina.
El acto de apertura congregó a más de 250 mil personas, según el gobierno provincial, y reunió a las delegaciones de 15 países. Durante la competencia, desfilarán más de 4000 deportistas provenientes de Aruba, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Curazao, Ecuador, Guyana, Panamá, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela.
Soledad Pastorutti.
El recorrido concluyó con Sofía Cairo y Rubén Rézola, referentes del hockey y el remo, que portaron la bandera argentina y encabezaron la delegación local. Luego ingresaron las insignias de la Organización Deportiva Suramericana (Odesur) y del Comité Olímpico Internacional.
El presidente de Odesur, Mario Moccia, definió el encuentro como una oportunidad de integración. «Somos 15 países, pero una sola familia: la familia sudamericana de Odesur», afirmó. También pidió a los atletas que compitan «con pasión», respeten a sus rivales y construyan amistades más allá de las medallas.
Tras su discurso, los atletas Nicolás Capogrosso y María Paz Casadevall, los entrenadores Sebastián Álvarez y Ana María Gallay y los jueces Mauricio Maceroni y Noel Salazar realizaron la promesa en nombre de sus pares.
Monumento a la Bandera, apertura de los Juegos Suramericanos.
Los líderes de los partidos nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte se reunirán este lunes en Cardiff para firmar un memorando de entendimiento en favor de la independencia y exigir al Gobierno británico la convocatoria de referendos en sus respectivos territorios.
El ministro principal galés, Rhun ap Iorwerth, del Plaid Cymru, recibirá al jefe del Gobierno escocés, John Swinney, del Partido Nacionalista Escocés (SNP), y a la líder norirlandesa Michelle O’Neill, del Sinn Féin.
Los tres participarán en la cita como dirigentes de sus partidos y no como representantes de los Gobiernos regionales. También está prevista la presencia de la líder de la oposición irlandesa, Mary Lou McDonald, de Sinn Féin.
«Por primera vez en la historia, Escocia, Gales e Irlanda del Norte están gobernadas por ministros principales proindependentistas. Mañana en Cardiff espero poder debatir sobre un futuro mejor con socios venidos del resto de estas islas, y eso solo es posible con el nuevo comienzo que supone la independencia», sostuvo en un comunicado previo a la cita.
Por primera vez en la historia, Escocia, Gales e Irlanda del Norte están gobernadas por ministros principales proindependentistas. Mañana en Cardiff espero poder debatir sobre un futuro mejor con socios venidos del resto de estas islas, y eso solo es posible con el nuevo comienzo que supone la independencia
La reunión se producirá dos días después que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmara durante una visita a Dublín que le gustaría ver una Irlanda «unida» y que aquello ocurrirá «tarde o temprano».
John Swinney, líder escocés.
Por primera vez en la historia, Escocia, Gales e Irlanda del Norte están gobernadas por ministros principales proindependentistas», afirmó el escocés Swinney este domingo en un comunicado previo a la cumbre.
«Mañana en Cardiff espero poder debatir sobre un futuro mejor con socios venidos del resto de estas islas, y eso solo es posible con el nuevo comienzo que supone la independencia», añadió el escocés John Swinney
El dirigente escocés sostuvo que el actual statu quo no es «sostenible» y afirmó que el primer ministro británico, Andy Burnham, «pasará a la historia como el último primer ministro del Reino Unido».
Burnham reiteró esta semana en la Cámara de los Comunes que un nuevo referéndum sobre la independencia de Escocia, después del celebrado en 2014, continúa «fuera de toda discusión».
«No tengo constancia de que exista un apoyo mayoritario de la población (escocesa) a favor de otro referéndum. Hasta que eso no cambie, no lo habrá», comentó el jefe del Gobierno británico.
Un crédito de más de $52.600 millones para una empresa creada en 2024, sin ingresos declarados y con inconsistencias en sus antecedentes terminó convertido en un escándalo dentro del Banco Nación. El dato político es inevitable: la operación fue impulsada desde la Casa Central en Buenos Aires, durante la administración de Milei, y el gerente que se negó a firmarla denunció presiones y terminó con un traslado a 1.300 kilómetros de su casa. La Justicia frenó la medida. El potencial beneficiario, Mariano Jinkis, acaba de admitir ante la Justicia estadounidense el pago de sobornos en el escándalo FIFAgate.
Por Roque Pérez para NLI
Hay una contradicción que atraviesa buena parte de la gestión de Milei: el Gobierno habla permanentemente de eficiencia, austeridad, mérito y cuidado de los recursos públicos, pero cuando se mira el funcionamiento concreto de algunas estructuras estatales aparecen episodios que obligan a formular preguntas mucho más incómodas. El caso que acaba de salir a la luz en el Banco Nación es uno de ellos y tiene una cifra imposible de ignorar: más de $52.600 millones que estuvieron en proceso de evaluación para financiar un emprendimiento inmobiliario en Mar del Plata.
No se trata de una operación menor ni de una pyme buscando capital de trabajo. Se trataba de un proyecto inmobiliario compuesto por dos torres de 23 y 16 pisos, con 238 unidades funcionales, promovido por Jardines de Chauvín SA, una sociedad constituida en junio de 2024. Según la investigación de Hugo Alconada Mon, la propia auditoría interna del Banco Nación detectó que la empresa no tenía experiencia comprobable en construcción, no presentaba ingresos durante el ejercicio analizado y tenía un balance negativo. Más todavía: en la documentación presentada aparecían como antecedentes obras de 2014, 2017, 2020 y 2021, pese a que la sociedad había sido constituida recién en 2024.
El Estado que quería prestar $52.600 millones
El dato que debería encender todas las luces amarillas es que el crédito no comenzó en Mar del Plata porque el empresario hubiera llegado con una carpeta a golpear las puertas del banco. Según una auditoría interna citada por LA NACION, fue un área de la Casa Central del Banco Nación, en Buenos Aires, la que contactó al estudio de arquitectos vinculado con el emprendimiento para conseguir el contacto de Jardines de Chauvín. El banco ofrece otra versión sobre el origen de la relación, pero la propia auditoría dejó registrado que el proceso se inició desde Buenos Aires.
Es decir, la discusión no es solamente por quién pidió el préstamo. Lo verdaderamente relevante es quién dentro de la estructura estatal tomó la decisión de avanzar, quién evaluó el proyecto y por qué una operación de semejante magnitud llegó hasta las instancias superiores del banco cuando existían elementos que ya generaban dudas.
Durante 2025, funcionarios de la entidad consideraron que el proyecto tenía una “factibilidad financiera favorable” y una capacidad de repago consistente. Inicialmente se hablaba de unos $35.600 millones, pero una tasación externa ubicó el valor del emprendimiento en US$35,6 millones, equivalente entonces a unos $52.638 millones.
Y aquí aparece una de las partes más llamativas del expediente: mientras el proceso avanzaba desde Buenos Aires, el gerente de la Gerencia Zonal Atlántica, Pablo Pourrere, empezó a plantear objeciones. Cuestionó los antecedentes de la empresa, observó su situación económica y pidió una evaluación externa.
También apareció otro dato sensible. El principal accionista de Jardines de Chauvín era Mariano Jinkis, dueño del 90% de la sociedad. Jinkis y su padre, Hugo, habían quedado involucrados en el escándalo internacional FIFAgate y el 26 de agosto de este año admitieron ante la Justicia estadounidense haber pagado sobornos a dirigentes del fútbol sudamericano entre 2010 y 2015. El acuerdo con el Departamento de Justicia estadounidense contempla un pago de US$50 millones.
Ante ese antecedente, la Subgerencia General de Integridad del propio Nación había recomendado aplicar un “criterio reforzado de debida diligencia” antes de avanzar con la operación.
Pero el problema es que esa advertencia no llegó inmediatamente al gerente que debía analizar el crédito. El informe fue elaborado el 19 de febrero y, según la investigación, recién llegó a Pourrere el 26 de marzo.
El gerente dijo que no y después llegó el traslado
La secuencia es la que convierte un expediente crediticio en un problema político.
El 3 de marzo, desde el área de Productos Hipotecarios de Buenos Aires enviaron a Pourrere un modelo de resolución para avanzar con el crédito. La instrucción pedía continuar con la propuesta formal para el cliente, incluyendo incluso la apertura de cuentas y otros productos bancarios.
Pourrere se negó a firmar.
Pocos días después comenzó otro capítulo: el gerente fue notificado de su traslado a una sucursal de menor categoría en Reconquista, Santa Fe, a unos 1.300 kilómetros de Mar del Plata. La resolución del Directorio estaba fechada el 20 de febrero, antes de la negativa formal, un argumento que el Banco utiliza para rechazar cualquier relación entre ambas cuestiones. Pero Pourrere denunció presiones y sostuvo que el traslado constituía una represalia por haberse negado a impulsar la operación.
Aquí es donde el caso adquiere una dimensión que excede al Banco Nación: ¿qué mensaje recibe un funcionario público cuando formula objeciones frente a una operación millonaria y poco después se encuentra con un traslado que lo aleja 1.300 kilómetros de su familia?
El Banco sostiene que ambos procesos fueron independientes. La Justicia, por ahora, no cerró esa discusión, pero sí consideró que había elementos suficientes para suspender el traslado. El juez federal subrogante de Mar del Plata, Bernardo Bibel, señaló que la medida, “prima facie”, no parecía estar debidamente fundada en razones objetivas y técnicas y tomó en consideración las inconsistencias detectadas en la operación, las presuntas presiones y las observaciones de la propia auditoría interna.
El discurso libertario frente a la caja del Estado
Y acá aparece el problema político para Milei.
El Banco Nación no es una entidad privada. Es una institución estatal que administra recursos públicos. Por eso, aunque todavía no exista ninguna prueba que permita afirmar que el Presidente haya intervenido personalmente en esta operación, sí resulta absolutamente legítimo preguntarle al Gobierno qué controles políticos y administrativos existen sobre lo que ocurre dentro de una institución estratégica que forma parte del aparato estatal nacional.
Más todavía cuando el relato oficial de La Libertad Avanza construyó buena parte de su identidad política alrededor de una supuesta superioridad de la gestión privada sobre el Estado, de la eliminación de la “casta”, de la eficiencia y de la reducción del gasto público.
El episodio del Nación expone una paradoja difícil de esconder: el mismo Estado que el mileísmo presenta como ineficiente cuando tiene que garantizar derechos sociales aparece, en este expediente, intentando canalizar decenas de miles de millones de pesos hacia un emprendimiento privado.
Y no hacia cualquier empresa. Hacia una sociedad creada apenas dos años antes, sin ingresos declarados en el ejercicio analizado, con antecedentes documentales que despertaron objeciones y cuyo principal accionista acaba de admitir ante la Justicia norteamericana el pago de sobornos vinculados al fútbol internacional.
El crédito finalmente fue rechazado. Y ese dato es importante. No hay que decir que los $52.600 millones fueron entregados porque no lo fueron. Pero tampoco alcanza con decir que “no pasó nada” porque el dinero nunca salió.
Pasó que la Casa Central impulsó la operación. Pasó que hubo funcionarios que evaluaron favorablemente el proyecto. Pasó que aparecieron inconsistencias. Pasó que un informe de integridad recomendó extremar los controles. Pasó que documentación clave llegó con semanas de demora. Pasó que desde Buenos Aires se pidió avanzar con la propuesta formal. Pasó que un gerente se negó a firmar. Pasó que ese gerente recibió una orden de traslado a 1.300 kilómetros de distancia. Pasó que denunció presiones. Pasó que el propio Banco abrió una auditoría. Y pasó que esa auditoría encontró “deficiencias”, “inconsistencias”, debilidades documentales y ausencia de evidencia sobre experiencia comprobable en construcción.
Finalmente, el 18 de mayo, el propio Banco Nación terminó rechazando el financiamiento por cuestiones vinculadas con el riesgo reputacional y de integridad.
Por eso, el interrogante político no debería reducirse a si “Milei ordenó el crédito”, porque eso no está probado. La pregunta es mucho más seria: ¿cómo funciona el Banco Nación bajo la administración de Milei para que una operación de más de $52.600 millones pueda avanzar hasta semejante instancia pese a las objeciones internas que ya estaban planteadas?
Porque si el Gobierno pretende convencer a los argentinos de que el Estado debe retirarse de todo aquello que pueda hacer el sector privado, entonces tendrá que explicar también por qué la estructura estatal que administra el dinero de todos llegó a evaluar con semejante entusiasmo un crédito multimillonario para un emprendimiento privado rodeado de advertencias.
Y si la respuesta oficial es que los controles funcionaron porque finalmente el crédito fue rechazado, queda otra pregunta todavía más incómoda: ¿por qué fue necesario que un gerente se plantara, que aparecieran denuncias de presiones, que interviniera la Justicia y que una auditoría interna detectara inconsistencias para que esos controles terminaran funcionando?
En el Banco Nación de Milei, por ahora, los $52.600 millones no salieron. Pero el expediente dejó algo mucho más difícil de esconder: una radiografía de cómo se toman algunas decisiones dentro del Estado que el Gobierno dice querer hacer desaparecer.
Antes del celular y WhatsApp, el cartero era una figura central de la vida cotidiana argentina. Cartas, postales y telegramas construyeron una cultura de la espera.
Por Alcides Blanco para NLI
Hubo un tiempo en la Argentina en que el sonido de una bicicleta frenando frente a la puerta podía despertar una expectativa inmediata. El cartero llegaba con una bolsa cargada de sobres, postales, facturas, revistas y telegramas, y durante algunos minutos podía convertirse en la persona más esperada de toda la cuadra. No existían los mensajes instantáneos, el correo electrónico ni la posibilidad de saber inmediatamente qué estaba haciendo alguien que vivía a cientos de kilómetros. Una carta podía tardar varios días y, precisamente por eso, tenía un valor que hoy resulta difícil de explicar. Había personas que esperaban durante semanas una respuesta, familias que recibían noticias de hijos que habían emigrado a otra provincia o a otro país y parejas que sostenían su relación a través de sobres que viajaban de una ciudad a otra. En aquella Argentina, esperar también formaba parte de comunicarse.
El ritual de mirar el buzón
El correo tenía una presencia mucho más importante en la vida cotidiana que la que conserva actualmente. El buzón podía estar junto a la puerta, en una pared o en la entrada del edificio, y abrirlo formaba parte de las pequeñas rutinas domésticas. Había días en los que solamente aparecían facturas y publicidad, pero bastaba reconocer la letra del remitente para que todo cambiara. El sobre se abría con cuidado, a veces utilizando un cuchillo de cocina o simplemente rasgando uno de sus extremos, y antes de leer ya existía una pequeña emoción: alguien se había tomado el trabajo de escribir y enviar aquello.
Las cartas familiares podían contener varias páginas. Se contaban enfermedades, nacimientos, problemas laborales, viajes, cumpleaños, discusiones y novedades del barrio. Una persona que vivía lejos podía conocer la vida de su familia a través de una descripción detallada que hoy probablemente ocuparía varios mensajes de WhatsApp. También se mandaban fotografías, estampitas, pequeños recuerdos y postales. Para quienes tenían familiares en Europa, Estados Unidos u otros países de América, el correo era durante décadas uno de los principales vínculos con los argentinos que habían partido en busca de trabajo o nuevas oportunidades.
Los noviazgos a distancia tenían también su propio lenguaje epistolar. Una carta permitía pensar durante horas qué decir, tachar una frase, volver a escribirla y elegir cuidadosamente las palabras antes de cerrar el sobre. Después comenzaba la espera. No había confirmación de lectura ni dos tildes azules: solamente quedaba confiar en que la carta hubiera llegado y esperar una respuesta. Esa demora obligaba a convivir con la incertidumbre de una manera que las tecnologías actuales prácticamente eliminaron.
El cartero conocía el barrio
La figura del cartero tenía además una dimensión profundamente territorial. Quien recorría todos los días las mismas calles terminaba conociendo a buena parte de los vecinos, sus horarios y sus casas. Sabía quién recibía cartas del interior, dónde vivía una persona mayor, qué domicilio correspondía a una familia que acababa de mudarse y qué casa estaba vacía porque sus habitantes se habían ido de vacaciones. El cartero formaba parte del paisaje cotidiano del barrio, del mismo modo que el almacenero, el diariero o el encargado de la estación.
El correo argentino tenía, además, una importancia enorme para la administración de la vida cotidiana. Llegaban documentos, comunicaciones oficiales, facturas, revistas, diarios, tarjetas y todo tipo de correspondencia comercial. Antes de la expansión de las comunicaciones digitales, recibir determinada información podía depender literalmente de que un sobre recorriera correctamente una cadena de oficinas, centros de distribución y carteros hasta llegar a la puerta indicada.
Y después estaban los telegramas. Su llegada tenía una solemnidad especial porque generalmente estaban asociados con acontecimientos importantes o urgentes. Un nacimiento, una enfermedad grave, una noticia familiar o un fallecimiento podían comunicarse mediante unas pocas palabras que llegaban en un papel mucho más pequeño que una carta. El telegrama tenía algo de acontecimiento en sí mismo: cuando alguien decía que había llegado un telegrama, todos querían saber inmediatamente qué decía.
Las postales ocupaban otro lugar dentro de aquella cultura. Quien viajaba podía comprar una en Mar del Plata, Córdoba, Bariloche, Mendoza o cualquier destino turístico y enviarla a familiares o amigos. La imagen del lugar visitado aparecía en el frente y detrás se escribían unas pocas líneas. Muchas familias conservaban durante años esas postales en cajones o cajas. No eran solamente recuerdos de un viaje: eran pequeñas pruebas materiales de que alguien había estado allí y había pensado en quienes se habían quedado en casa.
Del sobre al mensaje instantáneo
La transformación comenzó lentamente y se aceleró con cada nueva tecnología. El teléfono redujo la necesidad de escribir para ciertas comunicaciones urgentes; luego aparecieron el fax, el correo electrónico, los teléfonos celulares y finalmente las aplicaciones de mensajería. La información dejó de depender de un cartero y pasó a circular prácticamente en tiempo real. La velocidad ganó lo que la espera perdió: hoy podemos saber en segundos si alguien recibió un mensaje, dónde está, qué está haciendo o si leyó lo que acabamos de escribir.
Pero esa velocidad también modificó la naturaleza de la comunicación. Escribir una carta implicaba detenerse, ordenar las ideas y producir un objeto que iba a viajar físicamente hasta otra persona. Un mensaje actual puede enviarse en pocos segundos y corregirse o reemplazarse inmediatamente. La carta, en cambio, quedaba allí como testimonio de un momento determinado. Décadas después podía volver a abrirse un sobre y recuperar una voz que ya no estaba, reconstruir una relación o recordar cómo pensaba alguien cuando todavía era joven.
Por eso muchas familias conservaron cartas durante generaciones. Algunas aparecen todavía dentro de cajas antiguas, junto con fotografías, documentos y postales. Son archivos íntimos de la historia argentina, porque permiten observar cómo hablaban las personas comunes, qué preocupaciones tenían, qué palabras utilizaban y qué acontecimientos atravesaban sus vidas. La historia de un país no está solamente en los discursos presidenciales, las leyes o los grandes acontecimientos: también está en esas hojas escritas a mano que alguien guardó porque no quería perderlas.
El cartero desapareció de la vida cotidiana como figura central, pero no dejó de existir. Continúa llevando correspondencia, documentos y paquetes, aunque su función quedó transformada por una sociedad en la que la comunicación personal viaja mayoritariamente por medios digitales. Aquella espera frente al buzón parece pertenecer a un mundo remoto, aunque apenas hayan pasado unas pocas décadas.
Quizás por eso una carta antigua produce una sensación tan particular. No necesita una contraseña, una batería ni conexión a internet. Puede estar amarillenta, doblada en cuatro y tener una estampilla que ya no se fabrica. Al abrirla, vuelve a aparecer una persona y vuelve a hablar desde otro tiempo. Hubo una Argentina en la que las noticias viajaban en bicicleta, dentro de una bolsa de cuero y detrás de un sello postal; y quizá por eso, cuando finalmente llegaban, parecían importar un poco más.