Cigarros del diablo

Don Dionisio el cigarrero del maligno y don José de San Martín comparten en Perú leyenda viva e historia.
Por Jorge G. Andreadis para NLI
Entre el 10 y el 11 de noviembre de 1820 San Martín desembarcó en Huacho, Perú. Según la tradición, un siglo antes, el mismísimo diablo, bajo el apelativo de don Dionisio, había montado allí una cigarrería que terminó ardiendo en un incendio mientras el camuflado satán retozaba con una doncella del poblado, a la que sedujo y burló.
También se dice que algunos vecinos de Huacho atesoraron cigarros que le habían comprado a quien se daba por cierto era el maligno. Bien guardados y protegidos, pasaron como herencia a generaciones venideras. Ricardo Palma, incluso, se refirió a ellos: “¡Sobre que un mi amigo de esa villa guarda como reliquia un par de puros elaborados por don Dionisio!…”.
El Libertador se detuvo varios días en Huacho antes de dirigirse a Huaura, localidad cercana –unos cuatro kilómetros-, donde permaneció cerca de ocho meses en vistas a planificar en detalle su entrada en Lima.

Huacho se encuentra situada en la ribera del mar y a una legua de Huaura, lugar famoso de los anales de nuestra guerra de independencia por el asilo que durante largos meses prestó al general San Martín y la reducida hueste de patriotas con que mantuvo en constante alarma al poderoso ejército realista. (Ricardo Palma, Tradiciones peruanas)
En ambos poblados la tradición oral afirma que a don José los lugareños le obsequiaron una de esas reliquias para que tuviera presente la malignidad de los realistas, felones de la estirpe de don Dionisio, que “fue el mismo Satanás con garras, rabo y cornamenta”, según refiere Palma.
San Martín, desde Huacho y Huaura, dominaba parte del virreinato en declive. En Huaura pronunció la primera proclama de independencia desde un balcón, el 27 de noviembre. También promulgó el Reglamento Provisional, primera propuesta de orden administrativo del flamante Perú. Huacho lo recibió, puros incluidos, y Huaura escuchó su señera proclama de libertad y autarquía.

La oralidad, revalorizada por precursores como la historiadora Francis La Greca, contrapone los arribos de don Dionisio y don José, uno infernal y otro celestial, en el plano del postrer equilibrio del destino.
Contra el olvido de las aleccionadoras desgracias, quedaron los cigarros, y uno de ellos entre las manos de San Martín, llamado a terminar con ellas en virtud del fuego de la libertad auténtica, sin engaños satánicos.
Algunos historiadores peruanos, como Cecilia Bákula, lamentan que “que la casa en donde habitó San Martín y el propio balcón desde donde lanzó su proclama inicial, no hayan recibido la atención material y simbólica que permitan a todos los peruanos tener esos espacios como referentes de sucesos tan sustantivos y lugares en donde podamos sentir y saber que somos parte de un proyecto de orgullosa libertad.”.
Aunque estos historiados no se detengan mucho en la tradición de los puros de Dionisio, en Huacho y Huaura los ancianos aún cuentan a quien quiera escuchar cómo en el lapso un siglo se dio un cambio de surte representado por el hilo conductor de los cigarros, símbolo de desventura convertida en bonanza a través de San Martín.
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Nadie se anima -aunque se sospeche-, sin embargo, a afirmar que el Libertador se fumó el puro para convertir en humo cualquier esperanza de triunfo realista que le diese lugar al retorno de las malas artes del impostor Dionisio.
Quienes tuvieran la intención de llegar a la raíz legendaria de este asunto, podrían encontrar gusto en la lectura de “El cigarrero de Huacho (Cuento tradicional sobre unos amores que tuvo el diablo)”, tradición peruana escrita un siglo atrás por Ricardo Palma.
