Defender la universidad que cuenta
Hay algo que los estudiantes saben de la universidad y que el Gobierno no puede contar. Y quizás sea justo eso lo que se ataca. Lo saben quienes cursan ingenierías y enfermería en San Martín, quienes estudian Humanidades, Artes, Economía o Ciencias Sociales. Lo dicen de muchas maneras y ninguno usa la palabra exacta, pero cuando cuentan qué es para ellos la universidad todos describen una ofrenda, algo que se recibe de otros, que se comparte con otros, que se entrega a otros y que se lega a otros. Una relación de la que junto a todos esos otros se sale transformado.
Pero el sistema universitario y científico argentino enfrenta hoy una crisis gravísima. El Congreso sancionó la Ley de Financiamiento Universitario y volvió a votarla por encima del veto presidencial; la Justicia declaró inconstitucional el decreto con el que el Gobierno pretendió suspenderla. El Ejecutivo apeló, y la ley sigue sin cumplirse. Hoy hay una nueva Marcha Federal Universitaria, la quinta desde 2024.
En estas horas se discutirán cifras. Pero lo que está en juego no entra del todo en ellas y eso se advierte cuando se escucha a los y las estudiantes. Durante 2026 el Programa Lectura Mundi de la UNSAM realizó un estudio cualitativo con ocho conversaciones grupales en las que estudiantes de todas las escuelas e institutos hablaron de cómo llegaron a la universidad, de lo que la universidad sostiene y de lo que la amenaza.
Uno de los testimonios es el de Sofía. A sus papás la escuela les quedaba lejos. Eso es casi todo lo que se sabe del pueblo donde se criaron y quizás es lo único que importa: que la escuela quedaba lejos, que eran muchos hermanos, que la plata no alcanzaba, y que en algún momento la necesidad decidió por ellos que el secundario podía esperar. Esperó para siempre. Ni su papá ni su mamá pudieron terminar. Décadas después, Sofía estudia la carrera de Administración en la Universidad Nacional de San Martín. Cuando cuenta cómo llegó hasta acá, no habla de vocación ni de salida laboral. Habla de su padre: “Mi papá se esforzó muchísimo por pagarme la escuela, porque yo cumpla. Entonces como que darle el título es como devolverle un poco de lo que él me brindó a mí”.
El título universitario parece anudar una historia que la contiene y que la excede. En ese nudo el mérito cambia de cara. Lo que en la lengua oficial es el rictus de quien se hizo solo, la mandíbula apretada del que no le debe nada a nadie, acá se vuelve esfuerzo que se sabe deudor, que se ofrece, que tiene sentido porque a alguien esperanza.
Darle el título. Devolverle un poco. Son verbos de una economía más vieja que el mercado, y no portan la gramática del cálculo. La frase no dice que el título le permitirá ganar más dinero, aunque probablemente lo haga, ni que estudiar sea una inversión con retorno, aunque quizás lo sea. Dice más: que hay deudas que se pagan con algo que el acreedor no puede gastar. En ese gesto la universidad deja de ser un trámite entre una persona y el mercado de trabajo y se vuelve el lugar del don, de aquello que desborda y excede cualquier balance.
Esa lengua que aparenta ser inaudible para quienes sólo ven en la Universidad un gasto, la amenaza al déficit cero y al superávit de sus socios es la que se combate.
Lo sagrado y el limbo
Hace ocho años José intentó estudiar en una universidad privada, pero los horarios no le daban con el trabajo y terminó dejando. Llegó a la UNSAM con la cabeza llena de lo que “dicen los medios” sobre la universidad pública. Se inscribió en Gestión Ferroviaria dos días antes de que empezaran las clases y descubrió, con algo parecido al asombro, que “todo funciona”. Cuando explica para qué estudia, empieza por lo previsible, superarse, abrir la cabeza. Pero termina con una frase que nadie le pidió: “Poder contribuir en el futuro con la sociedad, ¿no? Porque estamos para eso”.
A quince minutos del campus, en Santos Lugares, vive Paula. Antes estudiaba música en Avellaneda y para llegar se tomaba tres transportes, porque no sabía que en San Martín existía la carrera. Ahora está terminando y casi no cursa, pero sigue yendo, como adscripta, a las peñas, porque la universidad es “como una casa”. Cuando habla de sus profesores dice “que la están, ahí, luchando” y resume su experiencia así: “Para mí es como un refugio, ¿viste? Crucial”. Cuando le toca decir qué habría que contarle a alguien que nunca vivió esto, no elige los saberes sino “el pasillo, ¿viste? Como estar en grupo, a un mismo momento, sin celular”. Y después, buscando la palabra más adecuada, encuentra una que no forma parte del vocabulario universitario, “hoy en día me parece son momentos que son […] medio sagrados”.

Otra estudiante que participa de esta conversación conoce bien el revés de ese tiempo, la manera en que lo ven desde afuera. Lo ha escuchado muchas veces, “el discurso de que es medio un tiempo perdido, como un tiempo limbo entre si trabajás o no trabajás”.
Lo sagrado y el limbo emergen como dos maneras de nombrar lo que sucede en la vida de los estudiantes mirada desde dos orillas. Desde adentro, es un tiempo que se le arranca al rendimiento, que se sustrae a la dopamina del celular, que se le regala a la hora del mate en el pasillo; es la media hora que un docente se queda después de clase, la materia que se cursa sola en un cuatrimestre difícil para no soltar el hilo. Desde afuera, es un tiempo que no rinde, un paréntesis entre la adolescencia y el trabajo que alguien debería cerrar cuanto antes. La ofrenda vive en ese resto, en lo que se entrega sin que pueda exigirse nada a cambio todavía, en lo que se consagra a algo que aún no existe.
Diana cursa tercer año de Ingeniería en Energía. En su familia el título más alto es un terciario, un profesorado, y nadie se dedicó a la ciencia ni a la tecnología. Cuando explica por qué está en la universidad no menciona la vocación: “Lo que busqué era… no sé, mejorar mi calidad de vida, creo, en algún punto, o la de mi familia en realidad, no la mía en particular”, dice, y la corrección llega a mitad de frase, como si la primera versión le hubiera quedado chica.
Pablo llega con la caja roja de la app al hombro. Él ya probó otra vida, empezó Ingeniería en Producción Agropecuaria, tuvo que ponerse a trabajar, abandonó, tuvo una panadería. Hoy tiene 38, pero a los 36 volvió a la universidad, esta vez para estudiar Historia, y tiene claro lo que eligió resignar. Si el criterio fuera la plata, habría terminado la otra carrera, “porque un ingeniero agrónomo gana, no sé, cien veces más que un Profesor de Historia, mínimo”. Cuando les contó a sus padres que volvía a estudiar, se pusieron contentos. El padre había pasado por la UTN durante la dictadura. La madre no. “Mi vieja no terminó el secundario y ella siempre quiso que yo estudiara”.
Cintia estudia Enfermería, tiene 31 años y terminó el secundario el año pasado, después de lo que llama, sin dar más detalles, “la vida misma”. Pero llegó a la universidad. Y llegó a la carrera por contagio, siguiendo un familiar que la había empezado antes, y en el camino descubrió que “inconscientemente el cuidar estaba muy relacionado conmigo”.
A veces la herencia viaja al revés. Un estudiante de Humanidades que había abandonado cuenta que volvió por su madre que “a los 50 años se le ocurrió estudiar de nuevo y yo como que dije: ‘bueno, me tengo que mandar’”. No lo dice como anécdota. Lo dice justo antes de admitir que trabajar y estudiar al mismo tiempo es “un sacrificio terrible”.
Ninguno de ellos habla de sí mismo como de alguien que se hizo solo. En cada historia hay otro que no pudo, o que pudo tarde, o que empujó desde atrás, y el título aparece menos como un premio que como una reparación. Es la primera dirección del don, la que mira hacia atrás, recibe, acoge y devuelve con creces.
Lo que no se puede cobrar
Llega la Marcha Federal Universitaria al Congreso, donde están abiertos otros tres expedientes que, puestos uno al lado del otro, parecen no tener nada que decirse: la ley de emergencia en discapacidad, la ley de tierras rurales, los proyectos para socorrer a las familias que no pueden pagar sus deudas. Una universidad, una pensión, la tierra, una deuda impagable. Y sin embargo, si se los mira con el oído que dejaron los estudiantes, empiezan a parecerse. Las cuatro instituciones protegen un tiempo que no se devuelve en el acto, y el Ejecutivo las ataca porque no tolera ningún don que no admita el cruel pago al contado. En las cuatro aparece, con distintos nombres, la misma figura bajo sospecha: la de quien recibe sin pagar en el momento.
Los propios estudiantes universitarios reconocen la acusación. “El Estado te banca, te dicen”, resume una estudiante, y en ese “te dicen” está la distancia entre el tiempo sagrado del pasillo y el tiempo limbo -el despilfarro- que objetan los de afuera.
La ley de financiamiento universitario 27.795 no protege sólo salarios y becas; protege la posibilidad de que una generación dedique años a algo cuyo rendimiento no puede medirse cuando se lo paga y se sustrae a la gramática del dinero, y por eso su suspensión por decreto, aun después de que el Congreso insistiera y un juez declarara inconstitucional el DNU, es una declaración de principios.
La ley de emergencia en discapacidad 27.793, sancionada en 2025 también contra el veto presidencial, protege vidas cuyo tiempo no se ordena por la productividad. El proyecto de presupuesto 2027 proponía desarmar sus pilares (el nomenclador único de prestaciones, la actualización de aranceles, la compatibilidad entre pensión y empleo formal). Después del rechazo, el Gobierno presentó el 22 de septiembre un proyecto que conserva buena parte de esas protecciones pero da por terminada la emergencia y descansa sobre auditorías periódicas y verificación documental y socioeconómica de quienes cobran. El retroceso es real; la sospecha, en cambio, sobrevive intacta. El beneficiario debe probar, una y otra vez, que merece lo que recibe.
La ley de tierras rurales 26.737 ponía límites a la compra de suelo por extranjeros. Fue derogada por el mega DNU 70/2023 con el que el Presidente eliminó más de cuarenta leyes y decretos leyes de la democracia. En agosto de este año, ante la falta de consenso, el oficialismo debió retirar del Senado el capítulo sobre tierras en manos de extranjeros, y a fines de septiembre, con un argumento procesal, la Corte Suprema revocó el fallo que declaraba inconstitucional esa derogación. Pocos días después, el 9 de octubre, el propio tribunal suspendió esa derogación mediante una medida interina y repuso los límites a la venta de tierra a extranjeros, mientras la cuestión de fondo sigue sin resolverse. El debate público la ha leído, con razón, en clave de soberanía. Pero puede leerse también en la clave de esta nota: la tierra producto de una desposesión originaria que nos privó del don se quiere reprivatizar para terminar de sepultar en el olvido que ella no es mercancía y es irreductible a la renta. Pero no: la tierra es parte nuestra y es la patria quien debería gozar de ella.

El cuarto frente no es una ley que se suspende o desarma sino una que se niega. Más de seis millones de personas están en mora y en Diputados se acumulan unos cincuenta proyectos para ayudarlas. El 29 de septiembre las comisiones firmaron tres dictámenes; el oficialista, de mayoría, con 32 firmas, apuesta a la transparencia de las tasas hacia adelante y no establece ningún régimen de regularización para quienes ya deben; el opositor propone declarar la emergencia, refinanciar, condonar los intereses punitorios y suspender las ejecuciones mientras dure esa emergencia, un verdadero período de gracia. El tercero, de Argentina Federal, se inclina hacia esta última posición. La palabra jurídica se aproxima a lo que dice la estudiante de Música cuando habla de momentos medio sagrados. La gracia es un tiempo sustraído al cobro, y lo que el oficialismo rechaza no es sólo concederla sino reconocer la dimensión público política de un problema del que son los responsables principales.
La serie no es homogénea, y no hace falta forzarla. Tres de los frentes son protecciones existentes que se retiran; el cuarto es una desresponsabilización sobre los daños producidos que ahora se rehúsan a reparar. Pero esa heterogeneidad encuentra su coherencia cuando se detecta lo que tienen en común el estudiante que tarda en recibirse, la persona con discapacidad que cobra una pensión, la tierra que no se vende y el deudor al que se culpabiliza: ninguno rinde a tiempo.
Y el tiempo que reclaman para sí, el de la formación, el del cuidado, el del goce, el de la espera, es exactamente el que la ofrenda presupone y el que causa la ofensa.
Gracia
Para atacar a la universidad pública el poder Ejecutivo echa mano de términos como caja opaca, foco de adoctrinamiento, privilegio de unos pocos pagado por todos. Así justifica el desfinanciamiento de las universidades y su compulsión a no cumplir la ley. Hoy, cuando las columnas bajen hacia el Congreso, la conversación pública volverá a darse sobre los números: cuántos millones se gastan en qué cosa, qué porcentaje de salario perdido, cuánta gente en la calle. Los números importan, y la ley que se reclama está hecha de ellos. Pero lo que los estudiantes cuentan cuando se les pregunta qué es la universidad no cabe en esa aritmética, y no porque sea más vago sino porque pertenece a otro régimen de valor: el de las cosas que se dan sin que pueda exigirse su devolución inmediata y que, sin embargo, obligan. Un título para una madre que no terminó el secundario. Un pasillo sin celulares pero con mate. Un sueño colectivo en el que algunos todavía creen valioso apostar.
Benjamin pensaba que aquello que los dominadores desprecian de una época es lo que guarda su porvenir. Si la intuición es justa, la hostilidad del Ejecutivo hacia la universidad, hacia las personas con discapacidad, hacia la tierra como algo distinto a una mercancía y hacia los que deben, no responde sólo a una política de ajuste. Es más bien una señal involuntaria, una flecha que apunta, sin quererlo, hacia aquello que todavía no tiene precio. La marcha, en ese sentido, también es una ofrenda. Miles de personas van a entregar una tarde que nadie les va a devolver para defender un tiempo que, en buena medida, fue y será de otros. O, como dice una estudiante de enfermería para el otro: “Mientras estás acá pareciera que ves que cada uno está tratando de hacer algo por uno mismo y por el otro. […] Porque todas las carreras tienen un fin. Es para el otro”.
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