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La caución bursátil, conocida habitualmente como el «plazo fijo de la bolsa», comenzó a perder atractivo para los inversores que buscan obtener rendimiento en pesos mientras mantienen una elevada disponibilidad de sus fondos.
Con tasas cercanas al 20% anual y una inflación que todavía se proyecta por encima de ese nivel, el rendimiento real de esta alternativa puede ser negativo.
La caución se utiliza principalmente para administrar liquidez de corto plazo. El mecanismo permite colocar pesos durante períodos breves y obtener una tasa pactada, con la ventaja de operar dentro del mercado de capitales y conocer de antemano el rendimiento de la operación.
Sin embargo, el escenario cambia cuando el objetivo deja de ser simplemente estacionar dinero durante algunos días y pasa a ser preservar el poder adquisitivo del capital. En ese caso, otras alternativas de renta fija comienzan a ofrecer una relación más atractiva entre plazo y rendimiento.
«La caución, con una tasa cercana al 20% anual, es una herramienta muy útil para administrar liquidez de corto plazo. Pero si la inflación esperada ronda el 30%, como vehículo de ahorro pierde atractivo porque el rendimiento real termina siendo negativo», explicó el asesor financiero Leandro Stainnekker.
Por eso, el ejecutivo planteó que para períodos de inversión algo más extensos conviene analizar instrumentos que permitan capturar una tasa superior. «Hoy, por ejemplo, la Lecap S30N6 ofrece una TIR cercana al 30% anual, bastante por encima de la caución», señaló.
El menú también incluye los Boncaps, que permiten fijar una tasa en pesos durante un período más prolongado, y los bonos ajustados por inflación. Entre estos últimos, Stainnekker mencionó al TX28, que actualmente ofrece un rendimiento aproximado de CER + 8,4% anual.
La caución, con una tasa cercana al 20% anual, es una herramienta muy útil para administrar liquidez de corto plazo. Pero si la inflación esperada ronda el 30%, como vehículo de ahorro pierde atractivo porque el rendimiento real termina siendo negativo.
Para el consultor Omar De Lucca, la comparación más directa de la caución ya no necesariamente debe hacerse contra un plazo fijo tradicional, sino contra las billeteras virtuales que remuneran los saldos.
«A mi opinión, rinde casi lo mismo que una billetera virtual, podrás tener 1 punto más, 1 punto menos», sostuvo. Según explicó, existe además una diferencia importante en materia de liquidez: los saldos en billeteras están disponibles diariamente, mientras que en una caución el inversor debe esperar el plazo pactado o el vencimiento para recuperar los fondos.
«Normalmente las cauciones son a una semana de plazo», indicó De Lucca. A cambio de esa menor liquidez, la caución ofrece una ventaja: se trata de una renta fija, mientras que las alternativas vinculadas a fondos de inversión pueden tener componentes de renta variable y rendimientos que no están necesariamente garantizados.
El experto también puso el foco en el atraso cambiario frente a la inflación, una cuestión que puede modificar las decisiones de los inversores.
«Si se estabiliza la inflación, claramente comienza a convenir más dolarizarte porque se viene un 2027 electoral», sostuvo. Por eso, el interrogante pasa por determinar cuál de las dos variables -el dólar o la inflación- tiene mayor recorrido alcista.
Así, la caución mantiene su utilidad como herramienta para administrar liquidez de muy corto plazo, pero pierde atractivo como instrumento de ahorro cuando se la compara con alternativas capaces de ofrecer tasas más elevadas o cobertura frente a la inflación. El desafío para los inversores será definir cuánto tiempo pueden inmovilizar sus pesos y cuánto riesgo cambiario están dispuestos a asumir.
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La historia de Federación, la ciudad entrerriana que fue demolida y trasladada en 1979 para construir la represa de Salto Grande y terminó bajo las aguas del embalse.
Por Alcides Blanco para NLI
Hay una ciudad argentina que existe y, al mismo tiempo, dejó de existir. Tiene habitantes, calles, escuelas, comercios, una plaza, edificios públicos y una identidad propia, pero el lugar donde durante más de un siglo se desarrolló su vida cotidiana permanece bajo las aguas de un enorme lago artificial. No se trata de una leyenda ni de un pueblo abandonado: Federación, en Entre Ríos, fue literalmente trasladada para permitir la construcción del complejo hidroeléctrico de Salto Grande y su antiguo emplazamiento terminó inundado. Lo extraordinario es que antes de que llegara el agua, la vieja ciudad fue desmontada y demolida, mientras sus habitantes eran obligados a comenzar nuevamente sus vidas en una ciudad construida desde cero a pocos kilómetros de distancia.
La historia comenzó mucho antes de que las topadoras entraran en escena. En 1946, los gobiernos de Argentina y Uruguay firmaron el tratado binacional que estableció las bases para aprovechar los rápidos del río Uruguay en la zona de Salto Grande mediante una represa hidroeléctrica. La decisión tenía un objetivo estratégico: producir energía y aprovechar el potencial del río, pero también implicaba una consecuencia enorme para una comunidad entrerriana. La construcción del embalse significaba que la ciudad de Federación desaparecería bajo las aguas. Sin embargo, la obra no comenzó inmediatamente. Durante casi tres décadas, los habitantes vivieron con la certeza de que algún día deberían abandonar su ciudad, pero sin saber exactamente cuándo ni cómo sería el traslado.
Una ciudad condenada a desaparecer
La vieja Federación tenía una historia mucho más extensa de la que permite imaginar su actual aspecto turístico. Su origen se remontaba a los antiguos asentamientos de la zona y, después de una primera relocalización en el siglo XIX, el pueblo había crecido alrededor de la explotación forestal y de su posición estratégica sobre el río Uruguay. Durante décadas desarrolló una vida urbana propia, con escuelas, comercios, clubes, bancos, estación ferroviaria, iglesia, hospital, instituciones públicas y una intensa actividad vinculada a la madera. No era una aldea improvisada que pudiera abandonarse sin consecuencias: era una comunidad consolidada, con generaciones enteras que habían nacido, trabajado y muerto allí.
La incertidumbre se hizo cada vez más concreta cuando comenzó finalmente la construcción del Complejo Hidroeléctrico de Salto Grande, en 1974. Para entonces, unas 5.000 personas vivían en Federación y el destino de la ciudad estaba decidido. La futura represa necesitaba un enorme embalse y el casco urbano quedaba dentro de la superficie que sería cubierta por el agua. La alternativa fue construir una nueva ciudad en un terreno situado varios kilómetros al norte. Pero trasladar una comunidad no significa simplemente entregar nuevas casas: implicaba romper una trama urbana, separar vecinos, abandonar lugares cargados de recuerdos y decidir qué podía conservarse y qué debía desaparecer.
La construcción de la nueva Federación comenzó finalmente en 1977 y avanzó a una velocidad extraordinaria. En apenas un par de años surgió una ciudad completamente nueva, diseñada con criterios urbanísticos modernos para la época. Se construyeron más de mil viviendas y se trazaron nuevas calles, espacios públicos y servicios. Pero aquella modernidad tenía una contracara: muchas familias debieron abandonar barrios donde habían vivido durante décadas y adaptarse a una ciudad que todavía parecía un enorme obrador. Las investigaciones sobre la relocalización muestran que incluso la distribución de las viviendas produjo conflictos y transformó las relaciones sociales de la comunidad.
Antes del agua llegaron las topadoras
El episodio más impresionante ocurrió durante los últimos meses de la vieja ciudad. Federación no fue simplemente abandonada para que el agua hiciera el resto. Antes de la inundación se demolieron buena parte de sus edificios y se desmontó el antiguo casco urbano. La investigación académica sobre el proceso enumera entre las construcciones que quedaron bajo las aguas a la sede de la Gendarmería, la plaza 9 de Julio, la Jefatura de Policía, la Municipalidad, el correo, la central telefónica, las escuelas, los bancos, los comercios tradicionales, los clubes, el cine, la estación ferroviaria y numerosos edificios que habían formado parte de la vida cotidiana de varias generaciones.
La imagen es difícil de imaginar hoy: una ciudad entera siendo desarmada antes de que llegara el lago. Casas, comercios y edificios públicos fueron desapareciendo mientras sus habitantes se preparaban para mudarse. La documentación oficial de la época y posteriores investigaciones describen un proceso de relocalización complejo y traumático, en el que las cuestiones legales sobre la propiedad, la adjudicación de las nuevas viviendas y la distribución de los habitantes generaron numerosos problemas. La nueva ciudad debía estar lista antes de que el embalse comenzara a cubrir definitivamente el antiguo territorio.
El 25 de marzo de 1979 fue inaugurada oficialmente la Nueva Federación. El acto estuvo encabezado por el dictador Jorge Rafael Videla, en pleno terrorismo de Estado. Apenas unos días después, el 1° de abril, comenzó el llenado del embalse y el agua empezó a ocupar el territorio de la vieja ciudad. El lugar que había albergado a generaciones de federaenses quedó progresivamente cubierto por el lago de Salto Grande. La vieja Federación había dejado de existir como ciudad y la nueva comenzaba una historia completamente diferente.
Una ciudad que todavía aparece debajo del lago
La historia tiene una última vuelta extraordinaria: la vieja Federación no desapareció completamente de la memoria ni del paisaje. Cuando el nivel del embalse baja lo suficiente, pueden volver a observarse restos del antiguo asentamiento: calles, cimientos y ruinas que permanecen debajo del lago. En julio de 2026, una bajante preventiva del embalse volvió a dejar visibles sectores de la ciudad desaparecida, permitiendo que quienes conocen su historia contemplaran nuevamente fragmentos de aquel lugar que había sido demolido décadas atrás.
La propia existencia actual de Federación contiene una paradoja histórica todavía más profunda. La ciudad que nació como consecuencia de una relocalización traumática terminó convirtiéndose décadas después en uno de los principales destinos turísticos de Entre Ríos. El descubrimiento de aguas termales en el subsuelo de la nueva ciudad, en la década de 1990, transformó completamente su economía y abrió una etapa de crecimiento basada en el turismo. El mismo territorio que había sido creado para reemplazar una ciudad desaparecida encontró una nueva identidad gracias a un recurso natural que nadie había previsto cuando se diseñó la nueva Federación.
Por eso Federación es mucho más que una curiosidad histórica sobre una ciudad inundada. Su historia permite observar una de las grandes contradicciones del desarrollo argentino del siglo XX: una obra de infraestructura capaz de generar energía para millones de personas también podía significar que una comunidad entera perdiera su territorio, sus edificios y buena parte de los lugares que constituían su memoria colectiva. La vieja Federación no fue destruida por una catástrofe natural: fue deliberadamente demolida para hacer posible una obra considerada estratégica, y miles de personas tuvieron que reconstruir su vida en otro lugar. Hoy, cuando el agua baja y vuelven a aparecer sus calles y cimientos, aquella ciudad que oficialmente dejó de existir en 1979 demuestra que algunas ciudades pueden desaparecer del mapa sin desaparecer completamente de la historia.
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