Bullrich suma Ficha Limpia a la eliminación de las PASO, para conseguir los votos aliados

Bullrich suma Ficha Limpia a la eliminación de las PASO, para conseguir los votos aliados

 

El libertario Agustín Coto convocó a la comisión de Asuntos Constituciones para este martes, con el objetivo de poner en tratamiento el proyecto de reforma política del gobierno, que tiene como objetivo eliminar o suspender las PASO. Para conseguir el apoyo de los aliados, el fueguino amplió el temario e incorporó las iniciativas de Martín Göerling Lara y Andrea Cristina del PRO, y la chubutense Edith Terenzi, sobre Ficha Limpia.

Bullrich apuró la discusión del proyecto sin contar con los votos para la eliminación de las PASO, objetivo de Milei, pese que al interior del gobierno hay posturas encontradas sobre su conveniencia. Bullrich le ordenó a Coto que convoque a la comisión cuando se enteró que Terenzi, que responde al gobernador Ignacio Torres, pidió la preferencia para el tratamiento de su proyecto de Ficha Limpia, una jugada de los senadores dialoguistas que quieren llevarse un triunfo legislativo para la campaña en sus respectivas provincias.

LPO reveló la semana pasada que el gobierno está decidido a suprimir las PASO pero los gobernadores le exigen a Diego Santilli, el encargado de llevar las negociaciones con las provincias, «un aval firmado» con la Casa Rosada como compromiso de que no les plantarán listas violetas en sus distritos.

Los gobernadores le piden a Santilli un «aval firmado» para votar la eliminación de las PASO

Por otro lado, la tensión entre los aliados y el oficialismo radica en el apuro del gobierno por cerrar el tema y sancionar la eliminación contra la especulación de los gobernadores, que preferirían aguardar hasta fin de año o febrero del 2027 para tomar la decisión mirando las encuestas de imagen de Javier Milei.

La tensión entre los aliados y el oficialismo radica en el apuro del gobierno por cerrar el tema y sancionar la eliminación contra la especulación de los gobernadores, que preferirían aguardar hasta fin de año o febrero del 2027 para tomar la decisión mirando las encuestas de imagen de Javier Milei.

Esas diferencias repercuten en la agenda parlamentaria, donde Bullrich tiene problemas para reunir quórum. El escándalo de Manuel Adorni, primero, y el fracaso con la extranjerización de la tierra, después, detonaron los puentes entre los bloques que habían formado una mayoría de 44 legisladores desde que asumió Bullrich.

El jefe de la bancada peronista, José Mayans.

Un senador peronista le dijo a LPO que «por ahora no tiene los votos el gobierno». Y explicó que votos buscarán los libertarios: «Kronerberger de La Pampa no acompaña, Göerling se manifestó en contra, Terenzi le responde a Nacho Torres y tiene una estrategia con el PRO, Maximiliano Abad y Flavio Fama de Catamarca están hablando pero no han fijado posición al respecto», precisó. 

Toto Caputo y la UCR le voltearon a Bullrich la sesión por la ley de Biocombustibles

Incluso, apuntó a los gobernadores. «Si Sáenz, Jalil, Jaldo y Passalacqua no avalan la iniciativa del gobierno, se les complican los votos», dijo.

Si Sáenz, Jalil, Jaldo y Passalacqua no avalan la iniciativa del gobierno, se les complican los votos.

Como sea, esta semana Bullrich también va por la revancha con el proyecto de Biocombustibles, frenada por la rebelión del bloque radical, dos libertarios puntanos y el secretario de Coordinación de Energía, Daniel González, un funcionario que depende de Luis «Toto» Caputo. El oficialismo aspira a modificar el dictamen impulsado por Flavia Royón, Carolina Moisés y Beatriz Ávila en medio de la sesión, si logran abrir el recinto. 

Pero, además, los senadores libertarios quieren incorporar a la discusión la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, dictaminada el miércoles pasado en medio de la polémica de Santiago Bausili con los senadores peronistas, a los que les mintió sobre el destino del oro de las reservas. El otro expediente que intentan incluir es el de Inocencia Fiscal II. 

Pero todavía no hay certezas sobre la convocatoria a sesionar, en un Seando que sigue muy trabado para el Gobierno. El único asunto parlamentario que funcionó de forma aceitada fue el de los pliegos de los jueces, donde hasta el peronismo terminó contribuyendo a la aprobación de las designaciones. Juan Bautista Mahiques tuvo una muñeca de la que carecen Federico Sturzenegger y Karina Milei, comentan en las bancadas dialoguistas.

 

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    Milei descubre las Malvinas justo cuando necesita una bandera: el volantazo de un Gobierno que busca escapar de sus propios problemas

     

    Milei endurece su discurso sobre Malvinas, pero su giro soberanista contrasta con su relación con el Reino Unido y llega en un momento de dificultades políticas.

    Por Roque Pérez para NLI

    Milei volvió a hablar de Malvinas. Y lo hizo con la solemnidad de quien pretende presentarse como el gran defensor de la soberanía argentina. En cadena nacional, anunció proyectos para endurecer sanciones contra empresas que exploten recursos en las islas, crear organismos vinculados con la seguridad nacional y fortalecer la presencia militar en Tierra del Fuego. El problema para el Presidente es que la historia reciente de su propio Gobierno vuelve difícil aceptar el repentino fervor soberanista como si siempre hubiera sido su principal bandera.

    Porque las Malvinas son argentinas. Eso no empezó con Milei y tampoco terminará con él. Es una causa nacional consagrada incluso constitucionalmente y sostenida durante décadas por gobiernos de signos políticos diferentes. Precisamente por eso, resulta legítimo preguntarse por qué el Presidente decide colocarla ahora en el centro de la escena, después de meses en los que su política exterior estuvo marcada por una alineación prácticamente automática con Estados Unidos, Israel y otros aliados internacionales, mientras mantenía una relación particularmente cuidadosa con Londres.

    La pregunta no es si Milei puede hablar de Malvinas. La pregunta es por qué ahora.

    De Margaret Thatcher a la bandera argentina

    Hay una contradicción que no puede borrarse con una cadena nacional.

    Milei construyó durante años una admiración pública por Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la Guerra de Malvinas. Esa posición generó fuertes críticas, especialmente entre excombatientes y sectores vinculados con la memoria de la guerra. Incluso durante su campaña presidencial planteaba que la recuperación de las islas debía ser resultado de una negociación prolongada con el Reino Unido y que había que considerar a quienes viven allí.

    Ya en el Gobierno, la relación con Londres tampoco fue presentada como una confrontación frontal. Por el contrario, la administración libertaria sostuvo una estrategia de acercamiento y diálogo que generó cuestionamientos desde sectores de la propia coalición oficialista.

    La entonces canciller Diana Mondino llegó a sostener que la Argentina buscaba cambiar la estrategia respecto de Malvinas y avanzar mediante el diálogo. Y en 2024 el Gobierno evitó confrontar públicamente con la visita del entonces canciller británico David Cameron a las islas.

    Ahora, en cambio, Milei aparece convertido en un cruzado de la soberanía.

    El cambio no es menor. Tampoco parece casual.

    Reuters describió este giro como un endurecimiento respecto de la postura anterior del Presidente y señaló que la nueva estrategia aparece en un momento políticamente sensible, con una aprobación presidencial estimada en 36,8% y con el horizonte electoral de 2027 cada vez más cerca.

    Dicho en criollo: cuando la motosierra ya no alcanza para entusiasmar, aparece la bandera.

    Una causa nacional convertida en salvavidas político

    Malvinas tiene una característica que cualquier dirigente conoce: une donde otras discusiones dividen.

    No importa si se trata de peronistas, radicales, desarrollistas, socialistas, nacionalistas o ciudadanos que no tienen ninguna identificación partidaria. El reclamo argentino sobre las islas forma parte de una conciencia nacional profundamente arraigada.

    Y ahí aparece la oportunidad política para Milei.

    El Gobierno enfrenta una agenda cargada de conflictos. El Congreso vuelve a ser un terreno incómodo para el oficialismo, mientras la oposición busca discutir cuestiones como el endeudamiento de las familias y la situación de las personas con discapacidad. Al mismo tiempo, el Ejecutivo espera que los próximos datos económicos le permitan mostrar algún resultado favorable. La discusión sobre Malvinas ofrece, en cambio, una escena mucho más sencilla: Presidente, bandera, soberanía y enemigo externo.

    Es una narrativa perfecta para un Gobierno que necesita recuperar iniciativa.

    Y mucho más cómoda que hablar de jubilaciones, salarios, empleo, universidades, industria o del deterioro del poder adquisitivo.

    El recurso político es viejo. Cuando una administración tiene dificultades para imponer una agenda doméstica, puede intentar trasladar la discusión hacia una cuestión nacional de enorme carga simbólica.

    El problema es que Malvinas no es propiedad de Javier Milei.

    El riesgo de confundir soberanía con marketing

    Hay una diferencia enorme entre defender la soberanía y utilizar la soberanía como herramienta de comunicación política.

    La primera exige una estrategia de Estado sostenida durante décadas. La segunda necesita una cadena nacional, un discurso encendido y una agenda mediática favorable.

    Si el Gobierno realmente pretende fortalecer la posición argentina, deberá explicar cómo piensa hacerlo en términos diplomáticos, económicos, científicos, pesqueros, energéticos y militares. También tendrá que explicar qué política concreta desarrollará en el Atlántico Sur y cómo piensa enfrentar la explotación de recursos naturales alrededor de las islas.

    Porque mientras Milei anuncia sanciones, las empresas involucradas en la explotación petrolera sostienen que sus licencias son legítimas y el Reino Unido reafirma su posición sobre las islas.

    La cuestión petrolera, además, no es menor. El proyecto de explotación en torno al yacimiento Sea Lion convierte al Atlántico Sur en un espacio todavía más estratégico. Reuters señala que las estimaciones hablan de hasta 1.700 millones de barriles de petróleo, una dimensión económica capaz de transformar por completo el valor geopolítico de la disputa.

    Por eso la soberanía no se defiende solamente con discursos.

    Se defiende con industria nacional, ciencia, tecnología, capacidad energética, infraestructura, presencia diplomática, control de los recursos naturales y una política exterior coherente.

    Y allí aparece otra contradicción incómoda para el Gobierno libertario: el mismo proyecto político que durante años presentó al Estado como un obstáculo, que cuestionó el gasto público y que hizo del ajuste su principal identidad, ahora necesita un Estado con capacidad suficiente para sostener una política estratégica de largo plazo en el Atlántico Sur.

    Milei necesita una bandera, pero Malvinas no necesita a Milei

    El Presidente tiene derecho a defender la soberanía argentina. Nadie debería discutirlo.

    Lo que sí puede y debe discutirse es la utilización política de una causa que pertenece a todos los argentinos.

    Porque si Milei pretende que Malvinas sea una política de Estado, deberá demostrarlo con hechos y no solamente con discursos. Deberá construir consensos, sostener una estrategia diplomática, defender los recursos argentinos y mantener una política exterior que no entre en contradicción con esos objetivos.

    Y, sobre todo, deberá comprender algo elemental: la soberanía no funciona como una herramienta electoral.

    Las Malvinas eran argentinas cuando Milei todavía no existía en la política. Eran argentinas cuando el Presidente admiraba a Thatcher. Eran argentinas cuando su Gobierno buscaba una relación cordial con Londres. Y seguirán siendo argentinas cuando termine este Gobierno.

    Por eso resulta difícil no mirar con sospecha este súbito despertar soberanista.

    Porque mientras millones de argentinos esperan que el Estado resuelva problemas concretos —llegar a fin de mes, pagar una factura, sostener una jubilación, mantener un empleo, acceder a medicamentos o garantizar la educación— Milei encontró una bandera capaz de sacarlo, aunque sea por unos días, del centro de esas discusiones.

    Malvinas merece algo mucho más serio que eso.

    Merece una política de Estado.

    Y si el Presidente realmente quiere defenderla, deberá demostrar que detrás de la bandera hay una estrategia y no simplemente otra puesta en escena para recuperar oxígeno político.

     

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