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Charlas de educación vial en Villa Antártida

La Dirección de Tránsito y Protección Civil de la Municipalidad de Villa Regina informa que las charlas de educación vial continuarán la semana que viene en el centro comunitario de barrio Villa Antártida destinadas a los vecinos de ese sector de la ciudad, 25 de Mayo y Pretto.

Las mismas se desarrollarán durante el jueves 15 y el viernes 16 en el horario de 20 a 22. Los vecinos que deban renovar su licencia o tramitarla por primera vez deberán inscribirse previamente al celular 2984-582283.

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    El 10 de julio de 1816: cuando empezó el trabajo más difícil de la Independencia

     

    La Independencia no terminó el 9 de julio de 1816. Al día siguiente, las Provincias Unidas seguían rodeadas por guerras, divisiones internas, amenazas externas y un futuro completamente incierto. La historia del verdadero «día después».

    Por Alcides Blanco para Noticias La Insuperable

    Durante generaciones, la historia argentina enseñó a imaginar el 9 de julio de 1816 como una especie de punto de llegada, una jornada en la que un grupo de congresales reunidos en Tucumán declaró la Independencia y, desde ese momento, nació la Argentina tal como hoy la conocemos. Sin embargo, la investigación histórica desarrollada durante las últimas décadas permite reconstruir un escenario muy diferente, mucho más complejo y profundamente humano, porque el verdadero desafío comenzó precisamente al día siguiente, cuando aquella declaración solemne debía convertirse en una realidad política, militar, económica y diplomática en un territorio atravesado por guerras, disputas internas y enormes incertidumbres.

    Lo que ocurrió el 10 de julio de 1816 fue, justamente, el comienzo del trabajo más difícil. La emoción de haber proclamado la ruptura con la monarquía española convivía con una pregunta inevitable que nadie podía responder con certeza: ¿cómo sostener esa independencia frente a un imperio que todavía conservaba ejércitos poderosos, frente a provincias enfrentadas entre sí y frente a un mundo que, lejos de celebrar las revoluciones americanas, buscaba restaurar el viejo orden monárquico?

    Una declaración que todavía debía hacerse realidad

    La sesión del 9 de julio no había resuelto los principales problemas de las Provincias Unidas. El Congreso seguía reunido porque quedaban por discutir cuestiones fundamentales como la forma de gobierno, la organización institucional, la administración de los recursos públicos, la representación política de los distintos territorios y la estrategia diplomática para obtener reconocimiento internacional, un aspecto indispensable para garantizar la supervivencia del nuevo Estado.

    En otras palabras, existía una declaración de independencia, pero todavía no existía una nación plenamente organizada. No había Constitución, tampoco un consenso definitivo sobre el modelo político, y las diferencias entre proyectos centralistas y federales seguían atravesando toda la vida pública.

    La imagen de un país unido detrás de un mismo objetivo pertenece mucho más a la construcción posterior de la memoria nacional que a la realidad de aquellos días, porque el Congreso de Tucumán representaba solamente a una parte de las antiguas jurisdicciones del Virreinato del Río de la Plata, mientras otras regiones permanecían alejadas del proceso político o directamente enfrentadas con el Directorio instalado en Buenos Aires.

    Una independencia rodeada por todos los frentes

    Si el mapa político resultaba complejo, el militar era todavía más preocupante.

    Al norte, las tropas realistas continuaban ocupando buena parte del Alto Perú y mantenían capacidad suficiente para intentar una nueva invasión sobre el actual territorio argentino. La resistencia dependía casi exclusivamente de la extraordinaria guerra de recursos organizada por Martín Miguel de Güemes, cuyos gauchos sostenían una frontera militar mediante tácticas de desgaste que impedían el avance español, aunque a un costo humano enorme para la población del noroeste.

    Mientras tanto, en Mendoza, José de San Martín aceleraba la preparación del Ejército de los Andes, consciente de que la defensa permanente resultaba insuficiente y de que la única posibilidad estratégica consistía en trasladar la guerra hacia Chile y posteriormente hacia el Perú, donde se encontraba el principal centro del poder español en Sudamérica. Aquella expedición todavía era un proyecto que demandaba recursos, hombres, armamento, animales, alimentos y una organización logística sin precedentes para la región.

    En simultáneo, la Banda Oriental se encontraba sometida a la invasión portuguesa iniciada meses antes, mientras las tensiones entre el Directorio y la Liga de los Pueblos Libres encabezada por José Gervasio Artigas impedían construir una estrategia común frente a los enemigos externos. Paradójicamente, el mismo territorio que acababa de proclamarse independiente enfrentaba conflictos militares tanto contra las fuerzas de la Corona española como entre los propios proyectos políticos surgidos de la Revolución de Mayo.

    La independencia, entonces, no eliminó los peligros. Simplemente cambió la naturaleza de la lucha.

    El mundo tampoco jugaba a favor

    A menudo se olvida que la declaración de Tucumán ocurrió en uno de los momentos más adversos para cualquier revolución americana.

    Tras la derrota definitiva de Napoleón en 1815, las principales potencias europeas impulsaban la restauración de las monarquías tradicionales mediante el Congreso de Viena y la posterior Santa Alianza, un sistema internacional diseñado precisamente para impedir la expansión de los movimientos revolucionarios que habían sacudido Europa y América durante las décadas anteriores.

    Desde esa perspectiva, la independencia declarada en Tucumán no contaba con un escenario internacional favorable. España pretendía recuperar sus colonias y buena parte de Europa compartía ese objetivo, mientras las Provincias Unidas carecían todavía del reconocimiento diplomático necesario para consolidarse como un Estado soberano.

    No resulta casual que apenas diez días después, el 19 de julio de 1816, el Congreso decidiera ampliar el texto original agregando la expresión «y de toda otra dominación extranjera», una aclaración destinada a despejar cualquier sospecha de que la ruptura con España pudiera desembocar en la dependencia respecto de otra potencia europea.

    Aquella modificación demuestra que los diputados seguían pensando la independencia como un proceso abierto, susceptible de ajustes conforme evolucionaban las circunstancias políticas y diplomáticas.

    Lejos de la imagen de una obra terminada, el Congreso trabajaba casi diariamente para fortalecer una construcción institucional que todavía era extremadamente frágil.

    La historia suele recordar el 9 de julio como el día en que nació la Independencia argentina, pero el 10 de julio de 1816 recuerda algo igualmente importante y quizá más cercano a la experiencia humana: las grandes transformaciones nunca concluyen con una firma ni con una proclamación solemne, sino que recién empiezan cuando llega el momento de sostenerlas frente a la realidad. Aquellos hombres salieron de la histórica casa de Tucumán sabiendo que no habían llegado a la meta, sino que acababan de asumir una responsabilidad inmensa cuyo resultado todavía era incierto, porque la libertad recién declarada debía defenderse en los campos de batalla, consolidarse en las instituciones, financiarse con una economía devastada y legitimarse ante un mundo que todavía no estaba dispuesto a reconocerla.

     

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    Lo Celso y la bandera de Malvinas: un gesto que recordó que la Selección también representa la soberanía argentina

     

    Mientras la Selección Argentina celebraba el histórico triunfo 2-1 sobre Inglaterra y la clasificación a la final del Mundial 2026, una imagen terminó sintetizando mucho más que una victoria deportiva. Giovani Lo Celso posó con una bandera que proclamaba «Las Malvinas son Argentinas», un gesto que despertó orgullo entre miles de hinchas y volvió a colocar la causa de soberanía en el centro de la escena internacional.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    Cuando el fútbol expresa el sentimiento de un pueblo

    Argentina eliminó nuevamente a Inglaterra en una Copa del Mundo. Como ocurrió en México 1986, el partido inevitablemente estuvo cargado de una enorme carga histórica, política y emocional. Aunque el fútbol y la diplomacia transiten caminos distintos, resulta imposible separar completamente un enfrentamiento entre ambos países de la memoria colectiva argentina.

    En ese contexto, la imagen de Giovani Lo Celso sosteniendo una bandera con la inscripción «Las Malvinas son Argentinas» durante los festejos no apareció como una provocación gratuita, sino como la expresión de una convicción compartida por la inmensa mayoría de los argentinos.

    La Constitución Nacional incorpora la recuperación del ejercicio pleno de la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur como un objetivo permanente e irrenunciable del Estado argentino, siempre por medios pacíficos y respetando el derecho internacional. Desde esa perspectiva, el mensaje desplegado por el volante argentino no representa una consigna partidaria sino una reivindicación nacional.

    El contraste con las restricciones impuestas por la FIFA

    Durante la previa del encuentro trascendieron cuestionamientos y restricciones respecto del ingreso de banderas vinculadas con la causa Malvinas dentro de los estadios mundialistas. La FIFA mantiene desde hace años una política extremadamente rígida sobre la exhibición de símbolos que puedan ser interpretados como mensajes políticos.

    Sin embargo, la bandera exhibida por Lo Celso apareció una vez terminado el encuentro, en medio de los festejos del plantel campeón de la semifinal, convirtiéndose rápidamente en una de las fotografías más difundidas del día.

    Para gran parte de los argentinos, lejos de tratarse de un acto de confrontación, la escena representó la reafirmación de una posición histórica del país, sostenida por todos los gobiernos democráticos desde 1983 y respaldada año tras año por resoluciones de las Naciones Unidas que instan a ambas partes a retomar las negociaciones por la soberanía.

    El gesto de Lo Celso también dejó en evidencia el contraste con la posición que había asumido la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, quien en la previa del encuentro confirmó que, por un acuerdo de seguridad coordinado con la FIFA y otras fuerzas internacionales, no se permitiría el ingreso al estadio de remeras, banderas o carteles con la leyenda «Las Malvinas son Argentinas», al ser considerados «contenido político». La decisión generó fuertes cuestionamientos por tratarse de un reclamo de soberanía reconocido por la Constitución Nacional y sostenido históricamente por el Estado argentino. En ese marco, la imagen de Lo Celso celebrando la clasificación con la bandera de Malvinas adquirió un significado todavía más potente: allí donde el Gobierno aceptó restringir una expresión de identidad nacional en nombre del reglamento de la FIFA, un futbolista de la Selección terminó reivindicando, ante los ojos del mundo, una causa que para millones de argentinos trasciende cualquier competencia deportiva.

    Una imagen que trasciende el resultado deportivo

    El fútbol argentino posee una relación inseparable con la historia de Malvinas. Desde el recordado Mundial de 1986 hasta la actualidad, cada cruce frente a Inglaterra despierta recuerdos que exceden los noventa minutos.

    Por eso la imagen de Lo Celso adquirió una dimensión simbólica. No fue únicamente el festejo por un triunfo deportivo; fue también la manifestación de un sentimiento nacional que atraviesa generaciones y que continúa presente entre los jugadores y los hinchas.

    Mientras millones de argentinos celebraban el pase a una nueva final del mundo, esa fotografía comenzó a multiplicarse en redes sociales acompañada por mensajes de apoyo, orgullo y reivindicación de la causa Malvinas.

    La Selección volvió a representar algo más que fútbol

    La Scaloneta ha construido en los últimos años una identificación muy fuerte con la sociedad argentina. No solamente por los títulos obtenidos sino por la manera en que sus futbolistas expresan pertenencia, cercanía y compromiso con distintos símbolos nacionales.

    En ese marco, el gesto de Giovani Lo Celso fue interpretado por buena parte de la opinión pública como una continuidad de esa identificación con la historia y la identidad argentina.

    En tiempos donde algunos sectores sostienen que el deporte debe permanecer completamente ajeno a cualquier referencia histórica o nacional, la imagen del mediocampista recordó que representar a la Selección también implica vestir una camiseta que simboliza a todo un país, con su historia, sus alegrías, sus heridas y sus reclamos permanentes.

     

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