Cafiero dijo que postura de Marcelo Gallardo “está en línea” con el Gobierno

“Las declaraciones de Gallardo están en línea con lo que queremos hacer nosotros. Estamos definiendo los protocolos necesarios para que vuelvan los entrenamientos” dijo el funcionario en Radio La Red (AM 910).

Durante la semana, en declaraciones radiales, el entrenador ‘millonario’ había manifestado la urgente necesidad de reactivar el regreso de los jugadores a las prácticas, luego de la interrupción producida en marzo pasado, a causa del coronavirus.

“Se está trabajando con el Ministerio de Salud en ello para poder avanzar”, agregó el funcionario.

Cafiero también consideró que uno de los ítems puntuales a cumplimentar sería que los futbolistas “no compartan el vestuario, que vayan cambiados y que se duchen en sus casas”, enumeró.

“Quizás puedan agruparse por sectores, en núcleos reducidos”, sostuvo el Jefe de Gabinete.

Cafiero, quien eludió la chance de “citar plazos y nombrar una fecha”, también dijo que “todos los deportes tendrán la posibilidad de reanudar sus entrenamientos”.

“En el caso del fútbol volverán el masculino, el femenino también y el resto de las actividades deportivas”, precisó.

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    El jefe del bloque de senadores del PRO, Martín Goerling Lara, confirmó que apoyarán la remoción de Manuel Adorni en el caso de que Javier Milei lo sostenga en el cargo.

    «Espero que no lleguemos a esa instancia. Si llegamos a esa instancia el PRO va a acompañar la moción de censura o remoción», adelantó el senador misionero, en línea con el pedido que bajó la semana pasada Mauricio Macri.

    «A esta altura mantener al jefe de Gabinete es un capricho», dijo Goerling en declaraciones a Infobae. «Yo pensé que a esta altura el Presidente habría tomado la decisión correrlo del cargo, es lo que estamos pidiendo», agregó el senador, que confirmó el adelanto de LPO de que el oficialismo quiere voltear la sesión del jueves.

    LPO reveló que, antes de viajar a Estados Unidos para ver el Mundial, Macri le pidió a los diputados del PRO que voten la interpelación, pero la orden generó tensión porque el jefe de bloque Cristian Ritondo no quiere saber nada con pelearse con Milei. Este miércoles Fernando De Andreis, muy cercano al expresidente, dijo que no descartan acompañar la interpelación.

    Maniobra urgente de Santilli y Lule para voltear la sesión del Senado y evitar que interpelen a Adorni

    Los aliados del gobierno en el Congreso están reclamando a Milei que lo eche a Adorni porque de lo contrario no van a poder sesionar sobre ningún tema. De hecho, la interpelación de Adorni no figura en el temario de la sesión del Senado de este jueves, pero en el oficialismo saben que ni bien abra el debate, el peronismo irá por la cabeza del jefe de gabinete.

    Maxi Abad

    En ese sentido, desde el radicalismo en el Senado le salieron a pedir a Milei que eche a Adorni antes de tener que acompañar al kirchnerismo en el pedido de remoción. «Hay unanimidad en que Adorni no tiene que estar más en el gobierno», declaró el bonaerense Maxi Abad.

    «Hay unanimidad en que Adorni no tiene que estar más. Incluso dentro del gobierno muchos lo piensan aunque no lo digan», afirmó el radical, que repitió que «el gobierno tiene la pelota» para evitar el daño que le generaría la remoción del jefe de Gabinete.

    Abad explicó que en el bloque radical todavía no hay una postura definida sobre qué camino tomar, pero todos coinciden en que Adorni debe irse. «El gobierno tiene en sus manos terminar este tema porque esto le produce una profunda debilidad institucional. No hay que perder más tiempo», aconsejó Abad.

     

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  • El Indio nos dio un código

     

    1.

    “Hoy se murió mi juventud” leí en estos días de duelo, inmenso duelo colectivo por el Indio Solari. No sé si a mí se me murió ahora la juventud, pero sí que apareció convertida en una montaña de sensaciones intensas en el cuerpo, una avalancha de extrañores y recuerdos precisos de alegrías extremas y también penas gigantes, acompañados siempre o mejor desatados por su música. Esas canciones retumbando en loop en mi cabeza, en mi garganta, en mi cuerpo y condenándome al insomnio, a llorar mientras bailo sola o con otrxs.

    2.

    La presentación de Gulp, en Cemento, el primer recital al que fui en mi vida. Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, un nombre larguísimo e insólito que nunca había escuchado. Creo que fue allí mismo que me compré -ya devenida en instantánea fanática- el cassette en la puerta, toda una inversión para una piba de 18 que vivía sola y trabajaba-estudiaba-y-militaba. Pero donde más cerca estuve de rozarlos fue en el Parakultural, creo que en 1986, en una de esas noches alucinantes en el sótano húmedo de charcos y cables sueltos en las que podías toparte con las Gambas al Ajillo, los títeres de Ubú Rey, delirar con los poemas de Alfonsina declamados por el delirante trío de Urdapilleta, Tortonese y Batato Barea. ¡Batato! Verlo caminar despampanante y tan bello hacia acá, y sentir por un instante fugaz que me estaba mirando, sí, a mí, la más tímida del mundo. Temblar empequeñeciendo y sentir su piel acariciando la mía mientras seguía camino a los fondos-camerinos. Y allí en esa penumbra refulgente de golpe, sin aviso, un microconcierto de los Redondos. “El infierno está encantador”. Pude ir seguido al Parakultural. Me hacía entrar gratis Giancarlo, amigo y compañero de militancia con el que compartíamos casa, una insólita buhardilla con techo de dragones dorados justo frente a la Central de Policía a la que apodamos “la boca del lobo”. Giancarlo conocía al flaco de la entrada y lograba colarnos. No hubiéramos podido pagar una entrada al tugurio. Eran micro-recitales (éramos cien, doscientos, no más) de una intensidad que luego se hizo multitud sin disolverse. Eso que cuenta el Indio de que “éramos tan pocos que el borde de los escenarios se hacía permeable y emancipaba a artistas y espectadores de sus roles acostumbrados”, eso mismo era lo que pasaba en ese caldo de cultivo delirante que eran las noches del Parakultural. Cualquiera terminaba arriba de la tarima, todos nos emborrachábamos de amor abajo. Seguí yendo al Pakacultural hasta que cerró, en medio de la desesperación hiperinflacionaria y los inicios del menemato. Creo que mi última vez fue la noche en que me dejó el Gato, el novio más lindo y drogón que tuve. Pero esa noche no tocaban los Redondos sino Palo Pandolfo con Don Cornelio y la Zona. Estaba tan triste que me fui sola antes de que terminaran de tocar, y llegué caminando y lloriqueando desde San Telmo hasta Saavedra.

    3. 

    Considerándome ricotera, me perdí la misa, la multitud, el fenómeno de masas. La última vez que los escuché en vivo fue la noche feroz en que la cana detuvo, torturó y asesinó a Walter Bulacio, un pibe del conurbano bonaerense de 17 años, en la puerta de Obras Sanitarias, después de hacer razzias en los bondis que llegaban hasta allí y llevarse muchísima gente detenida porque sí. Walter estaba como muchos otros escuchando el concierto desde afuera del estadio porque no tenía plata para pagar la entrada. La policía presionaba con sus métodos atroces para que los Redondos transaran en pagar sus servicios, y para evitar esa infame transacción, el Indio se arriesgó a revolucionarlo todo dejando de tocar en la capital del país. Desde entonces, el fenómeno ricotero que no dejó de crecer y crecer y crecer, sucedió en esos márgenes, ciudades chicas y pueblos que recibían de golpe cientos de miles de personas que peregrinaban desde todas partes del país, para estar allí presentes en la misa ricotera. Pasó de todo, incluso personas muertas en esos descomunales recitales autogestionados, pero los Redondos no cedieron a la policía. Walter Bulacio nunca más. Tampoco tranzaron con las discográficas, lo que explica que sean tan absolutamente desconocidos en el resto del mundo, aún cuando el rock argentino suele brillar bastante. Me sorprendió mucho ese absoluto desconocimiento internacional de algo que aquí -para todxs nosotrxs- es tan indiscutible, ineludible. Cada vez que en una clase o en una conferencia en otras partes de América Latina o Europa hablé de los Redonditos para dar cuenta de la escena underground argentina en tiempos de dictadura y primera posdictadura, o para presentar la “estrategia de la alegría” (Jacoby dixit) como una de las tácticas de resistencia al terror disciplinador (el Indio lo dijo entonces y nos lo sigue diciendo ahora mismo, en este nuevo tiempo fascista: “hay que cuidar el estado de ánimo”). Sobre todo hablé de él para explicar el proyecto de investigación y curaduría colectiva “Perder la forma humana”. Con mucho de incredulidad y una pizca de curiosidad algunxs estudiantes los empezaron a descubrir. Me acuerdo de una joven música mexicana que luego de escucharlos por primera vez me decía: “no suenan como nada de lo que una puede esperar”. 

    4.

    El Indio nos regaló tanto. También nos regaló el nombre. “Perder la forma humana” es la frase de Carlos Castaneda con la que el Indio remata una de sus respuestas en la preciosa entrevista que Daniela Lucena y Gisela Laboureau le hicieron en 2011 como parte del proyecto impulsado por la Red Conceptualismos del Sur y el Museo Reina Sofía:  “Existencialismo cínico, contracultura, mayo francés, beatniks, nueva izquierda, anti-psiquiatría y música de rock como hilo musical brindaron el desfile de ideas que me empujaron hacia el futuro con una alegría impúdica que aún conservo. Monologuistas contestatarios, bailarinas de strip-tease y músicos de happening-rock intentábamos carecer de identidad con la intención de vivir en revolución permanente. (…) La idea era ‘perder la forma humana en un trance que desarticule las categorías vigentes y provea emociones reveladoras’» (Perder la forma humana, Madrid, Museo Reina Sofía, 2012). Empezamos ese proyecto indagando en los nuevos modos de entrecruzamiento entre arte y política en los años ochenta latinoamericanos en 2008, una treintena de investigadores de distintos puntos de América Latina focalizándonos en reconstruir la trama de relaciones entre los recursos creativos de los movimientos de derechos humanos en Chile y Argentina, la eclosión de prácticas artísticas (sobre todo performances) asociadas a las disidencias sexuales, los espacios (sobre todo nocturnos) de sociabilidad juvenil y nacimiento de pank (escrito así con “a”) en las barriadas periféricas de ciudades como Sao Paulo, las redes de solidaridad que lograban desbordar las fronteras nacionales y llevar la denuncia de la masacre que se estaba viviendo en buena parte del continente a otras partes. Teníamos claro que el título de ese ambicioso proyecto tenía un denominador común en el cuerpo como soporte de la intervención política, como territorio de violencia y represión, y también de experimentación y libertad. Habíamos ensayado distintos títulos, “Poner el cuerpo”, “Cuerpos desobedientes”, en las instancias previas a la exposición que concretó el proyecto y la publicación que la acompañó. Hasta que apareció esa imagen luminosa que nos trajo el Indio y que habilitaba a pensar al mismo tiempo en el cuerpo como lugar de masacre, desaparición forzada, fosa común, y a la vez de fuga, metamorfosis, mutación. 

    5. 

    “¿Era todo?, pregunté. Soy una ilusa”. Alguna vez escribí solo eso en una carta que no tuvo ninguna respuesta. Otra vez, en el medio de una fiesta, alguien me deslizó al oído el mejor piropo imaginable: “sos la gran bestia pop”. El indio nos dio tanto: nos dio un código, un lenguaje poético que está allí, en las paredes, en las banderas, en las remeras, en las gargantas, las lenguas, las bocas.  Imágenes punzantes, justas, imborrables, disponibles en su magia, como invocaciones o sortilegios. Imágenes movilizantes, danzantes y festivas. El indio nos dio canciones. La banda sonora de nuestras vidas. El viernes en la Plaza de Mayo nos reunimos en multitud, una muchedumbre espontánea (que siguió el sábado en el Obelisco y el domingo en Villa Domínico, cuadras y cuadras de gente haciendo fila para despedirlo), y aquí y allá se armaban micro-recitales alrededor de una guitarra, un bombo o un reproductor musical. En torno a ese rito, cantábamos, bailábamos, nos abrazábamos, llorábamos y hacíamos pogo. Un pogo entre desconocidxs que nos cuidamos y duelamos juntxs. “Se murió mi papá”, decía un flaco llorando a la cámara. Después supe que es Gastón Fernández, militante de HIJOS y de SIMECA, el sindicato de motoqueros que fue clave en las manifestaciones del 2001. “No mi padre biológico, mi papá de la vida. El que nos sopló al oído a los pibes de la esquina y nos enseñó ‘poné tu rebeldía acá’. Yo soy militante por los Redondos, porque me hubiera muerto como el resto de mis amigos, pero estoy acá”.  “Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí / Solo seguir cantando”, se despidió el Indio en 2021. Acá estamos también, agradecidxs y sin poder parar de llorar, y prometiéndonos que por el Indio y con él vamos a seguir cantando, vamos a seguir bailando, y ojalá también atreviéndonos a inventar nuevas canciones.

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  • Nos siguen matando

     

    Hace 11 años —cuando X era Twitter y no una red social tan hostil, expulsiva y aleccionadora como ahora— escribí desde las tripas: «No vamos a levantar la voz?. NOS ESTÁN MATANDO». Estaba envuelta en enojo, pena y furia. La violencia extrema hacia las mujeres, y en ese momento puntual contra las adolescentes, tuvo uno de sus picos máximos cuando Chiara Páez fue asesinada por su novio, Manuel Mansilla, en Rufino, Santa Fe. Chiara tenía 14 años y estaba embarazada de tres meses. Mansilla la mató a golpes y la enterró en la casa de sus abuelos. 

    Este tuit está escrito. Sucedió. Pero fue azaroso que me haya interpelado a mi de esa forma. Cualquiera podría haber sido la autora de ese posteo: vos, aquella, la otra, la de más allá, la del otro lado. Fue una circunstancia. En menos de un mes, entre ese tuit del 11 de mayo y el miércoles 3 de junio de 2015, organizamos la primera marcha de Ni Una Menos. Ahora, once años después, nos enteramos del femicidio de otra adolescente de 14 años. Entre aquel Ni Una Menos inaugural y hoy contamos 3424 mujeres asesinadas, según La Casa del Encuentro. De esos asesinatos, 3073 fueron femicidios y femicidios vinculados (cuando un hombre mata a una o varias personas con el propósito de causarle sufrimiento, castigar o destruir psíquicamente a una mujer). En estos once años, una mujer fue asesinada cada 30 horas. 

    Agostina Vega, cordobesa, estuvo desaparecida una semana. Su mamá hizo la denuncia policial horas después de la desaparición. Como suele suceder en estos casos, la fiscalía primero se centró en el círculo más cercano y en la hipótesis de que Agostina podría estar con un noviecito. Recién tres días después se activó la Alerta Sofía.  Al cuerpo de Agostina lo encontró la Policía este domingo en un descampado cerca del barrio Ampliación Ferreyra. 

    Claudio Barrelier, el hasta ahora único acusado por el femicidio, está detenido. El hombre de 33 años había sido denunciado el año pasado por privación ilegítima de la libertad por una mujer que salió corriendo de su casa desnuda y pidiendo ayuda. En mayo de 2025 estuvo detenido solamente 20 días. El fiscal Iván Rodriguez lo dejó libre, fianza de por medio. 

    Cuando el impacto mediático trasciende los límites de la provincia, la voracidad por el “vivo y directo”, el vértigo, le gana a la información veraz. La audiencia muestra interés por el “caso”, se abren puñados de teorías, análisis, especialistas y opinólogos que desfilan sin parar.

    Lo sabemos: casi todas esas teorías se centran en la víctima. Que para su corta edad esto o  aquello, que sí hacía videos para TikTok, que las fotos que se tomaba. Hasta se escuchó con tono fuerte y certero a un cronista mencionar detalles de la intimidad de Agostina. 

    También vale mencionar aquí a esos cronistas de exteriores que, valiéndose de lo que ven, escuchan, preguntan e investigan, valoran la información en off de record y comprenden, como pocos, la prudencia de lo que se informa y cómo. 

    Pero la carroña mediática está a tiro cuando se trata de una mujer, adolescente, de apenas 14 años como Agostina. Lo mismo sucedió en 2017, por poner sólo un ejemplo,  con la joven bonaerense Melina Romero. Melina, la “ fanática de los boliches que abandonó la secundaria”, titulaba el diario de mayor alcance del país, y ampliaba: “Hija de padres separados, dejó de estudiar hace dos años y desde entonces nunca trabajó. Según sus amigos, suele pasarse la mayoría del tiempo en la calle con chicas de su edad o yendo a bailar, tanto al turno matiné como a la noche, con amigos más grandes. En su casa nadie controló jamás sus horarios y más de una vez se peleó con su mamá y desapareció unos días”.

    Dos años antes del femicidio de Melina, cuando escribí aquel tuit, las réplicas e intercambios fueron inmediatos. Colegas, compañeras, amigas y desconocidas sugerían ideas, adónde ir, qué hacer, a quiénes y cómo convocar para lograr, primero, el impacto mediático. Allí también se nos abrieron espacios amigables de colegas periodistas, compañeros de profesión y amigos del oficio. Después, hubo que profundizar en los contenidos, reclamos, exigencias, deudas y pendientes. Todo lo organizamos en menos de un mes.

    Que vayamos al Puente de la Mujer en Puerto Madero, que estemos vestidas de violeta o de negro, que el horario tenía que ser después de las 17, pero no tan tarde por el frio de junio. Finalmente, lo decidimos: iba a ser en el kilómetro cero del país, frente al Congreso de la Nación. 

    Desde el 11 de mayo a ese 3 de junio vivimos días frenéticos, intensos. Comenzó a tejerse una red potente, primero de periodistas y comunicadoras, que ya habían participado en un encuentro literario en el Museo de la Lengua, también bajo el lema “Ni Una Menos”, parte de un poema de Susana Chávez, activista mexicana asesinada en Ciudad Juárez. 

    Todas, una veintena, de diferentes medios, de diversas militancias, formaciones académicas, algunas presentadoras de noticias, escritoras, ensayistas, licenciadas en letras, abogadas, cronistas de exteriores, comenzamos a intercambiar ideas para bajarlas, literalmente, a la calle. 

    ¿Qué íbamos hacer? ¿Qué teníamos para decir? ¿Cuáles eran nuestros reclamos? ¿Qué respuestas tenía el poder político de turno? ¿Qué era aquello que comenzaba a replicarse como #NiunaMenos, basta de femicidios? La respuesta se manifestó la tarde del 3 de junio de 2015 en cada rincón del país.

    En todas las provincias, en cada ciudad, en pueblos que jamás habían salido a las calles, como Corral de Bustos, recuerdo; la implosión fue desde el Congreso hasta cada punto del país. O al revés. Lo siento por los porteños. 

    No pretendo traer una foto sepia de aquella fecha, pero sí recordar que fue un mojón en la historia de los movimientos de mujeres aquí, en la región y en el planeta. Se miraba a la Argentina, este país del fin del mundo. “Vengo del país del #NiUnaMenos” dije una vez ante colegas de otros países de la región. La Argentina era validada, también, por esta nueva ola feminista. Las Tesis llevaron su performance. “Un violador en tu camino”, desde Chile a cada rincón donde los ataques sexuales fueron tema de discusión. El #MeToo, que en 2017 sacudió al mundo cuando dos periodistas revelaron que Harvey Weinstein era, aparte de un exitoso productor de Hollywood, un depredador sexual. 

    Tuvimos en Argentina aquel Paro Internacional de Mujeres, y después arrasó el #MiraCómoNosPonemos” cuando supimos que Thelma Fardìn, en su adolescencia, había sido abusada sexualmente por el popular actor Juan Darthes.

    Y vinieron más marchas, otros paros, imposible recorrerlos todos en un sólo texto. 

    Pero en los últimos años, la búsqueda de la equidad quiere instalarse como el principal enemigo a vencer. Resulta que para propios y ajenos ese enemigo somos las feministas. Que dónde estamos, por qué reaccionamos, por qué los silencios. 

    Aquello de «no me siento representada por el feminismo del país» se cuela por la ventana, sin siquiera poder debatir cómo son los feminismos, cuál es el camino de los movimientos de mujeres en la Argentina. ¿Desde qué lugares se lanzan estas pretenciosas afirmaciones casi idénticas y de tan poca profundidad? Desde el poder político, claro. El mismo poder que hoy niega los femicidios y la violencia machista. Que se preocupa por las supuestas falsas denuncias y no dice nada cuando una piba como Agostina, como Chiara, como Melina, aparece asesinada. No hablo sólo del Gobierno. Hablo también de la Justicia. Para muestra, basta la conferencia de prensa que dio ayer el fiscal Raúl Garzón. ¿Nos piden explicaciones a las únicas que nos movilizamos y accionamos contra los femicidios, las violaciones y los abusos? ¿Nos tildan de exageradas? ¿Nos piden que nos calmemos? 

    Voy a defender mi derecho a estar viva, pero también a enojarme. Y, para eso, tampoco pido permiso ni perdón. El enojo también es una lucha política. Nos vemos, otra vez, el 3 de junio en las calles.

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