Un total de 31.457 rionegrinas y rionegrinos exceptuados del cumplimiento del aislamiento obligatorio obtuvieron su permiso de circulación a través de la aplicación digital lanzada por el Gobierno de Río Negro.
El permiso tiene validez dentro del territorio provincial y será un complemento al Certificado Habilitante de la Nación. En los últimos días se lanzó una actualización de la app, que suma nuevas funciones y mejora la interfaz.
Esta aplicación se desarrolló como parte de una serie de acciones para monitorear el cumplimiento del aislamiento social, preventivo obligatorio. Se solicitó hacer un uso responsable del permiso, evitando salir de casa si no es estrictamente necesario.
Para acceder a la autorización, la persona interesada deberá ingresar a la plataforma de aplicaciones móviles de su dispositivo (ya sea iOS o Android), instalar la app “CirculacionRN” y registrarse.
Se solicitarán los datos personales, un usuario y contraseña y deberá indicar cuál es la excepción que corresponde. También podrá sumar un vehículo habilitado. En poco tiempo, se determinará su aprobación o rechazo.
Hasta el momento, unos 500 trámites fueron rechazados. Principalmente por errores en el ingreso del nombre, dirección o número de DNI.
Tras la suspensión el fin de semana pasado debido a las condiciones climáticas, la Dirección de Cultura programó para el viernes 5 y sábado 6 el final del ciclo ‘Cine en mi barrio’. En este caso se proyectará la película ‘El príncipe olvidado’ el viernes en la Isla 58 y el sábado en La Unión,…
La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina informa que se encuentran abiertas las inscripciones al taller de teclado para niños que será dictado por el profesor Fabián Mora los lunes a las 20 horas. Los interesados en inscribirse deberán dirigirse a la Escuela Municipal de Arte en Brasil 91. Para consultas comunicarse…
A fines del siglo XIX, cuando el Estado argentino todavía no había consolidado plenamente su dominio sobre el sur, potencias extranjeras, aventureros y proyectos independentistas imaginaron una Patagonia separada de Buenos Aires. Aunque hoy parezca una fantasía, existieron planes concretos que pudieron haber cambiado para siempre el mapa de Sudamérica.
Por Redacción de NLI
Cuando se observa un mapa de la Argentina, resulta fácil pensar que el enorme territorio patagónico siempre formó parte del país tal como hoy lo conocemos. Sin embargo, esa imagen proyecta hacia el pasado una realidad que recién comenzó a consolidarse en las últimas décadas del siglo XIX. Hasta entonces, inmensas extensiones al sur del río Negro escapaban al control efectivo del Estado nacional. Eran tierras habitadas por diversos pueblos originarios, recorridas por comerciantes, exploradores y militares, y observadas con creciente interés por las grandes potencias marítimas de la época. En ese contexto surgieron proyectos tan extravagantes como inquietantes: crear un país independiente en la Patagonia, establecer protectorados extranjeros o incluso convertir parte del territorio austral en una colonia europea.
Un territorio inmenso donde la soberanía todavía estaba en disputa
Durante buena parte del siglo XIX, la Patagonia era más una aspiración cartográfica que una realidad política. La Constitución de 1853 proclamaba la integridad territorial de la Confederación Argentina, pero el control efectivo sobre el extremo sur era muy limitado. Las ciudades eran escasas, las comunicaciones con Buenos Aires resultaban extremadamente lentas y el Estado apenas podía sostener algunos destacamentos militares en la frontera.
Esa situación era observada con atención por el Imperio Británico, por Chile y por distintas potencias europeas que comenzaban a mirar el Atlántico Sur como una región estratégica para el comercio mundial. Décadas antes de la apertura del Canal de Panamá, los barcos que unían los océanos Atlántico y Pacífico debían rodear el continente por el estrecho de Magallanes o el cabo de Hornos, convirtiendo a la Patagonia en una pieza geopolítica de enorme valor.
La debilidad institucional argentina alimentó numerosas especulaciones. Viajeros europeos describían aquellas tierras como un espacio «vacío», ignorando deliberadamente la presencia de comunidades indígenas que habitaban la región desde hacía siglos. Esa idea del «territorio desocupado» sirvió de argumento para justificar proyectos de colonización impulsados desde el exterior.
El extravagante «Reino de la Araucanía y la Patagonia»
Quizás el episodio más llamativo ocurrió en 1860, cuando el abogado francés Orélie Antoine de Tounens desembarcó en Sudamérica convencido de que podía fundar un nuevo reino. Tras establecer vínculos con algunos caciques mapuches del lado chileno de la cordillera, se proclamó «Rey de la Araucanía y la Patagonia», redactó una constitución, diseñó una bandera, creó símbolos nacionales y envió cartas a gobiernos europeos buscando reconocimiento diplomático.
Su proyecto combinaba ambición personal, oportunismo político y una lectura muy particular del contexto sudamericano. De Tounens sostenía que las naciones recién independizadas carecían de capacidad para administrar aquellos territorios y que una monarquía respaldada por Francia podría garantizar estabilidad y desarrollo. Aunque la iniciativa nunca obtuvo apoyo oficial de Napoleón III ni de ninguna potencia europea, despertó preocupación tanto en Argentina como en Chile porque evidenciaba hasta qué punto el vacío de poder podía ser aprovechado por actores externos.
Las autoridades chilenas terminaron deteniéndolo y declarándolo insano, pero el episodio dejó una enseñanza que trascendió al personaje. La Patagonia aparecía, desde la mirada europea, como un espacio susceptible de reorganización política. No era simplemente una aventura individual: reflejaba una época en la que las potencias coloniales redefinían fronteras en África, Asia y Oceanía, mientras América del Sur tampoco escapaba a esas disputas.
La consolidación del Estado argentino y una discusión que llega hasta el presente
Durante las décadas siguientes, la dirigencia argentina aceleró el proceso de ocupación efectiva del sur. La denominada Conquista del Desierto, encabezada por Julio Argentino Roca entre 1878 y 1885, permitió extender el control estatal sobre enormes territorios, aunque lo hizo mediante una campaña militar que provocó el desplazamiento forzado, la muerte y el sometimiento de miles de integrantes de pueblos originarios. Durante mucho tiempo ese proceso fue presentado exclusivamente como una gesta civilizadora; hoy la historiografía incorpora también las profundas consecuencias humanas, culturales y territoriales que tuvo para las comunidades indígenas.
Al mismo tiempo, comenzaron a fundarse nuevas localidades, se expandieron las líneas telegráficas, se impulsó la llegada de inmigrantes y se establecieron administraciones permanentes que fortalecieron la presencia estatal. El conflicto limítrofe con Chile continuó durante años y recién encontró una solución relativamente estable mediante acuerdos diplomáticos y arbitrajes internacionales, lo que terminó de consolidar la frontera austral.
Sin embargo, la historia demuestra que la soberanía nunca depende únicamente de un mapa. Requiere población, infraestructura, instituciones, inversión pública y una presencia constante del Estado. Esa enseñanza conserva plena vigencia en el siglo XXI. La Patagonia sigue siendo una de las regiones estratégicas más importantes del planeta por sus recursos hídricos, energéticos y minerales, por su cercanía con la Antártida y por el valor geopolítico del Atlántico Sur. En un contexto internacional donde las grandes potencias vuelven a disputar recursos críticos y corredores estratégicos, recordar aquellos proyectos que imaginaron una Patagonia separada de la Argentina deja de ser una simple curiosidad histórica para transformarse en una reflexión sobre el modo en que se construye y se sostiene la soberanía nacional.
La Patagonia nunca estuvo realmente destinada a convertirse en otro país, pero sí atravesó un período en el que esa posibilidad fue imaginada, discutida e incluso alentada por intereses externos. Conocer esa historia permite comprender que las fronteras no son hechos naturales e inmutables, sino el resultado de procesos políticos, conflictos, decisiones diplomáticas y proyectos de nación que se disputan a lo largo del tiempo. Es una lección que sigue interpelando a la Argentina cada vez que el debate sobre el desarrollo, la integración territorial o el control de sus recursos estratégicos vuelve al centro de la escena pública.
El duelo deportivo entre Argentina e Inglaterra reinscribió lo que se había abierto con la pérdida del Indio Solari. El enfrentamiento de estos otros indios también comunica un exceso: el carácter enigmático de lo que perdimos (y ganamos) junto a la pregunta irresuelta acerca del devenir de su potencia política.
Estupor 1:
Lo que vino después de la muerte del Indio Solari produjo enorme sorpresa y estupor en quienes nunca se habían aproximado a la dimensión teológica de los fenómenos plebeyos/populares. Lo teológico nombra aquello que sucede entre sujetos corporizados y que enlaza y excede a sus meros cuerpos individualizados.
La sociabilidad que ese estar-con-otrxs produce aparece como un plusvalor que nos religa y vuelve práctico -en cierto modo sabido- que el otro no es amenaza sino aquel que permite que “yo” pueda existir y sienta que puedo más.
Cuando la percepción del otro como amenaza se desactiva, en virtud del reconocimiento de una tenue pertenencia común, se movilizan lógicas de cuidado recíproco. Ese difuso nosotros que la pérdida torna patente amplía los confines de la comunidad. En esas ocasiones el aparato represivo del Estado pierde sustancia y queda involuntariamente restringido a la función de organizador, de asistente.
Cristina Sille
La pérdida del Indio, su duelo público, nos reunió en esa procesión donde advertimos no sólo la dignidad de su vida, sino también la de nuestras vidas, reconfigurando el orden y alcance de lo común. Esa ocupación amorosa del espacio público amplía los espacios a ocupar, convoca el reclamo de una más igualitaria distribución de las vidas vivibles.
Aquello que ilumina esa pérdida se refracta en otro escenario: el duelo deportivo. También allí hay un exceso que es preciso interrogar.
Nunca fue sólo un partido de fútbol porque, al menos en Argentina, nunca es sólo un partido de fútbol. En esos potreros en los que se forjaron y forjan subjetividades se pone en valor el sentido de comunidad, los atributos que la caracterizan, las memorias y extracciones sociales que se honran y transforman. En un Inglaterra-Argentina esto sucede a otra escala. Lo supimos antes de ese encuentro, lo afirmamos contra la mesura -adecuada- del técnico, lo sancionaron los protagonistas al exponer la bandera, nuestra bandera. Ese duelo nos afirma a partir de otras pérdidas: de vidas no debidamente lloradas, ni dueladas, de territorios aún reivindicados y demandados, de heridas narcisistas colectivas, de reparaciones truncas e injusticias vigentes. De otros espacios ocupados y por ocupar.
Eugenia Neme
Con la victoria y la bandera no se recuperan esas vidas —ni las Islas— ni se saldan los conflictos morales, políticos, ideológicos y culturales que ese episodio de nuestra historia significa. A partir suyo, no obstante, podemos reconocernos en un frágil nosotros, procurando remendar en lo material y simbólico algo del amor propio hoy, más que nunca, en riesgo.
Estupor 2:
El asombro que provocó la reunión masiva de ambos acontecimientos habla del olvido de esa dimensión gregaria que, pese a toda guerra ideológica, todavía nos atraviesa y constituye.
Somos sujetos sociales, dependemos de otros de formas que no somos capaces de asumir, advertir ni anticipar. Los otros -como afirma Butler- nos deshacen con la misma intensidad con la que nos configuran. El sabernos interdependientes emerge en situaciones más o menos excepcionales: en pandemias, en muertes, en ciertas victorias.
En cada una de ellas experimentamos cómo y de qué honda manera nuestras vidas están sujetas al destino de otras vidas; de cómo podrían tornarse más o menos dignas de ser vividas, de cómo se empobrecen o potencian en esa compleja trama, de cómo se desrealizan o adquieren formas novedosas y enriquecedoras.
Eugenia Neme
Pero aquello que en esas situaciones excepcionales se vuelve por un instante presente, casi una obviedad, amenaza con desaparecer en cada rutina cotidiana, con cada bombardeo mediático, con cada incursión en el lenguaje jurídico, ideológico y punitivo. Se diluye en los relatos cotidianos poblados de mitos heroicos o culpabilizadores, ambos individualizantes. En las fantasías de una vida plena ofrecidas por el mercado; en la tentación avasallante de hacer de la deuda privada la salvación timbera.
Olvidamos esa condición gregaria cuando queremos huir, a través de múltiples narcóticos (legales e ilegales), de la angustia que produce el fracaso ante ese mandato imposible tan individualizante como violento. Olvidamos esa condición cuando somos llevados por la impotencia producida por este sistema a descargar el odio contra otros iguales de impotentes.
Lo gregario no debería, como se señala en la cancha, aplastar la inventiva singular. Más aún: sólo sobre el fondo de esa interdependencia lo singular puede aflorar, dando sentido y gratificando a cada una de las posiciones que lo (nos) tornan posible.
Estupor 3:
El asombro se instala ante la imaginación desbordada que impregna cada paisaje social. La identificación ideológica de la creatividad con un atributo o “don” individual explica este estupor.
Quienes se fascinan o asombran con estos acontecimientos plebeyos desconocen que en los encuentros con otros —no siempre iguales a uno mismo— está la clave de la imaginación colectiva. Se puede improvisar una bandera porque se reúnen experiencias, saberes, memorias, que custodian las formas plurales de hacerlo, dejando siempre un margen para crear algo imprevisto.
Sofía Schiavonni
La efervescencia que los acontecimientos produce hace circular afectos irreductibles a los individuos. Justamente porque los gobiernos tienen una sospecha inconfesada sobre estos efectos es que reprimen las movilizaciones populosas y abusan de los protocolos represivos.
El valor de lo social, que con doctrinas y métodos gubernamentales buscan arruinar, opone resistencia y da muestras de su vitalidad en cada procesión. No importa si esa procesión es fúnebre o festiva, porque en el límite existe entre ambas una semejanza inmaterial. Si en la primera se hace gala de una dulce (y alegre) despedida, en la segunda se relame una feliz justicia y una genuina gratitud. Nos sentimos mejores después de transformarnos en esas miradas.
Lo que no puede provocarnos estupor es la felicidad que se permite asaltarnos aún en la peor de las circunstancias y en la más triste de las coyunturas. Porque, sin esos momentos de felicidad colectiva, tendríamos la amarga certeza de que ya todo está perdido. Ahora, en cambio, sabemos que eso no es así, ni tiene por qué serlo.
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