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Orazi confirmó cambios en el gabinete municipal

El Intendente Marcelo Orazi confirmó cambios en el gabinete municipal a partir de octubre. Lo hizo luego de encabezar una reunión de gabinete junto a sus Secretarios: de Gobierno Guillermo Carricavur; de Coordinación Ariel Oliveros; de Obras y Servicios Francisco Lucero y de Desarrollo Social Luisa Ibarra; además de la Directora de Economía y Finanzas Marta Muñoz en lugar de la titular del área Mirta Sánchez quien se encuentra con licencia médica.

En la oportunidad, el Intendente confirmó que a partir de octubre Daniel Paravano será el nuevo Director de Obras Sanitarias en reemplazo de Sebastián Sciardis; Nancy González se hará cargo de la Dirección de Comunicación en reemplazo de Marcel Hromek quien pasará a desempeñarse en la Secretaría Privada de Intendencia mientras que en forma provisoria personal de la Secretaría de Desarrollo Social realizará tareas inherentes a la Dirección de Acción Social tras la renuncia de Rodrigo Durán.

Además el jefe comunal confirmó a su equipo que la próxima semana, con la presencia de la Gobernadora Arabela Carreras, se inaugurarán la calle Libertad y la Comisaría de la Familia.

Por otro lado Orazi y sus funcionarios repasaron la agenda de actividades previstas para el transcurso de este mes y el próximo en el que se festejan los 97 años de Villa Regina.

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    En un nuevo 1° de mayo atravesado por el ajuste y la conflictividad social, Axel Kicillof envió un mensaje contundente a los trabajadores: prometió no abandonar a quienes sufren las consecuencias del modelo económico y volvió a marcar una línea política clara frente al rumbo del gobierno nacional.

    Por Ignacio Elfratini para NLI

    En medio de un escenario económico cada vez más adverso para amplios sectores de la sociedad, el gobernador bonaerense Axel Kicillof eligió el Día del Trabajador para fijar posición. Lo hizo con una frase que sintetiza tanto una definición política como un posicionamiento estratégico: “no les vamos a dar la espalda”, en referencia directa a los trabajadores golpeados por el ajuste.

    El mensaje no fue aislado ni meramente conmemorativo. Según publicó C5N, el mandatario remarcó que, pese al intento de instalar que “no hay alternativa”, existe un horizonte distinto y que es necesario construirlo colectivamente. En otras palabras, el discurso se inscribe en una disputa más amplia: la de resignación versus proyecto político.

    Una respuesta política al modelo de ajuste

    El contexto no es menor. La gestión de Javier Milei viene siendo cuestionada por sindicatos, gobernadores y sectores productivos por el impacto de sus medidas. En ese marco, Kicillof no solo habló a los trabajadores, sino que se posicionó como uno de los principales referentes de la oposición a nivel nacional.

    La frase elegida —“no les vamos a dar la espalda”— funciona como contracara directa de un modelo que, según distintas críticas, ha descargado el peso del ajuste sobre salarios, empleo y consumo. En ese sentido, el gobernador planteó la necesidad de sostener un rol activo del Estado frente a la crisis.

    No es la primera vez que el mandatario bonaerense adopta este tono. En reiteradas oportunidades ha advertido sobre los efectos sociales de las políticas nacionales, y en este caso volvió a insistir en la idea de que hay un camino alternativo basado en la protección del trabajo y la producción.

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    El mensaje también dialoga con el clima de movilización que atraviesa al país. En los últimos meses, distintas protestas sindicales y sociales marcaron el rechazo a reformas impulsadas por el oficialismo, especialmente en materia laboral, que desde sectores opositores son interpretadas como un avance sobre derechos históricos.

    En ese escenario, Kicillof intenta correrse de una lógica puramente defensiva para plantear algo más ambicioso: la construcción de una alternativa política. La referencia a que “no hay alternativa” aparece, justamente, como una crítica a la narrativa oficial que busca instalar inevitabilidad.

    El gobernador, en cambio, propone lo contrario: que el rumbo económico es una decisión política y que puede ser modificado. De allí la insistencia en “construir ese futuro posible”, una frase que apunta tanto a la militancia como al electorado en general.

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    El posicionamiento de Kicillof también tiene una lectura interna dentro del peronismo. En un escenario de reacomodamiento político, su figura gana centralidad como uno de los dirigentes con mayor capacidad de confrontar con Milei desde una narrativa económica y social consistente.

    La apelación directa a los trabajadores no es casual: históricamente, ese sector ha sido la base del movimiento peronista. Y en un contexto de pérdida del poder adquisitivo y aumento de la precarización, el discurso busca reconectar con esa identidad.

    Así, el mensaje del 1° de mayo no solo funciona como un gesto simbólico, sino como una pieza más en la construcción de un liderazgo opositor que intenta articular resistencia, gestión y proyección nacional.

     

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    LPO anticipó en exclusiva que Monzó empezó a trabajar con Miguel Pichetto en ese armado en la provincia de Buenos Aires, que incluye diálogo con intendentes del PJ, incluso algunos que supuestamente están cerca del gobernador. Pichetto estuvo con Cristina Kirchner en febrero y hablaron de la unidad del peronismo, tal como anticipó LPO.

    Kicillof se reúne varias veces al año con Monzó y Massot, con quienes compartió el recinto durante el macrismo, para hablar de la coyuntura.

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    «A diferencia del pasado, en donde estábamos en veredas muy opuestas respecto de lo que había que hacer, ahora se ven las cosas un poco más parecidas», revelaron a LPO fuentes al tanto de la reunión en La Plata.

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  • Anestesiame

     

    Esta nota es una coproducción de Revista Anfibia y elDiarioAR 

    Quirófano. Escena 1

    Lo último que veo antes de que todo se apague es un par de ojos azules entre una cofia celeste y un barbijo del mismo color. Un conjunto de objetos de formas semicirculares perfectamente engamados. 

    Apenas me trasladaron al quirófano pregunté por el anestesiólogo (o dije anestesista, entonces no sabía la diferencia entre el médico y el auxiliar, una diferencia de formación y de clase), yo también con cofia, pero blanca, casi transparente, y ese horrible camisolín que expone humillantes extensiones de piel. Pregunté por él porque quería decirle que amo la anestesia general, aunque soporto muy mal los temblores del despertar. El anestesiólogo mira mi historia clínica resumida a su mínima expresión en la planilla enganchada en un cartón. Ahí están todas las cirugías por las que pasé. Supongo que por eso no pregunta cómo sé o cuántas veces me desperté temblando. Dice: no hay problema. Ya me puede desenchufar.

    Tengo el catéter intravenoso clavado en una vena, en la fosa cubital. Mi vida cuelga de esos ojos azules que me miran, seguramente controlen el efecto de la anestesia. El resultado es inmediato. Para una insomne como yo, el placer de no sentir el habitualmente dificultoso pasaje al sueño es oro. Anoto mentalmente: el placer de no sentir. Nada mejor para un cerebro que da vueltas en la rueda del hamster enjaulado y cuesta tanto apagar.

    Fundido a negro.

    Empiezo por mí porque soy parte de la sociedad de la evasión, el mandato de “desertar” de Bifo Berardi me pegó fuerte y el deseo involuntario de apagarme es una fuerza contra la que lucho desde siempre (mi síntoma es el sueño).

    Por eso, tal vez, jamás se me ocurrió preguntar cuáles eran las drogas que me suministraban en las cirugías, endoscopías, tratamientos de conducto o cualquier otro procedimiento invasivo que necesite anular la conciencia del dolor. Y también por eso, quizás, tampoco me había preguntado antes si los médicos experimentaban con esas mismas drogas en sus propios cuerpos.

    Nunca tuve miedo de morir en una cirugía, ni de tener una alergia ni ninguna otra complicación causada por la anestesia. Solo me preocupaban los temblores. 

    Nunca, hasta que todo cambió. Fue a fines de marzo, cuando nos enteramos de que el anestesiólogo Alejandro Zalazar (31), residente del Hospital Rivadavia que hacía rotaciones en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, había muerto por sobredosis de anestésicos, en su departamento en Palermo. El hecho había ocurrido el 20 de febrero. ¿Por qué se supo cuarenta días después? La noticia se conoció por un audio viral que vinculaba el caso con el robo de insumos en el Hospital Italiano y develaba una trama oscura, que incluía “viajes controlados” grupales de médicos con esas sustancias. Lo que conocimos como el lore de las Propofest

    Aquí un spoiler: si bien no hay una estadística de muertes de anestesiólogos en Argentina, esas muertes ocurren soto voce. Reflotar el caso de una técnica anestesista muerta en 2023 tal vez sea otra punta del mismo ovillo y habilita la pregunta: ¿qué ollas no se quieren destapar? En voz alta, en cambio, circula lo que algunos médicos llaman “el mito”: los anestesiólogos son “drogones”. Aquí se trata de desandar el prejuicio moralizante para intentar entender las causas de un fenómeno que sí está estudiado a nivel internacional.

    Esta crónica-ensayo se escribe a partir de entrevistas a pacientes de cirugías y médicos de distintas especialidades, incluidos anestesiólogos, de quienes se reserva la identidad por lo delicado del tema, pero que además de experiencia aportaron bibliografía esclarecedora para entender una pregunta básica: ¿Por qué se droga un anestesista? ¿Qué busca con estas experiencias extremas? ¿Qué peligros encarna para los pacientes?

    Antes, un repaso a vuelo de pájaro: la causa del hurto de insumos del Hospital Italiano involucra a un médico anestesiólogo con trayectoria, Hernán Boveri (45), experto en TIVA (Anestesia Total Intravenosa) y a la residente de tercer año (R3) Delfina Lanusse (31), Tini, ambos desafectados de la institución, además de a Chantal Leclercq, Tati, también R3 del Hospital Rivadavia y compañera de Zalazar. Su confesión en los últimos días la compromete: se tradujo en dos allanamientos en su vivienda en CABA y en la de sus padres en un barrio cerrado de zona norte y hace que el vínculo entre las dos causas paralelas deje de ser una mera hipótesis periodística.

    El audio refiere un vínculo sexoafectivo entre Boveri y Lanusse -el jefe y la subalterna-, quien declaró que él la involuntarizaba para violarla. Rápidamente, esto se leyó como estrategia de la defensa de la joven. La Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires (AAARBA), advirtió: «Boveri manifestó que la participación de la residente se habría dado en un marco de consentimiento pleno, pero ello debe ser juzgado teniendo en cuenta la asimetría jerárquica existente entre un médico anestesiólogo con mayor trayectoria profesional y una médica en formación, lo que implica un grado de subordinación».

    El caso revela un desplazamiento: la recirculación de drogas legales de acceso altamente restringido en un circuito ilegal para un uso recreativo (o para su comercialización), concretamente, de dos anestésicos muy poderosos y utilizados en los procedimientos quirúrgicos y endoscópicos como son el fentanilo, un analgésico opioide 100 veces más poderoso que la morfina, y el propofol, un sedante que induce el sueño (Michael Jackson murió en 2009 por sobredosis de propofol que le medicaban para dormir; el médico que lo asistía fue condenado y cumplió dos años de prisión). De allí se desprende el nombre de Propofest o Fiestas del Propofol, que parecen distar bastante de bolas de espejos y bailes desenfrenados y se acercan mucho más a una modalidad epocal: la necesidad de evadirse completamente de lo real. El descanso, la quietud. Y bajar de las alturas (también, del efecto de otras drogas, un clona potenciado).

    Los anestesiólogos son los médicos mejor pagos del sistema. Un residente cobra entre 1.5 y 1.8 millones de pesos. El bruto de un médico de planta promedia los 15 millones sin las retenciones. 

    Se trata de un consumo de élite: los anestesiólogos son los médicos mejor pagos del sistema. Mientras el sueldo de un residente oscila entre 1.5 y 1.8 millones de pesos, el bruto de un médico de planta promedia los 15 millones sin las retenciones, lo que los posiciona séptimos en el ranking de las 10 profesiones mejor pagas del país. Constituyen un bien escaso: de casi 200 mil médicos matriculados en Argentina, casi 6.000 se dedican a la anestesiología: la escasez de oferta implica una sobrecarga laboral que lleva a situaciones de estrés extremo. La selección que realiza la entidad que los agrupa, la Federación Argentina Asociaciones, Anestesia, Analgesia y Reanimación (FAAAAR), es muy estricta: se abren 168 puestos anuales para todo el país, y en los primeros años están obligados a prestar servicio adicional en instituciones públicas, algo que aumenta la carga horaria. De todas las ramas de la medicina, es una de las que recibe más demandas judiciales por malas praxis. Alguien que gana mucho y puede perderlo todo en un tris. Cómo no buscar, al menos, la evasión. Cómo no anestesiarme, si además tengo el acceso fácil. Es sólo cuestión de estirar la mano. La tentación de la élite es absoluta.

    En esta trama, el apellido Lanusse lleva estampada la marca de clase (Alejandro Agustín Lanusse, de paso, fue presidente de facto entre 1970 y 1972). La foto de las milipilis (las chetas del audio del lore), la rubia y la castaña egresadas de la Universidad Austral, sedadas, con las vías colgadas de una rama de árbol, sumaron morbo al morbo. Surrealismo a la realidad. Incomprensión a un hecho delictivo enmarañado.

    Mientras esta versión moderna hipertecnologizada y aristocrática de los antiguos fumaderos de opio ocurre en un piso de Palermo o en un country, en la calle (donde el adicto roba, no es novedad), y en un contexto donde alucinógenos y estimulantes son reemplazados por drogas de diseño, el fentanilo aparece como una amenaza seria: una droga hospitalaria que baja al asfalto por la puerta del narcotráfico. En otros países ya es un problema grave de salud pública, en Argentina resuena por la causa reciente de la droga adulterada que provocó muertes hospitalarias en distintas provincias y escaló políticamente. La reciente muerte de un enfermero en Palermo suma nuevas aristas a la tragedia. Y lleva a la pregunta sobre las responsabilidades institucionales y del Estado, sobre todo en lo que aparece como ¿falla? en los controles. 

    Quirófano. Escena 2

    Esto pasó antes. También hay dos ojos, los del anestesiólogo. El obstetra masajea mi útero después de la cesárea para que vuelva a su tamaño normal. Duele mucho. Me aferro a  esos ojos como garrapata, implorando: más anestesia. La epidural no alcanza. Me dice: hasta ahí no llego. 

    La omnipotencia médica se hace trizas. Y el dolor se olvida. ¿Hay una droga para cruzar el Leteo, el río del olvido? Seguramente, pienso, es el anestesiólogo quien necesita olvidar, dormir en paz (y para eso, nada como el propofol).

    El miércoles 1 de abril, millones de ojos miramos el despegue de la nave Artemis II a la Luna. Había leído con orgullo que científicos de tres universidades públicas locales, Buenos Aires, La Plata y San Martín, fabricaron un satélite made in Argentina, Atenea, con la función de estudiar y mejorar los registros en los vuelos espaciales. Además, es la primera vez que una mujer (Cristina Koch) participa de una tripulación al espacio. Mientras los astronautas emprendían su viaje 50 años después del primer alunizaje y en las pantallas veíamos alejarse el cohete a la Luna desde el Centro Espacial Kennedy, nos enterábamos de que un grupo selecto de médicos de élite se inyectaban con sustancias que garantizaban una huida a Plutón, el planeta enano, el noveno en la galaxia, donde no llegan naves tripuladas. No calculaban la posibilidad de que solo fuera un viaje de ida. O sí, y jugaban con ese fuego. ¿Cómo se reparten las fichas de la ciencia de excelencia? No está tan lejos el ritual de los aplausos en la pandemia, cuando otorgamos categoría de superhéroes y superheroínas a médicos y auxiliares de la salud que arriesgaban sus vidas y eran explotados al mango. Lejos del tiempo del orgullo por las primeras generaciones de médicos en un país que fue conformando su perfil a partir de capas de inmigrantes pobres que escapaban de las guerras, hoy los médicos son personal precarizado, sobreexplotado y con limitada contención desde la salud mental. ¿Y los anestesiólogos, los presuntos millonarios de la historia? ¿qué sabemos de ellos?

    Un lugar común: los médicos son humanos que también se drogan y eso es así desde que existe la medicina. En 1884 Freud publicó un artículo, Sobre la coca, en el que defendía el uso de esta droga con la que él mismo experimentó y que, hacia fines de siglo XIX, se empezaba a utilizar como anestésico (en primer lugar, en oftalmología). Freud alentó su uso para curar la adicción a la morfina en un médico amigo, Ernst Fleischl-Marxow, quien sufría de dolores agudos. El final es trágico: Fleischl-Marxow murió de sobredosis por consumo de cocaína. No hay una relación de causalidad, pero ya en el siglo XX, Freud reemplaza los tratamientos con sustancias por la cura por la palabra. Un cuento corto para aventurar el nacimiento del psicoanálisis. 

    La imposibilidad de hablar de las propias adicciones por miedo a perder el trabajo es algo que sin duda les juega en contra a los médicos. Hay equipos de salud mental y en algunas instituciones reciben charlas, pero, en voz de un médico intensivista, el verdadero lugar de contención son los compañeros de trabajo y, a veces, las parejas. No siempre alcanza.

    Intermedio. Jugar a ser Cristo

    En los últimos días, una nueva palabra se instaló en nuestro lexicón: ambucear, una maniobra de rescate que consiste en la ventilación para las apneas que pueden provocarse en la sedación y llevar a una depresión respiratoria si no se controla. También escuchamos hablar de bomba de infusión para suministrar la droga inyectable por suero. Y supimos que R3 era residente de tercer año. Una mínima jerga médica se coló en nuestro vocabulario. Antes no sabíamos. Ahora, ¿qué sabemos? 

    En la película Línea mortal (hay dos versiones, de 1990 y de 2017), cinco estudiantes de medicina de universidades caras juegan a anestesiarse en un sótano del hospital en el que trabajan como residentes en el área de terapia intensiva. Buscan transgredir la frontera que separa la vida y la muerte para experimentar qué hay más allá, controlados por sus compañeros, que los hacen regresar a través de drogas como la epinefrina y maniobras de resucitación. Qué tentación, jugar a ser Cristo. Qué borde tan finito cuando el costo real puede ser la muerte.

    Hoy, cuando la realidad se ha vuelto un territorio insoportable, anular todos los sentidos parece ser una vía de escape extrema pero posible para quienes tienen los recursos y el acceso. Da miedo pensarlo, impresiona saber que los profesionales encargados del cuidado de los cuerpos de los otros buscan autodestruir el propio. ¿O el conocimiento científico es lo que les da la seguridad de que van a controlarlo todo siempre, la hybris del amigo de Freud?

    En un estudio de casos, el experto Gustavo Calabrese define la farmacodependencia como una enfermedad devastadora, crónica y recidivante que el adicto suele no aceptar. Estima que entre el 10% y 15% de los anestesiólogos se encuentra en riesgo. Identifica factores como el acceso fácil, el estrés ambiental y la «exposición pasiva» (inhalación). Calabrese es coordinador de la Comisión de Riesgos Profesionales de la Confederación Latinoamericana de Sociedades de Anestesiología. Según esta entidad, la adicción principalmente a opiáceos como el fentanilo incluye altas tasas de mortalidad por sobredosis (24 muertes reportadas en un informe CLASA 2003-2005), suicidio, problemas familiares y errores médicos. 

    Los médicos consultados de distintas áreas críticas mencionan un acceso facilitado por los “robos hormiga” (a veces para asegurar un suministro en el ámbito público desde el privado, otras para consumo), enfatizan el burnout laboral provocado por el exceso de horas y las condiciones laborales precarias, la relación diaria con la muerte, y la extrema responsabilidad que eso conlleva. Los anestesiólogos suelen ser profesionales que no participan en equipos en la tarea diaria: llegan, aplican la anestesia, se van. Como lobos y lobas solitarias. Dicen que a veces hay resentimiento por las grandes diferencias salariales y la escasez de oferta que impone la FAAAAR. La entidad emitió un comunicado institucional donde aclara “que los hechos que han tomado estado público pertenecen al ámbito privado y bajo ningún concepto al ejercicio profesional ni a la práctica asistencial”. Ámbito privado puede ser el Hospital Italiano (que también hizo su descargo institucional) o puede ser referido a la vida privada de las personas involucradas en los casos. De todos modos, los hechos cuestionan esta afirmación.  

    Pero hay más. Y eso otro más hay que buscarlo por el lado del placer (y del goce, eso que ningún médico controla).

    Quirófano. Escenas 3, 4, y 5

    “¡Quiero más!”, grita, todavía semiconsciente, un paciente que recién se despierta de una colonoscopía. 

    Otra paciente, después de una cirugía estética, invadida por una sensación de placidez que provoca el propofol, todavía bajo efectos de la droga, le pregunta al anestesista: “Decime la verdad, ¿vos también lo probás en casa?”

    Ver la paz reflejada en las caras de los pacientes el despertar provoca curiosidad y ganas de probar, reconocen algunos anestesiólogos.

    Una paciente con leucemia, luego de una nueva punción de médula que la lleva a internarse a intervalos regulares durante un mes, confiesa que a veces exagera el dolor para recibir una dosis mayor de fentanilo. Una anestesista “cómplice”, le ofrece: “Acá tenemos de la buena, te la paso despacito así disfrutás”.

    Ese disfrute consiste en no sentir, flotar en silencio, levitar, suspender todo en el aire del quirófano. Un aire, por otra parte, no tan inocente. Distintas publicaciones internacionales como las de la Asociación de Anestesistas de Gran Bretaña e Irlanda y otras, que consideran la dependencia una enfermedad y no un crimen, señalan que la inhalación continua de fentanilo y propofol en los quirófanos la mencionada “exposición pasiva” estimula la adicción. 

    Un dato que traslada el eje de las “decisiones” personales o cuestiones privadas a un factor más del riesgo laboral y por lo tanto, un llamado de atención al ámbito institucional público y privado, y al estado. Algo a tener en cuenta para evitar estigmatizaciones: según el New England Journal of Medicine, la adicción no es falta de voluntad, es un cambio profundo en el cerebro, donde el sistema de recompensa queda alterado y el consumo se vuelve compulsivo.

    A mediados del siglo XIX, cincuenta años antes de que Freud experimentara con la cocaína, grupos de estudiantes de medicina y químicos se reunían en las  «Fiestas del éter», en las que experimentaban inhalando éter dietílico. En una fiesta en Jefferson, Georgia, Estados Unidos, un médico, Crawford Williamson Long, se golpeó y advirtió la falta de dolor, y así, con un accidente que emula la manzana en la cabeza de Newton, descubrió el poder anestésico del éter. 

    De casi 200 mil médicos matriculados en Argentina, casi 6.000 se dedican a la anestesiología. La escasez de oferta implica una sobrecarga laboral que lleva a situaciones de estrés extremo. De todas las ramas de la medicina, es la que recibe más demandas por malas praxis.

    En los “viajes controlados” de la Propofest, el destino buscado es el del goce perfecto (una perversión), que no existe en la realidad porque nunca se llega. Plutón, tan pequeño, tan lejano. Como en el crimen que nunca es perfecto, lo que impacta es la muerte, las agujas, los cuchillos, eso que corta los cuerpos, los abre, los desgarra, los invade, el daño donde se espera la cura. El médico es el que tiene que lidiar con eso: hacerlo, o mirarlo. El anestesiólogo se convierte en una especie de voyeur panóptico de los efectos de las invasiones médicas en los cuerpos de los pacientes. Él, finalmente, sólo clava un catéter en una vena, proporciona una máscara con oxígeno, monitorea, vigila los signos vitales. A partir de hoy, ha dejado de ser un fantasma, unos puros ojos cavados en una sábana, para convertirse en alguien que sufre, que goza, que se adicciona, vive y muere, puede o no puede, delinque, se equivoca, puede llegar a matar o al suicidio, quiere escapar. Alguien muy real, más allá del lente de mi mirada suplicante.  

    La entrada Anestesiame se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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