Autor: Invitad@ Especial

  • El equilibrista de Roma

     

    La primera reunión de cardenales de la era León XIV, que se realizó el 6 y 7 de enero en Roma, tuvo un sentido político que marca un cambio con su antecesor: en todo su papado, Francisco sólo convocó a los cardenales en tres oportunidades y optó por gobernar asesorado por un grupo reducido de ellos, el conocido C8 primero y C9 después. Con esta convocatoria, cuyo lema fue “la unidad atrae, la división dispersa”, Robert Prevost tomó la iniciativa y envió un mensaje a los sectores antifrancisquistas: todos los grupos serán escuchados. Además, ya convocó para el mes de junio un nuevo encuentro.

    Prevost transita su pontificado con una carga pesada: no es fácil ser papa después de Francisco. Tal como le sucedió a Ratzinger luego de la muerte de Juan Pablo II, León XIV tiene que lidiar con la popularidad de su antecesor. Tampoco tiene las cosas fáciles puertas adentro, donde las tensiones con los sectores tradicionalistas y los grupos conservadores crecieron significativamente sobre el final del papado de Jorge Bergoglio. Finalmente, los desafíos en el campo religioso siguen siendo muy grandes: Francisco no logró revertir las tendencias declinantes del catolicismo en términos de afiliación religiosa y sólo el dinamismo que se vive en el continente africano disimula la profundidad de la crisis.

    Los días previos a que Prevost se convirtiera en León XIV, el papa número 267 de la Iglesia católica, la muerte de Francisco sacudió al mundo. El Vaticano acreditó a 130 delegaciones  y estuvieron presentes alrededor de 70 jefes de Estado. Los medios de comunicación tradicionales, los canales de streaming y las redes sociales mostraron con lujo de detalles cada momento. Si bien no existen cálculos precisos de las visualizaciones en redes sociales, los especialistas estiman varios cientos de millones como piso. Si comparamos estos indicadores con otras muertes de figuras de alcance global, la del papa Francisco se ubica entre los eventos de mayor repercusión. También en China, a pesar de que sólo viven allí unos 10 millones de fieles católicos, la noticia se viralizó velozmente. Incluso The Global Times, el diario del Partido Comunista, se ocupó del tema y recordó la mejora de las relaciones diplomáticas logradas durante el papado de Francisco.

    Prevost transita su pontificado con una carga pesada: no es fácil ser papa después de Francisco. Tal como le sucedió a Ratzinger luego de la muerte de Juan Pablo II, Prevost tiene que lidiar con la popularidad de su antecesor.

    Desde que asumió, el 8 de mayo de 2025, León XIV enfrenta distintos desafíos, algunos inmediatos y relacionados con las disputas al interior de la Iglesia y otros de largo plazo vinculados al futuro mismo de la religión católica. En estos meses de papado, si bien Prevost se mostró cauto en sus declaraciones, tomó decisiones contundentes en varios niveles que dejan entrever una cierta orientación, algo así como una hipótesis de trabajo.

    Los desafíos intraeclesiales

    En 2013, la institución papal estaba sumergida en una crisis profunda. En los medios de comunicación, la Iglesia católica era noticia por los casos de abuso que se multiplicaban      en diócesis de todo el mundo, las filtraciones de documentos privados y las sospechas de corrupción en el Banco Vaticano. Bergoglio asumió con el desafío de reconstruir la autoridad y, para lograrlo, comprendió que era esencial producir gestos de ruptura desde el primer momento. Eligió llamarse Francisco —es decir no se filió con ningún papa anterior— y buscó apartarse todo lo posible de las tradiciones (modificó su vestimenta por una más austera, cambió su residencia, pidió rezar por él cuando se asomó al balcón). Su primer viaje fue a Lampedusa para denunciar la situación de los inmigrantes. 

    El éxito de Francisco fue tan notable en términos comunicacionales que doce años después, Prevost apeló a la tradición sin que eso fuera un problema: eligió un nombre como León (hubo catorce papas antes) y retomó muchas de las prácticas ceremoniales que Francisco había dejado de lado. Tras ser electo, su vestimenta reflejó con claridad ese giro: se puso la estola bordada con hilo dorado, la muceta de terciopelo y usó el crucifijo de oro. Fijó su residencia en el Palacio Apostólico y decidió descansar en la residencia de verano, Castel Gandolfo, que Francisco no utilizaba. Todo esto tiene que ver con personalidades diferentes, pero fundamentalmente con contextos distintos.      

    En términos intraeclesiales el principal desafío que tiene por delante León XIV no es ya limpiar el nombre de la Iglesia, devolverle prestigio e influencia o posicionarla como una voz de peso internacional —algo que logró en gran medida Francisco— sino evitar que las tensiones internas agudizadas sobre el final del papado de su antecesor deriven en rupturas, enfrentamientos incontrolables y, finalmente, cismas. 

    Puertas afuera de la Iglesia, en el plano de la política internacional, Francisco logró mucho, pero el costo fue una creciente resistencia interna de conservadores y tradicionalistas que, en la previa del cónclave, amenazaron abiertamente con abandonar la Iglesia si no se revisaba el rumbo. El cardenal Gerhard Müller lo planteó sin medias tintas cuando afirmó que los cardenales debían elegir entre “ortodoxia” o “herejía”. También los cardenales Robert Sarah y Raymond Burke, dos de los más conspicuos opositores a Francisco, hicieron declaraciones similares.

    El principal desafío que tiene por delante León XIV es evitar que las tensiones internas agudizadas sobre el final del papado de su antecesor deriven en rupturas, enfrentamientos incontrolables y, finalmente, cismas. 

    León XIV intentó apoyarse en algunas tradiciones para descomprimir tensiones. Una de las medidas más importantes hasta ahora fue volver a autorizar las misas según el canon tridentino (es decir, en latín y con el sacerdote de espaldas a los fieles). Recientemente, el cardenal Burke celebró una misa de estas características en Roma. Francisco lo había prohibido en 2022 y desató la cólera de sus adversarios dentro y fuera de la Iglesia. Si bien Prevost no comulga con esa tradición, su decisión es una prenda de paz hacia el interior de la Iglesia. A juzgar por sus declaraciones en los medios, considera que tal vez Francisco exageró un poco en este punto y, si bien acepta que el llamado rito tridentino se convirtió en un arma de oposición al Concilio Vaticano II, cree que en algunos casos responde a una legítima demanda de orden espiritual que debe atenderse. De hecho, en la reciente reunión de cardenales —lo que se conoce como consistorio extraordinario— este fue uno de los temas que se analizó.

    En estos meses, León XIV se mostró menos flexible en aspectos doctrinales. En cierto sentido, se acercó a las sensibilidades conservadoras, aunque siempre con un tono moderado. Es cierto que Francisco no había innovado sustancialmente en términos de doctrina, pero su definición de una Iglesia de puertas abiertas facilitaba posiciones comprensivas, más dúctiles y elásticas. Además, teológicamente, Francisco entendía al catolicismo como una religión de la misericordia. Llegó incluso a definir la misión de la Iglesia con un neologismo: misericordiar. En su perspectiva, la Iglesia no estaba para juzgar, condenar o enumerar pecados, sino para mitigar el dolor, la angustia y ayudar a los seres humanos en su vida terrenal. Si bien Prevost no abandona esta perspectiva —sin ir más lejos, recientemente cincuenta personas trans participaron de una celebración en Roma—, busca moderar el tono y alcanzar algún punto intermedio que apacigüe las aguas.

    En paralelo, la exhortación apostólica Dilexi te, escrita a cuatro manos con Francisco,  plantea una continuidad clara en términos de doctrina social de la Iglesia. En este aspecto no hay moderación, sino, más bien, profundización de la mirada de su antecesor. Los pobres no son un tema o un asunto para los católicos, sino el corazón del Evangelio mismo, dice Prevost a viva voz, sin adjetivaciones o aclaraciones que amortigüen el sentido de sus palabras. El documento deja en off side las críticas que conservadores y tradicionalistas solían hacer a Francisco por su supuesta ideologización del Evangelio. Entre ellas, las del cardenal Müller, quien definió como comunistas muchas de las consideraciones que, ahora, retoma León XIV. Dilexi te lo dice alto y claro: no es ideología ni comunismo, es Evangelio. Retoma las puntas más filosas del magisterio pontificio: recuerda las causas estructurales de la pobreza y cuestiona la meritocracia. Sin igualdad de oportunidades, explica el documento, la apelación a la meritocracia sirve para ocultar injusticias inaceptables para un católico. Es un documento que podríamos definir como de una clara sensibilidad de izquierda. Por supuesto, el papa rechazaría esta definición —y seguramente con más claridad que Francisco, que solía bromear al respecto— pero en términos ideológicos, guste o no, Dilexi te se ubica filosófica y geopolíticamente en ese cuadrante. 

    Los pobres no son un tema o un asunto para los católicos, sino el corazón del Evangelio mismo, dice Prevost a viva voz, sin adjetivaciones o aclaraciones que amortigüen el sentido de sus palabras.

    En cuanto a las reformas institucionales, es demasiado temprano para evaluar el papado de Prevost. Por ahora, dominó una cierta continuidad. Desde el día de su asunción, León XIV reivindicó la sinodalidad y mantuvo el timón firme en cuestiones muy candentes como el proceso de adecuación de los estatutos del Opus Dei, las reformas económicas o el desmantelamiento del Sodalicio de Vida Cristiana, la organización religiosa peruana acusada de abusos. En este último tema, Prevost fue clave desde su llegada al Dicasterio para los Obispos en 2023. Desde allí difundió las investigaciones sobre los casos de abuso y diversos delitos económicos de la organización. Además exigió, en nombre de Francisco, la renuncia del arzobispo peruano José Antonio Eguren, que Roma aceptó inmediatamente. 

    ¿Su postura con el Sodalicio puede generarle dificultades? Es posible. El Sodalicio se creó a principios de los años setenta con el fin de contrarrestar la teología de la liberación en América Latina. Llegó a tener más de veinte mil integrantes en numerosos países y un patrimonio valorado, para algunos, en alrededor de mil millones de dólares. En 1997 Juan Pablo II le dio reconocimiento oficial y lo protegió. Prevost tiene allí muchos enemigos y muy poderosos que, seguramente, más allá de la reciente disolución, conservan recursos, conexiones y dinero tanto dentro como fuera de la Iglesia. Sin ir más lejos, cuando sonaba como posible papable —y una vez electo—, medios de comunicación afines al Sodalicio lo acusaron sin pruebas de haber ocultado casos de abuso como obispo en la diócesis de Chiclayo.

    La difícil relación con el campo religioso

    Puertas afuera, los desafíos son tanto o más difíciles. El catolicismo sigue retrocediendo en términos relativos y se debilita en su bastión histórico: América Latina. La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela constituye un nuevo frente de tormenta. León XIV pidió “respetar la soberanía” y recientemente trascendió que la Santa Sede intentó mediar en el conflicto, pero, por el momento, la diplomacia vaticana no quiere hacer olas. Su objetivo es no ahondar el enfrentamiento en un continente vital para la Iglesia y en donde los fieles católicos integran los dos bandos en disputa. 

    Roma tiene motivos de festejo sólo en África. En las ciencias sociales se debate sobre las razones de este fenómeno. En una clave sociológica, más allá de la disminución vocacional, suele subrayarse que la Iglesia es una maquinaria demasiado rígida, incapaz de producir en tiempo y forma los especialistas religiosos necesarios. Mientras los pastores del mundo evangélico se multiplican vertiginosamente —surgidos de las propias comunidades a evangelizar—, los seminarios de la Iglesia producen cada vez menos clérigos y, en muchos casos, desconectados de las realidades en las que deben incardinarse. Por otro lado, los sectores progresistas de la Iglesia insisten en los pocos avances a la hora de incorporar a las mujeres o aceptar el sacerdocio de los casados. En su inmensa mayoría, los sacerdotes siguen siendo hombres célibes en la Iglesia católica. Desde este ángulo, el problema no sería tanto una supuesta crisis vocacional derivada de las dinámicas culturales, como la incapacidad de la institución para ampliar las fuentes de reclutamiento.

    León XIV pidió “respetar la soberanía” en Venezuela y recientemente trascendió que la Santa Sede intentó mediar en el conflicto, pero, por el momento, la diplomacia vaticana no quiere hacer olas.

    A estos factores hay que sumarle también razones de naturaleza teológica e ideológica. Al revés de lo que suelen afirmar los tradicionalistas católicos, que acusaban a Francisco —y ahora a León XIV— de diluir el catolicismo en la cultura contemporánea, el catolicismo de Francisco —como el de Prevost— es claramente contracultural y va decididamente a contramano. Con Francisco, volverse católico no se hizo más sencillo —como denuncian estos grupos—, sino más bien todo lo contrario. En primer lugar, porque su papado subrayó la centralidad de la comunidad en la vivencia de la fe cristiana, por sobre las experiencias individuales de encuentro con lo sagrado que, en nuestros días, gozan de más aceptación. Si el objetivo era aumentar el número de fieles, cualquier asesor de marketing formado en sociología de la religión habría recomendado a Roma ir exactamente en la dirección contraria. En segundo lugar, Francisco alentó un catolicismo más bien desencantado. De un lado, porque cultivó una ritualidad austera, alejada del tradicionalismo y poco carismática; del otro, porque propició una concepción mucho más comunitaria que pentecostal de la esperanza.

    El futuro, en la óptica de Francisco y ahora Prevost, deriva de la paciente y trabajosa construcción de la comunidad cristiana. Un proceso afirmado sobre el misterio de la fe y la fraternidad social, y no sobre el rol activo y cotidiano del Espíritu Santo. En esta versión del catolicismo, lejos de ser una presencia cotidiana, el milagro es, como en una cosmología atea, un fenómeno excepcional. En todo caso, en la teología de Francisco, el verdadero milagro cristiano es el surgimiento de la comunidad y el ejercicio de la misericordia. El grueso de los estudios disponibles sobre la demanda religiosa en América Latina, Estados Unidos y Europa demuestran que lo que se espera de manera mayoritaria de la religión es el milagro on demand, surgido, además, de una relación individual con lo sagrado. Por si fuera poco, allí donde se viven revivals en la Iglesia católica —como ocurre con algunos grupos de jóvenes en Francia o Estados Unidos—, las versiones del catolicismo que buscan no son la de Francisco, sino las más tradicionales que defienden principios de demarcación claros y excluyentes entre el afuera y el adentro, capaces de construir un sentido de pertenencia y diferenciación social fuerte.

    Aunque León XIV parece ser consciente de estos problemas, su propia perspectiva, cercana a Francisco, lo enfrenta a dilemas similares y de difícil resolución. De momento, hizo lo posible sin apartarse del camino trazado por su antecesor. En este sentido, sus guiños a los rituales tradicionales y la restitución del canon tridentino respondieron tanto al intento de contener a los sectores antifrancisquistas como a la intención de dotar al catolicismo de herramientas algo más idóneas para enfrentar la competencia religiosa, atendiendo a la demanda ritual de muchos fieles. No obstante, la reciente resolución del Dicasterio para Doctrina de la Fe aclarando que la Virgen María no debe ser considerada “corredentora” —es decir, partícipe activa en la concesión de milagros y en la salvación del alma—, muestra justamente que no será sencillo para Prevost avanzar por dicha senda. El documento del prefecto para la Doctrina de la Fe, el resistido Víctor “Tucho” Fernández, nombrado por Francisco y de su entera confianza, va totalmente a contramano de la demanda de intervención cotidiana de lo divino, algo que, en el mundo católico, se canaliza en buena medida mediante la intercesión mariana en el marco de una teología oficial mucho más secularizada que la vivencia religiosa de los devotos. Es cierto que los fieles no suelen tener en consideración este tipo de documentos, pero no es una buena noticia desde el punto de vista de la competencia que el catolicismo sufre en América Latina de un lado de parte de pentecostales y del otro, entre los “sin afiliación”, de la paleta de formas de religiosidad new age y espiritualidades a la carta que no cesan de proliferar.

    La “hipótesis Prevost”

    ¿Se vislumbra algo así como una estrategia o un plan en lo que va del papado de León XIV? ¿Existe una hipótesis Prevost? Creo que sí. Por el momento, la prioridad es la unidad, como dejó en claro el reciente consistorio de cardenales en Roma. Una unidad y armonía que, como señaló el cardenal colombiano Luis José Rueda tras la finalización del encuentro, no supone necesariamente “uniformidad”. Un tema siempre clave en la historia de la Iglesia. Prevost comparte con Francisco una misma concepción: la Iglesia es un complejo de opuestos, como la definía Carl Schmitt, o, como quería el filósofo ítalo-alemán Romano Guardini, una dialéctica permanente entre opuestos que no se sintetizan. El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también el corazón de su estrategia política: la herramienta con la que intenta mantener dicha dialéctica en funcionamiento. Francisco ya no podía apagar el motor de la polarización. Prevost parece decidido a encarar esa tarea. Por el momento, las aguas están algo más calmas y León XIV halló una fórmula adecuada para transitar la primera etapa de su papado. Habrá que ver hasta cuándo la apuesta por el equilibrio sirve.

    El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también el corazón de su estrategia política.

    Por otro lado, no hay que perder de vista los costos políticos de esta posición. La popularidad de Francisco puertas afuera de la Iglesia lo ayudó a mantenerse en el centro del ring y fue fundamental para proveerle los nutrientes necesarios para gobernar ese universo infinito y lleno de turbulencias que es la Iglesia. León XIV no va a contar con ese punto de apoyo, su estilo lo debilita en este aspecto y, quien sabe, tal vez, pueda costarle caro en el futuro cuando deba apelar a su propio capital político para navegar las tormentas que seguramente llegarán. Es un dato del que ya toman nota sus adversarios y enemigos. No son pocos.

    Puertas afuera de la Iglesia, Prevost entiende que, en términos de mercado religioso, lo que el catolicismo tiene para ofrecer no es, por el momento, demasiado atractivo: casi contrahegemónico por definición, al menos en el mundo actual. Coincide con Francisco en que el paulatino giro a Asia debe mantenerse, aunque con ciertos matices. La visita de Bergoglio a Mongolia y a Japón y los esfuerzos del secretario de Estado Pietro Parolin para acercarse a China fueron delineando un sendero para el siglo en curso. De hecho, para algunos vaticanistas, el viaje a Mongolia tuvo entre sus incentivos la posibilidad de mantener una comunicación oficial con el gobierno chino mientras el avión con la comitiva papal atravesaba el espacio aéreo de la potencia asiática. Aunque los católicos no dejen de ser una ínfima minoría en las próximas décadas, dada la población del continente, pueden llegar a ser muchos en términos absolutos. Por supuesto, esta estrategia sólo tendrá éxito si se cumplen al menos dos condiciones. En primer lugar, será necesario apaciguar a los críticos dentro de la Iglesia, tal el caso del cardenal emérito de Hong Kong, Joseph Zen, buscando algún tipo de acuerdo. Prevost parece decidido a alcanzarlo. Recientemente le concedió una audiencia en Roma, algo que Francisco se había negado a hacer. En segundo lugar, y más importante, deberán preservarse los principales pies de apoyo de la Santa Sede en términos globales: los económicos (que provienen de Estados Unidos y Europa) y los religiosos (en América Latina y África). En este aspecto, América Latina sigue siendo muy importante. Allí se encuentran más de 400 millones de católicos, lo que representa alrededor de un 40 por ciento del total de los fieles. Por otro lado, si bien la natalidad cayó, sigue siendo, por detrás de África, el lugar más dinámico para la Iglesia. En este plano, y a propósito también de la intervención de EEUU en Venezuela, no me sorprendería que visitara relativamente rápido la región y en especial aquellos países que Francisco dejó en el haber: Argentina y Uruguay, y probablemente México, cuyas tensiones con Estados Unidos también están creciendo. En estos días, las declaraciones del cardenal argentino Vicente Bokalic tras su encuentro con León XIV alimentan las expectativas de su llegada a la región. 

    No me sorprendería que visitara relativamente rápido la región y en especial aquellos países que Francisco dejó en el haber: Argentina y Uruguay, y probablemente México.

    Para enfrentar todos estos desafíos, desde las tensiones políticas al dinamismo evangélico, la Iglesia no tiene demasiadas cartas ganadoras. Una de las pocas con chances de éxito es, justamente, la presencia del papa. Prevost tendrá que usarla, y pronto.

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  • Mientras el cobre alcanza precios récord y dispara la fusión de Glencore y Río Tinto, en Argentina se demoran las inversiones

     

    El cobre está tocando precios récord y la posible fusión de los gigantes Rio Tinto y Glencore sacude los mercados mundiales. El metal rojo es el nuevo cuello de botella del capitalismo tecnológico. 

    La fusión de Rio Tinto y Glencore crearía la mayor minera del mundo, con una valuación superior a los USD 200.000 millones. Los precios ya dieron la señal del apetito por este metal. Subieron 41% el año pasado y en 2026 marcaron un récord histórico de USD 5,92 por libra. El temor es claro. La demanda avanza más rápido que la oferta, empujada por la inteligencia artificial, los autos eléctricos, las energías renovables y hasta el gasto militar. El cobre está en cañerías y cables, pero también en semiconductores, baterías, municiones. 

     S&P Global calcula que hacia 2040 la demanda superará a la oferta en un 25%, unas 10 millones de toneladas métricas, si no hay un salto fuerte de producción. El especialista Daniel Yergin lo resumió con una frase: el cobre puede ser un facilitador del progreso o transformarse en un freno para la innovación. 

    Más anuncios que inversión: la especulación de los «mineros de café» traba la explotación real

    Ese escenario explica por qué las mineras prefieren comprar antes que excavar, un fenómeno bien conocido en provincia mineras como San Juan, donde ya hablan de los «mineros de café», como reveló LPO. Desarrollar una mina nueva puede llevar décadas y demanda inversiones de miles de millones de dólares. Argentina tiene el metal, pero todavía no ofrece certezas macroeconómicas y el libre giro de divisas sigue siendo una promesa.

    Ese movimiento global tuvo un efecto inmediato en la Argentina. Las versiones sobre la compra de Glencore por parte de Rio Tinto sacudieron el tablero local. Incluso BHP, la mayor minera del mundo por valor de mercado, dejó trascender que no hará una contraoferta y mirará desde afuera cómo evolucionan las negociaciones. 

    Glencore juega fuerte en cobre, con proyectos en San Juan y Catamarca. Sobresale la mina sanjuanina del Pachón, que contempla una inversión propuesta de USD 9.500 millones, el proyecto más grande del RIGI.

    El interés de la Argentina en la fusión no es casual. Las tres mineras presentaron proyectos millonarios para ingresar al RIGI y la Argentina aparece como una pieza estratégica. 

    Rio Tinto consolidó en 2025 una posición dominante en litio tras comprar Arcadium Lithium, quedándose con Olaroz y Fénix, entre otros activos. Glencore, en cambio, juega fuerte en cobre, con proyectos en San Juan y Catamarca que ganan valor en un mundo con déficit estructural del metal. 

    El yacimiento de El Pachón, en Calingasta San Juan, en la Cordillera de los Andes.

    Dentro de los proyectos para la producción cuprífera sobresale El Pachón. Es el yacimiento de cobre más grande del país y el proyecto con la propuesta de inversión más alta presentada al RIGI: USD 9.500 millones. Pero mientras el gobierno de Milei difunde cifras siderales de inversión, la realidad es más pobre: la campaña de exploración de este verano demandará apenas USD 18 millones entre enero y abril. 

    «Argentina es un país con algunas provincias mineras, tenemos que ser un país minero»

     El contraste es todavía más visible en Mendoza. Allí, la canadiense Kobrea Exploration inició la fase 1 de exploración del proyecto El Perdido, en Malargüe. Es una minera junior, con bajo perfil y desembolsos acotados. Planea invertir unos USD 20 millones y opera dentro del Malargüe Distrito Minero Occidental, la apuesta oficial para reactivar la minería en el sur provincial. Es, hoy, de lo poco que se mueve en campo. 

    En Mendoza, la canadiense Kobrea Exploration inició la fase 1 de exploración del proyecto El Perdido, en Malargüe. Es una minera junior, con bajo perfil y desembolsos acotados. Planea invertir unos USD 20 millones.

    Algo similar ocurre con Los Azules, otra mina sanjuanina y uno de los proyectos de cobre más avanzados del país. McEwen Copper presentó el estudio de factibilidad, tiene el ambiental y el RIGI aprobados y promete producción hacia 2030, con hasta 148.000 toneladas anuales. Pero todavía no tomó la decisión final de inversión. Sin ese paso, no hay obra. En la zona se ven las camionetas Toyota nuevas y unas oficinas espléndidas, pero en el yacimiento todavía no pasa nada importante. 

    La foto completa deja una conclusión incómoda. Mientras el mundo se prepara para un shock de demanda de cobre sin precedentes, la Argentina sigue esperando que sus proyectos «clase mundial» arranquen de verdad. Hoy, el único que produce es Martín Bronce, en Jujuy, con volúmenes bajos y 32 empleados en un solo turno. 

    Bajo la Alumbrera cerró en 2018 y el resto sigue en carpeta. «Tenemos cobre para alimentar la transición energética global, pero seguimos discutiendo cuándo empezar», concluyó un ejecutivo del sector. La demora local empieza a parecer un lujo que el país no puede darse.

     

  • Milei ya no critica los festivales populares y ahora va a buscar votos a Jesús María

     

    Después de criticar durante toda la campaña del 2023 y en la primera parte de su mandato la organización de los festivales populares en el interior, Javier Milei acudirá por primera vez este viernes a Jesús María, un territorio afín donde buscará reforzar el apoyo del votante de campo.

    En el ecosistema libertario anticipan alguna movida del Presidente para llamar la atención y algunos hasta arriesgan que podría subirse a un caballo. «Quiere que sea épico. Va a estar en el campo de la doma y habrá muchas selfies», dijo a LPO un libertario cordobés que está al tanto de algunos detalles de la logística; entre ellas, que la agenda y los invitados los lleva adelante Karina.

    La visita de Milei a la 60ª edición del festival de Doma y Folklore marcará una fuerte contradicción del presidente, que había sido muy duro con los gobernadores que subsidian las fiestas populares. Particularmente, Milei se había cruzado con Martín Llaryora por los aportes a la organización de estas fiestas. Para bronca del Milei del pasado, Jesús María recibe una ayuda estatal millonaria.

    El viaje de Milei a escuchar folklore en Córdoba contrastará fuerte con su decisión de no visitar la zona del desastre de los incendios en la Patagonia, una ausencia que intentó sanar con una foto trucada con IA. También contrastará con lo que hizo el año pasada durante los incendios en Córdoba, cuando sobrevoló la zona y dejó a los bomberos esperando al rayo del sol pero no bajó a saludarlos.

    Villarruel en la edición pasada de Jesús María

    La presencia de Milei en Córdoba para el próximo viernes fue confirmada por la ministra de Seguridad de la Nación, Alejandra Monteoliva, en un recorrido que la cordobesa hizo este fin de semana por las sierras y con un itinerario que, además, incluyó una escala en Jesús María.

    En todo el itinerario por la provincia, Monteoliva se mostró con su par provincial, Juan Pablo Quinteros, el ministro de buen feeling con Patricia Bullrich y quien este lunes confirmó las tareas coordinadas con Casa Militar para el operativo con motivo de la presencia de los Milei.

    El viaje de Milei a escuchar folklore en Córdoba contrastará fuerte con su decisión de no visitar la zona del desastre de los incendios en la Patagonia, una ausencia que intentó sanar con una foto trucada con IA

    De la batería de festivales que tiene la provincia mediterránea, el de la Doma y el Folklore es, quizá, el que reúne el público más afín a las ideas del libertario. En el verano del 2009, y con el fresco recuerdo por la tensión a raíz de las retenciones al campo, uno de los invitados de lujo fue el por entonces vicepresidente Julio Cobos, a quien la transmisión de la Televisión Pública ignoró y omitió por completo.

    Años más tarde, Mauricio Macri lo convirtió en una recorrida clave de su campaña presidencial y acudió también una vez que se hizo cargo del despacho principal de Balcarce 50. Al igual que hizo, con la misma receta, aunque con otro éxito, la senadora Bullrich.

    En esta ocasión, el dato no sólo es el debut de Milei en el festival, sino que arriba a un escenario en el que, en las dos últimas ediciones, el foco de todos los flashes fue la vicepresidenta Victoria Villarruel. Situación que el año pasado, y en plena crisis entre ambos, despertó incomodidades entre los dirigentes del territorio que también abrevan en el espectro libertario.

    Entre ellos, el actual intendente de Jesús María, el radical Federico Zárate, y su antecesor, el actual diputado radical con peluca, Luis Picat. Ambos, como así también los libertarios Gabriel Bornoroni, Gonzalo Roca, Cecilia Ibáñez, Laura Rodríguez Machado y María Celeste Ponce serán de la partida el viernes durante la recorrida de Milei por el norte del Gran Córdoba.

    Asimismo, no hay confirmaciones de un encuentro entre el presidente y el gobernador Martín Llaryora, quien recibió en las últimas ocasiones al primer mandatario en el aeropuerto y después no formó parte de ninguna de las actividades del libertario.

     

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    Argentina y los hombres lobo: la extraña ley que no existe en ningún otro país

     

    Aunque suene a leyenda rural o a cuento de terror, Argentina es el único país del mundo que conserva una ley nacional vigente inspirada en el miedo popular a los hombres lobo. Mientras en Europa las supersticiones quedaron en tradiciones olvidadas, acá se transformaron en norma escrita, con firma presidencial y todo.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Una superstición que llegó al Boletín Oficial

    Durante siglos, en amplias zonas de Europa y América Latina circuló la creencia de que el séptimo hijo varón estaba condenado a convertirse en hombre lobo. En el Río de la Plata, esa figura adoptó nombre propio: el lobizón, una criatura nocturna, maldita y temida, que supuestamente atacaba ganado y personas durante las noches de luna llena.

    Ese miedo no era solo simbólico. En comunidades rurales, los séptimos hijos eran marginados, estigmatizados e incluso amenazados, todo por una superstición heredada de la colonización europea y mezclada con mitos guaraníes. El problema no era el monstruo: era la violencia social que generaba el mito.

    De la leyenda al Estado

    Para frenar esa persecución silenciosa, en 1974 se sancionó la Ley 20.843, conocida como Ley de Padrinazgo Presidencial. La norma establece que el Presidente de la Nación debe apadrinar al séptimo hijo varón o séptima hija mujer, otorgándole reconocimiento oficial y beneficios materiales.

    El mensaje era claro: si el Estado reconoce al niño, no hay maldición posible. La ley no menciona hombres lobo, pero su origen está directamente ligado al intento de neutralizar el miedo al lobizón. Fue una forma institucional de combatir la superstición sin nombrarla.

    Desde entonces, miles de chicos fueron apadrinados por presidentes argentinos, recibiendo medallas, diplomas y becas. Una política pública nacida del folclore, algo impensado en otros países.

    Del mito rural al Congreso Nacional

    Lejos de haber surgido de la nada, la Ley 20.843 tiene antecedentes concretos y documentados en la historia argentina. El primer caso registrado de padrinazgo presidencial se remonta a 1907, cuando un matrimonio de inmigrantes alemanes del Volga radicados en Coronel Pringles solicitó al entonces presidente José Figueroa Alcorta que apadrinara a su séptimo hijo varón, siguiendo una tradición heredada de la Rusia zarista, donde se creía que ese nacimiento estaba ligado a la maldición del hombre lobo. El pedido fue aceptado y sentó un precedente informal que se repitió durante décadas. Recién en 1974, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, esa práctica fue llevada al plano institucional: el Congreso sancionó la norma que obliga al Presidente de la Nación a asumir el padrinazgo del séptimo hijo varón o séptima hija mujer. El fundamento oficial no hablaba de monstruos ni supersticiones, pero sí de protección social, integración y educación, en un contexto donde el Estado buscaba evitar la discriminación y la violencia simbólica que todavía pesaban sobre estos nacimientos. Así, una creencia popular que había generado miedo y exclusión terminó transformándose en política pública escrita en el Boletín Oficial.

    Europa: mitos sí, leyes no

    En Francia y Bélgica, existieron tradiciones similares de padrinazgo del séptimo hijo, pero nunca se consolidaron como leyes modernas y permanentes. En Italia, Portugal o Rumania, los hombres lobo —lupo mannaro, lobisomem, vârcolac— formaron parte del imaginario popular, pero la respuesta fue religiosa o comunitaria, no estatal.

    En algunos casos, la Iglesia promovía bautismos urgentes; en otros, las autoridades intentaban erradicar las supersticiones. Ningún país llevó el mito al nivel de una ley nacional vigente, como sí ocurrió en Argentina.

    Una rareza jurídica con raíz popular

    Lo que distingue al caso argentino no es la creencia, sino la decisión política de legislar contra el daño social de la superstición. Sin discursos racionalistas ni campañas educativas, el Estado eligió una solución pragmática: dar protección oficial a quienes podían ser víctimas del mito.

    Así, Argentina terminó siendo —al menos en los papeles— el país más seguro del mundo para nacer en luna llena siendo el séptimo hijo. No porque crea en hombres lobo, sino porque decidió enfrentar una superstición con herramientas institucionales.

    Una ley insólita, sí. Pero también un recordatorio de que el folclore, cuando se mezcla con el miedo, puede convertirse en un problema político real.

     

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    La otra mentira gorila: El mito del oro nazi

     

    Durante décadas, una acusación se repite con una seguridad que contrasta brutalmente con la fragilidad de sus pruebas: que la Argentina fue refugio del llamado “oro nazi”, que el Banco Central actuó como engranaje financiero del saqueo del Tercer Reich y que el país habría sido cómplice silencioso de uno de los mayores crímenes económicos del siglo XX. La afirmación circula como verdad revelada, pero cuando se la somete al examen de la documentación histórica, el relato empieza a resquebrajarse.

    Por Walter Onorato para NLI

    Eso es exactamente lo que demuestra la investigación “Transacciones del Banco Central de la República Argentina en oro y divisas con países del Eje y neutrales”, realizada por los historiadores Mario Rapoport y Andrés Musacchio en el marco de la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en la Argentina (CEANA). No se trata de una defensa política ni de una opinión ideológica, sino de un estudio riguroso basado en archivos oficiales del Banco Central, balances contables, libros de oro en custodia, documentación diplomática argentina y extranjera y el cruce sistemático con los informes de las comisiones investigadoras de Suiza y de Estados Unidos. La conclusión a la que llegan es tan clara como incómoda para los cultores del mito: no existen evidencias documentales de que el Banco Central argentino haya recibido oro nazi.

    El primer problema del relato conspirativo es conceptual. El llamado “oro nazi” no es una categoría homogénea. Puede referirse al oro saqueado a las víctimas del nazismo, a las reservas de los bancos centrales de países ocupados, a las fortunas personales de jerarcas nazis en fuga o a depósitos bloqueados en países neutrales. Rapoport y Musacchio parten de esa distinción básica —habitualmente omitida— y siguen el rastro del oro allí donde necesariamente debería aparecer si la acusación fuera cierta: en los registros contables del Banco Central de la República Argentina.

    Lo que encuentran es exactamente lo contrario de lo que promete la leyenda. Entre 1942 y 1948, los libros de “oro en custodia” y “oro en barras” del BCRA muestran que la Argentina no fue receptora, sino expulsora de oro. Las principales operaciones con bancos de países neutrales, especialmente Suiza y Portugal —señalados durante años como intermediarios privilegiados del oro nazi— registran salidas de oro desde Buenos Aires hacia el exterior, en particular hacia la Reserva Federal de Nueva York o hacia las casas centrales de esos bancos. Si la Argentina hubiera sido un destino del oro nazi, los registros mostrarían ingresos físicos relevantes. No los hay.

    El caso suizo es especialmente revelador. Contra lo que sugiere el imaginario popular, los datos de la propia banca helvética, analizados por la Comisión Bergier, indican que durante la guerra Suiza fue compradora neta de oro argentino y que las transacciones con la Argentina representaron una fracción ínfima del total de sus operaciones. Más aún: la Argentina no compró oro a Suiza durante el período bélico, lo vendió. Es decir, el flujo va en sentido inverso al que exigiría cualquier hipótesis de “lavado” de oro nazi.

    Con Portugal ocurre algo similar. Los registros del Banco de Portugal muestran que las operaciones consistieron básicamente en compras de oro argentino para su posterior traslado a la Reserva Federal estadounidense. Tampoco aquí aparece la Argentina como receptora de oro, sino como país del que el oro sale. Ninguna de estas operatorias responde al patrón esperable de un país que está recibiendo oro malhabido.

    Otro dato que incomoda a los defensores del mito es el comercio. Durante la Segunda Guerra Mundial, el intercambio entre Argentina y Alemania se interrumpió por completo. Sin comercio regular, Alemania no tenía razón económica alguna para transferir oro a la Argentina. La hipótesis de una triangulación sistemática a través de países neutrales también se derrumba: la investigación sólo encuentra episodios marginales de contrabando, de escala reducida y sin participación de las máximas autoridades del Estado argentino. No hubo comercio triangular regular y, por lo tanto, no hubo financiamiento sistemático mediante oro.

    No es casual que el mito del “oro nazi” haya sido dirigido casi exclusivamente contra el peronismo. La acusación no nació de una investigación histórica, sino de una necesidad política: construir un Perón ilegítimo, inmoral y criminal, incapaz de ser derrotado en el plano social pero vulnerable en el plano simbólico. El gorilismo necesitó presentar al primer gobierno peronista no como un proyecto de justicia social y soberanía económica, sino como una anomalía oscura, vinculada al fascismo europeo y financiada con riquezas malhabidas. En ese marco, el “oro nazi” funcionó como un arma narrativa perfecta: imposible de probar, pero fácil de repetir.

    El trabajo de Rapoport y Musacchio deja al descubierto ese mecanismo con claridad demoledora. Cuando se revisan los archivos del Banco Central, el relato se cae. No aparece el oro, no aparece el flujo, no aparece la complicidad. Lo que sí aparece es una operación política clásica del antiperonismo: transformar la sospecha en certeza y la mentira en sentido común histórico.

    La investigación no elude los puntos grises. Analiza los depósitos de ciudadanos alemanes incautados por el Estado argentino, los fondos de la embajada alemana tras la ruptura de relaciones y el célebre depósito de 40 lingotes vinculado a la empresa SAFU de Fritz Mandl. En ninguno de esos casos se encuentran pruebas de que se trate de “oro nazi”. En algunos, el origen no puede reconstruirse con precisión, pero el criterio metodológico es claro: la falta de información no equivale a culpabilidad. La historia no se escribe con conjeturas.

    ¿Por qué, entonces, el mito del oro nazi en la Argentina sigue circulando con tanta fuerza? Porque es funcional. Permite simplificar la historia, demonizar un proyecto político popular, justificar odios de clase y evitar discusiones más profundas sobre soberanía económica, distribución del ingreso y poder real. Es más cómodo repetir una acusación que revisar archivos.

    La investigación de Rapoport y Musacchio demuestra que cuando se abandona la mitología y se entra en el terreno de la documentación, el relato se desinfla. No hubo un Banco Central argentino actuando como lavadora del saqueo nazi. No hubo un flujo sistemático de oro nazi hacia la Argentina. Hubo, sí, una mentira persistente, útil y gorila, que durante años intentó reemplazar a la historia. Y que, una vez más, no resiste el archivo.

     

  • Trump impone aranceles a los países que comercien con Irán y evalúa una acción militar

     

    Donald Trump anunció que los países que comercian con Irán se enfrentarán a un nuevo arancel del 25 %. 

    El anuncio parece significar que la importación de productos de China, un gran socio comercial tanto de Irán como de Estados Unidos, se encarecería significativamente.

    «Con efecto inmediato, cualquier país que haga negocios con la República Islámica de Irán pagará un arancel del 25 % en cualquier y todo negocio que se realice con Estados Unidos», escribió Trump este lunes en su plataforma Truth Social. «Esta Orden es final y concluyente», añadió. 

    El anuncio de Trump llega tras sugerir una intervención militar de Estados Unidos para «rescatar» a los manifestantes que salieron a las calles contra el régimen de los ayatolá que suman ciertos de muertos.

    Máxima tensión en Irán: las protestas suman 45 muertos y Trump no descarta intervenir 

    Además de China, India, Emiratos Árabes Unidos y Turquía son considerados los principales socios comerciales de Irán.

    Con efecto inmediato, cualquier país que haga negocios con la República Islámica de Irán pagará un arancel del 25 % en cualquier y todo negocio que se realice con Estados Unidos

    El éxito de la operación de extracción del poder que utilizaron el sábado contra Nicolás Maduro envalentonó a Trump que, además de volver a la ofensiva contra Groenlandia, ahora amenaza con intervenir en Irán para derrocar al líder supremo Ali Jamenei.

    En ese marco, Trump afirmó que muchos manifestantes han muerto «por problemas con el control de multitudes» y que «no está seguro de poder responsabilizar necesariamente a alguien por ello». Sin embargo, el medio israelí Haaretz tituló que el líder republicano está listo para intervenir. 

    Esta tarde, el gobierno convocó a miles de personas se movilizaron en apoyo al régimen del ayatolá Ali Jamenei. El líder supremo consideró la marcha como una «advertencia a los políticos estadounidenses». 

    «Estas grandes concentraciones, rebosantes de determinación, han frustrado el complot de enemigos extranjeros, que iba a ser llevado a cabo por mercenarios nacionales», afirmó Jamenei.

    Fuertes protestas en Irán dejan 7 muertos y Trump amenaza con intervenir 

    «Irán se expuso, con su determinación y su identidad, a los enemigos. Esto fue una advertencia a los políticos estadounidenses para que dejaran de engañar y no confiaran en mercenarios traidores», clamó Jamenei.

    Las protestas en Irán comenzaron a fines del año pasado por la crisis económica y la inflación pero se convirtió rápidamente en una marcha contra el régimen islámico que gobierno el país persa desde 1979.

    Uno de los que busca capitalizar esta crisis es el príncipe heredero de Irán, Reza Pahlavi, quien lanzó una advertencia al régimen islámico, afirmando que «el mundo y (el presidente estadounidense Donald Trump) los están observando de cerca». «La represión del pueblo no quedará sin respuesta», añadió Pahlavi.