Juan Monteverde y Diego Giuliano viajaron a México para conocer uno de los sistemas integrados de transporte más importantes del mundo y buscar tecnología y cooperación para desarrollar un nuevo esquema de movilidad urbana en Rosario y su área metropolitana.
La misión incluyó reuniones con funcionarios del gobierno mexicano y de la Ciudad de México, además de una visita a los talleres de CRRC, la empresa china que es considerada la mayor fabricante de material ferroviario del mundo. El objetivo es analizar alternativas que permitan combinar metro, premetro, trenes regionales y otros medios de transporte.
Monteverde es el candidato del peronismo para disputar la intendencia de Rosario y el ex ministro de Transporte, Diego Giuliano es el presidente nacional del Frente Renovador y uno de los nombres que asoman como posibles candidatos a gobernador.
«Rosario tiene que recuperar su plan ferroviario pensado para toda la metrópolis», dijo Giuliano a LPO. La propuesta contempla un sistema multimodal para las áreas metropolitanas de Rosario y Santa Fe.
Durante la visita, Monteverde y Giuliano conocieron el funcionamiento del sistema de Ciudad de México, que articula Metro, Tren Ligero, Cablebús y Metrobús dentro de una misma red. La intención es analizar qué tecnología resulta conveniente para cada corredor y avanzar hacia un esquema multimodal e inteligente adaptado a la escala del Gran Rosario.
En ese marco, presentaron el proyecto ante representantes de CRRC y recorrieron sus instalaciones operativas y talleres ferroviarios. La compañía estatal china cuenta con una planta en el complejo industrial de Monterrey, pese a la estrecha integración comercial que México mantiene con Estados Unidos.
Una obra de esta magnitud no se construye de un día para otro. Requiere decisión política, planificación, conocimiento técnico, cooperación y capacidad para conseguir inversiones
La primera etapa del proyecto impulsado por Monteverde contempla un Premetro con dos líneas troncales, unidades eléctricas con capacidad para 150 pasajeros, carriles segregados y una frecuencia estimada de seis minutos. Una de las trazas uniría Granadero Baigorria con Villa Gobernador Gálvez, mientras que la otra conectaría el centro con el oeste rosarino.
Sucede que las políticas ferroviarias argentinas tras la privatización y el desguace en la dédcada de los 90 sufrieron el vaciamiento de los servicios de pasajeros y a duras penas se mantuvo el de carga. Uno de los ramales recuperados cuando Giuliano estuvo al frente del Ministerio de Transporte fue el que unió a Rosario con Cañada de Gómez, que llegó a transportar más de 50 mil pasajeros pero luego, la falta de mantenimiento del material rodante y de inversiones en la era Milei terminó con el servicio cancelado.
«Una obra de esta magnitud no se construye de un día para otro. Requiere decisión política, planificación, conocimiento técnico, cooperación y capacidad para conseguir inversiones», señalaron Monteverde y Giuliano, que buscan convertir la propuesta en uno de los ejes de la próxima discusión electoral en Rosario y Santa Fe.
El presidente se subió a un tweet de Lilia Lemoine, donde se burlaba y ponía en duda que Nadia Beller hubiera sufrido un intento de asesinato.
Según el parte médico difundido en Bolivia, Beller llegó al hospital con «heridas múltiples por proyectil de arma de fuego, con compromiso de mama derecha, brazo derecho y cuello y hombro izquierdo; una fractura expuesta conminuta de húmero derecho; y una herida supraclavicular izquierda sin evidencia radiográfica de compromiso óseo».
Lemoine se lo tomó a broma: escribió que los sicarios que intentaron matar a la ex pareja de Cerimedo habían estudiado en la «academia para copitos ‘Montiel'» y fue retuiteada por Milei.
En paralelo y tras un debate, el bloque de diputados libertario había decidido no salir a bancar a Cerimedo. El problema no fue la acusación por intento de femicidio, sino que el consultor fuera parte del esquema para difundir los audios de las coimas en Discapacidad. Y los diputados se negaron a avalar esa supuesta deslealtad con los Milei.
El presidente habría respaldado esa posición de forma tajante. Hubo desconcierto entre los integrantes del bloque libertario cuando Milei retuiteó la teoría conspirativa de Lemoine que deja bien parado a Cerimedo.
Como contó LPO, Lemoine está en una posición delicada. Karina tomó distancia y peligra su reelección en Diputados. La maquilladora quedó en medio del enfrentamiento entre las Fuerzas del Cielo y los Menem, sin banca en ninguna de las dos facciones. Temerosa de perder su banca, Lemoine salió a sobreactuar karinismo tras años de jactarse de su llegada directa a Javier Milei.
Cerca del pequeño Aeropuerto de Melilla puede verse una imponente valla fronteriza, incluso antes de poder distinguir con claridad qué casas pertenecen al enclave español y cuáles a las localidades marroquíes colindantes. “La valla” está formada por varias rejas, mallas metálicas, metal oxidado y una zanja, y en el lado marroquí se complementa con alambre de púas financiado por la Unión Europea. Se trata de todo un complejo fronterizo que recuerda más bien a Jurassic Park y no al hecho de que a ambos lados de la frontera puedan vivir vecinos, amigos y familiares. Las dos ciudades, Ceuta y Melilla, pertenecen a España pese a estar ubicadas en continente africano, e incluso tienen estatus de comunidades autónomas, como Cataluña o Andalucía. En cada una viven unas 85 mil personas, y la población se compone a partes iguales de españoles cristianos de origen europeo y de musulmanes, a menudo de origen marroquí. Ambas son españolas desde los siglos XV y XVI, respectivamente, y tienen un gran significado simbólico para la conciencia nacional. La recristianización de España, conocida como la Reconquista, no concluye, según algunas narraciones históricas, hasta la conquista de Melilla en 1497. Simbólicamente, el primer paso en África coincide con el inicio de la expansión global del Imperio español.
Hoy en día, las fortificaciones de ambas ciudades simbolizan la desigualdad entre el sur global y el norte global, entre las antiguas potencias coloniales —que mantienen su hegemonía por otros medios— y sus antiguas colonias, que intentan, con mayor o menor éxito, mejorar su posición en la competencia estatal. En las montañas que rodean los enclaves se concentran miles de migrantes procedentes de toda África (y, en algunos casos, incluso de Asia Occidental) y aguardan la oportunidad para cruzar las fronteras a nado, trepando o escondidos en un vehículo y así pisar suelo europeo. Con frecuencia se producen víctimas mortales. Sin embargo, nunca antes se había dado una situación como la de finales de julio de 2026: hasta entonces, la violencia de la valla parecía insuperable, salvo contadas excepciones. Esto podría contribuir a explicar el resentimiento que, al parecer, estos acontecimientos provocan en la conciencia europea.
¿Por qué hay vallas?
Quienes hoy tienen más de 40 años recuerdan una infancia sin vallas, en la que bastaba con cruzar a pie una barrera fronteriza más bien simbólica, una alambrada, para ir, por ejemplo, a las playas marroquíes o a la cordillera del Rif. Las economías de los enclaves también estaban interrelacionadas con las de las zonas colindantes, de modo que, por ejemplo, los agricultores marroquíes vendían sus productos en los mercados a los vecinos españoles, que tenían mayor poder adquisitivo y que, a su vez, contrataban a mujeres marroquíes como empleadas domésticas y a hombres marroquíes como trabajadores auxiliares. Sin duda, no se trataba de una convivencia en pie de igualdad, pero estaba muy lejos de la situación de exclusión militar que observamos hoy en día. Quienes son un poco mayores y aún pueden recordar los años 60 o 70 no solo hablan de una convivencia sin vallas, sino también de una convivencia igualitaria en los barrios de los enclaves, donde las familias cristianas, musulmanas y judías, aunque igualmente pobres, se mostraban solidarias entre sí a nivel vecinal. Parece una paradoja: cuando España aún era potencia colonial en el Sáhara Occidental y el dictador Franco aún vivía, se era, en general, más pobre, pero se convivía con los vecinos de forma menos segregada. La valla y la respuesta cuasi militar a la migración no son producto de la dictadura colonial, sino del capitalismo democrático poscolonial.
Las causas de la construcción de las vallas no hay que buscarlas en el norte de África, ni en la convivencia entre musulmanes y cristianos en la región, sino en la estructura del sistema mundial capitalista. El periodo comprendido entre 1975 y 1985 estuvo marcado por varios cambios radicales. Por un lado, tras la muerte de Franco, comenzó la llamada Transición, la transformación de España de una dictadura católica y chovinista a una democracia orientada hacia Europa. Desde el punto de vista político-económico, esto supuso sobre todo la integración del país en las instituciones europeas, la adhesión a la Comunidad Europea, a la OTAN y al espacio Schengen. Esta integración vino acompañada de un enorme auge económico del que pudieron beneficiarse, en mayor o menor medida, todos aquellos que poseían la nacionalidad española.
Sin embargo, al mismo tiempo que España ascendía a una posición central en el capitalismo global, este mismo sistema se encontraba inmerso en una transformación fundamental. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el norte de Europa experimentó un crecimiento económico sin precedentes gracias al Plan Marshall, a una producción industrial avanzada y a la importación de materias primas baratas procedentes de las periferias. La relación entre los centros industriales y las periferias se caracterizó por la diferencia de poder del mercado mundial, de modo que muchos acuerdos anteriormente coloniales se transformaron en acuerdos poscoloniales, en los que las antiguas colonias seguían siendo explotadas. Esta configuración de la relación entre los centros y las periferias cambió radicalmente en la década de 1970. La saturación de los mercados europeos, el fin del sistema de Bretton Woods y, sobre todo, la crisis del petróleo provocada por la creación de la OPEP marcaron un cambio radical. El capital respondió a la caída de la rentabilidad con la introducción de la denominada “nueva división internacional del trabajo”, es decir, la exportación de fases de producción a los países del sur global. Esto vino acompañado de los programas de ajuste estructural del Banco Mundial y del FMI, muy conocidos en el hemisferio sur por las aperturas forzadas de los mercados, privatizaciones y programas de austeridad fiscal. Estas medidas destruyeron a gran escala, en las décadas de 1970 y 1980, las economías de subsistencia, lo que puso en marcha una nueva dinámica migratoria: los antiguos pequeños agricultores se vieron privados de sus medios de vida y emigraron, en un primer momento, a las ciudades en busca de trabajo, pero más tarde también al norte global. Desde el punto de vista de los europeos, era necesario externalizar las fronteras europeas para detener este nuevo movimiento migratorio: así, a España, recién integrada en el centro del sistema mundial, le correspondió la tarea de retener en África a las personas que emigraban a Europa, en su mayoría procedentes de África Occidental. Por eso, en la década de 1990 se construyó una valla en Melilla y Ceuta, sobre la que un joven de Melilla explica: “Esta valla no es para los marroquíes. Esta valla es para los subsaharianos”.
Nuevas desigualdades
El establecimiento del régimen fronterizo europeo en Ceuta y Melilla generó nuevas y complejas formas de migración y de desigualdad estructural. En primer lugar, la ciudadanía española trazó una importante línea de desigualdad entre antiguos vecinos. Los españoles cristianos lograron rápidamente un ascenso social, mientras que a los habitantes musulmanes del enclave se les negó durante mucho tiempo la regularización. Así, desde la década de 1980 se fue gestando una segregación entre los grupos de población y los barrios de las ciudades que persiste hasta hoy. Sin embargo, esta desigualdad es especialmente evidente entre quienes viven en los enclaves y quienes tuvieron la mala suerte de encontrarse en el lado marroquí cuando se construyeron las vallas y se fortificaron las fronteras. Los acuerdos de “buena vecindad” entre España y Marruecos permitían a los habitantes de los enclaves y de sus ciudades vecinas marroquíes cruzar la frontera sin visado, siempre que abandonaran la ciudad antes de las diez de la noche. Así se creó una situación en la que los españoles de los enclaves solían ser funcionarios, empresarios y empleados de la administración, a quienes se pretendía atraer a Melilla para trabajar con lucrativas ventajas fiscales, mientras que prácticamente toda la clase trabajadora —artesanos, comerciantes, empleados domésticos, cuidadores— se desplazaban diariamente desde Marruecos a la ciudad. La policía hablaba, en aquel momento, de hasta 30 mil trabajadores transfronterizos al día. Las diferencias salariales entre los enclaves españoles y Marruecos eran tan elevadas que, aunque esta clase trabajadora móvil se veía abocada a una situación precaria y, a menudo, obligada a realizar trabajos en negro en condiciones de explotación extrema, muchas familias marroquíes de esta “población flotante” podían, a pesar de todo, vivir de los euros que ganaban en los enclaves.
El régimen fronterizo supuso un especial sufrimiento para las llamadas “porteadoras”. Entre los enclaves y Marruecos existía un enorme comercio atípico. Las mercancías podían cruzar por la frontera, en el equipaje de mano, sin pagar aranceles. Empresas europeas se aprovechaban de ello transportando grandes lotes de mercancías hasta la frontera, que luego eran transportadas al otro lado por mujeres —las “porteadoras”— a cambio de un salario de miseria y poniendo en riesgo su salud. Este contrabando, tolerado por las autoridades, alcanzó proporciones enormes: así, desde Ceuta y Melilla se exportaba a Marruecos tanto como desde toda España a Australia.
La migración de la población flotante y de las porteadoras, caracterizada por la desigualdad y la explotación, fue una consecuencia casi incidental del incipiente régimen fronterizo europeo y de la integración de España en el centro del sistema mundial capitalista. Sin embargo, el objetivo real era frenar la migración por pobreza generada por la globalización neoliberal, cuyo principal instrumento eran los programas de ajuste estructural. Esta migración se manifiesta en los enclaves de dos formas. En primer lugar, en forma de los llamados MENA (menores extranjeros no acompañados), generalmente marroquíes que proceden de zonas rurales de Marruecos o, más a menudo, de los barrios marginales de las grandes ciudades y que intentan escapar a Europa para huir de una situación de pobreza extrema. Estos jóvenes (a veces niños) llegan a los enclaves escondidos en coches o nadando, arriesgando sus vidas. Intentan matricularse en los centros educativos de los enclaves para obtener así un permiso de residencia temporal, o subir como polizones a un ferry con destino a Europa. A menudo viven en la calle y se ven expuestos continuamente a acosos y, en ocasiones, a actos de violencia por parte de la policía, que intenta disuadirles de continuar su ruta migratoria. Esto se aplica tanto a la policía española como a las autoridades marroquíes que, financiadas por la UE, se han convertido desde hace tiempo en cómplices decisivos en la lucha contra la migración: alrededor de los enclaves se han delimitado zonas en las que la policía marroquí actúa con violencia contra los migrantes y, en el peor de los casos, los lleva hasta el desierto para abandonarlos allí a su suerte.
Esta cooperación de Marruecos con España y la UE queda especialmente patente en el caso de la migración subsahariana. Los africanos occidentales, y últimamente también muchos sudaneses, intentan emigrar a España y a Europa a través de Marruecos, donde a menudo se ven sometidos a una fuerte represión, dado que, por encargo de la UE, deben detener la “migración irregular”. Los migrantes denuncian atracos de los que las fuerzas de seguridad no los protegen y, en algunos casos, incluso robos perpetrados por la propia policía. Quienes son sorprendidos intentando cruzar la frontera hacia uno de los enclaves suelen ser víctimas de violencia e incluso de tortura. Como ya se he dicho, en las montañas que rodean los enclaves se concentran miles de migrantes en campamentos improvisados, ya que no pueden mostrarse abiertamente en la zona debido a la discriminación racial por parte de las autoridades marroquíes. Una y otra vez, estas personas intentan, en grandes grupos y de forma conjunta, cruzar la valla fronteriza y solicitar asilo en territorio español. Una y otra vez, muchos de ellos pierden la vida en el intento.
Tanto la presión migratoria hacia Europa como el propio régimen fronterizo son, por tanto, de reciente data y se deben a la configuración actual del capitalismo tardío. El propio régimen fronterizo, con sus matices específicos —el acuerdo de buena vecindad, la posibilidad de exportar “equipaje de mano” libre de aranceles—, genera así estos tipos de migración y, con ellos, las desigualdades y la explotación propias de cada uno.
La nueva normalidad
En 2020, la situación cambió radicalmente. Hoy el Magreb se presenta con mucha confianza en sí mismo. Marruecos ha construido grandes complejos portuarios junto a los enclaves, entre los que destaca Tánger MED, el puerto más grande de África. Se prevé que los flujos de mercancías del futuro pasen por Marruecos, que se presenta con confianza como la «puerta de África». Además, se han designado zonas de libre comercio en las que las multinacionales pueden establecer sus capacidades de producción. Marruecos también es absolutamente consciente de su importante papel en la contención de la migración hacia Europa y se lo hace saber regularmente a los europeos. Cuando se aplicaron medidas contra el COVID-19 en todo el mundo, también se suspendió el acuerdo de buena vecindad. De repente, decenas de miles de familias marroquíes ya no pudieron desplazarse a los enclaves y así, de un momento a otro, perdieron sus medios de subsistencia. Y viceversa, muchas personas que se habían quedado ilegalmente en los enclaves se vieron de repente atrapadas. Desde entonces, la situación en la frontera se ha convertido en una prueba de fuerza diplomática. Aunque ahora se puede cruzar, se necesita un visado para hacerlo, algo imposible de conseguir para los marroquíes sin recursos. Las porteadoras, por su parte, han desaparecido. Aunque se les prometió encontrarles empleo en las nuevas zonas de libre comercio, cuando en 2023 pregunté por ellas en los enclaves, nadie sabía nada. Parece que comparten el destino de la gente humilde en tiempos de grandes cambios.
Desde 2020 han surgido nuevas formas de migración y de conflictos en las fronteras. En primer lugar, en 2021 se produjeron protestas y auténticos disturbios, en los que los vecinos de ambos lados de la frontera se manifestaron a favor del restablecimiento de los acuerdos de buena vecindad. Ni los españoles ni los marroquíes estaban contentos con el cierre de la frontera. Por primera vez, también algunos marroquíes intentaron saltar la valla, que supuestamente es “solo para los subsaharianos”.
Pero, sobre todo, se están multiplicando las incursiones masivas contra las instalaciones fronterizas, que tienen gran repercusión mediática y a menudo son sangrientas. En 2021, unos 9 mil marroquíes lograron llegar a Ceuta; en 2022, entre 2 mil y 3 mil sudaneses asaltaron la valla fronteriza de Melilla, en un incidente en el que la violencia policial en ambos lados produjo al menos 37 muertos. Ahora esta dinámica ha alcanzado su punto más álgido con las aproximadamente 60 mil personas que marcharon a Ceuta, donde también muchos perdieron la vida, sobre todo ahogados en el mar. La mayoría de ellos ya regresaron a Marruecos, principalmente, por la falta de perspectivas para conseguir techo y comida en España. De los que se quedaron, la situación de los menores es especialmente delicada porque no pueden ser deportados sin más. Acontecimientos de esta magnitud solo son posibles si Marruecos suspende su labor como vigilante fronterizo y permite el paso de los migrantes. Este hecho alimenta las especulaciones sobre los motivos geopolíticos de la Casa Real marroquí. Es verdad que no faltan motivos de conflicto: las visitas del presidente español a Argelia, rival de Marruecos; la presión para que se reconozca como legítima la ocupación marroquí del Sáhara Occidental; el castigo a España por su oposición a la guerra de Estados Unidos e Israel (aliados de Marruecos) contra Irán o a la intervención militar de Israel en Palestina y el Líbano, por mencionar solo algunos ejemplos.
Sin embargo, esta especulación no llega muy lejos. Ni siquiera Marruecos puede movilizar a sus ciudadanos para una invasión con solo pulsar un botón, como parece creer la derecha europea. Situaciones como esta solo son posibles porque la configuración actual del capitalismo global genera una presión migratoria a la que los europeos responden con muros y vallas, fuera de su continente, para asegurar su hegemonía. Ceuta no es un indicio de debilidad de la protección fronteriza europea, sino una prueba de que en el mundo impera una desigualdad fundamental que sólo puede mantenerse mediante la violencia.
Durante siglos, los mapas no colocaron necesariamente el norte arriba. La orientación que hoy parece natural es el resultado de una larga historia de religión, navegación, ciencia y poder.
Por Redacción de NLI
Hay objetos que utilizamos todos los días sin preguntarnos quién decidió que fueran exactamente como son. Un mapa es uno de ellos. Abrimos uno en el teléfono, buscamos una dirección, miramos un planisferio en la escuela o contemplamos un globo terráqueo y aceptamos inmediatamente una convención que parece formar parte de la naturaleza misma del mundo: el norte está arriba, el sur abajo, el este a la derecha y el oeste a la izquierda. Sin embargo, la Tierra no tiene un “arriba” ni un “abajo” en el sentido en que los representamos sobre una hoja de papel, y durante buena parte de la historia de la cartografía los seres humanos dibujaron el mundo de maneras muy diferentes. Hubo mapas con el sur arriba, otros orientados hacia el este, representaciones que colocaban a Jerusalén en el centro del mundo conocido y cartografías en las que la orientación respondía más a razones religiosas o culturales que a una supuesta neutralidad geográfica.
La pregunta, entonces, deja de ser simplemente por qué los cartógrafos eligieron el norte como referencia y se transforma en otra mucho más interesante: ¿cómo consiguió una determinada manera de representar el planeta convertirse en algo que hoy percibimos como obvio? La respuesta no pertenece exclusivamente a la geografía. También intervienen la historia de la navegación, la astronomía, las tradiciones religiosas, la transmisión del conocimiento antiguo, la expansión europea y, finalmente, la enorme capacidad que tuvieron determinados centros culturales para imponer sus propias formas de representar el mundo. Un mapa no es solamente una herramienta para encontrar un lugar: también es una forma de decidir cómo mirar ese lugar.
La Tierra nunca estuvo realmente “orientada”
La primera cuestión que hay que desmontar es la idea de que el norte ocupa naturalmente la parte superior de nuestro planeta. En el espacio no existe un arriba universal. La Tierra gira alrededor del Sol y sobre su propio eje, y cualquier orientación que utilicemos sobre una superficie plana es una decisión humana destinada a facilitar la representación y la lectura.
Cuando dibujamos un planisferio y colocamos el Polo Norte arriba, estamos utilizando una convención que se volvió dominante, pero no estamos reproduciendo una propiedad física del planeta. Podríamos girar el mapa 180 grados y seguiríamos representando exactamente los mismos continentes, océanos y coordenadas; lo único que cambiaría sería nuestra familiaridad con la imagen.
De hecho, cuando vemos un mapa antiguo con el sur en la parte superior, la reacción inmediata suele ser pensar que está “al revés”. Pero esa reacción dice mucho más sobre nuestra educación cartográfica contemporánea que sobre el mapa histórico. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conserva, por ejemplo, una reproducción del célebre mapa elaborado por Al-Idrisi en 1154 en el que el sur aparece arriba y el norte abajo. Para un observador actual acostumbrado a la convención moderna, la imagen parece invertida, aunque para las personas que utilizaban aquella representación no existía ninguna obligación de considerar incorrecta esa orientación.
Y allí aparece la primera gran sorpresa: el norte no siempre estuvo arriba.
Durante mucho tiempo, otros puntos ocuparon el lugar privilegiado
Las diferentes culturas desarrollaron sus propias maneras de organizar el espacio. En la cartografía islámica medieval, por ejemplo, hubo representaciones en las que el sur aparecía en la parte superior, y en el célebre mapa mundial de Al-Idrisi la disposición estaba relacionada también con una determinada concepción geográfica y cultural del mundo, en la que La Meca adquiría una posición destacada. La Biblioteca del Congreso señala que la orientación con el sur arriba era una práctica habitual dentro de determinadas tradiciones de la cartografía islámica medieval.
En Europa medieval, por otra parte, tampoco existió desde el comienzo una regla universal según la cual el norte debiera dominar la parte superior de todos los mapas. Muchas representaciones tenían una fuerte carga religiosa y simbólica, y en determinados mapas el este podía ocupar una posición privilegiada. La propia palabra “orientar” contiene una pista histórica: orientarse significa, literalmente, buscar el Oriente, es decir, localizar el lugar por donde sale el Sol.
Esto resulta fascinante porque revela que la manera de representar el espacio estuvo durante mucho tiempo vinculada con la manera en que una sociedad concebía el mundo. El mapa podía ser simultáneamente instrumento de navegación, representación religiosa, descripción política y construcción simbólica del universo.
No había una única forma correcta de dibujar la Tierra porque todavía no existía una única manera dominante de concebirla.
Ptolomeo cambió la historia, pero no inventó el norte moderno
Uno de los nombres fundamentales en esta historia es Claudio Ptolomeo, el astrónomo, matemático y geógrafo que vivió en Alejandría durante el siglo II. Su obra Geographia reunió una enorme cantidad de conocimientos geográficos del mundo grecorromano y desarrolló métodos para ubicar miles de lugares mediante coordenadas de latitud y longitud. La Biblioteca del Congreso destaca que su trabajo llegó a registrar alrededor de ocho mil lugares y que sus métodos tuvieron una influencia extraordinaria sobre la cartografía posterior.
La importancia de Ptolomeo no consiste únicamente en la cantidad de lugares que describió, sino en haber contribuido a transformar la representación del mundo en un problema que podía abordarse mediante coordenadas, geometría y procedimientos sistemáticos. Su obra fue perdida para buena parte de Europa durante la Edad Media, pero posteriormente volvió a circular a través del mundo bizantino y llegó a Italia, donde fue traducida al latín a comienzos del siglo XV. La primera edición impresa apareció en Roma en 1477, y las versiones posteriores tuvieron una influencia enorme durante el Renacimiento.
Ptolomeo no fue simplemente un geógrafo antiguo cuyas ideas quedaron encerradas en los libros. Su obra terminó convirtiéndose en una de las bases intelectuales sobre las cuales los europeos comenzaron a reconstruir y perfeccionar la imagen del mundo durante la expansión de la navegación y la cartografía moderna.
Y allí comenzó a producirse una transformación decisiva: una determinada tradición cartográfica empezó a adquirir una influencia internacional cada vez mayor.
Cuando Europa empezó a dibujar el mundo entero
Entre los siglos XV y XVI, la cartografía europea experimentó una transformación extraordinaria. La navegación oceánica, la expansión comercial, los viajes de exploración y la incorporación de territorios desconocidos para los europeos obligaron a modificar mapas que durante siglos habían representado un mundo mucho más pequeño.
Los cartógrafos recibían información nueva de navegantes, comerciantes, exploradores y viajeros, mientras las imprentas permitían reproducir y distribuir mapas a una escala que hubiera resultado imposible en épocas anteriores. La obra de Ptolomeo fue reinterpretada y corregida, y comenzaron a aparecer nuevas representaciones del planeta que incorporaban las costas de África, América y otras regiones cuya geografía era todavía desconocida o estaba representada de manera muy imprecisa.
En ese contexto, los mapas dejaron de ser solamente instrumentos para conocer el mundo y comenzaron a desempeñar otra función decisiva: ayudaron a administrar, conquistar, comerciar y reclamar territorios.
Representar un territorio significaba también incorporarlo al conocimiento de quien lo dibujaba.
Nombrarlo significaba darle una identidad dentro de un sistema geográfico.
Marcar sus fronteras significaba convertir una superficie en un espacio político.
La cartografía moderna creció junto con la expansión de los Estados europeos, y esa coincidencia histórica no es un detalle menor.
Un mapa también puede ser una declaración de poder
Durante siglos hemos aprendido a mirar los mapas como si fueran fotografías objetivas del planeta, pero ningún mapa puede ser completamente neutral. Toda representación implica seleccionar qué se muestra, qué se omite, qué escala se utiliza, qué lugares aparecen destacados y qué sistema de orientación se considera normal.
Eso no significa que todos los mapas sean propaganda ni que sus datos geográficos sean falsos. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: representar el mundo supone tomar decisiones.
La cartografía europea terminó imponiendo muchas de esas decisiones a escala global porque Europa pasó a tener una influencia económica, militar, científica y política extraordinaria sobre otras regiones. Los mapas producidos por las potencias europeas comenzaron a circular internacionalmente y sus convenciones se incorporaron progresivamente a la enseñanza, la navegación, la administración territorial y la producción científica.
La orientación norte arriba terminó formando parte de ese conjunto de convenciones que hoy nos parecen naturales.
Pero su carácter convencional queda demostrado por la propia historia.
El famoso mapa que parece estar “al revés”
Uno de los mejores ejemplos para entenderlo es nuevamente el mapa de Al-Idrisi de 1154. La obra fue realizada por encargo del rey Roger II de Sicilia y requirió años de trabajo, utilizando fuentes árabes, información de viajeros y conocimientos geográficos anteriores. El resultado fue uno de los grandes trabajos cartográficos del período medieval, organizado en numerosas secciones que, reunidas, formaban una representación enorme para los estándares de la época.
Cuando una persona acostumbrada a los mapas actuales lo contempla, probablemente tenga una reacción inmediata: “está dado vuelta”.
Pero esa afirmación contiene una trampa.
El mapa no está dado vuelta.
Está orientado de otra manera.
Somos nosotros quienes hemos aprendido que una determinada orientación es la correcta.
La diferencia parece pequeña, pero tiene una enorme importancia porque demuestra hasta qué punto las convenciones cartográficas pueden convertirse en parte de nuestra percepción del mundo. Después de haber visto miles de mapas con el norte arriba, nuestro cerebro deja de percibir esa orientación como una elección y empieza a interpretarla como una característica objetiva del planeta.
¿Y por qué terminó ganando el norte?
No existe una única respuesta simple que permita señalar un día exacto en que alguien decidió poner el norte arriba y todos los demás aceptaron la decisión. La historia fue mucho más gradual y estuvo vinculada con la evolución de la cartografía europea, la recuperación de la tradición ptolemaica, las necesidades de navegación y la estandarización progresiva de las representaciones geográficas.
El norte tenía, además, una ventaja práctica evidente para determinadas tradiciones de navegación: la estrella Polar permitía identificar aproximadamente la dirección del Polo Norte celeste, por lo que la orientación hacia el norte podía ser especialmente útil para navegantes del hemisferio norte. A medida que la cartografía matemática y la navegación astronómica se desarrollaron, las coordenadas y los sistemas de referencia adquirieron una importancia cada vez mayor.
Pero la utilidad técnica no explica por sí sola la hegemonía cultural de esa representación. También fue decisiva la expansión de los mapas europeos como instrumentos de navegación, administración y educación, y la posterior estandarización científica de determinadas convenciones.
Una vez que una sociedad enseña durante generaciones que el norte está arriba, esa representación comienza a reproducirse a sí misma.
Los mapas enseñan a mirar mapas.
El mundo cambia cuando giramos el papel
Hay una experiencia sencilla que permite comprender la dimensión cultural del asunto: tomar un planisferio moderno y girarlo 180 grados.
De repente, Europa queda abajo, América del Sur aparece arriba respecto de nuestra costumbre y África cambia completamente de posición visual. Los continentes siguen siendo exactamente los mismos y las coordenadas no se modifican, pero nuestra percepción del mundo cambia de manera inmediata.
Eso ocurre porque la orientación de un mapa influye sobre la importancia visual que atribuimos a determinadas regiones.
Durante mucho tiempo, además, los mapas europeos colocaron a Europa en posiciones privilegiadas dentro de representaciones del mundo conocido, mientras que otras regiones aparecían en los extremos, con escalas y niveles de detalle diferentes. En determinados casos, esa representación acompañó directamente la expansión colonial y la construcción de una determinada idea de centro y periferia.
No es casualidad que la historia de la cartografía moderna esté profundamente relacionada con la historia de los imperios.
Quien dibuja el mundo también puede decidir, aunque sea indirectamente, desde dónde se mira ese mundo.
Argentina también aparece distinta cuando cambiamos la perspectiva
Para nosotros, acostumbrados a los mapas convencionales, Argentina ocupa una posición particular: aparece en el extremo sur de América y, en muchos planisferios, queda visualmente alejada de los principales centros económicos y políticos del hemisferio norte.
Pero basta con cambiar la proyección o invertir la orientación para que esa percepción se transforme. Argentina sigue estando exactamente en el mismo lugar geográfico, pero deja de aparecer como “abajo” del mundo.
Esto tiene una consecuencia interesante para una cultura acostumbrada a pensar geográficamente desde mapas heredados de otras tradiciones: la posición visual de un país no es necesariamente su posición conceptual en el planeta.
El sur no está abajo.
El norte no está arriba.
Son simplemente dos direcciones.
Y esa obviedad, que parece tan sencilla una vez formulada, tardó siglos en instalarse en nuestra conciencia.
El mapa no es el territorio
La historia de la orientación cartográfica permite recuperar una idea que el filósofo y escritor Jorge Luis Borges habría comprendido perfectamente: la representación nunca es idéntica a aquello que representa.
Un mapa puede ser extraordinariamente preciso y, al mismo tiempo, seguir siendo una interpretación. La Tierra es tridimensional; el mapa suele ser plano. La Tierra tiene una superficie curva; el mapa necesita una proyección. La Tierra no tiene arriba ni abajo; el mapa necesita decidir cómo colocarla. La Tierra contiene una cantidad prácticamente infinita de información; el cartógrafo debe seleccionar qué mostrar.
Por eso, cada mapa cuenta dos historias simultáneamente: una sobre el territorio que representa y otra sobre la sociedad que decidió representarlo de esa manera.
La próxima vez que miremos un planisferio y veamos el norte arriba, quizás convenga recordar que estamos ante una convención que se volvió tan poderosa que terminó ocultando su propio carácter de convención.
Durante siglos, distintas civilizaciones miraron el mundo de otra manera. Algunas colocaron el sur arriba, otras el este, otras organizaron el espacio alrededor de centros religiosos o culturales. La cartografía europea terminó imponiendo una forma particular de ordenar el planeta, y esa forma se convirtió progresivamente en la imagen universal que hoy reproducen las aulas, los atlas, los teléfonos y las pantallas.
El norte no está arriba porque la Tierra lo haya decidido. Está arriba porque nosotros aprendimos a dibujarla así.
Y quizás esa sea una de las mejores lecciones que puede enseñarnos un mapa: a veces creemos estar mirando el mundo cuando, en realidad, estamos mirando la manera en que alguien decidió que el mundo debía ser visto.
Sandra Pettovello hizo una arenga motivacional a empresarios en Mar del Plata, donde la crisis de sus tres principales actividades -el turismo, la pesca y la industria textil- materializó un salto inusitado del desempleo, que se acerca a los dos dígitos.
«Los necesito a todos, manos a la obra» agitó a empresarios la ministra de Capital Humano, entusiasmada por los cursos de capacitación que anunció que arrancarán una vez que se hagan las obras de restauración en el derruido Palacio Unzué, donde se hizo el encuentro.
«Ahora cuentan con un espacio, ¿no se ven en este lugar participando?», lanzó con perfil coaching para instarlos a generar cursos de formación «acordes a la demanda del mercado actual». Para algunos dirigentes empresariales, ese llamado sonó a una provocación.
En turismo, la ciudad tuvo el peor verano desde la pandemia, con 130 mil visitantes menos que en 2025 y con una fuerte merma en el consumo per cápita, mientras que en vacaciones de invierno las ventas cayeron casi 5 puntos.
En el caso de la pesca, a la crisis del sector fresquero y el cierre de frigoríficos, se sumó la reciente entrega de permisos para la explotación del calamar bajo condiciones que el Gobierno apuró y que dejaron prácticamente con las manos vacías a Mar del Plata, a pesar de ser referente en la pesca de esta especie.
De hecho, miembros de la Asociación de Embarcaciones de Pesca Costera y Fresquera le advirtieron a Pettovello de la crisis del sector que pone en jaque a 45 pymes.
En turismo, la ciudad tuvo el peor verano desde la pandemia, con 130 mil visitantes menos que en 2025 y con una fuerte merma en el consumo per cápita, mientras que en vacaciones de invierno las ventas cayeron casi 5 puntos.
«Ahora cuentan con un espacio, ¿no se ven en este lugar participando?», dijo Pettovello a empresarios en el Palacio Unzué, un edificio derruido que data de 1912 y que la ministra prometió restaurar para hacer ahí cursos de capacitación laboral
En el sector hotelero-gastronómico marplatense hay bronca no solo por la falta de políticas nacionales para el sector, sino también por el hombre que digitó Daniel Scioli para encabezar el Ente de Turismo local, Diego Juárez.
Empresarios que viven del movimiento turístico cuestionan por lo bajo la «inexperiencia» del ex secretario privado de Scioli. Así, advierten que el actual responsable del turismo en la principal ciudad balnearia del país «tiene un diploma de Coach ontológico y ocho años de empleado en Carrefour».
En lo relativo a la tradicional industria textil marplatense, la apertura de importaciones fogoneada por el gobierno libertario fue un golpe muy duro. Un símbolo del sector es Textilana, dueña de Mauro Sergio, que solicitó el concurso de acreedores. «La demanda está arruinada», dijo a LPO un empresario del sector.
En ese contexto, en Mar del Plata, la desocupación tuvo en el primer trimestre de 2026 una suba exponencial con respecto al mismo periodo del año anterior, pasando del 6 al 9,3%, según datos del Indec.
La visita de Pettovello estuvo impulsada por la empresa Cabrales. Además participaron representantes de la Unión del Comercio, del Centro de Constructores, la Cámara Argentina de la Construcción, del Parque Industrial y la Cámara Textil, entre otros.
El Consejo de la Magistratura de la Nación desestimó las tres denuncias que el juez federal de Rosario Gastón Salmain, quien se encuentra suspendido a la espera del inicio de juicio político, hizo contra su colega Carlos Vera Barros, quien hace ocho meses lo procesó por un intento de cobro de sobornos en el manejo de una causa y le dictó la prisión preventiva.
Mientras el Consejo rechazaba las denuncias de Salmain contra el juez federal que lo procesó por pedir una coima y lo embargó por 200 mil dólares, el presidente de la Asociación de Fiscales y de Funcionarios del Ministerio Público Fiscal de la Nación, Ricardo Toranzos, alertaba sobre actitudes llamativas de Salmain a distintos funcionarios que lo investigan, que consideró provocadoras.
Este miércoles el Consejo de la Magistratura de la Nación rehusó avanzar con tres denuncias distintas que Salmain le hizo al juez federal Vera Barros. El que primero desestimó hacerlo fue el consejero Alberto Lugones, que también es juez, y a su criterio lo acompañó toda la Comisión de Disciplina.
En diciembre pasado Vera Barros procesó a Salmain en la causa conocida como Attila, donde el magistrado bajo sospecha está acusado de haber admitido un amparo del dueño de un fideicomiso y ordenado al BCRA que le vendiera 10 millones de dólares al precio oficial, durante la vigencia del cepo cambiario, para que el empresario pagara una deuda. Según la imputación, Salmain accedió ante la propuesta de recibir una coima del 10 por ciento de la diferencia de cambio, entre la cotización de la divisa en el mercado de cambios y en el circuito blue.
El juez Carlos Vera Barros
Salmain denunció a Vera Barros porque a su criterio le dictó conscientemente la prisión preventiva y la prohibición de salida del país cuando tiene hasta el presente fueros que le dan inmunidad. «Un juez federal de la Nación ordenó la prisión preventiva y la prohibición de salida del país de otro juez federal en ejercicio, con pleno conocimiento de que la ley 25.320 se lo prohibía, y luego de haber reconocido expresamente esa prohibición en una resolución previa dictada por él mismo en la misma causa», sostuvo Salmain en su planteo. Lugones rechazó esa solicitud.
Una segunda denuncia de Salmain fue por entender que Vera Barros de manera arbitraria no ordenó la incorporación al expediente del caso en el que estaba acusado una prueba que podía desincriminarlo. Era un oficio librado por la Prefectura Naval Argentina que, dice Salmain, el fiscal que lo imputaba ocultó deliberadamente. El cuestionamiento a Vera Barros era porque era una evidencia de descargo importante para evaluar la credibilidad del principal testigo de cargo.
La tercera denuncia de Salmain que no se tuvo en cuenta cuestionaba a Vera Barros por haber ordenado medidas que suspenden garantías y en extremo coercitivas «cuando tenía pleno conocimiento de que el expediente que pretendía servir como sustento a dichas medidas había desaparecido por completo del sistema de gestión judicial, careciendo de toda existencia procesal válida».
Salmain le cuestionó a Vera Barros que en esas condiciones ordenó el secuestro de su teléfono celular personal, que lo requisaron a él personalmente y a su vehículo, medidas con afectación directa de derechos fundamentales. Adujo que este juez desde el momento en que tomó conocimiento de la desaparición del expediente debió ordenar la suspensión inmediata de las medidas que sin embargo autorizó en su contra.
En todos los casos el dictamen del consejero Lugones fue el mismo: que el Consejo de la Magistratura tiene como función analizar asuntos que tienen que ver con el comportamiento y la disciplina de los jueces. Pero que sus integrantes tienen prohibido meterse con sus decisiones jurisdiccionales, es decir, con lo que resuelven como magistrados. Los consejeros estuvieron de acuerdo y desestimaron las tres denuncias de Salmain.
Estos planteos contra Vera Barros que se desestiman se dan en lo que distintos funcionarios judiciales advierten como un patrón en Salmain, que es tener actitudes cuestionables hacia los funcionarios que lo investigan.
El último ejemplo al que aluden se dio la semana pasada y tomó estado público este lunes. Fue el jueves pasado cuando Salmain apareció entre el público durante una audiencia de juicio en Comodoro Py donde se desempeñan dos de los fiscales que lo están acusando en Rosario. En este juicio actuaba también el defensor de Salmain, Yamil Castro Bianchi, quien en un momento dijo que llegaría el momento en que él le pediría pena a unos de los fiscales allí presentes, Diego Velasco. Que actúa en causas contra Salmain.
La llamativa presencia de Salmain en un juicio en el que estaban los fiscales que lo investigan motivó una enfática declaración del titular de la Asociación de Fiscales del MPF Ricardo Toranzos. «Para nosotros fue muy extraño. A Salmain no se le escapa que su presencia en el lugar iba a generar reacción. Mínimanente, es provocador y pretende amedrentar», dijo este miércoles al periodista Hernán Funes de Cadena 3 Rosario.
Toranzos aludió a la aparición de Salmain entre el público el jueves en el SUM de Comodoro Py durante la audiencia en la causa Sueños Compartidos. «Su presencia parecía concordar con el ataque de su abogado al fiscal Diego Velasco», sostuvo. «Esto debe ser una alerta para el Consejo de la Magistratura, para hacer inmediatamente el análisis de su caso», señaló.
Salmain afrontará el jury por tres causas en las que fue denunciado y en las que por unanimidad el plenario del Consejo de la Magistratura habilitó su suspensión para el inicio del juicio político, cuyo inicio se prevé para octubre.