LOS HERMANOS SORIA SE POSICIONAN

A tres días de arrasar en  las urnas, María Emilia Soria aprovechó una gran oportunidad para posicionar su nombre a nivel nacional, fue la única diputada del FpV que votó a favor del desafuero de De Vido. La Legisladora rionegrina pidió la palabra en el recinto pese a que su jefe de bloque Héctor Recalde ordenó que nadie bajara a debatir. A raíz de esto se encuentra en los grandes portales informativos del país. Por supuesto, La Tapa, no va a ser menos.

Así fue como expresó su posición con respecto al pedido de desafueros del ex Ministro Kirchnerista: “No quería dejar de enunciar la maniobra que tiene por finalidad extraer a la opinión pública del tremendo ajuste que se viene, sin embargo debo reconocer que el pedido de tratamiento se ajusta a las previsiones de ley de fueros a diferencia de la anterior por lo que voy a votar afirmativo al desafuero de De Vido”.

Luego  agradeció a sus compañeros de bancada que entendieron porque ella debía estar hoy en su banca. Y concluyó, “Yo nací en una casa Peronista y aprendí dos cosas. A no renunciar a mis principios y a dar siempre la cara”.

¿Cómo reacciona el PJ, un partido político de “cuartel”, ante una insubordinación semejante?  El movimiento político táctico estratégico del “Clan” Soria a ¿quién los acerca y de quien los aleja?  ¿Gana más enemigos que aliados?  Resulta oportuno rememorar la frase de Vitto Corleone en el  clásico cinematográfico El Padrino, “Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos”.

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    El pueblo argentino que llegó a tener un cine donde hoy solo quedan ruinas

     

    En muchos lugares del interior argentino, el cierre del ferrocarril significó mucho más que perder un servicio de transporte. Algunas localidades quedaron sin tren, sin trabajo y, con el tiempo, prácticamente sin habitantes. Pero hubo pueblos que llegaron a tener una vida cultural sorprendente: clubes, cines, bibliotecas, bailes y comercios que hoy cuesta imaginar cuando se observan sus calles silenciosas.

    Por Redacción de NLI

    Hay una Argentina que no aparece en los grandes mapas turísticos. Está formada por pequeños pueblos que alguna vez tuvieron estación ferroviaria, almacén, escuela, club social, iglesia, taller mecánico y una plaza donde se conocían todos. Algunos llegaron a tener una actividad cultural que hoy asociamos exclusivamente con las grandes ciudades: proyectaban películas, organizaban bailes, recibían compañías teatrales y tenían sociedades de fomento que funcionaban como verdaderos centros comunitarios. Después, lentamente, muchas de esas localidades comenzaron a vaciarse. El tren dejó de pasar, las oportunidades laborales desaparecieron y las nuevas generaciones se marcharon. Lo que quedó fueron edificios abandonados y una memoria que todavía sobrevive entre quienes nacieron allí.

    Cuando el tren llevaba también cultura

    Durante buena parte del siglo XX, el ferrocarril fue mucho más que una infraestructura destinada a trasladar pasajeros y mercancías. Para cientos de pueblos argentinos representaba el vínculo cotidiano con el resto del país. Por sus vías llegaban diarios, cartas, medicamentos, herramientas, alimentos y visitantes. Pero también llegaban músicos, compañías teatrales, proyectores cinematográficos y películas.

    El desarrollo del cine ambulante tuvo una importancia especial en esos lugares. Antes de que existieran salas modernas y antes de que la televisión ingresara masivamente a los hogares, una función cinematográfica podía convertirse en el acontecimiento de la semana. En algunos pueblos la proyección se realizaba en salones de clubes, sociedades de fomento o edificios improvisados como salas de espectáculo.

    La experiencia tenía algo que hoy resulta difícil de reproducir. Ver una película no era una actividad doméstica: implicaba salir de casa, encontrarse con vecinos, comprar una entrada y compartir durante un par de horas una misma historia con toda la comunidad. El cine era entretenimiento, pero también era una forma de sociabilidad.

    En muchos pueblos, además, el club cumplía funciones que excedían ampliamente al deporte. Allí funcionaban bibliotecas, salones de baile, comisiones de ayuda, espacios para reuniones políticas y sociales, canchas y, en algunos casos, verdaderas salas culturales.

    El edificio podía ser modesto, pero su importancia para la comunidad era enorme.

    El pueblo que desaparece cuando desaparecen sus instituciones

    El problema comenzó cuando cambió la estructura económica que había permitido crecer a aquellas localidades. La mecanización de las tareas rurales redujo la necesidad de trabajadores, mientras las rutas comenzaron a desplazar progresivamente al ferrocarril como principal medio de comunicación.

    La situación se profundizó con las sucesivas políticas de cierre de ramales ferroviarios aplicadas durante distintas etapas de la historia argentina. Cuando una estación dejaba de funcionar, el impacto se multiplicaba. El almacén vendía menos, el hotel recibía menos pasajeros, el taller perdía clientes y la escuela comenzaba a tener menos alumnos.

    El proceso no ocurría de un día para otro. Era una especie de erosión demográfica. Primero se iba una familia; después otra. Los jóvenes viajaban a las ciudades para estudiar y muchos ya no regresaban. Los comercios reducían sus horarios y finalmente cerraban. El club comenzaba a tener menos socios. La biblioteca perdía lectores. El cine dejaba de proyectar películas.

    Y entonces ocurría algo fundamental: el pueblo no solamente perdía habitantes. Perdía lugares de encuentro.

    Esa diferencia es importante para comprender por qué muchas localidades terminaron convirtiéndose en pueblos fantasma. Una comunidad puede sobrevivir con pocos habitantes si conserva instituciones, servicios y vínculos. Pero cuando desaparecen simultáneamente la estación, el comercio, la escuela, el club y los espacios culturales, mantener una población estable se vuelve cada vez más difícil.

    Cine Club Colón de Roque Pérez

    Las ruinas de una Argentina que todavía vive en la memoria

    Hoy pueden encontrarse en distintas provincias edificios que alguna vez fueron centros de una intensa vida comunitaria. Antiguos cines con sus fachadas deterioradas, estaciones convertidas en museos, clubes sostenidos por unos pocos socios y viejas bibliotecas donde los libros permanecen como testigos de una época distinta.

    Para quienes recorren esos lugares, resulta difícil imaginar que allí alguna vez hubo cientos de personas esperando el tren, familias caminando hacia el cine o multitudes reunidas para un baile.

    Pero las ruinas no cuentan toda la historia.

    En muchos pueblos, antiguos habitantes regresan periódicamente para fiestas, aniversarios o reuniones familiares. Los clubes recuperan actividades. Algunas estaciones ferroviarias son restauradas. Viejas salas vuelven a utilizarse para eventos culturales. La memoria se convierte así en una forma de resistencia frente al abandono.

    Hay algo profundamente argentino en esa relación con los pueblos ferroviarios. La nostalgia no se explica solamente por el deseo de recuperar un pasado idealizado. También existe el reconocimiento de que aquellas pequeñas localidades representaban una forma de integración territorial en la que el desarrollo no estaba concentrado exclusivamente en las grandes ciudades.

    Un cine de pueblo podía parecer insignificante frente a las grandes salas de Buenos Aires o Rosario. Una biblioteca con unos pocos cientos de libros podía parecer modesta frente a una universidad. Un club con una cancha de tierra difícilmente podía competir con las grandes instituciones deportivas. Pero para quienes vivían allí, esos espacios eran el centro de la vida social.

    Por eso, cuando desaparecieron, desapareció algo mucho más grande que un edificio.

    La historia de esos pueblos permite pensar qué significa realmente desarrollar un territorio. No alcanza con construir una ruta o inaugurar una obra aislada. Una comunidad necesita transporte, escuelas, hospitales, trabajo, conectividad y también lugares donde encontrarse.

    Quizás por eso las viejas estaciones, los clubes y los cines abandonados producen una sensación tan particular. No son solamente edificios viejos. Son las huellas materiales de una sociedad que alguna vez tuvo otra distribución territorial y otra relación con el tiempo.

    Y detrás de cada fachada descascarada existe una historia que merece ser contada: la de las personas que llegaron, trabajaron, formaron familias, fueron al cine, bailaron, viajaron en tren y construyeron una vida en lugares que hoy muchas veces apenas aparecen en un mapa.

    Porque un pueblo no desaparece solamente cuando deja de tener habitantes. También desaparece cuando dejamos de recordar para qué existió.

     

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    La nueva cruzada ideológica de Trump que Milei ya abraza: cómo Estados Unidos busca construir una alianza global contra la izquierda y por qué preocupa el rol de la Argentina

     

    La participación del Gobierno de Javier Milei en una cumbre impulsada por Donald Trump abrió interrogantes sobre el alineamiento argentino con una estrategia internacional que busca construir una coalición contra la izquierda y ampliar la cooperación en inteligencia y seguridad.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    Alejandra Monteoliva, Andrew Bailey y Peter Lamelas

    Detrás de una cumbre internacional presentada oficialmente como un encuentro para fortalecer la cooperación contra el terrorismo, la administración de Donald Trump comenzó a desplegar una estrategia mucho más ambiciosa: construir una coalición internacional que identifique a la izquierda como una amenaza geopolítica. La presencia de funcionarios argentinos en ese encuentro no pasó inadvertida y abrió interrogantes sobre el rumbo que está tomando la política exterior de Javier Milei y el grado de alineamiento que su gobierno está dispuesto a asumir con Washington.

    Durante buena parte de su gestión, Javier Milei convirtió la llamada «batalla cultural» en uno de los ejes centrales de su discurso político. El Presidente no sólo planteó una confrontación permanente contra el socialismo, el progresismo y lo que denomina «la agenda woke», sino que además buscó internacionalizar esa pelea participando de foros conservadores y estrechando vínculos con referentes de la nueva derecha global. Sin embargo, lo que hasta hace poco parecía limitarse al plano discursivo comienza ahora a trasladarse al terreno de la diplomacia, la seguridad y la inteligencia internacional.

    Ese cambio de escala quedó expuesto tras la cumbre organizada por la administración de Donald Trump, donde participaron representantes de más de sesenta países y a la que la Argentina asistió a través del vicecanciller Pablo Quirno. Según reveló la periodista Luciana Bertoia, la reunión no estuvo orientada únicamente a fortalecer mecanismos tradicionales de cooperación contra organizaciones terroristas, sino que tuvo como uno de sus objetivos centrales comenzar a articular una coalición internacional frente a lo que Washington define como la amenaza del «terrorismo de izquierda», una categoría que abre numerosos interrogantes por su amplitud conceptual y por las consecuencias que podría tener en términos políticos e institucionales.

    Una definición de «terrorismo» que ya no parece limitarse a organizaciones armadas

    Uno de los aspectos más relevantes del encuentro es que la administración estadounidense comenzó a utilizar un lenguaje que amplía considerablemente el concepto tradicional de terrorismo. Históricamente, esa categoría estuvo asociada a organizaciones armadas específicas cuya caracterización surgía de tratados internacionales, resoluciones de Naciones Unidas o listados confeccionados por distintos Estados. Sin embargo, el discurso presentado durante esta cumbre parece incorporar una dimensión mucho más ideológica, donde la principal preocupación deja de ser exclusivamente la existencia de grupos armados para pasar a concentrarse también en organizaciones y movimientos que Estados Unidos considera parte de una amenaza política vinculada a la izquierda internacional.

    Ese corrimiento no es un detalle menor. Cuando una categoría jurídica tan sensible como la de terrorismo comienza a mezclarse con definiciones ideológicas, inevitablemente aparecen preguntas sobre cuáles serán los límites de esa clasificación, qué actores podrían quedar incluidos bajo ese paraguas y hasta dónde podrían extenderse los mecanismos de vigilancia, cooperación e intercambio de información entre los distintos países participantes.

    Por ese motivo, distintos especialistas en derecho internacional y organismos de derechos humanos vienen advirtiendo desde hace tiempo que cualquier ampliación de esas categorías exige controles institucionales particularmente rigurosos para evitar que herramientas diseñadas para combatir organizaciones violentas terminen utilizándose con finalidades políticas.

    El alineamiento con Washington ya dejó de ser solamente diplomático

    Desde la llegada de Milei a la Casa Rosada, el acercamiento con Estados Unidos se transformó en uno de los pilares de la política exterior argentina. Las coincidencias ideológicas con Trump, la afinidad con sectores conservadores norteamericanos y el respaldo permanente a la agenda impulsada por Washington en distintos organismos internacionales fueron consolidando una relación que ya trascendió el plano estrictamente diplomático.

    En los últimos meses comenzaron a multiplicarse las reuniones entre funcionarios de ambos gobiernos en áreas sensibles como seguridad, defensa e inteligencia. La reciente visita a la Argentina de autoridades del FBI y la participación de representantes nacionales en distintos encuentros organizados por Estados Unidos forman parte de esa profundización del vínculo, que para el oficialismo representa una oportunidad para fortalecer la cooperación internacional, pero que para buena parte de la oposición implica un proceso de alineamiento cuya magnitud todavía no fue suficientemente explicada ante la sociedad.

    Porque una cosa es coordinar acciones contra organizaciones terroristas internacionalmente reconocidas y otra muy distinta es integrar una estrategia geopolítica donde la definición misma de quién constituye una amenaza pasa a depender, en buena medida, de criterios políticos establecidos por la principal potencia mundial.

    Las preguntas que la Cancillería todavía no respondió

    Hasta el momento, el Gobierno argentino no difundió documentación oficial que permita conocer con precisión qué compromisos asumió durante esa reunión ni cuál fue exactamente la posición que llevó la delegación encabezada por Pablo Quirno.

    Tampoco explicó si la participación argentina implicará nuevos acuerdos de intercambio de información entre organismos de inteligencia, si habrá modificaciones en los mecanismos de cooperación existentes o si se avanzará en convenios específicos con agencias estadounidenses.

    Ese vacío informativo comenzó rápidamente a generar pedidos de informes desde distintos sectores opositores, que consideran indispensable que el Congreso conozca el alcance de cualquier entendimiento que pueda afectar áreas tan sensibles como la inteligencia, la seguridad nacional o la política exterior.

    La preocupación no gira únicamente alrededor del contenido de la reunión, sino también sobre el modo en que este tipo de acuerdos suelen desarrollarse, muchas veces mediante memorandos o mecanismos de cooperación administrativa que no siempre reciben un debate público acorde con su importancia institucional.

    De la batalla cultural a una política internacional coordinada

    Quizás el dato más significativo de todo este episodio sea que la denominada batalla cultural, que durante años funcionó como una herramienta de construcción política y electoral para las nuevas derechas occidentales, comienza a institucionalizarse como un eje de coordinación entre gobiernos.

    Lo que antes aparecía como un discurso pronunciado en campañas, conferencias o foros ideológicos empieza ahora a traducirse en reuniones diplomáticas, estrategias de seguridad y posibles mecanismos permanentes de cooperación internacional.

    En ese contexto, la participación argentina adquiere una relevancia que excede largamente un simple encuentro protocolar. Si el Gobierno efectivamente acompaña la estrategia impulsada por Washington, la Argentina podría quedar incorporada a una arquitectura internacional cuya lógica ya no se limita a combatir organizaciones terroristas tradicionales, sino que incorpora una fuerte dimensión ideológica en la definición de las amenazas globales.

    Por eso, más allá de las simpatías o diferencias políticas que puedan existir respecto del gobierno de Milei o de la administración Trump, el debate de fondo pasa por otra cuestión mucho más trascendente: hasta dónde puede llegar el alineamiento internacional de un país sin que exista una discusión pública, parlamentaria e institucional sobre los compromisos que ese alineamiento implica, especialmente cuando involucra áreas tan sensibles como la inteligencia, la seguridad y la definición misma de quiénes pasan a ser considerados enemigos políticos en el escenario internacional.

     

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