El Intendente Marcelo Orazi recibió este martes al vicegobernador de la provincia Alejandro Palmieri. Durante el encuentro analizaron el desarrollo de estos primeros meses del año, la situación actual en el marco de la pandemia por COVID-19 y distintos aspectos vinculados a la relación entre el Municipio local y el trabajo legislativo.
En este marco, el Intendente Orazi le brindó al vicegobernador detalles de las gestiones que se vienen realizando ante el Gobierno provincial y también ante Nación, además de expresarle su agradecimiento por el acompañamiento permanente a las acciones desarrolladas por el Ejecutivo municipal.
Luego, Orazi y Palmieri recorrieron la obra de remodelación de la calle Libertad que se encuentra en la etapa final con la preparación del terreno para proceder a la pavimentación del tramo faltante. En este sentido, el vicegobernador destacó que “esta obra es una muestra de la coordinación de esfuerzos entre el Estado provincial y el Municipio de Villa Regina, ya que se trata de una obra delegada”.
Tras el encuentro con el Intendente, Palmieri se trasladó al Concejo Deliberante, oportunidad en la que se firmó el convenio para mejorar la digitalización del Digesto Municipal.
En el trayecto de las pocas cuadras que dividen a la Rosada de la Bolsa, Milei fue insultado por las personas que lo esperaban tras las rejas de la Casa de Gobierno y que le gritaron «vendepatria».
El insulto cayó el mismo día en que Milei cuestionó a los jugadores de la Scaloneta por reclamar la soberanía de Malvinas y horas después de que el oficialismo fracasara en su intento por aprobar una ley para vender tierras a extranjeros.
Pero si había un lugar en el que no imaginaba recibir críticas el libertario era dentro de la Bolsa de Comercio, a la que además de empresarios lisonjeros, asistió buena parte del gabinete.
El presidente llevaba adelante un discurso sobre crecimiento económico en un tono monocorde hasta que se sacó con una crítica de uno de los asistentes al acto por el 172° aniversario de la Bolsa de Buenos Aires.
«Por más que generen ingresos, no van a poder crecer. Si ustedes tienen un gobierno asquerosamente populista que genera 15 puntos de déficit fiscal en términos de PBI, se van a estrellar», dijo Milei.
Desde el público, alguien se animó a gritarle «como el de ahora». El libertario es acusado de populistas por los economistas ortodoxos que cuestionan el dólar planchado y las tasas altas.
«No ahora, no. Antes. Nosotros salimos de eso, justamente», le respondió el presidente a su crítico. Y luego se brotó.
«Es decir, nosotros hicimos ese ajuste que los malditos populistas dejaron plantada la bomba. Sí, digamos, voy a terminar, digamos, este mandato y voy a ser reelecto, y voy a tener cuatro años más», dijo antes de recibir el aplauso del público.
Pero Milei no se conformó con los gestos halagüeños del público y se quedó enredado con el crítico que le seguía gritando cosas.
«Y te voy a dar una mala noticia adicional: estamos sentando las bases para cien años de liberalismo. Por lo tanto, si no te gusta, andate a Cuba», amenazó el referente de La Libertad Avanza.
Milei no se recuperó de la crítica y en otro tramo de su discurso volvió a atacar al escucha disidente. «Che, ¿por qué no te alquilás un salón y te vas a hablar si tenés tantas ganas de hablar? En la época que yo no era presidente daba conferencias para mil, 2 mil y hasta 10 mil personas. Tenés una carrera si te gusta hablar tanto, kuka», dijo Milei, ya sacado
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Cuando el vocero presidencial calificó a la Argentina como un «país bananero», desató una fuerte polémica. Sin embargo, la mayor contradicción no estaría en la frase en sí, sino en que el propio gobierno de Javier Milei impulsa políticas que, para sus críticos, acercan al país a la definición histórica de una «república bananera»: exportación primaria, extranjerización de los recursos estratégicos, dependencia de intereses foráneos y pérdida de soberanía.
Por Roque Pérez para NLI
¿Qué significa realmente «república bananera»?
La expresión «república bananera» fue acuñada en 1904 por el escritor estadounidense O. Henry para describir a países centroamericanos cuya economía dependía casi exclusivamente de la exportación de bananas y cuyo funcionamiento político estaba condicionado por grandes corporaciones extranjeras, especialmente la United Fruit Company.
Con el tiempo, el concepto dejó de referirse únicamente al monocultivo para transformarse en una categoría política. Hoy suele describir a Estados caracterizados por instituciones débiles, corrupción, dependencia económica, primarización de la economía y una fuerte influencia de potencias extranjeras sobre sus decisiones soberanas.
Precisamente por ese significado histórico fue que la frase del vocero presidencial generó rechazo. Porque si existe un debate abierto en la Argentina actual es si las políticas del Gobierno están fortaleciendo o debilitando la capacidad del Estado para decidir sobre sus propios recursos estratégicos.
Un modelo basado en materias primas y apertura irrestricta
Desde su llegada al poder, el gobierno de Javier Milei sostiene que la Argentina debe especializarse en aquellas actividades donde posee ventajas comparativas: agro, minería, petróleo y gas, relegando cualquier estrategia activa de industrialización.
A esa orientación económica se suma el impulso para modificar la legislación sobre tierras rurales. El proyecto promovido por el oficialismo elimina el límite nacional del 15% de tierras rurales en manos extranjeras y delega esa regulación en las provincias, además de flexibilizar otras restricciones vigentes. Diversos sectores políticos, académicos y ambientales advierten que esos cambios facilitarían una mayor extranjerización de recursos estratégicos y zonas con importantes reservas de agua y minerales.
Para los defensores del proyecto se trata de atraer inversiones. Para sus detractores, representa un paso más hacia un modelo donde los activos estratégicos nacionales quedan crecientemente bajo control de capitales extranjeros.
La discusión remite, justamente, al origen del concepto de «república bananera»: países cuya riqueza natural termina administrada por grandes intereses privados externos mientras el Estado reduce su capacidad de regulación.
La otra característica: corrupción e instituciones debilitadas
Otra de las características históricas asociadas al concepto de «país bananero» es la debilidad institucional acompañada por sospechas permanentes de corrupción.
Paradójicamente, el Gobierno que utilizó esa expresión enfrenta desde hace meses distintos cuestionamientos públicos. Entre ellos aparecen las denuncias derivadas del caso $LIBRA, las investigaciones periodísticas sobre supuestos pedidos de retornos conocidos mediáticamente como el «3%», las polémicas vinculadas con funcionarios del Ejecutivo, los gastos de Adorni, los vínculos de Espert y diversas causas que aún continúan en distintas instancias judiciales.
Más allá del resultado que finalmente tengan esas investigaciones, la contradicción política resulta evidente: mientras se descalifica al país utilizando un concepto asociado históricamente a corrupción y captura del Estado, el propio oficialismo convive con denuncias que alimentan ese mismo debate público.
Soberanía exterior: Washington, Tel Aviv y el alineamiento absoluto
La definición clásica de «república bananera» también incluía otro elemento central: la subordinación política frente a potencias extranjeras.
En ese aspecto, la política exterior de Javier Milei ha marcado un giro sin precedentes. El Presidente ha manifestado reiteradamente que sus principales aliados son Estados Unidos e Israel, alineando la política internacional argentina con las posiciones de Donald Trump y del gobierno israelí prácticamente sin matices.
Ese alineamiento se expresó en votaciones internacionales, acuerdos diplomáticos, cambios en la política exterior e incluso en decisiones simbólicas que modificaron décadas de tradición diplomática argentina.
Los críticos sostienen que ese esquema reduce los márgenes de autonomía estratégica del país y condiciona decisiones soberanas en función de intereses geopolíticos externos.
La reacción oficial también contrasta con la actitud que el propio Gobierno mostró frente a la reivindicación de la causa Malvinas durante el Mundial. Mientras la Selección Argentina posó orgullosamente junto a una bandera en defensa de la soberanía nacional antes del encuentro frente a Inglaterra, desde el oficialismo surgieron voces que cuestionaron ese gesto y buscaron desalentar la presencia de símbolos vinculados a las islas en los estadios, en línea con las restricciones impulsadas por la FIFA. La contradicción resulta difícil de disimular: se intenta exhibir firmeza frente a un buque británico después de haber quedado expuesto por una actitud que muchos interpretaron como complaciente con las exigencias internacionales y distante del histórico reclamo argentino sobre Malvinas.
La paradoja de llamar «bananero» al país
El término utilizado por el vocero presidencial nació hace más de un siglo para describir economías dependientes, con Estados débiles y gobiernos condicionados por grandes intereses extranjeros.
Por eso la polémica excede una frase desafortunada.
Porque mientras desde la Casa Rosada se utiliza «país bananero» como un insulto dirigido hacia la Argentina, la orientación económica del Gobierno apuesta a profundizar la especialización en materias primas, flexibilizar los límites para la compra de tierras por capitales extranjeros, reducir la intervención estatal sobre sectores estratégicos y sostener un alineamiento internacional casi automático con Washington y Tel Aviv.
En definitiva, la mayor contradicción no parece estar en la utilización del término, sino en que muchas de las políticas impulsadas por la propia administración libertaria son presentadas por sus críticos como rasgos que históricamente definieron precisamente aquello que el vocero pretendió utilizar como descalificación: una auténtica «república bananera».
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