EL ENEMIGO INVISIBLE – Los terroristas que nadie vio: Milei, la política como relato y el mundo de hechos que se derrumba
Javier Milei no sólo lanzó una cifra que los datos oficiales no sostienen. Hizo algo políticamente más profundo: construyó un enemigo invisible para explicar todo aquello que su relato no consigue explicar. Diez mil “terroristas” expulsados en 2025, otros 20.000 en 2026, extranjeros infiltrados para “dinamitar el modelo argentino” y hasta una supuesta corrida de 70.000 millones de dólares forman parte de una narración en la que el Gobierno aparece permanentemente rodeado por fuerzas oscuras. Hannah Arendt estudió precisamente el peligro de una política que convierte la relación con los hechos en una disputa por la construcción de una realidad paralela.
Por Roque Pérez para NLI

Hay algo más importante que discutir si Javier Milei contó mal o directamente inventó una cifra. Porque si el problema fueran solamente los números, bastaría con ponerlos sobre una mesa, corregir el error y seguir adelante. Pero la frase del Presidente durante su entrevista con Luis Majul en LN+ revela algo bastante más interesante sobre la forma en que se construye su discurso político: la cifra funciona como una pieza dentro de un relato previo, un relato en el que la Argentina aparece asediada por enemigos internos y externos, infiltrados, conspiradores, golpistas y actores económicos que intentarían destruir el proyecto libertario. Los números, en ese esquema, parecen llegar después. Primero está la historia que se quiere contar.
Milei dijo que durante 2025 la Argentina expulsó 10.000 “terroristas” y que durante 2026 ya llevaba otros 20.000. Cuando Majul le pidió precisiones sobre quiénes eran esas personas, el Presidente respondió que eran extranjeros que se “infiltran” para intentar “dinamitar el modelo argentino”. Poco después vinculó esa supuesta operación con una corrida de 70.000 millones de dólares. La escena completa puede verse en la transcripción de la entrevista: no se trató de una frase aislada ni de un número perdido en una entrevista extensa, sino de una explicación política acerca de quiénes serían los responsables de las dificultades que enfrenta su Gobierno.
Y entonces aparecen los datos. Chequeado calificó de falsa la afirmación sobre los 10.000 terroristas expulsados. Las cifras oficiales que relevó indican que durante 2025 fueron expulsadas 772 personas, principalmente por delitos relacionados con drogas, delitos contra la propiedad y contra la integridad sexual. Las bases oficiales tampoco identifican expulsiones específicas por terrorismo. La cifra que puede aproximarse a los números utilizados por Milei pertenece a otra categoría: durante 2025 hubo más de 16.000 rechazos migratorios, pero un rechazo migratorio no equivale a una expulsión por delito y mucho menos permite calificar a la persona rechazada como terrorista.
La diferencia es decisiva porque el discurso presidencial no parece necesitar que los datos sean correctos para cumplir su función política. Si fueran 10.000, habría que demostrar quiénes son. Si fueran 772, habría que explicar por qué se habló de 10.000. Si fueran 16.000 rechazos, habría que explicar por qué se transformaron en terroristas expulsados. Pero en todos los casos hay una operación previa: tomar acontecimientos heterogéneos, reunirlos bajo una misma palabra y construir a partir de allí una amenaza gigantesca.
Hannah Arendt y la política cuando los hechos dejan de importar
Hannah Arendt dedicó buena parte de su reflexión política a la relación entre verdad, hechos, opinión y poder. En Verdad y política, la filósofa alemana advertía sobre un problema que resulta especialmente incómodo en una época dominada por la comunicación permanente: una sociedad democrática puede discutir legítimamente las interpretaciones de los hechos, pero necesita conservar un suelo común de acontecimientos comprobables sobre los cuales esa discusión pueda desarrollarse.
Para Arendt, los hechos no son una opinión. Pueden ser interpretados de distintas maneras, pero necesitan existir como referencia compartida. La opinión política puede ser plural; la factualidad no funciona de la misma manera. La propia síntesis de su pensamiento que realiza la Stanford Encyclopedia of Philosophy destaca que, para Arendt, la libertad de opinión pierde sentido si no existe información factual garantizada y que la política necesita distinguir entre hechos y opiniones.
Ahí está el punto incómodo del discurso de Milei. No se trata simplemente de que el Presidente tenga una opinión polémica sobre la inmigración o sobre la seguridad. Está presentando como hechos acontecimientos que las estadísticas disponibles no registran de esa manera. Y al hacerlo no sólo modifica un número: modifica el escenario sobre el cual el ciudadano debería formar su opinión.
Porque si el país expulsó 30.000 terroristas en dos años, la conclusión política parece casi automática: existe una amenaza terrorista masiva, el Gobierno está enfrentándola y quienes cuestionan esa política podrían estar ignorando —o incluso favoreciendo— un peligro enorme. Pero si los registros oficiales no muestran esos 30.000 terroristas, todo el edificio narrativo cambia.
El ciudadano ya no está discutiendo sobre una política migratoria. Está discutiendo dentro de una realidad previamente fabricada por el discurso.
Y eso explica por qué resulta insuficiente responder únicamente con una planilla.
El enemigo que explica todo
Hay otro elemento particularmente llamativo. En la entrevista, la referencia a los “terroristas” aparece junto a otras afirmaciones extraordinarias: Milei habló de siete intentos de golpe de Estado vinculados a proyectos contra su equilibrio fiscal y, en la misma secuencia, introdujo los 10.000 terroristas expulsados. Después habló de la supuesta infiltración extranjera y de una corrida de 70.000 millones de dólares.
Las piezas encajan dentro de una misma arquitectura narrativa: si algo sale mal, existe un enemigo detrás.
Si hay oposición legislativa, puede aparecer como un intento de golpe. Si hay movimientos financieros adversos, pueden ser presentados como parte de una operación. Si existen dificultades económicas, pueden atribuirse a quienes intentan “dinamitar el modelo”. Si aparecen extranjeros expulsados o rechazados por distintas razones migratorias, pueden convertirse discursivamente en terroristas infiltrados.
El problema de semejante construcción no es solamente que algunas piezas sean falsas o exageradas. Es que produce una explicación totalizante, una explicación en la que prácticamente cualquier hecho incómodo puede ser absorbido como evidencia de la existencia del enemigo.
Y una teoría política que puede explicar todo corre el riesgo de no tener que demostrar nada.
Los datos dejan entonces de ser instrumentos para conocer la realidad y pasan a cumplir otra función: ilustrar un relato que ya estaba decidido de antemano.
Eso resulta particularmente significativo en un Presidente que construyó buena parte de su identidad política alrededor de la supuesta superioridad de los números sobre la “casta”, de las planillas sobre la política tradicional y de la idea de que las cuentas permiten revelar la verdad escondida detrás de los discursos. Sin embargo, en este episodio ocurre exactamente lo contrario: el discurso produce una realidad que las cuentas no consiguen respaldar.
No es un detalle menor. Es una contradicción en el corazón de la propia estética política del mileísmo.
Cuando la palabra “terrorista” se convierte en una herramienta
Hay además un problema democrático mucho más profundo en el uso de una palabra como “terrorista”.
No estamos ante un adjetivo cualquiera. No significa simplemente “extranjero peligroso”, “opositor”, “persona sospechosa” o “alguien que está contra el Gobierno”. Tiene consecuencias jurídicas y políticas concretas. Por eso el pedido de información presentado por el diputado Maximiliano Ferraro reclama que el Gobierno informe cuántas personas fueron efectivamente expulsadas, cuántas lo fueron por causales vinculadas con terrorismo, cuántas tenían imputaciones o condenas y cuántas figuraban en el Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a Actos de Terrorismo y su Financiamiento, conocido como RePET. También pidió saber qué evidencia sostiene la afirmación presidencial de que extranjeros ingresaron al país para “dinamitar el modelo argentino”.
Es decir: ahora son los hechos los que tienen que alcanzar al relato.
Y esa es precisamente la operación periodística que corresponde hacer. No discutir si el Presidente “parece” convincente. No discutir si su historia resulta verosímil. No aceptar tampoco que una afirmación presidencial se convierta automáticamente en verdad por el solo hecho de haber sido pronunciada desde la Casa Rosada. Preguntar algo mucho más elemental: ¿dónde están los hechos?
¿Dónde están esos 10.000 expulsados de 2025? ¿Dónde están los otros 20.000 de 2026? ¿Cuáles fueron las resoluciones? ¿Cuáles fueron las causales? ¿Qué investigaciones judiciales existieron? ¿Cuántos fueron considerados terroristas bajo una norma concreta? ¿Qué organismos hicieron esa clasificación? ¿Dónde están las denuncias contra quienes supuestamente ingresaron a la Argentina para “dinamitar el modelo”? ¿Qué relación documental existe entre esas personas y la corrida de 70.000 millones de dólares que mencionó Milei?
Hasta que esas preguntas tengan respuestas documentales, los 30.000 terroristas forman parte del discurso, no de los registros públicos conocidos.
Y aquí vuelve Arendt. Porque su preocupación no era solamente descubrir una mentira puntual. Era comprender qué ocurre políticamente cuando una comunidad pierde la posibilidad de ponerse de acuerdo sobre los hechos elementales que comparte. Para ella, la mentira organizada puede llegar a ser mucho más peligrosa que una falsedad aislada porque tiene la capacidad de alterar el mundo común: si los hechos pueden ser reemplazados sistemáticamente por relatos, entonces el ciudadano queda obligado a elegir no entre distintas interpretaciones de la realidad, sino entre realidades distintas.
Eso cambia completamente la discusión democrática.
El vacío detrás del ruido
Quizás por eso la cifra de los terroristas resulte menos interesante por su magnitud que por su estructura. No hace falta demostrar que Milei “inventó” deliberadamente cada número para advertir lo que produce el discurso. Alcanza con observar el mecanismo: una cifra espectacular, una amenaza invisible, enemigos extranjeros, una conspiración contra el Gobierno y una explicación que conecta esa conspiración con los problemas económicos. Después llegan los datos y encuentran otra cosa.
El chequeo de las cifras no destruye una opinión política. Desarma una escenografía.
Y eso es todavía más relevante porque el Gobierno ha utilizado repetidamente afirmaciones cuantificables para construir su relato. Chequeado verificó, por ejemplo, otras declaraciones recientes de Milei y encontró una combinación de afirmaciones verdaderas, engañosas y falsas: el Presidente dijo que la Argentina llevaba 28 meses creciendo y que los piquetes habían pasado de 9.000 anuales a cero; el primer dato requería una precisión sobre la serie utilizada y el segundo fue calificado como falso porque en 2025 se registraron 3.893 piquetes.
El problema, entonces, no es un número equivocado perdido en una entrevista. Es una forma de construir sentido político en la que el relato parece tener prioridad sobre aquello que el relato pretende describir.
Los 30.000 terroristas son el ejemplo perfecto porque condensan la operación en una sola frase. El Presidente necesita mostrar que existe una amenaza enorme; aparecen 30.000 terroristas. Necesita explicar quién intenta destruir su Gobierno; aparecen extranjeros infiltrados. Necesita explicar las turbulencias financieras; aparece una corrida de 70.000 millones. Necesita explicar los obstáculos políticos; aparecen siete “intentos de golpe de Estado”.
Todo encuentra un enemigo.
Lo que todavía no aparece con la misma claridad son los hechos que deberían sostener la historia.
Y ahí está quizás la cuestión central: una democracia puede soportar gobiernos que tengan ideas equivocadas, políticas discutibles o incluso discursos incendiarios. Lo que se vuelve mucho más difícil de sostener es una democracia en la que la discusión pública pierde progresivamente un mundo común de hechos verificables.
Porque cuando los hechos dejan de ser el punto de partida, ya no se debate sobre qué hacer con la realidad.
Se debate sobre cuál realidad hay que creer.
Y el vacío que queda entre ambas cosas es, justamente, el espacio donde puede crecer cualquier relato.




