Jauretche vuelve a preguntar: ¿quién piensa la Argentina?
A más de medio siglo de su muerte, Arturo Jauretche conserva una incómoda actualidad: sus críticas a la colonización cultural, el pensamiento dependiente y las recetas económicas importadas vuelven a interpelar a la Argentina de Milei.
Por Luis Bulnes Valdez para NLI

Hay autores que envejecen y hay autores que se vuelven más incómodos con el paso del tiempo. Arturo Jauretche pertenece a la segunda categoría. Murió el 25 de mayo de 1974, pero algunas de las preguntas que dejó planteadas siguen apareciendo, con otros nombres y en otros escenarios, cada vez que la Argentina discute qué modelo de país quiere construir, qué lugar ocupa el Estado, qué significa la soberanía o si el desarrollo nacional debe pensarse desde las necesidades propias o desde recetas elaboradas en otras latitudes. En septiembre de 2026, mientras el Gobierno de Javier Milei defiende una transformación económica asentada en el ajuste fiscal, la apertura y una fuerte reivindicación de las ideas liberales, Jauretche aparece menos como una pieza de museo que como una herramienta para interrogar el presente.
No se trata de convertir al escritor y dirigente de FORJA en un comentarista imaginario de la política actual. Jauretche no conoció la economía digital, las redes sociales, las criptomonedas ni el capitalismo financiero del siglo XXI. Pero desarrolló algo que conserva extraordinaria utilidad: un método para desconfiar de las verdades que se presentan como naturales, inevitables o técnicamente indiscutibles. En el Manual de zonceras argentinas, publicado en 1968, sostuvo que esas ideas podían instalarse en la formación intelectual hasta convertirse en axiomas que impedían pensar los problemas nacionales desde la experiencia concreta del país. La propia Universidad Nacional Arturo Jauretche recupera actualmente esa tradición intelectual como parte de su identidad académica.
Las zonceras cambian de ropa
El punto más provocador de Jauretche no estaba solamente en discutir una determinada política económica. Estaba en preguntar quién había construido el sentido común con el que los argentinos evaluaban sus propios problemas. Su crítica a la llamada “colonización pedagógica” apuntaba justamente a la formación de una mirada que podía terminar juzgando la realidad nacional con parámetros ajenos. En su obra aparecen discusiones sobre economía, territorio, educación, historia, industria, dependencia, cultura y soberanía, articuladas alrededor de una preocupación común: que el país terminara aceptando como propias ideas que favorecían intereses que no necesariamente coincidían con los nacionales.
Y ahí aparece una de las razones por las que Jauretche resulta especialmente incómodo en la Argentina de 2026. El Gobierno de Milei construyó buena parte de su discurso alrededor de una crítica radical al Estado, la reivindicación del mercado y la idea de que muchas funciones públicas constituyen obstáculos para la libertad económica. En paralelo, el proyecto de Presupuesto 2027 enviado por el Ejecutivo contempla para Educación y Cultura una inversión equivalente al 0,77% del PBI proyectado, mientras que el análisis de Chequeado señala que el gasto educativo real previsto queda 44,3% por debajo del de 2023 y que las partidas universitarias se ubican 25,4% por debajo de lo establecido por la Ley de Financiamiento Universitario.
Desde una mirada jauretcheana, la discusión no terminaría en preguntar cuánto cuesta una universidad pública. La pregunta sería otra: ¿qué produce para el país una universidad pública? ¿Forma profesionales? Sí. ¿Investiga? Sí. ¿Genera conocimiento? Sí. ¿Desarrolla tecnología? Sí. ¿Forma parte de un entramado productivo y territorial? También. La propia UNAJ, que lleva su nombre, continúa presentando en 2026 actividades vinculadas con ingeniería, agronomía, investigación, innovación tecnológica, energía nuclear y desarrollo territorial.
El viejo problema de mirar la Argentina desde afuera
Jauretche tampoco reducía la cuestión nacional a una consigna económica. Su pensamiento nació de una preocupación más profunda por la dependencia cultural y por la manera en que una sociedad puede terminar despreciando sus propias capacidades. En el Manual de zonceras, la crítica comienza por cuestiones históricas y culturales y llega hasta la economía, la educación y la relación de la Argentina con el mundo. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos registra precisamente la obra como una crítica, en tono periodístico e irónico, de aquellas ideas que el autor consideraba instaladas como verdades incuestionables.
Por eso su actualidad tampoco consiste en buscar una frase de Jauretche que pueda ser utilizada como un tuit contra Milei. Sería exactamente lo contrario de su método. Jauretche obligaría a discutir los resultados concretos de las políticas y no solamente las etiquetas ideológicas con las que se presentan. Si una política promete modernización, habría que preguntar qué sectores productivos se fortalecen. Si promete libertad, habría que observar quién tiene capacidad efectiva para ejercerla. Si promete inversión, habría que analizar qué parte queda en el país. Si propone reducir el Estado, habría que identificar qué funciones desaparecen, quién las reemplaza y con qué consecuencias sociales y productivas.
En ese sentido, la actualidad de Jauretche también aparece en una palabra que durante décadas estuvo en el centro del pensamiento nacional: desarrollo. No como simple crecimiento estadístico, sino como capacidad de una sociedad para producir, educar, investigar, incorporar tecnología, generar trabajo calificado y decidir sobre sus recursos estratégicos. Esa preocupación sigue presente incluso dentro de instituciones que llevan su nombre. En junio de 2026, por ejemplo, la UNAJ organizó actividades sobre soberanía científica, bienes comunes naturales, geopolítica, energía nuclear, ingeniería y desarrollo tecnológico argentino.
¿Qué zonceras habría señalado hoy?
Es imposible saber qué escribiría Jauretche frente a Milei. Pero sí puede hacerse el ejercicio histórico de aplicar su método al presente. Probablemente habría preguntado por qué ciertas afirmaciones se transforman rápidamente en sentido común: que todo gasto público es improductivo, que la investigación científica puede evaluarse únicamente por su rentabilidad inmediata, que la universidad pública constituye un privilegio antes que una herramienta de movilidad social, que la industria nacional es necesariamente ineficiente o que la inserción internacional de la Argentina debe medirse exclusivamente por la llegada de capitales.
No necesariamente para defender lo contrario como dogma, sino para romper el automatismo. Porque esa era una de las claves de Jauretche: sospechar de la idea que ya viene empaquetada como respuesta antes de que alguien formule la pregunta.
También por eso su pensamiento conserva una dimensión particularmente importante para el periodismo. El jauretcheano no debería ser quien repite una consigna nacional y popular con los ojos cerrados, sino quien se pregunta qué hay detrás de cada consigna, quién gana, quién pierde, qué antecedentes existen y qué intereses aparecen detrás de una determinada explicación. En tiempos de redes sociales, algoritmos, influencers políticos y guerras culturales, la colonización de la mirada ya no necesita solamente diarios, manuales escolares o editoriales: también puede viajar en un video de treinta segundos, un meme o una cuenta que convierte una cuestión económica compleja en una frase viral.
Más de medio siglo después, entonces, Jauretche sigue vivo allí donde alguien se niega a aceptar que la Argentina está condenada a copiar modelos ajenos. Su legado no es una colección de citas para decorar discursos ni una estampita del pensamiento nacional. Es, sobre todo, una invitación a mirar el país desde el país: con sus contradicciones, sus limitaciones, sus capacidades productivas, sus desigualdades, su historia y también sus posibilidades.
Quizás esa sea la razón más sencilla de su actualidad. Las “zonceras” pueden cambiar de nombre, de plataforma y de ideología, pero la pregunta de Jauretche permanece: ¿estamos pensando la Argentina o simplemente estamos repitiendo lo que otros pensaron por nosotros?



