Precios tabú II
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Precios tabú II

 

La tragedia alimentaria argentina no es una desgracia aislada ni transitoria: la voluntad política de profundizarla es evidente y sus efectos empobrecedores se siguen multiplicando.

Por Nerio Corello para NLI

En el artículo anterior nos referimos a los aspectos básicos de un tema subvalorado, cuando no excluido, de la discusión pública. En su inserción sistémica, el problema del precio de los alimentos implica relaciones entre actores de peso en nuestro escenario económico y la pertenencia a un contexto definido.

No se trata, lamentablemente, de un accidente o desvió que con voluntad política se intentará corregir. La evolución del problema muestra una escalada de efectos multiplicadores de empobrecimiento que satisface las expectativas de los poderes reales.

Hemos llegado al punto en el que individuos y familias se endeudan para proveerse de alimentos. Con tasas de interés usurarias, la morosidad aumenta al ritmo que disminuye la cantidad de integrantes de las clases medias y las esperanzas de ascenso social desaparecen tanto en la  realidad como en el imaginario colectivo.

Uno de los datos que considerábamos en la primera nota era el del salario promedio pretendido, es decir: la cifra media que se supone declaran querer ganar aquellos que acceden a una entrevista o aspiran a un puesto.  Las compulsas de enero de 2026 lo ubicaron en $ 1.699.284 mensuales, un 1,87% por debajo del número del mes anterior.

El endeudamiento implica cercanía o caída en la marginalidad financiera, resignación de pretensiones salariales y tácita naturalización de la precariedad laboral en múltiples aspectos. Las tropelías legislativas refuerzan el panorama de orfandad normativa que presiona a los que aún trabajan y a los que buscan empleo: sufrir más, ganar menos y comer mal.

El ejército de desocupados que contribuye a la baja de aspiraciones se oculta estadísticamente al considerar ocupados a monotributistas con agua al cuello, plataformistas eventuales y mujeres y hombres que mal viven de la changa esquiva. Esta y otras hipocresías es de esperar que se pretendan mantener hasta que la configuración en extremo inequitativa del país sea irreversible.

En tanto, clases medias y bajas participan cada vez menos en el reparto de esa torta que llamamos riqueza: solo migajas rancias, cada día más difíciles de canjear por verdadera comida. La brecha de ingresos entre élites y menesterosos se agranda, lo que ha llevado a que desaparezcan de la faz pública los datos oficiales al respecto.

En semejante contexto, la centralidad del precio de los alimentos es insoslayable porque, además de su evidente incidencia cotidiana, es clave para sostener una transferencia de ingresos tan regresiva como constante, en ligazón al costo de servicios esenciales.

Sin embargo, el debate económico nacional ha dejado de lado la microeconomía: quienes pueden hacer escuchar su voz siguen encandilados con los artificios de nuestro castillo de naipes macroeconómico basado en el endeudamiento y los premios a la especulación en el mercado de capitales, al tiempo que festejan o lamentan los vaivenes del Riesgo País.

Al padecer los argentinos inflación en pesos e inflación en dólares, ni siquuiera la importación de alimentos modifica la situación penosa del costo de nutrirse lo mejor posible. La apertura indiscriminada puede destruir PyMES, pero el espejismo de la variedad no favorece el bolsillo de consumidores que ya no aspiran ni a la más ínfima sofisticación en la mesa.

Nos enfrentamos no solo a las restricciones informativas propias de un tema tabú, sino también a una bruma que envuelve los precios e impide evaluar el panorama con claridad. A mantener esta bruma contribuyen, en penosa sinergia, la impostura del INDEC, la indolencia de los economistas y las oscuridades del supermercadismo.

No es necesario abundar en las malas artes estadísticas que justifican los muchos cuestionamientos al INDEC ni en la pusilánime actitud del grueso  de nuestros economistas mediáticos, temerosos del apodo o la ridiculización oficial.

Pero lo del supermercadismo es camaleónico e inquietante porque con una infinita combinación de estrategias de venta y promociones, en diversos canales o modalidades de compra, logra hacer imposible la determinación del precio regular de los productos, un laberinto al que los consumidores ingresan con racionalidad pero pronto se resignan a atravesarlo solo confiados en la suerte del azar.

En el brumoso  supermercadismo confluyen intereses empresariales, políticos y del mundillo financiero. Un combo siniestro para cualquier sistema digestivo. Recordemos la farsa del rechazo de listas de precios a monopolios de la industria alimentaria, las promociones bancarias repletas de exclusiones, los diálogos constructivos con Toto, las promociones gancheras que casi siempre son un faltante a la hora de entrega de las compras virtuales…

Algunos influencers intentaron mantener “carritos modelo” en los sitios virtuales de supermercados y registrar los incrementos del costo final. Casi nada lograron esclarecer. La ruleta de ofertas, segundo al X% y afines, días de descuentos extraordinarios, medios de pago privilegiados o castigados, etc., arrojaban cifras que, por tan cambiantes en composición y resultado, poco decían como referencia.

Más allá de la bruma pero con cautela, no pocas consultoras consideran que en febrero se registró otra suba significativa para los productos que aspiramos a llevar a la mesa. LCG, por ejemplo, calculó un incremento  en  alimentos superior al 3%. El 12 de este mes el INDEC dará cifras oficiales.

Cabe esperar más dietas desequilibradas, más enfermedad, más morosos y mucho silencio cómplice en torno a la tragedia alimentaria argentina.


 

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    Enrique Jones, el británico que pidió permiso para explotar Malvinas

     

    Lejos de ser un marino británico al servicio del Imperio, Enrique Jones fue un comerciante y capitán dedicado a la actividad privada, protestante de origen, que se integró plenamente a la sociedad porteña tras la Revolución. Casado dos veces en Buenos Aires, dedicado a la pesca lobera y al comercio marítimo en la Patagonia y el Atlántico Sur, su nombre quedó ligado a Malvinas por un documento clave de 1813 que hoy incomoda al relato colonial británico.

    Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI

    Un inglés común, no un agente imperial

    Enrique Libanus Jones —también citado como Henry Jones en documentos de época— no fue un oficial de la Corona ni un aventurero enviado por Londres, sino un comerciante privado que se declaró nacido en Londres (aunque algunos investigadores lo dan nacido en Gales), hijo legítimo de William (Guillermo) Jones y Mary (María) Tildesley o Tisley, de religión protestante, como él mismo declaró formalmente ante la Iglesia Católica en Buenos Aires en 1817.

    Del Atlántico Norte al sur del mundo

    Para comienzos de la década de 1810, Jones ya estaba instalado en Buenos Aires y participaba activamente del circuito marítimo y comercial del Atlántico Sur, especialmente en la pesca de lobos marinos, una actividad lucrativa en la época por el valor del cuero y la grasa.

    Era propietario y capitán del bergantín El Rastrero, una nave de uso comercial, típica de la navegación lobera. En 1812, El Rastrero realizó un viaje exitoso a bahía San José, en la actual Península Valdés, de donde regresó con miles de cueros de lobo marino. Ese antecedente explica el paso siguiente.

    El documento de 1813 y el vínculo con Malvinas

    El 30 de enero de 1813, Enrique Jones presentó una solicitud formal ante el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata para que su bergantín pudiera dirigirse a las Islas Malvinas y las costas del sur con fines de pesca lobera.

    Estos barcos eran típicos del comercio marítimo de fines del siglo XVIII y principios del XIX: de vela, relativamente pequeños, rápidos y maniobrables, adecuados para faenas en costas agrestes y abiertas como las de la Patagonia y el Atlántico Sur, alejadas de rutas comerciales regulares.

    El dato es central: Jones pidió permiso, reconoció autoridad y actuó dentro del marco administrativo del Estado rioplatense. No navegó “por su cuenta” ni bajo respaldo británico.

    Ese documento, conservado en el Archivo General de la Nación, es una de las pruebas históricas más incómodas para el discurso colonial posterior: un súbdito británico solicitando autorización a Buenos Aires para operar en Malvinas, veinte años antes de la ocupación militar inglesa de 1833.

    Comerciante

    Toda la trayectoria conocida de Jones lo muestra como un empresario marítimo, no como un actor político ni militar. Tras sus viajes con El Rastrero, continuó participando en emprendimientos comerciales vinculados a la Patagonia, incluso asociándose con otros comerciantes del período.

    Algunas de sus expediciones terminaron en naufragios y pérdidas, algo habitual en una actividad riesgosa y sin respaldo estatal. Aun así, su figura aparece reiteradamente en documentos locales, lo que refuerza su condición de vecino conocido y tolerado por las autoridades.

    La continuidad de la actividad económica de Enrique Jones después de 1813 puede seguirse con bastante precisión en los registros del período. En 1814, su nombre aparece asociado al naufragio de la goleta Bella Elisa (o Lovely Eliza) en el golfo San Jorge, cuando la nave se dirigía hacia la Patagonia en una nueva expedición vinculada a la pesca de lobos marinos, un episodio que ilustra tanto la persistencia de Jones en el negocio como los riesgos extremos de esa navegación. Lejos de retirarse, en 1815 volvió a emprender viajes comerciales, esta vez en sociedad con otros comerciantes, entre ellos Carleton Allsopp, operando embarcaciones como el bergantín Antílope en tareas combinadas de pesca y transporte marítimo.

    Al año siguiente, en 1816, amplió aún más el alcance de sus operaciones, participando en expediciones que incluían el traslado de caballos y peones a la Patagonia para la captura de ganado cimarrón, una actividad complementaria destinada a abastecer y sostener las tripulaciones de los buques loberos. En ese mismo entramado de negocios, Jones se integró en sociedades comerciales con otros empresarios y colonos de la región, entre ellos Luis Vernet, figura que años más tarde tendría un rol central en los intentos de colonización y regulación de la pesca en las Islas Malvinas, lo que vuelve a situar a Jones dentro de un circuito económico plenamente inserto en la órbita rioplatense y previo a cualquier pretensión británica sobre el archipiélago.

    La conversión religiosa y el arraigo porteño

    El 11 de abril de 1817, Enrique Jones firmó un acto de reconciliación con la Iglesia Católica Romana en la entonces Catedral de Buenos Aires. Allí declaró:

    • ser protestante,
    • haber nacido en Londres,
    • ser hijo legítimo de Guillermo Jones y María Tildesley.

    El motivo era claro y habitual en la época: contraer matrimonio con una mujer católica porteña.

    El 1.º de mayo de 1817, Jones se casó con Bonifacia Falcón Martínez Fontes, su primera esposa. Este paso marca un punto de inflexión: Jones deja de ser solo un comerciante extranjero y se integra formalmente a la sociedad local.

    Tras quedar viudo, Enrique Jones volvió a casarse, esta vez con María Isabel de Elía Warnes, también porteña. Con ella tuvo descendencia en Buenos Aires que llega hasta nuestros días, consolidando su arraigo definitivo.

    Este dato es clave para entender su figura: Jones no regresó a Inglaterra, no fue un aventurero ocasional y no actuó como emisario de ningún poder colonial. Su vida familiar, su descendencia y sus vínculos sociales quedaron en el Río de la Plata.

    Tal vez nacido en Londres, británico sin dudas, reconoció al Estado argentino en formación, se convirtió al catolicismo para casarse, formó familia en Buenos Aires y desarrolló su actividad económica bajo reglas locales.

    Cuando Gran Bretaña ocupó Malvinas en 1833, Enrique Jones llevaba años de vida porteña, matrimonios locales y descendencia argentina. Su pedido de 1813 queda así como una prueba documental previa, incómoda y concreta, de que las islas eran administradas desde Buenos Aires y reconocidas como tales incluso por súbditos británicos.

    Fuentes y bibliografía consultadas

    • Archivo General de la Nación (Argentina)
      Solicitud presentada por Enrique (Henry) Jones ante el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata para que el bergantín El Rastrero pueda dirigirse a las Islas Malvinas y costas del sur con fines de pesca lobera, 30 de enero de 1813.
    • Registros parroquiales de Buenos Aires
    • Harambour, Alberto
      Lobos, pieles y capitales. La economía lobera en el Atlántico Sur (siglos XVIII y XIX).
      Publicaciones académicas sobre la explotación lobera en Patagonia y el Atlántico Sur.
    • Destéfani, Laurio H.
      Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur: antecedentes históricos y jurídicos.
      Análisis documental sobre la administración rioplatense previa a 1833.
    • Bonicatto, Carolina; Canclini, Arnoldo
      Estudios sobre comerciantes y navegantes extranjeros en Buenos Aires durante el período revolucionario.
    • CONICET – Repositorio Digital
      Trabajos académicos sobre la pesca lobera, comerciantes británicos y circuitos económicos en la Patagonia oriental y el Atlántico Sur durante las primeras décadas del siglo XIX.
    • Observatorio Malvinas – Universidad Nacional de Lanús
      Compilaciones documentales y análisis históricos sobre soberanía argentina en Malvinas y antecedentes administrativos previos a la ocupación británica de 1833.

     

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    Cambios de nombres, dos plazas unificadas y un pequeño botánico urbano. La superficie que hoy ocupa la Plaza de los Próceres era parte del proyecto fundacional de Villa Regina en 1924, tal como se observa en el plano original. Con el paso de los años, este espacio verde cambió su nombre y su fisonomía, convirtiéndose…

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  • Los homicidios en la Ciudad cayeron a su menor nivel desde 1994

     

    Todos los tipos de delitos disminuyeron en la Ciudad durante 2025 y los homicidios tuvieron su nivel más bajo en 31 años con 2,5 por cada cien mil habitantes. Buenos Aires mantiene el segundo lugar entre las capitales de América con menos homicidios por detrás de Ottawa.

    En 2025, los homicidios cayeron 3% respecto de 2024 y llegaron a las 78 víctimas fatales.

    «Algunos índices quedaron por debajo de la pandemia», festejó Jorge Macri en una presentación con medios de prensa. «Todas las formas de delito bajaron de un año al otro y en algunos casos con números récord absoluto desde que hay estadísticas», explicó el jefe de Gobierno.

    Los robos de automotores, un delito que tiene estadísticas más confiables porque siempre se denuncia, cayó un 54% respecto del año anterior y totalizaron 524. La cifra es incluso menor a la registrada en los años de pandemia.

    Los robos cayeron 27% respecto de 2024 y quedaron en su mínimo histórico desde el año 2000, sin contar el 2020 y 2021, años pandémicos. 2024 había terminado con 68.392 robos y en 2025 fueron 50.069.

    El capítulo de robos con armas también registró un descenso y pasaron de 8.445 en 2024 a 5.566 en 2025, un 34% menos.

    «Vos podés venir a delinquir a la Ciudad, pero no te la vas a llevar de arriba», dijo Macri y destacó que el 80% de los delitos denunciados tiene resolución. «Sostenemos el cumplimiento de la ley y la defensa de la policía, les damos cada vez más recursos y aumentamos la inversión», argumentó acompañado por el ministro de Seguridad, Horacio Giménez, y el secretario de Seguridad, Maximiliano Piñeiro.

     

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