El peronismo frente a 2027: la unidad que necesita para volver a disputar el poder
La cumbre entre Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa reabre la disputa por las PASO, las alianzas y el liderazgo del peronismo frente a Milei. Las claves políticas rumbo a las elecciones de 2027.
Por Ignacio Elfratini para NLI

La reunión entre Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa expone el desafío más importante que enfrenta el peronismo desde su derrota electoral: reconstruir una conducción, ordenar sus internas y articular una alternativa nacional frente a Javier Milei. Las PASO, los gobernadores, las redes territoriales y la disputa por el liderazgo forman parte de una negociación que excede largamente la definición de candidaturas. La pregunta de fondo es si el movimiento podrá transformar sus estructuras políticas y sociales en un proyecto de país capaz de recuperar la confianza de las mayorías.
La cumbre peronista de este jueves 22 de octubre llega en un momento decisivo. Con el Gobierno de Javier Milei decidido a sostener su programa económico y a disputar las reglas de la competencia política, la oposición enfrenta una disyuntiva que ya no puede postergar: construir una alternativa de poder o continuar atrapada en una sucesión de acuerdos precarios, desconfianzas personales y disputas por el control de las estructuras partidarias. La reunión entre Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa concentra esa contradicción: los tres representan espacios con capacidad de organización, vínculos territoriales y peso político, pero ninguno dispone por sí solo de todos los recursos necesarios para encabezar una coalición nacional competitiva.
El encuentro debe leerse, por lo tanto, más allá de la fotografía. La discusión sobre las PASO, el Presupuesto 2027 y la coordinación parlamentaria constituye la superficie de una negociación mucho más profunda: quién conduce el peronismo, cómo se resuelven sus diferencias y qué lugar ocupará cada sector en una eventual reconstrucción del poder nacional. La experiencia reciente dejó una enseñanza que la dirigencia no puede ignorar: una coalición electoral puede mantenerse formalmente unida y, al mismo tiempo, llegar a las urnas debilitada por sus propias disputas. La unidad no consiste en compartir una mesa, sino en aceptar reglas comunes y sostenerlas cuando aparecen los conflictos.
Kicillof, Máximo Kirchner y Massa: tres capitales políticos que todavía no encuentran una síntesis
Axel Kicillof llega a esta instancia con la ventaja de gobernar la provincia de Buenos Aires, el distrito más poblado del país y una pieza central de cualquier estrategia presidencial del peronismo. Su gestión le proporciona visibilidad, estructura administrativa y vínculos con intendentes y organizaciones territoriales. El Movimiento Derecho al Futuro busca convertir ese capital bonaerense en una construcción federal, capaz de superar las fronteras provinciales y proyectar una candidatura nacional. Pero el desafío es considerable: gobernar Buenos Aires no equivale automáticamente a construir una mayoría argentina. Kicillof necesita ampliar sus alianzas, establecer vínculos estables con los gobernadores y demostrar que su propuesta puede responder tanto a las demandas del conurbano como a las realidades productivas, sociales y fiscales de las provincias.
Máximo Kirchner, por su parte, expresa una estructura política con militancia, cuadros, representación parlamentaria y presencia territorial. La Cámpora y el kirchnerismo conservan una identidad definida y una capacidad de organización que sería un error subestimar. A ese entramado se suma la gravitación de Cristina Fernández de Kirchner, cuya influencia continúa siendo relevante en la definición de los equilibrios internos del movimiento. El problema estratégico consiste en convertir esa fortaleza organizativa en una herramienta de ampliación electoral. La identidad kirchnerista puede ser un componente central de una coalición, pero difícilmente pueda resolver por sí sola la discusión sobre el liderazgo nacional. La relación con Kicillof es, en este sentido, uno de los nudos principales: si ambos espacios transforman sus diferencias en una guerra permanente, el conflicto bonaerense terminará condicionando cualquier intento de reconstrucción nacional.
Sergio Massa ocupa una posición diferente. Su principal activo es la capacidad de negociación, sus relaciones con sectores políticos y económicos y su experiencia en la articulación de coaliciones. El Frente Renovador puede desempeñar un papel relevante para acercar posiciones entre dirigentes que desconfían unos de otros. Sin embargo, Massa también debe afrontar el balance de su paso por el Ministerio de Economía durante el gobierno de Alberto Fernández, una experiencia que forma parte de las dificultades que el peronismo debe explicar ante la sociedad. Si pretende volver a disputar la Presidencia, necesitará algo más que capacidad de negociación: deberá presentar una propuesta económica consistente y demostrar que puede recuperar credibilidad frente a sectores que se alejaron del espacio.
La síntesis posible no consiste en que uno de estos dirigentes anule a los otros, sino en que cada uno comprenda los límites de su propio poder. Kicillof necesita una organización nacional; el kirchnerismo requiere ampliar su capacidad de representación; Massa debe demostrar que la negociación puede desembocar en un proyecto político reconocible. El problema comienza cuando cada sector interpreta la consolidación del otro como una amenaza y no como una contribución a una estrategia compartida. En ese escenario, la discusión por las candidaturas termina desplazando cualquier debate serio sobre el país que se pretende gobernar.
Las PASO, los gobernadores y la disputa por las reglas del poder
La discusión sobre las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias no es un asunto administrativo. Es una disputa por el mecanismo mediante el cual el peronismo definirá sus candidaturas y procesará sus diferencias. Si las PASO continúan vigentes, los distintos sectores podrían competir dentro de un mismo frente y someter sus aspiraciones al voto ciudadano. Si son eliminadas o suspendidas, aumentará la importancia de las negociaciones partidarias, las encuestas, el control de las estructuras y los acuerdos entre dirigentes.
Las primarias no garantizan la unidad ni eliminan los conflictos, pero ofrecen una regla pública para resolver una competencia que, de otro modo, puede terminar en una negociación cerrada o en una ruptura. El verdadero desafío consiste en aceptar un mecanismo cuyo resultado no esté decidido de antemano. Una interna solo puede fortalecer al conjunto si sus participantes reconocen previamente las reglas y se comprometen a integrar a quienes resulten derrotados. De lo contrario, la disputa puede convertirse en una nueva fuente de fragmentación.
La dimensión federal es igualmente decisiva. Los gobernadores peronistas administran economías provinciales diferentes, sostienen estructuras territoriales y negocian con la Casa Rosada cuestiones fiscales, obras públicas, empleo y servicios. Algunos pueden privilegiar acuerdos puntuales con el Gobierno nacional para sostener sus administraciones, mientras que la conducción opositora necesita construir una estrategia parlamentaria y electoral común. Esa tensión no se resuelve con órdenes ni amenazas: exige una negociación que contemple las necesidades provinciales sin permitir que cada distrito actúe al margen de cualquier compromiso nacional.
La provincia de Buenos Aires añade otra dificultad. La eventual proyección presidencial de Kicillof abre una disputa por su sucesión y por el control político del principal distrito electoral. Los intendentes, los legisladores, los ministros y las distintas corrientes tienen intereses propios, y cualquier acuerdo nacional que ignore esa realidad corre el riesgo de fracasar cuando deba traducirse en candidaturas concretas. La elección presidencial y la bonaerense forman parte de una misma arquitectura de poder; no pueden negociarse como compartimentos independientes.
El peronismo también deberá definir cómo se relacionará con las fuerzas provinciales, los sectores progresistas, el movimiento obrero, las organizaciones sociales y los dirigentes que no forman parte del núcleo kirchnerista. La ampliación de la coalición puede resultar necesaria para construir una mayoría, pero no debe confundirse con una acumulación indiscriminada de nombres. Compartir el rechazo a Milei no significa compartir un programa económico, una concepción del Estado o una estrategia de desarrollo. La alianza necesita una base común que permita sostener compromisos más allá de la campaña electoral.
La batalla cultural y el programa que deberá ofrecer el peronismo
La reconstrucción tampoco podrá limitarse a los acuerdos entre dirigentes. El oficialismo comprendió que las redes sociales, los comunicadores digitales y la construcción de antagonismos permanentes forman parte de la disputa por el poder. El peronismo necesita desarrollar una estrategia comunicacional propia, pero no debería limitarse a imitar los métodos de sus adversarios ni a hablar exclusivamente para sus seguidores. La repetición de consignas conocidas puede fortalecer la identidad de los convencidos, pero difícilmente alcance para recuperar a quienes dejaron de votar al movimiento o buscan respuestas en otras fuerzas políticas.
La tarea consiste en conectar la discusión nacional con los problemas concretos de la sociedad: salarios, empleo, jubilaciones, alquileres, acceso a la vivienda, educación, salud, producción industrial y oportunidades para los jóvenes. Los sindicatos, los intendentes, las universidades, las organizaciones sociales y las economías regionales pueden contribuir a esa construcción, siempre que exista una orientación común. Las redes deben servir para ampliar el debate y explicar propuestas, no para reproducir diariamente las internas entre el kicillofismo, La Cámpora y el massismo.
La cuestión decisiva, sin embargo, es programática. El peronismo necesita confrontar con el rumbo de Milei, pero también hacerse cargo de las dificultades económicas y políticas que atravesaron sus gobiernos anteriores. Ignorar ese pasado debilitaría su credibilidad. Una alternativa nacional debe explicar cómo promoverá el empleo, recuperará ingresos, estimulará la inversión, fortalecerá la industria y la ciencia, defenderá la educación pública y sostendrá las políticas sociales. También tendrá que precisar qué instrumentos utilizará, cuáles serán sus prioridades y cómo financiará sus decisiones. No alcanza con enumerar derechos: es necesario explicar cómo se garantizarán.
La defensa de la producción nacional y de los recursos estratégicos puede constituir un eje central de esa propuesta. Pero deberá traducirse en políticas concretas, capaces de vincular las exportaciones con el desarrollo industrial, la inversión con el empleo y la estabilidad económica con la recuperación del poder adquisitivo. La oposición más eficaz será aquella que consiga demostrar, con argumentos y propuestas verificables, por qué el rumbo oficial perjudica a determinados sectores y qué alternativa permitiría obtener mejores resultados.
De cara a 2027, existen tres caminos posibles: una unidad competitiva, basada en un programa común y reglas aceptadas; una competencia interna administrada, con primarias y compromiso de integración; o una fragmentación que obligue a negociar cuando el costo electoral de las divisiones ya sea demasiado alto. Los dos primeros escenarios pueden resultar viables si existe voluntad de cooperación. El tercero abre la posibilidad de que el oficialismo capitalice las diferencias y que el descontento social no encuentre una representación opositora capaz de transformarlo en una mayoría.
La cumbre de este jueves será relevante si consigue pasar de la fotografía a los compromisos concretos. El peronismo conserva gobernadores, intendentes, legisladores, sindicatos, militancia y una extensa tradición de representación política. Pero esos recursos no garantizan por sí solos una victoria. El desafío no es encontrar un candidato que reúna a todos, sino construir una fuerza capaz de acordar un rumbo, procesar sus diferencias y volver a representar a las mayorías.
La Argentina que llegue a las elecciones de 2027 estará condicionada por la evolución de la economía, el empleo, los ingresos y la evaluación social del Gobierno de Milei. El peronismo no controla esas variables, pero sí puede decidir si llega a ese momento organizado alrededor de una propuesta reconocible o atrapado en sus disputas internas. Si sus dirigentes comprenden que ninguna corriente puede reconstruir por sí sola una mayoría nacional, la unidad dejará de ser una consigna y podrá convertirse en una herramienta de poder. Si vuelven a privilegiar la pelea por las candidaturas por encima del proyecto colectivo, el movimiento corre el riesgo de repetir una paradoja conocida: disponer de una estructura extensa y de una oposición social significativa, pero no conseguir transformarlas en una alternativa de gobierno.

