Un caño roto provocó una filtración y el desprendimiento de paneles en el Sheraton, donde Milei cerrará el foro libertario “Vientos de Cambio”.
Por Lola Santacreta para NLI
Una inesperada complicación alteró este miércoles la actividad en el Hotel Sheraton de Retiro, donde se desarrolla el foro liberal “Vientos de Cambio” y está previsto que el presidente Milei encabece el acto de cierre. Una rotura de un caño provocó una importante filtración de agua y el desprendimiento de paneles en las inmediaciones de la sala de prensa, obligando a los trabajadores del establecimiento a intervenir para contener la situación mientras se esperaba la llegada del mandatario.
El episodio ocurrió precisamente en el escenario elegido por la Fundación Libertad y Progreso para reunir durante dos jornadas a dirigentes políticos, economistas, empresarios y referentes internacionales del universo liberal. La cumbre comenzó el martes y tiene como sede al Sheraton Buenos Aires Hotel & Convention Center, en Retiro, con una agenda que incluye exposiciones de funcionarios del Gobierno nacional y figuras vinculadas al pensamiento económico y político que reivindica el oficialismo.
Una filtración en medio del encuentro libertario
Mientras los organizadores avanzaban con los preparativos para la jornada de cierre, el desperfecto obligó a los trabajadores del hotel a desplegar baldes y elementos de contención ante el ingreso de agua. La filtración, además, derivó en el desprendimiento de paneles en una zona próxima al espacio destinado a la prensa, generando una escena inesperada en medio de uno de los principales encuentros políticos del oficialismo y su entorno internacional.
La situación adquirió rápidamente un particular valor simbólico por el contexto en el que ocurrió: el foro lleva por nombre “Vientos de Cambio: Avanza la Libertad en Argentina y las Américas” y fue presentado por sus organizadores como una cumbre destinada a debatir la transformación económica y política de la región. En su página oficial, Libertad y Progreso señala que el encuentro reúne a más de 700 líderes de más de 20 países y lo define como una oportunidad para impulsar una nueva etapa regional basada en sus postulados de libertad económica.
La postal de trabajadores intentando contener el agua dentro del hotel terminó contrastando, inevitablemente, con el discurso de eficiencia, transformación y reducción del Estado que atraviesa las exposiciones del encuentro. Sin necesidad de convertir el desperfecto edilicio en una cuestión política en sí misma, la escena no deja de resultar llamativa: mientras en los salones se discute cómo modificar estructuras enteras de la economía y el Estado, en los pasillos del mismo edificio se trabaja contrarreloj para contener una filtración y evitar que el incidente genere mayores inconvenientes.
Milei prepara el cierre ante el núcleo libertario
El episodio se produjo horas antes de la llegada de Javier Milei, prevista para las 18:15, cuando el Presidente será el encargado de cerrar formalmente la cumbre. Su participación concentra buena parte de la expectativa de la segunda jornada, después de que el martes distintos referentes del espacio expusieran sobre desregulación, economía y políticas públicas.
Entre los participantes estuvo el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, quien defendió el rumbo económico del Gobierno y llegó a bromear con que su cartera podría ser considerada un “ministerio de la felicidad” debido a los efectos que, según sostuvo, provocan las desregulaciones. También afirmó que el Gobierno lleva acumuladas 17.000 millones de desregulaciones y destacó las cifras de crecimiento que atribuyó a la gestión.
La jornada de este miércoles contempla además la participación de funcionarios y referentes económicos como el canciller Pablo Quirno, el ministro de Economía Luis Caputo y el viceministro José Luis Daza, además de especialistas y dirigentes vinculados al liberalismo regional. La presencia inicialmente anunciada del empresario tecnológico Peter Thiel, sin embargo, finalmente no se concretó y fue retirada del programa.
Por ahora, el incidente en el Sheraton aparece como un contratiempo logístico que los trabajadores del hotel intentan resolver antes del momento central del encuentro. El agua podrá ser contenida, los paneles reemplazados y la actividad continuar normalmente, pero la imagen de los trpos en el piso, los techos cayendo y la filtración quedó instalada como una inesperada escena previa al discurso presidencial.
A las 18:15, Milei buscará cerrar el foro ante el núcleo más cercano del universo libertario con la defensa de un modelo basado en la desregulación, la reducción del Estado y la libertad de mercado. Mientras tanto, a pocos metros de donde se prepara el escenario político, los trabajadores del Sheraton tienen una misión bastante más concreta: que los “vientos de cambio” no terminen convertidos en una inundación.
Luis “Toto” Caputo es el funcionario encargado de administrar los dólares, las reservas y el sistema financiero argentino, pero cuando se trata de su propio dinero parece elegir otro destino: el 95,3% de sus depósitos bancarios está en el exterior.
Por Roque Pérez para NLI
La nueva declaración jurada patrimonial de Luis “Toto” Caputo dejó una fotografía difícil de pasar por alto: mientras el ministro de Economía conduce una gestión que insiste en que los argentinos deben recuperar la confianza en el peso, llevar sus dólares al sistema financiero y apostar por el rumbo económico del Gobierno, el 95,3% de los depósitos bancarios que declara personalmente está fuera de la Argentina. Al cierre de 2025, Caputo informó un patrimonio total de $19.509 millones, frente a los $11.851 millones declarados un año antes, mientras que sus depósitos bancarios alcanzaron aproximadamente $13.030 millones, de los cuales $12.422 millones estaban radicados en el exterior.
El dato adquiere todavía mayor relevancia cuando se observa la evolución del patrimonio completo. Entre el inicio y el cierre de 2025, la fortuna declarada por Caputo aumentó nominalmente un 64,6% en pesos, de acuerdo con la comparación de sus declaraciones juradas. La estimación difundida en dólares ubica el crecimiento en torno al 37%, aunque el porcentaje exacto depende del tipo de cambio utilizado para convertir los valores patrimoniales de cada período. En cualquier caso, hay una certeza que no depende de ninguna metodología: el patrimonio declarado por el ministro creció con fuerza durante su segundo año al frente de Economía, y una proporción abrumadora de sus activos líquidos continúa colocada fuera del país.
Una fortuna líquida mirando hacia afuera
El detalle de los depósitos permite entender mejor la magnitud del fenómeno. De los aproximadamente $13.030 millones que Caputo declara en el sistema bancario, sólo unos $608 millones corresponden a depósitos en la Argentina, mientras que los restantes $12.422 millones están en el exterior. Dentro del país figuran cinco plazos fijos en pesos que en conjunto rondan los $584 millones, una caja de ahorro en dólares valuada en aproximadamente $23 millones y pequeñas cajas de ahorro en pesos cuyos saldos resultan prácticamente insignificantes frente al volumen de su patrimonio financiero. También declaró unos $122.000 en efectivo.
La diferencia no es menor ni puede explicarse diciendo simplemente que el ministro posee “algunos ahorros afuera”. La mayor parte de su dinero bancarizado está fuera de la Argentina. Según las conversiones realizadas sobre la declaración, sus depósitos exteriores equivalen a unos US$8,6 millones, mientras que sus depósitos locales representan una fracción muy pequeña de ese total. Si se toma el patrimonio completo, incluyendo inmuebles y participaciones societarias, aproximadamente dos tercios de sus bienes están radicados en el exterior.
El corazón de esa fortuna exterior aparece en una cuenta que tuvo un movimiento extraordinario durante 2025. Una cuenta corriente en dólares, identificada en los análisis de la declaración como radicada en Estados Unidos, pasó de estar valuada en $4.018.483.336 al comienzo del ejercicio a $11.738.447.944 al cierre. Es decir, la valuación declarada aumentó en aproximadamente $7.720 millones durante el año. La DDJJ pública no permite identificar el banco donde está radicada esa cuenta, por lo que no corresponde adjudicar esos fondos a una entidad financiera específica sin documentación adicional.
El movimiento de esa cuenta resulta todavía más significativo cuando se observa el conjunto de los depósitos exteriores. Al comenzar 2025, Caputo declaraba aproximadamente $5.937 millones en depósitos fuera del país; al finalizar el ejercicio, la cifra había trepado hasta $12.422 millones. Expresado en dólares mediante el tipo de cambio oficial correspondiente a cada fecha, el crecimiento fue de aproximadamente US$5,6 millones a US$8,3 millones, un incremento cercano al 48%. Es decir, no se trata exclusivamente de una ilusión contable producida por la evolución del tipo de cambio: también hubo un aumento de los fondos financieros exteriores medidos en dólares.
Creció la fortuna, pero no todo fue dinero nuevo
Hay, de todos modos, una precisión fundamental para no convertir una información patrimonial en una acusación que los documentos no permiten sostener. Que el patrimonio de Caputo haya aumentado 64,6% en pesos no significa que durante 2025 haya recibido ingresos equivalentes a ese porcentaje. Una parte importante del incremento está explicada por diferencias de valuación de bienes que ya estaban incorporados a su patrimonio. El análisis de la declaración identifica aproximadamente $4.530 millones de aumento asociados a esas diferencias de valuación.
La distinción es importante porque una propiedad que vale más al final del ejercicio incrementa el patrimonio declarado aunque su dueño no haya vendido el inmueble ni embolsado un solo peso adicional. Lo mismo puede suceder con participaciones societarias u otros activos. Por eso, decir que “Caputo ganó 64,6%” sería incorrecto. Lo que sí puede afirmarse es que su patrimonio declarado valía 64,6% más al terminar 2025 que al comenzar el año, y que dentro de esa evolución hubo además un crecimiento considerable de sus depósitos exteriores.
Las participaciones societarias también registraron movimientos. Caputo declara el 89% de Palmeral Chico, participación valuada en más de $2.288 millones, y el 33,33% de Sacha Rupaska, valuado en aproximadamente $459,5 millones. También conserva el 50% de Anker Latinoamericana, participación declarada en unos $61,2 millones. En sentido contrario, Ancora Investments LP, otro activo exterior, pasó de aproximadamente $1.870 millones a unos $889 millones, una caída cercana al 52,5%. La fotografía patrimonial, por lo tanto, no muestra un crecimiento homogéneo: hay activos que se valorizan, otros que pierden valor y una concentración especialmente fuerte de liquidez en el exterior.
El resultado final es una estructura patrimonial en la que los dólares y los activos financieros exteriores ocupan un lugar central. No estamos hablando solamente de propiedades, campos o participaciones empresarias cuyo valor puede resultar difícil de realizar de inmediato. Una parte sustancial de la riqueza declarada por Caputo está constituida por dinero depositado en cuentas bancarias fuera de la Argentina, con una cuenta corriente en dólares que concentra una porción extraordinariamente importante del total.
La paradoja del ministro de Economía
Aquí aparece la dimensión política inevitable del dato. Caputo no es un funcionario cualquiera: es el hombre que ocupa el Ministerio de Economía y que tiene bajo su responsabilidad buena parte de las decisiones vinculadas con el dólar, las reservas, el régimen cambiario, las tasas de interés, el crédito y las condiciones generales del sistema financiero argentino. Durante la gestión de Javier Milei, además, el Gobierno convirtió la recuperación de la confianza y el retorno de los dólares al circuito económico local en una de sus principales banderas.
El propio Caputo fue protagonista de políticas destinadas a estimular la utilización de los dólares que los argentinos mantienen fuera del sistema formal. El Gobierno llegó incluso a promover mecanismos para que esos fondos ingresaran al circuito económico sin que sus titulares tuvieran que explicar el origen de cada peso gastado dentro de determinados límites. En ese contexto, la declaración patrimonial del ministro ofrece una paradoja difícil de ignorar: quien administra la política económica destinada a que los argentinos confíen en el rumbo del país mantiene aproximadamente 95 de cada 100 pesos bancarizados de su patrimonio fuera de la Argentina.
Eso, por sí mismo, no constituye una irregularidad ni demuestra que Caputo desconfíe personalmente de su propia gestión. Una persona puede mantener legalmente activos en el exterior por múltiples razones, particularmente alguien cuya trayectoria profesional estuvo durante décadas vinculada con los mercados financieros internacionales. Tampoco la DDJJ permite conocer cuáles fueron las operaciones concretas que explican cada movimiento entre cuentas. Pero desde el punto de vista político y simbólico, la composición patrimonial de un ministro de Economía es un dato relevante: las decisiones públicas que toma afectan al mismo sistema financiero en el que él decide mantener apenas una pequeña parte de su liquidez.
La cuestión tampoco es cuánto dinero tiene Caputo. Su patrimonio previo a ocupar cargos públicos ya era considerable y la existencia de activos en el exterior es anterior a su actual gestión. El punto está en observar qué ocurrió mientras estuvo al frente de Economía. Y allí los números son contundentes: entre el comienzo y el cierre de 2025, sus depósitos exteriores pasaron de unos $5.937 millones a $12.422 millones, mientras que una sola cuenta corriente en dólares pasó de aproximadamente $4.018 millones a $11.738 millones en la valuación declarada. Al mismo tiempo, su patrimonio total pasó de $11.851 millones a $19.509 millones.
La declaración jurada no permite saber si cada dólar que terminó en esas cuentas provino de rentas, inversiones anteriores, ventas de activos, transferencias entre cuentas, resultados financieros u otras operaciones. Tampoco demuestra que el crecimiento patrimonial tenga relación causal con las decisiones adoptadas por el Ministerio de Economía. Pero sí permite saber dónde está el dinero declarado por el ministro: mayoritariamente afuera.
Y esa es quizás la imagen más potente que deja la DDJJ 2025. Mientras el Gobierno reclama confianza en su programa económico, mientras Caputo administra el mercado cambiario y mientras Milei insiste en que los argentinos deben sacar los dólares “del colchón” para ponerlos a trabajar en la economía, el propio ministro de Economía declara que el 95,3% de sus depósitos bancarios está en el exterior.
No es una prueba de delito. No es, por sí sola, una demostración de conflicto de intereses. Pero sí es un dato político imposible de ocultar detrás de una planilla contable: el ministro que pide confianza en su modelo económico tiene la mayor parte de su dinero fuera del país que ese mismo modelo pretende transformar.
La venta de activos estratégicos durante el gobierno de Javier Milei empieza a mostrar un patrón que excede cada operación individual. Los hermanos Juan y Patricio Neuss aparecen entre los beneficiarios de distintos procesos y ahora una presentación ante la CNV cuestiona el reparto de más de $253.000 millones de reservas de Transener, mientras una denuncia judicial investiga presuntas irregularidades en la privatización de las represas del Comahue.
Por Redacción NLI para NLI
Hay algo que empieza a resultar difícil de presentar como una simple sucesión de casualidades. En el proceso de privatizaciones impulsado por el gobierno de Milei, el nombre de los hermanos Juan y Patricio Neuss vuelve a aparecer asociado a activos estratégicos del Estado, y lo hace ahora en dos episodios que, aunque jurídicamente deben analizarse por separado, plantean una pregunta política y económica mucho más amplia: ¿cómo se están valuando, adjudicando y finalmente explotando los bienes públicos que el Gobierno decidió transferir al sector privado? La discusión dejó de estar limitada a cuánto recauda el Tesoro por cada privatización y comenzó a trasladarse hacia el mecanismo completo de las operaciones, desde la tasación inicial hasta lo que ocurre dentro de las empresas una vez concretado el cambio de manos. En el caso de Transener, documentos enviados a la Comisión Nacional de Valores pusieron bajo la lupa una distribución extraordinaria de reservas apenas concretada la transferencia accionaria; en paralelo, una denuncia ampliada ante la Justicia Federal de Neuquén sostiene que la privatización de las represas hidroeléctricas del Comahue podría estar atravesada por una cadena de irregularidades que habría favorecido a determinados grupos empresarios.
Transener: comprar y encontrar una caja adentro
La operación sobre Transener permite entender por qué el debate resulta particularmente sensible. La compañía no es una empresa energética cualquiera: administra la red de transporte eléctrico de alta tensión y opera más de 12.000 kilómetros de líneas de 500 kV, una infraestructura esencial para el funcionamiento del sistema eléctrico argentino. Su control se encuentra estructurado a través de Citelec, holding que posee el 52,65% de Transener. Antes de la privatización, la mitad de Citelec pertenecía a Pampa Energía y la otra mitad a la estatal Enarsa, lo que otorgaba al Estado una participación indirecta cercana al 26,32% de la transportadora. El Gobierno decidió desprenderse del 50% de Citelec mediante una licitación cuyo valor base había sido fijado en u$s206 millones. Hubo tres ofertas: Edenor ofreció u$s230 millones, Central Puerto llegó a u$s301 millones y finalmente el consorcio formado por Genneia y Edison, vinculada al grupo Neuss, ganó con una propuesta de u$s356 millones.
Hasta allí, podría presentarse como una privatización más: un activo estatal puesto en venta, distintas empresas compitiendo y una adjudicación a quien realizó la oferta económica más alta. El problema aparece cuando se observa qué ocurrió inmediatamente después. Según los documentos enviados a la CNV, Transener había acumulado casi $522.590 millones en una cuenta de reserva destinada a futuros dividendos y, apenas cuatro meses después, ya con el nuevo directorio, la empresa decidió distribuir $253.535.989.514 entre sus propietarios. Es decir, más de $253.000 millones salieron de una reserva que había sido constituida antes del cambio de manos. No se trataba, por lo tanto, de ganancias generadas por la nueva administración, sino de recursos acumulados por la compañía antes de que se concretara la operación.
La dimensión económica de la maniobra es lo que vuelve especialmente incómoda la discusión. Los $253.536 millones distribuidos representan casi dos tercios de los u$s356 millones que el grupo encabezado por Genneia y Edison desembolsó para quedarse con la participación licitada de Citelec. La cuestión que queda planteada, entonces, no es simplemente si una empresa privada tiene derecho a distribuir dividendos de acuerdo con la normativa societaria, sino algo mucho más profundo: qué valor real tenía el activo que se vendió, qué recursos permanecían dentro de la compañía al momento de la transferencia y cómo fueron contemplados esos recursos al momento de establecer el precio de la privatización. Son preguntas que deberán responder los organismos de control y, eventualmente, la Justicia, pero que adquieren especial relevancia cuando se trata de una infraestructura crítica cuyo control estatal acaba de ser reducido.
El caso de las represas y la sospecha de un mecanismo repetido
El segundo expediente agrega una dimensión todavía más delicada. La Fundación Soberanía amplió ante la Justicia Federal de General Roca una denuncia para que se investigue el proceso mediante el cual fueron privatizadas las represas hidroeléctricas del Complejo Comahue. La presentación sostiene que no se trataría de errores administrativos aislados, sino de un mecanismo «sistemático y planificado» destinado, según los denunciantes, a subvaluar activos estatales y transferirlos a un grupo reducido de empresas vinculadas al entorno del poder político. La causa quedó radicada ante el juzgado federal a cargo de Hugo Greca y, naturalmente, las acusaciones deberán ser probadas en el expediente antes de que pueda establecerse responsabilidad alguna.
Lo relevante es que la denuncia identifica cuatro eslabones que, de comprobarse, podrían comprometer la legalidad del procedimiento: la supuesta elusión del Tribunal de Tasaciones de la Nación; la presunta subvaluación de los activos mediante la intervención del BICE y una metodología cuestionada; la identificación de los grupos que terminan accediendo a los activos; y finalmente la realización del concurso sin una base de tasación que, según los denunciantes, garantizara una adecuada defensa del patrimonio público. El cuestionamiento central apunta a que el proceso habría quedado concentrado dentro de estructuras dependientes del propio Ministerio de Economía, que simultáneamente impulsa el programa de privatizaciones, interviene en la elaboración de los pliegos y participa en el proceso de adjudicación.
La discusión sobre la valuación es probablemente el punto más importante de todo el expediente. Porque una privatización no comienza el día en que se abren los sobres con las ofertas: comienza mucho antes, cuando el Estado determina cuánto vale aquello que está dispuesto a vender. Si el precio de partida está subvaluado, una licitación formalmente competitiva puede terminar legitimando una transferencia patrimonial que ya nació condicionada. La denuncia sostiene precisamente que el desplazamiento del Tribunal de Tasaciones hacia el BICE habría generado un problema de independencia, ya que este último se encuentra bajo la órbita del mismo Ministerio de Economía que diseña y ejecuta el programa privatizador. Desde esa perspectiva, la pregunta deja de ser solamente quién ganó una licitación y pasa a ser quién determinó cuánto valía el patrimonio que se puso en venta y bajo qué metodología.
En ese circuito aparece nuevamente Edison, del grupo Neuss, entre las empresas señaladas como beneficiarias de la privatización de las represas, junto con Central Puerto y BML Inversora, controlada por MSU Green Energy. La coincidencia con el caso Transener es políticamente significativa porque muestra que el grupo empresario no aparece en una única operación aislada, sino en distintos segmentos del proceso de transferencia de activos energéticos. C5N ya había consignado, además, que Edison había participado en las licitaciones de las represas de Alicurá y Cerros Colorados, después de que el grupo avanzara en el sector mediante la adquisición de Potrerillos.
Privatizar rápido, recaudar ahora y discutir después
El Gobierno nacional sostiene su programa de privatizaciones como parte de una estrategia destinada a obtener recursos y reducir la participación estatal en empresas y activos públicos. Según la información publicada sobre el proceso, el Ejecutivo proyecta recaudar alrededor de u$s2.300 millones entre este año y el próximo mediante distintas operaciones. Pero justamente por tratarse de activos estratégicos, la velocidad con la que se pretende concretar las ventas puede convertirse en el principal problema político del programa.
Porque si la urgencia fiscal termina subordinando la tasación, la transparencia y los mecanismos de control, el Estado puede obtener dólares en el corto plazo mientras pierde activos cuyo valor económico excede largamente el ingreso inmediato de la operación. Y si, además, después de la venta aparecen reservas, dividendos extraordinarios o nuevas formas de extracción de recursos acumulados previamente por las empresas privatizadas, la discusión deja de ser ideológica y pasa a ser estrictamente patrimonial: ¿cuánto recibió realmente el Estado por lo que vendió y cuánto valor quedó dentro de esas compañías para los nuevos propietarios?
El caso de los Neuss obliga a mirar esa pregunta de frente. No porque una empresa privada no pueda participar de una privatización ni porque toda adjudicación a un determinado grupo empresario sea necesariamente irregular, sino porque la transparencia de una operación pública no se agota en verificar quién ofertó más dinero. También importa saber cómo se determinó el precio base, qué activos, reservas y pasivos fueron contemplados, qué controles se aplicaron, quiénes resultaron beneficiados y qué ocurrió con el patrimonio de las empresas después de la transferencia.
En Transener, una empresa estratégica para el sistema eléctrico, más de $253.000 millones de reservas acumuladas antes del cambio de control fueron distribuidos poco después de la privatización. En las represas del Comahue, una denuncia judicial sostiene que existió un procedimiento que habría permitido subvaluar activos públicos y favorecer a determinados grupos empresarios. Son dos expedientes diferentes, con recorridos institucionales diferentes y con acusaciones que deberán ser probadas, pero juntos exponen una misma zona de riesgo: que la Argentina vuelva a discutir las privatizaciones cuando ya sea demasiado tarde para recuperar aquello que se vendió.
El problema de fondo, entonces, no son solamente los Neuss. El verdadero problema es el modelo. Si el Estado vende sus activos estratégicos con el argumento de que necesita recaudar, pero al mismo tiempo no garantiza una valuación independiente, controles efectivos y condiciones que impidan que el patrimonio acumulado por las propias empresas termine funcionando como mecanismo de recuperación del capital invertido por los compradores, la privatización puede convertirse en algo mucho más rentable para quien compra que para quien vende. Y esa es precisamente la discusión que las denuncias y los documentos sobre Transener y las represas del Comahue están obligando a poner sobre la mesa.
La historia de los Colapinto desde Bitonto, en el Reino de las Dos Sicilias, hasta Franco: inmigración, familias, viajes y generaciones.
Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI
Cuando Franco Colapinto se convirtió en piloto de Fórmula 1, el punto de partida visible de su historia estaba en Pilar, provincia de Buenos Aires. Allí nació, el 27 de mayo de 2003, el hombre que años después llevaría el apellido Colapinto a los circuitos más importantes del automovilismo mundial. Pero mucho antes de que ese apellido apareciera asociado a un monoplaza, a una bandera argentina y a las luces de la Fórmula 1, hubo otros Colapinto que recorrieron caminos muy diferentes. Para encontrar una de las primeras estaciones documentadas de ese largo viaje familiar hay que retroceder más de un siglo y medio, atravesar el Atlántico hacia Europa y detenerse en una ciudad de la Apulia italiana que, en aquel momento, todavía no pertenecía a Italia: Bitonto, en la provincia de Terra di Bari, dentro del Reino de las Dos Sicilias.
El 28 de diciembre de 1851, mientras en la península italiana todavía faltaban diez años para la proclamación del Reino de Italia, un hombre y una mujer llegaron hasta el registro civil de Bitonto para formalizar su matrimonio. Él era Francesco Nicola Colapinto, nacido en esa misma ciudad el 1 de marzo de 1822; ella, Maria Concetta Gaetana Silvestra Donata Ferrara Saracino, nacida también en Bitonto el 8 de diciembre de 1824. Francesco tenía entonces 29 años y Maria Concetta, 27. Sus nombres, sus padres y aquella fecha quedaron asentados en un documento que sobrevivió al paso de las generaciones y que hoy permite asomarse, aunque sea por unos instantes, a la vida de una familia que todavía no podía imaginar que, muchas décadas después y a miles de kilómetros de distancia, uno de sus descendientes terminaría compitiendo en la categoría máxima del automovilismo.
Bitonto, 1851: una ciudad antes de Italia
Para comprender aquella partida de matrimonio hay que detenerse primero en el lugar. Bitonto no era todavía “Italia”, al menos no en el sentido político que hoy le damos a esa palabra. En diciembre de 1851 formaba parte del Reino de las Dos Sicilias, el Estado gobernado por la dinastía borbónica que comprendía buena parte del sur de la península y Sicilia. Administrativamente, Bitonto era cabeza de circunscripción del distrito de Bari dentro de la provincia de Terra di Bari, cuya capital era Bari. El registro civil que dejó constancia del matrimonio de Francesco y Maria Concetta pertenecía, por lo tanto, a un mundo político que desaparecería menos de una década después con el proceso de unificación italiana.
Era una ciudad de dimensiones considerables para aquel tiempo. Los registros históricos sitúan en 21.737 habitantes la población de Bitonto en 1851, una cifra que permite imaginar una comunidad mucho más pequeña que la ciudad moderna, pero suficientemente grande como para constituir uno de los centros importantes de la Terra di Bari. Su núcleo urbano conservaba todavía buena parte de la estructura heredada de siglos anteriores, con calles estrechas y sinuosas, mientras alrededor se extendía un paisaje agrario dominado por una presencia que sería fundamental para entender la historia económica y social de la región: el olivo.
El olivo no era simplemente parte del paisaje. Era una de las bases de la vida económica de Bitonto. La producción de aceite tenía una importancia extraordinaria en la Terra di Bari y la ciudad se había convertido en uno de los principales centros olivareros de la región. Un registro del Catasto Murattiano contabilizaba 70 molinos de aceite en Bitonto en 1815, una cantidad que crecería con fuerza durante las décadas siguientes; para 1864, ya en los primeros años del Reino de Italia, Bitonto concentraba 119 de los 176 establecimientos entre almazaras y bodegas registrados en la Terra di Bari.
Eso significa que cuando Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino contrajeron matrimonio, no lo hicieron en una ciudad aislada ni ajena a los movimientos económicos de su tiempo. Vivían en una tierra conectada con los circuitos comerciales del Mediterráneo y profundamente ligada a la agricultura. En el Reino de las Dos Sicilias, el aceite de oliva constituía uno de los principales productos agrícolas y Apulia era precisamente una de las grandes zonas productoras. Pero detrás de las cifras comerciales existía una sociedad en la que la vida cotidiana estaba marcada por el trabajo rural, las relaciones familiares, la propiedad de la tierra y las diferencias sociales propias de un mundo todavía muy distante de la industrialización que estaba transformando el norte de Europa.
Bitonto, además, cargaba con una historia mucho más antigua que la de aquella generación de Colapinto. Había sido un importante centro peuceta, luego una ciudad romana atravesada por antiguas vías de comunicación y, durante siglos, uno de los núcleos relevantes de la región. Pero en la memoria histórica de la ciudad había un episodio particularmente poderoso: la batalla de Bitonto del 25 de mayo de 1734, librada apenas 117 años antes del matrimonio que estamos siguiendo. La victoria de las tropas españolas de Carlos de Borbón sobre los austríacos abrió el camino para la instalación de la nueva dinastía borbónica en el Reino de Nápoles y convirtió a Bitonto en escenario de uno de los acontecimientos decisivos de la historia política del sur italiano.
Batalla de Bitonto (1734)
Cuando Francesco Nicola nació allí en 1822, la batalla ya pertenecía a la memoria de varias generaciones, pero el mundo que la había producido todavía estaba presente. Y cuando se casó en 1851, el viejo orden europeo se encontraba nuevamente en movimiento. Las revoluciones de 1848 habían sacudido el continente; los movimientos liberales y nacionalistas recorrían los Estados italianos; el poder de los Borbones era cuestionado y el proceso que terminaría conduciendo a la unificación italiana ya estaba en marcha. Faltaban apenas nueve años para que Garibaldi desembarcara en Sicilia con los Mil y diez para que, el 17 de marzo de 1861, naciera formalmente el Reino de Italia.
Pero en aquella tarde de diciembre de 1851 nada de eso formaba parte todavía de la historia familiar que podía imaginarse. Francesco Nicola y Maria Concetta eran simplemente dos jóvenes de Bitonto que se casaban en su ciudad, rodeados por sus familias, sus nombres, sus vínculos y las circunstancias concretas de una vida que hoy apenas podemos reconstruir a través de los documentos.
De Bitonto a Nápoles: Vincenzo y el primer gran salto
La historia vuelve a moverse con la siguiente generación. Vincenzo Colapinto Ferrara, hijo de Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino, nació el 24 de noviembre de 1868 en Bari, apenas siete años después de un acontecimiento que había cambiado para siempre el mapa político de la península: la proclamación del Reino de Italia. El niño que había nacido en la nueva Italia era, sin embargo, heredero directo de una familia formada en el antiguo Reino de las Dos Sicilias. Su padre había nacido en Bitonto cuando los Borbones todavía gobernaban el sur de la península y su madre había nacido allí dos años después. Vincenzo, en cambio, llegaba al mundo en una Italia recién unificada, en una sociedad que comenzaba a construir una identidad nacional sobre territorios que durante siglos habían pertenecido a Estados diferentes.
No sabemos todavía todo lo que ocurrió durante los primeros años de su vida, pero sí aparece una huella particularmente significativa: Vincenzo estudió en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Nápoles. Su nombre aparece en el Annuario scolastico de la Universidad de Nápoles correspondiente a 1889, en la página 160, una referencia que permite ubicarlo como estudiante universitario en una de las instituciones académicas más antiguas y prestigiosas de Europa. No es un detalle menor. Para un joven nacido en Bari apenas siete años después de la unificación, llegar hasta los estudios médicos en Nápoles significaba desplazarse dentro de una Italia que todavía estaba aprendiendo a pensarse como nación y, al mismo tiempo, incorporarse a una tradición intelectual que tenía varios siglos de historia.
La Universidad de Nápoles, fundada en 1224 por el emperador Federico II, era por entonces uno de los grandes centros culturales del sur italiano. La medicina tenía allí una tradición particularmente antigua, vinculada a la historia intelectual de la región y a la influencia de la cercana escuela médica de Salerno. En la segunda mitad del siglo XIX, mientras el nuevo Estado italiano intentaba modernizar sus instituciones y extender una educación superior de carácter nacional, la formación médica representaba también una puerta hacia una profesión de creciente prestigio social. El joven Vincenzo, cuyo apellido todavía conservaba en su composición la memoria familiar de los Colapinto y los Ferrara, se estaba formando así en un mundo muy diferente al de sus padres.
Pero el recorrido de Vincenzo no terminaría en Italia.
Un médico italiano en la frontera bonaerense
Hacia fines del siglo XIX, Vincenzo Colapinto dejó Italia y cruzó el Atlántico rumbo a Sudamérica. La fecha exacta y las circunstancias del viaje son todavía parte de la investigación, pero existe una referencia documental que permite ubicarlo ya en la Argentina: en octubre de 1898 aparece como miembro fundador de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza” de Tres Arroyos.
El dato adquiere otra dimensión cuando se mira el lugar en el que decidió establecerse. Tres Arroyos, en el sur de la provincia de Buenos Aires, era por entonces una localidad joven, profundamente marcada por la expansión de la frontera agropecuaria, la llegada de inmigrantes europeos y el crecimiento de las actividades vinculadas al campo. La ciudad había sido fundada oficialmente en 1884 y durante las últimas décadas del siglo XIX se encontraba en plena transformación. El ferrocarril, la colonización agrícola y el desarrollo de las actividades comerciales estaban modificando aceleradamente un territorio que apenas unas décadas antes había formado parte de un espacio mucho más inestable y fronterizo.
El nombre de Tres Arroyos no era casual. La localidad se desarrolló en una zona atravesada por cursos de agua que confluyen en la región y que habían dado identidad al territorio mucho antes de la consolidación de la ciudad. Pero lo que verdaderamente estaba transformando el lugar hacia fines del siglo XIX era la incorporación de esas tierras a una economía agropecuaria cada vez más integrada con los mercados nacionales e internacionales. El campo necesitaba caminos, estaciones, almacenes, molinos, comercios, servicios y profesionales, y alrededor de ese proceso fueron creciendo las nuevas poblaciones bonaerenses.
La inmigración europea tuvo un papel central en esa transformación. Italianos, españoles, franceses y otros grupos fueron llegando a la provincia de Buenos Aires atraídos por las posibilidades que ofrecía una economía en expansión. Muchos se dedicaron a las tareas rurales; otros se instalaron en los pueblos y ciudades como comerciantes, artesanos, trabajadores especializados o profesionales. Y junto con ellos llegaron también las instituciones que los inmigrantes creaban para mantener sus vínculos comunitarios, ayudarse frente a las dificultades y conservar una parte de la identidad que habían dejado del otro lado del océano.
En ese contexto debe entenderse la participación de Vincenzo en la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza”. Que figure entre sus fundadores no solamente indica que ya se encontraba integrado a la comunidad italiana de Tres Arroyos: también muestra que participó activamente en la construcción de una de esas redes de solidaridad que fueron fundamentales para los inmigrantes durante las primeras décadas de su vida en la Argentina. Antes de que existieran los sistemas de seguridad social tal como los conocemos hoy, las sociedades de socorros mutuos cumplían funciones esenciales: asistencia económica, ayuda ante enfermedades, acompañamiento en situaciones de necesidad y, muchas veces, también un espacio de sociabilidad y preservación cultural.
Para Vincenzo, médico formado en Nápoles, aquella institución debió representar además un punto de encuentro con hombres que compartían una lengua, una procedencia y una historia migratoria semejante. Había nacido en la Italia posterior a la unificación, se había formado en Nápoles y ahora se encontraba en una localidad de la provincia de Buenos Aires construida en buena medida por inmigrantes como él. La distancia con Bitonto era enorme, no solamente en kilómetros sino también en tiempo histórico. Entre la partida de matrimonio de sus padres en 1851 y su llegada a Sudamérica habían transcurrido menos de cincuenta años, pero en ese período habían desaparecido un reino, nacido una nación y comenzado otra historia familiar al otro lado del Atlántico.
Tres Arroyos tampoco era un destino cualquiera. Era uno de esos lugares de la Argentina finisecular donde el país estaba cambiando de escala. El crecimiento de la producción agropecuaria y la expansión ferroviaria estaban conectando las localidades del interior bonaerense con los grandes puertos y, a través de ellos, con los mercados internacionales. En ese paisaje de inmigración, agricultura, comercio y expansión territorial, Vincenzo Colapinto encontró su lugar.
Y allí, en el sur de la provincia de Buenos Aires, comienza otra etapa de la larga ruta de los Colapinto.
Rosario del Tala: otro camino para los Colapinto
Los caminos de Vincenzo Colapinto parecen haber sido tan inquietos como las circunstancias de la época en que le tocó vivir. Después de formarse en Medicina en Nápoles y de cruzar el Atlántico para instalarse en Tres Arroyos, su rastro vuelve a desplazarse hacia el norte. Esta vez el destino fue Entre Ríos, y más precisamente Rosario del Tala, una localidad atravesada por el río Gualeguay y nacida alrededor de uno de los antiguos pasos que comunicaban distintos puntos del territorio entrerriano. Allí, en los primeros años del nuevo siglo, aparece nuevamente el apellido Colapinto asociado a una historia familiar que ya había atravesado un océano y que todavía estaba lejos de encontrar su destino definitivo.
Rosario del Tala tenía para entonces una historia mucho más antigua que su aspecto de pueblo en expansión podía sugerir. El origen del asentamiento se remontaba al antiguo Paso del Tala, un lugar utilizado por quienes transitaban entre distintas poblaciones de la provincia. Hacia la década de 1770 comenzaron a establecerse allí vecinos provenientes de Paraná, Nogoyá y Gualeguay, atraídos en buena medida por la posibilidad de asentarse cerca de un paso estratégico sobre el territorio. La comunidad fue creciendo alrededor de una capilla y en 1799 se autorizó la creación de una viceparroquia bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, fecha que la tradición local tomó como fundacional.
Durante el siglo XIX, aquel antiguo paraje fue dejando atrás lentamente su condición de población rural dispersa. En 1863, durante la reorganización territorial impulsada en Entre Ríos, el departamento Tala fue creado por decreto de Justo José de Urquiza, y Rosario del Tala quedó como cabecera. Poco después comenzaron a consolidarse las instituciones municipales y administrativas que acompañaban el crecimiento de la localidad. Era una Entre Ríos que estaba construyendo su propia red de pueblos y ciudades, en un territorio donde todavía pesaban las antiguas rutas de las carretas y las comunicaciones fluviales, pero donde comenzaban a aparecer con fuerza los signos de una modernidad diferente.
Uno de esos signos tenía nombre propio: el ferrocarril. En la década de 1880 las vías comenzaron a modificar radicalmente las distancias entrerrianas. En 1883 fue autorizada la construcción de la línea que atravesaría la provincia y conectaría Paraná con Concepción del Uruguay, y Rosario del Tala quedó incorporada a ese nuevo sistema de comunicaciones. La estación comenzó a funcionar con la llegada del Ferrocarril Central Entrerriano y, pocos años después, en noviembre de 1888, fue inaugurado el ramal que unía Tala con Gualeguay. La vieja lógica de los caminos de tierra, las postas y las largas jornadas a caballo comenzaba a convivir con la velocidad del tren.
El cambio no fue solamente técnico. El ferrocarril llevó gente, mercancías, oportunidades y nuevas familias. Alrededor de las estaciones aparecieron comercios, hospedajes, talleres y servicios, mientras la inmigración europea contribuía a modificar la composición social de las poblaciones entrerrianas. Italianos, españoles, alemanes, vascos, gallegos, polacos y otros inmigrantes fueron formando comunidades que conservaron parte de sus costumbres y, al mismo tiempo, se incorporaron a la vida de sus nuevos pueblos. La propia historia de Rosario del Tala reconoce ese proceso de llegada de inmigrantes como uno de los elementos que contribuyeron a darle su fisonomía durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.
Es en ese escenario, cuando el siglo XIX ya se había convertido en recuerdo y el nuevo siglo apenas comenzaba, donde vuelve a aparecer Vincenzo Colapinto. La documentación del Registro Civil entrerriano permite ubicarlo en Rosario del Tala en 1900, cuando tenía 53 años. El 30 de octubre de ese año fue registrada allí una niña llamada María Eugenia Colapinto, hija de Vicente Colapinto.
Hay algo particularmente sugestivo en ese registro. La familia Colapinto vuelve a aparecer asociada a un territorio en movimiento. Vincenzo había llegado desde Italia a la Argentina; había pasado por Tres Arroyos y ahora se encontraba en Entre Ríos. La geografía familiar empezaba a dibujar una trayectoria que no respondía a una migración lineal desde Europa hacia un único destino, sino a desplazamientos dentro de la propia Argentina. Como tantos inmigrantes y sus descendientes, los Colapinto parecían estar buscando su lugar en un país que se expandía, que incorporaba nuevas tierras a la producción y que multiplicaba sus conexiones ferroviarias.
Rosario del Tala era precisamente uno de esos puntos donde las transformaciones podían verse a escala humana. En sus calles convivían las familias criollas y los inmigrantes recién llegados; en sus alrededores se extendían las actividades rurales; en la estación se cruzaban viajeros y mercancías; y en las instituciones locales comenzaban a hacerse visibles las comunidades extranjeras que contribuían a construir la nueva sociedad. La llegada del tren había convertido al pueblo en un nodo de una red mucho más grande, y esa red hacía posible que hombres como Vincenzo pudieran trasladarse, establecerse, formar vínculos y volver a emprender camino.
Incluso el paisaje industrial comenzaba a cambiar. La ciudad tendría en las primeras décadas del siglo XX uno de sus grandes símbolos en la Calera Osinalde-Izaguirre, un complejo que se convertiría en una de las principales referencias productivas de Rosario del Tala y que continuaría funcionando hasta la década de 1960. El pueblo que había nacido alrededor de un paso sobre el Gualeguay estaba convirtiéndose en una pequeña ciudad conectada por ferrocarril, con actividad comercial e industrial y con una sociedad cada vez más diversa.
De Tres Arroyos a Máximo Paz
Los caminos de Vincenzo Colapinto no se detuvieron en Rosario del Tala. En algún momento de esos años de tránsito por la Argentina conoció a Margarita Olivero, una joven italiana nacida hacia 1879. La relación daría lugar a una nueva familia y, con ella, a otro desplazamiento dentro de la geografía de la inmigración italiana en la Argentina: el destino sería Máximo Paz, en el departamento Constitución, provincia de Santa Fe.
Llegar allí significaba instalarse en un pueblo que prácticamente había nacido junto con la generación de inmigrantes que lo poblaba. Máximo Paz había sido fundado el 14 de enero de 1890, cuando los hermanos Marcelo, Máximo y Agustina Paz cedieron tierras que luego fueron loteadas para dar forma al nuevo núcleo urbano. Ese mismo año se habilitó la estación ferroviaria sobre el ramal Villa Constitución-Río Cuarto, un dato decisivo para entender por qué aquel lugar podía convertirse en destino de familias que, como los Colapinto, se movían dentro de una Argentina en plena expansión.
No era un pueblo surgido alrededor de una vieja ciudad colonial ni de una antigua ruta comercial. Era, en buena medida, hijo de la transformación agrícola y ferroviaria de la Argentina de fines del siglo XIX. La llegada del tren acercaba mercados, personas y mercancías, mientras las tierras del sur santafesino comenzaban a integrarse cada vez más a la producción agropecuaria. Un estudio sobre la cuestión agraria santafesina ubica precisamente en 1890 la fundación de la colonia Máximo Paz y señala que, en esos años, la entrega de tierras para la agricultura avanzaba alrededor de las estaciones ferroviarias.
El paisaje humano también estaba cambiando. La gran inmigración europea había convertido a Santa Fe en uno de los principales territorios de colonización agrícola de la Argentina. Desde mediados del siglo XIX, miles de inmigrantes se habían establecido allí y habían transformado profundamente la economía y la sociedad provincial. El fenómeno fue particularmente intenso entre los italianos: para fines del siglo XIX, las comunidades de origen peninsular tenían una presencia enorme en la llamada Pampa Gringa, ese espacio de colonias agrícolas que se extendía por el centro y sur de Santa Fe y que estaba construyendo una sociedad nueva sobre la base del trabajo rural, el ferrocarril y la inmigración.
Máximo Paz era entonces un pueblo joven, rodeado de chacras y colonias agrícolas, en una región donde la vida cotidiana estaba estrechamente vinculada a los ciclos de la producción rural. El ferrocarril constituía una de las grandes novedades de aquel mundo: permitía que la producción pudiera salir de la zona y conectarse con centros comerciales mayores, pero también hacía posible que las personas se desplazaran con una rapidez que las generaciones anteriores no habían conocido. El pueblo, la estación y el campo formaban parte de un mismo sistema.
Y allí, en ese territorio nuevo, comenzaron a crecer los hijos de Vincenzo y Margarita.
El primero fue Leonidas José Colapinto Olivero, nacido el 8 de noviembre de 1903 en Máximo Paz y bautizado poco después, el 24 de noviembre de 1904. Dos años más tarde, el 23 de enero de 1906, nació su hermano Raúl Juan Colapinto Olivero, también en Máximo Paz; su bautismo se produjo el 2 de mayo de 1910. La documentación parroquial permite así seguir la expansión de una rama familiar que ya no pertenecía exclusivamente al mundo de los inmigrantes italianos: sus hijos estaban naciendo en territorio argentino y creciendo en una comunidad que había surgido apenas una década antes.
Registro de Bautismo de Leónidas José Colapinto en Máximo Paz
Hay algo casi simbólico en esas fechas. Cuando Leonidas nació, Máximo Paz tenía apenas trece años de existencia; cuando nació Raúl, apenas dieciséis. La familia y el pueblo crecían prácticamente al mismo tiempo. Los Colapinto Olivero formaban parte de una generación que ya no estaba llegando a la Argentina: estaba naciendo en ella.
Y ese cambio es fundamental para nuestra historia. Francesco Nicola había nacido en el Reino de las Dos Sicilias; Vincenzo había nacido en la Italia recién unificada; Leonidas y Raúl nacían ahora en una Argentina que sus padres habían elegido como lugar de vida. El apellido había atravesado el océano y comenzaba a echar raíces definitivas en Sudamérica.
Pero tampoco aquí se detendría la larga ruta de los Colapinto.
De Bitonto a Bari. De Bari a Nápoles. De Nápoles a la Argentina. De Tres Arroyos a Rosario del Tala y de allí a Máximo Paz. Cada generación había agregado una nueva estación al viaje. Y todavía faltaban muchas más antes de llegar a Pilar.
De Bahía Blanca a Montevideo: cruzar el charco por amor
La siguiente estación de esta larga ruta de los Colapinto estaría bastante lejos de Máximo Paz. Leonidas José Colapinto Olivero, nacido allí el 8 de noviembre de 1903, terminaría radicándose en Bahía Blanca, en el extremo sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Para entonces, el hijo de Vincenzo y Margarita ya pertenecía plenamente a una generación nacida en la Argentina, pero la historia familiar seguía teniendo al Atlántico y al Río de la Plata como grandes escenarios de movimiento. Y sería precisamente el río, esa enorme frontera de agua que separa Buenos Aires de Montevideo, el que volvería a aparecer en el camino de los Colapinto.
Porque en algún momento de su vida Leonidas conoció a María Luisa Belloni Solari, nacida en Montevideo el 30 de mayo de 1908. El vínculo terminaría llevándolo a cruzar el charco y, el 4 de enero de 1932, ambos contrajeron matrimonio en la capital uruguaya. Para la familia Colapinto era un nuevo desplazamiento, aunque esta vez el viaje no tenía el sentido de una emigración: era el recorrido inverso de una historia que ya llevaba varias décadas moviéndose por el sur de Sudamérica. El hombre nacido en Santa Fe y radicado en Bahía Blanca llegaba ahora a Montevideo para unirse a una mujer nacida al otro lado del Río de la Plata.
La elección de Montevideo tampoco era casual. Durante décadas, la ciudad había sido uno de los grandes puertos de entrada y asentamiento de la inmigración europea en Sudamérica. Los italianos tuvieron una presencia particularmente importante en la formación de la sociedad montevideana y ya desde fines del siglo XIX constituían una comunidad numerosa, con instituciones propias, redes comerciales, asociaciones y vínculos que atravesaban las fronteras entre Uruguay y Argentina. La masiva presencia italiana en Montevideo durante el período de la gran inmigración está documentada incluso por informes consulares y registros portuarios de la época.
Cuando nació María Luisa, en 1908, Montevideo era una ciudad que atravesaba una profunda transformación. A comienzos del siglo XX, aproximadamente tres de cada diez habitantes eran extranjeros, mientras la capital crecía hacia nuevos barrios y se expandían las infraestructuras que terminarían dándole su fisonomía moderna. Los tranvías eléctricos, el puerto, la Rambla y el crecimiento de barrios como Cordón, Prado, Pocitos, Cerro y Villa Colón formaban parte de esa transformación urbana.
Pero la historia de María Luisa no comenzaba en Uruguay. Sus padres también habían llegado desde Europa y pertenecían a dos familias italianas de procedencias diferentes. Ceccardo Belloni Borghini, su padre, había nacido alrededor del 15 de junio de 1864 en Massa y Carrara, Toscana, hijo de Massimo Belloni, albañil, y de Maria Borghini. La familia materna de María Luisa tenía otro origen geográfico: Eugenia Solari Marini, nacida el 30 de septiembre de 1873 en Chiavari, Liguria, era hija de Esteban Solari, carpintero, y Luisa Marini.
Otra vez, detrás de una persona aparece un mapa. Toscana. Liguria. Montevideo. Bahía Blanca.
Los Belloni y los Solari habían hecho, en apenas una generación, un recorrido semejante al de tantas familias italianas que encontraron en América un nuevo escenario para sus vidas. Massa Carrara, en el extremo norte de Toscana y cerca de los Apeninos y del mar Tirreno, tenía una identidad marcada históricamente por la extracción y el trabajo de la piedra, mientras Chiavari, sobre la costa ligur, pertenecía a un territorio cuya vida económica y cultural estaba estrechamente vinculada al Mediterráneo. De esos dos mundos europeos surgirían las ramas familiares que terminarían encontrándose en Montevideo.
Y así, el matrimonio de Leonidas y María Luisa no fue solamente la unión de dos personas. Fue también el encuentro de dos historias migratorias italianas que habían seguido caminos diferentes hasta converger en el Río de la Plata. Por un lado, los Colapinto, llegados desde la Apulia y ya profundamente arraigados en la Argentina después de varias mudanzas internas. Por el otro, los Belloni y los Solari, cuyos orígenes se encontraban en Toscana y Liguria y cuya historia familiar había echado raíces en Uruguay.
Para entonces, además, el Río de la Plata ya no era aquella frontera que podía parecer insalvable para los inmigrantes del siglo XIX. Buenos Aires y Montevideo estaban conectadas por una intensa circulación de personas, mercancías, noticias y familias. El río separaba dos países, pero también funcionaba como un corredor. Las distancias que habían obligado a Francesco Nicola a cruzar un océano décadas atrás eran ahora, para sus descendientes, un viaje mucho más corto, aunque no por eso menos significativo.
Leonidas llegó a Montevideo en 1932, en un mundo que acababa de entrar en una nueva etapa de incertidumbre. La crisis económica internacional iniciada en 1929 había golpeado profundamente a las economías de la región y Uruguay atravesaba también una transformación política decisiva: Gabriel Terra había asumido la presidencia en 1931 y en 1933 daría un golpe de Estado, inaugurando un período autoritario. La colectividad italiana, por su parte, atravesaba sus propias tensiones, porque el ascenso del fascismo en Italia había convertido la identidad de los inmigrantes en un terreno cada vez más atravesado por la política. Durante los años siguientes, el régimen de Benito Mussolini intentaría ampliar su influencia sobre las comunidades italianas de América del Sur.
Pero el 4 de enero de 1932, cuando Leonidas y María Luisa se casaron, la historia familiar podía ser mucho más sencilla que la historia política que los rodeaba. Un hombre de Bahía Blanca y una joven montevideana se unían en matrimonio. Dos familias italianas, ya transformadas por la emigración, volvían a encontrarse en una ciudad que había sido durante décadas uno de los grandes destinos de la diáspora peninsular.
Y hay algo hermoso en esta parte de la genealogía: el viaje no siempre fue impulsado por la necesidad económica, la búsqueda de trabajo o la emigración masiva. A veces también fue el amor el que puso en movimiento a los Colapinto.
Leonidas había nacido en un pequeño pueblo de Santa Fe creado alrededor del ferrocarril. Había crecido en una familia cuyo padre había recorrido media Argentina después de abandonar Italia. Se había radicado en una ciudad portuaria y comercial del sudoeste bonaerense. Y ahora cruzaba el Río de la Plata para casarse con una mujer cuya familia también había recorrido miles de kilómetros antes de llegar a Montevideo.
La larga ruta de los Colapinto volvía a cruzarse, una vez más, con la larga ruta de otra familia de inmigrantes.
Y esta vez, el destino no estaba en un pueblo de la pampa ni en una ciudad italiana. Estaba al otro lado del río.
Bahía Blanca: el abogado que cerró una larga historia de migraciones
El matrimonio de Leonidas José Colapinto Olivero y María Luisa Belloni Solari en Montevideo, en enero de 1932, abrió una nueva etapa de la historia familiar. De aquella unión nació, en 1935, en Bahía Blanca, Leonidas Colapinto Belloni, quien llevaría consigo, condensados en sus apellidos, buena parte de los caminos recorridos por las generaciones anteriores: los Colapinto llegados desde Bitonto y arraigados sucesivamente en distintos puntos de la Argentina; los Belloni procedentes de Toscana; los Solari originarios de Liguria y establecidos en Montevideo. En él ya no encontramos al inmigrante que abandona Europa ni al hijo que busca un nuevo lugar dentro de la Argentina en expansión, sino a un argentino nacido en una familia que llevaba varias décadas construyendo su propia historia a ambos lados del Río de la Plata.
Bahía Blanca sería, finalmente, uno de los grandes puntos de arraigo de los Colapinto. La ciudad había adquirido una importancia extraordinaria desde fines del siglo XIX gracias a su puerto, al ferrocarril, a la expansión de la producción agropecuaria y a su posición estratégica en el sudoeste bonaerense. Cuando Leonidas nació en 1935, ya no era aquella ciudad de frontera que habían conocido las primeras generaciones de inmigrantes, sino un centro urbano consolidado, profundamente vinculado con el comercio, la actividad portuaria, la producción agropecuaria y la llegada de nuevas corrientes migratorias. Allí crecería el hombre que, décadas más tarde, se convertiría en una figura destacada del ámbito jurídico bahiense.
Leonidas Colapinto Belloni fue abogado y desarrolló una extensa actividad profesional e institucional en Bahía Blanca. Su trayectoria estuvo vinculada particularmente con el Derecho Procesal y el Derecho de Familia, campos en los que no solamente ejerció su profesión sino que también participó de la construcción de espacios académicos y profesionales. Fue cofundador del Instituto de Derecho Procesal y del Instituto de Derecho de Familia del Colegio de Abogados de Bahía Blanca, una participación que permite ubicarlo dentro de una tradición jurídica que excedía el ejercicio cotidiano de la abogacía y buscaba generar ámbitos de estudio, discusión y formación profesional.
Pero quizás el aspecto más interesante para comprender a Leónidas sea que su preocupación intelectual no quedó encerrada en los códigos y los tribunales. Fue especialista en cuestiones sociales y políticas y escribió sobre asuntos que revelaban una mirada atenta a los problemas concretos de la sociedad. Entre sus publicaciones se destacó Iniquidades de la adopción, una obra en la que abordó cuestiones relacionadas con la adopción, la familia y el papel social de la mujer. El propio título expresa una preocupación por las desigualdades y por las consecuencias que determinadas estructuras jurídicas y sociales podían producir sobre las personas involucradas en los procesos de adopción.
De esta manera, en la generación de Leónidas aparece una transformación particularmente significativa de aquella antigua familia de Bitonto. El apellido que había nacido en los registros civiles del Reino de las Dos Sicilias había llegado, cuatro generaciones después, a las instituciones profesionales de una ciudad argentina. Francesco Nicola había sido un hombre de Bitonto que se casó en 1851, cuando Italia todavía no existía como Estado nacional. Su hijo Vincenzo nació en Bari después de la unificación, estudió Medicina en Nápoles y terminó cruzando el Atlántico. Vincenzo se convirtió en uno de los fundadores de una sociedad italiana de socorros mutuos en Tres Arroyos, recorrió luego otros territorios de la Argentina y formó una familia en Máximo Paz. Su hijo Leonidas José se radicó en Bahía Blanca y cruzó el Río de la Plata para casarse con María Luisa Belloni Solari. Y de esa unión nació, en 1935, Leonidas Colapinto Belloni.
La trayectoria permite observar algo que suele perderse cuando una genealogía se reduce a nombres y fechas: la inmigración no fue un acontecimiento único, sino un proceso que se prolongó durante generaciones. El primer Colapinto de esta historia llegó desde una sociedad europea profundamente diferente de la Argentina que conocemos. Sus descendientes fueron cambiando de ciudad, de profesión, de vínculos y de horizontes. Algunos conservaron instituciones y apellidos que recordaban su origen; otros se integraron completamente a la sociedad argentina. En el transcurso de pocas generaciones, aquella familia de agricultores y profesionales del sur italiano terminó formando parte de las clases profesionales de una ciudad argentina moderna.
Leónidas murió el 31 de octubre de 2024, a los 89 años. Su muerte cerró una vida que había atravesado casi nueve décadas de la historia argentina y que, indirectamente, conectaba dos mundos separados por un océano y por casi dos siglos. Había nacido en 1935, cuando todavía vivían personas que habían conocido personalmente a los inmigrantes de la gran oleada europea; murió en 2024, cuando su nieto ya había conseguido algo que probablemente ninguno de aquellos primeros Colapinto habría podido imaginar.
Porque entre Francesco Nicola Colapinto, aquel hombre nacido en Bitonto en 1822, y Franco Colapinto, el piloto argentino que llegó a competir en la Fórmula 1, hay mucho más que una sucesión de apellidos. Hay una historia de migraciones, trabajo, educación, desplazamientos, vínculos familiares y adaptación a sociedades completamente diferentes.
Hay un matrimonio celebrado en Bitonto en 1851, cuando todavía gobernaban los Borbones y faltaba una década para el nacimiento del Reino de Italia. Hay un joven médico que estudió en Nápoles y cruzó el Atlántico. Hay una sociedad italiana fundada en Tres Arroyos en 1898. Hay hijos nacidos en Máximo Paz cuando aquel pueblo santafesino apenas comenzaba a crecer. Hay un hombre que encontró en Bahía Blanca su lugar de residencia y que cruzó el Río de la Plata para casarse en Montevideo. Hay familias italianas procedentes de Apulia, Toscana y Liguria que terminaron entrelazándose en el extremo sur de América.
Y hay, finalmente, una nueva generación nacida ya en la Argentina.
Leonidas Colapinto Belloni fue el abuelo de Franco. Su hijo, Aníbal Colapinto, continuaría la línea familiar junto a Andrea Laura Trofimczuk, descendiente de una familia de origen ucraniano. De esa unión nacerían Franco y su hermana Martina. La vieja historia italiana quedaba entonces cada vez más lejos en el tiempo, pero no desaparecía: permanecía en los apellidos, en los documentos, en las historias transmitidas y en esa improbable cadena de decisiones y circunstancias que conecta a una familia de Bitonto con una familia de Bahía Blanca.
Resulta inevitable mirar hacia atrás y pensar en aquel documento de 1851. Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino probablemente no podían imaginar que alguien, más de un siglo y medio después, estaría reconstruyendo sus vidas a partir de una partida matrimonial. Mucho menos podían imaginar que uno de sus descendientes llevaría el apellido Colapinto en los circuitos de automovilismo más importantes del mundo.
Pero la historia familiar no funciona como una línea recta. No hay un destino inevitable escrito en aquel registro de Bitonto. Hay, en cambio, una sucesión de decisiones, viajes, encuentros, nacimientos y circunstancias históricas. Cada generación abrió una posibilidad que la siguiente transformó en otra. Francesco permaneció en Bitonto; Vincenzo cruzó el océano; Leonidas José recorrió la Argentina y llegó hasta Montevideo; Leonidas Colapinto Belloni construyó una trayectoria profesional en Bahía Blanca; Aníbal formó allí su propia familia; y Franco terminó encontrando su lugar en un mundo completamente distinto: el de la Fórmula 1.
Quizás por eso esta historia no debería terminar en un circuito, sino volver por un instante a aquel pequeño registro civil del sur de Italia. En 1851, Francesco Nicola y Maria Concetta simplemente se casaron. No sabían que su apellido sobreviviría a un reino, a una unificación nacional, a dos guerras mundiales, a una migración transatlántica y a varias generaciones nacidas en América.
Tampoco sabían que, 173 años después, un descendiente suyo llevaría el mismo apellido que Francesco Nicola había llevado al registro civil de Bitonto hasta la Fórmula 1.
Entre aquel hombre de 29 años que firmó su matrimonio en la Apulia del siglo XIX y el joven argentino que llegó a la máxima categoría del automovilismo existe una distancia de generaciones, continentes y épocas. Pero también existe un hilo.
Ese hilo se llama Colapinto.
Y la historia de ese apellido, que comenzó en Bitonto mucho antes de que existiera Italia como nación, terminó encontrando en la Argentina una nueva patria.
El tango nació en los márgenes de Buenos Aires y Montevideo, fue despreciado por las elites y terminó convertido en símbolo cultural argentino y patrimonio de la humanidad.
Por Alcides Blanco para NLI
Antes de convertirse en patrimonio cultural de la humanidad, antes de llenar teatros europeos y antes de ser presentado como una de las grandes expresiones culturales de Buenos Aires y Montevideo, el tango fue una música incómoda, asociada a los márgenes urbanos, a los conventillos, a los prostíbulos, a los patios compartidos y a una población de inmigrantes que estaba transformando aceleradamente la sociedad rioplatense. Su historia comenzó mucho más lejos de las postales elegantes con las que posteriormente sería identificado y estuvo atravesada por una mezcla cultural extraordinaria en la que confluyeron tradiciones afro-rioplatenses, músicas europeas, ritmos criollos y experiencias populares nacidas en una ciudad que crecía a una velocidad desconocida. El tango no nació como símbolo oficial de la Argentina: fue primero una expresión de quienes estaban construyendo una nueva sociedad desde abajo, y justamente por eso durante décadas despertó rechazo entre sectores que consideraban que aquella música representaba un mundo marginal, desordenado y moralmente peligroso.
Una música nacida de una ciudad que estaba cambiando
Durante las últimas décadas del siglo XIX, Buenos Aires experimentó una transformación demográfica y social gigantesca. La llegada masiva de inmigrantes europeos modificó los barrios, las formas de trabajo, el idioma cotidiano y las relaciones sociales, mientras miles de personas se instalaban en conventillos donde convivían familias de distintos orígenes y tradiciones. Al mismo tiempo, sobrevivían expresiones musicales y culturales vinculadas con la población afrodescendiente y con las tradiciones criollas. En ese territorio de mezclas, tensiones y encuentros comenzó a desarrollarse una música que todavía no tenía las características perfectamente definidas que hoy asociamos con el tango.
La palabra “tango”, además, tiene una historia anterior a la consolidación del género rioplatense y fue utilizada durante siglos en distintos lugares para referirse a espacios de reunión y manifestaciones musicales de poblaciones afrodescendientes. En el Río de la Plata, el término terminó asociado a una forma particular de música y baile que fue desarrollándose durante la segunda mitad del siglo XIX. La evolución no fue producto de un único inventor ni puede atribuirse exclusivamente a una comunidad: el tango fue una creación colectiva, surgida de una sociedad profundamente mezclada en la que distintas tradiciones terminaron encontrando una forma nueva de expresarse.
Buenos Aires y Montevideo fueron los dos grandes escenarios de ese proceso. Las dos ciudades compartían una misma cultura rioplatense, intercambiaban músicos y repertorios y estaban conectadas por una navegación cotidiana que hacía del Río de la Plata mucho más un puente que una frontera. Por eso resulta difícil establecer una nacionalidad exclusiva para los primeros años del tango. Antes de convertirse en un emblema argentino o uruguayo, fue fundamentalmente rioplatense.
La música comenzó a circular en lugares que las clases acomodadas no consideraban apropiados para sus reuniones. Los primeros espacios vinculados al tango estuvieron relacionados con cafés populares, academias de baile, patios de conventillo y zonas portuarias, además de ambientes prostibularios que tuvieron una importancia considerable en la historia temprana del género. Esta procedencia fue determinante para la reputación que adquiriría durante décadas: bailar tango era, para muchos sectores de la sociedad tradicional, acercarse a un universo considerado vulgar y peligroso.
El baile que escandalizó a las elites
La incomodidad no estaba solamente en la música, sino también en el cuerpo. El tango introducía una forma de bailar en pareja caracterizada por una proximidad física que resultaba escandalosa para los códigos sociales dominantes de finales del siglo XIX. El abrazo tanguero, la improvisación, los movimientos de las piernas y la sensualidad implícita en determinados estilos eran difíciles de conciliar con las normas de comportamiento público de las clases respetables.
La reacción moral no fue exclusivamente argentina. Cuando el tango comenzó a circular por Europa a comienzos del siglo XX, sectores religiosos y conservadores también cuestionaron el baile por considerarlo demasiado sensual. Sin embargo, ocurrió algo que terminaría transformando completamente su historia: las elites europeas comenzaron a bailar aquello que las elites porteñas habían considerado una expresión marginal.
París desempeñó un papel fundamental en ese proceso. Hacia la década de 1910, el tango se había convertido en una verdadera moda entre determinados sectores de la sociedad francesa y europea. La difusión internacional produjo un efecto inesperado en Buenos Aires: aquello que había sido despreciado por su origen social comenzó a adquirir prestigio precisamente porque había logrado conquistar los salones europeos.
La transformación cultural fue enorme. El tango comenzó a ser interpretado por músicos cada vez más profesionales, aparecieron orquestas estables y se desarrollaron formas musicales más complejas. La incorporación del bandoneón, instrumento de origen alemán que terminó convirtiéndose en uno de los sonidos fundamentales del género, contribuyó decisivamente a darle una identidad sonora propia. Con el tiempo, músicos como Eduardo Arolas, Vicente Greco, Roberto Firpo y Francisco Canaro ayudaron a transformar las agrupaciones iniciales en orquestas capaces de desarrollar repertorios cada vez más elaborados.
Pero todavía faltaba una revolución.
Gardel y la transformación de una música en identidad
La aparición de Carlos Gardel modificó para siempre la relación entre el tango y la cultura popular argentina. Nacido a fines del siglo XIX y convertido durante las décadas de 1910 y 1920 en una figura internacional, Gardel consiguió algo que ningún músico anterior había logrado con semejante intensidad: convertir la canción tanguera en una forma de narrar la vida urbana, la nostalgia, el desarraigo, el amor perdido, la pobreza, el barrio y el paso del tiempo.
El tango dejó entonces de ser principalmente una música destinada al baile y adquirió una dimensión narrativa. La aparición del tango canción, especialmente después de “Mi noche triste”, permitió que las letras ocuparan un lugar central y que el género comenzara a contar historias. Los personajes del tango ya no eran únicamente bailarines de los arrabales: eran trabajadores, inmigrantes, hombres y mujeres separados por la distancia, personas que habían abandonado el barrio para intentar progresar y que descubrían que el ascenso social también podía significar pérdida y nostalgia.
Esa transformación coincidió con una Argentina que estaba atravesando cambios profundos. La inmigración había creado una sociedad urbana nueva y la expansión de la educación, los medios gráficos, el teatro y posteriormente la radio permitieron que el tango llegara a públicos cada vez más amplios. La música que había nacido en los márgenes comenzó a convertirse en una especie de idioma emocional de Buenos Aires.
Durante las décadas de 1930 y 1940 llegó la llamada época de oro del tango, cuando las grandes orquestas alcanzaron una popularidad extraordinaria y el género ocupó un lugar central en la vida cultural argentina. Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Juan D’Arienzo, Carlos Di Sarli y muchos otros músicos desarrollaron estilos diferentes, demostrando que el tango podía contener múltiples tradiciones sin perder su identidad.
La historia tenía una ironía evidente: una música que había sido despreciada por su origen popular se había convertido ahora en una de las principales expresiones culturales del país.
Del margen al patrimonio mundial
El tango volvió a experimentar una transformación profunda durante la segunda mitad del siglo XX. La aparición del rock, los cambios en las formas de entretenimiento y las transformaciones sociales hicieron que perdiera parte del protagonismo masivo que había tenido durante su época de oro. Sin embargo, lejos de desaparecer, comenzó a desarrollar nuevas formas de resistencia cultural.
En ese proceso fue fundamental Astor Piazzolla, cuya obra llevó el tango hacia territorios que provocaron fuertes enfrentamientos con los sectores más tradicionalistas. Su llamado “tango nuevo” incorporó elementos del jazz y de la música clásica y modificó estructuras rítmicas y armónicas, generando una polémica que llegó a ser profundamente política y cultural. Para sus críticos, aquello ya no era tango; para Piazzolla y sus seguidores, en cambio, era precisamente la forma de mantener vivo al género mediante su transformación.
La discusión revelaba una cuestión que había acompañado al tango desde su nacimiento: ¿qué convierte a una música en auténtica? Si el tango había surgido de una mezcla de culturas, había cambiado al pasar de los barrios a los salones, había incorporado instrumentos extranjeros y había evolucionado de la música instrumental a la canción, resultaba difícil sostener que existiera una única forma legítima de tocarlo.
En 2009, la UNESCO incorporó el tango a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo su dimensión cultural compartida por Argentina y Uruguay. La declaración internacional terminó de completar una transformación extraordinaria: aquella expresión que había sido considerada vulgar y marginal pasó a ser reconocida como una manifestación cultural de valor universal.
La historia del tango contiene, en realidad, una enseñanza que excede ampliamente a la música. Las culturas populares rara vez nacen en los lugares donde las instituciones esperan encontrarlas. Surgen en las calles, en los barrios, en los espacios de encuentro y en las mezclas inesperadas que producen las sociedades cuando personas de distintos orígenes comparten una ciudad. El tango fue posible porque Buenos Aires y Montevideo eran ciudades en transformación, porque los inmigrantes trajeron nuevas músicas, porque sobrevivían tradiciones afro-rioplatenses y porque los sectores populares encontraron formas propias de apropiarse de aquello que llegaba desde otros lugares.
Por eso resulta tan revelador que una expresión que alguna vez fue asociada con los márgenes haya terminado convirtiéndose en uno de los símbolos culturales más reconocibles de la Argentina. El tango no fue creado desde arriba para representar al país; fue creado desde abajo y, con el tiempo, el país terminó reconociéndose en él. En sus acordes quedaron registrados los cambios de una sociedad entera: la inmigración, el crecimiento de las ciudades, la pobreza, el ascenso social, la nostalgia, los conflictos de clase, las transformaciones familiares y la permanente tensión entre tradición y modernidad.
Quizás allí esté la verdadera razón de su supervivencia. El tango nunca fue una música inmóvil. Nació de una mezcla, cambió cuando llegó a Europa, se transformó con Gardel, se expandió con las grandes orquestas y volvió a reinventarse con Piazzolla. Su historia demuestra que una tradición no permanece viva porque se conserve intacta, sino porque encuentra nuevas generaciones capaces de discutirla, transformarla y volver a hacerla propia. Y aquella música que alguna vez fue considerada demasiado vulgar para los salones terminó haciendo algo todavía más importante: convirtió las voces de los márgenes en parte de la memoria cultural de un país y, finalmente, del mundo.
Un monumental recinto circular descubierto cerca de Chleby, en la República Checa, tiene unos 6.500 años de antigüedad y fue construido más de un milenio antes que Stonehenge. Sus doce accesos no estarían distribuidos al azar: los investigadores creen que fueron concebidos para observar momentos clave de los ciclos del Sol y la Luna, una evidencia que obliga a reconsiderar cuánto sabían las primeras comunidades agrícolas europeas sobre el cielo, el tiempo y las estaciones.
Por Alcides Blanco para NLI
Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de las grandes construcciones prehistóricas relacionadas con la observación del cielo, Stonehenge aparecía casi inevitablemente como el gran punto de referencia. El monumento británico se convirtió en el símbolo universal de una humanidad prehistórica capaz de levantar estructuras monumentales y relacionarlas con los movimientos del Sol. Pero una investigación arqueológica que acaba de cobrar relevancia en Europa Central introduce una perspectiva mucho más antigua: cerca de la actual localidad de Chleby, en la región de Bohemia Central, los investigadores estudian un enorme recinto construido hace aproximadamente 6.500 años, cuya arquitectura parece haber sido concebida teniendo en cuenta los ciclos solares y lunares. El sitio no es solamente anterior a Stonehenge: lo precede por más de mil años, y su existencia obliga a retroceder considerablemente el momento en que creemos que las sociedades agrícolas comenzaron a convertir sus conocimientos del cielo en arquitectura monumental.
El descubrimiento resulta particularmente llamativo por las dimensiones del complejo. El recinto tenía aproximadamente 230 metros de diámetro y estaba delimitado por un foso de más de 2,5 metros de profundidad, formando una estructura casi circular de una escala extraordinaria para una comunidad que vivió durante la prehistoria europea. Pero lo que terminó de despertar el interés de los arqueólogos fueron sus doce entradas, distribuidas de manera aparentemente irregular alrededor del perímetro. Cuando el equipo dirigido por Petr Krištuf, de la Universidad de Bohemia Occidental, comenzó a analizar con mayor precisión la geometría de esos accesos, encontró que su disposición podía formar líneas de observación relacionadas con acontecimientos astronómicos significativos. Según los investigadores, la arquitectura habría permitido seguir momentos importantes de los ciclos del Sol y de la Luna.
Un calendario construido sobre la tierra
La cuestión fundamental no es simplemente que los habitantes de Chleby miraran el cielo. Eso, en realidad, no sería sorprendente: para una comunidad agrícola, observar el cielo era una necesidad práctica. El problema consiste en determinar hasta qué punto ese conocimiento estaba organizado, transmitido y convertido en una estructura colectiva. Y es allí donde el sitio adquiere una dimensión histórica extraordinaria, porque la disposición de sus entradas parece responder a determinados puntos extremos de los movimientos celestes, lo que podría haber permitido identificar acontecimientos que se repetían según ciclos relativamente precisos.
Una de las alineaciones estudiadas por los arqueólogos estaría relacionada con las posiciones extremas de la Luna sobre el horizonte durante su ciclo de aproximadamente 18,6 años, conocido como major lunar standstill. Otra relación geométrica vincularía el amanecer del solsticio de verano con el atardecer del solsticio de invierno. Los investigadores señalan que esta segunda disposición guarda un paralelismo conceptual con el eje principal de Stonehenge, aunque eso no significa que ambos monumentos hayan tenido exactamente la misma función ni que exista una relación directa entre las comunidades que los construyeron. Lo que sí demuestra Chleby, si las interpretaciones continúan siendo confirmadas, es que la utilización monumental de los ciclos celestes aparece en Europa mucho antes de lo que la comparación tradicional con Stonehenge podía hacer imaginar.
La diferencia temporal es enorme. Los materiales orgánicos analizados permiten situar la construcción de Chleby alrededor del 4500 a. C., mientras que las primeras grandes estructuras de Stonehenge pertenecen a un período posterior, iniciado aproximadamente hacia el 3000 a. C. Esto significa que cuando todavía faltaban más de mil años para que comenzaran las primeras grandes obras monumentales de Stonehenge, en la Europa Central ya existía una comunidad capaz de transformar un espacio de cientos de metros en un complejo cuya geometría aparentemente incorporaba referencias al movimiento de los astros.
Pero sería un error imaginarlo simplemente como un gigantesco observatorio astronómico en el sentido moderno. Los arqueólogos hablan de un santuario o centro ritual, y la propia disposición del lugar parece indicar que la observación del cielo formaba parte de un sistema social y religioso más amplio. Para aquellas comunidades, el solsticio no era solamente una coordenada astronómica: podía representar un momento de transformación, el cambio de una estación, la renovación de los ciclos naturales y la organización de las actividades agrícolas. El cielo podía funcionar simultáneamente como calendario, referencia religiosa y mecanismo para ordenar la vida colectiva.
Los animales que custodiaban las entradas
Hay otro conjunto de hallazgos que refuerza la interpretación ritual del lugar. En el interior del foso fueron encontrados cráneos y cuernos de bovinos, especialmente cerca de algunas de las entradas. Los investigadores consideran posible que estos restos hayan formado parte de la decoración de los accesos monumentales, lo que introduciría un componente simbólico en la arquitectura del santuario. El toro y el ganado tenían una importancia fundamental para muchas comunidades agrícolas prehistóricas, no solamente como fuente de alimento y fuerza de trabajo, sino también como elementos cargados de significado ritual.
La presencia de estos restos permite comprender por qué reducir Chleby a un “calendario gigante” sería probablemente simplificar demasiado su significado. La astronomía estaba integrada en una cultura ritual, y esa cultura tenía una relación directa con el territorio, los animales, las estaciones y la supervivencia de la comunidad. El mismo espacio que podía servir para identificar el momento del solsticio podía convertirse en escenario de ceremonias, reuniones, celebraciones o prácticas simbólicas cuyo significado exacto todavía se encuentra fuera de nuestro alcance.
De hecho, una de las grandes preguntas que permanece abierta es precisamente qué ocurría dentro del recinto. Los investigadores están realizando análisis del suelo para determinar qué actividades tuvieron lugar allí y reconstruir cómo fue utilizado el espacio a lo largo del tiempo. El proyecto internacional en el que participan investigadores de la Universidad de Bohemia Occidental, la Universidad Carolina y la Universidad de Hradec Králové busca precisamente comprender la dinámica de utilización de estos paisajes rituales prehistóricos, diferenciando entre actividades ceremoniales, encuentros comunitarios, producción y otras prácticas que pueden dejar rastros microscópicos mucho después de que las estructuras hayan desaparecido.
Y allí aparece una de las grandes particularidades de Chleby: no permaneció congelado en el tiempo. El sitio continuó transformándose después de que el recinto original perdiera su función. Las investigaciones señalan que durante la Edad del Hierro, alrededor del siglo VIII a. C. en adelante, el antiguo santuario comenzó a ser utilizado de otra manera, hasta convertirse en una estructura vinculada al manejo del agua. Con el paso del tiempo, el espacio fue ocupado por viviendas y terminó integrado a un asentamiento ordinario. Es decir, el lugar que alguna vez pudo haber concentrado ceremonias y observaciones astronómicas terminó absorbido por la vida cotidiana.
Una revolución que empezó mirando al cielo
La importancia de Chleby no reside solamente en que sea “más antiguo que Stonehenge”. Esa comparación es útil para dimensionar su antigüedad, pero puede terminar ocultando lo verdaderamente importante. El hallazgo permite observar un momento de transformación profunda de las sociedades humanas, cuando las comunidades agrícolas comenzaron a modificar de manera permanente el paisaje, a concentrar personas en determinados lugares y a utilizar conocimientos sobre los ciclos naturales para organizar la vida colectiva.
Hace 6.500 años, los habitantes de aquella región no disponían de relojes, calendarios impresos, instrumentos ópticos ni sistemas científicos modernos, pero necesitaban responder preguntas fundamentales: cuándo llegaría una determinada estación, cuándo cambiarían las condiciones climáticas, cómo organizar los trabajos agrícolas y cómo interpretar los ciclos de la naturaleza. La respuesta estaba, en buena medida, sobre sus cabezas. El Sol y la Luna eran dos de los grandes relojes de la humanidad, y Chleby podría ser una de las evidencias más antiguas de que esos relojes fueron incorporados deliberadamente a un espacio monumental.
La comparación con Stonehenge, por lo tanto, adquiere otro significado. No estamos ante un monumento que simplemente “le gana” en antigüedad al famoso círculo británico, sino ante una prueba de que la relación entre arquitectura, ritual y astronomía tiene raíces mucho más profundas en la Europa prehistórica. Las sociedades que construyeron Chleby todavía estaban muy lejos de las ciudades, los Estados y las civilizaciones que posteriormente dominarían Europa y el Mediterráneo, pero ya eran capaces de coordinar trabajo colectivo, planificar grandes estructuras y transmitir conocimientos suficientemente precisos como para que la orientación de un conjunto monumental tuviera significado.
La arqueología suele avanzar precisamente de esta manera: no destruyendo las historias conocidas, sino obligándonos a retroceder cada vez más el comienzo de aquello que creíamos que había aparecido después. Durante generaciones, Stonehenge funcionó como una de las imágenes más poderosas de la inteligencia astronómica de la prehistoria europea. Ahora, a más de mil años de distancia cronológica, Chleby aparece como un recordatorio de que sus constructores no fueron necesariamente los primeros en mirar el cielo y convertir esa observación en una obra monumental.
Quizás la verdadera historia de Stonehenge no comenzó en Stonehenge. Tal vez comenzó mucho antes, cuando una comunidad de agricultores comprendió que el movimiento del Sol y de la Luna podía convertirse en conocimiento compartido, y que ese conocimiento podía ser escrito sobre el paisaje mediante tierra, piedra, caminos y puertas. En Chleby, seis milenios y medio después, esas líneas todavía parecen estar allí para contarnos que nuestros antepasados ya habían aprendido a medir el tiempo mirando hacia arriba.