El Gobierno descartó prorrogar el programa RenovAr, la principal política de promoción de energías renovables lanzada durante el macrismo, que encerró negociados como los parques eólicos en los que estuvo involucrado directamente el ex presidente y cargó al Estado la obligación de pagar tarifas delirantes y en dólares.
El giro libertario además de ahorrar recursos públicos apunta a que el mercado eléctrico funcione con menos Estado y más contratos privados. Pero en el sector reina una mezcla de entusiasmo y desconfianza. Nadie quiere quedarse afuera, pero tampoco todos están dispuestos a apostar fuerte.
La decisión implica cerrar el capítulo del programa de licitaciones públicas creado en 2016 por el entonces ministro de Energía, Juan José Aranguren durante el gobierno de Mauricio Macri. RenovAr fue la herramienta con la que el macrismo buscó acelerar el desarrollo de parques eólicos y solares.
El Estado, a través de Cammesa, compraba la energía generada mediante contratos a largo plazo surgidos de licitaciones públicas. «El RenovAr se vendió como la gran puerta de entrada de las renovables modernas en Argentina. Y en parte lo fue: aceleró proyectos, trajo algunos players globales y ordenó un pipeline», explicó a LPO un constructor de parques fotovoltaicos. Pero enseguida agregó la otra cara del modelo: «El corazón financiero del programa quedó armado como un traje a medida de los financistas, no del sistema eléctrico argentino».
La estructura contractual explica buena parte de las críticas. Muchos proyectos se firmaron bajo esquemas de PPA en dólares, diseñados para reducir el llamado «riesgo argentino». Los contratos incluían cláusulas de default y cross-default que conectaban obligaciones financieras entre distintos instrumentos.
El corazón financiero del programa quedó armado como un traje a medida de los financistas, no del sistema eléctrico argentino.
En la práctica, un incumplimiento podía disparar consecuencias en cadena: aceleración de vencimientos, penalidades o cambios en el costo del financiamiento. Ese andamiaje convirtió al programa en una red contractual compleja. Cuando la macroeconomía se tensiona, el problema no queda encapsulado en un proyecto. Se expande.
Para sostener esa arquitectura financiera, RenovAr montó un sistema de garantías y seguros de cobro. El objetivo era desacoplar al inversor de la volatilidad argentina. El resultado fue distinto. El riesgo no desapareció: se trasladó. El inversor cobraba con protección contractual mientras el sistema eléctrico absorbía la prima. En términos económicos, la energía podía parecer barata en la licitación, pero el costo real incluía cobertura contra devaluación, contra iliquidez y contra inestabilidad política. El impacto se vio en el costo final del sistema.
Aunque algunas rondas exhibieron precios competitivos en los papeles, la combinación de dolarización, garantías internacionales y financiamiento externo terminó encareciendo el esquema. A eso se sumó un rasgo técnico clave: las renovables tienen prioridad de despacho en la red eléctrica.
El Gobierno ahora mira hacia otro modelo. La idea se acerca al esquema del MATER, el Mercado a Término de Energías Renovables, creado en 2017 como complemento de RenovAr.
En este sistema, el Estado deja de ser el comprador principal. Los generadores venden directamente a empresas privadas con alto consumo de electricidad. El mecanismo funciona mediante contratos bilaterales. Un parque eólico o solar firma un acuerdo de largo plazo con una compañía industrial.
El precio se negocia entre las partes y la electricidad se transporta por la red nacional administrada por CAMMESA. Los compradores suelen ser grandes consumidores: siderúrgicas, petroleras, mineras, cadenas industriales o empresas tecnológicas.
Solo pueden participar grandes usuarios del mercado eléctrico mayorista. En la jerga del sector se los conoce como GUMA y GUME. Los primeros consumen más de 1 megavatio de potencia. Los segundos entre 300 kilovatios y 2 megavatios.
El programa le exige a estas empresas cumplir con una cuota mínima de energía renovable fijada por la Ley 27.191, que estableció como objetivo que el 20% del consumo eléctrico provenga de fuentes renovables. La diferencia central entre ambos esquemas es quién compra la energía. En RenovAr el comprador era el Estado, con contratos garantizados. En el MATER, el comprador es una empresa privada y el precio se negocia libremente.
En teoría, el sistema reduce el peso fiscal y deja que el mercado defina las inversiones. Pero el modelo también tiene límites. El principal es físico. La red eléctrica argentina tiene capacidad de transporte limitada en varias regiones. Los proyectos compiten por espacio en las líneas de transmisión. Sin nuevas obras de infraestructura pública, el crecimiento del mercado queda restringido.
Además, el desarrollo renovable convive con desafíos técnicos. La generación eólica y solar es intermitente. Requiere respaldo térmico, flexibilidad operativa y planificación de la red. Si esos costos no se integran al diseño del sistema, el precio del parque puede ser competitivo pero el costo total del sistema aumenta.
En ese contexto, el clima en la industria es ambiguo. Celebran la desregulación, pero no terminan de confiar. Predomina el clásico wait and see. «Nos frenamos en 2019 y de ahí venimos en picada. Baja el costo, pero también baja la demanda. El negocio pierde rentabilidad», dijo a LPO un generador fotovoltaico que ahora apunta sus proyectos a Perú. «Este año van a licitar 70.000 megavatios. Y allá ni te enterás de lo que pasa en la política».
Un representante de la filial argentina de Fortescue, que desarrolla el Parque Eólico Cerro Policía de 300 MW, fue directo: «La demanda industrial está por el subsuelo. No tengo off takers». Según explicó, el potencial de consumo podría venir de la minería, pero ese escenario recién se vería dentro de varios años. «Y anda a saber en qué condiciones mundiales estamos en cinco años», agregó. El comentario circuló entre empresarios durante
la edición argentina del Future Energy Summit, realizada este miércoles en el Hotel Emperador
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LPO habló también con un importador de paneles solares chinos, con una visión más optimista. «A mí me está yendo muy bien. La liberalización de las importaciones generó mucho movimiento», dijo. Pero incluso él marcó un dato que dejó pensando a varios. «Casi no hay presencia de empresas extranjeras. Ni en este foro ni invirtiendo en el país. Quizás haga falta un segundo mandato para que arranquen», deslizó.
Lo concreto es que la industria renovable advierte que, con el vencimiento del programa RenovAr, se viene un golpe fuerte para el sector. De alguna manera, lo reconoció el propio secretario de Energía, Damián Sanfilippo, al inaugurar el foro «El sector fotovoltaico es el que más crecimiento tuvo. Estamos trabajando para darle estabilidad fiscal al sector. No va a hacer prórroga de la 27191 pero sí tratar de alguna manera darle la estabilidad fiscal».
En el panel siguiente, las empresas pidieron que el RenovAr se prorrogue. PCR, Total e YPF Luz.
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Fotos: La Conquista del Hogar, Adriana Lestido, 2022
La modificación a la Ley de Glaciares es una amenaza directa al pulso vital de las nacientes de treinta y nueve ríos, cuyas cuencas sostienen la vida mucho más allá de las cumbres. Casi la mitad de esos caudales vienen de sistemas glaciares de los Andes áridos, donde el hielo se infiltra en un viaje invisible hacia el territorio de manera interprovincial, abasteciendo a localidades incluso cientos de kilómetros aguas abajo.
Hace dieciséis años, cuando la crisis climática apenas era un diagnóstico, la Ley de Glaciares nació de un concenso pionero entre la comunidad científica y la ciudadanía. La Ley establece protecciones mínimas para los cuerpos de hielo y así garantiza el recurso a siete millones de argentinos. Impide, por ejemplo, el extractivismo minero y petrolero donde existen fuentes de agua dulce. Pero bajo supuesto lobby de la “Mesa del Litio” y la “Mesa del Cobre”, Milei envió al Congreso una reforma a esa ley que pretende fragmentar esa protección federal: habilita que este tipo de proyectos, a través de un trámite administrativo ante cada gobierno provincial, puedan ser ejecutados sobre un glaciar.
En total, una de cada cinco personas de nuestro país depende del agua que baja de la cordillera. A su vez el 20% de la infiltración a las cuencas depende no solo de los cuerpos glaciales principales, sino del ambiente periglacial. Esa zona congelada alrededor de los principales cuerpos de hielo, junto a glaciares de escombros y nieves perennes, pueden aportar hasta la mitad del agua para la población cordillerana en épocas de estrés hídrico. Esto no es sólo el agua que tomamos, sino también la que estructura todas las actividades humanas, incluyendo el cultivo de alimentos luego comercializados en todo el país. Entender que somos partes de las cuencas en que vivimos es dimensionar hasta qué nivel el agua está inscripta en toda nuestra materialidad. Lo que tocamos, comemos, tomamos, depende de la disponibilidad del agua. Y al menos hasta ahora, la humanidad no pudo desarrollar ninguna infraestructura que sea capaz de reemplazar la función del hielo como fuente de agua.
La pérdida acelerada de la criosfera andina por el desequilibrio climático reduce la disponibilidad y la estabilidad del agua en gran parte de la Argentina, afectando directamente a cuencas que dependen de glaciares, nieve y ambiente periglacial, y empeorando el estrés hídrico estructural para la mayor parte de nuestro país.
¿Qué conflictividad institucional van a generar las empresas mineras y petroleras que se apoyen en una reforma inconstitucional para avanzar en sus actividades? ¿Cuánta licencia social habrá para acaparar agua cuando el sueldo no alcance para bidones? El intento de vaciar la Ley de Glaciares por parte del sector minero es histórico, pero aparece ahora asociado a una ola de retrocesos en la gestión del agua en Argentina que incluye privatizaciones y vaciamientos estructurales varios. En los últimos dos años la política hídrica nacional viene apoyando la destrucción de las estructuras estatales para dejar en (pocas y extranjeras) manos privadas el poder de decisión sobre la trama de la vida.
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Edilsa Ibañez llega al comienzo del páramo colombiano donde creció. Al pie de la pradera de montaña y antes de empezar a echar pata, pide permiso. Sabe que la sierra da paso a quien entiende que en su espacio no hay sólo un recurso, si no un compañero de vida, un sostén. Para quienes habitan todos los días un entorno así, es cotidiano encontrar en ese paisaje un pedazo del propio corazón. Edilse es una mujer paramera. Su casa es lo que antes era nombrado tierra adentro, pero ahora es un parque nacional, territorio concesionado al resguardo del pueblo U´wa. Es guía de montaña y vive echando pata, subiendo y bajando de la sierra como modo de vida. Su identidad está inscripta en los glaciares de la sierra del Cocuy, y por esto está en peligro. A lo largo de esas superficies congeladas se criaron, se enamoraron, aprendieron a vivir en sintonía con los tiempos de la montaña, Ahora intentan proteger sus formas, ante la amenaza que significa la crisis ambiental para ese territorio.
El hielo se derrite, y la que fue la masa continua de nieve más grande de Sudamérica al norte de la línea del Ecuador hoy está fragmentada en quince pequeños glaciares. Para un pueblo criado entre lo congelado, la muerte del hielo implica también su muerte. El quiénes son depende de su entorno de la forma más profunda posible. A los glaciares los U´was los llaman “zizumas”, es el lugar de descanso de grandes sabedores. Hasta dicen que el glaciar-zizuma fue parte de la creación del mundo. Si los Zizumas se derriten, ¿a dónde irán los antepasados?
Cerca de los veinte picos nevados que el pueblo U’wa entiende como parte de su identidad, empiezan en la Cordillera de los Andes. A lo largo de más de siete mil kilómetros, cientos de picos montañosos alojan a una enorme cantidad de biodiversidad de alta montaña, a lo largo de la cordillera y hasta llegar a Tierra del Fuego y hundirse en las aguas congeladas del Cabo de Hornos. Las conexiones culturales con las cumbres, sus aguas y sus cuencas son distintas para cada comunidad. La creación conjunta es evidente en la identidad de Edilsa y de la Sierra. ¿Cómo se conectan las culturas argentinas con esos cuerpos de hielo, con sus aguas? ¿Qué porción de quiénes somos se pone en juego si la Cordillera se reparte como una torta?
Sobre el otro contorno de nuestro mapa, el litoral ostenta una identidad indivisible con sus humedales, bajantes y crecientes que pulsan en la gran cuenca del Paraná-Plata. ¿Pero cuántas canciones hay para el Mar Argentino? ¿O para las nieves antárticas? Disputas como la del Río Paraná o la exploración offshore en costas bonaerenses, los reclamos de soberanía sobre el Mar Argentino cobraron mayor protagonismo en nuestra discusión social y política frente al negacionismo climático del oficialismo. La expedición a las profundidades del Mar Argentino realizada por el CONICET es uno de los ejemplos más interesantes para inscribir el territorio en la cultura. Personajes como la estrella culona ingresaron ahora al inconsciente colectivo, y ahora viven en dibujos infantiles, memes y remeras . La conexión cultural entre el océano y la argentina se ha transformado. Sabemos que en esas aguas hay mucha vida más allá de la humana, y tal vez ahora también ahora esté un pedazo del corazón del pueblo argentino.
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En ningún lugar del mundo natural el agua existe de forma inodora, incolora e insípida. Sus tonalidades, aromas y sabores son tan variados como los ecosistemas que la producen. Si las temperaturas se acercan a cero grados, cambian sus formas: puede estar congelada, en estado sólido o con porciones cristalizadas. A esa dimensión se la llama “criosfera”, elemento que no es exclusivamente hielo o agua, sino un “gradiente”, espectro de congelamiento fundamental para el balance climático planetario que incluye glaciares, hielos polares, nieve, hielos marinos o el permafrost, esas porciones de suelo, roca o sedimentos que se encuentran congeladas permanentemente. Como los humedales, los glaciares y las nieves andinas son reguladores estacionales: almacenan agua en invierno y la liberan en primavera y verano.
La retirada de los glaciares de montaña es global, y esto tiene implicancias irreversibles para la disponibilidad de agua dulce en lugares que no dependen de lluvias locales. Lo confirma el último informe global del Estado de la Criosfera: el daño es mucho más acelerado de lo que se esperaba. Esto tiene un impacto directo en los sistemas hídricos mundiales, por el efecto en la regulación estacional: cada vez habrá menos acceso al agua. Después de la Antártida, la Patagonia es la región global que mayores campos de hielo alberga. Y la que experimenta la pérdida más severa.
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«Quisiera tener un monte // en un lugar provinciano //
para sentir lo sagrado // a la hora en que el silencio // teje las rondas del canto«,
Atahualpa Yupanqui
En Argentina falta agua. El estrés hídrico es estructural: en casi dos tercios del territorio nacional, la necesidad de agua es siempre mayor que su disponibilidad. Y si bien la cuenca Paraná-Plata no tiene escasez crónica, la bajante de los últimos años ya está generando una enorme inestabilidad hídrica. Mendoza, en cambio, vuelve a estar desesperada: este 2026, en la provincia sólo habrá el 61% del agua de la media, según el Departamento General de Irrigación, principalmente porque en invierno no hubo nieve. Desde hace 25 años los mendocinos padecen la sequía hidrológica, y a pesar de eso la alianza entre Cornejo y la Libertad Avanza insiste en implementar proyectos mineros que consumen enormes cantidades de agua mientras criminalizan a activistas y defensores ambientales que defienden ese bien común. El Proyecto San Jorge, de extractivismo del cobre, data de 2007 pero hasta el último diciembre la protesta social impidió que pudiera concretarse. Fue aprobado en diciembre pasado: desde entonces la población mendocina se moviliza en una nueva gesta por el agua. Llegan a Uspallata para volver a decir no a la mina, el agua de la cordillera no se negocia.
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«Entre Glaciares y morrenas: agua sostenida por tierra: hielo.
Entre subducción y el tiempo: los Andes.”
Diario de campo de Elían Castellanos-Ruiz, 2021
La escala geológica de la Cordillera de los Andes involucra nociones de tiempo profundo. Aunque representantes del sector minero digan que los proyectos que avanzarían sobre ambiente periglacial son de “larga duración”, ¿qué son cuarenta años para un glaciar? Latentes entre los congelados pliegues de la montaña hay inscriptas etapas geológicas enteras. La nieve puede durar días, y el permafrost y hielo marino pueden durar años o décadas, pero adormecidas en el hielo glacial reposan tierras, arenas y materia orgánica con miles de años. Entre los cristales hibernan bacterias, algas, hongos y virus que incluso pueden ser enormemente peligrosos para una red global de vida que ha olvidado las defensas contra ellas .
La investigadora colombiana Elian Castellanos Ruiz estudia el vínculo entre los glaciares y el Pueblo U´wa, el campesinado y los montañistas, y para eso también ha caminado los territorios de la Sierra Nevada del Cocuy, en Colombia. En sus estudios retrata que se suele ver al hielo solo como indicador de la crisis climática, pero en realidad es parte del patrimonio cultural, ontológico y espiritual para muchos territorios. Según prácticas culturales situadas y arraigadas, como las del Pueblo U´wa, es posible afinar el oído y escuchar lo que baja, lento, desde otra era. Al volverse agua los glaciares liberan y cuentan sus historias propias. En el hielo vive también la memoria de las vidas no humanas que han caminado por estos mundos.
El proceso de desglaciación producto de la crisis climática sentencia para mitad del siglo la desaparición de los principales cuerpos. La muerte de un glaciar implica también el fracaso civilizatorio de vincularnos con ese tiempo profundo. Ruinas orgánicas que nos recuerdan que el pasado fue real y que hubo un mundo antes que nosotros.
Por eso quienes dicen “el agua es vida” no sólo se refieren a la vida biológica, a la supervivencia. El agua no sólo es dadora de vida, también la impulsa. Imprime movimiento y dinámica a la vida cotidiana. Sin ese arriba de la cordillera, habría ausencias aguas abajo. No sería el mismo el ritmo al cual pulsa la vida y la cultura. La identidad-territorio depende del agua, y cuando muere un glaciar perdemos la posibilidad de que identidades perduren.
En constante proceso de existencia y reexistencia, un glaciar nunca es el mismo, sino que a medida que pedazos del pasado se hacen agua en un lado, el presente vuelve a solidificarse. Un colosal barco de Teseo que fluye hacia las ciudades que se referencian geográficamente en los picos nevados, que nutren el orgullo de ser de la tierra desde la cual se ha crecido. El territorio no es sólo lo que moldea a los cuerpos, si no también las identidades. La cordillera nos construye como quienes somos.
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2019. A Katrín Jakobsdóttir le toca una tarea difícil. Como Primera Ministra de Islandia decide presidir una ceremonia de la cual odia formar parte. Caminará a través del hielo, junto a centenares de personas, para asistir al funeral de Okjökull. A la edad de 700 años, es el primer glaciar que “muere” oficialmente a causa de la crisis climática. Los que están ahí saben que no será la primera de estas despedidas, pero a las lágrimas les cuesta salir en el frío extremo. La conmoción no es tanto por el hielo que se va, sino por la impotencia que inaugura. Sobre el volcán que fue lecho Okjökull, la primera ministra deja una placa en su honor. La titulan Carta al Futuro: “Este monumento es para reconocer que sabemos lo que está ocurriendo y lo que debe hacerse. Solo ustedes sabrán si lo hicimos.”
¿Seremos las últimas personas en conocer glaciares? Pensar que el único propósito de un glaciar es ser agua, es limitarlo a una imagen de futuro de su final. Para la mirada economicista, un bosque no tiene ningún aporte a la economía hasta tanto y cuanto es talado. Para enormes sectores del poder, no hay nada que valga de un glaciar, hasta tanto y cuanto se vuelva agua. Hasta que deje de existir. Reducir los glaciares a “reservas estratégicas de agua” es encontrar su valor solamente en su final. Sólo valen hoy porque mañana dejarán de existir.
Muchos años más adelante, frente a la inestabilidad climática global, las generaciones más jóvenes recordarán aquella tarde en la que sus antecesores les contaron las historias del hielo que parecía eterno. Según la glaciología, la “muerte” de un glaciar es el punto en el que se reduce hasta tal punto que deja de moverse, entonces ya no será un glaciar sino un campo de nieve. A medida que el ambiente cambia también lo hacen dimensiones de la cultura, que se construye y reconstruye en sinergia constante con su entorno. Y al igual que un glaciar, si la cultura deja de moverse, puede implicar la muerte. Cuenta Castellanos Ruiz que un profesor del departamento de Guican así referenciaba a la pérdida de la memoria: No solo se derriten los glaciares, nosotros también nos estamos derritiendo.
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El ataque contra la Ley de Glaciares no es sólo contra los cuerpos de hielo. Es una ofensiva directa contra los vínculos posibles entre agua, cultura y tiempo. Desde aquel tiempo ancestral hasta hoy, hay solo un río de diferencia. El tiempo acumulado hoy es parte nuestra. Una memoria material que aloja pasados que insisten en decir. Que susurran lentitud y sugieren inmanencia. Conectar con su eventual desaparición es anticipar el duelo de lo que se irá. Hasta la tierra misma, la piedra que da forma a la cordillera, vuelve a moverse. Como se mueve también nuestra conexión con los procesos de desaparición de porciones del mundo natural, de duelo y de continuidad.
En las frías noches de los páramos colombianos, lo que iluminaba el camino de una joven Edilse y su comunidad eran unas plantas nativas: los frailejones. Las niñas se maravillaban cuando les tocaba usar las capas secas que recubren al tallo como antorcha que ilumina la oscuridad del páramo sin electricidad. El frailejón no era sólo una planta sino también un compañero que otorgaba la luz. Para los Uˋwa la humanidad y la naturaleza no están separadas, sino que las nieves o las plantas también son gentes. Gente no humana.
El compromiso con el territorio es tal que cuando el Pueblo U´wa vio fundamentalmente amenazado su territorio por el avance del petróleo entendieron que se trataba de un etnocidio, y así llegaron a tomar la más final de las decisiones. En un Manifiesto Público (hoy dificil de encontrar) declararon: “Preferimos una muerte digna, propia del orgullo de nuestros antepasados que retaron el dominio de conquistadores y misioneros”. Siete mil personas amenazaron con suicidarse colectivamente si su territorio era vulnerado. Casi veinte años después, y gracias a una inclaudicable tenacidad, lograron que la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconociera que tenían que proteger su vida cultural, espiritual y ancestral para tener una vida digna. La corte también reconoció su derecho a participar en la administración del Parque Nacional Natural El Cocuy.
Tener el privilegio de presenciar un glaciar y pensar que su presente no vale por sí mismo es algo incomprensible. Su muerte parece inevitable, sí, ¿pero acaso la nuestra no lo es también? Nada que viva es inmortal. Y conocer nuestro final nos abandona la ilusión de perdurar ¿Cómo delinear éticas del cuidado que incorporen los cuerpos helados más allá de la conservación? Castellanos Ruiz propone el cuidado glaciar: “Un cuidado que implica, más que a humanos, a gente(s), pensándonos Naturaleza desde un cuidado expandido. Parte de las redes que actúan desde lo local y sostienen la vida diariamente: en el encuentro de las gentes alrededor de los glaciares, de la vida“.
¿Qué tienen los glaciares argentinos para decirnos? ¿Qué de todos sus saberes guardan el potencial de pregnar en la cultura?“Es partir de nuestros cuerpos naturales y permitirnos ser naturaleza, en reciprocidad, tensión, conflicto, armonía, comprendiendo la expansión que somos y las redes que nos ombligan”, continúa Castellanos Ruiz.
¿Cómo pensar en formas de organización social que habiten las memorias de la naturaleza? Trayendo al presente lo que fue parte de otros pasados. O inscribiendo en el inconsciente colectivo el cuidado por lo que está más allá de lo conocido, desde el fondo del mar hasta el centro del hielo. Lo que, al igual que nosotros, lucha por re-existir en la tierra del pasado que recorremos.
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