A 25 años del Voto Bronca: el ajuste también derrumba gobiernos

A 25 años del Voto Bronca: el ajuste también derrumba gobiernos

El 14 de octubre de 2001, más de cuatro millones de argentinos votaron en blanco o anularon su voto y otros seis millones no fueron a las urnas. La desocupación trepaba al 18,3%, la recesión devoraba empresas y empleos y la Alianza se hundía bajo el peso de sus promesas incumplidas. Dos meses después, Fernando de la Rúa abandonaba la Casa Rosada en helicóptero. Hoy, Milei vuelve a poner al ajuste en el centro de un proyecto de transformación económica. Las diferencias entre ambas épocas son evidentes, pero también lo es una lección que el poder insiste en ignorar: ningún equilibrio fiscal compensa indefinidamente el deterioro de la vida popular.

Por Alcides Blanco para NLI

A 25 años del Voto Bronca: el ajuste también derrumba gobiernos

El 14 de octubre de 2001, la Argentina protagonizó una de las rebeliones electorales más contundentes de su historia democrática. No hubo una candidatura que pudiera apropiarse de toda aquella indignación ni una fuerza política que consiguiera canalizar por completo el descontento. Millones de ciudadanos eligieron el voto en blanco, anularon sus boletas o directamente se abstuvieron de concurrir a las urnas. Fue el llamado Voto Bronca, una expresión de rechazo a una dirigencia que parecía vivir en una realidad paralela mientras millones de argentinos perdían el empleo, veían caer sus ingresos, cerraban sus comercios y comprobaban que las promesas de recuperación se alejaban cada vez más. No se trató de un estallido inexplicable de malhumor colectivo: fue la respuesta política de una sociedad castigada por años de transformación económica, endeudamiento, recesión y ajuste. La elección legislativa no derribó por sí sola al gobierno de Fernando de la Rúa, pero dejó expuesta la profundidad de una crisis que ya no podía resolverse con discursos, operaciones financieras ni llamados a la paciencia.

La historia de aquel derrumbe es, antes que nada, la historia de una promesa incumplida. En 1999, la Alianza entre la Unión Cívica Radical y el Frepaso había derrotado a Carlos Menem con la expectativa de terminar con la corrupción y modificar las prácticas del menemismo. Fernando de la Rúa llegó a la Presidencia acompañado por Carlos «Chacho» Álvarez, en una coalición que prometía transparencia institucional y una nueva orientación política. Sin embargo, una vez en el poder, el Gobierno mantuvo los pilares fundamentales del régimen económico heredado. La convertibilidad siguió siendo intocable, la apertura económica continuó condicionando a la industria nacional y el endeudamiento permaneció en el centro de la estrategia financiera. La renuncia de Álvarez en octubre de 2000, después del escándalo por las denuncias de sobornos en el Senado vinculadas con la reforma laboral, profundizó la fractura de la coalición. La promesa de cambio se desmoronaba y la continuidad económica comenzaba a devorar la legitimidad política del Gobierno.

La convertibilidad: una estabilidad que terminó asfixiando al país

La Ley de Convertibilidad de 1991 había fijado la paridad de un peso por un dólar y establecido restricciones severas a la emisión monetaria. Después de la hiperinflación de fines de los años ochenta, la estabilidad de precios significó un alivio real para millones de personas. Pero aquella conquista inicial no debe confundirse con un desarrollo económico sostenible. La paridad cambiaria rígida, combinada con la apertura comercial, las privatizaciones, la desregulación y el creciente endeudamiento, transformó profundamente la estructura productiva argentina. Mientras determinados sectores se beneficiaron de la importación barata, la valorización financiera y la expansión de los servicios privatizados, numerosas industrias nacionales perdieron competitividad, redujeron personal o desaparecieron. El desempleo dejó de ser una dificultad coyuntural para convertirse en un rasgo estructural de la economía.

El problema se agravó cuando la economía internacional dejó de ofrecer condiciones favorables y la recesión se instaló en la Argentina a partir de 1998. La rigidez de la convertibilidad impedía utilizar una devaluación nominal como herramienta inmediata para recuperar competitividad, mientras el Estado enfrentaba obligaciones financieras crecientes y una recaudación debilitada por la caída de la actividad. La deuda externa, la necesidad de conseguir dólares y la dependencia del financiamiento internacional estrechaban el margen de decisión económica. El país necesitaba producir más, recuperar el mercado interno y generar empleo, pero la respuesta dominante consistió en exigir nuevos sacrificios para convencer a los acreedores de que la deuda podía seguir pagándose.

El gobierno de De la Rúa convirtió esa estrategia en una sucesión de ajustes. En mayo de 2000, redujo salarios de empleados públicos; posteriormente impulsó nuevos recortes, aumentos impositivos y medidas orientadas a sostener las cuentas fiscales. En marzo de 2001, Domingo Cavallo regresó al Ministerio de Economía con la misión de salvar el régimen que él mismo había diseñado una década antes. Su llegada, lejos de expresar una renovación, simbolizó el agotamiento de una dirigencia que volvía a recurrir a las mismas herramientas para enfrentar una crisis cada vez más profunda. El blindaje financiero y el megacanje de deuda compraron tiempo, pero no reactivaron la producción ni reconstruyeron el empleo. La economía real seguía cayendo mientras la política económica se organizaba alrededor de las necesidades de refinanciación.

El ajuste tenía consecuencias concretas. Cada recorte salarial reducía el ingreso de los hogares; cada despido debilitaba el consumo; cada comercio que cerraba multiplicaba la pérdida de actividad; cada empresa que dejaba de producir erosionaba la recaudación y la capacidad de recuperación. El Gobierno pretendía recuperar confianza mediante una contracción que, al mismo tiempo, profundizaba las condiciones que hacían cada vez más difícil salir de la recesión. La Argentina quedó atrapada en una dinámica destructiva: el deterioro económico empeoraba las cuentas públicas y el empeoramiento de las cuentas se utilizaba como argumento para aplicar nuevas medidas contractivas.

En octubre de 2001, la desocupación alcanzó el 18,3% de la población económicamente activa en los aglomerados urbanos relevados por el INDEC, según la medición difundida en diciembre de ese año. El subempleo también alcanzaba niveles alarmantes. Detrás de esos porcentajes había trabajadores expulsados del sistema productivo, jóvenes sin oportunidades, familias endeudadas y pequeños empresarios que no podían sostener sus negocios. La pobreza se extendía incluso entre personas que conservaban alguna ocupación, porque tener trabajo ya no garantizaba ingresos suficientes. La crisis no se limitaba a los indicadores financieros: atravesaba la mesa familiar, el barrio, la escuela, la fábrica y el comercio de proximidad. Era una crisis nacional porque comprometía simultáneamente la producción, el empleo, la distribución del ingreso y la capacidad de la democracia para ofrecer respuestas.

El día en que millones dijeron basta

El 14 de octubre de 2001, esa realidad llegó a las urnas. Las reconstrucciones académicas de aquella elección registran 4.380.593 votos en blanco y nulos, equivalentes al 23,3% de los votos emitidos según esa clasificación, y más de seis millones de personas que no concurrieron a votar. Sumadas ambas expresiones, alrededor de 10,5 millones de electores no respaldaron positivamente a ninguna candidatura. El volumen de la protesta fue extraordinario en un país donde el voto es obligatorio. El estudio histórico sobre las elecciones de 2001 permite dimensionar la magnitud del fenómeno y sus diferencias entre distritos.

El justicialismo se impuso en la elección legislativa y obtuvo una posición dominante en el Congreso, pero la victoria opositora no significó que la sociedad hubiera recuperado la confianza en los partidos tradicionales. La Alianza sufrió un castigo contundente, mientras el peronismo capitalizó parte del rechazo al Gobierno sin conseguir transformar automáticamente esa ventaja electoral en una solución para la crisis. En la Ciudad de Buenos Aires, el voto nulo alcanzó una dimensión excepcional. El fenómeno también tuvo expresiones importantes en otros distritos, con diferencias entre las motivaciones y las modalidades de protesta.

Bajo la denominación de Voto Bronca convivieron sectores sociales y posiciones políticas distintas. Algunos ciudadanos repudiaban al radicalismo por haber continuado el programa económico menemista; otros rechazaban al conjunto de los partidos; muchos expresaban su indignación frente al desempleo, la corrupción y la pérdida de perspectivas. No existía una plataforma común ni un liderazgo capaz de transformar toda aquella bronca en una alternativa organizada. Pero el mensaje era inequívoco: una parte enorme de la sociedad había dejado de encontrar en la oferta política disponible una respuesta a sus necesidades.

La consigna «que se vayan todos», que alcanzaría su máxima resonancia durante las jornadas de diciembre, no apareció de la nada. Fue la expresión de un proceso de deslegitimación en el que las instituciones seguían funcionando formalmente, pero perdían autoridad ante una población que sentía que sus demandas no eran escuchadas. El Voto Bronca fue una manifestación de esa ruptura: la democracia conservaba sus procedimientos electorales, pero una porción masiva del electorado cuestionaba la capacidad de sus representantes para modificar una realidad que se deterioraba.

Diciembre: cuando la crisis social se convirtió en crisis de poder

La elección no produjo una rectificación del rumbo. El Gobierno continuó intentando sostener la convertibilidad y atender los compromisos financieros en una economía cada vez más asfixiada. El 3 de diciembre, las restricciones a la extracción de efectivo conocidas como corralito limitaron la disponibilidad de los depósitos bancarios. La medida buscaba frenar la salida de dinero del sistema financiero, pero golpeó directamente la vida cotidiana y agravó la pérdida de confianza. Para miles de ahorristas, comerciantes y trabajadores, la crisis dejó de ser una discusión sobre deuda pública o tipo de cambio: se convirtió en la imposibilidad de disponer libremente de sus propios recursos.

Durante el 19 y el 20 de diciembre, las protestas, los saqueos y la represión se extendieron por el país. La respuesta estatal dejó decenas de muertos y centenares de heridos en distintas jurisdicciones. El 20 de diciembre, De la Rúa renunció y abandonó la Casa Rosada en helicóptero. En los días posteriores se sucedieron cambios presidenciales y el país entró en default sobre una parte de su deuda pública. La convertibilidad terminó de derrumbarse en 2002, con una devaluación que pulverizó ingresos y ahorros, agravó inicialmente las privaciones y reordenó de manera traumática la economía argentina.

La responsabilidad política de aquel desenlace no puede reducirse a una supuesta irracionalidad de la sociedad ni a una explosión inexplicable de enojo. Hubo decisiones económicas concretas, una estructura productiva debilitada, una crisis de deuda y una dirigencia incapaz de construir una salida socialmente sostenible. El Voto Bronca fue una advertencia; el corralito, la movilización popular y la caída del Gobierno fueron momentos posteriores de una misma crisis. La protesta electoral no fue la causa única del derrumbe, sino la manifestación anticipada de una pérdida de legitimidad que el poder no supo revertir.

Milei y el regreso del ajuste como programa de gobierno

Veinticinco años después, la Argentina vuelve a discutir el vínculo entre estabilización económica, ajuste y representación política bajo la Presidencia de Javier Milei. El contexto no es idéntico: en 2001, la economía estaba atrapada en una recesión prolongada, bajo una convertibilidad que impedía modificar la paridad nominal y en medio de una crisis de deuda y depósitos. Milei llegó al poder después de una crisis inflacionaria aguda y puso en marcha un programa basado en el ajuste fiscal, la contracción monetaria, la desregulación y la reducción de la intervención estatal. Pero hay una continuidad que merece atención: una vez más, el sacrificio social se presenta como el camino necesario para ordenar la economía, mientras la discusión sobre quién paga ese costo ocupa un lugar central en la vida política argentina.

El Gobierno de Milei hizo del equilibrio fiscal una bandera y de la reducción del Estado una definición ideológica. Su administración sostiene que la disciplina presupuestaria es condición para terminar con la inflación y recuperar la estabilidad. El debate, sin embargo, no puede quedar encerrado en el resultado de las cuentas públicas. También debe examinar qué ocurre con la industria, las pequeñas y medianas empresas, el comercio, los salarios, las jubilaciones, las universidades, la ciencia, la obra pública y los servicios esenciales. Un programa económico no se evalúa únicamente por cuánto reduce el déficit, sino también por su capacidad para sostener la producción, generar trabajo y distribuir de manera socialmente viable los costos de la transición.

Los indicadores publicados por el INDEC durante 2026 obligan a poner esa discusión en el centro. La desocupación llegó al 7,9% en el segundo trimestre, mientras que la pobreza alcanzó al 32,3% de las personas durante el primer semestre, con una indigencia del 7,5%. Además, la actividad económica registró en julio una caída interanual del 1,4% y un retroceso mensual desestacionalizado del 2,9%. Son indicadores que corresponden a períodos y dimensiones diferentes, pero en conjunto impiden reducir la evaluación económica a la desaceleración de los precios o al resultado fiscal. Los informes oficiales del INDEC permiten seguir la evolución de estas variables.

La comparación histórica adquiere todavía más fuerza cuando se observa el mercado de trabajo. La destrucción de empleo, el cierre de establecimientos y el deterioro de la actividad productiva no son daños colaterales irrelevantes que puedan dejarse para una etapa posterior indefinida. Afectan la demanda interna, reducen las oportunidades de las nuevas generaciones y debilitan la capacidad de las economías regionales para sostener sus comunidades. Cuando el ajuste se concentra sobre jubilaciones, salarios públicos, inversión estatal y transferencias a las provincias, sus consecuencias se distribuyen de manera desigual. El Estado puede mejorar un indicador contable al mismo tiempo que hogares, municipios, hospitales, universidades y empresas enfrentan mayores dificultades para sostener sus funciones.

La experiencia de 2001 también obliga a examinar el papel del mercado interno. Una economía no puede depender exclusivamente de la confianza de los acreedores ni de las expectativas financieras si su aparato productivo pierde capacidad para generar puestos de trabajo y sostener ingresos. La industria nacional, las pymes y el consumo popular no son obstáculos secundarios que deban sacrificarse en nombre de un orden macroeconómico abstracto: constituyen componentes centrales de la actividad, el empleo y la integración social. La Argentina ya conoció las consecuencias de una apertura económica que debilitó sectores productivos sin construir una transición capaz de absorber a los trabajadores desplazados. Repetir esa lógica en un contexto global diferente no garantiza una repetición idéntica de la historia, pero sí puede volver a producir fracturas profundas en el tejido social.

Hay, además, una dimensión política que no debe subestimarse. Milei llegó a la Presidencia canalizando el hartazgo con las fuerzas tradicionales y prometiendo una ruptura con el orden económico y político existente. Esa promesa de transformación recuerda, en un sentido histórico, la expectativa de cambio que había acompañado a la Alianza en 1999. La diferencia es que De la Rúa perdió legitimidad al ser percibido como continuador de una política que había prometido modificar, mientras Milei defiende abiertamente la radicalidad de su programa. Sin embargo, ningún gobierno queda eximido de responder por los resultados de sus decisiones: cuando las expectativas sociales chocan de manera persistente con la realidad cotidiana, la identidad de ruptura deja de ser una protección automática frente al descontento.

La Argentina de Milei no es la Argentina de De la Rúa, pero el antecedente de 2001 demuestra que el ajuste tiene consecuencias que exceden los balances fiscales y que la pérdida de legitimidad puede avanzar mientras el poder insiste en presentar sus decisiones como inevitables. En aquel momento, la convertibilidad se sostuvo hasta que la economía y la sociedad ya no pudieron soportar sus contradicciones. Hoy, el riesgo político de una estrategia que privilegia el orden macroeconómico mientras posterga la recuperación social consiste en profundizar la distancia entre el discurso oficial y las condiciones reales de vida de amplios sectores. La historia argentina ofrece demasiados ejemplos de gobiernos que confundieron la disciplina impuesta desde arriba con la construcción de un consenso duradero.

La bronca no desaparece: se acumula

El Voto Bronca de 2001 dejó una marca porque expuso una verdad incómoda para cualquier administración: el respaldo electoral no es una autorización ilimitada para gobernar de espaldas a las necesidades populares. La legitimidad se construye y se desgasta a partir de las decisiones concretas, de los resultados económicos y de la posibilidad de que la sociedad encuentre una perspectiva de futuro. Ningún gobierno puede sostener indefinidamente que los sacrificios son necesarios si quienes los soportan no ven una salida, ni puede pretender que la mejora de determinadas variables agregadas borre automáticamente el deterioro de los ingresos, el empleo y los servicios que sostienen la vida colectiva.

La crisis de 2001 tampoco se resolvió por la simple desaparición de De la Rúa. La salida de la convertibilidad, la devaluación, la pesificación y el default dejaron consecuencias sociales devastadoras antes de que la recuperación posterior permitiera recomponer parte de la actividad y el empleo. La reconstrucción requirió decisiones políticas, recuperación de la demanda, un nuevo escenario productivo y una disputa sobre la distribución de los costos y los beneficios del crecimiento. La historia demuestra que los derrumbes económicos no se solucionan únicamente con la caída de un presidente ni que la protesta, por sí sola, garantice una salida favorable a los intereses populares. Hace falta una alternativa capaz de reconstruir producción, trabajo, ingresos y soberanía económica.

Por eso, a veinticinco años del Voto Bronca, la discusión no consiste en adivinar si un día determinado volverán a producirse las mismas escenas de diciembre. Consiste en reconocer que el ajuste permanente, la destrucción del entramado productivo y la pérdida de poder adquisitivo generan consecuencias sociales y políticas que no pueden ocultarse detrás de una consigna fiscal. Si la recuperación no llega a los hogares, si el trabajo registrado se debilita y si la producción nacional queda subordinada a una estrategia que privilegia la rentabilidad financiera y la reducción del Estado por encima del desarrollo, el descontento tiene razones materiales para crecer. No es una amenaza abstracta: es la consecuencia de una brecha que la política debe enfrentar.

La lección nacional y popular de 2001 es contundente. La economía existe para mejorar las condiciones de vida de la sociedad, no para convertir a la sociedad en una variable de ajuste perpetua. El orden fiscal puede ser una herramienta, pero no reemplaza una política de desarrollo; la estabilidad monetaria es importante, pero no sustituye al empleo; la confianza financiera puede facilitar el acceso al crédito, pero no reemplaza la producción ni la justicia social. Cuando esas prioridades se invierten, el costo se concentra en quienes tienen menos capacidad para defenderse y la democracia pierde legitimidad ante sectores que sienten que el sistema funciona para otros.

En 2001, millones de argentinos dijeron basta antes de que la crisis terminara de derrumbar al Gobierno. No fueron escuchados a tiempo. Hoy, la memoria de aquel episodio debe servir para señalar con claridad que ningún proyecto económico puede reclamar obediencia social ilimitada mientras deteriora las condiciones materiales de la mayoría. La historia no es un decorado ni una sucesión de fechas: es el registro de las consecuencias de las decisiones políticas. Y la experiencia argentina ya demostró que cuando el poder convierte el ajuste en una respuesta permanente, cuando desprecia el malestar popular y cuando confunde la resistencia social con una simple operación de sus adversarios, termina enfrentándose a una crisis mucho más profunda que la que pretendía administrar.

A veinticinco años del Voto Bronca, el mensaje sigue vigente: no hay estabilidad duradera sin trabajo, no hay desarrollo sin producción nacional y no hay legitimidad política que resista indefinidamente el deterioro de la vida popular. El ajuste puede imponerse desde el Gobierno; el costo social, tarde o temprano, vuelve a la política.

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    La provincia del Neuquén implementará por primera vez la Boleta Única Papel (BUP), en las elecciones legislativas de medio término. El nuevo sistema, presentado por el ministerio de gobierno y explicado por Jeremías Bergenfeld, director general de Asuntos Jurídicos y Electorales, busca simplificar el proceso de votación y fortalecer la seguridad electoral. Bergenfeld aseguró que, aunque la herramienta es novedosa, el procedimiento es “simple” e “intuitivo”.

    El domingo, durante las elecciones legislativas en la provincia de Neuquén, los votantes recibirán la boleta junto a una lapicera para marcar sus preferencias dentro de la cabina de votación (box), doblarla y depositarla en la urna.

    La BUP permitirá realizar cortes de boleta de manera independiente por categoría y garantiza el secreto del voto mediante un sistema de talones numerados que previene el fraude y el “voto cadena”. Además, la Justicia Electoral dispuso un amplio mecanismo de voto asistido para quienes necesiten ayuda, y los presidentes de mesa estarán capacitados para explicar el procedimiento en menos de un minuto.

    Recomendaciones para votar correctamente con la Boleta Única Papel

    BUP – Elecciones Nacionales 2025.

    Uno de los aspectos que más dudas genera entre los votantes es el uso de la lapicera. Desde el Ejecutivo provincial se recomienda utilizar la que estará disponible en cada mesa, con el fin de garantizar la legibilidad del voto y evitar inconvenientes durante el escrutinio.

    Sin embargo, el director general de Asuntos Jurídicos y Electorales, Jeremías Bergenfeld, aclaró que los electores pueden llevar su propia lapicera, siempre que sea indeleble y de color oscuro, como azul o negro.

    El funcionario explicó que esta aclaración surge ante la circulación de videos sobre lapiceras borrables, aunque aseguró que las provistas por las autoridades electorales son seguras y adecuadas para el proceso.

    Cómo realizar la marca en la boleta

    Respecto a la forma de marcar la preferencia en el cuadrado correspondiente, Bergenfeld indicó que cualquier marca será válida siempre que sea clara y visible. De todas formas, el Ejecutivo sugiere optar por una cruz, tilde, círculo o punto gordo para asegurar una correcta lectura del sufragio y evitar dudas durante el conteo provisorio.

    En caso de errores o roturas en la boleta, el elector debe levantar la mano y solicitar un reemplazo al presidente de mesa. Además, los presidentes estarán capacitados para brindar una breve explicación —de unos 30 segundos— a quienes tengan dudas sobre el procedimiento.

    El funcionario también señaló que la boleta tiene un tamaño similar a una hoja A4, y que el voto asistido será amplio, permitiendo que las personas que lo necesiten puedan ser acompañadas por alguien de confianza. Este acompañamiento podrá autorizarse de manera ilimitada por el presidente de mesa.

    Más allá del nuevo instrumento de votación, se mantienen las reglas electorales tradicionales: los ciudadanos deben concurrir con su DNI físico, que debe ser el último emitido o uno posterior. También siguen vigentes los horarios de votación, las disposiciones sobre quiénes pueden votar y las normas referidas a la no emisión del voto.

    Corte de boleta e independencia del voto

    Una de las principales ventajas de la Boleta Única Papel es que simplifica el corte de boleta. Bergenfeld explicó que las categorías de cargos son independientes entre sí: lo que el votante marque en la fila de diputados no influye en lo que elija en la de senadores.

    Esto permite votar por candidatos de distintos partidos o dejar una categoría en blanco sin que el voto sea anulado. Además, si una categoría se anula por error (por ejemplo, marcar dos opciones en senadores), la otra sigue siendo válida. Ningún fiscal puede invalidar el voto completo por un error parcial.

    La Boleta Única Papel incorpora mecanismos de seguridad que garantizan la trazabilidad y el secreto del voto. A diferencia del sistema anterior, ya no se firman los sobres para evitar prácticas como el “voto cadena”.

    Cada boleta estará unida a un talón numerado, similar al de una rifa, que incluye información del distrito, circuito y mesa. El número correlativo solo estará en el talón —no en la boleta donde se realiza el voto— para asegurar que no pueda asociarse el sufragio con la identidad del votante.

    Al finalizar, el elector deberá doblar la boleta dentro del box antes de salir. Entregarla abierta o sin doblar podría poner en riesgo la privacidad del voto.

    Agilidad del proceso

    Bergenfeld señaló que el sistema de Boleta Única Papel es más ágil que el de boletas partidarias tradicionales, aunque reconoció que la primera jornada requerirá un período de adaptación. Se espera que los resultados oficiales comiencen a difundirse alrededor de las 20, como en comicios anteriores, y que en futuras elecciones el proceso sea aún más rápido.

    “El nuevo método ofrece todo ventajas”, concluyó el funcionario.

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  • Escándalo en Catriel: investigan a tres efectivos por golpear brutalmente a un vecino

     

    Una brutal agresión en Catriel ocurrida en abril de este año derivó en la imputación de tres efectivos policiales y un vecino por el delito de vejaciones y lesiones graves.

    La jueza de Garantías formuló cargos contra un sargento, un cabo primero y un agente de la Comisaría Novena, además de un joven de 25 años, vecino de la víctima.

    El hecho fue investigado por el Ministerio Público Fiscal, que determinó que los acusados golpearon violentamente al hombre durante un procedimiento policial, dejándolo inconsciente y con fracturas múltiples en el rostro.

    Según la reconstrucción fiscal, el incidente ocurrió el 2 de abril, minutos antes de las 19, sobre la calle Bahamas de Catriel.

    El hombre de 59 años llegó a su domicilio en aparente estado de ebriedad y chocó el auto de su vecina, lo que provocó una discusión con el joven de 25 años, pareja de la mujer.

    Alertados por el conflicto, tres policías llegaron al lugar y le solicitaron al conductor la documentación del vehículo. Sin embargo, el hombre intentó escapar en su camioneta, chocando nuevamente el mismo automóvil. La reacción de los presentes fue inmediata: los efectivos y el vecino lo redujeron y comenzaron a golpearlo.

    “Lo golpearon hasta dejarlo inconsciente”

    Durante la audiencia judicial, la parte acusadora relató que los uniformados abusaron de su autoridad y lo agredieron con puños y patadas mientras lo mantenían en el suelo.
    “La víctima perdió el conocimiento y despertó dentro de un calabozo”, se detalló en la denuncia.

    El informe médico forense confirmó que el hombre sufrió traumatismo de cráneo con pérdida de conocimiento, fracturas en los huesos nasales, el arco cigomático y la órbita izquierda, además de múltiples lesiones contusas en el cuerpo.
    Todas fueron catalogadas como de carácter grave.

    La magistrada ordenó medidas de protección para la víctima, prohibiendo todo tipo de contacto de los acusados durante los próximos cuatro meses que durará la investigación.

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    La actriz argentina Eugenia “La China” Suárez volvió a ser noticia tras regresar al país luego de más de dos meses en Estambul, donde reside junto a su pareja, el futbolista Mauro Icardi. Su arribo a Buenos Aires coincide con el lanzamiento oficial de la serie “La hija del fuego”, producción de Disney+ en la que es protagonista, y con una agenda de promoción que incluye entrevistas en distintos medios, aunque no exenta de polémicas por su participación en programas de streaming.

    El regreso de Suárez se produjo en noviembre, en el marco de la campaña de prensa de su nueva serie, filmada en San Martín de los Andes y otras locaciones de Buenos Aires. La actriz tenía previsto presentarse el miércoles 12 de noviembre en el programa “Antes que nadie” de Luzu TV, conducido por Diego Leuco, pero tras una serie de conflictos mediáticos y cruces con la periodista Laura Ubfal, decidió bajarse temporalmente de la invitación.

    Posteriormente, Luzu TV confirmó que la entrevista se realizará igualmente, generando reacciones encontradas en redes sociales entre sus seguidores y detractores.

    La periodista Laura Ubfal, fue la primera en señalar que varios programas de streaming rechazado entrevistar a Eugenia “La China” Suárez durante la gira de promoción de su nueva serie La hija del fuego. Según informó, Disney ofreció a la actriz para realizar notas en distintos espacios, entre ellos Olga, pero no hubo aceptación. Además, sostuvo que la artista, pareja de Mauro Icardi, habría pidió especialmente asistir al programa de Paula Chaves, con quien mantiene una conocida enemistad.

    X de Laura Ubfal.

    En su cuenta de X, Ubfal escribió: “Nico Occhiato dejó sin nota a China Suárez. Ella solo quería hacer nota si estaba él y, con toda la promo ya hecha en Luzu, no estará en el programa de Diego Leuco. Final… que busque a sus voceros habituales”. Las palabras de la periodista no pasaron inadvertidas: la actriz decidió responderle sin filtros y dejar clara su postura.

    Suárez replicó con un fuerte comunicado publicado en X, “Laurita, te sale el resentimiento por los poros siempre. Además, repetís como loro lo que te dicen y te dejás operar. Me comentaron los de prensa que estabas enojada porque querías una nota y dije que no. Hace años que no te doy notas porque no respeto cómo te manejás. Ahora, cuando tuviste que escribirme para pedirme que reciba bien a tu hija que iba a trabajar en la serie que estaba filmando, no tuviste ningún problema”, replicó Suárez en un fuerte mensaje publicado en X.

    Confirmaron la entrevista en Luzu TV

    Mientras tanto, y pese a los rumores de que Wanda Nara influyó para que Suárez fuera bajada de varios programas, el conductor Diego Leuco confirmó que la actriz finalmente será entrevistada este miércoles 12 de noviembre en Antes que nadie, el programa matutino de Luzu TV.

    “La China Suárez será la invitada mañana en Antes que nadie por Luzu TV”, anunció Leuco, generando una ola de reacciones en redes sociales. El ciclo se emite de lunes a viernes de 8 a 10, con la conducción de Leuco, Micaela Vázquez, Yoyi Francella y Martín Dardik.

    La noticia dividió opiniones entre los usuarios: mientras algunos celebraron la presencia de la actriz —“Mañana no me lo pierdo”, “Qué emoción, no se la van a perder ni los haters”—, otros criticaron duramente su participación y convocaron a “no mirar el programa”, con comentarios como “Apagón de Luzu 12/11 dijiste? Malísimo” o “Buenísimo que avisen así nadie lo ve”.

    El regreso mediático de La China Suárez, en plena promoción de su serie, no pasó desapercibido y volvió a encender el debate en las redes.

    La nueva película de Eugenia “China” Suárez

    La China Suárez volverá a ser protagonista en una serie que marcará un momento importante en su vida siendo un producto hecho con alta calidad para que puedan disfrutar los amantes del cine. Tendrá una historia particular con un nombre de producción que generó una fuerte expectativa: «Hija del fuego: la venganza de la bastarda», se titula la serie.

    A partir del 19 de noviembre la plataforma Disney + pondrá a disposición el título que fue filmado principalmente en San Martín de Los Andes, pero en otras partes de Buenos Aires también, y contará con 22 episodios de 30 minutos. La misma fue escrita por Leandro Calderone, y dirigida por Jorge Nisco y Alejandro Ibáñez.

    El título promete una historia atrapante según la presentación de la plataforma: «Un pueblo de la Patagonia se ve conmocionado por la llegada de Letizia (Eugenia “China” Suárez), una mujer extranjera que se prepara para casarse con un poderoso empresario local. Su presencia genera sospechas, pero nadie imagina la verdad: ella es la pieza clave de una sangrienta venganza. Con la confianza de todos, pondrá en marcha su plan y cometerá los crímenes más brutales en un pueblo que esconde más secretos de los que parece», reza la reseña.

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