¿Qué son los periodistas?
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¿Qué son los periodistas?

Hay una foto reciente. Es del 9 de octubre de 2026. Muestra una reunión con una pantalla gigante en la que se proyecta una batalla construida con inteligencia artificial. La presenta Santiago Oría, director de Realizaciones Audiovisuales de la Presidencia. Los bandos están perfectamente definidos. Los periodistas ocupan la primera línea del ejército enemigo. Entre los micrófonos se reconocen los logos de TN y C5N, dos señales de noticias que pertenecen a grupos de comunicación con propietarios y líneas editoriales opuestas. La clasificación iguala periodistas, comentaristas y productores de contenidos. Son una identidad política única. Todos están del mismo lado. Los siguen, en la segunda fila, políticos opositores y, en la tercera, empresarios. Del otro lado, Javier Milei, su hermana Karina y los militantes de La Libertad Avanza. Atrás marcha “la gente de bien”. La imagen divide a la Argentina en dos bandos: las “Fuerzas de la Libertad” y el “Viejo Sistema”. No hay neutrales.

Quince días después, un nuevo episodio agravó la representación oficial sobre los periodistas: los insultos se transformaron en una incitación directa a la violencia por parte de la máxima autoridad del país. En una cena de recaudación de la Fundación Faro, en la que el cubierto costó 20.000 dólares por persona, Javier Milei propuso la hoguera para los periodistas que lo investigaron en el caso $LIBRA. Hasta ese momento, se había limitado a las agresiones verbales, que en esa semana, también habían llegado a periodistas en España. “El 95 por ciento de los periodistas argentinos son delincuentes”, había afirmado el presidente en más de una ocasión, sin pruebas que permitan sostener la acusación sobre casi toda una profesión. El porcentaje, de una precisión matemática incomprobable, busca un efecto político evidente: convertir a miles de personas que ejercen trabajos diferentes en un único adversario. Ya lo sabemos: #NOLSALP (no odiamos lo suficiente a los periodistas). Más exactamente, a los 10 mil periodistas que se calcula que hay en la Argentina. Todos en la misma bolsa.

Pero ¿cómo son los periodistas? Una encuesta nacional realizada entre mayo y septiembre de 2026 por Anfibia junto a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y procesada por el Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos (LEDA) de la Universidad Nacional de San Martín, permite mirar detrás de esa representación y ver cuáles son las consecuencias de las agresiones.

El relevamiento reunió 905 respuestas válidas. El 43 por ciento sufrió violencia digital vinculada con su trabajo durante el último año. Y, entre el total de los periodistas incluidos en el modelo estadístico sobre autocensura, el 51,4 por ciento reconoció haber evitado investigar o publicar algún tema por temor a las consecuencias. El dato más inquietante que se desprende del análisis va más allá de la cantidad de periodistas atacados, un fenómeno que ya registraron otros estudios, sino en la alta proporción que admite haber dejado de hacer parte de su trabajo por ellas.

¿Qué son los periodistas?

Los periodistas argentinos forman un grupo heterogéneo. Los hay con influencia y otros desconocidos; están los que trabajan en empresas poderosas o en medios pequeños; cerca de la mitad tiene alguna relación de dependencia, mientras otros facturan colaboraciones, trabajan por contrato o desarrollan proyectos independientes. La mayoría sufre también una crisis común a otras instituciones: la falta de credibilidad. La composición de la profesión está lejos de la fuerza organizada que aparece en la pantalla de Oría. Mientras el poder político representa a los periodistas como un ejército uniforme que actúa como principal actor contra el gobierno, la encuesta demuestra que, más que nunca, el riesgo de informar recae sobre quien firma la noticia.

El periodista por cuenta propia

Nunca hubo tantas posibilidades de publicar información y, al mismo tiempo, tantas dificultades para vivir de producirla. Un periodista puede trabajar para un portal de noticias, hacer una columna en una radio, participar de un streaming y publicar en sus propias redes. Es una “marca personal” caminante. También puede cobrar un sueldo, facturar por una colaboración y tener un proyecto independiente. Todo en la misma semana o incluso en el mismo día. La versatilidad y la hiperproductividad tienen una explicación menos atractiva: los salarios periodísticos no alcanzan y acumular trabajos se volvió, para muchos, una manera de llegar a fin de mes.

La encuesta de Anfibia y la Defensoría del Pueblo porteña pone números a esa realidad. El 61,7 por ciento de los periodistas tiene dos o más empleos o fuentes de ingresos periodísticos. De ellos, el 43,5 por ciento tienen tres o más. El 38,3 por ciento cuenta con una sola fuente de ingresos. El negocio de las noticias cambió, pero todavía no encontró cómo sostener a buena parte de quienes las producen.

El 49,2 por ciento informó que tiene alguna relación de dependencia con un medio. Pero las modalidades de contratación se superponen: el 29,4 por ciento trabaja de manera autónoma en proyectos propios, el 22,2 por ciento cobra por nota, fotografía o video y el 19,4 por ciento tiene contratos de locación de servicios. Un periodista puede ser empleado de una empresa y facturero de otras dos. Puede tener varios jefes. Y, cuando aparece un problema, esa multiplicación de empleadores también puede volver más difícil establecer quién se hace cargo de no dejar solo o sola al periodista.

La precariedad afecta al bolsillo y también modifica las posibilidades de hacer periodismo. Investigar requiere tiempo, recursos, fuentes y semanas de trabajo que no siempre terminan en una publicación. ¿Quién puede dedicarle un mes a una historia si necesita entregar notas todos los días para cobrar?

Una parte de ese trabajo se trasladó a las plataformas y a las cuentas personales. El 26,4 por ciento de los encuestados produce contenidos periodísticos en sus propias redes sociales y el 18 por ciento trabaja en canales de streaming. El 93 por ciento tiene cuentas con su nombre y, entre ellos, el 86,6 por ciento las usa para su trabajo. La identidad personal se convirtió también en una herramienta profesional: sirve para difundir investigaciones, conseguir fuentes, construir audiencias y buscar nuevas oportunidades laborales. A esas mismas cuentas llegan los ataques.

Se sabe, las redacciones tradicionales nunca estuvieron libres de presiones. El poder de turno también ejerció presión sobre los dueños de medios por el trabajo de sus periodistas a lo largo de la historia democrática reciente. Los propietarios y directivos podían decidir qué se investigaba, qué se publicaba e incluso qué convenía callar. Pero una empresa también podía ofrecer abogados, recursos, tiempo para investigar y respaldo frente a una amenaza.

La encuesta encontró que 389 periodistas, el 43 por ciento de quienes respondieron, sufrieron violencia digital vinculada con su trabajo durante el último año. Entre ellos, el 20,8 por ciento denunció hackeos o intentos de acceso a sus cuentas; el 14,9 por ciento recibió amenazas de violencia física y el 9,3 por ciento, amenazas de muerte. Frente a agresiones graves, apenas el 14,7 por ciento de los atacados recibió apoyo institucional formal del medio para el que trabajaba. El 53,2 por ciento no recibió ningún respaldo.

¿Qué hace un medio cuando amenazan de muerte a uno de sus periodistas o lo insultan hasta el agotamiento? ¿Tiene protocolos para actuar, asesoramiento jurídico, asistencia psicológica o medidas de seguridad digital? ¿Quién se ocupa si el ataque llega a las cuentas personales de un colaborador que factura por nota? ¿Y si trabaja para tres empresas diferentes? El acompañamiento puede quedar reducido al silencio de las empresas o a reacciones aisladas de organizaciones de periodistas, sindicatos de prensa y colegas. Del otro lado, en una clara asimetría, el poder estatal.

La falta de respaldo empieza mucho antes de la agresión. El menosprecio no es solo una cuestión de formas, también normaliza los ataques. La frase que se escucha en las entrevistas en profundidad es “hasta cuándo vamos a seguir fingiendo demencia”. Según los datos recolectados, el 42 por ciento afirma que ninguno de los medios donde trabaja cuenta con protocolos o recursos de apoyo ante la violencia digital. Otro 37,9 por ciento desconoce si existen estos procedimientos. Apenas el 5,9 por ciento asegura que todos sus medios disponen de esos mecanismos. ¿Qué protección puede esperar un periodista si la empresa para la que trabaja carece de un procedimiento para asistirlo o ni siquiera se lo comunicó? Finjamos demencia porque quizás ya estamos demasiado afectados.

Frente a situaciones como la quita de acreditaciones, las dificultades para acceder a fuentes públicas o el cierre de espacios de trabajos, los insultos y ataques en redes, los periodistas también respondieron sobre los posibles mecanismos que consideraban mejores para intervenir rápidamente. Entre las opciones más votadas aparecieron la intervención inmediata de sindicatos periodísticos y asociaciones profesionales y la posibilidad de una defensoría especializada en libertad de prensa. También la implementación de mecanismos rápidos e informales para reaccionar de manera colectiva; la adopción de medidas judiciales urgentes; la creación de un observatorio público con capacidad de denuncia inmediata y una mesa de respuesta entre medios y organizaciones de periodistas). La mayoría de las opciones votadas apuntan a una necesidad concreta: contar con instituciones y organizaciones que puedan actuar de inmediato cuando se obstaculiza el trabajo periodístico y evitar que cada periodista tenga que resolver el problema por su cuenta.

El costo de investigar

Mujeres y varones reciben ataques digitales en proporciones prácticamente iguales: el 43,6 por ciento de las mujeres y el 42,1 por ciento de los varones declaró haber sufrido violencia digital durante el último año. Tampoco aparecen grandes diferencias en los tipos de agresiones recibidas. Los insultos, por ejemplo, alcanzaron al 89,7 por ciento de las mujeres atacadas y al 89,5 por ciento de los varones. Lo que sí cambia, según las entrevistas en profundidad, son las agresiones de tono sexual contra las mujeres.

La diferencia también aparece en las consecuencias. Entre quienes sufrieron violencia digital, el 35 por ciento de los varones dijo que los ataques no habían afectado en absoluto su salud mental. Entre las mujeres, esa respuesta cayó al 16,8 por ciento. En cambio, el 50,8 por ciento de las mujeres ubicó el impacto en los tres niveles más altos de una escala de cinco, frente al 35,5 por ciento de los varones.

La exposición pública introduce otra diferencia. Entre los periodistas que ponen la cara y la voz para informar, el 71,4 por ciento declaró haber sufrido ataques digitales. Entre quienes se dedican principalmente a producir contenidos, la proporción fue del 35,3 por ciento.

También importa sobre qué se informa. Cuando se les preguntó qué temas suelen desencadenar violencia digital, el 51,5 por ciento de los encuestados señaló las cuestiones de género entre los tres principales. El 43,2 por ciento mencionó las opiniones críticas del Gobierno, el 39,7 por ciento la corrupción y el 32,6 por ciento los derechos humanos.

Lo que no se publica

Según el modelo estadístico, los periodistas que sufren la violencia de forma sistemática tienen 7,6 veces más posibilidades de autorrestringirse que quienes no la sufrieron. Y, aunque mujeres y varones sufren violencia digital en proporciones similares, el modelo también muestra otra diferencia: entre las mujeres, la relación entre haber evitado investigar o publicar y no haberlo hecho es casi el doble que entre los varones, considerando los demás factores analizados. Además, el 61,6 por ciento de las mujeres considera que la autocensura aumentó mucho en los últimos tres años, frente al 48,6 por ciento de los varones.

¿Quién tiene espalda para bancar lo que viene después de una investigación? Un periodista que necesita varios empleos para sostenerse, y depende de contratos temporales o carece de respaldo institucional, seguramente enfrenta esa decisión con recursos limitados.

Las respuestas de la encuesta y las entrevistas en profundidad realizadas por Anfibia durante 2026 permiten pensar en una reconfiguración de la censura. El poder puede influir sobre lo que se publica sin necesidad de impedir directamente la circulación de una noticia. A veces alcanza con que un periodista calcule las consecuencias de investigar y decida que es mejor no meterse en un tema. La encuesta no permite saber cuáles fueron las historias abandonadas durante el año, las que nunca llegaron a publicarse. Pero sí muestra que una proporción considerable de quienes respondieron modificó su trabajo por temor. 

En la diapositiva de Oría, los periodistas aparecen organizados como un ejército enemigo. La imagen les atribuye una fuerza y una capacidad de acción colectiva que contrasta con las condiciones en las que trabajan. Pero la representación tiene otra consecuencia: si los periodistas son parte de una guerra contra el Gobierno, cualquier investigación incómoda puede ser presentada como una operación política. La discusión se desplaza entonces, en las redes y también desde cuentas oficiales, de lo que una noticia revela hacia las supuestas intenciones de quien la publica. Importa menos qué se descubrió que quién se atrevió a contarlo. El poder político, con todos sus recursos, se presenta como víctima de quienes tienen la tarea de investigarlo.

La encuesta muestra el otro lado de esa escena. Muchos periodistas enfrentan individualmente los riesgos de su trabajo y más de la mitad de los incluidos en el análisis sobre autocensura reconoce haber evitado investigar o publicar por temor a las consecuencias. Es probable que nunca sepamos qué historias quedaron en el camino. Y ese es, quizás, el efecto más difícil de medir de las agresiones a la prensa. Una de las funciones del periodismo es garantizar que los ciudadanos tengan buena información. Si antes de hacer las preguntas para investigar al poder se debe calcular cuáles serán las consecuencias de encontrar las respuestas, el periodismo se debilita y con el la democracia.

La entrada ¿Qué son los periodistas? se publicó primero en Revista Anfibia.

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  • A Trump se le incendia la casa mientras sigue la represión en Los Ángeles

     

    Manifestantes ondean banderas desde lo alto de un automóvil destrozado, junto a vehículos Waymo en llamas, durante una protesta en Los Ángeles, California. 8 de junio de 2025 | Imagen: AFP.

    El presidente estadounidense Donald Trump envió este lunes a Los Ángeles a otros 2.000 soldados de la Guardia Nacional y movilizó a 700 marines para enfrentar “una rebelión” contra Estados Unidos, encabezada por manifestantes de “la izquierda radical” y “agitadores pagados” , sumando ya más de cinco mil efectivos militares que están desplegados en la ciudad, lo que intensifica las tensiones con los defensores de los derechos civiles que protestan contras las redadas migratorias. Lo que Trump califica como “izquierda radical” son manifestantes que protestan por las redadas y detenciones de migrantes. La semana comenzó con tropas militares en las calles de Los Ángeles y la llegada de decenas de tanques y otros vehículos militares a Washington, así como con amenazas de represión violenta. En realidad, fue  otro día normal bajo el nuevo régimen estadounidense. Por Mirko C. Trudeau* (Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico-CLAE).


    Represión policial contra las protestas en en el centro de Los Ángeles el 8 de junio. David Ryder, Reuters.

    Es la primera vez desde 1965 en la que un mandatario estadounidense ha ordenado el despliegue de la Guardia Nacional, que sólo había ocurrido bajo órdenes de los gobernadores (la Guardia Nacional es una fuerza “híbrida” de mando compartido entre gobernadores y jefe del Ejecutivo federal). El secretario de Defensa, Pete Hegseth, advirtió que los marines, fuerza militar de élite empleada en intervenciones armadas, estaban en alta alerta para sumarse al operativo en aras de defender a la autoridad migratoria “de su propio pueblo si es necesario”.

    Poco después, Trump afirmó: “vamos a tener tropas en todas partes”. mientras miraba por televisión cómo se le incendiaba la casa. El asesor presidencial Stephen Miller, proclamó que la meta de aquí en adelante es la detención de por lo menos tres mil indocumentados al día. El condado de Los Ángeles, el más poblado del país, cuenta con diez millones de habitantes, de los que unos 915.100 no tienen estatus legal, según el Migration Policy Institute.

    Un manifestante cae tras ser detenido por efectivos policiales en una protesta en los alrededores del Los Angeles Federal Building tras múltiples detenciones realizadas por ICE en Los Angeles, el 6 de junio de 2025. Foto: Daniel Cole, Reuters.

    Se espera que los operativos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) en Los Ángeles continúen por al menos 30 días, advirtió la congresista Nanette Barragán en una entrevista con la CNN. “Nos han instruido para que nos preparemos para 30 días de control del ICE”, detalló la congresista que representa a Los Ángeles.

    La redada migratoria del viernes pasado en al menos siete lugares de trabajo dejó unos 45 detenidos.Los operativos continuaron este lunes y los agentes del ICE y de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, en inglés) utilizaron el estacionamiento del Ayuntamiento de la ciudad de Whittier, en el este del condado de Los Ángeles, para trasladar a los inmigrantes detenidos a diferentes puntos en vehículos sin identificación.

    Manifestantes chocan con los agentes del sheriff de Los Angeles en Paramount, Los Angeles County, California, el 7 de junio 2025. Foto: Xinhua

    Las grandes ciudades que se han proclamado santuarios para migrantes, todas bajo gobiernos demócratas, son el blanco explícito del gobierno de Trump, y los operativos de alto perfil con agentes armados y sin identificación se realizaron en días recientes, no sólo en Los Ángeles, sino también en Chicago y Nueva York, entre otras.

    Muchos han sido arrestados por atreverse a protestar o sólo observar, como David Huerta, presidente estatal del sindicato de trabajadores de servicios (SEIU) en Los Ángeles, quien fue herido y sigue detenido –él emitió una declaración afirmando que lo que estaba ocurriendo ahora se trata de “cómo nosotros como comunidad nos unimos y resistimos la injusticia”.

    El gobernador de California, Gavin Newsom, ya había advertido que Trump estaba buscando provocar el caos y confrontaciones para enviar las tropas, pero “no es la manera en la que se comporta un país civilizado”. Pero ya en su primer gobierno, Trump sugirió a su entonces secretario de Defensa, Mark Esper, que militares dispararan contra manifestantes no violentos del movimiento de Black Lives Matter en Washington. Por suerte, Esper se negó.

    El uso de la Guardia Nacional ahora ya estaba listo. De hecho, el gobierno del republicano ha confirmado que está preparando el despliegue de 20 mil efectivos por todo el país para apoyar al ICE y a otras agencias en los operativos antimigrantes que ahora se están acelerando.

    La última vez que un presidente ordenó el despliegue de la Guardia Nacional fue cuando Lyndon Johnson envió tropas a Alabama para obligar a los gobiernos locales racistas a cumplir con una nueva ley de derechos civiles para los afroestadunidenses.

    Mientras, empezaron a llegar a Washington decenas de tanques, vehículos blindados y lanzacohetes, como también aviones caza y helicópteros, entre otros equipos militares que Trump ha ordenado para un desfile militar (inusual en este país), supuestamente para marcar el 250 aniversario del ejército, pero que todos saben es para festejar el cumpleaños del presidente, el 14 de junio, con un costo de entre 25 a 40 millones de dólares. Mientras, todo indica que a Trump se le está incendiando la casa.

    * Mirko C. Trudeau es economista, politólogo y analista estadounidense, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

    Fuente: https://estrategia.la/2025/06/10/a-trump-se-le-incendia-la-casa-mientras-sigue-la-represion-en-los-angeles/

     

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    El chico que hacía la tarea y dibujaba guerreros hace 800 años

     

    Mientras copiaba letras y sílabas sobre una corteza de abedul, un niño de la Rus medieval se escapaba de la tarea para dibujar guerreros, animales y criaturas fantásticas. Ocurrió alrededor de 1260, en Nóvgorod, y sus garabatos sobrevivieron durante más de siete siglos gracias a una combinación extraordinaria de arqueología y naturaleza. Se llamaba Onfim y, sin saberlo, dejó uno de los testimonios más curiosos sobre la infancia medieval: la prueba de que entre una letra y otra también había lugar para imaginar, jugar y convertir un ejercicio escolar en una pequeña aventura.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay algo profundamente humano en los márgenes de un cuaderno escolar. Cambian las épocas, los materiales y las herramientas, pero parece persistir cierta necesidad de apropiarse de un pequeño espacio cuando la actividad que tenemos delante nos resulta demasiado repetitiva. Un alumno puede llenar hoy el borde de una hoja con nombres, caras, camisetas de fútbol, monstruos, autos, corazones o personajes de videojuegos mientras el profesor explica una materia; hace más de 750 años, otro chico hacía algo bastante parecido, aunque en lugar de birome utilizaba un estilete y en lugar de papel tenía una lámina de corteza de abedul. Aquel niño vivió en Nóvgorod, una de las grandes ciudades comerciales de la Rus medieval, y la arqueología terminó conservando sus ejercicios escolares junto con las fantasías que dibujaba mientras los hacía.

    El protagonista de esta pequeña historia es conocido como Onfim. No sabemos demasiado de él, y justamente esa ausencia de información vuelve todavía más fascinantes sus dibujos. No conocemos con certeza su edad, aunque los especialistas lo consideran un niño pequeño; tampoco sabemos qué fue de su vida, quiénes fueron sus padres, cuánto tiempo asistió a la escuela ni qué ocurrió después con aquel aprendizaje de escritura. Lo que sí tenemos son doce piezas de corteza de abedul, catalogadas entre los números 199 y 210, cuya datación se sitúa alrededor del año 1260 y cuya atribución a un mismo niño se sostiene en buena medida por las características de la escritura y el contexto arqueológico en el que fueron encontradas.

    Y en esas piezas aparece algo extraordinariamente cotidiano: la tarea escolar. Onfim practicaba el alfabeto, copiaba sílabas y reproducía fórmulas religiosas o escolares, exactamente el tipo de ejercicios repetitivos mediante los cuales un niño debía adquirir destreza en la escritura. Pero entre esas letras aparecen también figuras humanas, animales, criaturas híbridas y escenas de enfrentamiento. El soporte que estaba destinado a servir para aprender a escribir terminó convertido, al menos en parte, en un espacio donde el alumno podía hacer otra cosa. Allí donde el maestro esperaba letras, aparecieron guerreros. Allí donde había una práctica de caligrafía, apareció la imaginación de un chico.

    Un cuaderno hecho de corteza de abedul

    Para entender por qué esos dibujos pudieron llegar hasta nosotros hay que detenerse en algo que normalmente pasa inadvertido: el material sobre el que fueron realizados. En la Rus medieval, la corteza de abedul era un soporte de escritura cotidiano, económico y mucho más accesible que el pergamino. Se podía cortar, alisar y trabajar con un instrumento puntiagudo que dejaba marcas directamente sobre la superficie, sin necesidad de tinta. Para quienes no pertenecían a los círculos más ricos o especializados, constituía una solución práctica para escribir, registrar información y realizar ejercicios. En términos actuales, podría pensarse como una especie de cuaderno barato y reutilizable, mucho más cercano a la vida cotidiana que los lujosos manuscritos que solemos asociar con la Edad Media.

    Pero había otro elemento que convertiría aquellos modestos pedazos de corteza en cápsulas del tiempo. Nóvgorod posee unas condiciones arqueológicas extraordinarias para la conservación de materiales orgánicos. Los documentos quedaron enterrados en terrenos húmedos y pobres en oxígeno, un ambiente que dificultó la acción de los microorganismos responsables de la descomposición. Gracias a esas condiciones, materiales que normalmente habrían desaparecido por completo pudieron permanecer bajo tierra durante siglos. Lo que para Onfim probablemente era simplemente una superficie donde practicar sus letras terminó transformándose, sin que él pudiera imaginarlo, en un mensaje dirigido a personas que vivirían cientos de años después.

    Hay algo casi conmovedor en esa casualidad. Un niño del siglo XIII no estaba intentando dejar un testimonio histórico. No estaba escribiendo una autobiografía ni contando cómo era su vida. Tampoco pretendía que un arqueólogo del futuro encontrara sus ejercicios. Estaba haciendo la tarea. Y precisamente porque se trataba de una actividad ordinaria, sus trazos tienen un valor particular: permiten acercarse a una dimensión de la Edad Media que rara vez aparece en las grandes crónicas, una dimensión formada por niños que aprendían, se aburrían, copiaban, repetían y buscaban pequeños espacios para hacer algo que les perteneciera.

    El guerrero que era Onfim

    Entre todas las imágenes atribuidas al pequeño escriba hay una que se volvió especialmente conocida. Se trata de un jinete armado que atraviesa con una lanza a un enemigo caído. No es solamente una escena de combate: el guerrero lleva una inscripción que lo identifica con el propio Onfim. El niño parece haberse representado a sí mismo como un combatiente victorioso, convirtiendo aquel pedazo de corteza destinado al ejercicio escolar en el escenario de una pequeña epopeya personal.

    Es difícil no sonreír ante la escena. Mientras un maestro probablemente esperaba que el alumno practicara las formas correctas de las letras, Onfim había encontrado una manera bastante más entretenida de utilizar el espacio disponible. Primero estaban los ejercicios que debía realizar; después, en el mismo soporte, aparecía un guerrero montado a caballo y dispuesto a derrotar a su enemigo. El contraste permite imaginar, sin necesidad de inventar una historia que las fuentes no pueden confirmar, el modo en que una actividad reglamentada podía convivir con el universo imaginario de un niño. No sabemos si estaba aburrido, si copiaba una imagen que había visto en algún lugar, si jugaba mentalmente a ser un guerrero o si simplemente descubría qué podía hacer con aquel instrumento. La evidencia no permite escoger una explicación definitiva.

    Y esa cautela es importante porque la tentación de convertir a Onfim en un personaje perfectamente conocido es enorme. Podemos describir sus dibujos, estudiar su escritura y analizar el contexto histórico, pero no podemos saber qué pensaba exactamente mientras los hacía. Los guerreros, los animales fantásticos, los demonios y las escenas violentas formaban parte de la cultura visual de la época y podían aparecer en relatos religiosos, representaciones artísticas, historias, juegos y tradiciones orales. Que Onfim los dibujara no significa necesariamente que estuviera expresando miedo, agresividad o alguna emoción específica. Lo único seguro es que esas imágenes formaban parte del repertorio que podía llevar a su pequeño mundo de dibujos.

    De hecho, la historia de Onfim resulta todavía más interesante cuando se la compara con otros testimonios medievales. En manuscritos de la época también aparecen figuras realizadas en márgenes y espacios secundarios, aunque no todas fueron hechas por niños y sería un error atribuir automáticamente cualquier garabato medieval a un estudiante. En 2016, investigadores de la Universidad de York analizaron dibujos encontrados en los márgenes de un manuscrito procedente originalmente de un convento franciscano de Nápoles y recurrieron incluso a especialistas en psicología infantil para evaluar si habían sido realizados por niños. Es decir, la presencia de dibujos aparentemente espontáneos en documentos medievales no es un fenómeno aislado, aunque cada caso requiere analizar cuidadosamente su contexto.

    La infancia que se escondió en los márgenes

    Lo verdaderamente extraordinario de Onfim, entonces, no está solamente en que un niño medieval dibujara un guerrero. Está en que sus ejercicios permiten mirar durante unos instantes una parte de la infancia que normalmente queda oculta detrás de la historia de reyes, guerras, iglesias y grandes ciudades. Los documentos oficiales suelen contarnos qué hacían las autoridades, qué territorios controlaban los gobernantes, qué guerras se libraban o qué acuerdos firmaban los comerciantes. Pero resulta mucho más difícil encontrar rastros de aquello que hacía un niño mientras aprendía a escribir. En ese sentido, la corteza de Onfim funciona como una ventana diminuta hacia la vida cotidiana.

    También permite observar que la educación medieval no consistía únicamente en memorizar grandes textos religiosos o formar futuros escribas, como a veces sugieren las imágenes simplificadas de la Edad Media. Había niños practicando letras, repitiendo sílabas y aprendiendo a manejar un instrumento de escritura. Y alguno de ellos, como Onfim, encontraba la forma de combinar la obligación con la fantasía. El ejercicio no desaparecía: las letras seguían allí. Pero junto a ellas aparecía un mundo propio, un espacio donde el niño podía decidir qué quería representar.

    Ese detalle permite establecer un curioso puente con el presente. Cambiaron radicalmente los sistemas educativos, los materiales y los contenidos, pero persiste la posibilidad de que una actividad reglada genere espacios de apropiación personal. El margen sigue siendo margen aunque ahora esté hecho de papel, y puede que hoy aparezcan allí personajes de videojuegos donde hace ocho siglos aparecían guerreros y criaturas fantásticas. No significa que los niños sean idénticos a través de los siglos ni que podamos trasladar mecánicamente conceptos modernos a la Rus medieval; significa algo más sencillo y más interesante: la infancia también deja huellas en los lugares donde nadie pensaba que estaba escribiendo historia.

    Quizás por eso los dibujos de Onfim resultan más poderosos que muchas grandes historias medievales. No cuentan una batalla que cambió un reino ni una decisión que modificó el destino de un imperio. Cuentan algo muchísimo más pequeño: un niño aprendiendo a escribir y aprovechando un pedazo de corteza para dibujar lo que tenía en la cabeza. Pero precisamente allí reside su valor. La historia no está hecha solamente de quienes ocuparon el poder o protagonizaron acontecimientos extraordinarios; también está hecha de millones de gestos cotidianos que casi nunca quedaron registrados.

    Onfim tuvo la fortuna —o la extraña desgracia— de que uno de esos gestos sobreviviera.

    Su nombre quedó enterrado durante siglos junto con sus ejercicios. La humedad protegió la corteza, la tierra conservó las marcas y la arqueología terminó devolviendo al presente aquel pequeño mundo. Hoy podemos observar sus letras, sus sílabas y sus guerreros e imaginar, con todas las precauciones que exige la historia, a un chico de Nóvgorod sentado frente a su tarea, intentando dominar una escritura que para él era nueva mientras su imaginación se iba por otro camino.

    Y ahí aparece la última ironía de esta historia: Onfim probablemente quería aprender a escribir, pero terminó escribiendo una de las pequeñas historias de infancia más memorables que nos dejó la Edad Media. No sabía que alguien lo leería ocho siglos después. No sabía que sus guerreros serían estudiados por historiadores. No sabía que sus garabatos servirían para preguntarnos si realmente cambió tanto la infancia.

    Simplemente dibujó.

    Y, por una de esas extraordinarias casualidades que de vez en cuando nos regala la arqueología, el margen de su tarea consiguió sobrevivir al tiempo.

     

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