Política

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    IMPUNIDAD: Milei vuelve a contratar a la Suizo-Argentina, sospechada de darle el 3% a su hermana

     

    Pese a estar bajo investigación judicial por sobreprecios, licitaciones direccionadas y presuntos retornos ilegales, el Gobierno volvió a habilitar a la droguería Suizo-Argentina para hacer negocios con el Estado. La empresa está en el centro del escándalo de la ANDIS y es señalada por un esquema de coimas que salpica de lleno al entorno más íntimo de Milei.

    Por Tomás Palazzo para NLI

    Mientras Milei repite su discurso contra “la casta” y promete transparencia, la realidad vuelve a mostrar otra cosa. El Estado nacional reactivó contrataciones con la droguería Suizo-Argentina S.A., una de las firmas más beneficiadas durante el actual gobierno y que se encuentra bajo investigación por una trama de sobreprecios, contratos amañados y presuntos retornos del 3% en el marco de las compras realizadas por la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS).

    La decisión de volver a contratar a la empresa se tomó cuando la causa judicial sigue abierta, los audios que dieron origen al escándalo no fueron desmentidos y las sospechas de corrupción alcanzan directamente a Karina Milei, hermana del Presidente y figura central del armado libertario.

    El escándalo de la ANDIS y el circuito del “3%”

    La investigación judicial se inició a partir de audios atribuidos al entonces titular de la ANDIS, Diego Spagnuolo, donde se describe con crudeza un esquema de contratación irregular con Suizo-Argentina. En esas grabaciones se habla de licitaciones armadas, sobreprecios sistemáticos y un retorno del 3% del monto de los contratos.

    Según la denuncia, ese dinero habría sido canalizado hacia funcionarios y operadores políticos del oficialismo. El nombre de Karina Milei aparece mencionado como destinataria final de esos retornos, junto a otros integrantes del círculo de poder que rodea al Presidente.

    Lejos de aclarar la situación, el Gobierno optó por no dar explicaciones públicas, desplazar silenciosamente a algunos funcionarios y, ahora, volver a habilitar a la empresa sospechada para seguir contratando con el Estado.

    Contratos millonarios que continúan pese a la causa judicial

    Los números son elocuentes. Más de 600 contratos firmados entre la ANDIS y Suizo-Argentina, por montos que superan los 55 mil millones de pesos, se encuentran bajo la lupa judicial. A eso se suman compras realizadas por otros organismos nacionales, como el Ministerio de Salud, el PAMI y obras sociales estatales.

    Pese a este escenario, la droguería volvió a presentar ofertas en nuevas licitaciones, incluyendo provisión de insumos médicos de alta complejidad para hospitales públicos. En algunos casos, los procesos administrativos ya quedaron listos para adjudicar, como si la investigación en curso no existiera.

    No hubo suspensión preventiva, ni inhabilitación, ni siquiera un gesto mínimo de prudencia institucional.

    Un crecimiento explosivo bajo el gobierno de Milei

    Otro dato que refuerza las sospechas es el crecimiento exponencial de los contratos de Suizo-Argentina desde la llegada de Milei al poder. En apenas un año, la facturación de la empresa con el Estado se multiplicó de manera abrupta, alcanzando cifras superiores a los 100 mil millones de pesos.

    Este salto contrasta brutalmente con el ajuste que el propio Gobierno aplica sobre jubilaciones, prestaciones por discapacidad, salarios estatales y el sistema de salud pública. Mientras se recortan derechos, los negocios amigos siguen intactos.

    El relato anticasta que se derrumba

    La reapertura de las contrataciones con una empresa bajo investigación judicial deja en evidencia una doble vara escandalosa. Milei llegó al poder prometiendo terminar con la corrupción, pero cuando las sospechas tocan a su propia familia, el discurso se desvanece.

    No hay transparencia, no hay explicaciones y no hay sanciones. Hay continuidad de negocios, encubrimiento político y una sensación de impunidad que se profundiza.

    Mientras la Justicia avanza a paso lento y el Gobierno hace equilibrio para despegarse del escándalo, los contratos siguen firmándose y el dinero público sigue fluyendo, incluso cuando las denuncias ya no son versiones periodísticas sino una causa judicial en marcha.

     

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    Renuncia de Lavagna y números incómodos: cuando la inflación no le cierra a Milei

     

    La renuncia de Marco Lavagna al frente del INDEC, justo antes de la publicación de un nuevo índice de inflación, dejó al descubierto una situación tan delicada como inquietante: los números que debía mostrar el organismo no coincidían con el relato económico del gobierno de Milei. La decisión oficial de postergar la nueva metodología y cambiar a su máxima autoridad reavivó las sospechas sobre la intervención política en las estadísticas públicas, en un contexto donde la inflación real sigue golpeando los bolsillos mientras el Ejecutivo necesita vender un éxito que los datos no confirman.

    Por Roque Pérez para NLI

    La renuncia de Marco Lavagna al frente del INDEC, a pocos días de que se conociera un nuevo índice de inflación con metodología actualizada, encendió todas las alarmas políticas. No se trata de un cambio administrativo más: el movimiento ocurre en un momento clave para el relato económico del gobierno de Milei, que necesita mostrar una desaceleración sostenida de precios para justificar el ajuste brutal que atraviesan los hogares argentinos.

    Lavagna, que había sostenido un perfil técnico y de bajo ruido político desde su llegada al organismo, dejó su cargo justo cuando el Indec estaba en condiciones de publicar los primeros datos con una nueva fórmula de medición del IPC, basada en una canasta más actualizada y representativa del consumo real. La coincidencia temporal es demasiado evidente como para ser ignorada.

    Una salida en el peor momento para el relato oficial

    Según distintas reconstrucciones periodísticas, el nuevo índice no mostraba el resultado que el Gobierno esperaba. La inflación medida con la nueva metodología daba más alta de lo que Milei y el ministro Luis Caputo venían prometiendo, lo que implicaba un golpe directo al discurso de “desinflación exitosa” que el oficialismo intenta instalar.

    En ese contexto, la continuidad de Lavagna se volvió incómoda. El ahora ex titular del Indec habría insistido en publicar los datos tal como estaban previstos, respetando los criterios técnicos y los tiempos ya trabajados por el organismo. Del otro lado, el Ejecutivo optó por patear la implementación del nuevo índice, una decisión que, lejos de ser inocua, tiene impacto político inmediato.

    La versión oficial habló de “diferencias de criterio” y de la necesidad de esperar “condiciones más estables”. Sin embargo, puertas adentro del propio Estado nadie logra explicar por qué un índice terminado, probado y listo para difundirse debe ser guardado en un cajón justo cuando los números dejan de acompañar.

    Postergar datos también es una forma de intervenir

    Tras la renuncia, el Gobierno confirmó que Pedro Lines quedará al frente del Indec y que la nueva fórmula de medición de la inflación será postergada. En los hechos, se seguirá utilizando un índice que subestima consumos actuales, mientras los precios de alimentos, transporte, servicios y alquileres siguen golpeando el bolsillo real.

    La decisión no es técnica, es política. Medir distinto cambia el resultado, y cambiar el resultado altera el clima social. Milei necesita mostrar una inflación en baja para sostener el ajuste, contener el malhumor y negociar con el poder financiero. Publicar un dato que contradiga ese relato sería admitir que el sacrificio no está dando los frutos prometidos.

    El problema es que el Indec no es una consultora del Gobierno: es un organismo público cuya credibilidad fue duramente dañada en el pasado y que había logrado recomponer prestigio con criterios profesionales. Forzar salidas, demorar índices y acomodar tiempos vuelve a sembrar dudas que el país ya conoce demasiado bien.

    Cuando la estadística molesta

    La inflación no es una cifra abstracta: es el precio de comer, viajar, calefaccionarse y vivir. Si los números oficiales no reflejan esa realidad, el problema no es la gente, sino la estadística. Y cuando un director técnico se va justo porque los datos no cierran con el discurso presidencial, la sospecha deja de ser una hipótesis para transformarse en una señal política.

    La renuncia de Lavagna expone una tensión de fondo: entre la necesidad del Gobierno de sostener su relato y la obligación del Estado de decir la verdad, aunque incomode. En esa disputa, Milei parece haber elegido priorizar la narrativa antes que la transparencia.

    Porque cuando los números no le dan, el problema no es el índice. El problema es la realidad.

     

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    Leyenda, pasión y tragedia en el misterioso castillo de la Ruta 2

     

    Entre los campos bonaerenses y a la vista de miles de viajeros, el castillo de la Ruta 2 guarda una de las historias más intensas y trágicas del siglo XIX argentino. Amor prohibido, poder económico, un crimen que conmovió a la élite porteña y una herencia que todavía late entre muros centenarios convierten a esta construcción en mucho más que una postal: es el reflejo de una época marcada por la pasión, la violencia y el peso de los apellidos.

    Por Lola Santacreta para NLI

    Foto: Matías Virasoro Guerrero

    A lo largo del kilómetro 168 de la ruta que une Buenos Aires con la Costa Atlántica, entre los pastizales de la provincia bonaerense, se alza una construcción que despierta la curiosidad de quienes viajan rumbo a Mar del Plata o Pinamar: el imponente castillo de La Raquel, también conocido como el misterioso castillo de la Ruta 2. Con su estilo francés de finales del siglo XIX, su torre y su parque botánico —producto del trabajo del paisajista danés Forkel— esta estancia ha pasado de ser solo un hito visual a convertirse en un símbolo de una historia intensa de amor, fortuna y una tragedia que marcó a una familia y al país entero.

    Un paisaje que guarda ecos del pasado

    Construido en 1894 por Manuel Guerrero, este edificio ecléctico nunca fue realmente habitado por la protagonista de la historia más recordada asociada con este lugar, Felicitas Guerrero, pero sí formó parte de su entorno habitual y de los campos donde caminaba en sus travesías rurales.

    La estancia, ubicada en el partido de Castelli frente al río Salado, fue heredada por los padres de Felicitas tras su trágico final y, con el paso del tiempo, se transformó en un símbolo de la pujanza del campo argentino de fines del XIX. La explotación lechera desarrollada por los hermanos Guerrero llegó a enviar 18.000 litros de leche diarios hacia Buenos Aires, una cifra extraordinaria para la época que consolidó a La Raquel como un epicentro de producción agropecuaria.

    Felicitas Guerrero: belleza, amor y destino trágico

    Felicitas Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto, nacida en Buenos Aires el 26 de febrero de 1846, fue conocida en su tiempo como la “mujer más bella de la República”, protagonista de tertulias culturales, amante del arte y profundamente marcada por las exigencias sociales de su entorno aristocrático. Su vida fue una mezcla de privilegios y tragedias personales: un matrimonio concertado con Martín de Álzaga, la pérdida de sus dos hijos y el fallecimiento de su marido dejaron una huella profunda en su historia familiar.

    A pesar de las convenciones sociales, Felicitas encontró en Samuel Sáenz Valiente un amor verdadero, una relación que debía consolidarse en medio de planes para anunciar su compromiso y proyectos de progreso —como la inauguración de un puente sobre el río Salado—. Sin embargo, antes de aquel festejo, llegó la tragedia: el 29 de enero de 1872, Enrique Ocampo, un pretendiente despechado, la asesinó de un disparo y luego se suicidó, un episodio que conmocionó a la sociedad porteña y que muchos consideran uno de los primeros femicidios resonantes de la historia argentina.

    De tragedia familiar a legado cultural

    Aunque Felicitas nunca vivió dentro del castillo que hoy se ve desde la ruta, su tragedia sigue siendo el corazón de la narración histórica en La Raquel. En memoria de su vida y de lo que representó para su familia, sus padres erigieron la Iglesia Santa Felicitas en Barracas, inaugurada en 1876 en los jardines de la quinta donde ocurrió su muerte.

    Con el correr de los años, la estancia pasó a manos de sus parientes, y su legado no se limitó solo al campo o a la producción rural. Fue parte de la expansión y fundación de localidades turísticas de la costa como Pinamar y Valeria del Mar, ideas impulsadas por su sobrina Valeria Guerrero y su esposo Jorge Bunge, que dejaron huellas indelebles en el mapa de veraneo argentino.

    Foto: Matías Virasoro Guerrero

    Reapertura, turismo y memoria viva

    Desde enero de 2023, la familia Guerrero-Russo reabrió La Raquel para recibir visitantes con reservas, ofreciendo recorridos guiados por los jardines centenarios diseñados por Forkel, experiencias gastronómicas y charlas históricas en torno a la figura de Felicitas. Una propuesta única para quienes buscan sumergirse en una mezcla de naturaleza, historia y leyenda.

    Hoy, el castillo no solo es un símbolo arquitectónico visible desde la ruta, sino un espacio donde la memoria de una mujer de espíritu inquieto, la tragedia que la marcó y el impulso innovador de su familia se entrelazan para contar una de las historias más fascinantes y conmovedoras del campo argentino.

     

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    Hallazgo arqueológico redefine nuestra comprensión de la tecnología humana en el pleistoceno

     

    Un equipo internacional de paleoantropólogos ha publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) un hallazgo que cambia la narrativa de cómo y desde cuándo los seres humanos fabricaron herramientas portátiles de madera. Según el estudio con DOI 10.1073/pnas.2515479123, investigadores dirigidos por la Universidad de Tubinga y la Universidad de Reading describen la evidencia más antigua documentada hasta hoy de herramientas de madera trabajada utilizadas por homínidos hace aproximadamente 430.000 años.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Las herramientas de madera de 430.000 años fueron preservadas en condiciones húmedas en la cuenca de Megalópolis, Grecia.
    Imagen: Katerina Harvati/Dimitris Michailidis/AP Photo/picture alliance

    Madera trabajada: la tecnología perdida

    El yacimiento de Marathousa 1, en el Peloponeso griego, aportó restos de artefactos de madera que muestran marcas inequívocas de manufactura humana, como cortes y rasgos de talla. Estos artefactos, elaborados con madera de aliso y sauce, representan instrumentos portátiles —no elementos fijos ni estructuras efímeras— utilizados en actividades cotidianas por homínidos del Pleistoceno Medio, un periodo crítico en el desarrollo tecnológico y cultural de nuestros antepasados.

    La preservación de madera es extremadamente rara en contextos arqueológicos tan antiguos, debido a su degradación natural. Sin embargo, las condiciones anóxicas y saturadas de agua del sedimento en Marathousa permitieron que estas piezas sobrevivieran casi medio millón de años. Eso permitió a los científicos estudiar tanto su anatomía como los rastros de uso, que no se explican por procesos naturales ni por marcas de depredadores.

    Deslizamientos temporales en la tecnología humana

    Antes de este descubrimiento, las evidencias más antiguas de instrumentos de madera manufacturados eran escasas y fragmentarias. Las nuevas piezas de Marathousa, datadas en unos 430.000 años, adelantan en al menos 40.000 años el registro de herramientas portátiles de madera conocidas en Europa y sugieren que el uso de materiales vegetales como tecnología avanzada era más antiguo y generalizado de lo pensado.

    Este hallazgo no solo amplía el registro tecnológico humano, sino que también rompe con la idea de que solo las herramientas líticas (de piedra) dominaban la vida material de los homínidos en ese momento. La existencia de herramientas de madera trabajada implica habilidades de planificación, selección de materia prima y procedimientos técnicos más complejos de lo que se suponía para esa etapa evolutiva.

    Un rompecabezas más completo del comportamiento humano

    Los restos de Marathousa no solo incluyen herramientas, sino también evidencias de actividades de procesamiento de grandes animales, como elefantes, lo que sugiere un paisaje de competencia intensa por recursos donde la innovación tecnológica podía marcar diferencias cruciales entre grupos humanos y otros grandes carn ívoros contemporáneos.

    En conjunto, el descubrimiento en Marathousa 1 ofrece un nuevo capítulo en la historia del comportamiento humano, evidenciando que la tecnología de materiales perecederos como la madera no solo existió mucho antes de lo estimado, sino que también fue significativa en la vida cotidiana de nuestros antepasados.

     

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    Ciencia, tecnología y soberanía: cuando Perón pensó el desarrollo nacional desde el poder popular

     

    Juan Domingo Perón explicaba que sin ciencia y tecnología propias no hay soberanía, y sin soberanía no hay desarrollo posible. Exactamente a la inversa del proyecto libertario.

    Por Walter Onorato para NLI

    Hay textos que no envejecen: se actualizan. No porque el tiempo los haya tratado bien, sino porque las contradicciones que describen siguen vigentes —o incluso agravadas—. El capítulo dedicado a la ciencia y la tecnología en Modelo argentino para el proyecto nacional es uno de ellos. Allí, Juan Domingo Perón no sólo reflexiona sobre el desarrollo científico-tecnológico, sino que lo inscribe en una estrategia integral de liberación nacional, enfrentada de manera frontal al dogma liberal y a la dependencia estructural de los países periféricos.

    El planteo parte de una definición clave: la tecnología no es neutra. Es poder social cristalizado, acumulable, transferible, comerciable, y por lo tanto, objeto de disputa política. Perón la define como una forma particular de “mercadería” inmaterial que entra en la producción, genera dependencia y condiciona las decisiones soberanas de un país cuando es controlada desde el exterior. Esta caracterización desmonta de raíz la visión tecnocrática que separa ciencia de política: para el peronismo, no hay desarrollo técnico sin proyecto nacional.

    Perón escribe con claridad que los países de menor desarrollo relativo no pueden aceptar pasivamente la división internacional del conocimiento. La llamada “internacionalización del saber” —presentada muchas veces como cooperación desinteresada— encubre, en realidad, relaciones asimétricas de dominación. La dependencia tecnológica, advierte, es incluso más difícil de revertir que la financiera o la comercial, porque requiere largos procesos de acumulación, inversión sostenida y planificación estratégica. No se cambia de proveedor como se cambia de banco: se construye capacidad nacional o se profundiza la subordinación.

    Este punto es central: sin base científico-tecnológica propia no hay liberación posible. La afirmación no es retórica ni abstracta. Perón la vincula directamente con la capacidad de decidir qué producir, cómo producir y para quién producir. La tecnología importada sin control nacional impone modelos productivos, ritmos de crecimiento y prioridades ajenas al interés popular. Por eso insiste en que toda incorporación tecnológica —sea externa o incluso nacional— debe estar gobernada por criterios políticos claros, orientados al modelo de sociedad que se busca construir.

    En este marco, Perón rechaza explícitamente una política científico-tecnológica de tipo liberal. No hay aquí concesiones: la conducción del sistema científico debe estar en manos del Estado, con centralización estratégica y ejecución descentralizada. La ciencia no puede quedar librada al mercado ni a intereses extranjeros, porque su orientación define el perfil productivo del país. No se trata de acumular conocimiento por el conocimiento mismo, sino de identificar aquel saber indispensable para fortalecer el poder nacional de decisión.

    El rol del científico y del tecnólogo ocupa un lugar destacado en el texto. Perón exige condiciones materiales y simbólicas para su desarrollo: estabilidad, reconocimiento social, remuneración digna, equipamiento adecuado y, sobre todo, utilidad social del conocimiento producido. Resulta especialmente contundente cuando señala la incoherencia de formar especialistas para luego expulsarlos —por falta de oportunidades— al exilio intelectual. La famosa “fuga de cerebros” no es un fenómeno natural: es una consecuencia directa de modelos dependientes que desprecian el conocimiento propio.

    Hay, además, una dimensión ética profundamente peronista en esta concepción. Perón sostiene que el científico debe tener la capacidad de negarse a producir conocimientos que resulten perjudiciales para el país. Esta afirmación rompe con la idea liberal de neutralidad científica y plantea una responsabilidad social del saber, anticipando debates contemporáneos sobre tecnología, ambiente y desarrollo sustentable.

    Finalmente, el texto propone incluso la constitucionalización de ciertos principios científico-tecnológicos, entendiendo que el desarrollo nacional no puede quedar sujeto a vaivenes coyunturales ni a gobiernos entreguistas. La ciencia y la tecnología, para Perón, son pilares estructurales del proyecto nacional, al mismo nivel que la industria, el trabajo y la justicia social.

    Leído desde el presente, este capítulo funciona como una interpelación directa a las políticas de desfinanciamiento, extranjerización y mercantilización del sistema científico argentino. Frente al ajuste, la precarización y la subordinación tecnológica, Perón ofrece una hoja de ruta clara: planificación, soberanía y poder popular aplicado al conocimiento. No es nostalgia: es vigencia política.

     

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    El sable corvo, San Martín y la política de los símbolos: cómo Milei busca apropiarse de la historia

     

    El presidente sigue jugando con el patrimonio histórico nacional.

    Por Alcides Blanco para NLI

    La trascendida decisión del gobierno de Milei de retirar el sable corvo del General José de San Martín del Museo Histórico Nacional para devolver su custodia al Regimiento de Granaderos a Caballo no es un simple gesto administrativo ni un acto de reparación histórica inocente. Es, ante todo, una operación política sobre los símbolos, una disputa por el sentido de la historia nacional y por quién tiene derecho a representarla.

    El sable corvo no es un objeto neutro. Nunca lo fue. Desde que San Martín lo empuñó en las guerras de independencia hasta hoy, su recorrido estuvo atravesado por conflictos, disputas ideológicas y lecturas políticas que reflejan las tensiones profundas de la Argentina.

    San Martín, el sable y la soberanía

    San Martín adquirió su sable en Londres, en 1811, antes de regresar al Río de la Plata. No era un arma ceremonial, sino un instrumento de guerra: sobrio, eficaz, sin ornamentos. Lo acompañó en el cruce de los Andes, en Chacabuco, Maipú y en la liberación de Chile y Perú. Pero su mayor carga simbólica llegó después de su muerte.

    En su testamento, San Martín decidió legar el sable a Juan Manuel de Rosas, agradeciéndole explícitamente la defensa de la soberanía nacional frente a las potencias extranjeras. Ese gesto no fue casual ni anecdótico: expresa una concepción política clara del Libertador, que entendía la independencia no como un hecho cerrado sino como una lucha permanente contra el imperialismo.

    Ese solo dato alcanza para desmontar cualquier intento de convertir a San Martín en una figura vacía, despojada de contenido político.

    Tras décadas en manos privadas, el sable fue donado al Estado argentino y, en 1897, pasó al Museo Histórico Nacional, donde se consolidó como patrimonio público, accesible a toda la ciudadanía y contextualizado dentro de un relato histórico integral.

    Un objeto siempre disputado

    A lo largo del siglo XX, el sable corvo fue desplazado, ocultado, robado y recuperado. Durante la proscripción del peronismo fue sustraído por la Resistencia Peronista como símbolo de soberanía popular; durante la dictadura de Onganía fue retirado del museo y entregado a los Granaderos por decreto; y recién volvió a una lógica plenamente museística en democracia.

    Cada traslado respondió a una concepción distinta del pasado: militarización del símbolo, apropiación política, o restitución al ámbito civil. No hay neutralidad posible cuando se trata del principal emblema material del Libertador.

    Por qué Cristina llevó el sable al museo en 2015

    En 2015, el gobierno de Cristina Kirchner dispuso el traslado del sable corvo nuevamente al Museo Histórico Nacional. La decisión estuvo acompañada de fundamentos claros y explícitos.

    El argumento central fue que San Martín pertenece al pueblo argentino, no a una institución en particular. El sable debía estar en un museo público, bajo criterios profesionales de conservación, investigación y exhibición, y no en un ámbito castrense de acceso restringido. La idea fue desmilitarizar el símbolo, sin negar la dimensión militar de San Martín, pero incorporándolo a una lectura más amplia: la de un líder político, americanista y profundamente comprometido con la soberanía.

    Cristina también inscribió la decisión en una política de memoria coherente con su gobierno: los símbolos nacionales deben ser civiles, públicos y democráticos, no herramientas de construcción de autoridad ni objetos sacralizados fuera del debate histórico. El Museo Histórico Nacional permitía explicar el sable junto a documentos, contextos y contradicciones, evitando convertirlo en un fetiche.

    Fue, además, una definición política clara: la historia como patrimonio colectivo, no como recurso de legitimación del poder de turno.

    Milei, los granaderos y la apropiación emocional

    La decisión de Milei de revertir ese traslado no puede leerse aisladamente. Forma parte de una estrategia sostenida de construcción simbólica, en la que el presidente busca asociarse personalmente con figuras y cuerpos históricos de alta carga emocional.

    No es un dato menor que Milei haya cultivado una relación especial con el Regimiento de Granaderos a Caballo, incluyendo el episodio ampliamente difundido en el que los granaderos le entregaron un regalo por su cumpleaños, provocando una escena de llanto y exaltación emocional cuidadosamente registrada por las cámaras.

    Esa escena no fue espontánea ni inocente: construyó una imagen de investidura emocional, de validación histórica, de conexión directa con la épica sanmartiniana. La restitución del sable a los Granaderos profundiza esa narrativa: Milei se coloca simbólicamente bajo la sombra de San Martín, como si la autoridad del Libertador pudiera transferirse por proximidad, por escenografía o por decreto.

    Un cierre que incomoda

    San Martín nunca buscó el culto personal. Rechazó honores, se exilió, evitó la política facciosa y legó su sable no a un ejército, sino a un dirigente que —según su propio criterio— defendía la soberanía nacional frente a las potencias extranjeras.

    Usar su figura hoy para construir legitimidad personal, mientras se desmantelan políticas públicas, se ajusta al pueblo y se subordina la economía a intereses externos, no es un homenaje: es una contradicción histórica.

    El sable corvo no necesita ser “devuelto” a nadie. Pertenece a la historia del pueblo argentino. Cada vez que se lo mueve para reforzar una narrativa de poder, se lo aleja un poco más del sentido profundo que San Martín le dio en vida.

    Y la historia, tarde o temprano, suele pasar factura.