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Patagonia en la mira: entre ejercicios militares, incendios sospechosos y la entrega de recursos estratégicos en tiempos de guerra global

Mientras el Ejército despliega el operativo Kekén hacia Darwin y la cordillera, Argentina enfrenta una tormenta perfecta: el alineamiento del gobierno nacional con Estados Unidos e Israel nos coloca en el mapa de objetivos de Irán, los incendios arrasan con más de 31.000 hectáreas de bosques con presupuestos sin ejecutar, la Ley de Glaciares se modifica a puertas cerradas, y empresas como Mekorot —denunciada por «apartheid hídrico»— avanzan sobre el control del agua patagónica. ¿Casualidad o estrategia coordinada?


ARGENTINA EN EL OJO DE LA TORMENTA

En febrero de 2026, el gobierno nacional elevó el nivel de seguridad a «ALTO» en todo el territorio argentino tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. La medida no fue un gesto protocolar: implicó refuerzo preventivo en embajadas, puntos estratégicos y fronteras.

Pero mientras el Gobierno blindaba instalaciones, el presidente Javier Milei profundizaba su alineamiento: calificó a Irán como «enemigo» de Argentina y cruzó lo que Teherán denominó «una línea roja imperdonable». La respuesta iraní no se hizo esperar: medios oficialistas de la República Islámica advirtieron sobre posibles repercusiones.

«Si Estados Unidos o Israel nos necesitan, está claro dónde vamos a estar parados», declaró el canciller Pablo Quirno, ratificando el alineamiento total con Washington y Jerusalén.

El dato alarmante: Mientras escalaba la tensión diplomática, las propias Fuerzas Armadas admitieron en privado que «no habría espalda para participar de la guerra». Es decir: nos exponemos como blanco, pero no tenemos capacidad defensiva real.


¿QUÉ DICEN LOS ANALISTAS?

Federico Calabró, abogado especialista en seguridad nacional, advirtió públicamente sobre la vulnerabilidad del territorio argentino en el contexto actual:

«Nuestras fronteras son un colador. En un escenario de tensión global, no podemos permitirnos declarar enemigos a potencias regionales sin tener un plan de defensa creíble».

Por su parte, Jorge Castro, analista internacional de referencia, ha señalado repetidamente que la Patagonia ocupa un lugar central en la nueva cartografía geopolítica:

«La Patagonia no es un territorio marginal: es el reservorio de agua dulce, energía y minerales estratégicos del siglo XXI. Quien controle esa región, tendrá ventaja en el tablero global».

Y Mariano Yakimavicius, especialista en relaciones internacionales, alertó sobre el riesgo de un alineamiento sin contrapesos:

«Argentina podría alinearse activamente con Estados Unidos e Israel, pero sin una estrategia propia, ese movimiento nos convierte en peón, no en socio».


EL EJERCICIO KEKÉN: ¿ADIESTRAMIENTO O POSICIONAMIENTO ESTRATÉGICO?

En abril de 2026, mientras el conflicto con Irán domina los titulares, el Ejército Argentino despliega el Ejercicio Operacional Kekén hacia la Patagonia. El convoy transporta tropas y vehículos de combate hacia Puerto Deseado (Santa Cruz), Comodoro Rivadavia (Chubut) y Darwin (Río Negro).

Los hechos oficiales:

  • Se trata de maniobras de adiestramiento en clima frío extremo
  • Duración: todo el mes de abril de 2026
  • Logística: uso de Trenes Argentinos Cargas para movilizar medios pesados

Las preguntas incómodas:

  1. ¿Por qué se realiza este despliegue justo cuando Argentina está en el radar iraní?
  2. ¿Qué relación hay entre el ejercicio militar y la protección de recursos estratégicos (agua, glaciares, litio, petróleo)?
  3. ¿Por qué la opacidad informativa sobre los objetivos específicos en Darwin?

La Patagonia no es un territorio cualquiera: concentra recursos hídricos, energéticos y mineros codiciados por potencias globales. Estados Unidos y China ya compiten por influencia en la región.


INCENDIOS FORESTALES: LA PATAGONIA ARDE (Y NADIE HACE NADA)

Mientras los tanques se desplazan por la cordillera, los bosques andino-patagónicos viven los peores incendios de las últimas tres décadas.

Las cifras que duelen:

  • 31.722 hectáreas de bosques quemadas entre octubre 2024 y marzo 2025
  • 40% más de superficie afectada que en 2024
  • Neuquén, Río Negro y Chubut: las provincias más golpeadas
  • Dos Parques Nacionales seriamente afectados

La inconsistencia criminal:

  • En 2025, se dejó sin ejecutar el 25% del presupuesto asignado al manejo del fuego
  • En 2024, sólo se gastó el 22% de los fondos disponibles
  • Se ejecutó un 81% menos de lo presupuestado

¿Casualidad o intencionalidad? Los incendios «limpian» territorios que luego quedan disponibles para otros usos. Y aquí aparece otro patrón sospechoso…


LEY DE GLACIARES: EL DESMANTELAMIENTO SILENCIOSO

En abril de 2026, el Congreso argentino reformó la Ley de Glaciares 26.639, sancionada en 2010 como herramienta de protección ambiental.

Lo que cambia:

  • Se abre el ambiente periglacial a actividades extractivas
  • Las provincias pueden desproteger glaciares declarando que «no cumplen funciones hídricas»
  • Se denunció incumplimiento del Convenio 169 de la OIT: no hubo consulta previa a comunidades indígenas
  • La audiencia pública estuvo marcada por irregularidades y restricciones

El timing es clave: Mientras se modifica la ley que protege los glaciares, Mekorot —la empresa estatal israelí— avanza en convenios hídricos con 12 provincias argentinas.


APARTHEID HÍDRICO EXPORTADO

Mekorot, denunciada por la ONU por practicar «apartheid hídrico» contra el pueblo palestino, desembarcó en Argentina sin licitaciones transparentes.

Los hechos:

  • Firmó convenios con 12 provincias, incluyendo Río Negro
  • Gestiona planes maestros de agua sin contratos públicos completos
  • Algunos acuerdos incluyen cláusulas de confidencialidad que transfieren propiedad intelectual de datos hidrográficos
  • La empresa requiere aumentos tarifarios de hasta triplicar costos

La pregunta geopolítica: ¿Por qué Argentina entrega el control de sus recursos hídricos estratégicos a una empresa de un país con el que se alinea militarmente, mientras eso nos convierte en blanco de Irán?


LA PATAGONIA SE VENDE

Bajo el DNU 70/2023, se derogó la Ley 26.737 que limitaba la compra de tierras rurales por extranjeros.

El mapa de la entrega:

  • Estados Unidos: 2,7 millones de hectáreas (primer lugar)
  • Emiratos Árabes y Qatar: más de 110.000 hectáreas compradas recientemente
  • Multimillonarios árabes adquirieron más de 10.000 hectáreas de bosques nativos
  • Capitales extranjeros evaden la legislación mediante testaferros y sociedades anónimas

La ironía: Mientras el gobierno nacional califica a Irán como enemigo, capitales árabes de Emiratos y Qatar compran tierras patagónicas sin restricciones. ¿Geopolítica de oficina o de verdad?


UNA SOCIEDAD ADORMECIDA

Mientras se juega el futuro estratégico del país, la mayoría de los argentinos vive atrapada en la supervivencia cotidiana.

Según un estudio de opinión pública de febrero de 2026:

  • 70,7% considera que su situación económica familiar empeoró o se mantuvo igual de mal
  • 46,5% señala a la inseguridad como su principal preocupación, seguida por bajos ingresos (43,9%) e inflación (34,8%)
  • 59,7% anticipa que su situación económica estará peor o igual en los próximos seis meses

El fenómeno del «adormecimiento estratégico»:

«La polarización en Argentina es mucho más afectiva que política», explica el sociólogo Ernesto Calvo: «Los ciudadanos eligen según emociones, no según políticas concretas. Eso genera un blindaje cognitivo: se ignora lo que contradice la identidad tribal».

Las tres capas del adormecimiento:

  1. La grieta como anestesia: El debate político se reduce a «oficialismo vs. oposición», dejando fuera temas estructurales como soberanía, recursos estratégicos o geopolítica.
  2. La urgencia que tapa la estrategia: Cuando el 57,1% de los hogares recurre a préstamos para cubrir gastos básicos, es difícil que la ciudadanía priorice debates sobre glaciares o ejercicios militares.
  3. El orgullo identitario como barrera: Muchos sectores, por lealtad a su «bando», rechazan información que contradiga su narrativa, aunque provenga de fuentes técnicas o expertas.

El resultado: Mientras se decide el futuro de la Patagonia en mesas cerradas, gran parte de la sociedad está demasiado ocupada sobreviviendo —o demasiado atrapada en la grieta— para preguntar: ¿qué está pasando realmente?


LAS INCONSISTENCIAS QUE PREOCUPAN

1. Seguridad vs. Exposición:

  • Nivel de seguridad «ALTO» por tensión con Irán
  • Pero se profundizan declaraciones hostiles que nos exponen
  • Las FF.AA. admiten que no pueden defender el territorio

2. Incendios vs. Presupuestos:

  • Récord de incendios forestales
  • Pero no se ejecuta el 25% del presupuesto anti-incendios

3. Glaciares vs. Minería:

  • Se reforma la Ley de Glaciares para abrir el ambiente periglacial
  • Mientras Mekorot mapea los recursos hídricos

4. Soberanía vs. Extranjerización:

  • Se habla de soberanía nacional
  • Pero se venden tierras estratégicas a extranjeros
  • Y se entrega el agua a una empresa extranjera

5. Transparencia vs. Opacidad:

  • Ejercicio militar Kekén con poca información pública
  • Convenios con Mekorot sin contratos completos
  • Reforma de Ley de Glaciares con irregularidades

EL LLAMADO DE ATENCIÓN

Vivimos tiempos donde lo global devora lo local. La Patagonia —con sus glaciares, sus bosques, su agua dulce, su litio y su petróleo— es un botín estratégico en el mapa del poder mundial.

El pueblo argentino está distraído:

  • Sumergido en la grieta política
  • Hipnotizado por la inflación
  • Anestesiado por la posverdad de las redes

Mientras tanto:

  • Nos convertimos en blanco de Irán por alineamientos ciegos
  • Los bosques arden con presupuestos sin ejecutar
  • Los glaciares se desprotegen a puertas cerradas
  • El agua pasa a manos extranjeras
  • La tierra se vende sin control

No es teoría conspirativa: son hechos verificables.

Como advirtió Federico Calabró: «No podemos declarar enemigos sin tener defensa. No podemos entregar recursos sin tener soberanía. No podemos alinearnos sin tener estrategia».

El periodismo responsable no debe normalizar estas inconsistencias. Nuestro rol es hacer las preguntas incómodas, exigir transparencia y recordar que la seguridad se construye con soberanía, no con subordinación.

«La Patagonia no es un tablero de ajedrez para guerras ajenas. Es hogar, es agua, es futuro. Y merece ser defendida con inteligencia, no con silencios cómplices.»

La Patagonia no se entrega. Se defiende.


FUENTES CONSULTADAS

Expertos citados:

  • Federico Calabró, especialista en seguridad nacional
  • Jorge Castro, analista internacional
  • Mariano Yakimavicius, especialista en relaciones internacionales
  • Ernesto Calvo, sociólogo, sobre polarización afectiva

Documentación oficial y medios:

  • Ejercicio Operacional Kekén: Ministerio de Defensa, Trenes Argentinos Cargas
  • Incendios forestales: Greenpeace Argentina, Chequeado
  • Ley de Glaciares: Honorable Congreso de la Nación, organizaciones ambientalistas
  • Mekorot en Argentina: Prism Reports, La Tinta, Greenpeace
  • Tensión con Irán: Infobae, Resumen Latinoamericano, cancillería argentina
  • Extranjerización de tierras: Letra P, Werken Rojo, registros catastrales
  • Opinión pública: Proyección Consultores, Nota Al Pie

Nota editorial: Esta nota fue elaborada con información de dominio público y fuentes verificables. Latapa.com.ar sostiene el compromiso con el periodismo de investigación y el derecho ciudadano a la información transparente.

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    En el plazo de unos pocos días, más de cincuenta mil personas cruzaron la frontera de Marruecos hacia el enclave-ciudad-española de Ceuta. Un joven de 21 años de origen libanés fue abatido por la policía alemana al día siguiente de atentar con una furgoneta contra la Marcha del Orgullo en el Tiergarten de Berlín, matando a una mujer y dejando 29 personas heridas. En Argentina, el Gobierno libertario publicó un decreto para impedir la entrada al país y expulsar a los extranjeros que “agravien al pueblo argentino”. Ninguno de estos episodios admite una única explicación. Sin embargo, los tres forman parte de una misma mutación de la racionalidad política contemporánea, que toma poblaciones vulnerables como fichas del tablero político, ejércitos de reserva despojados ya no solo de empleo, sino también de cualquier derecho.

    Las imágenes de Ceuta muestran masas de cuerpos corriendo entre los espigones fronterizos, miles de personas cruzando a nado el espigón del Tarajal, agentes de la Guardia Civil rescatando criaturas mientras se ahogaban, el despliegue militar en las playas fronterizas, hombres marroquíes rompiendo o escalando las verjas y un montón de gente desesperada. Son imágenes que condensan décadas de asimetrías, acuerdos migratorios y tensiones diplomáticas. En la escena de Berlín, en cambio, la mayoría celebraba una fiesta callejera que abraza la diversidad sexual. El atacante, radicalizado pero formalmente integrado, estaba en la mira de las autoridades. Los servicios de inteligencia lo habían clasificado como “orientado a la violencia”, pero no tenían ningún asidero legal para restarle libertades. Dos episodios muy distintos de la multitud, la vulnerabilidad y las diferencias insalvables que trazan los itinerarios de un viejo continente que ve cómo se desfiguran los marcos con los que las democracias liberales suelen narrar la migración. La proximidad de estos dos casos en tiempo y espacio vuelve visible la dificultad de encontrar un lenguaje capaz de pensar las transformaciones recientes de la migración sin reducirlas a la alternativa entre el humanitarismo y la seguridad.

    Ceuta y Berlín muestran que la figura del migrante ya no ocupa un lugar fijo en los debates políticos, sino que su halo se ha vuelto móvil, plástico, disponible para usos estratégicos muy distintos.

    Como era previsible, las dos noticias fueron absorbidas de inmediato por la lógica de la polarización. De un lado, aparecieron voces que denunciaban la xenofobia latente en toda llamada a reforzar fronteras y mezclar islamismo con fundamentalismo. Del otro, señalaron la ingenuidad de las políticas de acogida y la incapacidad estatal para proteger a sus ciudadanos de bien. El debate se organizó, una vez más, alrededor de la oposición entre la custodia de la nación y la defensa irrestricta de la diversidad. Esa dicotomía tiene una eficacia política inmediata, porque ordena el campo, pero también tiene un costo analítico severo. Impide advertir un cambio más profundo en la manera en que la figura del migrante circula por el espacio público contemporáneo.

    Lo verdaderamente nuevo, de todas maneras, no está en los argumentos (archiconocidos, por otra parte), sino en la transformación que permanece oculta cuando nos limitamos a tomar partido. Ceuta y Berlín son acontecimientos que desbordan tanto el relato humanitario como el relato securitario. Ambos muestran que la figura del migrante ya no ocupa un lugar fijo en los debates políticos, sino que su halo se ha vuelto móvil, plástico, disponible para usos estratégicos muy distintos. La dicotomía entre puertas abiertas y puertas cerradas supone que la migración es un fenómeno que se puede aceptar o rechazar. Pero lo que estas escenas sugieren es que la migración se ha convertido también en un lenguaje a través del cual los Estados y los movimientos políticos se disputan algo más que el control del territorio. El problema no se reduce, por lo tanto, a un hecho demográfico. La transformación de la figura del migrante es una pieza central de la racionalidad política actual.

    Geopolítica de la vulnerabilidad

    Durante buena parte del siglo XX, las masas migrantes habían sido pensadas como trabajadores, como refugiados o como víctimas de persecuciones. Hoy, sin dejar de ser ninguna de esas cosas, se han convertido además en un instrumento de presión interestatal y en un soporte simbólico para nuevas formas de autoridad (¿o autoritarismo?). Esa mutación es algo que exige ser pensado.

    En Ceuta, el protagonista de la noticia no era el migrante individual con su historia y sus motivos, sino la frontera como instrumento diplomático. El gobierno marroquí, según lo que dijeron prácticamente todos los análisis, relajó los controles como respuesta a una decisión del Tribunal Supremo español que limitaba las devoluciones “en caliente” (sin procedimientos formales de identificación y expulsión). Más de sesenta mil personas se convirtieron, en cuestión de horas, en una señal enviada de una capital a otra. La movilidad humana funcionó como un mensaje que no necesitaba ser formulado explícitamente. Las personas concretas quedaron subsumidas en una función geopolítica que las excedía por completo.

    La migración se ha convertido también en un lenguaje a través del cual los Estados y los movimientos políticos se disputan algo más que el control del territorio.

    En Berlín, el protagonista tampoco fue el atacante en su singularidad, sino el fracaso de ciertas categorías con las que Europa en general y Alemania en particular habían intentado pensar la integración. El episodio hizo visible una tensión que los discursos oficiales habían mantenido en un discreto segundo plano: la coexistencia, dentro del mismo espacio jurídico, de marcos normativos profundamente incompatibles.

    Ambos casos expresan una misma reorganización simbólica (y no solo) del campo político que va desde el lenguaje de la geopolítica y la presión migratoria hasta el lenguaje de la seguridad interior y el conflicto de valores. Tanto en Berlín como en Ceuta, el migrante pasó a convertirse en operador político, como instrumento de negociación entre Estados o detonante de una reconfiguración discursiva que ya no opone simplemente izquierda y derecha, sino que atraviesa y reorganiza ambos campos.

    Para entender la profundidad de este desplazamiento conviene abrir el foco histórico. Lo ocurrido en Ceuta no es una excepción. En 2021, el mismo gobierno marroquí permitió la entrada masiva de miles de personas al enclave español tras un desacuerdo diplomático vinculado al Sahara Occidental. En aquella ocasión, igual que en esta, el movimiento migratorio se usó para agitar una negociación que hasta entonces transcurría por los canales oficiales. La repetición del procedimiento indica que no estamos ante una estrategia puntual, sino ante la consolidación de un repertorio de acción estatal que utiliza el control selectivo de la movilidad como una herramienta de presión exterior. Ese mismo año, el caso de Bielorrusia reforzó esa impresión. Durante varios meses, el régimen de Aleksandr Lukashenko facilitó la llegada de miles de migrantes, principalmente de Oriente Medio, hasta la frontera con Polonia, Lituania y Letonia. Ahí también las imágenes de personas atrapadas en un bosque helado entre alambradas y uniformes militares dieron la vuelta al mundo. La Unión Europea denunció lo que calificó como un ataque híbrido que se apoyaba en la instrumentalización deliberada de seres humanos con fines geopolíticos. En ese caso, como en Ceuta, la movilidad de miles de personas era administrada como un recurso para desestabilizar al adversario. Y el problema humanitario era más una consecuencia. Turquía, por su parte, ya había mostrado la eficacia del mecanismo en 2016, cuando la UE firmó un acuerdo con Ankara para que contuviera los flujos migratorios hacia Grecia a cambio de miles de millones de euros y concesiones políticas. En 2020, cuando las tensiones entre Turquía y la UE se intensificaron, el presidente Recep Tayyip Erdoğan abrió brevemente esa frontera y centenares de personas se dirigieron hacia Europa como tierra prometida, cayendo en la misma trampa. La movilidad no era el efecto colateral de una guerra o un desastre ecológico, sino una palanca que se accionaba de forma calculada, un instrumento de presión que atrapaba a las personas entre la indolencia y la indiferencia. La lógica no se limita al vecindario europeo ni a los países que “producen” migrantes. En Estados Unidos, Donald Trump convirtió al “extranjero” en un eje privilegiado para reorganizar el debate sobre soberanía, seguridad y autoridad estatal. Sus maniobras para controlar la frontera con México la volvieron un escenario privilegiado para narrar una idea de nación.

    Sumados, todos estos casos empiezan a configurar un catálogo relativamente estable. Distintos gobiernos, con regímenes políticos y orientaciones ideológicas diferentes, descubren que la administración de poblaciones desplazadas puede rendir beneficios hacia adentro y hacia afuera de las fronteras. Por supuesto, los migrantes tienen agencia y motivos propios, pero sus movimientos se insertan en un entramado de tolerancias y bloqueos que los convierte en un recurso estratégico. La vulnerabilidad extrema se transforma en un activo para negociar.

    Estamos ante la consolidación de un repertorio de acción estatal que utiliza el control selectivo de la movilidad como una herramienta de presión exterior.

    ¿Qué es lo que hizo que la circulación de personas adquiriese semejante valor táctico y tan poco valor humano? Más allá de las asimetrías económicas y los conflictos armados, se puede pensar que cuando la UE convirtió el control migratorio en una prioridad política de primer orden, otorgó involuntariamente a sus vecinos un nuevo recurso de negociación: la amenaza de dejar pasar y la promesa de contener.

    Es muy útil recuperar, con todas las precauciones necesarias, una vieja categoría de la tradición crítica: el ejército industrial de reserva. Marx describió con ese concepto la masa de trabajadores desempleados que el capitalismo mantenía disponibles para presionar a la baja los salarios y disciplinar a la clase obrera activa. Con eso develó que esa población “excedente” no era un accidente del sistema, sino un componente estructural en su funcionamiento que era medido en términos principalmente económicos. Hoy, el migrante sigue siendo, en muchos contextos, mano de obra precarizada que engrosa los márgenes del mercado laboral. Pero esa condición económica ya no agota su función política. Junto a su explotación como trabajador, emerge una nueva modalidad de uso, ya que el migrante empieza a valer políticamente por la presión que su sola presencia (efectiva o virtual) ejerce sobre los sistemas de acogida y la opinión pública. 

    Los movimientos migrantes se insertan en un entramado de tolerancias y bloqueos que los convierte en un recurso estratégico. La vulnerabilidad extrema se transforma en un activo para negociar.

    Ya no se trata solo de un excedente laboral que regula el mercado de trabajo, como planteó Marx, sino de una masa de seres humanos “sobrantes” que regula relaciones de fuerza en el escenario internacional; cuerpos cuya vulnerabilidad puede ser administrada (y exhibida) según las circunstancias. No hay nada particularmente novedoso en el uso político de las migraciones. El siglo XX ya ofrece innumerables ejemplos de desplazamientos forzados, expulsiones masivas e instrumentalización de poblaciones enteras con fines militares, diplomáticos o económicos. La novedad parece residir en que hoy la migración es un dispositivo a través del cual se reorganizan discusiones mucho más amplias sobre soberanía, seguridad, ciudadanía e identidad. Funciona como un fenómeno capaz de disciplinar el conjunto del debate público. 

    La analogía con el ejército de reserva es estructural, porque así como la existencia de población desocupada permitía reorganizar las relaciones entre capital y trabajo en favor de la burguesía, la centralidad política del migrante permite hoy reorganizar las fronteras de la comunidad nacional favoreciendo los discursos de las derechas identitarias. Es un principio alrededor del cual se ordenan conflictos que lo exceden ampliamente. La consecuencia de ese desplazamiento es profunda. El cuerpo migrante pasa a valer por sus efectos políticos, por la capacidad de alterar agendas mediáticas y cálculos electorales. Los Estados hoy pueden tratar a las personas como fichas de negociación, tomando prestados recursos del lenguaje humanitario que se mantienen en la superficie mientras la gramática profunda es la de la instrumentalización.

    Junto a su explotación como trabajador, emerge una nueva modalidad de uso: el migrante empieza a valer políticamente por la presión que su sola presencia ejerce sobre los sistemas de acogida y la opinión pública.

    En Berlín, desde esta perspectiva, el conflicto que se desató después del atentado no enfrenta simplemente a quienes quieren cerrar las fronteras con quienes quieren abrirlas. Lo que emerge es una tensión entre distintos principios normativos que conviven dentro del mismo edificio liberal. Por un lado, el principio de protección de las minorías sexuales, que exige perseguir y condenar el odio homofóbico. Por otro, el principio de no discriminación, que obliga a no estigmatizar a toda una comunidad religiosa por el acto de algunos individuos. Ambos principios son legítimos, pero su articulación se vuelve extremadamente difícil en un clima de miedo y polarización. Esta tensión constituye uno de los principales combustibles del crecimiento de las nuevas derechas europeas. No necesitan demostrar que todos los inmigrantes son peligrosos; alcanza con instalar la idea de que el Estado no es capaz de distinguir entre quienes representan un riesgo y quienes no (o que cuando lo hace es demasiado tarde), de que los derechos de las minorías atentan contra la seguridad nacional. La extrema derecha capitaliza la sensación de que el control se ha perdido y de que las élites políticas lo ocultan por razones ideológicas o por conveniencia.

    La migración de una gramática

    El Cono Sur merece particular atención precisamente porque parece situarse en las antípodas del caso europeo, pero replica su gramática. A fines de julio, el gobierno de Javier Milei publicó un decreto que amplía las facultades del Estado para expulsar a migrantes que atenten contra el orden público, incluyendo causales vinculadas a manifestaciones orales o escritas. Argentina no presenta ni de lejos una crisis migratoria comparable a la europea. La migración regional, legal prácticamente en su totalidad, proveniente de países limítrofes, es un fenómeno consolidado desde hace décadas que no ha generado tensiones culturales significativas ni desafíos de integración equiparables a los del Mediterráneo. Los índices de delincuencia de la población migrante no difieren de los de la población nativa. No hay atentados ni conflictos lingüísticos que cuestionen la soberanía estatal. Cualquier comparación con Ceuta o Berlín sería híper forzada.

    ¿Por qué, entonces, el presidente argentino adopta un lenguaje político tan parecido al que utilizan las derechas europeas para hablar de la migración? Las respuestas no están en los hechos o los datos, sino en la identificación con una forma de construir el conflicto político. Lo que revela el DNU libertario es la voluntad de inscribir al país en las conversaciones del Norte global. La idea de que ciertos migrantes representan una amenaza para la comunidad nacional y que el Estado debe tener la capacidad de expulsarlos con rapidez es un tópico central del repertorio de las nuevas derechas globales, verosímil dentro de un relato más amplio sobre la decadencia y la necesidad de restaurar una autoridad centralizada.

    Hoy la migración es un dispositivo a través del cual se reorganizan discusiones mucho más amplias sobre soberanía, seguridad, ciudadanía e identidad.

    El decreto introduce criterios que atañen a la relación simbólica del migrante con la nación. Se trata de habilitar la promesa de la expulsión como atributo de fuerza. La frontera se desplaza desde la conducta hacia la opinión, como marca la rítmica actual. Permanecer en el territorio deja de ser un derecho que se pierde por infringir la ley penal y empieza a ser una concesión que puede revocarse por no compartir los valores que un gobierno define como propios.

    El migrante, incluso en contextos donde su presencia no supone ningún problema social significativo, funciona como un objeto privilegiado para reorganizar los imaginarios sobre soberanía, comunidad y autoridad. A través de su figura se vuelve a discutir qué es la nación y quién tiene derecho a definirla. Más que un conflicto entre nativos y extranjeros, la operación usa al migrante para reconfigurar el vínculo entre el Estado y el conjunto de la población, en la medida que envíe un mensaje general sobre hasta dónde está dispuesto a llegar un gobierno en nombre del orden.

    Así como la población desocupada permitía reorganizar las relaciones entre capital y trabajo en favor de la burguesía, la centralidad política del migrante permite hoy reorganizar las fronteras de la comunidad nacional favoreciendo los discursos de las derechas identitarias.

    Es posible observar la manera en que ciertos grupos adquieren un nuevo valor estratégico y, con eso, insistir en que no se trata de profetizar un futuro distópico ni de equiparar mecánicamente el siglo XXI con el XIX. Se trata de identificar un patrón emergente y un uso de las poblaciones migrantes como recurso político de primer orden cuya fragilidad es exactamente lo que lo habilita. La precariedad de esas vidas se convierte en poder, pero no para esas poblaciones (el mito del “empoderamiento” mostró su esterilidad), sino para quienes las administran. 

    Lo que asoma en los tres escenarios es una política que ya no quiere resolver problemas o mejorar la vida de las personas. El migrante, convertido en recurso estratégico, deja de ser sujeto de derecho para transformarse en un buen argumento para endurecer leyes o renegociar acuerdos. Hay millones de personas que dependen cada vez más de gobiernos que las usan como justificación para ampliar sus facultades. Quizá por eso, la frontera se instaló en el centro del lenguaje con que el poder se narra a sí mismo.

    La entrada Un nuevo ejército de reserva se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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