Cafiero dijo que postura de Marcelo Gallardo “está en línea” con el Gobierno

“Las declaraciones de Gallardo están en línea con lo que queremos hacer nosotros. Estamos definiendo los protocolos necesarios para que vuelvan los entrenamientos” dijo el funcionario en Radio La Red (AM 910).

Durante la semana, en declaraciones radiales, el entrenador ‘millonario’ había manifestado la urgente necesidad de reactivar el regreso de los jugadores a las prácticas, luego de la interrupción producida en marzo pasado, a causa del coronavirus.

“Se está trabajando con el Ministerio de Salud en ello para poder avanzar”, agregó el funcionario.

Cafiero también consideró que uno de los ítems puntuales a cumplimentar sería que los futbolistas “no compartan el vestuario, que vayan cambiados y que se duchen en sus casas”, enumeró.

“Quizás puedan agruparse por sectores, en núcleos reducidos”, sostuvo el Jefe de Gabinete.

Cafiero, quien eludió la chance de “citar plazos y nombrar una fecha”, también dijo que “todos los deportes tendrán la posibilidad de reanudar sus entrenamientos”.

“En el caso del fútbol volverán el masculino, el femenino también y el resto de las actividades deportivas”, precisó.

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    Hay gobiernos inescrupolosos y despiadados que, mientras te acuchillan…, te preguntan y responden por vos: ¿Estás bien? No te preocupes, esa sangre no es real, ¡vas a estar mejor! Lo sucedido con las maestras de Chubut nos demuestra que el poder asesino es lo que prima en estos tiempos, y ni hablar con los feminicidios…

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  • No es sólo fútbol

     

    “Sólo un partido de fútbol”

    “Es solo un partido de fútbol”. La frase de Lionel Scaloni tiene un gran defecto, en tanto busca que algo pase de largo poniéndolo en el centro. No es necesariamente su culpa: está en el centro. De hecho, Carlos Bilardo dijo algo parecido en las horas previas al histórico partido Argentina-Inglaterra de 1986, posiblemente el más importante hasta el día de hoy de la historia albiceleste: “No politics, only football”, en un inglés poco agraciado. Jorge Valdano fue más drástico, cuando planteó: “Es el partido ideal para que los estúpidos se confundan”. Hasta Maradona estaba con esa línea.

    Es problemática la declaración del técnico. Una suerte de utopía de la corrección política, como si las disputas de poder y las problemáticas sociales no fueran un universo inabarcable que envuelve a todas las esferas de la vida. Incluso al fútbol. Y lo que digo, por favor, que no se entienda como un juzgamiento a los protagonistas: no hay institución futbolística más grande que la patria casetera. Podría pasarle a escritores, pintores, compositores y artistas varios: el deporte no es monopolio de sus actores principales. El fútbol también es nuestro —quizás nuestro por completo— y los pueblos construyen memoria como un mosaico complejo, es decir, como pueden. Un partido del deporte más popular del planeta es la vidriera para sensaciones inigualables, reclamos políticos, ensalzamientos culturales, proclamas sociales. O lo que se nos cante.

    Carlos Bilardo dijo algo parecido en las horas previas al histórico partido Argentina-Inglaterra de 1986: “No politics, only football”.

    Ricardo Giusti, que fue titular en ese partido de México 86, le dijo a Andrés Burgo en el libro El Partido, que ganarles “a los ingleses era algo para los muchachos que estuvieron en Malvinas”. Julio Olarticoechea confesó en ese mismo escrito que le avergonzaba el rótulo de “héroes” para los jugadores, porque consideraba que un título así debería quedar para los chicos que pelearon en las islas.

    Es fútbol pero no es sólo fútbol. Y es Malvinas pero no es sólo Malvinas.

    Pensado desde el juego, hay un ángulo ineludible. De los equipos más grandes del mundo, los sudamericanos muestran una peculiaridad: su llegada a la elite no proviene de ventajas económicas sino de un bien que no se encuentra en el desarrollo capitalista, la materia prima con valor agregado. El fútbol con picardía. La Nuestra. En general Argentina y, en menor medida, Uruguay, encuentran una referencia en esa ecuación: no tener los recursos que tienen otros y lograr ser grandes igual. Podríamos incluir a Brasil en ese grupo, aunque es un eje que ha explotado poco.

    Con Inglaterra pasa exactamente lo contrario. Los inventores de este deporte empalman esa condición con su histórica economía colonial. Ese rol poderoso no lo han podido llevar al éxito. Un solo título oficial, hace sesenta años. Imperialismo futbolístico de vitrinas con espacio.

    Argentina empalma, además, una suerte de anticolonialismo futbolístico y cultural. No hay otra explicación para que Maradona sea bandera en Escocia o que haya una huelga general en Bangladesh porque a Diego le cortan las piernas. Maradona no hizo ninguna reforma agraria ni expropió los medios de producción, pero sus actos se convirtieron en una ofensa objetiva a la corona, lo que los convierten en antiimperialistas de facto. El que le roba a un ladrón tiene cien años de pasión.

    Las formas de pararse frente a uno de los partidos más importantes de este siglo son diversas y variadas. Vale todo: uno puede decir que Los Redondos son más grandes que Los Beatles, que la Negra Sosa canta más lindo que Amy Winehouse, que Jorge Luis Borges tiene historias mucho más interesantes para contar que William Shakespeare, que Mariana Enriquez genera mucho más sentimientos con las palabras que J. K Rowling, que el Obelisco es más lindo que el Big Ben, que nadie se acuerda de Wimbledon (eso es cierto, el domingo se jugó la final y nadie se enteró), que Los Palmeras son más que Oasis, que el mate es más rico que el té. Lo que quieran.

    Es problemática la declaración del técnico. Una suerte de utopía de la corrección política, como si las disputas de poder y las problemáticas sociales no fueran un universo inabarcable que envuelve a todas las esferas de la vida.

    Sólo está prohibido bajar el precio. Jugamos contra ellos. Es el partido que no sabíamos que estábamos esperando. Convivimos en silencio con el clásico del nunca jamás: veintiún años sin jugar y venimos a encontrarnos en una semifinal del mundo. Veremos habladurías, estadísticas, datos, referencias, memorias. Pica la pelota y late el corazón. Vamos a ser las mismas personas, pero nada será igual después del miércoles. Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar.

    Yo no lo elegí, pero desde la madrugada del domingo se me viene a la cabeza una imagen. En realidad, una escena, para ser más precisos. Es parte del libro Qué quedará de nosotros, de Eduardo Sacheri. Una novela que ficciona al inexistente Regimiento de Infantería N° 43 en la Guerra de Malvinas. 

    La situación mencionada se da en los últimos días de combate, en las cercanías del Monte Tumbledown. A los tres protagonistas, jóvenes de la “clase sesenta y dos”, pibes de Malvinas, les dicen el “Trío Los Panchos”, una forma socarrona de burlarlos porque están juntos todo el tiempo. En un cruce sobre el terreno para cubrir a otros compañeros, logran frenar y asustar una avanzada inglesa que hasta allí no encontraba mayores obstáculos. Uno de ellos no reacciona de la forma esperada. Dice el narrador, o dice Sacheri, como ustedes quieran: “Carlitos se gira hacia el costado y ve que el pelotudo del Conejo sonríe. Mejor dicho, se ríe. Se ríe mientras dispara”. Nosotros lloramos porque vamos a un tiempo extra de algo que miramos por televisión y el pibe se ríe.

    Pero lo que más llama la atención de esa secuencia retratada en la página 388 es que un compañero cordobés, también en plena posición de combate, luego de estar dos meses mal comido, con frío, viviendo en un pozo de zorro, viendo pasar los misiles por encima de su cabeza, lanza a los cuatro vientos antárticos algo así como un soneto:

    —¡Vení Thatcher, la concha bien de tu madre!

    Todo será diferente

    El final del Mundial no es el fin del mundo, pero un poco sí. Hace un mes que nuestra vida está ordenada por un sin fin de partidos, gambetas, goles, amores, odios y lores. Ya los días sin partidos dejan un vacío. Si la vida es eso que pasa entre mundial y mundial, el propio certámen es un interregno. Una pausa. Cómo éramos antes ya no me lo acuerdo. Cómo seremos después es imposible saberlo.

    Lo paradójico es que, en realidad, nada sustancial se modifica. Cuando la atención vuelva a las luminarias tradicionales se verá lo que uno sabe. Javier Milei, por ejemplo, prepara otro de sus planes reaccionarios para una Argentina distópica: una reforma política, un tanto tramposa, para ayudarlo en su reelección. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. La inflación está lejos de ser eliminada y el poder adquisitivo del salario es uno de los más bajos de todos los tiempos. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. Jorge Macri le pega a todo lo que encuentra. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. Marley y Mirtha Legrand estarán al aire en pantalla, viajando y almorzando. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. Salen buenas series en las plataformas: recomiendo Te Encontraré, de Netflix y We are Liars, que puede verse en Amazon Prime. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados. No los olvidemos. 

    Pensado desde el juego, hay un ángulo ineludible: la llegada de Argentina a la elite no proviene de ventajas económicas sino de la materia prima con valor agregado. El fútbol con picardía. La Nuestra. Con Inglaterra pasa exactamente lo contrario.

    Nada cambia pero todo será diferente. Eso es un mundial. La semana que viene nos encontraremos en otro planeta, que a su vez será el mismo.

    Volví a escuchar una canción en estos días. Es del disco El Fin del Mundo de la murga uruguaya Agarrate Catalina. Salió en 2006, el mismo año que Messi debutó en una Copa del Mundo. Es el “saludo” de un verano que los vio ganando el primer premio del carnaval. Empieza así: “El mundo efímero escenario de lucecitas amarillas. Retablo, cielo imaginario de nuestra pobre maravilla. Hay otro mundo tras el mundo. Otra ciudad tras la ciudad. Donde una antigua claridad, vuelve a brillar, en cada nuevo carnaval”.

    La Copa del Mundo es como esa fiesta pagana. Carnaval más sufrimiento. Pasa la vida y los mundiales quedan. Sonrisas, llantos, rencores, licores, amargos sabores. El mundial es el nosotros más grande. Algo así como la vida. 

    Sobrevivir

    Una recomendación, para la posteridad. Siempre hay clima de mundial, solo que a veces es más silencioso. Alguno dijo, en esa telaraña compleja llamada redes sociales, que festejar en el Obelisco un pase a cuartos contra Egipto era de equipo chico. Un poco es cierto. El tema es que esos discursos omiten la esencia de nuestros colores: la Selección no es River, Boca y nada más. También es Yupanqui, Ferro, Cañuelas, Los Cuervos del Fin del Mundo en Tierra del Fuego y Juventud Antoniana de Salta. Es el Monumental, la Bombonera, el potrero de Purmamarca y cualquier cancha que funcione debajo de la autopista. A mucha honra. Varios que reniegan de sus raíces no llegaron a la última semana de la Copa del Mundo.  

    Argentina llegó a estar entre los cuatro mejores equipos del planeta como parte del paisaje. Parece normal. No lo es. El ciclo Scaloni tiene cinco certámenes largos y siempre llegó a semifinales. Excluimos a la Finalissima 2022 de este análisis, dado que fue un solo partido ante Italia. Todo esto luego de ser bicampeón de América y campeón del mundo. Yendo a un universo temporal más amplio, la Selección estuvo veinticuatro años sin estar entre los cuatro mejores del planeta (de 1990 a 2014), mientras que lo consiguió tres veces en los últimos cuatro mundiales. Gracias.

    Es fútbol pero no es sólo fútbol. Y es Malvinas pero no es sólo Malvinas. Está prohibido bajar el precio. Jugamos contra ellos. Es el partido que no sabíamos que estábamos esperando.

    Nunca me gustaron los discursos que autorizan opiniones por cuestiones etarias. Nada más impreciso que las personas que quieren explicarle a los más jóvenes como debería ser su vida por la anti-utopía de que todo tiempo pasado fue mejor. Sin maestrociruelismo, acepten una humilde recomendación: disfruten, porque esto no es común.

    Pero, después de los elogios pertinentes, vale la pregunta. Por qué. O, al menos, por qué así, de esta manera. Nuestra Selección es una suerte de Ministerio de Sufrimiento y Previsión, con todos los amores y honores correspondientes. Fútbol taquicardia al servicio del pueblo.

    Si de fútbol hablamos, quizás suene a conformismo: es difícil la Copa del Mundo. Cabo Verde, Egipto, Suiza. Las previas son más favorables que el tránsito de los partidos, en los que el andar colectivo de jugadores de carne y hueso están dispuestos a mover los hilos de la historia lo mejor que puedan. En los tres partidos, igualmente, Argentina ganó con justicia. Un dato que pasó un poco desapercibido, en esto de ser el equipo enemigo de las banditas tuiteras: el de Scaloni es el equipo con más goles. Hizo tres en cinco partidos y dos en uno. Eso sí, con una fuerte tendencia a naturalizar que los partidos duran ciento veinte minutos y no noventa.

    Esto último nos lleva a la segunda cuestión. Argentina camina sin todo el brillo disponible. Sus jugadores de élite, excluyendo a Messi, prueban sinsabores. Julián Álvarez acaba de tener su única aparición rutilante, Enzo Fernández está desenamorado de los momentos sublimes, Rodrigo De Paul es un cuidadoso descuidado y Alexis Mac Allister no va en patines como en el Lusail. El diez es el uno: ocho goles en cinco partidos y medio para compartir la punta de goleadores con su alterego francés Kylian Mbappé, como si Dr. Jekyll jugara de celeste y blanco y Mr. Hyde de azul.

    De la unidad al colectivo: no fluye el fútbol, anda deslucido. Sufrió ante rivales menores, aunque alguien podría decirme que el fútbol es fútbol y que en 2014 no le pudimos ganar a Suiza hasta el minuto 117 y después llegamos a donde llegamos. También que en la Euro 2021 Suiza eliminó a la Francia campeona del mundo, que le ganaba tres a uno al minuto 80. O que la propia Suiza le ganó a Colombia, que antes salió primera en un grupo con Portugal. Y así hasta el fin de los argumentos sin mucho más sentido que las opiniones.

    Una recomendación, para la posteridad. Siempre hay clima de mundial, solo que a veces es más silencioso.

    Así y todo estamos entre los cuatro mejores. Quizás, insisto, naturalizamos un estándar de belleza demasiado pretencioso. Zlatan Ibrahimovic, ex jugador sueco y actual comentarista del Mundial, lo analizó de manera precisa después del partido con Egipto: “Por esto el mundo teme a Argentina. Puedes criticarlos durante 90 minutos, puedes decir que no jugaron su mejor fútbol, pero cuando llega el momento de la verdad, siempre encuentran una manera de sobrevivir”. 

    Pero hay otro interrogante: cómo es posible sufrir tanto por un partido de fútbol. Una recomendación, esa consulta es mejor sentirla que responderla. Igualmente, para no escaparle al desafío, va una pista. El mundial es una concentración de fútbol. Este deporte genera una magia, ya sea en la selección o en un equipo de barrio: la posibilidad de modificar lo que pasa. No son los mismos los que vieron el gol de Diego a los ingleses, antes o después. Tampoco los que estuvieron el día que su amigo, hijo, primo, hermano hizo el gol de la final de la liga infantil de Tres de Febrero. ¿Qué tienen en común? Algo que contar. No es poco. Una razón de vida. 

    Sólo eso explica que alguien se atribuya (correctamente) el gol de Julián Álvarez al ángulo simplemente porque se cambió de lugar en el sillón o porque una foto del arquero de Suiza haya sido congelada en el freezer antes del partido. Vos podés cambiar al fútbol y el mundo puede ser mejor porque vos ves este deporte. Vaya presión: si eso no genera sufrimiento no se que sí lo hace. Vaya satisfacción: en la interpretación popular de un partido de fútbol se esconde la idea de que el mundo se puede cambiar. Si vivir es, al menos en parte, sobrevivir, no sé si hay mejor manera de hacerlo. 

    La última de Leo

    Por Malvinas. Por el Diego. La canción que la propia Selección viralizó en redes sociales demuestra una poética capacidad de síntesis. La narrativa argentina hizo de la palabra “copa” una suerte de sujeto tácito. La tercera. La cuarta. La última. Lo más sintomático es que Messi, desde el “alentándolo a Lionel” hasta acá, entona las canciones que lo tienen como protagonista. Como si un novelista escribiera sobre sí mismo. Pasa. Es una fase superior del Maradona que hablaba sobre su ser en tercera persona. Messi se canta: es Diego con Spotify.

    Argentina llegó a estar entre los cuatro mejores equipos del planeta como parte del paisaje. Parece normal. No lo es.

    La oferta del mundo será más triste desde la semana que viene. No solo ya no habrá Copa del Mundo sino que pasará algo peor: caminaremos en un planeta en el que ya los mundiales no son jugados por Messi. Qué quedará de nosotros.

    “El final es donde partí”, dice la canción, y nos recuerda lo obvio. “La última de Leo” es el fin de este viaje. Empezó hace veinte años, siempre sufrimos. Todo cambia pero de nosotros partimos: creciste, te recibiste, encontraste el rumbo, lo perdiste, fuiste mamá o papá, te convertiste en abuelo o abuela, cambiaste de ciudad, de casa, de pareja, te separaste, te reconciliaste, eras chico, ahora sos grande. Había algo que no se modificaba: cada cuatro años Messi iba a estar ahí, peleando por vos una Copa del Mundo. El premio no fue ni Qatar ni el bicampeonato de América. No es esta semana, termine como termine. La recompensa fue el camino.

    Si las despedidas son esos dolores dulces, es hora de hablar. De soltar. De decir hasta luego, porque el cambio es simplemente pasar de estar a ser recuerdo. Terreno y memoria. No es tan difícil. Pero eso no me prohíbe la sinceridad: fue un placer alentarte, mirarte, escribirte, llorarte, firmar de vez en cuando un pacto con el mundo horrible porque vos jugabas.

    Y, sabés qué, las copas son lo de menos. Te recuerdo de otra forma. Es algo así como una figura. Pasó en varios partidos y quizás en ninguno. Sos vos, tirado a la derecha como contra Egipto, pidiendo la pelota molesto, enojado, chinchudo, porque el tiempo se acaba. Atás la pelota a tu zurda, mirás al frente y agarrás vuelo. Y ahí, para mí, sos todo. Sos el Gaucho Rivero en las Malvinas, San Martín en San Lorenzo, el Che Guevara en Santa Clara. Sos un cuento de Borges o una letra del Indio. Sos el mundo entero por cambiar. Sos el fino destello de un rejunte de fracasados que dejamos de perder por vos. Sos la ilusión de que lo que viene es mejor. Sos la vida. 

    Nuestra Selección es una suerte de Ministerio de Sufrimiento y Previsión, con todos los amores y honores correspondientes. Fútbol taquicardia al servicio del pueblo.

    De hecho, puedo ir más a fondo. Si pudiera pedir un deseo hoy, además del que ya sabés, le diría al genio que Mario Gotze no haga el gol en el Maracaná en el minuto 113 del tiempo extra en la final del 2014. Pero no para ganar, de hecho no quiero que me aseguren ninguna copa. Quiero esos siete minutos en donde la pelota te llega y vos te convertís en héroe, no por un gol o por una victoria, sino simplemente por ir. Por eso, por la vida, más allá de cualquier cosa, gracias.

    Por Malvinas. Por el Diego. Por la última de Leo. Argentina. Quiero verte.

    La entrada No es sólo fútbol se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • El Mundial de las utopías

     

    Confesiones de invierno

    Hace exactamente una semana, el aire de la avenida Santa Fe se llenó con el grito de un relator: Uzbekistán le había hecho un gol a Portugal. Otra sorpresa mundialista. A la altura de Junín, un vendedor de ropa acomodaba una campera en una percha. No estaba mirando el partido. En el local de al lado —un bazar gigante— tampoco fue posible encontrar el festejo uzbeko. Las voces de un televisor, sin embargo, todavía llegaban con nitidez: estaban revisando el gol por una infracción previa sobre João Cancelo. De repente, miré hacia arriba, al primer balcón de un edificio. El sonido me entraba por los ojos. Mientras Promiedos me confirmaba que el gol había sido anulado, alguien me frenó para hacerme una pregunta. Estaba listo para decirle gana Portugal dos a cero, pero solo dije no, gracias ante la pregunta ¿necesitas bolsas de consorcio? Veinte por mil quinientos.

    La línea 12 de colectivo vende su recorrido. Dice un cartel en el parabrisas: “Te acercamos a la pantalla gigante de Sarmiento y Libertador”. Allí se juntaron 20 mil personas a ver el partido de Argentina contra Austria, un lunes al mediodía. Muchos menos fueron la noche del sábado contra Jordania; la gente se concentró en el Obelisco. El clima mundialista se chocó contra el clima. Los mundiales volvieron a caer en el invierno argentino. “Hace frío y me falta un abrigo”. Todavía buscamos un bondi que nos lleve de nuevo a la antesala del verano de 2022, cuando recorríamos las calles buscando un chino que nos venda latas de birra fría en aquel mundial veraniego donde aprendimos a hablar en latín. Algo se agotó y se apagó después de ese estruendo casi divino tras ganar la tercera. El desgaste de llegar a la meta primero y después pedir que los jugadores hagan lo que tampoco hacen nuestros vecinos: unirnos en un reclamo, por lo tuyo, por lo mío, por lo del que tengo al lado.

    Las grandes marcas hicieron todo lo que estuvo al alcance de su bolsillo para invertir en publicidades con la cara de los jugadores y generar ambiente mundialista. Vivimos en una pausa de hidratación permanente. Pero el mundial llegó a las calles gracias al álbum de figuritas. Un ritual que no envejece, cruza generaciones y recupera el contacto directo entre las personas. Cumple un rol educativo y afianza lazos familiares.

    Cuando empezó a rodar la pelota, la posta la tomaron los prodes, sobre todo el de Mercado Pago. Ese nombre, Prode, viene de Pronósticos Deportivos, el original, creado en 1972 por la Lotería Nacional, que tenía el objetivo de obtener recursos para fomentar el deporte. En 2018 el gobierno nacional eliminó por decreto la Lotería Nacional Sociedad del Estado y con esa decisión se llevó el Prode.

    “¿Quién me dará un crédito, mi Señor?” Los privados agarraron la posta. Mercado Pago informó que más de un millón de personas participan de “Fixture 2026”. Mientras que Mercado Libre hizo publicidades con Lionel Scaloni, Walter Samuel y Julián Álvarez, Mercado Pago mandó a que Enzo Fernández te mire desde las paradas de los colectivos para recordarte lo que tenes que comprar para las previas de los partidos. Popularizar la peligrosa experiencia de las apuestas tiene dos contras: mirar los partidos bajo la óptica de lo que querés que ocurra en base a lo que apostaste y ser la puerta de ingreso a meterte de lleno en las apuestas deportivas.

    A 40 años de México 86 (ayer fue el aniversario de la final con Alemania), Bet Warrior revivió a Maradona con un uso no muy sofisticado de la inteligencia artificial para que en cada cooling break nos diga: “Muchachos, es el momento de demostrar por qué la tienen así de grandes. Y si el mundo quiere venir a cortarnos las piernas, les vamos a demostrar que acá se juega con pelotas”. Fernando Burlando, abogado de Dalma y Gianinna Maradona, confirmó que la publicidad fue autorizada por la familia, de manera democrática entre todos los hijos, algunos no estaban de acuerdo. Dios es empleado en un mostrador.

    La frase maradoniana que parafrasea la casa de apuestas hoy está cumpliendo 32 años. Diego ya estaba suspendido provisoriamente del Mundial de Estados Unidos. Con dos triunfos, la Selección Argentina estaba clasificada a octavos, pero según el resultado en la última fecha contra Bulgaria podía salir primera, segunda o tercera (ese fue el último mundial con 24 equipos que clasificaban los 4 mejores terceros).

    El jueves 30 de junio de 1994, la transmisión de Canal 13 del tercer partido de Argentina no mostró la salida de los equipos a la cancha y después partió la pantalla en dos. Al aire estaba saliendo la entrevista grabada de Adrián Paenza con un Maradona llorando que lanzaba el histórico “me cortaron las piernas”, después de haber sido excluido del mundial por los restos de efedrina que aparecieron en su orina en el control de dopaje.

    Como si estuvieran viendo la tele, en vez de estar cantando el himno previo al partido, sus compañeros sintieron el golpe. Bulgaria se aprovechó de esto, y con el triunfo 2 a 0 y un gol agónico de Nigeria a Grecia, mandó a Argentina al tercer lugar del grupo. “Cuando terminó el partido con Bulgaria se me acercó Stoichkov, que hablaba castellano por jugar en Barcelona, y me dijo: ‘Contame de Diego. Estoy destruido por lo que pasó con él. Es tan buena gente. Qué injusto que le pase esto’. Nos despedimos, dio dos pasos y volvió: ‘Tomá, esto es para vos’, y me entregó su camiseta”, contó Roberto Peidró, médico del cuerpo técnico de Basile, en una nota en Infobae.

    El estadio Cotton Bowl de Dallas fue el primero en el que jugó la Selección sin Maradona. En esa ciudad, Argentina le ganó a Austria la semana pasada. Ahí se cantó  un nuevo tema con el ritmo de “No me arrepiento de este amor” que dice: treintaidós años después / la Scaloneta va a vengar / la copa que le robaron al Diez / la que no nos dejaron levantar. El Maradona simbólico y representante histórico de un escudo y una bandera sigue sonando así, sin Gemini ni chat GPT. 

    En la ciudad que caminamos sin piernas, Lionel Messi sigue demostrando que los buenos pases lo rejuvenecen. Tomala vos, dásela a él. Del otro lado del cuadro aparece el villano del fútbol de los últimos mundiales: Kylian Mbappé. Están disputando los dos el trono como máximos goleadores históricos de este torneo. Ambos son capitanes de sus selecciones. Messi lidera para adentro, tiene un grupo unido alrededor de él que lo reconoce como capitán. Mbappé tiene peleas visibles con algunos compañeros, viste más la cinta de la que la ejerce. Pero es un personaje valorable cada vez que agarra el micrófono.

    En la previa del mundial criticó a la Federación Francesa de Fútbol porque la empresa de casa de apuestas Betclic, patrocinadora de su selección, utilizó su imagen en una publicidad. Algo de lo que busca no quedar pegado desde que es capitán del equipo en 2023. Ese año pidió a la Federación que se revisara el contrato con los jugadores sobre la carta de derechos de imagen. En 2024 en el Canal + hizo público el conflicto: “La comida basura, la promoción de las apuestas deportivas. Somos la selección francesa, somos un ejemplo a seguir. Algunos de nosotros venimos de barrios donde eso destruye a un sinfín de personas. Ha destruido a gente que conozco”.

    Para quién canto yo entonces

    En la previa del mundial, las dudas eran varias en Estados Unidos. La reserva hotelera de las sedes estaba por debajo de lo esperado, el elevado precio de las entradas llevó a reconocer al propio Donald Trump a que él no pagaría lo que pedían en la reventa para el debut de su selección.

    Pero empezó el baile y los estadios se coparon. Hasta los partidos de menor importancia sorprendieron por la cantidad de público. Si bien las autoridades estadounidenses rechazaron masivamente las solicitudes de ingreso de ciudadanos senegaleses, en el partido entre Noruega y la selección africana hubo 80.663 personas. Desde Senegal confirmaron que no iba a haber una delegación oficial de hinchas en el mundial por los problemas con la obtención de las visas.

    El día que jugaron Argentina – Austria y Francia – Irak se rompió el récord de espectadores en una sola jornada en un mundial: 281.223. “Las cifras de la FIFA superan con creces las de cualquier Copa Mundial de la Historia. Este es un gran homenaje a los Estados Unidos de América”, celebró en sus redes Donald Trump.

    Terminada la fase de grupos, la FIFA publicó el ranking de los partidos con más público. Por más que Trump se apropie de los números del mundial, el primer puesto fue compartido por tres partidos jugados en México: dos del Tri como local y otro fue el debut de Colombia contra Uzbekistán. Los Cafeteros están repitiendo lo de la Copa América 2024, jugada en Estados Unidos, donde también fueron miles. En cuartos se podría repetir la final de aquel torneo contra Argentina.

    La fiebre mundialista en Colombia coincidió con las elecciones presidenciales. El candidato de derecha Abelardo de la Espriella hizo campaña vistiendo la camiseta amarilla de la selección, lo que llevó a que sus seguidores vayan a los actos vestidos igual, como si fuese un partido del equipo que dirige el argentino Néstor Lorenzo.

    En mayo, antes de la primera vuelta, De la Espriella pidió a sus votantes que fueran a votar con la camiseta puesta, por más que las normas electorales prohíben a los candidatos hacer campaña el día de la elección. Después de ganar, una jueza de Bogotá emitió un fallo que le prohibió a Abelardo usar la camiseta amarilla de la selección con fines políticos. Pero el fin de semana, en la segunda vuelta, fue a votar con la misma remera con la que Daniel Muñoz festejó los dos goles que hizo en el Mundial.

    La camiseta amarilla (antes Colombia usaba otros colores) que está cumpliendo 41 años porque fue creada en 1985 en vistas al mundial del año siguiente, del que inicialmente iban a ser sede. La diseñadora colombiana María Elvira Pardo creó una remera inspirada en el amarillo, azul y rojo del pabellón nacional. Así nació “la tricolor”, primero como camiseta suplente, para después pasar a representar a generaciones enteras de colombianos. Una camiseta de todos y todas que está siendo transpirada por los jugadores y no debe ser manchada por los políticos de turno.

    Luego de la victoria en las elecciones, vistió una réplica que en la parte del logo Adidas tenía el lema de su campaña “firmes por la patria”. Tras el triunfo en el debut contra Uzbekistán circuló un video en las redes en el que Luis Díaz y Muñoz festejan un gol haciendo el saludo militar del nuevo presidente electo. Dicho video fue manipulado con inteligencia artificial porque los jugadores solo chocaron las manos.

    Para De la Espriella la camiseta amarilla es un símbolo nacional como la bandera y las Fuerzas Armadas (durante la campaña planteó fortalecerlas). El segundo partido con Congo cambió con el ingreso de Juanfer Quintero, que dio la asistencia del único gol. Su padre, Jaime Quintero, desapareció en 1995 cuando hacía el servicio militar. El capitán de instrucción Eduardo Zapateiro ordenó su traslado de la sede del ejército en Carepa hacia Medellín. Fue lo último que se supo del padre de Juanfer, que solo tenía dos años. En 2019 el presidente Iván Duque nombró a Zapateiro comandante general del ejército de Colombia. Juanfer expresó su indignación en redes sociales. Ahora habla en la cancha: “Yo canto para la gente porque también soy uno de ellos”.

    Hay algunos colombianos que ahora miran con vergüenza su camiseta y piensan que el rendimiento de la selección Colombia en el mundial pudo haber determinado el curso de las elecciones presidenciales. Lo que sí está claro es que usaron al deporte cómo imagen política.

    Lo mismo está intentando hacer Patricia Bullrich en Argentina. Después de cada triunfo de la Selección subió una foto con la camiseta haciendo con los dedos la cantidad de goles. Después de Austria volvió a hacer los dedos en V. “Ya están aquí los vi, fantasmas de juventud”, canta el Indio Solari en “La Oscuridad”, de su último disco. En todas las ocasiones, Pato tenía la remera con el número 13 del Cuti Romero, con todo lo que eso significa, porque es la roca impasable de la defensa argentina. Contra Austria justamente se lesionó la rodilla y tuvo que ser reemplazado. Más que roca, piedra. No jugó el sábado contra Jordania. Después del tercer triunfo, la senadora volvió a postear una foto con la frase: “Festejemos. Brindemos. Todas buenas. Ahora se vienen partidos importantes. Ahí va la cábala”.

    El “todas buenas” quizás hacía referencia a que horas antes del partido había renunciado el entonces jefe de Gabinete, Manuel Adorni, arrinconado y cuestionado por su declaración jurada y por haber incorporado más de 500 mil dólares que no figuraban en sus presentaciones originales. Una cascada al revés que fue escalando hacia arriba y el gobierno nunca pudo sacar de la agenda. La bolilla se hizo bola. Fenómeno barrial.

    Volviendo al furor del prode, no se nos ocurrió apostar durante qué partido del mundial se iba a ir Adorni. Renunció antes de las 19 mientras jugaban Inglaterra – Panamá y Croacia – Ghana. En plena definición del grupo L de Loro. “Señor del reloj de oro, sé que a usted nada lo hará cambiar”.

    Tango en segunda

    Si el mundial 2026 fuese el trago que tomamos en jarra, Estados Unidos es la Coca Cola con casi el 70 por ciento de los partidos. México trae el fernet y el hielo lo pone Canadá. Gianni Infantino va luciendo sus roles (ese pibe anda bien) defendiendo el modelo de ampliación de equipos y las sedes. Pero por si quedaban dudas de quién es el mundial, la semana pasada declaró en Fox & Friends que va a estar junto a Trump disfrutando de la final y “entregando el trofeo al ganador, por supuesto, juntos”. Saluden al protocolo de la FIFA que se va. Los dos mundiales anteriores, que lo tuvieron como presidente, había sido solo Infantino el que entregó la copa más buscada. Pequeñas anécdotas sobre las instituciones.

    Van a repetir lo que ya hicieron el año pasado en el Mundial de Clubes, donde ambos le dieron el trofeo al capitán del Chelsea, Reece James. Con el detalle de que Trump se quedó al lado de los jugadores en los festejos, hasta que vino Gianni a darle un abrazo con pasito tun tun para llevárselo para atrás y que queden solo los verdaderos protagonistas. Ojalá nos ahorremos esa escena desagradable. “A mi no me gusta tu cara y no me gusta tu olor”.

    Cuando pienso en Trump agarrando la copa quiero que no haya clima de mundial. Pero agarro Dardo Rocha, en Bernal, cerca de Villa Itatí, un sábado a la mañana y veo en los semáforos las sogas sosteniendo remeras con la 10: muchas de Messi y algunas de Miguel Almirón de Paraguay. Recuerdo los cohetes de madrugada que escuché cuando Galarza Fonda le metió el gol a Turquía y el día que los del profe Gustavo Alfaro avisaron que venían a enseñarnos cómo cazar una utopía. Cayó Alemania, sus cuatro estrellas y las tres tiras de Adidas que se despiden de vestir a su país después de más de 70 años. A partir de 2027 empieza un contrato con Nike hasta 2034.

    Nosotros seguimos. Tres tiras, tres estrellas, ropa en cómodas cuotas sin interés, como el televisor en el que la vemos. Empezá a pagar en este mundial y termina de pagarlo el próximo. Me olvido de que está por venir el resumen de la tarjeta cuando pienso que Messi vino a su último mundial a romper relojes, quemar libros y salir al rescate del equipo. Más voluntarioso que lujoso. 

    La Scaloneta sigue firme rumbo al objetivo pero todavía nos cuesta soltarnos a la alegría. Nos duele la risa, nos duele cantar. Hay una traba de algo que queremos que pase y de que algo no termine. Jugamos dos horas nuestro partido en la comodidad de las paredes de nuestras casas, pero no salimos a festejar sino a ver la realidad. “Es una lágrima en el pan, así es la loba que me cuida cuando empiezo a despegar”. Al gol agónico de Messi no le sigue un espacio publicitario sino una persona durmiendo en un asiento del subte durante el día. Las noches son largas. 

    No hay atisbos de Mundial en el hall de Constitución. Solo gente que va, viene y esquiva a otros. Paso por ahí todos los días. Ayer me llevé puesta una lata con la que dos nenes jugaban a la pelota. Andaban con el pantalón del pijama: todas las noches duermen frente a la cartelera donde veo si me tomo el tren que va a Bosques o el que va a Ezeiza. No tuve tiempo de devolverles la Sprite aplastada; me la sacaron de los pies y salieron gambeteando entre la gente. Seguí caminando y pasé el molinete con una convicción: podemos ser campeones del mundo de nuevo.

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