La intervención del Puerto de Ushuaia dispuesta por el gobierno de Milei expone una decisión de enorme gravedad política y geopolítica
Por Tomás Palazzo para NLI
La intervención del Puerto de Ushuaia ordenada por la Resolución 4/2026 no puede leerse sólo como un conflicto administrativo entre Nación y provincia: es parte de una redefinición geoestratégica que alinea a la Argentina más cerca de los intereses militares de Estados Unidos, en detrimento de la soberanía nacional histórica sobre su extremo austral y la Antártida. Lo que está en juego no es un muelle, sino el control de rutas marítimas, nodos logísticos y posiciones geopolíticas clave en el Atlántico Sur y el continente blanco.
Antecedentes históricos: puertos, soberanía y el Atlántico Sur
Desde la consolidación del Estado argentino en el siglo XIX, la punta sur del continente fue concebida como una pieza estratégica de defensa y desarrollo nacional. El Puerto de Ushuaia no es un simple aeropuerto marítimo: desde su transferencia de dominio de Nación a la Provincia en 1992, fue administrado con autonomía, con recursos que debían destinarse exclusivamente a su mantenimiento, operación e inversión, tal como estableció el convenio firmado ese año y ratificado por el Poder Ejecutivo provincial. Esa cláusula buscaba asegurar que los ingresos portuarios no se convirtieran en caja fiscal general, sino en un instrumento de soberanía logística en uno de los extremos del territorio argentino.
Pero desde comienzos del siglo XXI, el valor estratégico de Ushuaia fue adquiriendo nuevas dimensiones: no sólo como puerta de salida al Pasaje de Drake y acceso a la Antártida para turismo, ciencia y pesca, sino como punto de interés geoestratégico global, en una región donde los Estados Unidos, China y potencias europeas mantienen vigilancia constante de rutas marítimas y presencia científica o militar.
La Antártida, en particular, es un escenario geopolítico complejo. El Tratado Antártico lo establece como zona de investigación pacífica y prohibe reclamaciones soberanas nuevas, pero la ubicación de bases logísticas en la Patagonia y Tierra del Fuego influye directamente en la capacidad de proyectar presencia en el continente blanco. Incluso iniciativas de cooperación científica y logística antártica han sido utilizadas en discursos oficiales para justificar mayor presencia extranjera en el extremo sur.
La visita de la general Laura Richardson en abril de 2024: un hito político
En abril de 2024, el entonces presidente Milei viajó expresamente a Ushuaia para recibir a la general Laura J. Richardson, jefa del Comando Sur de los Estados Unidos —una de las estructuras militares más relevantes del Pentágono para América Latina— en lo que constituyó un gesto político de alto valor simbólico y estratégico para Washington y para la agenda de defensa del gobierno argentino.
La visita de Richardson no fue un evento menor o ceremonial: se extendió por varios días en Argentina e incluyó:
encuentros con las máximas autoridades del Ministerio de Defensa;
participación en una ceremonia de donación de un avión C-130H Hercules financiado por Estados Unidos a la Fuerza Aérea Argentina (valorado en decenas de millones de dólares);
la estancia en Ushuaia, donde se definió públicamente la idea de una “Base Naval Integrada” que “convertirá a nuestros países en la puerta de entrada al continente blanco”, según declaraciones oficiales del gobierno argentino al recibir a Richardson.
Ese gesto fue interpretado por analistas y sectores críticos como una señal de subordinación geopolítica, en tanto la reunión no fue simplemente bilateral, sino destinada a consolidar una asociación estratégica ampliada con Estados Unidos en materia militar y logística en el extremo sur.
Ushuaia y el contexto global del Atlántico Sur
La presencia periódica de los comandantes del Comando Sur de Estados Unidos en Ushuaia y la Patagonia —no solo de Richardson sino de su sucesor, el almirante Alvin Holsey— responde a la creciente competencia global por el control de rutas marítimas, recursos naturales y posiciones estratégicas frente al avance de China y otras potencias. El Comando Sur estadounidense ha declarado en múltiples ocasiones la importancia de la región y la necesidad de fortalecer alianzas para contrarrestar lo que perciben como desafíos de actores externos.
Esa estrategia geopolítica tiene múltiples aristas:
Control y monitoreo de rutas marítimas del Atlántico Sur, esenciales para comercio global y acceso antártico.
Posicionamiento logístico y militar en latitudes australes, frente a las crecientes capacidades de otras potencias en la región.
Influencia sobre agendas científicas y de recursos naturales en regiones remotas pero ricas en potencial energético y pesquero.
Todo esto ocurre mientras, en paralelo, potencias como China también han mostrado interés en ampliar su presencia marítima, científica y comercial en la Patagonia y el Atlántico Sur —lo que Washington percibe como una amenaza estratégica.
Una redefinición peligrosa de soberanía
La decisión de intervenir y potencialmente suspender la habilitación del Puerto de Ushuaia mediante una resolución administrativa, en lugar de un debate político federal o una ley con participación de las provincias, debe leerse como parte de un proceso más amplio de subordinación de la estrategia argentina a agendas de seguridad ajenas. Esto quedó exacerbado por gestos simbólicos durante la visita de Richardson, incluyendo discursos oficiales que enmarcaron la cooperación militar dentro de narrativas de afinidad cultural y geopolítica con Estados Unidos más que de soberanía argentina autónoma.
Conclusión: más que un puerto, una pieza de ajedrez geopolítico
La intervención del Puerto de Ushuaia no es un simple reacomodo administrativo: es la materialización de una geopolítica que redefine el rol de la Argentina en su propio extremo sur. En un mundo donde el Atlántico Sur y la Antártida son cada vez más objeto de interés estratégico, energético y militar de potencias globales, la soberanía se ejerce no solo con discursos, sino con políticas públicas que no pueden ser dictadas por decretos o resoluciones bajo presión de actores externos.
Lo que está ocurriendo en Ushuaia explica por qué sectores políticos, sociales y estratégicos sostienen que esta decisión no sólo constituye un antecedente peligroso en términos constitucionales y federales, sino que pone en cuestión el control soberano de la Argentina sobre posiciones geopolíticas clave del Atlántico Sur y la Antártida.
La intervención del Puerto de Ushuaia dispuesta por el gobierno nacional no es una decisión técnica ni administrativa: es un movimiento político de alto voltaje, con implicancias geopolíticas directas y un mensaje disciplinador a las provincias. Bajo el pretexto de “reordenar” la operatoria portuaria, Milei avanzó sobre una jurisdicción provincial estratégica y dejó servido en bandeja uno de los enclaves clave del Atlántico Sur.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI
La bandera de EE. UU. flameó en la Base Naval de Ushuaia, Tierra del Fuego, en abril de 2024, durante la visita de la Generala del Ejército estadounidense Laura Richardson
La Resolución 4/2026 de la Agencia Nacional de Puertos y Navegación, publicada hoy en el Boletín Oficial, dispuso la suspensión de la habilitación del Puerto de Ushuaia por 12 meses y su intervención administrativa directa por parte del Estado nacional, quitándole a la Provincia de Tierra del Fuego el control efectivo del principal puerto austral del país. La medida se dictó a horas de la reunión de Milei en Davos con Donald Trump.
No se trata de una coincidencia. El ex diputado nacional Alejandro “Topo” Rodríguez lo dijo sin rodeos: Milei manoteó el Puerto de Ushuaia y hoy lo pondrá al servicio de Trump. No es una denuncia liviana ni una exageración retórica. El propio texto de la resolución reconoce el carácter estratégico, geopolítico y militarmente sensible del puerto, subrayando su rol en el abastecimiento antártico, la custodia de aguas australes y la logística regional.
MILEI MANOTEÓ EL PUERTO DE USHUAIA Y HOY LO PONDRÁ AL SERVICIO DE TRUMP
Antes de encontrarse con Donald Trump en Davos, el Presidente @JMilei hizo suspender la habilitación del Puerto de Ushuaia y dispuso su intervención administrativa, para que sea manejado directamente por el… pic.twitter.com/yJETqVDVWH
El gobierno nacional justifica la intervención alegando desvío de fondos portuarios, deterioro de infraestructura y fallas de seguridad. Sin embargo, el remedio elegido no es la coordinación ni la asistencia: es la toma directa del control, mediante una resolución administrativa de un organismo creado por DNU, sin debate federal ni instancia política previa.
El mensaje es claro: las provincias no gobiernan recursos estratégicos si esos recursos resultan útiles al proyecto nacional de Milei. Tierra del Fuego es el caso testigo, pero el antecedente es extensible a cualquier jurisdicción que administre puertos, vías navegables o nodos logísticos relevantes.
La resolución no solo suspende la habilitación, sino que habilita a la Agencia Nacional de Puertos y Navegación —con apoyo de la ex AGP y fuerzas federales— a administrar fondos, infraestructura, equipamiento y operación, desplazando en los hechos a la autoridad provincial.
Puerto, Antártida y alineamiento externo
El punto más grave no está solo en la forma, sino en el sentido político de la decisión. En los fundamentos de la resolución, Milei hizo consignar expresamente que Ushuaia es clave por su ubicación en el Atlántico Sur y su cercanía con la Antártida, destacando su valor estratégico para campañas científicas, logística y control territorial.
Ese párrafo, lejos de ser técnico, es una confesión política. Milei no está pensando el puerto desde una lógica de desarrollo nacional soberano, sino como activo geopolítico negociable en el marco de su alineamiento automático con Estados Unidos. En Davos, Milei no va a hablar de federalismo ni de soberanía: va a ofrecer “seguridad jurídica” y activos estratégicos.
La advertencia de Rodríguez apunta al corazón del problema: el riesgo de que el Puerto de Ushuaia sea ofrecido para uso militar y comercial extranjero, debilitando la posición argentina en el Atlántico Sur y la Antártida, una región donde la disputa de poder global es cada vez más explícita.
La decisión de Milei sienta un precedente temerario. Si el Poder Ejecutivo puede intervenir un puerto provincial estratégico mediante una resolución administrativa, invocando “interés público”, entonces el federalismo queda reducido a una formalidad vacía.
Hoy es Ushuaia. Mañana puede ser cualquier puerto, aeropuerto o infraestructura clave. La lógica es siempre la misma: centralizar, disciplinar y poner al servicio de intereses externos lo que debería ser política de Estado nacional y federal.
Por eso la pregunta no es solo qué hará Tierra del Fuego. La pregunta es qué harán los demás gobernadores frente a una avanzada que no distingue signos políticos cuando se trata de concentrar poder y recursos estratégicos.
El Puerto de Ushuaia no es una caja, no es una ficha de negociación y no es un botín de guerra ideológica. Es una pieza central de la soberanía argentina. Y Milei acaba de moverla sin pedir permiso.
Tras la revelación de LPO, crece el escándalo por el uso del padrón de la Agencia de Discapacidad (Andis) para hacer «territorio» durante campaña legislativa 2025 por parte de armadores que responden a Sebastián Pareja en el sur de la provincia.
Ahora, en el municipio de Tres Arroyos presentaron una denuncia penal pidiendo que se investigue el posible delito de acceso ilegítimo y revelación indebida de datos por parte de dirigentes de La Libertad Avanza (LLA) en la Sexta sección.
Es por la filtración de chats del grupo de WhatsApp de LLA en la Sexta donde la responsable seccional, la actual concejal bahiense Franca Grippo Harrington, propuso usar el padrón del programa Incluir Salud para hacer «territorio». Eso, dos meses antes de que estallara el caso de las coimas en la Andis.
En esos mensajes, Grippo reconoció que el material que tenía en manos era información reservada que le habían dado en papel y que tenía previsto entregar en mano a quienes vayan a la inauguración de un local libertario en Tres Arroyos, días más tarde . «No quieren que ande circulando», admitió.
Frente a esas filtraciones, en el municipio de Tres Arroyos a cargo del massista Pablo Garate formularon una denuncia penal ante la Unidad Funcional de Instrucción y Juicio Nº16 para que se investigue si hubo distribución y uso proselitista de datos de personas con discapacidad en el distrito por parte de dirigentes de LLA.
Mientras había gente en todo el país tratando de no perder 300 mil pesos, había gente distribuyendo esos datos para hacer proselitismo
Una de las denunciantes, la coordinadora del Área de Discapacidad de Tres Arroyos, Andrea Elgart, dijo que, mientras eso sucedía con Grippo y su gente, «más de 1.100 personas en la Sexta sección estaban siendo sometidos a las auditorías de la Nación, que es un proceso cruel por las pensiones».
Al denunciar una «agenda de la crueldad» por parte del gobierno libertario en materia de discapacidad, Elgart sostuvo: «Mientras había gente en todo el país tratando de no perder 300 mil pesos, había gente distribuyendo esos datos para hacer proselitismo».
Grippo Harrington con Pareja.
Grippo, que encabezó la lista de concejales de La Libertad Avanza en Bahía Blanca, es una de las personas más cercanas a Sebastián Pareja en el sur de la provincia.
De linaje estanciero por parte de madre, Grippo Harrington es nieta y bisnieta de dos ex intendentes bahienses y es delegada por Tornquist de la Sociedad Rural Argentina (SRA). Incluso, fue quien armó la visita de Nicolás Pino a Bahía en medio de la campaña.
Ahí, llamó la atención que algunos videos de la recorrida de Pino por la Expo Rural bahiense se hayan difundido con el sello La Libertad Avanza, ligando directamente al titular de la SRA con la campaña del Gobierno.
Como armadora de Pareja en la Sexta, Grippo Harrington mantiene el control de oficinas de Pami y Anses en Bahía y la región, donde, desde 2024, se multiplicaron los reclamos por delegaciones cerradas y problemas en la atención.
En ese marco, además de poner a disposición el padrón de uso confidencial de la Andis, Grippo Harrigton les propuso a los referentes locales bajo su mando colar gente en la Anses por medio de la empresa de limpieza Linser. «Podemos capitalizar esto nosotros», dijo la coordinadora en las filtraciones.
Paul Starc rechazó las presiones de Luis Caputo y Santiago Bausili para reglamentar la ley de «Inocencia Fiscal» y renunció a la dirección de la Unidad de Información Financiera (UIF).
LPO anticipó en exclusiva que Star era apurado por el ministro de Economía y el titular del Banco Central, que lo acusaban de demorar la adecuación de las normas antilavado para que pueda aplicarse la ley que el gobierno necesita para que los ahorristas saquen los dólares del colchón.
En la UIF dijeron a LPO que como la ley de inocencia fiscal va contra la ley de lavado y la Argentina está bajo seguimiento de GAFI, Starc no quería modificar las resoluciones porque además podría ser inconstitucional.
«La ley de lavado choca con inocencia fiscal y no le da potestades a la UIF de regular, entonces se juega la cabeza sacando normativa contraria y se expone al ojo de GAFI», dijeron a LPO en el organismo.
El ahora ex titular de la UIF había vaciado su despacho el miércoles, cuando fue al organismo sólo para almorzar. Ahora será reemplazado por Ernesto Gaspari, según comunicó el gobierno. Gaspari fue director de finanzas y control del Grupo Macri.
El equipo de Starc se reunió el miércoles y también decidió abandonar el organismo. Además del titular de la UIF se van Eduardo De Biase, el subdirector de litigios penales y el director de Coordinación Internacional, Eduardo Muñoz. También renunció Martín Montero, el director de Análisis y los directores de despacho y de administración.
Me vestí para la noche y son las siete de la tarde. Botines con taco, un short de jean negro cachetero que me deja una parte de las nalgas por fuera. Corsé negro de terciopelo con transparencia y flores y una camisa blanca encima que lo tapa. Me vestí para coger y yo no quería eso. A veces es difícil atinarle a los outfits. Pero aquí estoy. Aún no oscurece y no sé con qué me voy a encontrar.
Al llegar, me quedé detrás de un árbol unos cuatro metros antes del sitio, como espiando la escena. En realidad no quería avanzar. El lugar, un café en una esquina de Villa Crespo. El evento, speed datings: citas rápidas en las que una conoce a otro con la posibilidad de hacer match en vivo.
En estos tiempos está agarrando revuelo el volver a conectar de manera física, entonces empezaron a proliferar los clubes de escucha, planes de tarde de juegos en bares, fono bars y esto de las citas rápidas, que tienen nombres como “Ya fue Tinder” o “Matchear en vivo”. No es nuevo. Ya desde finales de los noventa sabíamos de esto en series como Sex and The City por un capítulo en el que Miranda, cansada de ver poco interés en los hombres al decir que era abogada, inventó que era azafata y terminó yéndose a su departamento con un tipo que inventó que era médico. Antes de las redes sociales ya nos creábamos un personaje para gustarle al otro.
Dejé el árbol y me acerqué a la entrada. Había gente en la vereda. Hice un escaneo rápido. Aún no podía identificar si las citas iban a ser con el mundo Tinder o con el mundo OkCupid. Para las personas hétero que llevamos un buen tiempo en las apps hay una diferenciación clara: Tinder es careta, OkCupid es progre. En uno los hombres tienen fotos con autos, Torre Eiffel, restaurantes, barriles de cerveza y hasta manejando yates chicos. En otro, fotos de ellos haciendo sus oficios: el dibujante dibujando, el fotógrafo fotografiando, el pintor pintando, el escritor leyendo. Hay más perfiles, pero esa es la generalidad. No sé cómo nos verán los hombres a nosotras.
Hay una queja en el ambiente de que lo de las apps ya no funciona. Llevo ocho años usándolas, desde que me separé. Depende de para qué, en algunos casos me han funcionado. Hice matchs interesantes, fui a citas, cogí, hice amigos. También me ghostearon, ghostié. Me aburrí en citas de las que no sabía cómo huir. Cogí con gente que no me gustaba, solo por coger. Di besos, porque no supe decir no. Y me enamoré, solo una vez, de alguien de Tinder que se salía de esa generalidad que repelo.
La primera app de citas que surgió para celular fue Grindr, en 2009, y luego vino Tinder en 2012. Desde ese tiempo y hasta hoy han salido varias. Incluso hay unas exclusivas para ricos y famosos en las que se ingresa por invitación, como Raya. O con un CV excepcional con puestos de alto rango, como The League o con ingresos anuales demostrables de mínimo 200 mil dólares, como Luxy. También hay algunas para casados que quieren una aventura sin ser descubiertos: Ashley Madison, Victoria Milan, entre otras, que permiten difuminar las fotos de perfil, tienen botón de pánico para cerrar la app si alguien entra a la habitación y nombres genéricos para cargos en la tarjeta de crédito.
Yo oscilo en el mundo Tinder y OkCupid. También he estado en la queja. Voy y vuelvo. Las elimino del celular, las vuelvo a instalar. Pero solo con esas dos. Con Bumble lo intenté y los tipos me parecieron mucho más caretas que en Tinder. Hoy en el swipeo ya veo las mismas caras. Tipos con los que había hecho match, charlamos y no avanzó. Uno con el que salí una vez y terminó siendo un demente. Otro que no me gustó y al que dejé de hablarle. He estado mucho ahí. Se convirtió en algo mecánico: swipe, si algo de la primera foto me llama la atención, veo las demás. Si me gustan, para asegurarme, vuelvo a verlas rápido. Luego leo el perfil y me fijo en los filtros. Si me convence, le doy like. Si matcheo, verifico de vuelta y, si me gustó, saludo. “Hola, ¿cómo va?”. Copio y pego ese mismo saludo en los otros matches, y, si alguno responde, sigo la conversación. No tengo horario. Lo más común es en la soledad de la noche, mientras como o veo de reojo una película o serie poco interesante. También en el subte camino algún lugar o en los descansos de trabajo. Son varios chats, y una se olvida de con quién habla. Alguna vez un chico me dijo que ya habíamos matcheado. Las conversaciones a veces se repiten.
El rato que espíe el café de las citas rápidas desde atrás del árbol me sentí como si estuviera viendo a través de una vitrina lo que iba a consumir. Desde afuera parecía un bar de esos a los que va gente progre o woke. La fachada fucsia con liniecitas blancas encima, la puerta y los marcos de las ventanas de un verde muy saturado. De la pared salía un círculo grande y grueso de plástico donde estaba el logo: una taza de café con pies y manos que parecían caminar, verde con rosa y blanco. Sobre la vereda tres mesas de chapa, verdes también. Empecé a descartar entre la oferta de hombres por lo superficial: la cara, la ropa, la estatura. Si estuviera en el swipeo de las apps, no le daría like a ninguno de los que podía ver hasta ese momento.
Lo primero que analicé fue a mi competencia: tres chicas que estaban sentadas en una mesa en la vereda. No pasaban los cuarenta años, parecían haber salido del trabajo. Tenían sus bolsos, alguna bolsita con algo más, conversaban poco y cada tanto miraban de reojo hacia el lugar. Tal vez, como yo, querían ver la oferta. Vestían pantalones, de jean o de tela suave. Sandalias planas, blusitas básicas de color marrón o negra. Algún saquito delgado. Había dos con anteojos.
Hay una queja en el ambiente de que lo de las apps ya no funciona. Por eso nacieron las speed datings: citas rápidas en las que una conoce a otro con la posibilidad de hacer match en vivo.
En una esquina de la entrada estaba la única chica que tenía algo corto, una falda animalprint negro con marrón. Se tapó las piernas con unas medias largas negras. Usaba también unas zapatillas de correr negras con suela blanca. Yo me sentía arreglada de más. También me sentía con ventaja. Luzco más joven, soy más delgada. Junto con otra chica somos las únicas con los labios pintados. Ella, fucsia. Yo, violeta. Estamos en un mercado. Nos estamos vendiendo. ¿Quién da más? ¿Quién ofrece más?
Esperábamos para entrar.
A través del vidrio vi a algunos hombres más. Había uno con colita que se parecía a un exchongo que conocí por Instagram. No quería encontrarme con nadie conocido. Me dieron ganas de irme, por eso y por mi outfit exagerado. Pensé en llamar a un amigo para que me mandara unos Converses por Uber envíos, así por lo menos no iba a llamar la atención con el clac-clac de los tacos. Pero ya era tarde para eso.
A la vereda salió un hombre de algo más de treinta, no medía más de 1,60. Más bajo que yo, que mido eso sin tacos. Su look me confundió. Tenía bigote, conjunto de bermuda y camisa manga corta de la misma tela. Lino blanco con rayas de color gris encima. Zapatillas y medias de un blanco impecable, que le llegaban hasta antes del gemelo, y tatuajes pequeños de línea fina negra que le recorrían el cuerpo. Una caja de Vauquita en una pierna. Una flor en el muslo. Un corazón y una cuchilla de barbero en el antebrazo. Parecía un gay hipster progre de San Francisco. Andaba con otro hombre de estilo similar: tenía la camisa manga corta de seda, a lo Charlie Sheen, verde de un lado y celeste del otro.
Invitaron a la gente a entrar, el evento iba a empezar. Me acerqué a paso lento. Adentro más mesas y sillas de chapa verde. Lo combinaban con el fucsia de los paneles que colgaban con la carta, de la puerta del baño y de algunos detalles más. Del techo pendían, como telarañas, tiras de luz led rojas y amarillas.
El chico de colita al que confundí con un exchongo tomaba una cerveza sentado en una banqueta alta y apoyado en una tabla colgada frente a la ventana que daba a la calle, mientras esperaba al inicio de las citas. Otros hacían fila. Cada uno estaba procurándose algún trago. Pedí una limonada, en vez de pedir cerveza, pensaba que así le bajaba el tono a mi outfit. Cuando pagué me dieron un papelito rectangular blanco y fucsia con un número: el 4.
El hombre del traje de lino a rayas nos invitaba a seguir. Teníamos que pasar de la barra al fondo, donde todo iba a ocurrir. En mi cabeza estaba la escena de speed datings de la película Hitch: especialista en seducción, en la que el personaje que interpreta Will Smith interrumpe la cita rápida del personaje de Eva Méndez para decirle que su cliente era un buen hombre que merecía el amor y ella lo había escrachado en una columna de chismes. Pensaba que iba a ser así, mesas en un gran espacio en donde íbamos a rotar para presentarnos rápidamente con otro.
Pero el lugar no estaba hecho para aquello. Estábamos dispares, 7 mujeres y 12 hombres. 5 mesas en un espacio pequeño y al otro lado de un muro otras 7 mesas. No nos podíamos ver entre espacios, no podíamos ver quiénes eran los otros. Yo arranqué en las mesas del espacio pequeño.
Desde la entrada ya se me había activado el filtro. El mismo que activo en la comodidad de mi sofá cuando uso las apps: el visual. Prefiero los chicos con cara linda, más altos que yo, que se vean de más de cuarenta (cuarenta bien vividos), no tan delgados, no tan robustos. No me gusta el estilo formal, me gusta lo descontracturado. Me gusta que en la charla no parezcan bobos, que no parezcan manipulables. Tampoco me gustan los chetos que ponen cara de asco a cualquier cosa que no les parece: una vez escuché a un tipo que pensaba que las mujeres que no se pintaban las uñas eran grasa. Me gustan los chicos algo intelectuales, pero con calle. Algo sensibles, pero rudos.
Si está la posibilidad de elegir, una elige lo que coincida con la fantasía. Después, si reviso mi pasado, mis novios o mis casi algo han sido muy diferentes unos de otros, no cumplen con un patrón. Un año menor que yo, o de mi misma edad, 10 o 20 años mayores. De mi estatura o más chicos, mucho más altos, peludos o lampiños, con y sin barba, pelados. Con lentes. Un comerciante, un ingeniero, un periodista. Un editor, un comunicador, un traductor.
El rato que espíe el café de las citas rápidas desde atrás del árbol me sentí como si estuviera viendo a través de una vitrina lo que iba a consumir. Desde afuera parecía un bar de esos a los que va gente progre o woke.
El primero con el que me tocó conversar fue el chico de colita. Una vez todos sentados, el hombre del traje de lino se ubicó en la puerta que daba al cuarto, así lo podíamos ver todos, los de allá y los de acá. En cada lugar había tiras de mesas con sillas de cada lado.
Antes de empezar la dinámica, el hombre del traje de lino a rayas dio muy orgulloso y eufórico un poco de contexto:
—Nos dimos cuenta de que ya fue Tinder y que había que conectar en vivo y se nos ocurrió esto.
Contó que la primera edición se llenó, que fueron más de 30 personas. Había posibilidad de matchear 15 parejas. En el café prometió un almuerzo de ñoquis para los que hicieran matchs y hubo muchos. Dijo que dejaron de prometer eso, porque se iban a pérdida. Ahora, quien hace match se gana un café para dos, que pueden ir a tomar después como primera cita.
También advirtió que siempre alguien se bajaba en el camino y que, aunque pudieran pagar por adelantado la entrada (9 mil pesos) y hubiera paridad, pasaba eso. En la enrarecida jungla heterosexual, casi siempre ocurre, hay más hombres que mujeres. Igual que en las apps. Por eso nosotras tenemos más likes, más matches, más posibilidad. Un estudio publicado en el International Journal of Clinical and Health Psychology dice que son más los hombres que las usan (58,7 %) y además lo hacen por más tiempo. También, que tienen un uso más orientado al sexo casual que las mujeres.
Este evento era heterosexual. Con un rango amplio de edad: de 25 a 45. Es decir, 20 años de posibilidades y de mezcla. La música del lugar no era singular, ni particular. No la recuerdo. No parecía importante. 12 hombres, 7 mujeres. Hombres al lado de allá de la mesa, mujeres al lado de acá. A los hombres les dieron un papel como el que me habían dado cuando pagué mi limonada, pero ellos tenían una letra; las mujeres íbamos con un número. Nuestro nombre dejaba de ser importante. Yo ahí empezaba a ser 4. Íbamos a tener 6 minutos, cada pareja, para conocernos. El organizador iba a dar, en cada sentada, una pregunta para romper el hielo.
—Primera pregunta: ¿café o mate?
El chico de colita era venezolano, de mi edad: 37. Separado hacía 7 meses, eso fue lo primero que dijo. Diseñador, trabajaba en casa. No me interesó. No me interesan los recién separados. Generalmente solo quieren sexo. Yo cuando me separé no tenía ganas de nada serio. Yo ahora busco pareja, llevo mucho soltera.
El chico llevaba dos años en Buenos Aires, salió de Caracas directo acá. Él prefería el café, yo prefiero el mate, me da energía, el café me infla la panza.
Las que íbamos a rotar de silla en silla íbamos a ser las mujeres, porque en cada turno iban a haber 5 hombres sin posibilidad de match. Parecíamos metidos en el video de “Around the world” que dirigió Michel Gondry para Daft Punk. Mujeres a un lado, hombres al otro. Moviéndonos en coreografía, en el tiempo indicado. Los mismos movimientos robóticos, con una paleta de color definida, al ritmo de beats digitales.
El segundo chico tenía una camiseta color salmón, se le marcaban los músculos, el pelo bien bien corto y definido. Era ingeniero. Muchos de los ingenieros que he conocido están aburridos con su trabajo. Se quejan, pero ganan bien, por eso se quedan. No supe qué tanto le gusta su trabajo, los 6 minutos no dieron para tanto. Yo tengo prejuicio con los que van al gimnasio, siento que les gustan chicas con cuerpos igual de marcados que el de ellos y mis músculos no están fuertes. Yo tengo algo de flacidez y algo de panza.
Las que íbamos a rotar de silla en silla íbamos a ser las mujeres. Parecíamos metidos en el video de “Around the world” de Daft Punk, moviéndonos en coreografía, robóticos, con una paleta de color definida, al ritmo de beats digitales.
Cada turno esperábamos la señal para empezar la acción. Obedientes. Como si a punta de comandos el hombre del traje de lino nos manejara. Nos quedábamos mirando al otro, esperando una pregunta para poder hablar.
El siguiente fue un sociólogo de la UBA. Barba, anteojos. Camisa de jean encima de una camiseta negra. No pude ver qué pantalón tenía. Él quería mostrar que sabía. Quería hablar de su CV. Me sentía en una sitcom. Me encontraba con todos los clichés.
El último de los chicos del pasillo era alguien de Entre Ríos. Llevaba poco en la ciudad, le parecía acelerada, grande, caótica. Yo le dije que me sentía bien con ese ritmo. Soy una chica de ciudad. Él vivía en una pensión. Trabajaba en una fábrica. Recién salía del trabajo. Yo quería saber más de él, no por un match, me interesaba saber qué hacía en su ciudad. Por qué decidió venir, cambiar de territorio.
Después de él, tuve que pasar al otro salón. Cuando estaba por llegar al frente de mi otro posible match, me llamaron del pasillo: había olvidado mi papelito con el número 4, mi identidad de esa tarde. Recién ahí entendí que era un sticker y que me lo podía pegar sobre la camisa, tenía que ser visible, estar marcada.
La siguiente cita decididamente no me iba a gustar. Tenía pinta de vivir con la mamá. Camisa beige manga corta metida dentro de un pantalón de vestir marrón. Zapatos de cuero sin medias. Peinado de lado con gomina. Rastros de un acné pasado. Cachetón. Risa nerviosa. Era repartidor de Rappi. No tengo una lista de filtros. Los tengo adentro, insertos, los que he armado con los años. Ahora me siento mal por ese no rotundo que le dí en mi cabeza antes de decirle hola. Me saco el malestar pensando que yo también he sido el no rotundo de alguien. Estaba aburrida, pero sonreía. Sentía que perdía el tiempo, la arreglada, lo que costó el Uber y la limonada.
No recuerdo el nombre ni la letra de ninguno. Es más rápido el swipe presencial que el virtual. En las apps puedo ver la foto una y otra vez. Leer y releer la bio, ver los filtros. Acá yo me auto swipeaba. Sentarme, sonreir, conversar. Pararme, ir a la derecha, sentarme, sonreir, conversar.
Al hombre del traje de lino se le acabaron las preguntas para romper el hielo, así que empezó a pedirnos ideas. El que parecía vivir con la mamá dio una: pizza con jamón y ananá, ¿sí o no?
Sí, claro. Pizza hawaiana toda la vida. Pero no con el ananá de lata, me gusta el ananá caramelizado con azúcar mascabo. Ese es el ananá indicado para esa pizza. Al que tenía enfrente no le gustaba. Lo dijo con cara de asco. Era algo canchero, también pelado y tenía una chomba negra. No recuerdo lo que me decía, solo recuerdo la sensación de su cara muy cerca a la mía, como estirando el cuerpo más allá de la mitad de la mesa. Lo recuerdo como una cabeza flotante, sonriendo y tirándome postas. Cuando pasé al siguiente, el que parecía vivir con la mamá y el canchero se quedaron sin cita, así que empezaron a conversar entre ellos. No recuerdo con quién compartía yo la mesa, estábamos tan cerca que la conversación de los del lado me desconcentraba. 1, 2, 3, 4. Derecha, derecha, derecha.
El siguiente era un hombre de más de 40, con algo de barba, anteojos, parecía alto. Camiseta negra, voz grave.
Alguien tiró otra pregunta:
—¿Cuál es la playlist que ponen para bañarse?
Yo dije que dependía de la semana, soy curiosa con la música. Escucho desde salsa hasta heavy metal. Por esos días estaba con Metallica y también con Ángeles del Infierno, una banda española de heavy que escuchaba en mi adolescencia.
—¿Cuál álbum de Metallica?, me preguntó el chico.
—En el que está “Enter Sandman”. —Yo recordaba nomás la tapa, fondo negro, la silueta de una culebra encima.
—Copado— dijo él, muy breve.
—También escuché mucho “For Whom the Bell Tolls”, que está basado en el libro de Hemingway —cancherié.
—¿Lo leíste al libro?
—Sí —mentí.
—De esa onda me gusta Tom Wolfe.
De pronto la conversación derivó al periodismo narrativo. Y hablamos bastante en seis minutos: Capote, Hemingway, Hunter S. Thompson, Walsh. Se acabó el tiempo, tuve que pasar al siguiente. El chico periodismo narrativo se quedó solo. Se puso a ver el celular.
El siguiente era un venezolano, algo pelado. Le quedaban algunos pelos rubios, cuasi pelirrojos. Nunca me importó si los hombres tienen pelo o no. Sé que es algo que les incomoda. Íbamos a empezar a hablar y el anfitrión dijo que era el momento del break. Por si alguien quería comprar algo. Yo no quería comer nada ni tomar nada, recién terminaba la limonada. Me quería quedar sentada. Era una posibilidad para hablar, más allá de los seis minutos, con alguien.
Nos dio pudor quedarnos. Yo intenté resistir, pero me pareció raro quedarme sola en el salón. Todos nos fuimos cerca a la barra. Algunos sí compraron, otros salieron a la vereda. Yo apoyé mi brazo en la vitrina, otra chica se sentó sola en una mesa cerca del baño. La miré un rato, pelo negro largo, ropa negra también. Agarró el celular, se puso a escrolear, yo hice lo mismo.
Volví con el venezolano cuasi pelado. No sé con qué pregunta empezamos la charla, pero recuerdo que me contó que había más eventos de este tipo. Mencionó uno de perfiles más progres en el que la reserva sale solo mil pesos, mencionó otro en Palermo, me dijo que era habitué de estos eventos. Era su tercera vez en este café y había ido a otros 3 lugares que hacían eventos similares. Dos semanas después me inscribiré a dos eventos en estos otros lugares. No iré. Uno de los días preferiré quedarme en el festejo de un amigo que se recibió, y el otro, en la terraza, tomando mates al sol con otro amigo.
El venezolano me dijo que, al igual que le pasaba en el mundo virtual, él sabía que no iba a hacer match con las “chicas hegemónicas como tú” de menos de treinta. Me alegré porque me bajó la edad. No me considero hegemónica. No soy rubia, mis tetas son escasas, el poco culo que tengo no está firme, tengo una estatura promedio.
El siguiente fue un jovencito de 26 años que también me bajó la edad: me dijo que me daba 32, no más de ahí. Sonreí. Ya era el tercero en la tardenoche que me daba menos. Me alegraba eso, no tengo miedo a cumplir años, tengo miedo a que se me note. Arrugas, canas, cuerpo derretido. Tampoco hago nada para evitarlo. Tampoco es que pueda hacer mucho.
El siguiente fue un venezolano carilindo. Extrovertido, pero algo relajado. Me gustó su onda. Me preguntó cuántos años le daba. Le dije que no más de 35. Tenía 33. Sin que yo le preguntara, me dijo que yo tenía 37. No se notó mi cara de indignación, eso espero. No quiero parecer de mi edad. Me convencí de que escuchó que le dije la edad al del lado. Me convencí de que era su estrategia psicológica de levante. Él también había ido a varios eventos de este tipo, intuí que era amigo del jovencito de 26. Imaginé que iban de evento en evento tratando de caerle a alguien mayor, a alguien como yo que ya entro en la categoría MILF.
El último fue un muchacho de 23. Ya no me importaban las preguntas disparadoras. Le pregunté directo por qué estaba ahí. Me contó que se cansó de las apps porque lo habían estafado. Matcheaba, charlaba, lo amenazaban con escracharlo por pedófilo o acosador si no giraba plata. Dijo que con el tiempo empezó a aprender de ciberseguridad y que empezó a usar una app que identificaba si la foto era hecha con IA o si era tomada de internet. En la búsqueda de fotos de los perfiles con los que matcheaba le salieron algunas actrices porno.
Quién sabe en qué tipo de conversación caía. Quién sabe qué palito picaba. Pero dijo que lo llamaban a pedirle plata de teléfonos de esos que se sabe son de alguien que está en la cárcel. Me dijo que le gustaban las chicas mayores, que las de su edad solo querían boludear, que él quería una relación seria.
Recordé que yo hasta mis treinta tuve relaciones serias, o que pintaban para serias. Recordé que viví una vida adulta en un momento en que no debía o no quería. También pensé que él, como yo, tenía cancha en apps y, al parecer, también había ido a varios de estos eventos. Capaz le funcionaba eso de decir que quería una relación seria.
Hoy siento que tengo miedo a relajarme, miedo de abrirme para construir una. Capaz, de todos los matches, de las apps, de estas citas en vivo, hubo alguno que me hubiera podido interesar, pero simplemente no doy la posibilidad, pongo primero el filtro.
Le conté de mi aventura de citas rápidas a un amigo que pasa los 60 años:
—¿Te gustó alguno?
—Hubo uno que me interesó.
—¿Y qué pasó?
—Creo que a la larga me iba a aburrir.
—A ustedes ahora todo les parece aburrido. ¿En 6 minutos puedes saber si alguien te puede aburrir?
¿En seis minutos una puede saber si alguien le gusta? Recuerdo la última vez que estuve en pareja por un tiempo largo. Tenía 22 años cuando lo conocí en una fiesta que hizo un amigo. Pegamos buena onda, me pidió el teléfono, me invitó a salir. Unos meses después, nos pusimos de novios. A los dos años de relación él vino a vivir a Argentina; a los tres, vine a vivir con él. Duramos ocho años, vivimos cinco juntos. Recuerdo que en ese tiempo no lo pensaba tanto: para salir, para ponerme de novia, para mudarme por alguien a otro país.
Cuando me separé un tío me dijo que él lo veía como un fracaso. En terapia entendí que esa relación había durado lo que había tenido que durar. No fracasamos, mantuvimos una relación durante ocho años. Hoy, en tiempos de bloqueos y cancelaciones, eso es una proeza.
A veces siento que tengo miedo a soltarme, al rechazo, al no. Pareciera que enamorarse es perder. No queremos perder. Siento que enamorarse requiere coraje, es un salto al vacío: enfrentarse con lo que pasa cuando te gusta alguien mucho, la ternura, la intensidad, la cursilería; pero también con todo eso que hoy está prohibido sentir: los celos, la necesidad de poseer, la inseguridad que genera un mensaje no respondido al instante. Buscamos el like, el match perfecto. Poner una foto en Instagram con la pareja ideal. Alguien a quien llevar a las reuniones de la mano, alguien a quien lucir.
Cuando se acabaron las posibilidades de swipe físico en el speed dating, el organizador nos dio otra tarjetita. Una negra con rayitas al reverso para escribir. Podíamos poner solo dos letras, las mujeres, o dos números, los hombres. Eran nuestras posibilidades de matches. Mucho menos que en las apps. No recordaba la letra del chico periodismo narrativo.
Me levanté. Fui a un rincón y le pedí al anfitrión que fuera con cautela al otro salón a ver la letra del chico alto con camisa negra de la mesa del fondo. Me repreguntó, le expliqué. Me agarró la mano y me llevó a rastras por el pasillo, mientras me decía que mejor me llevaba y lo viera yo. Mis tacos sonaban, yo quería soltarme de su mano. No podía. Mientras caminábamos, decía a gritos que yo iba a pasar porque quería ver las letras que las mostraran. Como eligiendo un postre, como eligiendo un jean.
No vi la letra, no puse nada. Solo una pareja hizo match. El ingeniero musculoso con la chica de los labios fucsia. Lo sé, lo supimos todos porque el anfitrión lo hizo público, lo vociferó como un logro. Él con su “Ya fue Tinder” había hecho un bien por esta humanidad que cada vez se junta menos.
Capaz, de todos los matches, de las apps, de estas citas en vivo, hubo alguno que me hubiera podido interesar, pero simplemente no doy la posibilidad, pongo primero el filtro.
En un rincón me pidió perdón por pasearme por en medio de las mesas. Y me aclaró que al final vio y el chico periodismo narrativo no había puesto mi número. Me sentí mal.
Fui al baño: un gran lugar de photo opportunity. Luces de neón, espejos con stickers. Salí y el chico periodismo narrativo estaba afuera. Aproveché y le pedí su instagram, él me dijo que me estaba esperando para pedirme el mío. Le expliqué que yo quería poner su letra, pero que no la recordaba. Me dijo que él sí había puesto mi número.
—¿Qué haces ahora? ¿Vamos a comer?, me preguntó.
—Dale. Tengo ganas de comer pizza.
Dos de los hombres jóvenes habían venido juntos y se fueron juntos. Otro se subió solo a su moto. El grupo de amigas se fue caminando. Una chica tomó lo que parecía un Uber. Imagino que los demás también iban solos con sus bolsos de trabajo al hombro camino a la parada del colectivo.
Con el chico periodismo narrativo caminamos por Corrientes hasta una pizzería clásica porteña. Conversamos de libros, escritores, de nuestras vidas. Él había estudiado comunicación social en la UBA, pero había dejado el periodismo y la escritura en el olvido y se había dedicado a los recursos humanos.
Terminamos la birra y me acompañó a la parada del colectivo. Nos despedimos con un beso en la mejilla.
Ya en el colectivo reafirmé lo que intuía, que el chico periodismo narrativo no me había gustado tanto. Le pedí el instagram porque no me quería ir sin la sensación de un match, le dije que sí a la cena porque quería ver si pasaba algo más. Algún destello que me hiciera sentir que ahí podía intentar. Pero no. La razón es igual de ridícula que las otras que encontré para que tantos otros no me gustaran: que estaba aburrido y conforme con su trabajo y no hacía lo que de verdad le gustaba. Y yo lo que quiero es pasión. De otros no me gustó la voz, la intensidad, las canchereadas. Quiero profundidad, pero caigo en la superficialidad.
Supongo que hay una casualidad, una mirada, una sonrisa, un beso que activa el deseo de querer conocer más. Más allá de la foto en yate, más allá de la profesión, más allá del hastío propio, del hastío de tener una y otra vez estas citas, del hastío del trabajo, del hastío del mundo. Una mirada que haga algún click que den ganas de querer escarbar y, eventualmente, quizá, dar un salto al vacío.
Seguimos swipeando, aunque no nos demos la oportunidad de conocer. Vamos tras la búsqueda de esa sonrisa que nos haga olvidar los filtros con los que armamos a esa pareja ideal. Queremos encontrar esa sonrisa que nos proteja del mundo, por eso seguimos, como dice el graffiti que se le grabó a Bell Hooks camino a dar clases en Yale, “buscando el amor aun cuando todo parezca perdido”.
El chico periodismo narrativo me escribió días después, nunca le contesté.
Ecuador y Colombia entra en una espiral tensión que amenaza con romper las relaciones diplomáticas.
El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, decidió implementar el 30% de arancel a las importaciones de Colombia por considerar que no hace lo suficiente en la lucha contra el narcotráfico en la frontera común.
La medida fue impuesta luego que el colombiano Gustavo Petro hablara de la grave situación humanitaria del ex vicepresidente de Rafael Correa, Jorge Glas, que está detenido por corrupción y se volvió una bandera del progresismo contra la persecución política.
En ese marco, el ministerio de Comercio, Industria y Turismo colombiano respondió que aplicará la misma tarifa a 20 productos aún sin definir y con la posibilidad de extender la medida «a un grupo más amplio, como respuesta a la alteración de las condiciones del comercio bilateral generada por la decisión unilateral» de Noboa.
El arancel ecuatoriano entrará en vigor en febrero y la respuesta colombiana será «proporcional, transitoria y revisable», indicó el gobierno de Petro. «Este gravamen no constituye una sanción ni una medida de confrontación, sino una acción correctiva orientada a restablecer el equilibrio del intercambio y a proteger el aparato productivo nacional», añadió.
Daniel Noboa, decidió implementar el 30% de arancel a las importaciones de Colombia por considerar que no hace lo suficiente en la lucha contra el narcotráfico en la frontera común.
De su lado, el ministerio de Minas y Energía expidió una resolución para suspender las Transacciones Internacionales de Electricidad (TIE) entre ambos países «como una medida preventiva orientada a proteger la soberanía y la seguridad energética» de Colombia, indicó sin mencionar directamente los aranceles.
La decisión se fundamenta en análisis técnicos que «evidencian una mayor presión sobre el sistema eléctrico» colombiano en momentos de «variabilidad climática».
Ecuador ha sufrido intensas sequías que llevaron en 2024 y en 2025 a prolongados cortes de electricidad, en un país donde el 70% de la energía eléctrica depende de la generación hídrica. En ese contexto, Colombia ha abastecido en distintas ocasiones a Ecuador, con 17 millones de habitantes y que tiene hoy un déficit de 1.000 Mw.
Este gravamen no constituye una sanción ni una medida de confrontación, sino una acción correctiva orientada a restablecer el equilibrio del intercambio y a proteger el aparato productivo nacional
«Las condiciones actuales, tanto energéticas como comerciales, no permiten mantener las transacciones internacionales de electricidad sin poner en riesgo el abastecimiento nacional», indicó el ministerio.
Colombia y Ecuador comparten una línea fronteriza de 600 kilómetros que se extiende desde el Pacífico hasta la selva de la Amazonía, donde operan guerrillas colombianas y organizaciones dedicadas al tráfico de drogas y armas y a la minería ilegal.
La crisis también impacta en el intercambio de petroleo. Tras la decisión de Colombia sobre la suspensión energética, Ecuador anunció nuevas tarifas al transporte de petróleo de ese país por uno de sus oleoductos.
«La tarifa de transporte del crudo colombiano por el OCP (Oleoducto de Crudos Pesados) tendrá la reciprocidad recibida en el caso de electricidad», informó la ministra de Ambiente y Energía de Ecuador, Inés Manzano, en un escueto mensaje en X.
Ecuador exporta crudo e importa combustibles. El OCP, del que el Estado ecuatoriano es accionista mayoritario, tiene capacidad para 450.000 barriles por día (bd). Para transportar el crudo extraído en la Amazonía hasta el Pacífico, Ecuador también dispone de otro oleoducto con capacidad para 360.000 bd.
La producción de crudo de Ecuador se ubicó en 469.000 bd en noviembre pasado, de los cuales un 39% se movilizó por el OCP, según los datos más recientes del Banco Central.
Colombia exporta hacia Ecuador principalmente energía eléctrica, medicamentos, vehículos, productos cosméticos y plásticos, según la Asociación Nacional de Comercio Exterior (Analdex) de Colombia.