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Horarios de la biblioteca al aire libre en la Isla 58

La biblioteca al aire libre en la Isla 58 ha tenido una gran recepción por parte de quienes se acercan al balneario municipal a disfrutar de un entorno natural único. Este espacio brinda la posibilidad de sumergirse en el placer de la lectura pero además ofrece distintas propuestas para toda la familia.

La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina informa que durante jueves y viernes de esta semana, en forma excepcional, la biblioteca estará abierta en el horario de 8 a 14.

Mientras tanto, a partir de este domingo 24, y todos los domingos, funcionará de 16 a 22 horas. De martes a viernes el horario es de 14 a 20 horas.

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    Javier Milei acusó abiertamente a Victoria Villarruel de intentar boicotear el gobierno y no descartó que el plan de la vicepresidenta se inició en 2021 con la ayuda de uno de los fundadores de Vox.

    En una entrevista que concedió al medio español El Debate, el presidente dijo que Villarruel no sólo habría intentado cancelar su presencia en eventos estratégicos en el exterior, sino que estas maniobras forman parte de un plan que ella vendría «pergeñando» dos antes de su llegada a la Rosada, cuando ambos eran diputados.

    «En España se hablaba de que habían intentado, entre disidentes de Vox como Ortega Smith y aliados con Villarruel, boicotear su presencia en su última visita a España», le preguntó el entrevistador español. 

    Javier Ortega Smith es uno de los fundadores de Vox que tiene un enfrentamiento feroz con el presidente del partido de ultraderecha de España, Santiago Abascal, aliado de Milei.

    «A la luz del comportamiento de Victoria Villarruel no me sorprende que pudiera haber ocurrido algo así», respondió Milei. «Digo, que haya intentado boicotearme, traicionarme y que me cancelaran. Ahora, lo que sí me sorprende es que estas cosas ella ya las venía pergeñando desde el año 2021», dijo.

    Villarruel con Javier Ortega Smith

    «O sea, yo creí que era algo relativamente nuevo. Creía que se había manifestado a partir de lo que pasó cuando tratamos de firmar el Pacto de Mayo. En el Senado se retrasó la ley de Bases y el Pacto de Mayo no se pudo firmar el 25 de mayo -como estaba previsto- y hubo que hacerlo el 9 de julio. Entonces dijo que no iba porque se sentía mal, pero al día siguiente estaba espléndida en el desfile», dijo Milei. 

    «Después se empezó a juntar con gente verdaderamente complicada, a rendir tributo a Isabel Perón y a rodearse de personas de su entorno que no dejan de decir insultos y aberraciones sobre el Gobierno. Lo que me sorprende es que ya lo estuviera pergeñando desde hace tantos años. Es más, me sorprenden las reflexiones que hace sobre que yo le hacía daño a la libertad», dijo el presidente.

     

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    “Estación Temperley: la casta éramos los laburantes y los estudiantes”, publica una usuaria en X el lunes 13 de abril a la mañana. En el video se ve desde arriba de un puente a decenas de personas amontonadas en el andén del Tren Roca. Es un día de interrupciones y demoras en los ramales Korn, Ezeiza y Bosques vía Temperley por fallas técnicas. 

    Un día como tantos otros.

    En ese tren viaja Enrique. Todos los días a las 6.30 de la mañana toma el colectivo 514 desde Florencio Varela, donde vive, hasta la estación Claypole. Jamás se sienta. De ahí el Roca, el subte C y el Mitre hasta llegar al restaurante donde trabaja como parrillero en el barrio porteño de Belgrano. Entra a las nueve, pero sale con anticipación “por las dudas”. Y porque su jefe le exige puntualidad. Si no hay complicaciones, son dos horas de ida y dos de vuelta. Pero hace meses hay complicaciones. En total, Enrique viaja seis horas.

    A Enrique le dicen “Magui” por su parecido con el boxeador brasileño Maguila. Tiene 53 años, mide 1,80 metros y pesa más de 100 kilos. En el andén se mueve con sutileza, pide permiso y se posiciona en puntos estratégicos para subirse cuando las puertas se abren. Aunque a veces no hay destreza que valga y deja pasar varios. Viajar en transporte público se volvió una odisea para millones de habitantes del AMBA. 

    —Te da bronca, pero tenés que aceptar lo que estás viviendo porque no queda otra. Hay que ir a trabajar.

    ***

    El mal funcionamiento del transporte público no es una novedad, pero el encarecimiento del gasoil destapó una olla a presión. El combustible se disparó un 23 por ciento desde el inicio de la guerra en Medio Oriente. Las compañías de colectivos advierten que no alcanzan a cubrir costos básicos. Según la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor (AAETA), el valor real del pasaje es 2083 pesos por persona. La tarifa técnica, que contempla lo que paga el usuario y el subsidio estatal, está en 1559: “Cada viaje genera una pérdida promedio de $325”. 

    En la primera semana de este mes, circularon un 30 por ciento menos unidades de colectivos. Para Fernando Bercovich, sociólogo especializado en urbanismo, “si una guerra a miles de kilómetros desestabiliza tanto lo cotidiano y local es porque el servicio de transporte urbano está atado con alambres”. 

    El combustible se disparó un 23 por ciento desde el inicio de la guerra en Medio Oriente.

    Los dueños de las líneas piden que se aumente la tarifa o el subsidio. Bercovich aclara que la puja entre el Estado y las empresas es un “tira y afloje” constante: “el subsidio al boleto es indirecto al capital, los empresarios también se benefician”. En casi todos los sistemas de movilidad del mundo hay compensaciones estatales: “Es muy difícil para la gente pagar la tarifa entera, pero además incentivar el uso del transporte público es estratégico para reducir los viajes en auto y promover formas más eficientes de circular por el espacio urbano”. En Luxemburgo, por ejemplo, el Estado cubre todo el boleto.

    ***

    Lourdes no se acostumbra. El jueves 9 de abril fue entrevistada por el canal de noticias TN en la calle. Ese día, hubo menos colectivos por una medida de fuerza de la Unión Tranviarios Automotor (UTA). Algunas empresas de transporte les debían el sueldo de marzo a sus trabajadores.

    La joven llevaba 35 minutos de espera en la parada de Constitución. El día anterior le había pasado lo mismo y llegó tarde a su trabajo de despachante de aduana. Cuando eso pasa, le descuentan parte de su sueldo.

    —Tengo 28 años. Ya no quiero saber más nada. Me tomo el colectivo a las cinco de la mañana y vuelvo a mi casa a las nueve de la noche. Casi no veo a mi nene. Vivo con mi papá y con mi hermano, no puedo independizarme. Trabajamos los tres. No nos alcanza. Mi papá tenía tres trabajos, se accidentó haciendo entregas para aplicaciones. Ya no comemos carne. Estamos endeudados. Estoy cansada. Todos los días me pregunto ¿para qué?  —le dijo al periodista y el recorte se reprodujo miles de veces en las redes sociales.

    No se llega. Ni al trabajo, ni a casa, ni a fin de mes. 

    —A veces espero el segundo colectivo 45 minutos. Por eso salgo con tiempo. Por si pasa algo —cuenta  Norma, trabajadora de casas particulares de Pilar y Vicente López —. Si pudiera, caminaría para ahorrar el primer bondi. Son 13 cuadras hasta la parada, pero en esta zona del barrio es inseguro. No me voy a arriesgar. 

    Norma vive en Malvinas Argentinas, conurbano norte, y arranca su día a las cinco y media de la mañana. 

    ***

    El sistema de colectivos de la Argentina es el segundo más grande del mundo después de Beijing, China. La red del Área Metropolitana de Buenos Aires cuenta con más de 17 mil vehículos –un 42,7 por ciento de jurisdicción nacional– distribuidos en 386 líneas, y transporta más de 9 millones de pasajeros por día. 

    La gestión libertaria acumula deudas con sus dueños: cerca de 95.000 millones de pesos. El martes 14 de abril, las secretarías de Coordinación de Infraestructura y de Transporte del ministerio de Economía recibieron a las Cámaras de Transporte Automotor. Allí, anunciaron que esa semana harían un envío complementario de fondos correspondientes al mes de febrero para regularizar las cuentas.

    La gestión libertaria acumula deudas con sus dueños: cerca de 95.000 millones de pesos.

    La transferencia de partidas mejoró la frecuencia de los servicios respecto a la semana anterior. Pero sólo pospuso el problema. En materia de subsidios, el Gobierno Nacional viene en retirada. En septiembre de 2024, dejó de transferir recursos a las líneas de colectivo de jurisdicción propia de CABA y de la provincia de Buenos Aires.

    ¿Quién va a pagar el alza del gasoil? 

    ***

    —La gente común, de pie, no va a poner más plata por el mismo servicio.

    El que habla es Pablo, chofer de la histórica línea 60 desde hace 12 años. Vive en Malvinas Argentinas y maneja seis días a la semana desde las cinco de la tarde hasta las dos, tres o cuatro de la mañana. Hay días que hace horas extra. Eso le permite arañar un sueldo de un millón quinientos mil pesos, en línea con el costo de la Canasta Básica Total de un hogar de cinco integrantes en Gran Buenos Aires. 

    Su esposa gana 700 mil pesos como empleada doméstica. Tienen dos hijos, uno más en camino y un crédito hipotecario UVA que pagar. Las cuentas no cierran. Por eso, dejó de ir al trabajo en auto. Ahora lo usa para salir de Uber, una vez por semana, a la mañana. Aunque no es un gran negocio: en 8 horas puede generar 100 mil pesos.

    Como 9 de cada 10 hogares argentinos, Pablo se endeudó. Pidió un préstamo en Mercado Pago para pagar la luz, el teléfono y alimentos. Sabe que la crisis económica también golpea a sus pasajeros, que a veces tratan de no pagar el boleto. Lo entiende, pero se siente un rehén de este “problema”. 

    —Los que manejamos el colectivo somos nosotros.

    Desde que Javier Milei asumió el gobierno, el precio del transporte público en AMBA aumentó un 1000 por ciento. De acuerdo con el último informe del Instituto Interdisciplinario (IIEP) de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y del Conicet, el gasto en viajes representa la mitad de la canasta de servicios públicos, por encima de lo que las familias destinan a luz, agua y gas. 

    En mayo habrá una suba del 5,4 por ciento en la tarifa de los colectivos.

    ***

    Aunque el boleto es más caro, se viaja cada vez peor. El 60 es una de las líneas que sufrió varios recortes de servicios. Desde el 26 de diciembre, en línea con la Resolución 152/2019, no hay más conexión directa entre Tigre y Constitución. El ramal que sale desde Ingeniero Maschwitz, por el bajo de San Fernando y San Isidro, ahora termina en Barrancas de Belgrano. Los colectivos que partían desde el sur de CABA hacia Rincón de Milberg tienen su última parada en San Isidro.

    —Esto le complica todo al pasajero. Porque el que quiere llegar a Tigre desde el centro se tiene que ir en el 60 hasta San Isidro, bajarse y tomar otro ramal de la misma línea. Paga dos veces y espera más por un recorrido que antes hacía en el mismo bondi —describe Pablo.

    Nicolás, maestro de Música, era usuario frecuente de la línea. Le costaba subirse, tenía que dejar pasar tres colectivos y viajaba parado, pero tardaba una hora desde su casa en Olivos hasta la escuela en Benavidez. Era razonable. Cuando se redujeron los ramales que llegaban a Tigre, al viaje se le sumaron 20 minutos. No podía tomar el Tren Mitre, que durante el verano estuvo en refacción, así que buscó otras alternativas. Ahora hace diez cuadras hasta la estación Maipú del Tren de la Costa, camina y se sube a otro colectivo. 

    —Tardo diez minutos menos, es más barato, y lo más importante: me puedo organizar. Lo que me mataba era nunca poder calcular a qué hora iba a llegar. 

    Los ajustes en el recorrido del 60 responden a la necesidad de “optimizar el servicio”. Esta es una frase que repiten seguido los empresarios del rubro. En el último año, la cantidad de pasajeros de colectivos del AMBA descendió en un 21 por ciento según la AAETA. Para Jimena Dmuchowsky, doctora en Urbanismo y docente e investigadora del Instituto de Transporte de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), es una tendencia esperable en tiempos de crisis. El problema es que a menor demanda de transporte público, menor solvencia del sistema.

    Una pregunta clave, en términos de sustentabilidad, es qué hacer con los ramales en los horarios poco concurridos a la noche o madrugada. “Lo que se usa en otros países del mundo es un servicio a demanda y de punto a punto, como en Canadá —apunta Jimena — Los colectivos no se detienen en todas las paradas y el viaje se puede planificar en función de la necesidad. Una opción es gestionarlo a través de una aplicación”. 

    En el último año, la cantidad de pasajeros de colectivos del AMBA descendió en un 21 por ciento según la AAETA.

    Cuando termina su turno a las dos y media de la mañana, un compañero de Pablo pide un auto en DiDi y ruega que su bicicleta siga atada en el cruce de Acceso Norte y la ex Ruta Nacional 197. Desde allí pedalea 30 cuadras hasta su casa. Ya se la robaron dos veces, pero no tiene otra opción. Ningún colectivo lo deja bien a esa hora.

    ***

    “En movilidad, si no hay planificación desde una dimensión metropolitana, estás destinado al fracaso –advierte Bercovich–. No se pueden diseñar políticas pensando sólo en los tres millones de habitantes de la Ciudad sin tener en cuenta la cantidad de gente que viaja a trabajar desde y en el conurbano”. Esa falta de previsión se nota en cuestiones bien concretas: “Si hacés dos estaciones más en la línea D conectás al centro con Puente Saavedra, punto que comunica a CABA con el conurbano norte y con el tren”, ejemplifica el sociólogo. 

    Durante el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta no se amplió ni un solo kilómetro de subte. La semana pasada, se demoró la licitación para la construcción de la línea F, que había sido lanzada en octubre. Es un proyecto que hace décadas busca unir a Barracas con Palermo. La situación del servicio es crítica. La tarifa de este medio de transporte fue la que más aumentó en los últimos dos años y equivale al doble del colectivo, cuando históricamente fue igual o inferior. El boleto pasó de valores cercanos a los ochenta pesos en diciembre de 2023 a superar los 1300 pesos en 2026. Y la cantidad de pasajeros se redujo en un 43 por ciento. 

    La Agencia Metropolitana del Transporte (AMT), creada en 2012 tras la Tragedia de Once, fue un precedente importante en materia de planificación urbana. Se trata de un ente que nuclea a representantes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la Provincia de Buenos Aires y el Estado Nacional para la coordinación conjunta del transporte en el Área Metropolitana. 

    Según Bercovich, nunca se logró avanzar en grandes líneas de acción y hoy la AMT está inactiva: “En todas las ciudades grandes que crecen por fuera de sus límites jurisdiccionales se necesita un ente metropolitano de transporte. Hay en Nueva York, Ciudad de México y Bogotá con buenos resultados. Si no se planifica integralmente va a seguir habiendo solapamiento de recorridos o vacancias. Hay que tratar de que la gente no tenga que moverse tanto para satisfacer sus necesidades cotidianas”.

    ***

    En las distancias largas, los trenes son clave. El Gobierno suspendió una docena de servicios interurbanos de pasajeros. Durante el primer semestre de 2025, según un informe de la Fundación para el Desarrollo Humano Integral, la cantidad de pasajeros cayó en un 23 por ciento con respecto al 2024. 

    En el AMBA, el servicio ferroviario también sufrió recortes. “Se terminaron muchos recorridos los fines de semana o hay estaciones terminales a las que no se llega. Y hay menos servicios de soporte. En otro momento, cuando se hacía alguna obra o había algún desperfecto, se ponía a disposición de los usuarios algún medio alternativo de transporte para evitar que todo colapsara”, indica Dmuchowsky.

    Tiziana y Luciano, de 11 y 13 años, salen de la escuela a la tarde en Barracas y vuelven a su casa en Remedios de Escalada, conurbano sur, en tren. La semana pasada, ante la interrupción del servicio, llegaron una hora más tarde, cerca de las siete y media. Los acompañó una señora en el colectivo porque no tenían cómo volver desde Constitución. Sus padres estaban muy preocupados. No suelen ir a buscarlos porque a esa hora trabajan. 

    —En el Roca viajan como ganado. Si todo sigue así, algo habrá que hacer —dice el padre de los niños.

    Bercovich insiste: lo que se invierte en transporte público vuelve en forma de mejora inmediata de la calidad de vida. Para Pablo también se juega algo muy grande en esa rutina:

    —Llevar a la gente a su trabajo o a su casa es una gran responsabilidad. Y me gusta. Somos una parte pequeña de ese engranaje gigante que es la vida cotidiana. Al final, todos queremos llegar.

    La entrada ¿Cuánto tiempo más llevará? se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • La embajadora del tiempo

     

    Una silla blanca junto a un escritorio blanco pegados, a su vez, a una pared blanca. Un pilón de libros, una lámpara y un pequeño grupo de plantas discretas a un costado. Una mesa baja que eventualmente servirá para tener a mano algunas anotaciones y hojas impresas. El rincón de trabajo de Samanta Schweblin no es, estrictamente hablando, un cuarto propio, sino más bien terreno ganado al living del departamento que, desde hace cinco años, comparte con su marido Maximiliano en el efervescente barrio de Kreuzberg, no muy lejos del centro geográfico berlinés. Pero no deja de ser un rincón hecho a la medida de sus necesidades: para escribir, Samanta precisa un espacio lo más silencioso y despejado posible, sin nada que pueda desconcentrarla. Acá, en este refugio libre de distracciones, escribió Kentukis, la novela que presentó en Buenos Aires a mediados del año pasado y que desde entonces sigue presentando también en diversos festivales y eventos de literatura europeos, a los que viaja cada vez más seguido, aunque sea por pocos días: una de las ventajas de estar en el centro de Europa, a unas pocas horas-avión de muchas cosas.

    Son casi las seis de la tarde de otro día gris en Berlín y la luz del escritorio está prendida. No es fácil afirmar que es de noche porque estamos compartiendo lo que para nosotras es una merienda (tomamos té, picoteamos frutos secos) pero afuera, a esta altura, la oscuridad es rotunda. Bienvenidas, bienvenidos a una nueva jornada del largo invierno alemán.

    ***

    La vida que Samanta lleva en Berlín se armó casi sin que se diera cuenta. Ella y Maximiliano habían llegado para quedarse por un año gracias a la beca para artistas del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD), que anualmente selecciona alrededor de cinco escritores de todo el mundo y les ofrece casa, seguro médico y un sueldo en la capital pobre pero sexy de Alemania. La idea es que, durante ese período, los elegidos solamente tengan que ocuparse de escribir, sin otras, o no tantas, preocupaciones mundanas. Un lujo para cualquiera, más aún para alguien que siempre ha vivido en Latinoamérica.

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    “Cuando llegué, estaba viviendo en Buenos Aires un poco como viven muchos de mis amigos escritores: luchando por llegar a fin de mes y dando talleres literarios cuatro o cinco veces por semana. Me sentaba a escribir y tenía los textos de todos mis alumnos metidos en la cabeza. Era difícil, agotador… No sé cuánto tiempo más hubiera aguantado”, recuerda Samanta. Pero se corrige enseguida: “Bueno, una lo sostiene. Todos mis amigos lo sostienen. Pero cuando llegué a Berlín me di cuenta de que con un tercio del trabajo que hacía en Buenos Aires, acá podía vivir, y que todo ese tiempo que no invertía en trabajar en otras cosas se transformaba en tiempo de escritura. Cuando me preguntan qué me gusta de Berlín, obviamente puedo decir que es amplio, que es pluricultural o que es un espacio en el que me siento muy libre, pero la verdad es que hay otro gran componente que me llevó a quedarme acá y es el tiempo de vida que te queda. Los escritores tienen que comprar su tiempo de escritura; ese tiempo es muy caro en todo el mundo, y en Argentina es directamente impagable. Y esa diferencia supuso una de las grandes razones por las que me quedé”.

    Aquel primer año en la ciudad nueva fue como el tramo inicial de una relación amorosa: se piensa que podría casarse para siempre con el proyecto que eligió; todavía es demasiado pronto para empezar a encontrar las fisuras. “A los seis meses de la estadía, más o menos, tanto yo como Maxi estábamos muy encantados y muy involucrados con la vida acá. El Instituto Cervantes me había invitado a dar talleres literarios. Y empecé con un grupo, después se armó otro, después otro más. Y casi sin buscarlo de forma deliberada, se me dio la posibilidad de vivir de la literatura en español en Berlín. Se habían armado tantos lazos y tantos compromisos que, al final, se hacía más complicado volver que quedarse”. Y se quedaron.

    Casualmente o no, durante ese año en que estuvo becada Samanta escribió Distancia de rescate, una historia que trasegó los límites del cuento para convertirse en su primera novela. Hasta entonces, en Argentina, o durante otras becas que la habían llevado a vivir en distintos lugares del mundo por períodos más cortos, Samanta había ejercido con destreza el arte de crear relatos cortos, precisos, contundentes. Estaba convencida de que tenía “cabeza de cuentista”, que ese era y sería su género por definición. “Una a veces cree que elige el género que escribe. Pero tener por primera vez tanto tiempo para escribir sin interrupciones, sin tener que estar haciendo otras tantas cosas a la vez para pagar el tiempo de escritura, y producir un texto más largo me dio a pensar sobre este supuesto”.

    ***

    Sería apresurado trazar una conexión directa entre su decisión de mudarse lejos de Buenos Aires y su explosión como la escritora argentina de mayor proyección internacional. Pero lo cierto es que, en estos últimos años fuera de casa, y con la posibilidad de dedicarse de lleno a la escritura, Samanta sumó a su trayectoria algunos de esos hitos que trascienden los suplementos culturales y llegan a los sitios web de los diarios con el fragor de las noticias del día, casi siempre impulsada por cierto orgullo nacional (¿a qué periodista no le gustan las noticias que comienzan con “la argentina que…”?).

    En 2015, ganó el Premio Ribera del Duero, dotado con 50 mil euros, que condecora el mejor libro de cuentos inéditos en español. En 2017 fue finalista del premio Man Booker International Prize por Fever Dream, traducción al inglés de Distancia de rescate, y al año siguiente esa misma novela se llevó el premio Shirley Jackson, destinado a thrillers y relatos de suspense psicológico. La semana pasada se anunció su segunda vez como nominada al Man Booker, esta vez por Pájaros en la boca o Mouthful of birds. Mientras tanto, sus libros se siguen traduciendo a una veintena de idiomas, comienzan a circular por lugares algo recónditos para nuestro GPS latinoamericano, los diarios del mundo hablan de “una de las mejores cuentistas en español de la actualidad” y Netflix produce la versión fílmica de Distancia de rescate, dirigida por la peruana Claudia Llosa y protagonizada por Dolores Fonzi. Pero ella se tomas las cosas con cierta calma; sin falsa modestia, con una conciencia sobre su carrera que jamás oculta, pero con calma al fin. “Yo sigo siendo una escritora argentina que vive en Berlín. No soy una escritora internacional”, asegura.

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    Desde que se instaló definitivamente en Europa, Samanta también viaja mucho más que antes a festivales o eventos de literatura y a lecturas organizadas por las editoriales que la publican. Un poco porque ahora está cerca (lo que implica que los festivales más pequeños pueden costear sus vuelos con mayor facilidad, y también que para ella es más fácil programar escapadas de unos pocos días), pero sobre todo porque la necesidad de presencia física fue creciendo conforme se multiplicaron las traducciones de sus libros. “En Croacia, en República Checa, en Italia, por ejemplo, mis libros son editados por editoriales independientes que necesitan que cada tanto vaya, haga una lectura, dé una entrevista, participe de alguna actividad. Yo soy muy nueva en esos mercados todavía, y hace falta que apoye, que esté, conocer a esos lectores y que los lectores me conozcan, que dé alguna nota. Todo eso lleva tiempo y presencia. Y me gusta mucho viajar, pero una siempre vuelve un poco fuera de eje, lleva un tiempo volver a acomodarse. Últimamente, estoy intentando que me lleve cada vez menos tiempo volver a casa, a la escritura. Poder saltar más rápido del aeropuerto de Tegel al escritorio”.

    ***

    Desde el sillón del living de Samanta es posible ver, hacia un lado, una ventana que da a la calle, ahora entregada a la oscuridad y al silencio –incluso acá, en Kreuzberg, Berlín es una ciudad con índices de ruido que casi nunca se condicen con los de una gran capital–. Hacia adentro, las estufas blancas y los pisos de madera típicos de un departamento alemán y la biblioteca, dividida en dos, como guardiana de la puerta de entrada. A su izquierda, unos cuantos anaqueles con libros comprados en estos últimos años y algunas joyas más viejas, traídas desde Buenos Aires. Hacia la derecha, una columna angosta con todas las ediciones de sus propios libros en distintos idiomas. Una colección de todas las versiones, y todos los colores, y todos los idiomas que fue conquistando su obra y que ahora da a conocer en cada nuevo viaje, en cada nueva entrevista, en cada nuevo festival.

    – La gran mayoría de las invitaciones a ferias o festivales, o incluso los contactos para algunas traducciones me llegan directamente a mí. Me gusta entender bien adónde voy, con quién estoy tratando. Por una cuestión de tiempos, muchas veces tengo que decir que no y quiero estar muy segura respecto de qué cosas priorizo. Esas gestiones me resultan difíciles (intercambiar mails, informarse, ¡pedir cosas!). Siempre me costó mucho esa parte: la de poner condiciones. Pero fui aprendiendo.

    – Supongo que el salto a una carrera de proyección internacional implica aprender habilidades que no están necesariamente vinculadas a escribir…

    – Claro. Ayuda ser un bicho sociable, cosa que no soy en absoluto, o ser organizado, cosa que tampoco se me da nada bien. Voy haciendo lo que puedo y como puedo. Pero al final, siempre se trata de habilidades logísticas que no tienen nada que ver con la escritura, así que intento perder el menor tiempo posible con eso. En cambio sí hay temas nuevos de los que empiezo a sentirme responsable. Por ejemplo, a veces voy a festivales en los que soy la única argentina o incluso la única latinoamericana. Yo no hice la carrera de Letras, mi formación literaria se forjó de forma autodidacta y ecléctica, en bibliotecas de amigos, algunas librerías o talleres literarios. Y cuando me di cuenta de que en ciertos espacios, aunque no lo quiera ni sienta que estoy realmente a la altura de semejante cosa, represento a la literatura latinoamericana, empecé hacerme muchas preguntas alrededor de qué es ser latinoamericano, o a cómo desarmar muchísimos lugares comunes desde los que se piensa lo latinoamericano desde afuera. También a leer a nuestros autores con más atención, a algunos de ellos a leerlos incluso por primera vez.

    – ¿Por ejemplo?

    – Ahora estoy leyendo a Elena Garro ¡y no puedo creer lo que son sus crónicas! Esa mujer reinventó el periodismo al final de los cuarenta, era una tipa brillante y de una valentía feroz. También a Amparo Dávila, o incluso argentinas o chilenas. Hasta llegar a Berlín nunca había leído a Norah Lange, ni a María Luisa Bombal. Estos años en Berlín han sido también de estudiar idiomas. Llegué casi sin hablabar inglés. Bah, tenía el inglés básico de secundario que tenemos los argentinos (risas). También empecé a estudiar alemán.

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    ***

    No es del todo forzado establecer cierta conexión entre la experiencia de estos años fuera de casa y la creación de una novela que transcurre en zonas tan distintas del mundo –o mejor dicho: que por primera vez, deliberadamente, no sucede en Argentina–. “Hasta Kentukis, en el momento en que yo me sentaba a escribir mi cabeza se trasladaba inmediatamente a Argentina, era impensable para mí escribir una historia sobre un chino circulando en Lyon o un guatemalteco buscando nieve en Noruega”. La segunda novela de Schweblin cambió ese precepto: en una impresionante maquinaria coral, la decena de historias de esas mascotas virtuales conectadas a la red y manejadas por un desconocido en cualquier lugar del mundo necesitaba, por defecto, suceder en muy distintos puntos del globo. Al principio, de manera intuitiva, Samanta localizó a los muñequitos con forma de animales en lugares que ella misma había conocido por la literatura: Erfurt, Oaxaca, China, Australia. Pero pronto se dio cuenta de que, para que la novela funcionara, necesitaba otros escenarios. “Me daban ganas de empezar por ciudades que había pisado, sentido, olido. Lo que no quita que después haya ido a Google Maps a buscar ciudades nuevas, que no conocía, para unir puntos que faltaban”.

    Así se sumaron también el pueblo noruego en el que vive el dispositivo comandado por Marvin (“necesitaba un lugar en el que fuese creíble que un kentuki se pudiera mover libremente, bajar y subir rampas y llegar al mar”) y Surumu, la pequeña localidad brasileña llena de cabras en la que sucede la historia más oscura de la novela, entre otros. “Cuando lo buscás en Google Earth, vas a ver que es así: un pueblo abandonado de cuatro, cinco cuadras máximo. Tropical, de cielo oscuro y denso, donde no hay casi nada, salvo cabras. Está absolutamente tomado por cabras, durmiendo en las canchas de tenis, en las mesas de los restaurantes abandonados… y en el medio de todo eso hay una moto roja impecable, impoluta, que parece recién lavada. Lo que te da la pauta de que ahí parece vivir alguien”.

    Esos pequeños cameos de personajes situados en los suburbios de la Tierra fueron escritos desde la conciencia de no narrar solamente historias del centro del mundo. “A veces leo que se habla de Kentukis como una novela global, y yo no creo que sea tan global, en el sentido de que hay medio mundo que no entra en estas historias, salvo por unas pocas excepciones. Para empezar, para comprar un kentuki tenés que tener algo de dinero y conexión a internet, lo que seguramente ya deja afuera a gran parte de la humanidad”, reflexiona.

    ***

    Cuando tomaron la decisión de quedarse a vivir en la capital alemana, Samanta y Maximiliano tuvieron que dejar la casa del barrio de Halensee que les había provisto el DAAD y buscar su propio departamento, un trámite que de un tiempo a esta parte se volvió pesadillesco para todo aspirante a residente en Berlín: hace una década, los inversores extranjeros vieron el negocio y adquirieron miles de propiedades a la espera de que su valor aumente exponencialmente en los próximos años, en concordancia con otros cambios que se suceden rápidamente en la ciudad, que de aquella fase libertaria y okupa de los noventa conserva cada vez menos. Y mientras los precios suben solos, por pura inercia capitalista, los departamentos quedan ociosos, a la espera de los afortunados compradores. Conforme la ciudad deja de ser un paraíso para artistas, estudiantes y bohemios y se convierte en la capital de un país líder que estaba destinada a ser, los lugares para alquilar escasean. Buscar casa asusta. Pero a Samanta, una vez más, la salvó la literatura.

    «Buscar departamento acá es un poco como postular a un trabajo. Tenés que llevar tu currículum, ir a ver la casa con otras veinte parejas más que también están interesadas, esperar a que te digan si sos la elegida. Y para colmo, yo sentía que cargaba con un montón de desventajas: tenía perro, era extranjera, no había tenido ningún alquiler previo acá. Era todo muy complicado», recuerda.

    Durante meses, Samanta se levantó muy temprano todos los días. El ritual era el siguiente: desayunar, leer el diario, elegir las casas, salir con cierto entusiasmo a mirar os departamentos -siempre rodeada de otros tantos candidatos, porque las Wohnungbesichtigungen (citas para visitar una propiedad) casi nunca suceden de forma privada-, desentusiasmarse porque algo no le gustaba o una voz interna le decía «no nos va a elegir». 

    Ya casi entrando al segundo mes de búsqueda llegó a este departamento en el que hoy charlamos. La atendió una mujer.

    -Soy Ingeborg-, se presentó.

    -Como Ingeborg Bachmann, ¡me encantan sus cuentos!- le contestó Samanta.

    La mujer sonrió, muy orgullosa por la comparación con esta autora austríaca que ella también admiraba. Y al ratito, en tono cómplice y disimulando entre el resto de los aspirantes, le dijo: «El departamento es para vos”.

    A unos metros de la biblioteca, en el mismo living en el que estamos por terminar nuestro té, está la mesa que reunía a todos los alumnos de los talleres literarios en español que Samanta daba hasta que, hace unos meses, decidió suspender por un tiempo. “Empecé a viajar demasiado y me di cuenta de que no les hacía bien a mis alumnos tanta interrupción.” Fue una decisión tomada a conciencia, pero igual lo extraña: juntarse semanalmente en su casa con su grupo de escritores y aspirantes a escritores iberoamericanos no solo se había convertido en un ritual que se parecía un poco a verse periódicamente con la familia, sino que la ayudó a reflexionar mucho sobre la lengua castellana y sobre su propio trabajo.

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    “Hay algo muy interesante que sucede en estos talleres donde somos todos extranjeros, donde aparecen voces porteñas, chilangas, guatemaltecas, españolas, mendocinas: escuchar tantos castellanos hace que desnaturalices y vuelvas a pensar tu voz, tus propias palabras”, reflexiona. “A veces alguien leía un texto y lo primero que había que hacer, mucho antes que cualquier apreciación o sugerencia, era preguntarle por las palabras que no entendíamos”, se ríe. “Pero ese desconcierto inicial, ese español que es el tuyo pero en palabras de otro te suena desconocido, servía también para pensar la propia escritura, para repensar alrededor del ritmo y la música de un texto, y hasta qué punto tu español también configura tu voz y tu estilo. También era una buena excusa para comparar constantemente las tradiciones de las que cada uno venía, e incluso cómo, en cada país, la idea de cómo debe o no formarse un autor –si es que esto fuera posible-, cambia radicalmente, y lo que en ciertos ámbitos pareciera ser muy natural, sería, por supuesto, inaceptable en otros.

    ***

    Si el segundo jueves del mes la encuentra en Berlín, Samanta tiene una cita casi obligada: la noche de tangos en Gloria, el restaurant de comida argentina que en 2013 abrió junto a un socio jujeño y que se volvió un punto obligado para argentinos con nostalgia de empanadas y malbec, y por supuesto también para europeos ávidos de conocer la cocina de América del Sur. Ubicado a unos metros del Görlitzer Park, Gloria organiza este evento especial una vez por mes en el que al menú de siempre se le suma la música en vivo, casi siempre a cargo de un guitarrista (Gabriel Battaglia) y dos cantantes (Elisa Martel y Duna Rolando), a veces acompañados por invitados especiales.

    Desde la barra, con una copa de vino mendocino recién servida en mano, Samanta saluda de lejos a unos cuantos conocidos y amigos. Regala una sonrisa a la mesa de allá al fondo sin moverse de su rincón y después vuelve a nuestra charla, con la voz dulce y el tono apaciguado que la caracterizan. Incluso cuando juega de local, Samanta se mueve sigilosa, en calma, y evita las estridencias. “Me encanta este día porque es un poco como darse una vueltita por Buenos Aires. Se llena de argentinos, se habla solo en español, se cantan tangos, a veces hasta se baila, y siempre me encuentro con algún amigo que anda por ahí. A veces pienso que reemplaza un poco lo que para mí eran los domingos en familia, que siempre hacía en Buenos Aires: pasta, carne, vinito, panza llena, un dato de clasificados que después te soluciona la semana, una discusión política que te la amarga y mucho cariño y sensación de pertenencia”, explica. Detrás nuestro, de manos de un mozo porteño, una mesa de otros cinco porteños recibe su comida (pastel de papas o “Auflauf argentinischer Art”, cazuela patagónica o “Eintopf mit Lammfleischwürfeln” y empanadas, la especialidad de la casa) y por momentos es difícil recordar que habría que atravesar el segundo océano más extenso de la Tierra para llegar al lugar del que provienen estos sonidos, los sabores, los aromas, esta energía que se respira.

    ***

    “Sí, claro que me sigo considerando absolutamente extranjera en Berlín”, dice Samanta. “Y creo que en veinte años voy a seguir sintiendo esto mismo. Tengo varios amigos que llevan viviendo décadas acá, lejos de sus ciudades natales, y que siguen pensándose como extranjeros. Pero es una extranjería cómoda, en un lugar que está lleno de gente de muchos lugares del mundo y en el que la gran mayoría de las personas elige estar. Y además, creo que siempre fui un poco extranjera, en todos los lugares en los que viví. Cuando era chiquita y vivía en Hurlingham me llevaban a un colegio de El Palomar, a una estación de tren de mi barrio. Yo era “la chica de Hurlingham”, y siempre me sentía fuera de lugar. Cuando terminé el secundario e hice la carrera de Imagen y Sonido en la UBA, me acuerdo que más de una vez me dijeron ‘vos hablás raro’, y entendí que lo decían porque yo era de provincia. Yo pensaba: ¿qué es lo que hago tan distinto? Después me mudé a Capital, y siempre seguí sintiendome un poco de afuera. Y ahora, cuando vuelvo a Buenos Aires desde Berlín, empapada de tantos tipos de españoles, todavía me dicen ‘hablás raro’, pero entonces yo pienso, ‘listo, estoy en casa’.”

    La entrada La embajadora del tiempo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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