Héctor «Negro» Enrique, quien «asistió» a Diego Armando Maradona en el «Gol de todos los tiempos», rememoró la previa de la obra del «10», a 34 años del histórico triunfo de Argentina sobre Inglaterra en el Mundial de México.
«Después de mi pase, que tuve la suerte de dárselo, Diego recibió, giró y encaró. Yo sabía que terminaba en gol porque no había forma de pararlo. Los ingleses querían pegarle patadas pero cuando se la tiraban, ya no estaba más. Fue el mejor de la historia de los mundiales«, recordó Enrique, uno de los tantos testigos directos que reunió Télam para un podcast dedicado al «mejor gol de la historia de los mundiales».
«Fue un partido duro que se definió con dos genialidades de Maradona: el primero con la ‘Mano de Dios’ y el segundo con toda su magia impresionante», agregó el «Negro», el jugador que «asistió» al capitán argentino en el «Gol de todos los tiempos».
Este lunes se cumplen 34 años del histórico y simbólico triunfo de Argentina sobre Inglaterra (2-1) en los cuartos de final del Mundial de México y Télam recopiló en un podcast el testimonio de los testigos directos de aquel partido disputado en el estadio Azteca de la capital mexicana.
Desde el «Negro» Enrique y Julio «Vasco» Olarticoechea, quienes estuvieron adentro del campo de juego, pasando por Galíndez (masajista del plantel), Rubén Moschella (empleado de AFA), Fernando Signorini (preparador físico personal de Maradona), hasta los periodistas Víctor Hugo Morales, Juan Manuel «Bambino» Pons y Roberto Leto, quienes lo vivieron en la tribuna.
Además, también participa Raúl «Pistola» Gámez, protagonista de una memorable pelea contra los hooligans ingleses en la previa del partido.
«Yo no fui con la barrabrava, fui solo y paré en el predio de América con el plantel por mi amistad con el cuerpo técnico. Me acuerdo que fue un partido lleno de emociones y de trompadas. En ese momento, yo pensaba erróneamente que estaba defendiendo a mi país», recordó, con algo de «vergüenza», el ex presidente de Vélez Sarsfield.
Durante el podcast, Moschella, histórico empleado administrativo de AFA, también relató la anécdota de la camiseta azul que el seleccionado argentino consiguió a pocas horas del inicio del partido.
El gol de Maradona a los ingleses, con relatos de victor Hugo Morales
El material de casi media hora también cuenta con el testimonio del periodista Víctor Hugo Morales, quien inmortalizó esa jugada con su célebre relato.
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La afirmación de Milei de que “la justicia social es un robo” no es novedosa ni revolucionaria: es la versión más radical de una corriente libertaria minoritaria que la historia económica, la experiencia democrática y los grandes líderes del siglo XX pusieron en discusión. Desde Friedrich Hayek hasta Robert Nozick sostuvieron críticas conceptuales a la redistribución, pero incluso las democracias más capitalistas del mundo terminaron incorporando impuestos progresivos y políticas sociales como condición de estabilidad.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI
La frase de Milei se inscribe en una tradición ideológica específica: el libertarismo radical, una corriente que considera que cualquier redistribución forzada por el Estado vulnera el derecho de propiedad. Sin embargo, cuando esa tesis se contrasta con la experiencia histórica concreta de las naciones desarrolladas, el resultado es contundente: no existe un solo país moderno que funcione sin algún grado de justicia social institucionalizada.
El origen intelectual: una tesis extrema y minoritaria
El economista austríaco Friedrich Hayek tituló directamente uno de sus libros The Mirage of Social Justice. Allí sostuvo que el concepto de justicia social es un “espejismo” porque el mercado no tiene voluntad moral; por lo tanto, no puede ser justo ni injusto. Para Hayek, intentar corregir resultados del mercado implica abrir la puerta a una expansión del poder estatal.
Más explícito fue el filósofo estadounidense Robert Nozick, quien escribió en Anarchy, State, and Utopia que “taxation of earnings from labor is on a par with forced labor”, es decir, que gravar ingresos es equiparable al trabajo forzado. Esa es la raíz conceptual más cercana a la frase de Milei.
Pero incluso dentro del liberalismo clásico estas posiciones fueron discutidas. Milton Friedman, muy mencionado por Milei, por ejemplo, defendía el mercado pero aceptaba el impuesto negativo a la renta como mecanismo para asistir a los más pobres. Es decir, reconocía que algún tipo de red de contención era necesaria para que el sistema no colapsara socialmente.
El problema es que el libertarismo puro funciona como construcción teórica, pero carece de evidencia empírica en Estados complejos y democráticos.
La experiencia histórica: sin redistribución no hay estabilidad
Las grandes democracias capitalistas del siglo XX no avanzaron hacia menos Estado luego de las crisis, sino hacia más regulación y más políticas sociales.
Tras la Gran Depresión producto del derrumbe de la bolsa en 1929, Franklin D. Roosevelt sostuvo con claridad que “necessitous men are not free men”, es decir, los hombres necesitados no son hombres libres. El New Deal no fue una concesión ideológica: fue una respuesta pragmática para salvar al capitalismo de sí mismo.
En Europa, incluso líderes conservadores comprendieron la necesidad de incorporar justicia social como principio organizador. Después de la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido construyó su Estado de bienestar con consenso transversal. La experiencia mostró que sin cohesión social, el mercado se vuelve políticamente inviable.
El filósofo John Rawls, en A Theory of Justice, planteó el llamado “principio de diferencia”: las desigualdades solo son aceptables si benefician a los más desfavorecidos. No se trata de igualitarismo absoluto, sino de una arquitectura institucional que garantice legitimidad.
La historia económica moderna es clara: los países más desarrollados combinan mercado con impuestos progresivos, servicios públicos universales y mecanismos de redistribución. Estados Unidos, Alemania, Francia, Japón y los países nórdicos aplican impuestos a la renta, sistemas previsionales solidarios y políticas de bienestar. Ninguno abrazó el ideal libertario puro.
El caso argentino: justicia social como pacto democrático
En la Argentina, la justicia social no fue una consigna abstracta sino una reorganización concreta del vínculo entre capital y trabajo impulsada por Juan Domingo Perón. Derechos laborales, aguinaldo, vacaciones pagas y movilidad social ascendente no surgieron de la espontaneidad del mercado, sino de decisiones políticas.
Reducir ese proceso histórico a la categoría de “robo” implica desconocer que toda organización estatal moderna se basa en impuestos. Sin impuestos no hay educación pública, no hay infraestructura, no hay sistema judicial, no hay defensa, no hay estabilidad monetaria.
El propio desarrollo del capitalismo industrial necesitó del Estado para expandirse: desde la construcción de ferrocarriles hasta la financiación de universidades y sistemas científicos.
Una consigna más ideológica que aplicable
La idea de que la justicia social es un robo parte de una concepción absoluta del derecho de propiedad. Pero en la práctica, ningún país desarrollado sostiene esa tesis en términos absolutos. Incluso los modelos de baja presión fiscal mantienen impuestos indirectos, gravámenes corporativos y algún tipo de política social.
La pregunta central no es si existe redistribución —porque existe en todos los Estados modernos— sino qué nivel de redistribución garantiza estabilidad sin ahogar la actividad económica.
Los grandes líderes del siglo XX no abolieron la justicia social: la institucionalizaron como parte del contrato democrático. La experiencia histórica demuestra que cuando la desigualdad se vuelve extrema, el resultado no es más libertad sino más conflicto.
La frase de Milei, lejos de ser una novedad disruptiva, revive una discusión teórica que ya fue puesta a prueba. Y la evidencia empírica indica que las sociedades más prósperas no eliminaron la justicia social: la regularon, la administraron y la integraron como herramienta de cohesión.
El libertarismo absoluto puede funcionar como consigna. Pero solo es una utopía sin aplicación real en el mundo fuera de la imaginación descontrolada de Milei.
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